Cuidar las raíces: Esperanza frente al maltrato de las personas mayores

Cuidar las raíces: Esperanza frente al maltrato de las personas mayores

Esther Bahillo-Ruiz y Lourdes Jiménez-Navascués

15 de junio de 2025

El 15 de junio es el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, día en que el mundo se une para expresar su rechazo al maltrato hacia las personas mayores y la importancia de proteger su dignidad y bienestar, promover el respeto, la participación en la sociedad y su derecho a vivir sin miedo ni violencia. La conmemoración internacional de este año 2025 se centra en abordar el abuso de adultos mayores en las instalaciones de atención a largo plazo: a través de datos y acción.

 

¿De qué estamos hablando?

 

La declaración de Toronto define el maltrato a la persona mayor como «un acto único o repetido que causa daño o sufrimiento a una persona de edad, o la falta de medidas apropiadas para evitarlo, que se produce en una relación basada en la confianza». Puede adoptar diversas formas: físico (uso de fuerza que puede causar dolor, lesiones o sufrimiento), psíquico o emocional (insultos, humillaciones, aislamiento social), económico o financiero (apropiación indebida de bienes), sexual (cualquier contacto no consentido) o por negligencia, intencionada o no, (falta de atención de las necesidades básicas o abandono). Se considera que el maltrato más significativo es el psicológico (11,6%), seguido por económico (6,8%), negligencia (4,2%), físico (2,6%) y abuso sexual (0,9%).

 

¿Cuál es la magnitud del problema?

 

El maltrato en la vejez es un grave problema social y de salud pública, silenciado, normalizado y sin lugar en la agenda social y política. A pesar de las dificultades para evaluarlo, se estima que la prevalencia de maltrato intrafamiliar es del 15% a nivel mundial y se considera que las cifras recogidas en los estudios quizás subestimen la realidad del maltrato a los mayores. Por otro lado, se dispone de pocos datos sobre el alcance del problema en instituciones como hospitales, residencias de ancianos y otros centros de atención crónica. No obstante, según una revisión de estudios recientes, la prevalencia del maltrato a personas mayores en instituciones es alta y situó en un 64,2% el porcentaje de profesionales que refirió haber cometido alguna forma de maltrato hacia sus usuarios.

 

Se estima que en el año 2050, la población mundial de mayores de 60 años se duplicará, de 900 millones en 2015 pasará a unos 2000 millones, viviendo mayoritariamente en países de bajos y medianos ingresos. Si la proporción de víctimas de maltrato al adulto mayor permanece constante, el número de víctimas aumentará rápidamente y llegará a 320 millones de víctimas para 2050.

 

¿Qué provoca esta situación y qué consecuencias tiene?

 

La ONU explica este fenómeno por el rápido envejecimiento de la población y el incremento de necesidades de atención que surgen con la edad, situación que, en muchas ocasiones, genera tensiones familiares y la dependencia, cada vez mayor, de la atención institucional.

 

Los nuevos modelos de estructura familiar y el deterioro de las relaciones sociales son factores predisponentes de maltrato del mayor. Garantizar la atención, la seguridad y la dignidad es urgente en todos los ámbitos de atención al mayor. La OMS reconoce el maltrato como un problema social desconocido, justificado por la falta de información y de datos. Se estima que solo se notifica uno de cada 24 casos de maltrato a adultos mayores, en parte subyace el miedo a denunciar a familia, amigos o autoridades, de quienes depende su atención.

 

Los factores de riesgo de maltrato al mayor incluyen factores individuales, familiares, comunitarios y culturales. Entre los principales factores se encuentran: la dependencia física para realizar las actividades de la vida diaria o estar encamado, discapacidad, pluripatología, deterioro cognitivo, además de factores sociales como los débiles lazos familiares, falta de recursos económicos, aislamiento social, falta de redes de apoyo, falta de preparación de los cuidadores y ser mujer. El perfil del agresor familiar está relacionado con el consumo o dependencia de tóxicos, desempleo, relaciones conflictivas, violencia intrafamiliar en la infancia, bajo nivel socioeconómico, sobrecarga de estrés o tendencia a responder agresivamente. Se estima que, en mayor medida, los agresores suelen ser los hijos de los mayores.

 

La OMS, en 2021, publicó el Informe Mundial sobre Edadismo, donde afirma que el riesgo de maltrato puede verse aumentado por la concepción sociocultural que se tiene del envejecimiento. Los estereotipos negativos incluyen la percepción del mayor como dependiente y ser una carga, conceptos que hacen más aceptables conductas de maltrato hacia las personas mayores. El edadismo también favorece el maltrato económico mediante prácticas financieras engañosas, dirigidas expresamente hacia este grupo etario, con el fin de abusar económicamente de ellos.

