El rostro silencioso de la violencia contra la mujer

El rostro silencioso de la violencia contra la mujer

José Manuel Granada López

25 Noviembre 2024

Actualmente, somos plenamente conscientes del impacto que la violencia contra la mujer tiene en la salud física, mental y social de las víctimas y en la de las personas con las que conviven, especialmente niños y adolescentes. Sin embargo, no fue hasta mediados de los años 90 cuando Naciones Unidas (ONU) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) comenzaron a considerar la violencia contra la mujer como un problema de salud pública. De hecho, en nuestro país solo existen estadísticas de mujeres asesinadas desde 1999. Este fenómeno, complejo y multifactorial, vinculado a factores estructurales, culturales, sanitarios y sociales, requiere una intervención integral y especializada dirigida a la atención a las víctimas, pero, sobre todo, a la prevención de esta lacra.

Impacto de la violencia en la salud mental de las víctimas

La violencia contra la mujer puede estar en el origen de trastornos mentales o agravar condiciones preexistentes, según informa The Lancet. Entre los trastornos más comunes en las víctimas de violencia de género se encuentran el Trastorno por Estrés Postraumático (TEP), que afecta al 31-84% de ellas, y los trastornos depresivos. También se observan trastornos disociativos, como el «Síndrome de Estocolmo Doméstico», o el deterioro de la autoestima, que lleva a muchas víctimas a culparse y a justificar al agresor, haciendo muy difícil la posibilidad de salir de la situación de violencia. Además, el maltrato puede inducir conductas autodestructivas, como el suicidio o el consumo de sustancias, utilizadas como mecanismos de afrontamiento. Por último, las mujeres maltratadas también reportan un peor estado de salud autopercibida, lo que refleja la gravedad de los efectos psicológicos y físicos del maltrato.

Impacto en niños y adolescentes

Los hijos de mujeres víctimas de violencia también sufren consecuencias graves. La exposición a la violencia en el hogar puede generar inseguridad, miedo, alteraciones emocionales, síntomas de estrés postraumático y comportamientos violentos. Estos menores necesitan ser reconocidos como víctimas independientes y recibir atención especializada. La coordinación entre instituciones es esencial para garantizar una intervención adecuada.

Mujeres con problemas de salud mental y violencia de género

Por otro lado, uno de los grupos más vulnerables en este fenómeno son las mujeres con problemas de salud mental grave quienes tienen entre 2 y 4 veces más riesgo de sufrir violencia de género en comparación con la población general. Más del 80% de estas mujeres ha experimentado violencia (abuso físico o sexual) en el contexto de su relación de pareja. Sin embargo, un porcentaje significativo no identifica estas situaciones como violencia, lo que dificulta su abordaje por parte de los profesionales de salud mental, que en la mitad de los casos no tienen conocimiento de estas vivencias, según datos del estudio sobre la violencia contra las mujeres con enfermedad mental realizado por Fedeafes.

Factores como la triple discriminación (ser mujer, tener discapacidad y padecer una enfermedad mental grave), el aislamiento social, la falta de recursos económicos y el estigma social contribuyen a su vulnerabilidad, según informan las propias víctimas. Además, su relato suele ser menos creíble, y enfrentan barreras para acceder a información y servicios esenciales. Es clave combatir estos prejuicios y garantizar que estas mujeres puedan ejercer sus derechos con el apoyo adecuado.

Agresores y su relación con la salud mental

La evidencia científica revela que la mayoría de los agresores, aproximadamente un 75%, no presenta diagnósticos de enfermedades mentales. Sin embargo, entre los que sí los tienen, los trastornos adaptativos y de personalidad son los más comunes. El consumo de alcohol y otras sustancias es frecuente entre los agresores, al igual que los antecedentes de comportamientos violentos o de haber sido víctimas de violencia en diferentes contextos. Por último, cabe destacar que, aunque no hay un perfil único de maltratador, estos suelen compartir características como actitudes sexistas, inseguridad y comportamientos orientados al control y la dominación.

