Cuando el cuerpo sufre, la mente tiembla: Importancia de la salud mental en el proceso oncológico

Cuando el cuerpo sufre, la mente tiembla: Importancia de la salud mental en el proceso oncológico

Jesús Samper Ibáñez

12 de febrero de 2025

En la actualidad, y a pesar de los avances en el diagnóstico y los tratamientos, el cáncer sigue siendo una de las principales causas de muerte en España afectando cada vez a un mayor número de personas.

El tabaquismo, el consumo de alcohol, la exposición a factores contaminantes, la obesidad, el sedentarismo o el propio envejecimiento poblacional son algunos ejemplos de factores que favorecen la aparición de enfermedades oncológicas en nuestra sociedad.

Según el informe ‘Las cifras del cáncer en España 2025’, el número de diagnósticos oncológicos en nuestro país alcanzará los 296.103 casos en 2025 lo que supondría un incremento del 3,3% respecto al año 2024. Según dicho informe, este crecimiento no solo se producirá en España, sino que tendrá su reflejo en el resto del mundo.

Si bien es cierto que este aumento seguirá progresando en los próximos años, también es verdad que las tasas de supervivencia cada vez son mayores. En España, la supervivencia de los pacientes con algún tipo de cáncer es similar a la de otros países desarrollados, duplicándose en los últimos 40 años y es probable que, aunque lentamente, continúe aumentando debido a los avances en la investigación oncológica, obteniendo diagnósticos cada vez más precoces y administrando tratamientos más personalizados y eficaces.

La importancia de los aspectos psicológicos

Es evidente que el cáncer no solo afecta a nuestra salud física, sino que también puede afectar a nuestra salud psicológica. De hecho, un diagnóstico oncológico es unos de los sucesos más estresantes a los que puede enfrentarse una persona a lo largo de su vida. El impacto que genera en los pacientes y sus familiares se debe, entre otras cosas, al significado social que asociamos a la palabra ‘cáncer’.

Seguramente muchos de nosotros hemos pasado, directa o indirectamente, por esta enfermedad, hemos vivido experiencias similares y, por lo tanto, tenemos ideas asociadas a ella. El simple hecho de escuchar el término ‘cáncer’ ya genera diferentes emociones como miedo ante el futuro, tristeza por el diagnóstico o rabia ante la sensación de injusticia. Suelen aparecer preocupaciones sobre cómo pueden afectarnos los tratamientos, cómo poder encajar la enfermedad con nuestro día a día o cómo tolerar el miedo ante el peligro que supone el cáncer para nuestra propia vida. Esta inestabilidad, provocada por la incertidumbre, resulta complicada de gestionar emocionalmente dado que supone una pérdida de control y genera una mayor inseguridad.

Sin embargo, no debemos olvidar que todas estas inquietudes son reacciones naturales y necesitan procesarse adecuadamente favoreciendo su expresión con el objetivo de mejorar la adaptación a todos los cambios que supone esta enfermedad. Olvidar estos aspectos puede favorecer la aparición de trastornos mentales relacionados con la depresión o la ansiedad y algunos vinculados con traumas y estrés como el Trastorno de Estrés Agudo, el Trastorno de Estrés Postraumático o los Trastornos de Adaptación, entre otros.

Atención psicológica y cáncer

Acompañar a los pacientes y familiares durante este proceso para evaluar sus necesidades psicológicas y atenderlas de una manera equilibrada y personalizada resulta de vital importancia. Es en este contexto en el que la psicooncología adquiere su razón de ser como rama de la psicología que ofrece soporte a pacientes, familiares y profesionales en las diferentes fases por las que pueden transitar durante el proceso oncológico. Estas abarcan desde etapas iniciales como el diagnóstico o los tratamientos, pasando por intermedias como la supervivencia y la adaptación a los cambios y secuelas provocados por la enfermedad, hasta otras más avanzadas como los cuidados paliativos, durante los que se acompaña a las personas en el final de sus vidas, o el duelo de los familiares tras el fallecimiento del ser querido.

Ayudar en el manejo del estrés ante las pruebas, acompañar en la toma de decisiones favoreciendo el papel activo y autónomo del paciente o facilitar una comunicación abierta, flexible y sincera entre pacientes, familiares y equipos sanitarios, son algunos ejemplos que resultan cruciales durante todo este proceso, puesto que pueden ayudar a incrementar la sensación de control, reduciendo el malestar y mejorando la adaptación a esta enfermedad.