 

El maltrato tiene consecuencias nefastas para la salud física y mental de las personas mayores, incluyen desde lesiones físicas, discapacidad, pérdida de autonomía y calidad de vida, depresión, ansiedad y trastornos psicoafectivos a un incremento del riesgo de mortalidad prematura.

 

¿Qué se puede hacer?

 

La respuesta de la OMS a este problema social se encuentra en el documento: Tackling abuse of older people: five priorities for the United Nations Decade of Healthy Ageing (‎2021–2030),‎ del 15 de junio de 2022 con motivo del Día Mundial de Toma de Conciencia de Abuso y Maltrato en la Vejez, donde se plantean cinco prioridades para la Década de las Naciones Unidas del Envejecimiento Saludable (2021-2030):

  1. Combatir el edadismo, dado que es una de las principales razones por las que el maltrato a las personas mayores recibe tan poca atención.
  2. Generar más datos y de mejor calidad para concienciar sobre este problema.
  3. Concebir soluciones rentables para poner fin a este tipo de maltrato y ampliar su uso.
  4. Elaborar un argumentario a favor de la inversión en este tema para convencer de que es un dinero bien empleado.
  5. Recaudar fondos, ya que se necesitan más recursos para abordar este problema.

 

El maltrato de las personas mayores es una realidad inaceptable que se puede y debe prevenir. Medidas detalladas en la infografía sobre recomendaciones de ayuda para evitar el maltrato publicada por Naciones Unidas se recomienda:

  • A la población general estar atenta a los indicios de maltrato e informarse sobre las vías para obtener ayuda y denunciarlo.
  • A las personas mayores mantener sus contactos sociales, defender sus derechos, recurrir a servicios profesionales de ayuda y asegurarse de sus datos económicos.
  • A los familiares y cuidadores reducir el riesgo de infligir malos tratos mediante conductas que reduzcan el estrés, pedir ayuda a familiares o amigos, hacer pausas en el cuidado y recurrir a los servicios sociosanitarios locales.

Derechos de los pacientes y salud mental

Derechos de los pacientes y salud mental

Plataforma de Salud Mental de Aragón (PSM)

18 de abril de 2025

“El valor moral de una sociedad se nota en cómo trata a sus enfermos mentales más graves”

Inspirada en la conocida cita de Dostoyevski

 

Derechos Humanos son, como sabemos, garantías jurídicas que protegen a las personas de aquellas acciones que interfieren en sus libertades fundamentales y en la dignidad humana. Son universales, no pueden ignorarse ni abolirse y, sobre todo, son de obligado cumplimiento para los Estados desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

 

Hay varias razones por las que los ciudadanos deberíamos preocuparnos especialmente por los derechos humanos de las personas con enfermedad mental; la más importante es que nos encontramos a menudo con que las personas con enfermedad mental sufren un déficit de ciudadanía en lo relativo a esos derechos.

 

Son diversas las situaciones y prácticas en el campo de la asistencia a la salud mental con las que con frecuencia se vulneran esos derechos. Una de las más frecuentes y cuestionables son las prácticas coercitivas.  Bajo los argumentos de conseguir un bien superior -facilitar un tratamiento indispensable u obtener la adhesión al mismo-  basándose en la falta de autonomía de la persona y en el confuso concepto de falta de conciencia de enfermedad; o, cuando esto no es posible, argumentando la necesidad de disminuir el riesgo auto y hetero agresivo  y la obligación de gestionar el riesgo social necesario para la protección del paciente y de otros, asistimos a prácticas como ingresos involuntarios, contención física, aislamiento, medicación forzosa, traslados a kilómetros de distancia de la residencia habitual sin contar con la opinión de pacientes o presiones diversas.

 

La Comisión Europea de Derechos Humanos del Consejo de Europa en 2012 nos advertía que:

 

“La aplicación real del derecho a la salud está intrínsecamente conectada al derecho a la capacidad jurídica y por tanto al derecho de poner en práctica tal capacidad. Tener plena capacidad jurídica nos permite elegir dónde y con quién queremos vivir, votar al partido que preferimos, saber que nuestras decisiones en materia de salud serán respetadas, tener el control de nuestras finanzas y tener acceso a las actividades recreativas”.

