Ni responsable ni seguro

Ni responsable ni seguro

Itxaso Cabrera Gil

17 Febrero 2025

Sería incomprensible que las grandes tabacaleras llamaran a la población general a consumir tabaco bajo el lema Fumar es parcialmente saludable. Sería de nuevo habitual que aquel inhalar de humo, años después de superarlo, se volviera a vender como la seducción y el atractivo al que las películas de gánster nos tenían acostumbradas.

Sería incomprensible que las grandes empresas de alcohol llamaran a la población general a consumir sus productos bajo el lema Beber es algo saludable. Sería cuanto menos extraño que aquella copa en mano tintineante, años después de superarlo, se volviera a vender como el poder y el descontrol de las escenas más ochenteras.

Sería y es incomprensible que, como droga legal, el juego y las apuestas, público y privado, hayan quedado fuera del combo de lo irreal, de lo irracional y de lo sumamente poco común para la población general. Arrasa todavía lo de Juega responsablemente, juega bien. Hoy, la certeza es que nadie puede jugar responsablemente ni apostar de manera segura, por mucho que se empeñen quienes intentan llenarse sus bolsillos con la salud de otras personas. Del mismo modo que no es saludable para nadie una copita de vino, un vermú cada mañana, un purito en las bodas o un cigarro al terminar; el rasca, la máquina o la ruleta no son más que un ‘sacapastas’, un ‘sacavidas’ y un ‘arruinasalud’.

Sería y es incomprensible educar a los menores a fumar y beber para que de adultos pudieran desarrollar su vida como fumadores y bebedores acostumbrados a tal práctica. Cuestión acomodada lo está siendo en las apuestas donde mediante tácticas de poco control y de ‘quitarle hierro al asunto’, de cajas botín y sus variantes, las empresas educan a menores eliminando la barrera entre el deporte y el juego de apuestas, entre las máquinas y el ocio para así cuando esta población, ahora cambiante, en formación, en desarrollo, cuando alcance la mayoría de edad crea, piense y considere que su tiempo libre encuentra, erróneamente, su vida enganchada en una pantalla con beneficios que solo les llevará a dejarse su dinero, su vida social, su educación y, con todo ello, su salud mental.

En Aragón, durante el año 2023, las cantidades apostadas ascienden a 54.343.744,96 € siendo el beneficio empresarial superior a los 11,6 millones de euros. Solo el Sector del juego aragonés debe pagar 46 millones de euros al año en impuestos, cifras que reflejan la magnitud de sus ganancias a costa de generar un problema de salud pública como es el trastorno de juego.

Ante todos estos macrodatos que pueden encontrarse desagregados en los Informes pertinentes de las Instituciones públicas, cabe señalar el aumento, algo positivo, del Registro de Personas Autoprohibidas al Juego (REJUP) que actúa como necesario parche ante una industria depredadora de la salud de la población. En un sistema que prioriza el lucro por encima del bienestar de las personas, la autoprohibición se presenta como una solución parcial a un problema estructural de salud pública. Esta herramienta necesaria, pertinente, que logra limitar el propio acceso de quienes sufren tal adicción a los locales de apuestas, refleja la gravedad de un fenómeno que afecta de manera desproporcionada a las clases populares y a quienes ya enfrentan situaciones de vulnerabilidad. Aunque el registro es útil para quienes buscan romper con la adicción, no deja de ser una respuesta insuficiente frente a una industria diseñada para explotar las debilidades humanas y maximizar, como muestran año a año, sus ganancias. La existencia misma del REJUP es un síntoma de un Estado que ha delegado la protección de las personas en medidas individuales, mientras permite que las empresas del juego y las apuestas sigan expandiéndose sin freno, sobre todo en barrios populares, en las habitaciones de adolescentes o en las vidas de adultos en soledad. Este parche no aborda las causas profundas de lo que comúnmente conocemos como ludopatía, que radican en la falta de regulación, la omnipresente publicidad del juego pese a los avances legislativos y la precariedad económica que empuja a muchos a buscar soluciones desesperadas. Combatir la adicción con el juego y las apuestas requiere voluntad política y social: desde limitar drásticamente la presencia de estos locales hasta prohibir su publicidad y ofrecer alternativas reales de ocio y divertimento en cada ciudad, en cada pueblo. La autoprohibición es un acto valiente de quienes buscan salvarse de aquellas garras de la industria del juego y las apuestas, pero no debería ser el único recurso en una sociedad que se dice justa ante un arca económica para unos pocos irresponsables e insegura para el resto.