En definitiva …

Teniendo en cuenta el impacto que genera el cáncer en la salud física de quienes lo sufren, no podemos subestimar la influencia de los aspectos emocionales durante todo este proceso. Resulta de vital importancia hacer hincapié en la necesidad del acompañamiento psicológico profesional durante todo el proceso de enfermedad. Para ello es indispensable establecer un enfoque holístico e integral en el que equipos multidisciplinares podamos colocar a las personas afectadas en el centro de los cuidados, ayudando a mejorar su experiencia, haciéndola lo menos estresante posible dentro de lo que podríamos considerar un malestar absolutamente natural.

Actividad física: Un antídoto eficiente contra la depresión (I)

Actividad física: Un antídoto eficiente contra la depresión (I)

David Navarrete-Villanueva y Adrián Hernández-Vicente

13 de enero de 2025

La depresión se ha convertido en una de las principales amenazas para la salud pública mundial. Con más de 300 millones de personas afectadas en el mundo, este trastorno mental es hoy en día la principal causa de discapacidad a nivel global según la Organización Mundial de la Salud (OMS). En Europa, alrededor del 7,3% de la población adulta sufrirá de depresión a lo largo de su vida y, según el Ministerio de Sanidad, en España la cifra alcanza un alarmante 5,3%, afectando a más del doble de mujeres (7,2%) que de hombres (3,2%).

Sin embargo, la depresión no solo afecta a quienes la padecen: su impacto económico es igualmente preocupante. Según la OMS, la depresión genera un coste global de alrededor de 1 billón de dólares cada año, una cifra que no solo refleja los gastos sanitarios, sino también las pérdidas asociadas a la reducción de la productividad laboral.

La actividad física como herramienta de prevención de la depresión

En este contexto, la OMS ha señalado una vía esperanzadora para combatir este problema: la actividad física. Según un informe reciente, si la población mundial cumpliera con las recomendaciones mínimas de actividad física diaria se podrían evitar hasta un 13% de los casos de depresión y se reducirían de manera significativa los costes sanitarios derivados de esta enfermedad.

El insuficiente nivel de actividad física en la población está directamente asociado con un aumento en los casos de depresión. De hecho, se estima que un 43% de los nuevos casos de enfermedades no transmisibles (ENT) estarán relacionados con los trastornos depresivos, lo que representa un enorme desafío para los sistemas de salud. Y no solo eso, aproximadamente el 28% de los costes directos del tratamiento de las ENT se destinan a la depresión, lo que subraya la magnitud de su carga económica y la necesidad urgente de medidas preventivas.

Es fundamental comprender que cuando hablamos de «actividad física», no nos referimos exclusivamente a lo que vulgarmente se denomina “hacer deporte”. La actividad física abarca todas aquellas acciones que incrementan el gasto energético, como caminar, subir escaleras o realizar tareas domésticas. Por otro lado, el «ejercicio físico» hace referencia a actividades estructuradas y planificadas, como el entrenamiento aeróbico o el de fuerza. Ambas son esenciales para mejorar la salud mental, pero lo que realmente marca la diferencia es la regularidad y la intensidad de la actividad.

La OMS recomienda que todos los adultos (18-64 años) deben realizar actividad física con regularidad acumulando, a lo largo de la semana, entre 150 y 300 minutos de actividad física aeróbica de intensidad moderada, o bien un mínimo de entre 75 y 150 minutos de actividad física de alta intensidad. Además, aconseja que en este grupo de edad se realicen actividades de fortalecimiento muscular de intensidad moderada-alta dos o más días a la semana. En otros grupos de edad y en otras situaciones de salud, como el embarazo, las recomendaciones pueden variar y adaptarse a las circunstancias (para más detalles puedes consultar las recomendaciones de la OMS aquí).

Numerosos estudios respaldan esta relación entre ejercicio físico y prevención de la depresión. Investigaciones publicadas en revistas prestigiosas como JAMA Psychiatry demuestran que la actividad física puede ser tan eficaz como los tratamientos psicológicos en la reducción de los síntomas depresivos. Pero eso no es todo: en algunos casos, incluso resulta una alternativa más accesible y económica. Por ejemplo, una revisión de la literatura científica liderada por Schuch en el año 2018 demuestra que el ejercicio regular puede reducir significativamente los síntomas de depresión, llegando a evitar, en muchas ocasiones, la necesidad de tratamientos farmacológicos. Además, estudios recientes resaltan que pequeños cambios pueden marcar la diferencia: caminar al menos 7,000 pasos al día puede reducir el riesgo de depresión en un 31% en comparación con quienes caminan menos.