 

Además, instaba a los gobiernos a tomar medidas en esa dirección.

 

Las medidas coercitivas violan un buen número de derechos de las personas con enfermedad mental por su carácter discriminatorio. La enfermedad mental no puede ser una excusa para la discriminación que va a añadir más dolor a la persona que ya tiene un sufrimiento psíquico.

 

Estas técnicas, que se aplican a menudo de forma protocolaria, vulneran no solo los derechos de los pacientes, sino que atentan contra su autonomía. También implican un abordaje en el que no se afronta el sufrimiento de quien lo padece, bloqueando el discurso del paciente y a la propia persona como interlocutor de su padecimiento y actor de su propio cuidado, o sea, provocan daños profundos en la subjetividad de las personas.

 

Desde la Plataforma de Salud Mental de Aragón, observamos una tendencia al alza de estas prácticas coercitivas en los servicios de salud mental. Estas coerciones no solo se dan en plantas de hospitalización de agudos y servicios de urgencias, sino también en unidades residenciales de media y larga estancia, unidades psiquiátricas penitenciarias, centros de atención juveniles, residencias de ancianos, centros para personas con discapacidad y, a veces poco discriminadamente, en plantas médicas de hospitales generales.

 

Observamos que esta tendencia en los servicios sanitarios ha ido creciendo de la mano de los criterios de eficacia, efectividad y eficiencia en la gestión de los servicios, con los que se venían a justificar.

 

Estas medidas tienen un potente efecto estigmatizador, al negar con frecuencia credibilidad y capacidad; si sumamos a esto limitaciones reales que a veces los pacientes sufren, se entiende su dificultad para evidenciar las discriminaciones de las que son objeto.

 

En un Estado de Derecho es nuestra responsabilidad visibilizar y combatir las discriminaciones que cercenan los derechos humanos de las personas con enfermedad mental, las vulneraciones de la dignidad de las personas y los derechos humanos que, al no ser reconocidas y condenadas, continúan su eficacia destructiva a lo largo del tiempo. Hoy en día ni clínica ni socialmente se establece la necesidad de reparar las consecuencias del daño psicosocial y trauma, derivadas del uso de ingresos y tratamientos involuntarios, contenciones mecánicas, aislamiento o de medicaciones forzosas.

 

Por todo esto, nuestro objetivo es promover la implementación de políticas y medidas legislativas, administrativas o de otra índole que conduzcan a un modelo en el que las personas con enfermedad mental o sufrimiento psíquico cuenten con los apoyos necesarios para que puedan consentir libremente sobre sus cuidados de salud, e integrarse plenamente en la comunidad. 

 

No sabemos si es posible eliminar completamente las prácticas coercitivas de la asistencia en salud mental y de la asistencia sociosanitaria en general, lo que sí pensamos es que tomar en cuenta que estas prácticas coercitivas son antiterapéuticas nos llevará, si hay una apuesta sincera por su eliminación, a la progresiva reducción de dichas prácticas, a la vez que a la búsqueda de los medios necesarios para hacerlo. Y que esto redundará en una asistencia más humanizada, personal y de cuidado para con las personas con sufrimiento psíquico.

 

Partiendo de una preocupación que suponemos compartida por pacientes, familias y profesionales en torno a la necesidad de una atención más respetuosa, creemos que avanzar hacia la reducción de prácticas coercitivas requiere de un plan comprometido desde los servicios de salud. Para ello, resulta clave contar con información pública y accesible que permita conocer con claridad la situación actual. Sería fundamental disponer de un registro unificado de contenciones tanto en el ámbito sanitario como en el sociosanitario, así como de datos sobre el número de personas con trastorno mental grave (TMG) que se encuentran ingresadas en residencias de mayores por la falta de recursos específicos en salud mental. También sería importante conocer cuántas personas con TMG son derivadas a centros de rehabilitación alejados de su comunidad de origen, y disponer de información detallada sobre las personas tuteladas, incluyendo cuántos profesionales participan en su atención y cuáles son las condiciones de los espacios residenciales en los que viven.

 

En sintonía con los planteamientos actuales de la teoría del reconocimiento, y para concluir, aportamos la reflexión que Anthony, ya en 2004, se formulaba en relación con los elementos necesarios para la recuperación del enfermo mental, en forma de pregunta:

 

“¿No hay un único principio que trascienda todos los otros (participación de la persona, orientación hacia el crecimiento, esperanza, autodeterminación y capacidad de elección), un principio superior del que todos los otros principios emanan? Pienso que lo hay, es el principio de la persona. El principio de la persona es definido simplemente como «las personas con enfermedad mental grave son personas»”.

