Conociendo el trastorno bipolar

Conociendo el trastorno bipolar

Andrés Martín Gracia

30 de marzo de 2025

El trastorno bipolar está presente en la población con una prevalencia que oscila entre el 1 y el 3%. Actores famosos como Catherine Zeta-Jones, cantantes como Kurt Cobain, escritores como Ernest Hemingway y, en nuestro país, el presentador y actor Javier Martín, que ha escrito un libro titulado “Bipolar y a mucha honra”, demuestran que el trastorno bipolar está presente en todas las capas de la sociedad.

 

Pero ¿qué es el trastorno bipolar?

Es una alteración de los mecanismos que regulan el estado de ánimo con fases de euforia (fase maníaca) y fases de tristeza (fase depresiva).

Suele comenzar entre la segunda y la tercera década de la vida y el primer episodio suele venir precedido por una situación ambiental estresante o el consumo de sustancias tóxicas.

Hay dos tipos fundamentales de trastorno Bipolar: tipo I y tipo II. El tipo I combina fases maníacas y depresiones y es tan habitual en hombres como en mujeres. El tipo II alterna fases eufóricas de menor intensidad (hipomanía) con depresiones y es más frecuente en mujeres.

Eduard Vieta Pascual, psiquiatra español conocido por su trabajo en el campo del trastorno bipolar, apunta que en la llamada fase maníaca pueden aparecer síntomas como hiperactividad, exceso de energía, locuacidad, euforia, insomnio, aumento de la sociabilidad, ideas de grandeza, aumento del impulso sexual, aceleración del pensamiento, gastos excesivos, conducta desordenada, planes irrealizables y a veces ideas delirantes y alucinaciones. En contraposición, la fase depresiva se caracteriza por sensación de tristeza o vacío, apatía, baja autoestima, falta de ilusión, dificultad para realizar las tareas habituales, enlentecimiento, falta de concentración, molestias físicas, ansiedad, insomnio o exceso de sueño, pérdida o exceso de apetito, inhibición social, ideas de culpa o ruina e ideas de muerte o autolíticas. También pueden existir fases mixtas combinando síntomas de ambas fases.

La evolución de la enfermedad es variable combinando episodios eufóricos y depresivos. Las personas que tiene más de cuatro episodios al año se denominan cicladores rápidos. Además, suele observarse un patrón estacional característico con fases depresivas entorno a la primavera y el otoño y fases maniacas en verano.

 

¿Cuáles son las causas que lo provocan y cómo se diagnostica?

Se conoce que la causa de este trastorno es una alteración del termostato del estado de ánimo localizado en el sistema límbico del cerebro.

Existe un componente genético que determina la predisposición y sobre ésta influyen desencadenantes como el estrés o el consumo de drogas.

La enfermedad se diagnostica mediante los síntomas, los posibles antecedentes familiares y la evolución. Es decir, a través de la clínica observada. No existen pruebas objetivas, radiológicas o analíticas, que lo diagnostique, aunque actualmente hay investigaciones que tratan de utilizar muestras de sangre para poder diferenciar la depresión bipolar de la unipolar o depresión clásica.

 

¿Tiene tratamiento?

El tratamiento del trastorno bipolar, debido a su complejidad, es múltiple. La combinación entre tratamiento farmacológico, psicoeducación y psicoterapia es fundamental.

El tratamiento farmacológico consiste, fundamentalmente, en estabilizadores del ánimo para prevenir las recaídas. Los más frecuentemente utilizados son litio, valproato y lamotrigina. Los dos primeros necesitan controles mediante analíticas de sangre con cierta regularidad para medir sus niveles ya que, si son insuficientes podrían no ser útiles y si son excesivos pueden producir una intoxicación con efectos secundarios importantes.

Se pueden combinar con otros fármacos como antidepresivos, antipsicóticos, hipnóticos y tranquilizantes, pero los antidepresivos no se deben utilizar solos dado que favorecen las fases eufóricas.

