Derechos de los pacientes y salud mental

Derechos de los pacientes y salud mental

Plataforma de Salud Mental de Aragón (PSM)

18 de abril de 2025

“El valor moral de una sociedad se nota en cómo trata a sus enfermos mentales más graves”

Inspirada en la conocida cita de Dostoyevski

 

Derechos Humanos son, como sabemos, garantías jurídicas que protegen a las personas de aquellas acciones que interfieren en sus libertades fundamentales y en la dignidad humana. Son universales, no pueden ignorarse ni abolirse y, sobre todo, son de obligado cumplimiento para los Estados desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

 

Hay varias razones por las que los ciudadanos deberíamos preocuparnos especialmente por los derechos humanos de las personas con enfermedad mental; la más importante es que nos encontramos a menudo con que las personas con enfermedad mental sufren un déficit de ciudadanía en lo relativo a esos derechos.

 

Son diversas las situaciones y prácticas en el campo de la asistencia a la salud mental con las que con frecuencia se vulneran esos derechos. Una de las más frecuentes y cuestionables son las prácticas coercitivas.  Bajo los argumentos de conseguir un bien superior -facilitar un tratamiento indispensable u obtener la adhesión al mismo-  basándose en la falta de autonomía de la persona y en el confuso concepto de falta de conciencia de enfermedad; o, cuando esto no es posible, argumentando la necesidad de disminuir el riesgo auto y hetero agresivo  y la obligación de gestionar el riesgo social necesario para la protección del paciente y de otros, asistimos a prácticas como ingresos involuntarios, contención física, aislamiento, medicación forzosa, traslados a kilómetros de distancia de la residencia habitual sin contar con la opinión de pacientes o presiones diversas.

 

La Comisión Europea de Derechos Humanos del Consejo de Europa en 2012 nos advertía que:

 

“La aplicación real del derecho a la salud está intrínsecamente conectada al derecho a la capacidad jurídica y por tanto al derecho de poner en práctica tal capacidad. Tener plena capacidad jurídica nos permite elegir dónde y con quién queremos vivir, votar al partido que preferimos, saber que nuestras decisiones en materia de salud serán respetadas, tener el control de nuestras finanzas y tener acceso a las actividades recreativas”.

 

Además, instaba a los gobiernos a tomar medidas en esa dirección.

 

Las medidas coercitivas violan un buen número de derechos de las personas con enfermedad mental por su carácter discriminatorio. La enfermedad mental no puede ser una excusa para la discriminación que va a añadir más dolor a la persona que ya tiene un sufrimiento psíquico.

 

Estas técnicas, que se aplican a menudo de forma protocolaria, vulneran no solo los derechos de los pacientes, sino que atentan contra su autonomía. También implican un abordaje en el que no se afronta el sufrimiento de quien lo padece, bloqueando el discurso del paciente y a la propia persona como interlocutor de su padecimiento y actor de su propio cuidado, o sea, provocan daños profundos en la subjetividad de las personas.

 

Desde la Plataforma de Salud Mental de Aragón, observamos una tendencia al alza de estas prácticas coercitivas en los servicios de salud mental. Estas coerciones no solo se dan en plantas de hospitalización de agudos y servicios de urgencias, sino también en unidades residenciales de media y larga estancia, unidades psiquiátricas penitenciarias, centros de atención juveniles, residencias de ancianos, centros para personas con discapacidad y, a veces poco discriminadamente, en plantas médicas de hospitales generales.

 

Observamos que esta tendencia en los servicios sanitarios ha ido creciendo de la mano de los criterios de eficacia, efectividad y eficiencia en la gestión de los servicios, con los que se venían a justificar.

 

Estas medidas tienen un potente efecto estigmatizador, al negar con frecuencia credibilidad y capacidad; si sumamos a esto limitaciones reales que a veces los pacientes sufren, se entiende su dificultad para evidenciar las discriminaciones de las que son objeto.

 

En un Estado de Derecho es nuestra responsabilidad visibilizar y combatir las discriminaciones que cercenan los derechos humanos de las personas con enfermedad mental, las vulneraciones de la dignidad de las personas y los derechos humanos que, al no ser reconocidas y condenadas, continúan su eficacia destructiva a lo largo del tiempo. Hoy en día ni clínica ni socialmente se establece la necesidad de reparar las consecuencias del daño psicosocial y trauma, derivadas del uso de ingresos y tratamientos involuntarios, contenciones mecánicas, aislamiento o de medicaciones forzosas.

