Endometriosis: El dolor silenciado

Endometriosis: El dolor silenciado

Soledad Alonso García

14 de marzo de 2025

El 14 de marzo es el día mundial de las matemáticas, del sueño, del número pi… y también de la Endometriosis. ¿Endometriosis? Un nombre tremendamente difícil de pronunciar, pero mucho más difícil es diagnosticarla. Proviene de endometrio, esa capa interna del útero que se descama cuando no ha habido embarazo y se expulsa en forma de menstruación. La endometriosis no es endometrio, a lo largo del tiempo que llevamos divulgando la enfermedad, nos estamos encontrando un gran desconocimiento del cuerpo, principalmente del cuerpo femenino; por ello, conviene recordar qué es exactamente la menstruación.

Sí, mucho desconocimiento, pero ¿qué es la endometriosis y qué tiene que ver con la regla? Es una enfermedad crónica, inflamatoria, multisistémica y hormonodependiente, con una prevalencia de más de un 10% en mujeres fértiles (las asintomáticas quedan fuera del porcentaje). Los últimos estudios han determinado que tejido similar al del endometrio crece fuera del útero, se implanta y adhiere en otros lugares del cuerpo, principalmente en zonas adyacentes como la pelvis, y con menor frecuencia en regiones más alejadas.

No te convence, ¿verdad? Bueno, ¿qué opinas si te digo que la regla como proceso fisiológico no debería doler? Sin embargo, hay mujeres que durante el ciclo se quedan en cama o no pueden llevar a cabo una vida corriente sin analgésicos o, simplemente, silencian el dolor, lo dejan a un lado para que no interrumpa su torbellino diario. Todas ellas están negando que su cuerpo les está diciendo que algo no funciona bien. El dolor es el principal síntoma de la endometriosis, un dolor severo e incapacitante que se puede manifestar bien durante la menstruación o a lo largo de todo el ciclo, a veces al miccionar o al defecar, al mantener relaciones sexuales.

¿Por qué no se quejan? Si algo duele, pues vas al centro de salud y ¡andando! Todo es un poco más complejo. El dolor menstrual está muy normalizado a nivel social, ¿quién no ha escuchado alguna vez “¡Hala chica! Todas tenemos la regla y no es para ponerse así. ¡Te tomas un ibuprofeno y ya está!” Es el cuerpo femenino sobre el que recae el dolor, un dolor silencioso, un dolor vergonzoso, mucho más cuando hablar de la menstruación queda relegado a espacios privados o íntimos, a espacios seguros. La regla se oculta, se invisibiliza, ¿en cuántas series, películas, obras de arte, literatura… muestran a una mujer sangrando durante su ciclo? Si no se ve, no se habla, no se estudia, no existe.

Para aportar otro dato más, se tarda una media de 7 a 10 años en diagnosticar. Un periplo por diferentes consultas explicando los síntomas, no encontrando respuestas y sin identificar que la causa es la “endo”. Otras veces, se detecta cuando se está a la búsqueda de un embarazo y este no aparece, consecuencia de la infertilidad que produce.

Todo eso en el mejor de los casos, es decir, acabo de describir el camino de una mujer afectada por endometriosis que accede sin problema a centros sanitarios, que se interesa por tener una buena salud, por cultivar una vida plena, etc. Pero, esa prevalencia del 10% excluye a una gran cantidad de mujeres que o bien no tienen acceso a un conocimiento sobre su cuerpo o bien sus condiciones socio-económicas no le dejan escuchar a su cuerpo, enfermar, preocuparse por sus ciclos, o atender al dolor.

¡Qué drama! Bueno, un drama que puede ser desdramatizado; con información y formación los males son menores. No podemos olvidar que es una enfermedad crónica, existen tratamientos que aplacan el dolor y, con ciertas pautas de cuidado y autocuidado, se puede tener una vida “normal”. Por un lado, tenemos tratamientos hormonales que contienen el avance del tejido (serán los profesionales especializados quienes nos propongan tratamiento y nosotras decidiremos seguirlo o no); por otro lado, existen tratamientos más próximos a poner a la mujer en el centro de su vida, entre ellos están las recomendaciones alimentarias, una buena dieta antiinflamatoria y sana mejora la calidad de vida, acompañada de actividad física, tratamientos fisioterapéuticos y apoyo psicológico, mejoran la existencia. Por desgracia, cae bajo la responsabilidad, y economía, de cada una seguir o no estas recomendaciones, al igual que seguir o no un tratamiento hormonal, este último cubierto generalmente por la Seguridad Social.