En casos resistentes se puede usar la Terapia Electroconvulsiva, con la garantía de que se realiza en el quirófano con anestesista, y están en estudio terapias nuevas como la Estimulación Magnética Transcraneal para las fases depresivas resistentes.

En los casos graves hay riesgo de suicidio, sobre todo en las fases depresivas, por lo que es necesario valorar este riesgo ya que es del 15% en este trastorno.

Si los tratamientos habituales no funcionan y la persona está fuera de la realidad o con riesgo de suicidio puede ser necesaria la hospitalización durante un tiempo.

 

¿Qué puedo hacer si sufro trastorno bipolar para cuidarme?

Los autocuidados son clave para conseguir una buena evolución de la enfermedad.

  1. Autoobsérvate y fíjate en las variaciones de tu estado de ánimo.
  2. Duerme las horas adecuadas (entre 8 y 9 horas).
  3. No consumas tóxicos como alcohol o drogas.
  4. Haz ejercicio físico ajustado a tus necesidades.
  5. Mantén horarios y rutinas regulares.
  6. Maneja adecuadamente el estrés.
  7. Toma correctamente la medicación pautada.
  8. Realiza visitas periódicas con profesionales de Salud Mental (Psiquiatría, Psicología, Enfermería de Salud Mental).

Autolesiones: El clamor de la piel

Autolesiones: El clamor de la piel

Alba Zorrilla Blasco y Tatiana Simal Galindo

2 de marzo de 2025

El día 1 de marzo se celebra el Día Mundial de la Concienciación sobre la Autolesión que tiene el objetivo de visibilizar estas conductas, concienciar a la población y apoyar a aquellas personas y familiares que las sufren.

 
¿Qué se entiende por autolesión?

Una autolesión es aquel acto consciente y voluntario que comete una persona para provocarse daño en alguna parte del cuerpo, pero que carece de intención mortal, por lo que también se denominan autolesiones no suicidas (ANS).

Engloban una variedad de actos desde cortarse (cutting), morderse, rascarse, quemarse, arrancarse pelo o hurgar en heridas previas a acciones más indirectas como sobreingestas medicamentosas, atracones de comida, ingesta masiva de alcohol o de otras drogas, conductas de elevado riesgo, etc. Las más frecuentes son los cortes, sobre todo en antebrazos, pecho, piernas y abdomen.

Estas conductas, aunque pueden darse a cualquier edad, parecen ser más frecuentes durante la adolescencia y la juventud; de hecho, la edad de inicio se sitúa entre los 11 y los 13 años. Por otro lado, suelen ser más habituales en las adolescentes y su prevalencia ha aumentado significativamente en los últimos años, especialmente desde la pandemia.

Las prácticas sobre el cuerpo, que ya se han mencionado, han existido siempre. Lo que preocupa y llama la atención es la dimensión, casi epidémica, del momento presente. Según varios informes la prevalencia en población adolescente europea (no clínica) se sitúa entre el 10 y el 30%, mientras que el último informe del Observatorio Español de la Salud Mental Infanto-juvenil señala que el 38% de las personas entre 9 y 16 años ha pensado alguna vez en autolesionarse.

Por último, aunque son conductas que tienden a remitir con el tiempo y la edad, conforme mejora la capacidad de regularse emocionalmente, no todas las personas las abandonan en la etapa adulta.

 
¿Cuál es la causa de las autolesiones en la adolescencia?

La finalidad u objetivo que motiva las autolesiones puede ser variado. Algunos de ellos son: poder sentir alguna emoción (para contrarrestar el sentimiento de vacío), pérdida del sentido de su vida, para desplazar el dolor emocional al cuerpo, manejar el sufrimiento o intentar controlarlo, como desahogo o descarga para gestionar el malestar emocional, o con finalidad punitiva (autocastigarse). Es una conducta compleja y multifactorial, en la que la persona no busca dañarse ni llamar la atención (suelen practicarse en privado) ni la letalidad, sino todo lo contrario: son un intento de aliviar el sufrimiento.