 

Por todo esto, nuestro objetivo es promover la implementación de políticas y medidas legislativas, administrativas o de otra índole que conduzcan a un modelo en el que las personas con enfermedad mental o sufrimiento psíquico cuenten con los apoyos necesarios para que puedan consentir libremente sobre sus cuidados de salud, e integrarse plenamente en la comunidad. 

 

No sabemos si es posible eliminar completamente las prácticas coercitivas de la asistencia en salud mental y de la asistencia sociosanitaria en general, lo que sí pensamos es que tomar en cuenta que estas prácticas coercitivas son antiterapéuticas nos llevará, si hay una apuesta sincera por su eliminación, a la progresiva reducción de dichas prácticas, a la vez que a la búsqueda de los medios necesarios para hacerlo. Y que esto redundará en una asistencia más humanizada, personal y de cuidado para con las personas con sufrimiento psíquico.

 

Partiendo de una preocupación que suponemos compartida por pacientes, familias y profesionales en torno a la necesidad de una atención más respetuosa, creemos que avanzar hacia la reducción de prácticas coercitivas requiere de un plan comprometido desde los servicios de salud. Para ello, resulta clave contar con información pública y accesible que permita conocer con claridad la situación actual. Sería fundamental disponer de un registro unificado de contenciones tanto en el ámbito sanitario como en el sociosanitario, así como de datos sobre el número de personas con trastorno mental grave (TMG) que se encuentran ingresadas en residencias de mayores por la falta de recursos específicos en salud mental. También sería importante conocer cuántas personas con TMG son derivadas a centros de rehabilitación alejados de su comunidad de origen, y disponer de información detallada sobre las personas tuteladas, incluyendo cuántos profesionales participan en su atención y cuáles son las condiciones de los espacios residenciales en los que viven.

 

En sintonía con los planteamientos actuales de la teoría del reconocimiento, y para concluir, aportamos la reflexión que Anthony, ya en 2004, se formulaba en relación con los elementos necesarios para la recuperación del enfermo mental, en forma de pregunta:

 

“¿No hay un único principio que trascienda todos los otros (participación de la persona, orientación hacia el crecimiento, esperanza, autodeterminación y capacidad de elección), un principio superior del que todos los otros principios emanan? Pienso que lo hay, es el principio de la persona. El principio de la persona es definido simplemente como «las personas con enfermedad mental grave son personas»”.

Desmitificando el trastorno del espectro autista

Desmitificando el trastorno del espectro autista

Alba Zorrilla Blasco

2 de abril de 2025

En 2007 la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) designó el 2 de abril como Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo con el objetivo de visibilizar a las personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA), mejorar su calidad de vida y concienciar a la ciudadanía de la necesidad de contribuir a promover su derecho a participar en la sociedad en igualdad de condiciones.

Este año, con el lema “El autismo se presenta de infinitas formas”, la jornada quiere destacar que no hay una sola manera de vivir el TEA. Cada persona lo experimenta de forma diferente, aunque es habitual que haya ciertos retos comunes, como dificultades para comunicarse o relacionarse con los demás, comportamientos repetitivos o una forma de actuar más rígida.

El objetivo de este artículo es desmitificar algunas de las creencias más arraigadas o ideas preconcebidas en relación con el TEA.

 

El autismo es una enfermedad que se cura

El TEA no es una enfermedad, sino una forma diferente de desarrollo del cerebro que acompaña a la persona durante toda su vida. En este sentido, sus manifestaciones y necesidades cambian según las distintas etapas del desarrollo.

Detectarlo a tiempo y ofrecer una intervención adecuada, que apoye tanto al niño como a su familia, puede marcar una gran diferencia. Terapias como el Early Start Denver Model o el Análisis Conductual Aplicado (ABA) han demostrado ser muy útiles para mejorar habilidades sociales, comunicativas y cotidianas en personas con TEA.

 

La falta de cariño o las vacunas pueden provocar autismo

El psiquiatra Leo Kanner fue quien describió por primera vez el autismo como un cuadro clínico distinto, separándolo de otros trastornos como la esquizofrenia. Aunque creía que el autismo tenía un origen innato, en su momento dio cierto apoyo a la desacreditada teoría de las “madres nevera”, que culpaba erróneamente a una supuesta falta de afecto materno.