Desmitificando el trastorno del espectro autista

Desmitificando el trastorno del espectro autista

Alba Zorrilla Blasco

2 de abril de 2025

En 2007 la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) designó el 2 de abril como Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo con el objetivo de visibilizar a las personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA), mejorar su calidad de vida y concienciar a la ciudadanía de la necesidad de contribuir a promover su derecho a participar en la sociedad en igualdad de condiciones.

Este año, con el lema “El autismo se presenta de infinitas formas”, la jornada quiere destacar que no hay una sola manera de vivir el TEA. Cada persona lo experimenta de forma diferente, aunque es habitual que haya ciertos retos comunes, como dificultades para comunicarse o relacionarse con los demás, comportamientos repetitivos o una forma de actuar más rígida.

El objetivo de este artículo es desmitificar algunas de las creencias más arraigadas o ideas preconcebidas en relación con el TEA.

 

El autismo es una enfermedad que se cura

El TEA no es una enfermedad, sino una forma diferente de desarrollo del cerebro que acompaña a la persona durante toda su vida. En este sentido, sus manifestaciones y necesidades cambian según las distintas etapas del desarrollo.

Detectarlo a tiempo y ofrecer una intervención adecuada, que apoye tanto al niño como a su familia, puede marcar una gran diferencia. Terapias como el Early Start Denver Model o el Análisis Conductual Aplicado (ABA) han demostrado ser muy útiles para mejorar habilidades sociales, comunicativas y cotidianas en personas con TEA.

 

La falta de cariño o las vacunas pueden provocar autismo

El psiquiatra Leo Kanner fue quien describió por primera vez el autismo como un cuadro clínico distinto, separándolo de otros trastornos como la esquizofrenia. Aunque creía que el autismo tenía un origen innato, en su momento dio cierto apoyo a la desacreditada teoría de las “madres nevera”, que culpaba erróneamente a una supuesta falta de afecto materno.

Años más tarde, en 1998, un estudio sin base científica relacionó las vacunas con el autismo. Este trabajo fue desmentido y retirado por fraude, pero la idea aún persiste en algunos sectores, impulsada por el movimiento antivacunas.

Hoy sabemos que no hay una única causa del autismo. Se trata de una condición vinculada al desarrollo del cerebro, influida por múltiples factores genéticos y ambientales que aún se están investigando.

 

El autismo solo se presenta en varones

En los estudios poblacionales, el autismo se identifica en aproximadamente tres niños por cada niña y en los estudios clínicos, también se identifica en mayor proporción en varones.

Una posible causa de esto radica en que, durante mucho tiempo, la investigación sobre el autismo se ha centrado principalmente en los niños, lo que ha provocado que muchas niñas pasen desapercibidas. Además, los criterios de diagnóstico no siempre tienen en cuenta las diferencias en cómo se manifiesta el autismo en ellas. Esto hace que muchas niñas y mujeres reciban diagnósticos tardíos, equivocados o, en algunos casos, nunca sean diagnosticadas. Como resultado, no solo tienen menos acceso a un tratamiento temprano, sino que también corren más riesgo de recibir apoyos que no se ajustan a sus verdaderas necesidades.

Además, las niñas y mujeres con autismo suelen tener habilidades sociales más desarrolladas que los niños y una mayor capacidad para imitar o jugar de forma estructurada. Además, durante la adolescencia, hacen un gran esfuerzo por «encajar», usando lo que se conoce como camuflaje o enmascaramiento para adaptarse socialmente. Aunque esto les ayuda a ser aceptadas, también puede ocultar los signos del autismo. Este esfuerzo constante tiene un alto coste emocional y físico, y muchas veces lleva a que lleguen a los servicios de salud mental con síntomas como ansiedad o depresión, sin que se identifique de inmediato el autismo como causa de fondo.

 

¿Epidemia? Entendiendo el aumento del diagnóstico

En los últimos años, ha aumentado el número de personas diagnosticadas con autismo. Según los Centers for Disease Control and Prevention (CDC), en EE. UU. se identifica TEA en 1 de cada 36 niños, y en España, el alumnado con autismo creció un 13% en el último curso.

Este aumento no significa que el autismo sea algo nuevo, sino que ahora lo detectamos mejor gracias a criterios más amplios, mayor conciencia social y mejores herramientas de diagnóstico. Muchos casos que antes pasaban desapercibidos —como los de niñas o personas con manifestaciones más sutiles— hoy se reconocen con mayor precisión.