La desinformación y la necesidad de conocer la realidad basada en ciencia

A pesar de la evidencia científica que respalda el impacto positivo de la actividad física en la prevención y tratamiento de la depresión, persiste una considerable desinformación al respecto. Asimismo, muchas personas todavía desconocen los beneficios de la actividad física en la salud mental. Este artículo es el primero de una serie de tres que se publicarán en el Observatorio Contra la Desinformación en Salud (OCODES), donde profundizaremos en los múltiples beneficios de la actividad física en la lucha contra la depresión, desmentiremos mitos comunes y ayudaremos a cambiar la percepción sobre este tema basándonos en la ciencia.

El rostro silencioso de la violencia contra la mujer

El rostro silencioso de la violencia contra la mujer

José Manuel Granada López

25 Noviembre 2024

Actualmente, somos plenamente conscientes del impacto que la violencia contra la mujer tiene en la salud física, mental y social de las víctimas y en la de las personas con las que conviven, especialmente niños y adolescentes. Sin embargo, no fue hasta mediados de los años 90 cuando Naciones Unidas (ONU) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) comenzaron a considerar la violencia contra la mujer como un problema de salud pública. De hecho, en nuestro país solo existen estadísticas de mujeres asesinadas desde 1999. Este fenómeno, complejo y multifactorial, vinculado a factores estructurales, culturales, sanitarios y sociales, requiere una intervención integral y especializada dirigida a la atención a las víctimas, pero, sobre todo, a la prevención de esta lacra.

Impacto de la violencia en la salud mental de las víctimas

La violencia contra la mujer puede estar en el origen de trastornos mentales o agravar condiciones preexistentes, según informa The Lancet. Entre los trastornos más comunes en las víctimas de violencia de género se encuentran el Trastorno por Estrés Postraumático (TEP), que afecta al 31-84% de ellas, y los trastornos depresivos. También se observan trastornos disociativos, como el «Síndrome de Estocolmo Doméstico», o el deterioro de la autoestima, que lleva a muchas víctimas a culparse y a justificar al agresor, haciendo muy difícil la posibilidad de salir de la situación de violencia. Además, el maltrato puede inducir conductas autodestructivas, como el suicidio o el consumo de sustancias, utilizadas como mecanismos de afrontamiento. Por último, las mujeres maltratadas también reportan un peor estado de salud autopercibida, lo que refleja la gravedad de los efectos psicológicos y físicos del maltrato.

Impacto en niños y adolescentes

Los hijos de mujeres víctimas de violencia también sufren consecuencias graves. La exposición a la violencia en el hogar puede generar inseguridad, miedo, alteraciones emocionales, síntomas de estrés postraumático y comportamientos violentos. Estos menores necesitan ser reconocidos como víctimas independientes y recibir atención especializada. La coordinación entre instituciones es esencial para garantizar una intervención adecuada.

Mujeres con problemas de salud mental y violencia de género

Por otro lado, uno de los grupos más vulnerables en este fenómeno son las mujeres con problemas de salud mental grave quienes tienen entre 2 y 4 veces más riesgo de sufrir violencia de género en comparación con la población general. Más del 80% de estas mujeres ha experimentado violencia (abuso físico o sexual) en el contexto de su relación de pareja. Sin embargo, un porcentaje significativo no identifica estas situaciones como violencia, lo que dificulta su abordaje por parte de los profesionales de salud mental, que en la mitad de los casos no tienen conocimiento de estas vivencias, según datos del estudio sobre la violencia contra las mujeres con enfermedad mental realizado por Fedeafes.

Factores como la triple discriminación (ser mujer, tener discapacidad y padecer una enfermedad mental grave), el aislamiento social, la falta de recursos económicos y el estigma social contribuyen a su vulnerabilidad, según informan las propias víctimas. Además, su relato suele ser menos creíble, y enfrentan barreras para acceder a información y servicios esenciales. Es clave combatir estos prejuicios y garantizar que estas mujeres puedan ejercer sus derechos con el apoyo adecuado.