Años más tarde, en 1998, un estudio sin base científica relacionó las vacunas con el autismo. Este trabajo fue desmentido y retirado por fraude, pero la idea aún persiste en algunos sectores, impulsada por el movimiento antivacunas.

Hoy sabemos que no hay una única causa del autismo. Se trata de una condición vinculada al desarrollo del cerebro, influida por múltiples factores genéticos y ambientales que aún se están investigando.

 

El autismo solo se presenta en varones

En los estudios poblacionales, el autismo se identifica en aproximadamente tres niños por cada niña y en los estudios clínicos, también se identifica en mayor proporción en varones.

Una posible causa de esto radica en que, durante mucho tiempo, la investigación sobre el autismo se ha centrado principalmente en los niños, lo que ha provocado que muchas niñas pasen desapercibidas. Además, los criterios de diagnóstico no siempre tienen en cuenta las diferencias en cómo se manifiesta el autismo en ellas. Esto hace que muchas niñas y mujeres reciban diagnósticos tardíos, equivocados o, en algunos casos, nunca sean diagnosticadas. Como resultado, no solo tienen menos acceso a un tratamiento temprano, sino que también corren más riesgo de recibir apoyos que no se ajustan a sus verdaderas necesidades.

Además, las niñas y mujeres con autismo suelen tener habilidades sociales más desarrolladas que los niños y una mayor capacidad para imitar o jugar de forma estructurada. Además, durante la adolescencia, hacen un gran esfuerzo por «encajar», usando lo que se conoce como camuflaje o enmascaramiento para adaptarse socialmente. Aunque esto les ayuda a ser aceptadas, también puede ocultar los signos del autismo. Este esfuerzo constante tiene un alto coste emocional y físico, y muchas veces lleva a que lleguen a los servicios de salud mental con síntomas como ansiedad o depresión, sin que se identifique de inmediato el autismo como causa de fondo.

 

¿Epidemia? Entendiendo el aumento del diagnóstico

En los últimos años, ha aumentado el número de personas diagnosticadas con autismo. Según los Centers for Disease Control and Prevention (CDC), en EE. UU. se identifica TEA en 1 de cada 36 niños, y en España, el alumnado con autismo creció un 13% en el último curso.

Este aumento no significa que el autismo sea algo nuevo, sino que ahora lo detectamos mejor gracias a criterios más amplios, mayor conciencia social y mejores herramientas de diagnóstico. Muchos casos que antes pasaban desapercibidos —como los de niñas o personas con manifestaciones más sutiles— hoy se reconocen con mayor precisión.

 

Las personas autistas prefieren estar solas

Las personas con autismo suelen tener dificultades en la comunicación y la interacción social, lo que puede afectar la forma en que se relacionan con los demás. Sin embargo, eso no significa que no quieran conectar o tener vínculos afectivos. Muchas veces, es el entorno el que no se adapta a sus necesidades, lo que acaba generando aislamiento o rechazo.

Además, pueden ser muy sensibles (o poco sensibles) a ciertos estímulos como ruidos, luces o el contacto físico, lo que hace que algunas situaciones cotidianas les resulten incómodas o difíciles de manejar.

 

Las personas autistas son incapaces de sentir o expresar emociones, afecto o empatía

Las personas con autismo procesan la información, incluidas las emociones, de forma diferente. Mientras que muchos aprendizajes sociales y emocionales ocurren de forma natural en la mayoría de las personas, quienes tienen TEA suelen necesitar aprenderlos de manera más directa y explícita.

Con el apoyo adecuado, pueden identificar y comprender lo que otros sienten, así como reconocer y expresar sus propias emociones.

 

En definitiva …

En palabras de Montse Bizarro, autora del artículo “Estigma social en personas Autistas”:

Para combatir la desinformación, el diagnóstico puede ser un gran aliado; nos permite entendernos, conocer a más personas como nosotros, liberarnos de la culpa de ser diferentes, perdonarnos. Y, a través de ese autoconocimiento, podemos empezar a hacer activismo, a explicar a los demás las razones que subyacen a nuestros comportamientos para que puedan comprenderlos y para que, poco a poco, se vaya diluyendo el estigma hacia el autismo.

Conociendo el trastorno bipolar

Conociendo el trastorno bipolar

Andrés Martín Gracia

30 de marzo de 2025

El trastorno bipolar está presente en la población con una prevalencia que oscila entre el 1 y el 3%. Actores famosos como Catherine Zeta-Jones, cantantes como Kurt Cobain, escritores como Ernest Hemingway y, en nuestro país, el presentador y actor Javier Martín, que ha escrito un libro titulado “Bipolar y a mucha honra”, demuestran que el trastorno bipolar está presente en todas las capas de la sociedad.