Poner el foco en el individuo concreto es muy desolador, sin un acompañamiento no es posible tomar las riendas de la propia salud, así que no queda más que hablar del factor psicológico. Al ser una enfermedad con causa y cura desconocida, hemos de aceptarla como parte de la vida, pero ¿cómo voy a aceptar MI vida con dolor? ¿Cómo voy a querer vivir atravesada por las limitaciones físicas derivadas de esta patología? Acompañada se lleva mejor. La escucha, el apoyo profesional y, sobre todo, encontrar ese espacio de iguales que te hacen sentir menos sola en el camino. Tenemos que lidiar con el dolor físico y con una enfermedad crónica, a muchas de nosotras nos ayuda formar parte de una red integrada por mujeres que viven la “endo” desde una perspectiva activa, colaboradora y respetuosa con el momento en el que se encuentra cada mujer.

ADAENA (Asociación de Afectadas de Endometriosis de Aragón) promueve la visibilización, la información, la concienciación y la investigación; esta enfermedad requiere de un enfoque multidisciplinar médico y vital: familiares, parejas, instituciones, entorno sanitario y social deben confluir para que todas las afectadas puedan realizar y realizarse en un entorno seguro. Con nuestro pequeño grano de arena intentamos llegar a aquellas mujeres que después de un diagnóstico (o a la espera de él, e incluso sin él) no saben cómo enfrentarse a esta nueva “normalidad” que se les presenta; las acompañamos, las informamos, las escuchamos y abrazamos. Proporcionamos acompañamiento psicológico especializado y espacios formativos para el cuidado y autocuidado. Nuestra propuesta es que una vida con endometriosis merece ser vivida, bien vivida.

Si la regla duele, hay un motivo, ¡búscalo! No estás sola.

¡Hay esperanza, haz red!

El tabú de la violencia al profesional sanitario: Una epidemia oculta

El tabú de la violencia al profesional sanitario: Una epidemia oculta

María Dolores García Pérez

10 de marzo de 2025

Las agresiones laborales a profesionales de la salud son un problema creciente que tiene consecuencias nefastas para las víctimas, tanto a nivel físico como psicológico. Sin embargo, a pesar de su gravedad, muchas de estas agresiones nunca llegan a ser declaradas.

¿Por qué no se declaran todas las agresiones laborales que sufre el personal sanitario? 

Uno de los principales motivos es la extendida percepción del personal sanitario de que realizar la declaración de la agresión recibida no sirve para nada, no traerá consecuencias para la persona agresora ni mejorará su seguridad en el trabajo. La falta de respuesta por parte de las instituciones refuerza esta percepción. Además, el miedo a posibles represalias supone también un importante elemento disuasorio para realizar la declaración.

Otro factor es la normalización de algunos comportamientos agresivos. La conciencia de trabajar en un ambiente en el que se generan situaciones muy críticas o dolorosas facilita que algunos episodios violentos, especialmente relacionados con las agresiones verbales sean considerados “una parte desagradable del trabajo”.

Las barreras burocráticas también juegan un papel importante. Los procesos de declaración no siempre son ágiles y sencillos, lo que desanima al personal sanitario a usarlos. Si apenas tienen tiempo para atender a los pacientes, ¿cómo van a dedicarlo a trámites administrativos largos y complicados?

A esto se suma que en algunas instituciones ni siquiera existe un método específico para realizar la declaración o que, si existe, este no se conoce por las personas que trabajan en ella.

La falta de información sobre qué se considera una agresión laboral, principalmente en el caso de las agresiones verbales es otro de los motivos que esgrimen las víctimas. Las definiciones pueden ser ambiguas y en muchas situaciones las víctimas dudan si lo que han sufrido es declarable. Esto no es baladí, ya que las agresiones laborales verbales son las más comunes y las más invisibilizadas.