El juego, y las apuestas, no es ni seguro ni responsable, supone un problema de salud pública, se arranca como mecanismo de vía de escape para las dificultades a las que la sociedad actual se enfrenta, desde la incertidumbre emancipadora de jóvenes y no tan jóvenes. Solo queda la vía de lo social, la red de apoyo, la desestigmatización de la salud mental desde la rutina hasta lo institucional, el posicionar al individuo en el centro, el dejar de salvar a empresarios, sectores y ‘chupópteros’ de la salud para, con todas las herramientas, medios y leyes poner siempre, de una vez por todas, de forma segura y responsable la salud.

Cuando el cuerpo sufre, la mente tiembla: Importancia de la salud mental en el proceso oncológico

Cuando el cuerpo sufre, la mente tiembla: Importancia de la salud mental en el proceso oncológico

Jesús Samper Ibáñez

12 de febrero de 2025

En la actualidad, y a pesar de los avances en el diagnóstico y los tratamientos, el cáncer sigue siendo una de las principales causas de muerte en España afectando cada vez a un mayor número de personas.

El tabaquismo, el consumo de alcohol, la exposición a factores contaminantes, la obesidad, el sedentarismo o el propio envejecimiento poblacional son algunos ejemplos de factores que favorecen la aparición de enfermedades oncológicas en nuestra sociedad.

Según el informe ‘Las cifras del cáncer en España 2025’, el número de diagnósticos oncológicos en nuestro país alcanzará los 296.103 casos en 2025 lo que supondría un incremento del 3,3% respecto al año 2024. Según dicho informe, este crecimiento no solo se producirá en España, sino que tendrá su reflejo en el resto del mundo.

Si bien es cierto que este aumento seguirá progresando en los próximos años, también es verdad que las tasas de supervivencia cada vez son mayores. En España, la supervivencia de los pacientes con algún tipo de cáncer es similar a la de otros países desarrollados, duplicándose en los últimos 40 años y es probable que, aunque lentamente, continúe aumentando debido a los avances en la investigación oncológica, obteniendo diagnósticos cada vez más precoces y administrando tratamientos más personalizados y eficaces.

La importancia de los aspectos psicológicos

Es evidente que el cáncer no solo afecta a nuestra salud física, sino que también puede afectar a nuestra salud psicológica. De hecho, un diagnóstico oncológico es unos de los sucesos más estresantes a los que puede enfrentarse una persona a lo largo de su vida. El impacto que genera en los pacientes y sus familiares se debe, entre otras cosas, al significado social que asociamos a la palabra ‘cáncer’.

Seguramente muchos de nosotros hemos pasado, directa o indirectamente, por esta enfermedad, hemos vivido experiencias similares y, por lo tanto, tenemos ideas asociadas a ella. El simple hecho de escuchar el término ‘cáncer’ ya genera diferentes emociones como miedo ante el futuro, tristeza por el diagnóstico o rabia ante la sensación de injusticia. Suelen aparecer preocupaciones sobre cómo pueden afectarnos los tratamientos, cómo poder encajar la enfermedad con nuestro día a día o cómo tolerar el miedo ante el peligro que supone el cáncer para nuestra propia vida. Esta inestabilidad, provocada por la incertidumbre, resulta complicada de gestionar emocionalmente dado que supone una pérdida de control y genera una mayor inseguridad.

Sin embargo, no debemos olvidar que todas estas inquietudes son reacciones naturales y necesitan procesarse adecuadamente favoreciendo su expresión con el objetivo de mejorar la adaptación a todos los cambios que supone esta enfermedad. Olvidar estos aspectos puede favorecer la aparición de trastornos mentales relacionados con la depresión o la ansiedad y algunos vinculados con traumas y estrés como el Trastorno de Estrés Agudo, el Trastorno de Estrés Postraumático o los Trastornos de Adaptación, entre otros.