 

Pero ¿qué es el trastorno bipolar?

Es una alteración de los mecanismos que regulan el estado de ánimo con fases de euforia (fase maníaca) y fases de tristeza (fase depresiva).

Suele comenzar entre la segunda y la tercera década de la vida y el primer episodio suele venir precedido por una situación ambiental estresante o el consumo de sustancias tóxicas.

Hay dos tipos fundamentales de trastorno Bipolar: tipo I y tipo II. El tipo I combina fases maníacas y depresiones y es tan habitual en hombres como en mujeres. El tipo II alterna fases eufóricas de menor intensidad (hipomanía) con depresiones y es más frecuente en mujeres.

Eduard Vieta Pascual, psiquiatra español conocido por su trabajo en el campo del trastorno bipolar, apunta que en la llamada fase maníaca pueden aparecer síntomas como hiperactividad, exceso de energía, locuacidad, euforia, insomnio, aumento de la sociabilidad, ideas de grandeza, aumento del impulso sexual, aceleración del pensamiento, gastos excesivos, conducta desordenada, planes irrealizables y a veces ideas delirantes y alucinaciones. En contraposición, la fase depresiva se caracteriza por sensación de tristeza o vacío, apatía, baja autoestima, falta de ilusión, dificultad para realizar las tareas habituales, enlentecimiento, falta de concentración, molestias físicas, ansiedad, insomnio o exceso de sueño, pérdida o exceso de apetito, inhibición social, ideas de culpa o ruina e ideas de muerte o autolíticas. También pueden existir fases mixtas combinando síntomas de ambas fases.

La evolución de la enfermedad es variable combinando episodios eufóricos y depresivos. Las personas que tiene más de cuatro episodios al año se denominan cicladores rápidos. Además, suele observarse un patrón estacional característico con fases depresivas entorno a la primavera y el otoño y fases maniacas en verano.

 

¿Cuáles son las causas que lo provocan y cómo se diagnostica?

Se conoce que la causa de este trastorno es una alteración del termostato del estado de ánimo localizado en el sistema límbico del cerebro.

Existe un componente genético que determina la predisposición y sobre ésta influyen desencadenantes como el estrés o el consumo de drogas.

La enfermedad se diagnostica mediante los síntomas, los posibles antecedentes familiares y la evolución. Es decir, a través de la clínica observada. No existen pruebas objetivas, radiológicas o analíticas, que lo diagnostique, aunque actualmente hay investigaciones que tratan de utilizar muestras de sangre para poder diferenciar la depresión bipolar de la unipolar o depresión clásica.

 

¿Tiene tratamiento?

El tratamiento del trastorno bipolar, debido a su complejidad, es múltiple. La combinación entre tratamiento farmacológico, psicoeducación y psicoterapia es fundamental.

El tratamiento farmacológico consiste, fundamentalmente, en estabilizadores del ánimo para prevenir las recaídas. Los más frecuentemente utilizados son litio, valproato y lamotrigina. Los dos primeros necesitan controles mediante analíticas de sangre con cierta regularidad para medir sus niveles ya que, si son insuficientes podrían no ser útiles y si son excesivos pueden producir una intoxicación con efectos secundarios importantes.

Se pueden combinar con otros fármacos como antidepresivos, antipsicóticos, hipnóticos y tranquilizantes, pero los antidepresivos no se deben utilizar solos dado que favorecen las fases eufóricas.

En casos resistentes se puede usar la Terapia Electroconvulsiva, con la garantía de que se realiza en el quirófano con anestesista, y están en estudio terapias nuevas como la Estimulación Magnética Transcraneal para las fases depresivas resistentes.

En los casos graves hay riesgo de suicidio, sobre todo en las fases depresivas, por lo que es necesario valorar este riesgo ya que es del 15% en este trastorno.

Si los tratamientos habituales no funcionan y la persona está fuera de la realidad o con riesgo de suicidio puede ser necesaria la hospitalización durante un tiempo.

 

¿Qué puedo hacer si sufro trastorno bipolar para cuidarme?

Los autocuidados son clave para conseguir una buena evolución de la enfermedad.