Se podría decir que son un modo de autotratamiento espontáneo con el que extraer la angustia que sufren y resulta insoportable, cuando no se cuenta con un recurso mejor. En definitiva, una forma de comunicar el intenso malestar que sienten, una llamada de auxilio.

En algunos casos, las autolesiones pueden ser un comportamiento puntual, en otros, debido a su función calmante pero limitada en el tiempo, se tornan recurrentes. Las redes sociales también juegan un papel importante al normalizar e incluso reforzar el comportamiento autolesivo facilitando un efecto contagio, romantizando la propia conducta en sí o simplemente porque se sabe que otras personas lo hacen y les funciona.

La sociedad actual en la que se encuentra inscrito el adolescente parece someterlo a una posición incongruente entre el mandato de ser totalmente feliz todo el tiempo y disfrutar sin límites con la realidad de la vida. Momento especialmente complejo si añadimos la variable cuerpo, escenario donde se representan los intensos cambios físicos, psicológicos, emocionales y sociales. Estos cambios, junto con la pérdida del cuerpo y rol infantil, aunque son una parte normal del desarrollo, pueden suponer una dificultad para la aceptación. Y es en la piel, en el cuerpo, donde el adolescente simboliza su malestar. En definitiva, es un terreno que, aunque genere descontrol y desasosiego, también permite ejercer cierta autoridad y dominio.

 
¿Cuáles son las señales de alarma?

Entre los signos que deben poner en alerta a familia, amistades y profesionales de la salud o de la educación destacan:

  • Conductuales: se tapa, evita nadar o cambiarse de ropa delante de otras personas, utiliza pulseras para ocultar cortes, esconde y oculta objetos afilados o gomas elásticas, cambia su comportamiento habitual (se aísla o retrae) o el rendimiento, abandona de actividades habituales o se aísla y pasa más tiempo a solas del habitual.
  • Emocionales: cambia de estado de ánimo bruscamente, tiene sentimientos de desesperanza, impotencia o inutilidad, expresa ideas de muerte o se culpa de los problemas.
 
¿Qué se esconde tras la autolesión?

Detrás de las autolesiones puede haber algún trastorno psicológico o una experiencia adversa, como acoso o abusos o un intenso malestar. Por ello, es importante valorar qué se esconde tras la autolesión. De forma usual, son situaciones relacionadas con: baja autoestima, altos niveles de impulsividad, depresión, ansiedad, tristeza, conflictos familiares, acoso escolar o abusos sexuales. Aunque en muchas ocasiones las autolesiones se asocian con un trastorno mental es una conducta frecuente en la población general de adolescentes y, aunque no tienen finalidad letal, es uno de los predictores más fuertes de un intento de suicidio futuro.

 
¿Qué se puede hacer?

Existen diversos protocolos de actuación para diferentes profesionales (educación, sanidad, ocio, etc.) pero coinciden en unas consignas básicas: adoptar una actitud de escucha, comprensión y apoyo, no juzgar y empatizar con sus emociones.

Diferentes estudios cualitativos hacen alusión a la importancia de informar y educar sobre las autolesiones y conducta suicida en el ámbito educativo con la finalidad de prevenir estas conductas y facilitar la detección de casos y derivación a recursos sanitarios si es preciso. Aunque no todos los adolescentes que se autolesionan aceptan ayuda profesional es importante animarlos a ello para que entienda por qué se autolesiona y guiarle en el manejo de las emociones.

 
En definitiva …

Las autolesiones en adolescentes son un problema grave y creciente. La educación, detección e intervención temprana, el apoyo emocional, el tratamiento profesional, la enseñanza de estrategias de regulación emocional y una red de apoyo, son esenciales para ayudarles a superar esta conducta y promover el bienestar mental en la adolescencia, extendiendo con ello su salud física y mental a la edad adulta, y garantizando una vida plena en el futuro.