¿Cuáles son las implicaciones de no declarar?

Las consecuencias de la infradeclaración de agresiones en el ámbito laboral son alarmantes. La exposición a este fenómeno, además de las lesiones directas que puede provocar, genera estrés, ansiedad y agotamiento en los y las profesionales, colaborando de forma muy activa en el desarrollo del síndrome del quemado o burnout.  Asimismo, interfiere en la calidad del servicio que prestan, con un aumento de conductas defensivas. El miedo y la inseguridad en el entorno laboral también pueden influir incluso en el abandono de la profesión, presentando una menor adherencia al puesto de trabajo.

No declarar estas situaciones implica que las cifras oficiales no reflejan la realidad, opacando su trascendencia y dificultando que este fenómeno adquiera la prioridad política que debería tener. Además, si no se conoce lo que ocurre y de la forma en la que se materializa, difícilmente pueden implementarse herramientas efectivas para la lucha contra estos eventos. La recopilación de datos precisos facilitará la creación de estrategias preventivas y permitirá adaptar las políticas de seguridad laboral a las necesidades del personal sanitario. Invertir en esto no solo beneficia a quienes trabajan en el sector, sino que también mejora la calidad de la atención sanitaria y refuerza la confianza de los pacientes en el sistema de salud. Visibilizar este problema es el primer paso para encontrar soluciones.

¿Qué se puede hacer?

Para mejorar esta situación, es fundamental que las instituciones faciliten la declaración de agresiones mediante procesos simples y rápidos. También es clave ofrecer apoyo y protección a quienes se atrevan a denunciar, evitando que teman represalias. La formación en identificación y reporte de agresiones ayudaría a que el personal sanitario reconozca cuándo han sido víctimas de una agresión y sepan qué pasos seguir. Adicionalmente, se deben realizar campañas de sensibilización para dejar claro que la violencia no es una parte aceptable del trabajo en el sector salud.

En definitiva, el compromiso con la seguridad y el bienestar del personal sanitario debe ser una prioridad para garantizar un sistema sanitario más justo y eficiente.

Género y salud mental: Cuando la desigualdad enferma

Género y salud mental: Cuando la desigualdad enferma

Elisabet Torrubia Pérez y Ángel Gasch Gallén

8 de marzo de 2025

Nuestra sociedad se halla sujeta a múltiples condicionantes, entre los que destaca el sistema sexo-género. Un sistema jerárquico que, según la Organización Mundial de la Salud o el Ministerio de Sanidad, genera desigualdades injustas, sistemáticas y evitables, que acaban impactando en la salud de los colectivos más vulnerables.

A pesar de los cambios y las transformaciones sociales, las desigualdades persisten, lo que hace necesario adoptar nuevos paradigmas, como el enfoque interseccional de género en salud. Este enfoque se centra en cómo interactúa el género con otros factores, como el nivel socioeconómico, la educación o el origen étnico, permitiendo comprender cómo las desigualdades se acumulan y afectan de manera única a la salud de cada persona, tal y como plantea Ariadna Graells en un artículo publicado en 2025.

Desde esta perspectiva es posible reconocer las lagunas que aún existen a la hora de comprender mejor la salud de las personas a las que cuidamos. Por ejemplo, el desconocimiento del impacto en la salud de las identidades de género no normativas, debido al estigma, la opresión y las situaciones de tránsito que viven, así como de las formas específicas de manejar los autocuidados que generan estas experiencias. En este sentido, autoras como Ellinor Tengelin o Elisabeth Dahlborg-Lyckhage destacan que ser conscientes de las propias preconcepciones relacionadas con los pensamientos normativos y sus consecuencias, puede ayudar a las y los profesionales de salud a proveer cuidados de alta calidad, también con personas que no cumplen con las normas sociales dominantes.

Otro ámbito en el que este marco aporta una visión central es el de la atención a la salud mental. Las desigualdades sociales atesoradas en el sistema patriarcal son claros ejemplos de cómo la opresión y las desigualdades actúan de forma interseccional, especialmente en lo relativo a la salud mental de las mujeres. Factores como las diferencias a nivel económico y laboral, la asunción de los cuidados, la presión estética y la violencia estructural desempeñan un papel clave en el entendimiento de este fenómeno.