  1. Autoobsérvate y fíjate en las variaciones de tu estado de ánimo.
  2. Duerme las horas adecuadas (entre 8 y 9 horas).
  3. No consumas tóxicos como alcohol o drogas.
  4. Haz ejercicio físico ajustado a tus necesidades.
  5. Mantén horarios y rutinas regulares.
  6. Maneja adecuadamente el estrés.
  7. Toma correctamente la medicación pautada.
  8. Realiza visitas periódicas con profesionales de Salud Mental (Psiquiatría, Psicología, Enfermería de Salud Mental).

Efectos del uso de pantallas electrónicas en el descanso de población infanto-juvenil

Efectos del uso de pantallas electrónicas en el descanso de población infanto-juvenil

Juan José Ortega-Albás y Carlos Pascual Jarque

17 de marzo de 2025

En el siglo XVII el sueño era bifásico, es decir, se dividía en dos fases separadas por un periodo de vigilia.

La primera parte ocurría entre las diez de la noche y la una de la madrugada. Luego le seguía un paréntesis de vigilia, con aproximadamente tres horas de duración. La segunda etapa era el sueño mañanero, que se prolongaba otras cuatro horas.

El sueño bifásico llegó a ser marginal en el núcleo urbanizado e iluminado del noroeste de Europa en el siglo XVIII, pasando a ser monofásico y con un retraso en la hora de dormir.

Thomas Alva Edison, considerado el padre de la bombilla eléctrica (inventada en 1879), opinaba que el sueño “es un vestigio de nuestro pasado cavernícola”. Quizá por ello no sorprende que el desprestigio del descanso nocturno se iniciara con el descubrimiento de la luz eléctrica, que permitió iluminar la noche. Y los niños y adolescentes fueron, probablemente, los más perjudicados.

Niñez, pantallas y sueño

El uso de pantallas se relaciona con una disminución de la duración del sueño y/o la eficiencia del mismo. Un estudio español realizado en niños con edades comprendidas entre los 2-6 años puso de manifiesto que ver la TV durante 1 hora y media o más se correlacionaba con una duración de sueño más acortada; los niños de edades entre los 8-12 años que ven la TV/DVD y juegan con video/ordenador tienen una duración de sueño menor y además una percepción de sueño o descanso insuficiente.

En el momento actual parece clara la interconexión entre el metabolismo y el sueño. Los efectos del “tiempo en pantalla” excesivo se observan en la cantidad y calidad del sueño; y un sueño insuficiente para la edad del niño, va a provocar alteraciones en el metabolismo, con tendencia al sobrepeso y a la resistencia a la insulina, y en último término, obesidad y diabetes mellitus. Los niños pequeños en particular y de grupos sociales marginados son los más susceptibles a un tiempo excesivo en pantalla.

Los niños con una TV en su habitación tienen un riesgo incrementado de obesidad, pobres hábitos de sueño, uso de sustancias y exposición a contenido sexual. Es por ello que deberían situarse las pantallas en estancias comunes donde su uso pueda ser monitorizado.

La Academia Americana de Pediatría (AAP) recomienda que los niños menores de 2 años no utilicen medios electrónicos, y los mayores de 2 años deberían restringir su uso a menos de 2 horas por día. Está claro que no se cumple en casi ningún país del mundo.

Como recomendaciones:

  • Esforzarse para limitar el tiempo de pantalla durante las comidas.
  • Promover la relación interpersonal y los hábitos de alimentación saludables.
  • Los servicios de salud deben desarrollar recomendaciones para limitar el tiempo en pantalla.
  • El papel de los padres en fijar contenidos que promuevan el aprendizaje.
Cambios que alteran el sueño en la adolescencia

La adolescencia provoca cambios importantes en la conducta, y el sueño no es una excepción. La principal modificación en la fisiología del sueño es un retraso en el tiempo del reloj circadiano, situado en el hipotálamo y encargado de sincronizar ritmos como el propio sueño, la temperatura corporal, la alimentación o la actividad física. Eso conduce a un retraso fisiológico en la hora de conciliar el sueño y de levantarse por la mañana.

También se produce más tolerancia a la presión homeostática de sueño, o sea, una mayor resistencia a la privación de éste.

Como consecuencia, la hora de ir a dormir es cada vez más tardía, mientras que la de despertarse cambia poco, ya que está determinada por el inicio de las clases. Esta circunstancia hace que el promedio del sueño en los adolescentes descienda drásticamente.