Atención psicológica y cáncer

Acompañar a los pacientes y familiares durante este proceso para evaluar sus necesidades psicológicas y atenderlas de una manera equilibrada y personalizada resulta de vital importancia. Es en este contexto en el que la psicooncología adquiere su razón de ser como rama de la psicología que ofrece soporte a pacientes, familiares y profesionales en las diferentes fases por las que pueden transitar durante el proceso oncológico. Estas abarcan desde etapas iniciales como el diagnóstico o los tratamientos, pasando por intermedias como la supervivencia y la adaptación a los cambios y secuelas provocados por la enfermedad, hasta otras más avanzadas como los cuidados paliativos, durante los que se acompaña a las personas en el final de sus vidas, o el duelo de los familiares tras el fallecimiento del ser querido.

Ayudar en el manejo del estrés ante las pruebas, acompañar en la toma de decisiones favoreciendo el papel activo y autónomo del paciente o facilitar una comunicación abierta, flexible y sincera entre pacientes, familiares y equipos sanitarios, son algunos ejemplos que resultan cruciales durante todo este proceso, puesto que pueden ayudar a incrementar la sensación de control, reduciendo el malestar y mejorando la adaptación a esta enfermedad.

En definitiva …

Teniendo en cuenta el impacto que genera el cáncer en la salud física de quienes lo sufren, no podemos subestimar la influencia de los aspectos emocionales durante todo este proceso. Resulta de vital importancia hacer hincapié en la necesidad del acompañamiento psicológico profesional durante todo el proceso de enfermedad. Para ello es indispensable establecer un enfoque holístico e integral en el que equipos multidisciplinares podamos colocar a las personas afectadas en el centro de los cuidados, ayudando a mejorar su experiencia, haciéndola lo menos estresante posible dentro de lo que podríamos considerar un malestar absolutamente natural.

Actividad física: Un antídoto eficiente contra la depresión (I)

Actividad física: Un antídoto eficiente contra la depresión (I)

David Navarrete-Villanueva y Adrián Hernández-Vicente

13 de enero de 2025

La depresión se ha convertido en una de las principales amenazas para la salud pública mundial. Con más de 300 millones de personas afectadas en el mundo, este trastorno mental es hoy en día la principal causa de discapacidad a nivel global según la Organización Mundial de la Salud (OMS). En Europa, alrededor del 7,3% de la población adulta sufrirá de depresión a lo largo de su vida y, según el Ministerio de Sanidad, en España la cifra alcanza un alarmante 5,3%, afectando a más del doble de mujeres (7,2%) que de hombres (3,2%).

Sin embargo, la depresión no solo afecta a quienes la padecen: su impacto económico es igualmente preocupante. Según la OMS, la depresión genera un coste global de alrededor de 1 billón de dólares cada año, una cifra que no solo refleja los gastos sanitarios, sino también las pérdidas asociadas a la reducción de la productividad laboral.

La actividad física como herramienta de prevención de la depresión

En este contexto, la OMS ha señalado una vía esperanzadora para combatir este problema: la actividad física. Según un informe reciente, si la población mundial cumpliera con las recomendaciones mínimas de actividad física diaria se podrían evitar hasta un 13% de los casos de depresión y se reducirían de manera significativa los costes sanitarios derivados de esta enfermedad.

El insuficiente nivel de actividad física en la población está directamente asociado con un aumento en los casos de depresión. De hecho, se estima que un 43% de los nuevos casos de enfermedades no transmisibles (ENT) estarán relacionados con los trastornos depresivos, lo que representa un enorme desafío para los sistemas de salud. Y no solo eso, aproximadamente el 28% de los costes directos del tratamiento de las ENT se destinan a la depresión, lo que subraya la magnitud de su carga económica y la necesidad urgente de medidas preventivas.

Es fundamental comprender que cuando hablamos de «actividad física», no nos referimos exclusivamente a lo que vulgarmente se denomina “hacer deporte”. La actividad física abarca todas aquellas acciones que incrementan el gasto energético, como caminar, subir escaleras o realizar tareas domésticas. Por otro lado, el «ejercicio físico» hace referencia a actividades estructuradas y planificadas, como el entrenamiento aeróbico o el de fuerza. Ambas son esenciales para mejorar la salud mental, pero lo que realmente marca la diferencia es la regularidad y la intensidad de la actividad.