 

Las personas autistas prefieren estar solas

Las personas con autismo suelen tener dificultades en la comunicación y la interacción social, lo que puede afectar la forma en que se relacionan con los demás. Sin embargo, eso no significa que no quieran conectar o tener vínculos afectivos. Muchas veces, es el entorno el que no se adapta a sus necesidades, lo que acaba generando aislamiento o rechazo.

Además, pueden ser muy sensibles (o poco sensibles) a ciertos estímulos como ruidos, luces o el contacto físico, lo que hace que algunas situaciones cotidianas les resulten incómodas o difíciles de manejar.

 

Las personas autistas son incapaces de sentir o expresar emociones, afecto o empatía

Las personas con autismo procesan la información, incluidas las emociones, de forma diferente. Mientras que muchos aprendizajes sociales y emocionales ocurren de forma natural en la mayoría de las personas, quienes tienen TEA suelen necesitar aprenderlos de manera más directa y explícita.

Con el apoyo adecuado, pueden identificar y comprender lo que otros sienten, así como reconocer y expresar sus propias emociones.

 

En definitiva …

En palabras de Montse Bizarro, autora del artículo “Estigma social en personas Autistas”:

Para combatir la desinformación, el diagnóstico puede ser un gran aliado; nos permite entendernos, conocer a más personas como nosotros, liberarnos de la culpa de ser diferentes, perdonarnos. Y, a través de ese autoconocimiento, podemos empezar a hacer activismo, a explicar a los demás las razones que subyacen a nuestros comportamientos para que puedan comprenderlos y para que, poco a poco, se vaya diluyendo el estigma hacia el autismo.

Conociendo el trastorno bipolar

Conociendo el trastorno bipolar

Andrés Martín Gracia

30 de marzo de 2025

El trastorno bipolar está presente en la población con una prevalencia que oscila entre el 1 y el 3%. Actores famosos como Catherine Zeta-Jones, cantantes como Kurt Cobain, escritores como Ernest Hemingway y, en nuestro país, el presentador y actor Javier Martín, que ha escrito un libro titulado “Bipolar y a mucha honra”, demuestran que el trastorno bipolar está presente en todas las capas de la sociedad.

 

Pero ¿qué es el trastorno bipolar?

Es una alteración de los mecanismos que regulan el estado de ánimo con fases de euforia (fase maníaca) y fases de tristeza (fase depresiva).

Suele comenzar entre la segunda y la tercera década de la vida y el primer episodio suele venir precedido por una situación ambiental estresante o el consumo de sustancias tóxicas.

Hay dos tipos fundamentales de trastorno Bipolar: tipo I y tipo II. El tipo I combina fases maníacas y depresiones y es tan habitual en hombres como en mujeres. El tipo II alterna fases eufóricas de menor intensidad (hipomanía) con depresiones y es más frecuente en mujeres.

Eduard Vieta Pascual, psiquiatra español conocido por su trabajo en el campo del trastorno bipolar, apunta que en la llamada fase maníaca pueden aparecer síntomas como hiperactividad, exceso de energía, locuacidad, euforia, insomnio, aumento de la sociabilidad, ideas de grandeza, aumento del impulso sexual, aceleración del pensamiento, gastos excesivos, conducta desordenada, planes irrealizables y a veces ideas delirantes y alucinaciones. En contraposición, la fase depresiva se caracteriza por sensación de tristeza o vacío, apatía, baja autoestima, falta de ilusión, dificultad para realizar las tareas habituales, enlentecimiento, falta de concentración, molestias físicas, ansiedad, insomnio o exceso de sueño, pérdida o exceso de apetito, inhibición social, ideas de culpa o ruina e ideas de muerte o autolíticas. También pueden existir fases mixtas combinando síntomas de ambas fases.

La evolución de la enfermedad es variable combinando episodios eufóricos y depresivos. Las personas que tiene más de cuatro episodios al año se denominan cicladores rápidos. Además, suele observarse un patrón estacional característico con fases depresivas entorno a la primavera y el otoño y fases maniacas en verano.

 

¿Cuáles son las causas que lo provocan y cómo se diagnostica?

Se conoce que la causa de este trastorno es una alteración del termostato del estado de ánimo localizado en el sistema límbico del cerebro.

Existe un componente genético que determina la predisposición y sobre ésta influyen desencadenantes como el estrés o el consumo de drogas.