El sueño, escultor del cerebro

Este descenso es un aspecto muy importante, ya que el descanso nocturno contribuye a esculpir su cerebro. Durante la adolescencia disminuye el sueño lento profundo (fase N3 de sueño no REM), debido a la reducción del volumen de la sustancia gris cerebral. Por contra, se incrementa el volumen de la sustancia blanca, es decir, las conexiones que se establecen dentro del cerebro y fuera de él.

También existe una correlación entre el cociente intelectual y la amplitud y densidad de los denominados husos de sueño (spindles), característicos del sueño lento superficial (fase N2 de sueño no REM) y que se expresan mucho más intensamente en la adolescencia que en la niñez.

Es lógico que el sueño insuficiente impacte en el estado de ánimo de los adolescentes, aumentando los síntomas depresivos, la ansiedad y la reactividad emocional. De hecho, el sueño se encuentra alterado en el 95 % de los trastornos psiquiátricos (depresión, TDAH, trastorno por control de impulsos, ansiedad y trastorno bipolar).

Su privación incrementa las conductas nocivas entre los estudiantes de instituto: conducción bajo los efectos del alcohol, peleas, ideación o intento de suicidio, consumo de tóxicos y conducta sexual arriesgada. Y favorece la obesidad.

Pantallas electrónicas: el impacto de la luz azul

La era digital actual no contribuye precisamente a solucionar el problema. Tabletas, ordenadores o móviles emiten una luz azul enriquecida que bloquea la secreción de melatonina, hormona clave para inducir sueño y sincronizar los ritmos circadianos.

Los efectos nocivos de estos dispositivos en el sueño del adolescente han sido publicados ampliamente. No obstante, el retraso de fase característico de este rango de edad no parece depender de una mayor sensibilidad a la luz por la noche, sino del retardo en el tiempo de su reloj circadiano.

Es un círculo vicioso: a menor duración del sueño, mayor exposición a pantallas el día después por culpa de la fatiga creciente, que aboca a la conducta sedentaria. Y, por otro lado, disminuye el tiempo de actividad física, beneficiosa para el sueño.

En conclusión …

El sueño es fundamental en la maduración cerebral de los adolescentes y desempeña un papel clave para apoyar su bienestar mental y sus funciones cognitivas. Intervenciones en salud pública como retrasar una hora el inicio de las clases mejoraría su atención en el aula, provocaría menos retrasos y, en definitiva, reduciría la tasa de fracaso escolar.

¿Roncar o dormir? Conviviendo con apnea del sueño

¿Roncar o dormir? Conviviendo con apnea del sueño

Francisco José Navas-Cámara

14 de marzo de 2025

En mi familia a nadie le ha extrañado que se ronque cuando uno duerme, ya sea en la siesta o durante el sueño nocturno. Se podría decir que ha sido una tradición familiar durante generaciones. Incluso en más de una ocasión se ha bromeado sobre el hecho, habiendo llegado a grabar coros de ronquidos con el consiguiente cabreo de los “cantantes” cuando escuchaban la melodía, prueba fehaciente del escándalo sonoro. La cuestión se vuelve preocupante cuando compartes el lecho con tu pareja que es quien tiene que sufrir las estridencias que emite el buen durmiente, que además normalmente no es consciente de que está roncando, y que interfieren seriamente el buen descanso de quien le acompaña. El problema se incrementa cuando la pareja sufridora, que no puede conciliar el sueño, se da cuenta de que el roncador, en ocasiones, deja de respirar por un periodo prolongado de tiempo, segundos desesperantes e interminables en los que parece que el roncador ha fallecido. Afortunadamente, la respiración se recupera, y el individuo sigue durmiendo de forma más o menos apacible, recuperando los ronquidos, aunque el episodio de dejar de respirar se puede repetir con una frecuencia variable a lo largo del descanso. Esos episodios se conocen como “Apnea del sueño” y afectan alrededor del 4 % de los adultos.