Propuestas para la intervención

Para enfrentar la violencia de género y su impacto en la salud mental, es esencial superar varias dificultades en el ámbito asistencial. Una de las principales barreras es el desconocimiento y la falta de formación en violencia de género entre los profesionales que participan en los sistemas de protección y asistencia. Además, las mujeres víctimas de violencia a menudo enfrentan discriminación y revictimización tanto en su entorno cercano como en los espacios de atención y tratamiento. El sesgo de género en el diagnóstico de trastornos mentales y la persistencia de prejuicios y estereotipos sobre la violencia y los problemas de salud mental también complican la situación.

El abordaje efectivo de la violencia de género implica trabajar tanto en el plano interno como en el externo. En el ámbito interno, es fundamental que las mujeres superen la culpa y la vergüenza, emociones que pueden impedirles hablar de su situación. En el ámbito externo, se debe garantizar la credibilidad del relato de las víctimas. Asimismo, es esencial capacitar a los profesionales para que aborden estos casos con empatía y sin prejuicios, e incorporar preguntas específicas en las evaluaciones de salud para identificar posibles casos de violencia.

Las mujeres también necesitan recursos específicos que incluyan talleres de empoderamiento, formación para profesionales y espacios de encuentro. La incorporación de la perspectiva de género en los servicios públicos es clave para empoderar a las mujeres y reducir los riesgos de violencia.

En conclusión, la violencia de género tiene un impacto profundo y multifacético en la salud mental de las mujeres. Enfrentar este problema requiere un esfuerzo colectivo que combine sensibilización, formación, intervención interdisciplinaria y el fortalecimiento de redes de apoyo.

Diabetes y salud mental: Una tarea pendiente

Diabetes y salud mental: Una tarea pendiente

Esther Samaniego Díaz de Corcuera y Carlos Navas Ferrer

13 Noviembre 2024

La diabetes mellitus es una enfermedad crónica que afecta a la forma en la que el organismo procesa la glucosa produciendo niveles elevados de ésta en la sangre. Existen dos tipos principales: la tipo 1, donde el sistema inmunitario ataca a las células productoras de insulina en el páncreas, y la tipo 2, caracterizada por la resistencia a la insulina.

Para quienes viven con diabetes, el control diario es fundamental: deben mantener niveles estables de azúcar en sangre, seguir una dieta variada y equilibrada, ejercitarse regularmente y, en muchos casos, usar medicación o insulina.

Queda claro que la diabetes es una patología compleja de manejar en sí misma, pero ¿qué ocurre si además coexisten en la persona problemas de salud mental?

Una situación preocupante

La conexión entre la diabetes y los trastornos mentales es compleja y multifactorial. En una revisión publicada en la prestigiosa revista ‘nature’ se explica cómo, tras el diagnóstico de una enfermedad mental grave, los cambios en el estilo de vida, como el sedentarismo, el tabaquismo y una dieta poco saludable, elevan el riesgo de padecer diabetes. Además, los antipsicóticos, necesarios para tratar algunas de estas enfermedades, contribuyen al desarrollo de esta enfermedad metabólica de forma directa o al favorecer el aumento de peso.

De hecho, investigaciones recientes informan que las personas diagnosticadas de algún trastorno psiquiátrico tienen un riesgo entre una y tres veces mayor de desarrollar diabetes tipo 2 en comparación con población no diagnosticada.

Dificultades y obstáculos

Algunos síntomas de la enfermedad mental, como la desmotivación, la falta de energía o las alteraciones del pensamiento, dificultan el autocuidado y la adherencia al tratamiento necesario para controlar la diabetes. De hecho, algunas personas diagnosticadas de esquizofrenia y diabetes que fueron entrevistadas con motivo de un estudio indicaron que a veces “la psicosis les hacía olvidarse de las pastillas o la insulina”.

En la misma línea, investigadores vinculados al Instituto de Salud Carlos III indican que la presencia de una enfermedad mental y de diabetes en la misma persona hace que se descuiden aspectos como el seguimiento de una dieta adecuada, la actividad física regular o la toma de medicamentos de manera puntual lo que puede llevar a un peor control glucémico y, en consecuencia, a complicaciones severas, como problemas cardiovasculares, neuropatías e incremento en la tasa de mortalidad.

Por otro lado, los índices de detección de diabetes tipo 2 en personas con TMG son bajos, lo que retrasa su tratamiento y afecta al pronóstico. De hecho, se ha publicado que hasta el 70% de los casos de diabetes en esta población no son diagnosticados, en contraste con el 25-30% en la población general.