Enredado acompañando vidas adolescentes

Enredado acompañando vidas adolescentes

José Miguel Ausejo Sanz

26 Febrero 2025

Acompañar adolescencias y adolescentes es una tarea exigente, que en no pocas ocasiones origina malestar, preocupación e incertidumbre sobre el camino que se recorre de forma conjunta. Es cierto que del mismo modo proporciona momentos vitales de gran satisfacción, y experiencias muy enriquecedoras.

Acompañar supone caminar al lado, tener paciencia, plantear las preguntas acertadas, mostrar disponibilidad, mantener el buen humor, ser oportuno, saber retirarse a tiempo para volver a intentarlo en otro momento.

Algo tan vital, cambiante, diverso e individual como la vida adolescente obliga a quienes se muestren interesados en llevar a cabo esta tarea, a mantenerse en contacto con “las adolescencias y los adolescentes” como espacio de conocimiento. A trabajar junto a otros profesionales que nos ayuden a no perder la dirección a no vernos sobrepasados, y a no quedarnos atrapados en prácticas que con frecuencia no dan respuestas suficientemente adecuadas a las realidades que se nos presentan.

Una sencilla sugerencia de entrada; esta tarea no parece muy recomendable para aquellos o aquellas que no toleren muy bien el movimiento y los cambios, que anden justitos de paciencia, o que lo crean tener todo claro y resuelto.

Me atrevo a proponer cuatro ideas surgidas del trabajo diario junto a adolescentes, y de la experiencia de otras compañeras y compañeros en ese transitar por las adolescencias. Son discutibles y probablemente tengan fecha de caducidad, pero es posible que nos puedan ayudar a recorrer estos territorios. Señalan aspectos que, a mi modo de ver, resultan necesarios en la propuesta de acompañar adolescencias y adolescentes.

Un primer aspecto gira en torno a la escucha. Una escucha dispuesta a emplear tiempo, que no siente incomodidad con los silencios, que en ocasiones recoge todo el malestar y el sufrimiento presente en sus vidas. Que no interpreta ni juzga, sino que, sencillamente, demuestra interés por sus intereses y preocupaciones. Escuchamos con amabilidad, mostrando curiosidad por entender, sin prisa. Una escucha que no agobia ni interroga. Que reconoce el momento de parar, y lo sugiere de un modo sensible. Que no tiene respuestas para todo, y se toma el tiempo necesario para pensar sobre como continuar, y que muestra disponibilidad.

El segundo aspecto se enfoca en la validación del sufrimiento y de los malestares, así como de las preocupaciones que pueda presentar. De este modo se podrá sentir reconocido el adolescente. Damos valor a sus expresiones, las confirmamos. Se puede sentir dolor, tristeza, rabia, alegría, asco … En definitiva, permite al adolescente o a la adolescente reconocerse a través de la mirada del otro. No propongo una técnica o táctica para acompañar, lo que sugiero es que el reconocimiento de sus vivencias nos aproxima y contribuye a que lo que podamos compartir tenga un valor diferente. Este reconocimiento trasluce que, a pesar de lo vivido y experimentado, la relación con adultos que conectan con mis malestares, y que no me proponen que no sienta lo que siento puede resultarme de ayuda.

Un tercer aspecto lo sitúo en relación con el trabajo sobre el modo en el que miramos. Nuestra mirada sobre las adolescencias y los adolescentes debe ser amable. Ha de tratar de rescatar lo positivo, reforzando los logros. Una mirada que intuye lo que hay de oportunidad. Mirar de forma acogedora, que nuestro modo de mirar busque que cada adolescente se pueda sentir que forma parte del lugar en el que nos encontremos, que dispone de sitio, y que su participación es importante. Convendrá educar la mirada en la sensibilidad precisa para poder apreciar los cambios, pudiendo adecuarnos en cada momento.