En este contexto, numerosos estudios han demostrado que la depresión, la ansiedad, los trastornos de la conducta alimentaria, los trastornos del sueño, el malestar y la fatiga o el abuso, la negligencia u otros malos tratos están influidas por las desigualdades de género que interactúan con los determinantes sociales.

En concreto, en un estudio realizado en el sur de Cataluña, se obtuvo una prevalencia de 18,75% de problemas de salud mental con especial influencia psicosocial. El número total de habitantes con estos diagnósticos ascendía a 33.680 de los cuales el 64.6% eran mujeres y eran estas las que más probabilidad tenían de sufrir estos problemas. La prevalencia obtenida de personas diagnosticadas en el territorio estudiado fue del 24,4% para mujeres, frente al 13,1% de hombres. Estas cifras son similares a las que se han observado en otras regiones de España a lo largo de los años, lo que confirma que este es un problema estructural y no un hecho aislado.

En definitiva, el impacto que los contextos sociales, culturales y políticos tienen sobre la salud de quienes se ven envueltos en ella es evidente y se hace imprescindible ahondar en su comprensión, desde un enfoque interseccional de género, para promocionar políticas equitativas y programas de prevención y atención a la salud mental realistas y efectivos.

Autolesiones: El clamor de la piel

Autolesiones: El clamor de la piel

Alba Zorrilla Blasco y Tatiana Simal Galindo

2 de marzo de 2025

El día 1 de marzo se celebra el Día Mundial de la Concienciación sobre la Autolesión que tiene el objetivo de visibilizar estas conductas, concienciar a la población y apoyar a aquellas personas y familiares que las sufren.

 
¿Qué se entiende por autolesión?

Una autolesión es aquel acto consciente y voluntario que comete una persona para provocarse daño en alguna parte del cuerpo, pero que carece de intención mortal, por lo que también se denominan autolesiones no suicidas (ANS).

Engloban una variedad de actos desde cortarse (cutting), morderse, rascarse, quemarse, arrancarse pelo o hurgar en heridas previas a acciones más indirectas como sobreingestas medicamentosas, atracones de comida, ingesta masiva de alcohol o de otras drogas, conductas de elevado riesgo, etc. Las más frecuentes son los cortes, sobre todo en antebrazos, pecho, piernas y abdomen.

Estas conductas, aunque pueden darse a cualquier edad, parecen ser más frecuentes durante la adolescencia y la juventud; de hecho, la edad de inicio se sitúa entre los 11 y los 13 años. Por otro lado, suelen ser más habituales en las adolescentes y su prevalencia ha aumentado significativamente en los últimos años, especialmente desde la pandemia.

Las prácticas sobre el cuerpo, que ya se han mencionado, han existido siempre. Lo que preocupa y llama la atención es la dimensión, casi epidémica, del momento presente. Según varios informes la prevalencia en población adolescente europea (no clínica) se sitúa entre el 10 y el 30%, mientras que el último informe del Observatorio Español de la Salud Mental Infanto-juvenil señala que el 38% de las personas entre 9 y 16 años ha pensado alguna vez en autolesionarse.

Por último, aunque son conductas que tienden a remitir con el tiempo y la edad, conforme mejora la capacidad de regularse emocionalmente, no todas las personas las abandonan en la etapa adulta.

 
¿Cuál es la causa de las autolesiones en la adolescencia?

La finalidad u objetivo que motiva las autolesiones puede ser variado. Algunos de ellos son: poder sentir alguna emoción (para contrarrestar el sentimiento de vacío), pérdida del sentido de su vida, para desplazar el dolor emocional al cuerpo, manejar el sufrimiento o intentar controlarlo, como desahogo o descarga para gestionar el malestar emocional, o con finalidad punitiva (autocastigarse). Es una conducta compleja y multifactorial, en la que la persona no busca dañarse ni llamar la atención (suelen practicarse en privado) ni la letalidad, sino todo lo contrario: son un intento de aliviar el sufrimiento.