Expertos apuntan que los profesionales de la salud perciben dificultades para brindar una atención integral a personas con diabetes tipo 2 diagnosticadas de trastorno mental grave debido a la falta de comunicación y coordinación entre los servicios de salud mental y los de atención primaria o los especializados en endocrinología. También destacan que muchos profesionales no tienen capacitación suficiente fuera de su especialidad, lo que limita su capacidad de manejar casos comórbidos. Además, la sobrecarga de trabajo y la falta de recursos dificultan la implementación de mejoras.

No obstante, ¿quién mejor que los propios afectados para identificar las dificultades y barreras a las que se enfrentan? Un estudio publicado en 2020 revela, a partir de diferentes narrativas en primera persona, cómo el diagnóstico de salud mental suele eclipsar la atención a la diabetes. Señalan, además, que los profesionales de salud mental rara vez abordan sus necesidades de cuidado de diabetes.

Por último, no debe olvidarse la influencia de la estigmatización que, tanto a nivel social como sanitario, padecen las personas que han sido diagnosticadas de un problema de salud mental. Esta situación reduce la calidad de la atención recibida y limitar el acceso a programas integrales.

¿Qué se puede hacer?

Para brindar una atención eficaz, es esencial adoptar un enfoque holístico que aborde a la persona como un sistema integrado y trate tanto su salud mental como su salud física.

Esta atención integral pasa por incluir a profesionales de la salud mental en el tratamiento de la diabetes, y viceversa. Equipos multidisciplinares que gestionen la atención y los cuidados de manera conjunta. Además, los propios profesionales ven beneficios en la capacitación y el entrenamiento cruzado de habilidades y conocimientos de otras áreas.

Por otro lado, el seguimiento proactivo y la detección temprana de factores de riesgo asociados con la diabetes es crucial. Esto incluye la monitorización de antecedentes de enfermedades cardiovasculares, estilo de vida, el peso, el índice de masa corporal, la glucosa y la presión arterial. Estos datos pueden ayudar a detectar cambios significativos y adaptar el tratamiento para una mejor gestión de la diabetes en personas con trastornos mentales graves tal y como apuntan desde la Asociación Mundial de Psiquiatría.

Educar a los pacientes sobre su enfermedad y fomentar su autonomía en el manejo de esta es esencial. En este sentido, un estudio publicado en 2024 corrobora la importancia de que se potencie la autoeficacia y la confianza de estos pacientes. Programas de educación en diabetes adaptados a personas con trastorno mental grave pueden ayudar a los pacientes a sentirse seguros para aplicar autocuidados y sentirse más responsables de su salud.

Es decir, acciones como seleccionar antipsicóticos que minimicen el metabólico, fomentar una alimentación variada y equilibrada, promover la actividad física adaptada a cada paciente o facilitar el acceso a la atención primaria para un control y seguimiento regular; pueden reducir el riesgo de diabetes en personas con trastorno mental grave.

Por último, incluir a la familia y cuidadores en el proceso de tratamiento es clave. Un sistema de apoyo social mantiene motivados a los pacientes y refuerza el cumplimiento de sus rutinas de cuidado personal.

En definitiva, una atención integral y cooperativa es la clave para mejorar la calidad de vida de las personas en las que concurren problemas de salud mental con el diagnóstico de diabetes.

La otra tormenta: El impacto silencioso de los desastres naturales en la salud mental

La otra tormenta: El impacto silencioso de los desastres naturales en la salud mental

Carlos Navas Ferrer

31 Octubre 2024

En el día de ayer, una DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos) arrasó Valencia dejando a su paso un centenar de muertos, varios desaparecidos y miles de personas afectadas.

Las lluvias torrenciales provocaron graves inundaciones que afectaron tanto a infraestructuras como a la población. Sin embargo, más allá del impacto físico y económico, este tipo de catástrofes afecta especialmente a la salud mental de las personas que las viven.