La OMS recomienda que todos los adultos (18-64 años) deben realizar actividad física con regularidad acumulando, a lo largo de la semana, entre 150 y 300 minutos de actividad física aeróbica de intensidad moderada, o bien un mínimo de entre 75 y 150 minutos de actividad física de alta intensidad. Además, aconseja que en este grupo de edad se realicen actividades de fortalecimiento muscular de intensidad moderada-alta dos o más días a la semana. En otros grupos de edad y en otras situaciones de salud, como el embarazo, las recomendaciones pueden variar y adaptarse a las circunstancias (para más detalles puedes consultar las recomendaciones de la OMS aquí).

Numerosos estudios respaldan esta relación entre ejercicio físico y prevención de la depresión. Investigaciones publicadas en revistas prestigiosas como JAMA Psychiatry demuestran que la actividad física puede ser tan eficaz como los tratamientos psicológicos en la reducción de los síntomas depresivos. Pero eso no es todo: en algunos casos, incluso resulta una alternativa más accesible y económica. Por ejemplo, una revisión de la literatura científica liderada por Schuch en el año 2018 demuestra que el ejercicio regular puede reducir significativamente los síntomas de depresión, llegando a evitar, en muchas ocasiones, la necesidad de tratamientos farmacológicos. Además, estudios recientes resaltan que pequeños cambios pueden marcar la diferencia: caminar al menos 7,000 pasos al día puede reducir el riesgo de depresión en un 31% en comparación con quienes caminan menos.

La desinformación y la necesidad de conocer la realidad basada en ciencia

A pesar de la evidencia científica que respalda el impacto positivo de la actividad física en la prevención y tratamiento de la depresión, persiste una considerable desinformación al respecto. Asimismo, muchas personas todavía desconocen los beneficios de la actividad física en la salud mental. Este artículo es el primero de una serie de tres que se publicarán en el Observatorio Contra la Desinformación en Salud (OCODES), donde profundizaremos en los múltiples beneficios de la actividad física en la lucha contra la depresión, desmentiremos mitos comunes y ayudaremos a cambiar la percepción sobre este tema basándonos en la ciencia.

El impacto de la navidad en la salud mental: Beneficios, retos y recomendaciones

El impacto de la navidad en la salud mental: Beneficios, retos y recomendaciones

Carlos Navas Ferrer

28 de diciembre de 2024

La Navidad es una época del año cargada emocionalmente que impacta en nuestra salud mental. Como muestra la publicidad navideña, de la que seguramente a estas alturas ya habrás podido disfrutar, el imaginario navideño transita entre la alegría y la nostalgia, lo que permite ejemplificar con precisión la dicotomía de este periodo que, por un lado, promueve la alegría y refuerza las relaciones sociales, pero por otro, puede ser una fuente de estrés, ansiedad, depresión y sentimientos de soledad.

La cara amable de la Navidad

La Navidad suele asociarse con la felicidad, la unión familiar y la generosidad. Los rituales navideños en los que nos vemos inmersos estos días refuerzan los lazos sociales, lo que puede contribuir a un aumento en el bienestar psicológico. Las reuniones familiares, los regalos y los actos de bondad activan el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina, una sustancia química que mejora el estado de ánimo.

Además, las festividades invitan a reflexionar sobre valores como la gratitud y la esperanza. La gratitud reduce los síntomas de depresión y ansiedad, mientras que la esperanza se asocia con una mayor resiliencia frente a situaciones difíciles. La música y las decoraciones navideñas también tienen un impacto positivo, generando un ambiente que puede mejorar el estado de ánimo y fomentar la convivencia.

Sin embargo, los beneficios emocionales de la Navidad no son universales y dependen de factores como el contexto sociocultural, económico y personal.

El lado oscuro de las fiestas

Sin embargo, la Navidad puede ser un periodo difícil para muchas personas. El estrés financiero es una de las principales causas de malestar que aumenta la ansiedad durante las festividades navideñas, dado que las expectativas de regalos y celebraciones pueden generar una presión económica significativa.

La presión por cumplir con estándares sociales, como organizar y participar en los encuentros con familiares y amigos o encontrar el “regalo perfecto”, también contribuye a la aparición de estrés, ansiedad, irritabilidad y agotamiento emocional.

El periodo navideño es un momento crítico de aumento en el consumo de alcohol, influido tanto por la masiva exposición a la publicidad como por las celebraciones propias de la temporada. Este incremento impacta negativamente en la salud mental exacerbando trastornos depresivos, comportamientos impulsivos y problemas familiares. El consumo de alcohol alcanza los picos más altos en eventos como Navidad y Nochevieja, con patrones de consumo compulsivo.