Agresores y su relación con la salud mental

La evidencia científica revela que la mayoría de los agresores, aproximadamente un 75%, no presenta diagnósticos de enfermedades mentales. Sin embargo, entre los que sí los tienen, los trastornos adaptativos y de personalidad son los más comunes. El consumo de alcohol y otras sustancias es frecuente entre los agresores, al igual que los antecedentes de comportamientos violentos o de haber sido víctimas de violencia en diferentes contextos. Por último, cabe destacar que, aunque no hay un perfil único de maltratador, estos suelen compartir características como actitudes sexistas, inseguridad y comportamientos orientados al control y la dominación.

Propuestas para la intervención

Para enfrentar la violencia de género y su impacto en la salud mental, es esencial superar varias dificultades en el ámbito asistencial. Una de las principales barreras es el desconocimiento y la falta de formación en violencia de género entre los profesionales que participan en los sistemas de protección y asistencia. Además, las mujeres víctimas de violencia a menudo enfrentan discriminación y revictimización tanto en su entorno cercano como en los espacios de atención y tratamiento. El sesgo de género en el diagnóstico de trastornos mentales y la persistencia de prejuicios y estereotipos sobre la violencia y los problemas de salud mental también complican la situación.

El abordaje efectivo de la violencia de género implica trabajar tanto en el plano interno como en el externo. En el ámbito interno, es fundamental que las mujeres superen la culpa y la vergüenza, emociones que pueden impedirles hablar de su situación. En el ámbito externo, se debe garantizar la credibilidad del relato de las víctimas. Asimismo, es esencial capacitar a los profesionales para que aborden estos casos con empatía y sin prejuicios, e incorporar preguntas específicas en las evaluaciones de salud para identificar posibles casos de violencia.

Las mujeres también necesitan recursos específicos que incluyan talleres de empoderamiento, formación para profesionales y espacios de encuentro. La incorporación de la perspectiva de género en los servicios públicos es clave para empoderar a las mujeres y reducir los riesgos de violencia.

En conclusión, la violencia de género tiene un impacto profundo y multifacético en la salud mental de las mujeres. Enfrentar este problema requiere un esfuerzo colectivo que combine sensibilización, formación, intervención interdisciplinaria y el fortalecimiento de redes de apoyo.

Diabetes y salud mental: Una tarea pendiente

Diabetes y salud mental: Una tarea pendiente

Esther Samaniego Díaz de Corcuera y Carlos Navas Ferrer

13 Noviembre 2024

La diabetes mellitus es una enfermedad crónica que afecta a la forma en la que el organismo procesa la glucosa produciendo niveles elevados de ésta en la sangre. Existen dos tipos principales: la tipo 1, donde el sistema inmunitario ataca a las células productoras de insulina en el páncreas, y la tipo 2, caracterizada por la resistencia a la insulina.

Para quienes viven con diabetes, el control diario es fundamental: deben mantener niveles estables de azúcar en sangre, seguir una dieta variada y equilibrada, ejercitarse regularmente y, en muchos casos, usar medicación o insulina.

Queda claro que la diabetes es una patología compleja de manejar en sí misma, pero ¿qué ocurre si además coexisten en la persona problemas de salud mental?

Una situación preocupante

La conexión entre la diabetes y los trastornos mentales es compleja y multifactorial. En una revisión publicada en la prestigiosa revista ‘nature’ se explica cómo, tras el diagnóstico de una enfermedad mental grave, los cambios en el estilo de vida, como el sedentarismo, el tabaquismo y una dieta poco saludable, elevan el riesgo de padecer diabetes. Además, los antipsicóticos, necesarios para tratar algunas de estas enfermedades, contribuyen al desarrollo de esta enfermedad metabólica de forma directa o al favorecer el aumento de peso.

De hecho, investigaciones recientes informan que las personas diagnosticadas de algún trastorno psiquiátrico tienen un riesgo entre una y tres veces mayor de desarrollar diabetes tipo 2 en comparación con población no diagnosticada.

Dificultades y obstáculos

Algunos síntomas de la enfermedad mental, como la desmotivación, la falta de energía o las alteraciones del pensamiento, dificultan el autocuidado y la adherencia al tratamiento necesario para controlar la diabetes. De hecho, algunas personas diagnosticadas de esquizofrenia y diabetes que fueron entrevistadas con motivo de un estudio indicaron que a veces “la psicosis les hacía olvidarse de las pastillas o la insulina”.