En las horas y días posteriores a un desastre de la magnitud del vivido en la Comunidad Valenciana, las víctimas directas suelen atravesar una ‘tormenta’ emocional. El miedo, la ansiedad, la tristeza y una profunda sensación de vulnerabilidad suelen apoderarse de los supervivientes y, lejos de evaporarse, pueden perdurar, afectando a la calidad de vida y, en casos graves, desencadenando trastornos de salud mental.

¿Cuáles son los efectos de los desastres naturales en la salud mental?

Existe gran variabilidad en la respuesta emocional que una persona tiene ante una catástrofe natural. En un primer momento es habitual una vivencia de estrés y estado de shock. Catástrofes como la vivida ayer en Valencia superan en muchos casos la capacidad de adaptación de las personas al ser episodios súbitos e inesperados.

Es importante señalar que tras el suceso la respuesta más frecuente es la de un duelo normal que tiende a resolverse en los meses posteriores. La mayoría de las personas lograrán recuperarse de este duelo. Sin embargo, otras tendrán dificultades para hacerlo o no lo lograrán, incluso después de haber recibido soporte profesional.

Una investigación reciente determina que las personas afectadas por eventos como inundaciones, huracanes o terremotos enfrentan un riesgo mucho mayor de desarrollar trastornos mentales como ansiedad, depresión, trastorno de estrés postraumático (TEPT) o abuso de sustancias. Estos problemas, si no se abordan adecuadamente, pueden evolucionar hasta afectar a niveles profundos la funcionalidad del individuo y su capacidad para llevar una vida plena.

El riesgo de morbilidad psicológica aumenta significativamente cuando los afectados se enfrentan a desplazamientos, daños materiales y servicios esenciales interrumpidos, especialmente en poblaciones de recursos económicos bajos, niños y ancianos.

Por otro lado, los efectos psicológicos de una catástrofe natural no se limitan a las personas directamente afectadas, sino que también alcanzan a aquellos que, aunque no hayan sufrido daños materiales, han sido testigos del desastre o se han expuesto a imágenes y noticias sobre el mismo. La conclusión a la que llegan algunos investigadores al respecto es que la exposición mediática constante a estos eventos puede tener un impacto negativo en la salud mental de los espectadores y recomiendan reducirla.

¿Qué se puede hacer en un primer momento?

En este contexto, las intervenciones en salud mental se vuelven fundamentales. Los denominados Primeros Auxilios Psicológicos (PAP) consisten en una serie de intervenciones tempranas, breves y prácticas diseñadas para aliviar y prevenir las consecuencias psicológicas de experiencias traumáticas, tanto a corto, mediano como a largo plazo. Estos auxilios pueden aplicarse en situaciones de estrés moderado cotidiano, así como en eventos altamente traumáticos. Sus objetivos principales son estabilizar emocionalmente a la persona, facilitar su conexión con redes de apoyo social y evaluar la necesidad de derivarla a un servicio de salud mental.

Este tipo de intervenciones pueden ser realizadas tanto por profesionales de la salud mental como por personas no especializadas en el área, siempre que hayan recibido una capacitación adecuada (por ejemplo, voluntarios entrenados).

Debe recalcarse que el objetivo principal de los PAP no es patologizar las reacciones inmediatas, que son normales frente a una situación tan extrema, sino acompañar y apoyar a las personas para que puedan procesar sus emociones de forma saludable y sentirse seguras.

De hecho, en investigaciones relacionadas con otro tipo de emergencias apunta a que muchas personas logran superar los eventos traumáticos utilizando sus propios recursos psicológicos y sociales. Por lo tanto, la intervención inmediata debe enfocarse en activar los recursos personales y sociales de los afectados, con el objetivo de aliviar su sufrimiento y facilitar sus procesos naturales de recuperación.

En definitiva

Los desastres naturales no solo dejan huellas en los territorios que asolan, sino también en la mente de las personas que los habitan. La salud mental de los afectados necesita la misma prioridad que la recuperación de las infraestructuras. Los estudios dejan claro que el impacto psicológico puede ser profundo y duradero, especialmente en grupos vulnerables como poblaciones con recursos económicos bajos, niños y ancianos. Por ello, es necesario que tanto el sistema de salud como la sociedad en su conjunto se comprometan a ofrecer apoyo adecuado a quienes han pasado por una experiencia de estas características.