Por otro lado, la Navidad también puede agravar sentimientos de soledad y tristeza, especialmente en personas que han perdido a seres queridos o que no cuentan con redes de apoyo sólidas.

No obstante, hay que destacar que las festividades navideñas están asociadas generalmente con una disminución en las tasas de suicidios, intentos de suicidio y hospitalizaciones psiquiátricas en múltiples contextos culturales y geográficos.

Investigaciones en países como Austria, Suecia, Países Bajos, Inglaterra y México indican que, en contraste con la creencia popular de que Navidad aumenta las crisis mentales, este periodo parece actuar como un factor protector, posiblemente debido al incremento de interacciones sociales y apoyo familiar. Sin embargo, los patrones anuales muestran un efecto de rebote en enero y un aumento significativo en los suicidios el día de Año Nuevo, atribuido al fenómeno de «promesa rota» o expectativas insatisfechas tras el inicio del año.

Decálogo para una salud mental equilibrada durante la Navidad
  1. Planifica con antelación y establece prioridades
  2. Gestiona tus expectativas
  3. Establece un presupuesto y cúmplelo
  4. Encuentra tiempo para ti mismo
  5. Sé moderado con la comida y la bebida
  6. Conecta con otros y sé generoso
  7. Acepta tus emociones
  8. Establece límites
  9. Fomenta tradiciones que te llenen de alegría
  10. Busca ayuda si lo necesitas
En definitiva …

La Navidad es una época de contrastes emocionales. Mientras que para algunas personas es sinónimo de alegría y conexión, para otros puede ser una fuente de estrés, soledad, tristeza y ansiedad. Reconocer estos efectos y abordar estos días con expectativas realistas es clave para disfrutar de sus aspectos positivos y minimizar su impacto negativo. Estrategias como practicar la gratitud, establecer presupuestos realistas y priorizar el cuidado personal pueden marcar una gran diferencia. En última instancia, lo importante es recordar que la Navidad es una oportunidad para fomentar el bienestar emocional, tanto propio como de quienes nos rodean.

Repensando la discapacidad en la universidad: Hacia una inclusión sin etiquetas estigmatizantes

Repensando la discapacidad en la universidad: Hacia una inclusión sin etiquetas estigmatizantes

Carlos Navas Ferrer

3 de diciembre de 2024

Con ocasión del Día Internacional y Europeo de las Personas con Discapacidad, que se celebra anualmente el 3 de diciembre, el Observatorio Contra la Desinformación en Salud (OCODES) desea contribuir con el siguiente artículo que analiza cómo el término discapacidad perpetúa el estigma y la exclusión social partiendo del modelo biomédico tradicional que pone su énfasis en el déficit y sugiere la adopción del concepto de diversidad funcional como alternativa inclusiva y emancipadora. Por otro lado, se exploran algunos datos relativos a la situación de las personas con diversidad funcional en las universidades españolas haciendo hincapié en el camino que todavía queda por recorrer para la plena inclusión de este colectivo.

De la discapacidad a la diversidad funcional

El término discapacidad carga con un historial de exclusión y marginalización. Tal y como se señala en el artículo ‘La discapacidad como falacia diagnóstica’, la raíz ‘dis’, inherente a su construcción, remite a lo deficiente o incapaz, estableciendo una relación dicotómica entre normalidad y anormalidad. Este modelo, basado en un enfoque biomédico, clasifica a las personas según un estándar rígido de funcionalidad y contribuye a una visión reduccionista que patologiza las diferencias. Así, la discapacidad no solo describe una condición física o cognitiva, sino que funciona como una etiqueta que condiciona la identidad y limita las oportunidades de quienes la portan. Desde este enfoque, el problema principal radica en cómo la sociedad estructura las barreras, tanto físicas como actitudinales, que agravan la exclusión. Este constructo social, reforzado históricamente por el capitalismo, define a las personas en función de su capacidad productiva, relegando a quienes no cumplen estos estándares a los márgenes de la sociedad​.

El concepto de diversidad funcional surge en 2005 en España como una propuesta del Foro de Vida Independiente (FVI). Este movimiento, inspirado en la Filosofía de Vida Independiente, rechaza las definiciones en negativo, como «discapacidad» o «minusvalía», y propone un enfoque centrado en las capacidades y derechos de las personas. Según un artículo publicado en 2010 por la Revista Internacional de Sociología, este modelo reivindica el respeto por la dignidad humana como parte de la diversidad inherente a nuestra sociedad, en la que las diferencias deben valorarse como una riqueza y no como un problema que requiere corrección.