La enfermedad se diagnostica mediante los síntomas, los posibles antecedentes familiares y la evolución. Es decir, a través de la clínica observada. No existen pruebas objetivas, radiológicas o analíticas, que lo diagnostique, aunque actualmente hay investigaciones que tratan de utilizar muestras de sangre para poder diferenciar la depresión bipolar de la unipolar o depresión clásica.

 

¿Tiene tratamiento?

El tratamiento del trastorno bipolar, debido a su complejidad, es múltiple. La combinación entre tratamiento farmacológico, psicoeducación y psicoterapia es fundamental.

El tratamiento farmacológico consiste, fundamentalmente, en estabilizadores del ánimo para prevenir las recaídas. Los más frecuentemente utilizados son litio, valproato y lamotrigina. Los dos primeros necesitan controles mediante analíticas de sangre con cierta regularidad para medir sus niveles ya que, si son insuficientes podrían no ser útiles y si son excesivos pueden producir una intoxicación con efectos secundarios importantes.

Se pueden combinar con otros fármacos como antidepresivos, antipsicóticos, hipnóticos y tranquilizantes, pero los antidepresivos no se deben utilizar solos dado que favorecen las fases eufóricas.

En casos resistentes se puede usar la Terapia Electroconvulsiva, con la garantía de que se realiza en el quirófano con anestesista, y están en estudio terapias nuevas como la Estimulación Magnética Transcraneal para las fases depresivas resistentes.

En los casos graves hay riesgo de suicidio, sobre todo en las fases depresivas, por lo que es necesario valorar este riesgo ya que es del 15% en este trastorno.

Si los tratamientos habituales no funcionan y la persona está fuera de la realidad o con riesgo de suicidio puede ser necesaria la hospitalización durante un tiempo.

 

¿Qué puedo hacer si sufro trastorno bipolar para cuidarme?

Los autocuidados son clave para conseguir una buena evolución de la enfermedad.

  1. Autoobsérvate y fíjate en las variaciones de tu estado de ánimo.
  2. Duerme las horas adecuadas (entre 8 y 9 horas).
  3. No consumas tóxicos como alcohol o drogas.
  4. Haz ejercicio físico ajustado a tus necesidades.
  5. Mantén horarios y rutinas regulares.
  6. Maneja adecuadamente el estrés.
  7. Toma correctamente la medicación pautada.
  8. Realiza visitas periódicas con profesionales de Salud Mental (Psiquiatría, Psicología, Enfermería de Salud Mental).

Autolesiones: El clamor de la piel

Autolesiones: El clamor de la piel

Alba Zorrilla Blasco y Tatiana Simal Galindo

2 de marzo de 2025

El día 1 de marzo se celebra el Día Mundial de la Concienciación sobre la Autolesión que tiene el objetivo de visibilizar estas conductas, concienciar a la población y apoyar a aquellas personas y familiares que las sufren.

 
¿Qué se entiende por autolesión?

Una autolesión es aquel acto consciente y voluntario que comete una persona para provocarse daño en alguna parte del cuerpo, pero que carece de intención mortal, por lo que también se denominan autolesiones no suicidas (ANS).

Engloban una variedad de actos desde cortarse (cutting), morderse, rascarse, quemarse, arrancarse pelo o hurgar en heridas previas a acciones más indirectas como sobreingestas medicamentosas, atracones de comida, ingesta masiva de alcohol o de otras drogas, conductas de elevado riesgo, etc. Las más frecuentes son los cortes, sobre todo en antebrazos, pecho, piernas y abdomen.

Estas conductas, aunque pueden darse a cualquier edad, parecen ser más frecuentes durante la adolescencia y la juventud; de hecho, la edad de inicio se sitúa entre los 11 y los 13 años. Por otro lado, suelen ser más habituales en las adolescentes y su prevalencia ha aumentado significativamente en los últimos años, especialmente desde la pandemia.

Las prácticas sobre el cuerpo, que ya se han mencionado, han existido siempre. Lo que preocupa y llama la atención es la dimensión, casi epidémica, del momento presente. Según varios informes la prevalencia en población adolescente europea (no clínica) se sitúa entre el 10 y el 30%, mientras que el último informe del Observatorio Español de la Salud Mental Infanto-juvenil señala que el 38% de las personas entre 9 y 16 años ha pensado alguna vez en autolesionarse.

Por último, aunque son conductas que tienden a remitir con el tiempo y la edad, conforme mejora la capacidad de regularse emocionalmente, no todas las personas las abandonan en la etapa adulta.

 
¿Cuál es la causa de las autolesiones en la adolescencia?