Por último, señalar la necesidad de construir un espacio confiable que proporcione seguridad, y que también pueda mostrar preocupación. Un espacio que favorezca la experimentación fuera del mismo y al que poder regresar sabiendo que es capaz de sostener. Este espacio confiable tolera ser puesto a prueba, y no juzga. En el trascurso del tiempo quizás podremos observar cómo algunas de las ideas que se comparten en el mismo resultan de interés para el adolescente pudiendo originar cambios en sus actuaciones.

Como trataba de expresar al inicio espero que estas ideas puedan resultar de interés para quien camine junto a adolescentes, al menos generando cierta reflexión, con el ánimo de que todos podamos acompañar mejor.

Cuando el cuerpo sufre, la mente tiembla: Importancia de la salud mental en el proceso oncológico

Cuando el cuerpo sufre, la mente tiembla: Importancia de la salud mental en el proceso oncológico

Jesús Samper Ibáñez

12 de febrero de 2025

En la actualidad, y a pesar de los avances en el diagnóstico y los tratamientos, el cáncer sigue siendo una de las principales causas de muerte en España afectando cada vez a un mayor número de personas.

El tabaquismo, el consumo de alcohol, la exposición a factores contaminantes, la obesidad, el sedentarismo o el propio envejecimiento poblacional son algunos ejemplos de factores que favorecen la aparición de enfermedades oncológicas en nuestra sociedad.

Según el informe ‘Las cifras del cáncer en España 2025’, el número de diagnósticos oncológicos en nuestro país alcanzará los 296.103 casos en 2025 lo que supondría un incremento del 3,3% respecto al año 2024. Según dicho informe, este crecimiento no solo se producirá en España, sino que tendrá su reflejo en el resto del mundo.

Si bien es cierto que este aumento seguirá progresando en los próximos años, también es verdad que las tasas de supervivencia cada vez son mayores. En España, la supervivencia de los pacientes con algún tipo de cáncer es similar a la de otros países desarrollados, duplicándose en los últimos 40 años y es probable que, aunque lentamente, continúe aumentando debido a los avances en la investigación oncológica, obteniendo diagnósticos cada vez más precoces y administrando tratamientos más personalizados y eficaces.

La importancia de los aspectos psicológicos

Es evidente que el cáncer no solo afecta a nuestra salud física, sino que también puede afectar a nuestra salud psicológica. De hecho, un diagnóstico oncológico es unos de los sucesos más estresantes a los que puede enfrentarse una persona a lo largo de su vida. El impacto que genera en los pacientes y sus familiares se debe, entre otras cosas, al significado social que asociamos a la palabra ‘cáncer’.

Seguramente muchos de nosotros hemos pasado, directa o indirectamente, por esta enfermedad, hemos vivido experiencias similares y, por lo tanto, tenemos ideas asociadas a ella. El simple hecho de escuchar el término ‘cáncer’ ya genera diferentes emociones como miedo ante el futuro, tristeza por el diagnóstico o rabia ante la sensación de injusticia. Suelen aparecer preocupaciones sobre cómo pueden afectarnos los tratamientos, cómo poder encajar la enfermedad con nuestro día a día o cómo tolerar el miedo ante el peligro que supone el cáncer para nuestra propia vida. Esta inestabilidad, provocada por la incertidumbre, resulta complicada de gestionar emocionalmente dado que supone una pérdida de control y genera una mayor inseguridad.

Sin embargo, no debemos olvidar que todas estas inquietudes son reacciones naturales y necesitan procesarse adecuadamente favoreciendo su expresión con el objetivo de mejorar la adaptación a todos los cambios que supone esta enfermedad. Olvidar estos aspectos puede favorecer la aparición de trastornos mentales relacionados con la depresión o la ansiedad y algunos vinculados con traumas y estrés como el Trastorno de Estrés Agudo, el Trastorno de Estrés Postraumático o los Trastornos de Adaptación, entre otros.