La diversidad funcional abandona la patologización y promueve una visión que reconoce a las personas como sujetos activos, capaces de tomar decisiones y participar plenamente en la vida colectiva. Este enfoque está alineado con un paradigma emancipador, que pone en el centro los derechos humanos y la inclusión social.

A pesar de su potencial transformador, el término diversidad funcional enfrenta desafíos significativos. Esta noción no logra desvincularse completamente de las estructuras de poder que perpetúan la normalización y la exclusión. Por ejemplo, aunque el modelo intenta alejarse de la influencia biomédica, sigue dependiendo de sistemas sociales que imponen estándares de funcionalidad. Además, el concepto presenta el riesgo de invisibilizar las necesidades concretas y heterogéneas del colectivo. Cada persona con diversidad funcional vive una realidad única, influenciada por su contexto social, económico y cultural. Por ello, es fundamental evitar una homogenización que reduzca las experiencias individuales a una categoría abstracta que no contemplan la historia vital y su contexto sociocultural.

Diversidad en la Educación Superior en España

El ‘VI Estudio sobre la inclusión de Personas con Discapacidad en el Sistema Universitario Español (2021-2022)’ publicado por Universia destaca que en España el número de estudiantes con discapacidad en universidades aumentó de 8.230 a 22.156 entre los años 2008 y 2022. Esto supone el 1,6% del alumnado universitario total, con un 51,9% en modalidad presencial y un 48,1% a distancia. Las universidades públicas albergan al 86,3% de este alumnado. Las discapacidades físicas son las más comunes (34,1%), seguidas de la discapacidad intelectual (13,3%) y la sensorial (10,9%). Concretamente, en la Universidad de Zaragoza, según los últimos datos aportados por la Oficina Universitaria de Atención a la Universidad (OUAD), fueron 252 las personas con diversidad funcional matriculadas en el año 2022.

Según el informe de Universia, en España, las universidades han implementado importantes medidas para mejorar la inclusión de las personas con diversidad funcional. La mayoría (96,5%) cuenta con servicios de atención específicos, que ofrecen adaptaciones en el puesto de estudio, tutorización y seguimiento académico, y asesoramiento psicoeducativo. También se desarrollan programas de asistencia personal en el 56,4% de las universidades. En accesibilidad, el 86% de las universidades evalúa sus instalaciones físicas y digitales, y el 45,6% tiene planes específicos para garantizar el acceso universal. Además, el 61,4% ofrece becas y ayudas económicas específicas. En formación, el 22,8% de las universidades incluye temas de discapacidad en sus programas, mientras que el 85% desarrolla proyectos de investigación en este ámbito. Sin embargo, solo el 22,8% asegura la representación de personas con discapacidad en sus órganos de gobierno, un aspecto crucial para la inclusión.

Por último, más del 50% de los estudiantes utilizan los servicios de atención específicos y destacan su impacto positivo en la eliminación de barreras académicas y sociales. No obstante, aunque estas medidas han mejorado la percepción de inclusión, con un 82% de estudiantes sin experiencias de discriminación, aún persisten barreras, como la falta de accesibilidad y las dificultades para acceder a adaptaciones curriculares, Además, el 60,6% percibe dificultades para encontrar empleo en comparación con sus compañeros sin discapacidad.

En definitiva …

Transitar del término discapacidad al de diversidad funcional es un paso hacia la construcción de una sociedad más inclusiva y respetuosa con las diferencias. Sin embargo, este cambio semántico debe ir acompañado de transformaciones estructurales profundas que eliminen las barreras materiales y culturales que perpetúan la exclusión.

Las universidades, como instituciones fundamentales para el desarrollo social, deben apostar por este proceso y, aunque las medidas actuales han sido clave, el esfuerzo que los estudiantes deben realizar para superar barreras demuestra que la igualdad de oportunidades aún no se ha logrado plenamente. El horizonte es avanzar hacia universidades tan accesibles que los apoyos específicos sean innecesarios. En este sentido, desde OCODES, pensamos que la clave está en reconocer que todas las personas tienen derecho a ser valoradas por lo que son, más allá de etiquetas que limiten su potencial.