Las intervenciones de salud mental, desde los primeros auxilios psicológicos hasta los programas de tratamiento a largo plazo, son fundamentales para ayudar a la población a recuperar su bienestar. Con el cambio climático amplificando la frecuencia de estos fenómenos, invertir en la salud mental no es solo una cuestión de asistencia, sino de resiliencia social y humana.

 

¿Malestar emocional o enfermedad mental?

¿Malestar emocional o enfermedad mental?

José Manuel Granada

24 Julio 2024

¿Y si no es tal la controversia?, si se plantea esta dicotomía se persiste en categorías excluyentes y no en un continuum, que la experiencia nos muestra, de síntomas y emociones que manifestamos las personas, en función de múltiples determinantes, tanto externos como internos, tanto de nuestra psique como de nuestra biología.

El crear y nombrar categorías obedece más al positivismo, al tratar la enfermedad mental como otras patologías orgánicas, que aparecen bien definidas y a las que corresponde un tratamiento, farmacológico las más de las veces, que no da pie a discusión alguna.

El gran esfuerzo investigador que ha hecho en las últimas décadas la industria farmacéutica ha sido monetizado extendiendo sus indicaciones más allá de la evidencia, con una inflación de tratamientos con psicofármacos de circunstancias asimiladas al malestar emocional y las que no se les busca otras estrategias terapéuticas.

También las administraciones sanitarias han invertido en salud mental, aunque más bien debería decirse en enfermedad mental, ya que el esfuerzo económico persiste en reforzar profesionales y recursos para ingresos y tratamientos, es decir, un discurso único de que faltan profesionales de la psiquiatría, de la psicología clínica, de la enfermería especialista en salud mental y, en menor medida, del trabajo social y de la terapia ocupacional, por este orden y sin nombrar otras categorías profesionales que tienen mucho que decir en diferentes abordajes de los malestares y enfermedades mentales.

Es decir, seguimos tozudamente optando por desarrollos que se han visto ineficaces, cuando no iatrogénicos, y son anecdóticas las experiencias que planifican pensando en la prevención, en la búsqueda del bienestar emocional a partir de trabajar sobre los determinantes sociales y políticas de reducción de la desigualdad.

La salud mental y el bienestar emocional, se juega mucho antes de que se precise un diagnóstico y un tratamiento, ahí es donde se deben hacer intervenciones importantes. Por supuesto que hay patologías graves, y que son mejoradas con tratamientos farmacológicos, pero estos no se benefician de una hiper utilización de los mismos, y por supuesto no excluyen otros abordajes ni a otros profesionales no prescriptores.

Mantenerse en políticas de consulta externa y camas de hospitalización es anacrónico e ineficaz, a la vez que quita el foco de la intervención preventiva, lo cual es muy grave, cuando la evidencia (esa a la que tanto hacen referencia los profesionales más biologicistas) nos dice de la importancia de la actividad física y el deporte, de las redes de apoyo, de políticas de integración social, entre otras estrategias, para conseguir una sociedad con mayor bienestar emocional y que acompañe y acoja mejor a personas con enfermedad mental.

Este cuestionamiento deja entrever que se deben realizar múltiples debates en este momento histórico, en el que tenemos la mayor inversión en salud mental, el mayor número de profesionales trabajando en recursos y, según parece, la peor salud mental en nuestra sociedad. Esta paradoja, nos debería lanzar de manera inexcusable hacia ese debate, pero curiosamente, apenas se habla de esto y se persiste en lo que no ha dado resultado.

Hay que debatir sobre el modelo asistencial, cómo se diseñan y dotan los recursos que tenemos, ¿son adecuados los lugares de ingreso en los hospitales generales?, ¿cómo es el paso por urgencias de personas en crisis?, ¿hay una atención comunitaria?, ¿cómo se conectan los diferentes ámbitos asistenciales?, ¿y cómo se conecta lo sanitario, con lo social, lo educativo, lo judicial, etc.?, ¿hay un trabajo en red?, ¿se interviene sobre desigualdades, sobre determinantes sociales?, ¿se facilita el ejercicio físico y el deporte?, ¿se promociona el mismo como respuesta a malestares emocionales?, ¿se promueven las redes de apoyo mutuo?, ¿se contempla la participación del usuario en sus procesos asistenciales?