Atención psicológica y cáncer

Acompañar a los pacientes y familiares durante este proceso para evaluar sus necesidades psicológicas y atenderlas de una manera equilibrada y personalizada resulta de vital importancia. Es en este contexto en el que la psicooncología adquiere su razón de ser como rama de la psicología que ofrece soporte a pacientes, familiares y profesionales en las diferentes fases por las que pueden transitar durante el proceso oncológico. Estas abarcan desde etapas iniciales como el diagnóstico o los tratamientos, pasando por intermedias como la supervivencia y la adaptación a los cambios y secuelas provocados por la enfermedad, hasta otras más avanzadas como los cuidados paliativos, durante los que se acompaña a las personas en el final de sus vidas, o el duelo de los familiares tras el fallecimiento del ser querido.

Ayudar en el manejo del estrés ante las pruebas, acompañar en la toma de decisiones favoreciendo el papel activo y autónomo del paciente o facilitar una comunicación abierta, flexible y sincera entre pacientes, familiares y equipos sanitarios, son algunos ejemplos que resultan cruciales durante todo este proceso, puesto que pueden ayudar a incrementar la sensación de control, reduciendo el malestar y mejorando la adaptación a esta enfermedad.

En definitiva …

Teniendo en cuenta el impacto que genera el cáncer en la salud física de quienes lo sufren, no podemos subestimar la influencia de los aspectos emocionales durante todo este proceso. Resulta de vital importancia hacer hincapié en la necesidad del acompañamiento psicológico profesional durante todo el proceso de enfermedad. Para ello es indispensable establecer un enfoque holístico e integral en el que equipos multidisciplinares podamos colocar a las personas afectadas en el centro de los cuidados, ayudando a mejorar su experiencia, haciéndola lo menos estresante posible dentro de lo que podríamos considerar un malestar absolutamente natural.

Actividad física: Un antídoto eficiente contra la depresión (I)

Actividad física: Un antídoto eficiente contra la depresión (I)

David Navarrete-Villanueva y Adrián Hernández-Vicente

13 de enero de 2025

La depresión se ha convertido en una de las principales amenazas para la salud pública mundial. Con más de 300 millones de personas afectadas en el mundo, este trastorno mental es hoy en día la principal causa de discapacidad a nivel global según la Organización Mundial de la Salud (OMS). En Europa, alrededor del 7,3% de la población adulta sufrirá de depresión a lo largo de su vida y, según el Ministerio de Sanidad, en España la cifra alcanza un alarmante 5,3%, afectando a más del doble de mujeres (7,2%) que de hombres (3,2%).

Sin embargo, la depresión no solo afecta a quienes la padecen: su impacto económico es igualmente preocupante. Según la OMS, la depresión genera un coste global de alrededor de 1 billón de dólares cada año, una cifra que no solo refleja los gastos sanitarios, sino también las pérdidas asociadas a la reducción de la productividad laboral.

La actividad física como herramienta de prevención de la depresión

En este contexto, la OMS ha señalado una vía esperanzadora para combatir este problema: la actividad física. Según un informe reciente, si la población mundial cumpliera con las recomendaciones mínimas de actividad física diaria se podrían evitar hasta un 13% de los casos de depresión y se reducirían de manera significativa los costes sanitarios derivados de esta enfermedad.

El insuficiente nivel de actividad física en la población está directamente asociado con un aumento en los casos de depresión. De hecho, se estima que un 43% de los nuevos casos de enfermedades no transmisibles (ENT) estarán relacionados con los trastornos depresivos, lo que representa un enorme desafío para los sistemas de salud. Y no solo eso, aproximadamente el 28% de los costes directos del tratamiento de las ENT se destinan a la depresión, lo que subraya la magnitud de su carga económica y la necesidad urgente de medidas preventivas.

Es fundamental comprender que cuando hablamos de «actividad física», no nos referimos exclusivamente a lo que vulgarmente se denomina “hacer deporte”. La actividad física abarca todas aquellas acciones que incrementan el gasto energético, como caminar, subir escaleras o realizar tareas domésticas. Por otro lado, el «ejercicio físico» hace referencia a actividades estructuradas y planificadas, como el entrenamiento aeróbico o el de fuerza. Ambas son esenciales para mejorar la salud mental, pero lo que realmente marca la diferencia es la regularidad y la intensidad de la actividad.