La finalidad u objetivo que motiva las autolesiones puede ser variado. Algunos de ellos son: poder sentir alguna emoción (para contrarrestar el sentimiento de vacío), pérdida del sentido de su vida, para desplazar el dolor emocional al cuerpo, manejar el sufrimiento o intentar controlarlo, como desahogo o descarga para gestionar el malestar emocional, o con finalidad punitiva (autocastigarse). Es una conducta compleja y multifactorial, en la que la persona no busca dañarse ni llamar la atención (suelen practicarse en privado) ni la letalidad, sino todo lo contrario: son un intento de aliviar el sufrimiento.

Se podría decir que son un modo de autotratamiento espontáneo con el que extraer la angustia que sufren y resulta insoportable, cuando no se cuenta con un recurso mejor. En definitiva, una forma de comunicar el intenso malestar que sienten, una llamada de auxilio.

En algunos casos, las autolesiones pueden ser un comportamiento puntual, en otros, debido a su función calmante pero limitada en el tiempo, se tornan recurrentes. Las redes sociales también juegan un papel importante al normalizar e incluso reforzar el comportamiento autolesivo facilitando un efecto contagio, romantizando la propia conducta en sí o simplemente porque se sabe que otras personas lo hacen y les funciona.

La sociedad actual en la que se encuentra inscrito el adolescente parece someterlo a una posición incongruente entre el mandato de ser totalmente feliz todo el tiempo y disfrutar sin límites con la realidad de la vida. Momento especialmente complejo si añadimos la variable cuerpo, escenario donde se representan los intensos cambios físicos, psicológicos, emocionales y sociales. Estos cambios, junto con la pérdida del cuerpo y rol infantil, aunque son una parte normal del desarrollo, pueden suponer una dificultad para la aceptación. Y es en la piel, en el cuerpo, donde el adolescente simboliza su malestar. En definitiva, es un terreno que, aunque genere descontrol y desasosiego, también permite ejercer cierta autoridad y dominio.

 
¿Cuáles son las señales de alarma?

Entre los signos que deben poner en alerta a familia, amistades y profesionales de la salud o de la educación destacan:

  • Conductuales: se tapa, evita nadar o cambiarse de ropa delante de otras personas, utiliza pulseras para ocultar cortes, esconde y oculta objetos afilados o gomas elásticas, cambia su comportamiento habitual (se aísla o retrae) o el rendimiento, abandona de actividades habituales o se aísla y pasa más tiempo a solas del habitual.
  • Emocionales: cambia de estado de ánimo bruscamente, tiene sentimientos de desesperanza, impotencia o inutilidad, expresa ideas de muerte o se culpa de los problemas.
 
¿Qué se esconde tras la autolesión?

Detrás de las autolesiones puede haber algún trastorno psicológico o una experiencia adversa, como acoso o abusos o un intenso malestar. Por ello, es importante valorar qué se esconde tras la autolesión. De forma usual, son situaciones relacionadas con: baja autoestima, altos niveles de impulsividad, depresión, ansiedad, tristeza, conflictos familiares, acoso escolar o abusos sexuales. Aunque en muchas ocasiones las autolesiones se asocian con un trastorno mental es una conducta frecuente en la población general de adolescentes y, aunque no tienen finalidad letal, es uno de los predictores más fuertes de un intento de suicidio futuro.

 
¿Qué se puede hacer?

Existen diversos protocolos de actuación para diferentes profesionales (educación, sanidad, ocio, etc.) pero coinciden en unas consignas básicas: adoptar una actitud de escucha, comprensión y apoyo, no juzgar y empatizar con sus emociones.

Diferentes estudios cualitativos hacen alusión a la importancia de informar y educar sobre las autolesiones y conducta suicida en el ámbito educativo con la finalidad de prevenir estas conductas y facilitar la detección de casos y derivación a recursos sanitarios si es preciso. Aunque no todos los adolescentes que se autolesionan aceptan ayuda profesional es importante animarlos a ello para que entienda por qué se autolesiona y guiarle en el manejo de las emociones.

 
En definitiva …

Las autolesiones en adolescentes son un problema grave y creciente. La educación, detección e intervención temprana, el apoyo emocional, el tratamiento profesional, la enseñanza de estrategias de regulación emocional y una red de apoyo, son esenciales para ayudarles a superar esta conducta y promover el bienestar mental en la adolescencia, extendiendo con ello su salud física y mental a la edad adulta, y garantizando una vida plena en el futuro.