Si en lugar de estas preguntas seguimos enredados en la falta de profesionales para intentar hacer más de lo mismo… perderemos oportunidades históricas de aprovechar la preocupación que hay por el asunto de la salud mental en la sociedad y en sus mandatarios.

¡El gran olvido en la atención a personas con trastorno mental grave!

¡El gran olvido en la atención a personas con trastorno mental grave!

Esther Samaniego Díaz de Corcuera

24 Julio 2024

La urgencia de integrar la salud física y mental

Cuando pensamos en enfermedades como la esquizofrenia, el trastorno bipolar o la depresión mayor, solemos enfocarnos en cómo afectan a la mente. Pero hay un aspecto fundamental que muchas veces ignoramos: la salud física de estas personas también está en grave riesgo. Las estadísticas son alarmantes. Quienes padecen trastornos mentales graves (TMG) suelen vivir entre 15 y 20 años menos que el resto de la población, y gran parte de esa diferencia se debe a problemas físicos que podrían prevenirse.

El desafío de la salud física en personas con trastorno mental grave

Los trastornos mentales graves incluyen diagnósticos como la esquizofrenia o el trastorno bipolar, que afectan de manera duradera la vida social, familiar y laboral de las personas. Para quienes conviven con estos diagnósticos, cuidar de su salud física puede ser muy complicado. A menudo, los problemas orgánicos pasan desapercibidos, dado que la prioridad es tratar los síntomas mentales.

Sin embargo, las enfermedades cardiovasculares, como los infartos o los accidentes cerebrovasculares, son las principales causas de muerte en esta población. Factores como el sobrepeso, la diabetes, la hipertensión y el tabaquismo agravan esta situación. Además, estas personas tienen un mayor riesgo de padecer infecciones, problemas respiratorios y trastornos metabólicos. Muchas de estas complicaciones físicas podrían evitarse, pero la falta de un seguimiento adecuado hace que se detecten tarde y se traten de forma insuficiente.

La necesidad de una atención integral

Es urgente que cambiemos nuestra forma de abordar la salud de las personas con TMG. Los profesionales deben cuidar tanto de la mente como del cuerpo. De hecho, hay investigaciones que demuestran que intervenciones sencillas, como promover una alimentación saludable, hacer ejercicio y controlar el peso, pueden reducir significativamente los problemas físicos. Mejorar la salud física también puede mejorar la salud mental, dado que los pacientes se sienten más sanos y con mayor autoeficacia.

Además, es fundamental que los controles de salud de estas personas incluyan revisiones físicas regulares, como medir la presión arterial y los niveles de glucosa y colesterol. Estos controles deben formar parte de las consultas de salud mental, y no quedar relegados a un segundo plano. Con una detección temprana y un tratamiento adecuado, es posible evitar muchas complicaciones que hoy están acortando la vida de estas personas.

Las barreras que debemos superar

A pesar de que es fundamental cuidar la salud física en personas con TMG, hay muchos obstáculos que dificultan este proceso. Uno de los mayores problemas es que los propios pacientes, debido a su enfermedad, pueden tener dificultades para seguir tratamientos médicos o acudir a citas. Además, algunos profesionales de la salud tienden a centrarse solo en los problemas mentales y no prestan suficiente atención a las necesidades físicas de estos pacientes.

El estigma también juega un papel importante. Todavía existe un prejuicio hacia las personas con enfermedades mentales graves, lo que a menudo lleva a que se minimicen o ignoren sus problemas físicos. Esta falta de sensibilidad y coordinación entre los profesionales de diferentes ámbitos hace que muchas personas con TMG no reciban la atención que necesitan para llevar una vida más saludable.

Conclusión

Cuidar de la salud física de las personas con trastorno mental grave no es opcional, es esencial. El hecho de que estas personas vivan hasta 20 años menos que el resto de la población no puede ser ignorado. Los problemas físicos que enfrentan son evitables. Con una atención más completa y coordinada, muchos de estos riesgos pueden prevenirse o tratarse a tiempo. No podemos permitir que la atención a su salud mental deje de lado la importancia de cuidar también del cuerpo. Si integramos ambas esferas, no solo daremos a estas personas más años de vida, sino una vida de mejor calidad.