Casi una década después, sigo celebrando la vida
Testimonio anónimo
19 de octubre de 2026
¿Te vienes a pasar unos días fuera de Zaragoza? Aunque la tentación de pasar unos buenos ratos con amigas de la infancia era grande, algo dentro de mí me decía que no podía, que me tocaba la revisión ginecológica anual y que no me la debía saltar. ¡Qué más da! ¡Son solo unos días! Pero, como me enseñó mi madre, yo nunca me había saltado una revisión y esa no iba a ser la primera vez.
¿Corazonada? No lo sé, pero a mis 50 años oí lo que nadie desea: “en las pruebas hemos visto un posible tumor, hay que analizarlo”, “ven dentro de 15 días”. Y como una es fuerte como un toro, no le dije nada a nadie (para qué les voy a preocupar si seguramente no será nada) y me fui sola a por los resultados. “La biopsia que realizamos confirma que tienes cáncer de pecho”. Algo dentro de mí ya lo sabía antes de oírselo decir a la doctora. No puedo recordar con exactitud las cariñosas palabras que vinieron después: “no te preocupes”, “déjalo en nuestras manos”, “vamos a organizar los siguientes pasos”. Sólo recuerdo asentir, darle las gracias y, tras salir de la consulta, ir a mi trabajo como si no pasase nada.
Creo que, en ese breve trayecto de 10 minutos, lo que acababa de escuchar, tomó forma en mi cabeza y, lo curioso, es que no sentí miedo. Es más, si lo pienso detenidamente, nunca sentí miedo, tristeza mucha, pero miedo no, y es algo que aún hoy me sigue sorprendiendo (si me lee algún psicólogo, ¡que me lo explique, por favor!). Mi parte racional (que lo soy y mucho), acudió en mi ayuda trayendo a mi cabeza, a modo de defensa, datos que, en algún momento había leído u oído, recordándome que estaba formando parte de las más de 100 mujeres que, en España, reciben ese diagnóstico cada día (1 de cada 8, por lo que recuerdo que pensé: “bueno, al menos mi grupo de amigas está libre, de las 8 me ha tocado a mi”), pero que, afortunadamente, la tasa de supervivencia se situaba en torno al 86%. No dudé ni un segundo que en ese 86% iba a estar yo, y afortunadamente, 8 años después, aquí sigo, “limpia del bicho”.
Mi precoz diagnóstico, el avance de la medicina, confiar en todo el personal sanitario que me cuidó e, indudablemente, el factor suerte, han hecho que siga disfrutando de la vida. Ni luchar como una guerrera, ni ponerle ganas, ni todas esas cosas que se dicen y que aprovecho estas líneas para decir que ¡no ayudan nada! Ahí lo dejo.
A pesar de todo lo anterior, mentiría si no dijese que al llegar a mi despacho cerré la puerta y empecé a llorar. A llorar por las cosas que iba a perder. Mi pelo (con lo importante que ha sido siempre para mí, aunque parezca una tontería, es parte esencial de mi identidad), ¿mi pecho?, ¿mi feminidad?, ¿seguiría gustándole a mi pareja?, ¿me seguiría deseando?, ¿qué iba a ser de mi vida, de la de mi familia (mi marido, mis hijos, mis padres) los siguientes meses?, ¿cómo se lo iba a decir? No voy a centrarme en los malos momentos vividos (que desgraciadamente fueron muchos) y en aquellas cosas que perdí, sino en lo que gané, y gané muchas cosas. Y es aquí donde me quiero centrar.
Indudablemente, lo más importante es que el cáncer se eliminó y que, toco madera, no ha vuelto a aparecer. No voy a decir que tener cáncer de mama haya sido una suerte, pero mentiría si no dijese que me trajo cosas positivas que me han hecho ver y vivir de otra manera. Que realmente me cambiaron y que, lógicamente, también cambiaron a mi familia. Ser consciente de que existe una alta posibilidad de no estar juntos al día siguiente e incluso, dentro de un rato, cambia la vida. Lo frugal de la existencia se materializa, generando unos vínculos aún más fuertes que los que ya existían. Mamá puede que mañana no esté, y eso es muy duro y difícil para unos adolescentes, tu pareja te va a ver sufrir y pretenderá “quitarle hierro al asunto”, aunque por dentro esté destrozado.
A pesar de todo lo malo, lo vivido me ayudó a relativizar, a dar importancia a las cosas que realmente la tienen, a bajar mis niveles de autoexigencia, a intentar ser, todos los días, feliz con tu pareja, a no discutir por tonterías, ¡qué más da si la cocina está sin recoger! ¡vete a dar un paseo cogidos de la mano! Esto, que parece tan lógico, era algo que una obsesa del orden y de la limpieza como era yo no podría ni siquiera haber pensado antes. Abraza a tus hijos viendo una peli, toma un café con tu hermana, cuida a tus padres, charla con tus amigos. Los amigos ¡qué importantes son y qué afortunada soy con todos los que tengo! Tengo que decir que me sentí muy querida durante todo el proceso y que fui consciente de la cantidad de personas que, al menos, me apreciaban y se preocupaban de mí, ¡eso me hizo sentirme muy bien!
Por todo esto, desde hace ya casi una década intento ser una mejor versión de mí misma, más feliz, más empática, más cariñosa, más comprometida, y más centrada en disfrutar de la vida. Lógicamente no lo consigo siempre, no me he vuelto una santa, ni perfecta en todas sus acciones, sigo cometiendo errores, soy egoísta, me enfado, pero ahora me doy cuenta y reflexiono y, si hay opción, lo vuelvo a intentar. Celebro dos cumpleaños al año y espero seguir haciéndolo por muchos años más.
Desgraciadamente, sé que no es siempre así, que aún hay muchas mujeres (demasiadas) que no sobreviven, que recaen, que sufren mucho más de lo que yo sufrí. Como sociedad debemos hacer todo lo posible para que se investigue cada día más, que se descubran nuevos tratamientos y conseguir erradicar esta enfermedad. Pero hasta que esto suceda, por favor, haz todo lo posible para poder prevenirla, no te saltes ninguna revisión, obsérvate, explórate, enseña a tus hijas, a tus amigas, a las mujeres que tienes cerca cómo hacerlo. No hay nada que te garantice no enfermar, pero, al menos, intenta incrementar tus probabilidades para sobrevivir.

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