Enredado acompañando vidas adolescentes

Enredado acompañando vidas adolescentes

José Miguel Ausejo Sanz

26 Febrero 2025

Acompañar adolescencias y adolescentes es una tarea exigente, que en no pocas ocasiones origina malestar, preocupación e incertidumbre sobre el camino que se recorre de forma conjunta. Es cierto que del mismo modo proporciona momentos vitales de gran satisfacción, y experiencias muy enriquecedoras.

Acompañar supone caminar al lado, tener paciencia, plantear las preguntas acertadas, mostrar disponibilidad, mantener el buen humor, ser oportuno, saber retirarse a tiempo para volver a intentarlo en otro momento.

Algo tan vital, cambiante, diverso e individual como la vida adolescente obliga a quienes se muestren interesados en llevar a cabo esta tarea, a mantenerse en contacto con “las adolescencias y los adolescentes” como espacio de conocimiento. A trabajar junto a otros profesionales que nos ayuden a no perder la dirección a no vernos sobrepasados, y a no quedarnos atrapados en prácticas que con frecuencia no dan respuestas suficientemente adecuadas a las realidades que se nos presentan.

Una sencilla sugerencia de entrada; esta tarea no parece muy recomendable para aquellos o aquellas que no toleren muy bien el movimiento y los cambios, que anden justitos de paciencia, o que lo crean tener todo claro y resuelto.

Me atrevo a proponer cuatro ideas surgidas del trabajo diario junto a adolescentes, y de la experiencia de otras compañeras y compañeros en ese transitar por las adolescencias. Son discutibles y probablemente tengan fecha de caducidad, pero es posible que nos puedan ayudar a recorrer estos territorios. Señalan aspectos que, a mi modo de ver, resultan necesarios en la propuesta de acompañar adolescencias y adolescentes.

Un primer aspecto gira en torno a la escucha. Una escucha dispuesta a emplear tiempo, que no siente incomodidad con los silencios, que en ocasiones recoge todo el malestar y el sufrimiento presente en sus vidas. Que no interpreta ni juzga, sino que, sencillamente, demuestra interés por sus intereses y preocupaciones. Escuchamos con amabilidad, mostrando curiosidad por entender, sin prisa. Una escucha que no agobia ni interroga. Que reconoce el momento de parar, y lo sugiere de un modo sensible. Que no tiene respuestas para todo, y se toma el tiempo necesario para pensar sobre como continuar, y que muestra disponibilidad.

El segundo aspecto se enfoca en la validación del sufrimiento y de los malestares, así como de las preocupaciones que pueda presentar. De este modo se podrá sentir reconocido el adolescente. Damos valor a sus expresiones, las confirmamos. Se puede sentir dolor, tristeza, rabia, alegría, asco … En definitiva, permite al adolescente o a la adolescente reconocerse a través de la mirada del otro. No propongo una técnica o táctica para acompañar, lo que sugiero es que el reconocimiento de sus vivencias nos aproxima y contribuye a que lo que podamos compartir tenga un valor diferente. Este reconocimiento trasluce que, a pesar de lo vivido y experimentado, la relación con adultos que conectan con mis malestares, y que no me proponen que no sienta lo que siento puede resultarme de ayuda.

Un tercer aspecto lo sitúo en relación con el trabajo sobre el modo en el que miramos. Nuestra mirada sobre las adolescencias y los adolescentes debe ser amable. Ha de tratar de rescatar lo positivo, reforzando los logros. Una mirada que intuye lo que hay de oportunidad. Mirar de forma acogedora, que nuestro modo de mirar busque que cada adolescente se pueda sentir que forma parte del lugar en el que nos encontremos, que dispone de sitio, y que su participación es importante. Convendrá educar la mirada en la sensibilidad precisa para poder apreciar los cambios, pudiendo adecuarnos en cada momento.

Por último, señalar la necesidad de construir un espacio confiable que proporcione seguridad, y que también pueda mostrar preocupación. Un espacio que favorezca la experimentación fuera del mismo y al que poder regresar sabiendo que es capaz de sostener. Este espacio confiable tolera ser puesto a prueba, y no juzga. En el trascurso del tiempo quizás podremos observar cómo algunas de las ideas que se comparten en el mismo resultan de interés para el adolescente pudiendo originar cambios en sus actuaciones.

Como trataba de expresar al inicio espero que estas ideas puedan resultar de interés para quien camine junto a adolescentes, al menos generando cierta reflexión, con el ánimo de que todos podamos acompañar mejor.