La OMS recomienda que todos los adultos (18-64 años) deben realizar actividad física con regularidad acumulando, a lo largo de la semana, entre 150 y 300 minutos de actividad física aeróbica de intensidad moderada, o bien un mínimo de entre 75 y 150 minutos de actividad física de alta intensidad. Además, aconseja que en este grupo de edad se realicen actividades de fortalecimiento muscular de intensidad moderada-alta dos o más días a la semana. En otros grupos de edad y en otras situaciones de salud, como el embarazo, las recomendaciones pueden variar y adaptarse a las circunstancias (para más detalles puedes consultar las recomendaciones de la OMS aquí).

Numerosos estudios respaldan esta relación entre ejercicio físico y prevención de la depresión. Investigaciones publicadas en revistas prestigiosas como JAMA Psychiatry demuestran que la actividad física puede ser tan eficaz como los tratamientos psicológicos en la reducción de los síntomas depresivos. Pero eso no es todo: en algunos casos, incluso resulta una alternativa más accesible y económica. Por ejemplo, una revisión de la literatura científica liderada por Schuch en el año 2018 demuestra que el ejercicio regular puede reducir significativamente los síntomas de depresión, llegando a evitar, en muchas ocasiones, la necesidad de tratamientos farmacológicos. Además, estudios recientes resaltan que pequeños cambios pueden marcar la diferencia: caminar al menos 7,000 pasos al día puede reducir el riesgo de depresión en un 31% en comparación con quienes caminan menos.

La desinformación y la necesidad de conocer la realidad basada en ciencia

A pesar de la evidencia científica que respalda el impacto positivo de la actividad física en la prevención y tratamiento de la depresión, persiste una considerable desinformación al respecto. Asimismo, muchas personas todavía desconocen los beneficios de la actividad física en la salud mental. Este artículo es el primero de una serie de tres que se publicarán en el Observatorio Contra la Desinformación en Salud (OCODES), donde profundizaremos en los múltiples beneficios de la actividad física en la lucha contra la depresión, desmentiremos mitos comunes y ayudaremos a cambiar la percepción sobre este tema basándonos en la ciencia.

El rostro silencioso de la violencia contra la mujer

El rostro silencioso de la violencia contra la mujer

José Manuel Granada López

25 Noviembre 2024

Actualmente, somos plenamente conscientes del impacto que la violencia contra la mujer tiene en la salud física, mental y social de las víctimas y en la de las personas con las que conviven, especialmente niños y adolescentes. Sin embargo, no fue hasta mediados de los años 90 cuando Naciones Unidas (ONU) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) comenzaron a considerar la violencia contra la mujer como un problema de salud pública. De hecho, en nuestro país solo existen estadísticas de mujeres asesinadas desde 1999. Este fenómeno, complejo y multifactorial, vinculado a factores estructurales, culturales, sanitarios y sociales, requiere una intervención integral y especializada dirigida a la atención a las víctimas, pero, sobre todo, a la prevención de esta lacra.

Impacto de la violencia en la salud mental de las víctimas

La violencia contra la mujer puede estar en el origen de trastornos mentales o agravar condiciones preexistentes, según informa The Lancet. Entre los trastornos más comunes en las víctimas de violencia de género se encuentran el Trastorno por Estrés Postraumático (TEP), que afecta al 31-84% de ellas, y los trastornos depresivos. También se observan trastornos disociativos, como el «Síndrome de Estocolmo Doméstico», o el deterioro de la autoestima, que lleva a muchas víctimas a culparse y a justificar al agresor, haciendo muy difícil la posibilidad de salir de la situación de violencia. Además, el maltrato puede inducir conductas autodestructivas, como el suicidio o el consumo de sustancias, utilizadas como mecanismos de afrontamiento. Por último, las mujeres maltratadas también reportan un peor estado de salud autopercibida, lo que refleja la gravedad de los efectos psicológicos y físicos del maltrato.