Se podría decir que son un modo de autotratamiento espontáneo con el que extraer la angustia que sufren y resulta insoportable, cuando no se cuenta con un recurso mejor. En definitiva, una forma de comunicar el intenso malestar que sienten, una llamada de auxilio.

En algunos casos, las autolesiones pueden ser un comportamiento puntual, en otros, debido a su función calmante pero limitada en el tiempo, se tornan recurrentes. Las redes sociales también juegan un papel importante al normalizar e incluso reforzar el comportamiento autolesivo facilitando un efecto contagio, romantizando la propia conducta en sí o simplemente porque se sabe que otras personas lo hacen y les funciona.

La sociedad actual en la que se encuentra inscrito el adolescente parece someterlo a una posición incongruente entre el mandato de ser totalmente feliz todo el tiempo y disfrutar sin límites con la realidad de la vida. Momento especialmente complejo si añadimos la variable cuerpo, escenario donde se representan los intensos cambios físicos, psicológicos, emocionales y sociales. Estos cambios, junto con la pérdida del cuerpo y rol infantil, aunque son una parte normal del desarrollo, pueden suponer una dificultad para la aceptación. Y es en la piel, en el cuerpo, donde el adolescente simboliza su malestar. En definitiva, es un terreno que, aunque genere descontrol y desasosiego, también permite ejercer cierta autoridad y dominio.

 
¿Cuáles son las señales de alarma?

Entre los signos que deben poner en alerta a familia, amistades y profesionales de la salud o de la educación destacan:

  • Conductuales: se tapa, evita nadar o cambiarse de ropa delante de otras personas, utiliza pulseras para ocultar cortes, esconde y oculta objetos afilados o gomas elásticas, cambia su comportamiento habitual (se aísla o retrae) o el rendimiento, abandona de actividades habituales o se aísla y pasa más tiempo a solas del habitual.
  • Emocionales: cambia de estado de ánimo bruscamente, tiene sentimientos de desesperanza, impotencia o inutilidad, expresa ideas de muerte o se culpa de los problemas.
 
¿Qué se esconde tras la autolesión?

Detrás de las autolesiones puede haber algún trastorno psicológico o una experiencia adversa, como acoso o abusos o un intenso malestar. Por ello, es importante valorar qué se esconde tras la autolesión. De forma usual, son situaciones relacionadas con: baja autoestima, altos niveles de impulsividad, depresión, ansiedad, tristeza, conflictos familiares, acoso escolar o abusos sexuales. Aunque en muchas ocasiones las autolesiones se asocian con un trastorno mental es una conducta frecuente en la población general de adolescentes y, aunque no tienen finalidad letal, es uno de los predictores más fuertes de un intento de suicidio futuro.

 
¿Qué se puede hacer?

Existen diversos protocolos de actuación para diferentes profesionales (educación, sanidad, ocio, etc.) pero coinciden en unas consignas básicas: adoptar una actitud de escucha, comprensión y apoyo, no juzgar y empatizar con sus emociones.

Diferentes estudios cualitativos hacen alusión a la importancia de informar y educar sobre las autolesiones y conducta suicida en el ámbito educativo con la finalidad de prevenir estas conductas y facilitar la detección de casos y derivación a recursos sanitarios si es preciso. Aunque no todos los adolescentes que se autolesionan aceptan ayuda profesional es importante animarlos a ello para que entienda por qué se autolesiona y guiarle en el manejo de las emociones.

 
En definitiva …

Las autolesiones en adolescentes son un problema grave y creciente. La educación, detección e intervención temprana, el apoyo emocional, el tratamiento profesional, la enseñanza de estrategias de regulación emocional y una red de apoyo, son esenciales para ayudarles a superar esta conducta y promover el bienestar mental en la adolescencia, extendiendo con ello su salud física y mental a la edad adulta, y garantizando una vida plena en el futuro.

Enredado acompañando vidas adolescentes

Enredado acompañando vidas adolescentes

José Miguel Ausejo Sanz

26 Febrero 2025

Acompañar adolescencias y adolescentes es una tarea exigente, que en no pocas ocasiones origina malestar, preocupación e incertidumbre sobre el camino que se recorre de forma conjunta. Es cierto que del mismo modo proporciona momentos vitales de gran satisfacción, y experiencias muy enriquecedoras.