Cuando dormir no es descansar: los síntomas que ignoré

Acabo de describir mi historia personal en relación con la Apnea del sueño, de la que yo no era consciente, hasta que mi pareja me lo comentó. Yo me sabía roncador, pero no tenía la sensación de dejar de respirar. Ella sí lo había detectado y en ocasiones se había asustado porque las pausas se prolongaban en el tiempo, a veces hasta 20 segundos. Cuando yo despertaba por la mañana no me sentía cansado, que es uno de los síntomas de esta patología, y podía desarrollar mi actividad con normalidad. Sin embargo, en mi vida diaria había indicios que apuntaban a un mal descanso nocturno que solo se podían atribuir a la Apnea del sueño.  Durante la noche, muchas veces sentía, sequedad de boca, interrupción brusca del sueño y palpitaciones intensas del corazón, probablemente debido a llevar unos segundos prolongados sin respirar. Esto se acompañaba de tener que ir a orinar dos o tres veces por la noche, circunstancia que se podía atribuir a la próstata, aunque no era el caso. Durante el día existía cierta tendencia a la somnolencia, cuando leía, o estaba viendo la televisión. Pero lo más preocupante, y que hizo saltar las alarmas, fue la tendencia a dormirme conduciendo. Siempre, antes de emprender un viaje, especialmente por la tarde y después de comer, tenía que dormir, aunque solo fueran 30 minutos para asegurar que no iba a dar cabezadas conduciendo. Eso me ha ocurrido en tres ocasiones y, aunque dura menos de un segundo, es una sensación absolutamente desagradable de pérdida de control y difícil de evitar. La somnolencia se apodera de la situación y entras en un sopor progresivo, que solo se detiene parando el coche y despejándote, porque si no corres el riesgo de ocasionar un accidente grave.

En busca de soluciones

Comentada la situación con la especialista, me pasó una batería de preguntas que dieron como resultado un índice de riesgo elevado que aconsejaba un estudio del sueño, una prueba que realicé de forma ambulatoria en casa. Consistía en monitorizar durante una noche: la presión arterial; la saturación de oxígeno (con esa pinza que te ponen en el dedo); y mediante unas “gafas respiratorias”, como las que ponen con el oxígeno, conectadas a un sensor, comprobar el ritmo respiratorio y las posibles paradas durante el sueño. La prueba no me pareció molesta y me dejó dormir. Los resultados fueron abrumadores y concluyentes. Padecía una Apnea del sueño severa de tipo central, eso quiere decir que no se debe a obesidad (muchas veces causante de este problema) sino que se debe a una falta de estimulación de la función respiratoria desde el sistema nervioso. Se detectó un número de paradas respiratorias nocturnas excesivo y las repercusiones sobre el funcionamiento del corazón en forma de taquicardias, de alteración de la presión arterial y de falta de aporte de oxígeno a los órganos podía resultar muy grave. Además, esas pausas respiratorias justificaban la somnolencia diurna y la tendencia al sueño conduciendo. Como la apnea, en mi caso, no es obstructiva, es decir no está provocada por la obesidad, no era cuestión de ponerme a dieta, que puede ayudar a mejorar la sintomatología, y la única herramienta terapéutica eficaz era aplicar “la máquina”, conocida como CPAP (del inglés “continuous positive airway pressure, presión positiva continua en la vía aérea). Este aparato suministra continuamente a las vías respiratorias aire a una presión más alta que la ambiental, de forma que las vías no colapsan y se mantienen abiertas, facilitando la respiración y evitando las apneas. Se consigue mediante una mascarilla aplicada solo a la nariz o conjuntamente a la nariz y la boca, dependiendo del patrón respiratorio de cada paciente. En mi caso la mascarilla es solo de nariz.

No me ha costado adaptarme al aparato, llevo ya 5 meses con él y mi pareja dice que no ronco ni detecta paradas respiratorias. El ruido del aparato es un susurro, ni a ella ni a mi nos molesta. La mejoría es significativa. Duermo habitualmente sin interrupciones. No me levanto a orinar a mitad de la noche, los despertares con sobresalto prácticamente han desaparecido, la somnolencia diurna también y la que se producía conduciendo ya no la siento. Las revisiones son periódicas y en el último control los episodios de apnea registrados por el aparato se han reducido a prácticamente la normalidad. Es decir, la terapia con CPAP está resultando efectiva y está previniendo problemas cardiorrespiratorios y vasculares potencialmente graves. Estoy contento. Los únicos inconvenientes son: la parafernalia nocturna de ponerte la mascarilla y conectarte al aparato, que acabas pareciéndote a un astronauta; y que tienes que viajar con él a donde quiera que vayas, para que la terapia sea efectiva. Pero está claro que las ventajas superan a los inconvenientes y más vale prevenir que curar. Hay que buscar mantener una buena salud y evitar que tu entorno pueda sufrir las consecuencias de tu enfermedad.