Impacto en niños y adolescentes

Los hijos de mujeres víctimas de violencia también sufren consecuencias graves. La exposición a la violencia en el hogar puede generar inseguridad, miedo, alteraciones emocionales, síntomas de estrés postraumático y comportamientos violentos. Estos menores necesitan ser reconocidos como víctimas independientes y recibir atención especializada. La coordinación entre instituciones es esencial para garantizar una intervención adecuada.

Mujeres con problemas de salud mental y violencia de género

Por otro lado, uno de los grupos más vulnerables en este fenómeno son las mujeres con problemas de salud mental grave quienes tienen entre 2 y 4 veces más riesgo de sufrir violencia de género en comparación con la población general. Más del 80% de estas mujeres ha experimentado violencia (abuso físico o sexual) en el contexto de su relación de pareja. Sin embargo, un porcentaje significativo no identifica estas situaciones como violencia, lo que dificulta su abordaje por parte de los profesionales de salud mental, que en la mitad de los casos no tienen conocimiento de estas vivencias, según datos del estudio sobre la violencia contra las mujeres con enfermedad mental realizado por Fedeafes.

Factores como la triple discriminación (ser mujer, tener discapacidad y padecer una enfermedad mental grave), el aislamiento social, la falta de recursos económicos y el estigma social contribuyen a su vulnerabilidad, según informan las propias víctimas. Además, su relato suele ser menos creíble, y enfrentan barreras para acceder a información y servicios esenciales. Es clave combatir estos prejuicios y garantizar que estas mujeres puedan ejercer sus derechos con el apoyo adecuado.

Agresores y su relación con la salud mental

La evidencia científica revela que la mayoría de los agresores, aproximadamente un 75%, no presenta diagnósticos de enfermedades mentales. Sin embargo, entre los que sí los tienen, los trastornos adaptativos y de personalidad son los más comunes. El consumo de alcohol y otras sustancias es frecuente entre los agresores, al igual que los antecedentes de comportamientos violentos o de haber sido víctimas de violencia en diferentes contextos. Por último, cabe destacar que, aunque no hay un perfil único de maltratador, estos suelen compartir características como actitudes sexistas, inseguridad y comportamientos orientados al control y la dominación.

Propuestas para la intervención

Para enfrentar la violencia de género y su impacto en la salud mental, es esencial superar varias dificultades en el ámbito asistencial. Una de las principales barreras es el desconocimiento y la falta de formación en violencia de género entre los profesionales que participan en los sistemas de protección y asistencia. Además, las mujeres víctimas de violencia a menudo enfrentan discriminación y revictimización tanto en su entorno cercano como en los espacios de atención y tratamiento. El sesgo de género en el diagnóstico de trastornos mentales y la persistencia de prejuicios y estereotipos sobre la violencia y los problemas de salud mental también complican la situación.

El abordaje efectivo de la violencia de género implica trabajar tanto en el plano interno como en el externo. En el ámbito interno, es fundamental que las mujeres superen la culpa y la vergüenza, emociones que pueden impedirles hablar de su situación. En el ámbito externo, se debe garantizar la credibilidad del relato de las víctimas. Asimismo, es esencial capacitar a los profesionales para que aborden estos casos con empatía y sin prejuicios, e incorporar preguntas específicas en las evaluaciones de salud para identificar posibles casos de violencia.

Las mujeres también necesitan recursos específicos que incluyan talleres de empoderamiento, formación para profesionales y espacios de encuentro. La incorporación de la perspectiva de género en los servicios públicos es clave para empoderar a las mujeres y reducir los riesgos de violencia.

En conclusión, la violencia de género tiene un impacto profundo y multifacético en la salud mental de las mujeres. Enfrentar este problema requiere un esfuerzo colectivo que combine sensibilización, formación, intervención interdisciplinaria y el fortalecimiento de redes de apoyo.