En la misma línea, investigadores vinculados al Instituto de Salud Carlos III indican que la presencia de una enfermedad mental y de diabetes en la misma persona hace que se descuiden aspectos como el seguimiento de una dieta adecuada, la actividad física regular o la toma de medicamentos de manera puntual lo que puede llevar a un peor control glucémico y, en consecuencia, a complicaciones severas, como problemas cardiovasculares, neuropatías e incremento en la tasa de mortalidad.

Por otro lado, los índices de detección de diabetes tipo 2 en personas con TMG son bajos, lo que retrasa su tratamiento y afecta al pronóstico. De hecho, se ha publicado que hasta el 70% de los casos de diabetes en esta población no son diagnosticados, en contraste con el 25-30% en la población general.

Expertos apuntan que los profesionales de la salud perciben dificultades para brindar una atención integral a personas con diabetes tipo 2 diagnosticadas de trastorno mental grave debido a la falta de comunicación y coordinación entre los servicios de salud mental y los de atención primaria o los especializados en endocrinología. También destacan que muchos profesionales no tienen capacitación suficiente fuera de su especialidad, lo que limita su capacidad de manejar casos comórbidos. Además, la sobrecarga de trabajo y la falta de recursos dificultan la implementación de mejoras.

No obstante, ¿quién mejor que los propios afectados para identificar las dificultades y barreras a las que se enfrentan? Un estudio publicado en 2020 revela, a partir de diferentes narrativas en primera persona, cómo el diagnóstico de salud mental suele eclipsar la atención a la diabetes. Señalan, además, que los profesionales de salud mental rara vez abordan sus necesidades de cuidado de diabetes.

Por último, no debe olvidarse la influencia de la estigmatización que, tanto a nivel social como sanitario, padecen las personas que han sido diagnosticadas de un problema de salud mental. Esta situación reduce la calidad de la atención recibida y limitar el acceso a programas integrales.

¿Qué se puede hacer?

Para brindar una atención eficaz, es esencial adoptar un enfoque holístico que aborde a la persona como un sistema integrado y trate tanto su salud mental como su salud física.

Esta atención integral pasa por incluir a profesionales de la salud mental en el tratamiento de la diabetes, y viceversa. Equipos multidisciplinares que gestionen la atención y los cuidados de manera conjunta. Además, los propios profesionales ven beneficios en la capacitación y el entrenamiento cruzado de habilidades y conocimientos de otras áreas.

Por otro lado, el seguimiento proactivo y la detección temprana de factores de riesgo asociados con la diabetes es crucial. Esto incluye la monitorización de antecedentes de enfermedades cardiovasculares, estilo de vida, el peso, el índice de masa corporal, la glucosa y la presión arterial. Estos datos pueden ayudar a detectar cambios significativos y adaptar el tratamiento para una mejor gestión de la diabetes en personas con trastornos mentales graves tal y como apuntan desde la Asociación Mundial de Psiquiatría.

Educar a los pacientes sobre su enfermedad y fomentar su autonomía en el manejo de esta es esencial. En este sentido, un estudio publicado en 2024 corrobora la importancia de que se potencie la autoeficacia y la confianza de estos pacientes. Programas de educación en diabetes adaptados a personas con trastorno mental grave pueden ayudar a los pacientes a sentirse seguros para aplicar autocuidados y sentirse más responsables de su salud.

Es decir, acciones como seleccionar antipsicóticos que minimicen el metabólico, fomentar una alimentación variada y equilibrada, promover la actividad física adaptada a cada paciente o facilitar el acceso a la atención primaria para un control y seguimiento regular; pueden reducir el riesgo de diabetes en personas con trastorno mental grave.

Por último, incluir a la familia y cuidadores en el proceso de tratamiento es clave. Un sistema de apoyo social mantiene motivados a los pacientes y refuerza el cumplimiento de sus rutinas de cuidado personal.

En definitiva, una atención integral y cooperativa es la clave para mejorar la calidad de vida de las personas en las que concurren problemas de salud mental con el diagnóstico de diabetes.

La controversia de la coerción en salud mental

La controversia de la coerción en salud mental

Carlos Navas Ferrer

24 de julio de 2024

¿Qué es …?