Acompañar supone caminar al lado, tener paciencia, plantear las preguntas acertadas, mostrar disponibilidad, mantener el buen humor, ser oportuno, saber retirarse a tiempo para volver a intentarlo en otro momento.

Algo tan vital, cambiante, diverso e individual como la vida adolescente obliga a quienes se muestren interesados en llevar a cabo esta tarea, a mantenerse en contacto con “las adolescencias y los adolescentes” como espacio de conocimiento. A trabajar junto a otros profesionales que nos ayuden a no perder la dirección a no vernos sobrepasados, y a no quedarnos atrapados en prácticas que con frecuencia no dan respuestas suficientemente adecuadas a las realidades que se nos presentan.

Una sencilla sugerencia de entrada; esta tarea no parece muy recomendable para aquellos o aquellas que no toleren muy bien el movimiento y los cambios, que anden justitos de paciencia, o que lo crean tener todo claro y resuelto.

Me atrevo a proponer cuatro ideas surgidas del trabajo diario junto a adolescentes, y de la experiencia de otras compañeras y compañeros en ese transitar por las adolescencias. Son discutibles y probablemente tengan fecha de caducidad, pero es posible que nos puedan ayudar a recorrer estos territorios. Señalan aspectos que, a mi modo de ver, resultan necesarios en la propuesta de acompañar adolescencias y adolescentes.

Un primer aspecto gira en torno a la escucha. Una escucha dispuesta a emplear tiempo, que no siente incomodidad con los silencios, que en ocasiones recoge todo el malestar y el sufrimiento presente en sus vidas. Que no interpreta ni juzga, sino que, sencillamente, demuestra interés por sus intereses y preocupaciones. Escuchamos con amabilidad, mostrando curiosidad por entender, sin prisa. Una escucha que no agobia ni interroga. Que reconoce el momento de parar, y lo sugiere de un modo sensible. Que no tiene respuestas para todo, y se toma el tiempo necesario para pensar sobre como continuar, y que muestra disponibilidad.

El segundo aspecto se enfoca en la validación del sufrimiento y de los malestares, así como de las preocupaciones que pueda presentar. De este modo se podrá sentir reconocido el adolescente. Damos valor a sus expresiones, las confirmamos. Se puede sentir dolor, tristeza, rabia, alegría, asco … En definitiva, permite al adolescente o a la adolescente reconocerse a través de la mirada del otro. No propongo una técnica o táctica para acompañar, lo que sugiero es que el reconocimiento de sus vivencias nos aproxima y contribuye a que lo que podamos compartir tenga un valor diferente. Este reconocimiento trasluce que, a pesar de lo vivido y experimentado, la relación con adultos que conectan con mis malestares, y que no me proponen que no sienta lo que siento puede resultarme de ayuda.

Un tercer aspecto lo sitúo en relación con el trabajo sobre el modo en el que miramos. Nuestra mirada sobre las adolescencias y los adolescentes debe ser amable. Ha de tratar de rescatar lo positivo, reforzando los logros. Una mirada que intuye lo que hay de oportunidad. Mirar de forma acogedora, que nuestro modo de mirar busque que cada adolescente se pueda sentir que forma parte del lugar en el que nos encontremos, que dispone de sitio, y que su participación es importante. Convendrá educar la mirada en la sensibilidad precisa para poder apreciar los cambios, pudiendo adecuarnos en cada momento.

Por último, señalar la necesidad de construir un espacio confiable que proporcione seguridad, y que también pueda mostrar preocupación. Un espacio que favorezca la experimentación fuera del mismo y al que poder regresar sabiendo que es capaz de sostener. Este espacio confiable tolera ser puesto a prueba, y no juzga. En el trascurso del tiempo quizás podremos observar cómo algunas de las ideas que se comparten en el mismo resultan de interés para el adolescente pudiendo originar cambios en sus actuaciones.

Como trataba de expresar al inicio espero que estas ideas puedan resultar de interés para quien camine junto a adolescentes, al menos generando cierta reflexión, con el ánimo de que todos podamos acompañar mejor.