El espectro de las prácticas coercitivas es amplio y abarca desde interacciones sutiles hasta demostraciones de fuerza manifiesta. La convicción, la persuasión, la presión, la negociación, el tratamiento forzoso, el aislamiento, el ingreso involuntario o la contención mecánica son algunos ejemplos.

La Asociación Española de Neuropsiquiatría en ‘Coerción y Salud Mental’ define la coerción como “la práctica habitual en la asistencia actual en Salud Mental que consiste en administrar tratamientos en contra de la voluntad de quienes los reciben, acompañados de otras medidas que limitan su autonomía, basándose en una orientación que pretende disminuir los riesgos de la persona y también de la sociedad, y que habitualmente implica una definición externa del sufrimiento personal”.

Estas prácticas, lejos de disminuir, han visto aumentada su frecuencia en los últimos años. De hecho, Christopher Munt, profesor universitario y persona con experiencia en salud mental, explicaba en un artículo publicado en ‘Mad in (S)pain’ que había visto sufrir a otros pacientes a manos de los profesionales:

“He sido testigo de cómo se sujetaba a la gente por la fuerza, se la aislaba y se la sedaba. He tenido que escuchar cómo los profesionales difamaban, amenazaban e intimidaban a las personas que atendían”.

El panorama internacional es muy variado al respecto. Países como Reino Unido o Islandia tienen leyes muy restrictivas en este sentido, lo que contrasta con la situación de España que no tiene una normativa que regule estas prácticas y la lucha contra esta lacra se realiza desde el activismo de algunos profesionales, pero, sobre todo, de las personas que sufren este tipo de vejaciones. Algunos ejemplos de este activismo son los movimientos asociativos de ayuda mutua como Flipas GAM, Orgullo Loco Madrid, Colectivo Lo común o Hierbabuena; o asociaciones de profesionales como la Revolución Delirante; o con campañas como #0Contenciones o el manifiesto de Cartagena.

¿Por qué ocurre …?

La psiquiatra Laura Martín apunta en una de sus charlas TedTalk que para entender las causas de la coerción debe mirarse atrás, al origen de la psiquiatría. Según esta psiquiatra la psiquiatría nace como un instrumento de poder, supuestamente científico que intenta delimitar ese lugar que existe entre lo “normal” y lo “anormal”. Esta separación se hace, fundamentalmente, a través del diagnóstico. Un diagnóstico que impone un discurso y provoca una relación asimétrica que busca la docilidad y la sumisión del paciente al que se le pueden organizar sus necesidades por encima de su autonomía y libertad.

Recientemente, asistí a unas jornadas sobre ‘Derecho y Salud Mental’ con la expectativa de hallar algún avance en este sentido. Sin embargo, la decepción fue mayúscula cuando, en boca de un reputado psiquiatra, escuchaba frases como: “La enfermedad es lo que dice el psiquiatra”; acompañada, de otras que apuntan hacia una comprensión exclusivamente biologicista del sufrimiento humano.

Pero, la coerción ¿es útil?

La evidencia sobre la utilidad de estas prácticas, en concreto el aislamiento y la contención mecánica, es inexistente o negativa. Sin embargo, sí se han demostrado graves efectos adversos que desaconsejan su uso.

¿Existen estrategias eficaces y viables para reducir la coerción?

Sí. Evidentemente no son sencillas, al menos en la práctica. Sin embargo, son posibles. Según un artículo de Begoña Beviá y Manuel Girón las ‘dianas terapéuticas’ frente a la coerción serían limitar los ingresos involuntarios mediante intervenciones basadas en el respeto a la autonomía como los planes de crisis o de voluntades anticipadas; prevenir la coerción en las unidades psiquiátricas de hospitalización mediante programas como Six Core Strategies© o Safewards©; y el encuadre de las intervenciones en modelos asistenciales incompatibles con el ejercicio de la coerción como, por ejemplo, el Modelo Tidal de Phil Baker.

En la misma línea, una publicación de ‘Pikara Magazine’ menciona, como alternativa, las “casas de crisis”, dispositivos que pretenden un cambio de filosofía asistencial para acompañar mejor, con ingresos abiertos y voluntarios, apoyo entre pares y relegación, como mínimo a un segundo plano, de los psicofármacos y otros elementos del abordaje “tradicional”.