Para un tiempo más incierto: Reflexiones sobre la salud mental

Para un tiempo más incierto: Reflexiones sobre la salud mental

José Miguel Ausejo Sanz

10 de octubre de 2025

Mi vida laboral se ha movido entre el mundo de las adicciones, los trastornos mentales graves y la atención a niños, adolescentes y jóvenes con itinerarios vitales complejos. Al mismo tiempo, he trabajado en el acompañamiento a equipos de profesionales inmersos en la atención de estos niños, adolescentes y jóvenes.

 

Soy Licenciado en Medicina, no pude y no supe hacer el MIR, y me he formado en una larga lista de cursos, horas de formación y lecturas. Creo poder decir que la formación universitaria en medicina, en aquellos años en relación con lo “psi” resultaba deficiente y poco atractiva, con una sola asignatura de psiquiatría y otra de psicología, si la memoria no me falla. No obstante, he tenido suerte de poder compartir con buenos profesionales sus conocimientos y su humanidad. También he compartido mi trabajo con profesionales que no eran médicos, pero, sin excepciones, interesados por la persona que tenían delante, por tratar de entenderla y, en la medida de lo posible, de acompañarla en su malestar y en el modo de ver y verse en el mundo.

 

En mi experiencia, y ahora que solo soy responsable de mis palabras, diría que el sistema en el que he participado y que ha pretendido dar respuesta a las “realidades” de cada persona que hemos definido como problemas de salud mental, es un sistema que se ha preocupado más por sostenerse a sí mismo que por la atención a cada persona. La dificultad surge cuando el esfuerzo por justificar y mantener la estructura nos lleva a perder de vista a la persona, sus necesidades, sus cambios y sus urgencias, y nos instalamos en la “seguridad” que nos proporciona la aparente solidez del sistema. Hacemos como si lo importante fueran las personas, pero las respuestas tratan más de sostener el entramado que de transformarlo, o adaptarlo, de forma que responda a los malestares del momento.

 

La realidad que podemos componer a través de las miradas de distintos interventores en el acompañamiento de las situaciones de “salud mental”, de la atención a los malestares de las personas, debería servirnos para evidenciar las necesidades existentes, obligándonos a modificar el sistema en los aspectos convenientes, y empujarnos a recomponer nuevos modelos de atención.

 

Por otro lado, si la “comunidad” está en crisis, ¿cómo poder acoger a las personas que plantean una percepción de la realidad “diferente”, en ocasiones extraña o peculiar, que se sale de lo corriente? ¿Cómo poder llevar adelante la acogida en la comunidad cuando esta no cuenta con los apoyos adecuados?

 

El grado de incertidumbre, de miedo, de recelo, de desconfianza que existe hacia el otro, se incrementa cuando ese otro vive esa realidad “diferente”. Esto conlleva afrontar situaciones exigentes, intensas e incluso incómodas, y ello no resulta una tarea fácil.

 

La medicina no es una ciencia exacta y la atención y el acompañamiento de personas que viven inmersas en esa realidad “diferente” ahonda en la inexactitud. Es demasiado lo que aún desconocemos y aunque en ocasiones podamos aprender recogiendo aspectos comunes a los procesos de distintas personas, la realidad es terca y nos obliga a mirar proceso a proceso.

 

Actualmente entendemos mejor el funcionamiento de algunas estructuras cerebrales, pero nos resistimos a reconocer la importancia que tiene la complejidad de cada persona en su proceso vital. Los tratamientos farmacológicos necesarios en distintas situaciones de gran malestar o sufrimiento no resuelven el proceso vital. Pueden proporcionar mayor estabilidad, un cierto atemperamiento y un alivio en la carga de malestar. Es decir, pueden ser de ayuda en la construcción de una relación de ayuda que favorezca el acompañamiento a la persona en su sufrimiento y afrontar de un modo aceptable las crisis que se puedan presentar. Sin embargo, favorecen que la persona se perciba diferente y esta percepción no siempre resulta agradable. También pueden originar consecuencias no buscadas, efectos secundarios que incrementen las sensaciones de desagrado de la persona.

 

La vida de las personas es más compleja que un intrincado entramado de receptores, circuitos, y transmisores. La importancia de los acontecimientos vitales sucedidos, y por suceder, así como de las decisiones tomadas nos muestran una realidad a la que difícilmente se puede responder de manera exclusiva con fármacos. En este sentido, aunque creo en la importancia del papel de los fármacos, creo poder afirmar que, de ningún modo, sustituyen la necesidad de una relación de ayuda.

 

Pero ¿Cómo construir esta “relación de ayuda” en una realidad compleja como la que vivimos?

 

Las personas que buscan ayuda sienten una cierta necesidad de recibirla o aquellas que se encierran en sus dificultades y se aíslan viven en estados de desconfianza, originados por los acontecimientos vividos.

 

¿Cómo construir una presencia que pueda proporcionar seguridad o que al menos aporte una experiencia de interés genuino? ¿Cómo encarar el futuro cuando la vida está condicionada por una realidad que limita y condiciona tu desarrollo como persona?

 

Acompañar a una persona de entre 20 y 40 años que vive en un entramado de aspectos que originan una realidad compleja no es una tarea sencilla. No tiene recursos económicos o estos resultan muy limitados. La capacidad para vivir de forma autónoma esta mermada. Con frecuencia usa drogas. Mantiene una relación discontinua con la “red de salud mental”, toma y deja de toma los fármacos por diferentes motivos. Lleva tiempo durmiendo mal. Mantiene una alimentación que no es muy adecuada. Hace tiempo que no realiza una tarea con la que se pueda sentir útil y perteneciente a la comunidad. Su apariencia física no resulta un aspecto en el que se detenga de forma especial y tampoco en su cuidado. Vive en un lugar inadecuado, en cualquier sitio o en la calle, y si hay familia la relación está a punto de agotarse o ya está agotada. En ocasiones se aísla, se encierra, y pierde el contacto con sus entornos sociales, refugiándose en el mundo virtual.

 

Probablemente la ayuda vaya en la dirección de tratar de entender a la persona, dedicarle tiempo, ser paciente, ser receptivo a sus necesidades, mostrarse disponible, resultar confiable …

 

Creo que no existe una respuesta definitiva. Probablemente encajar mejor las diferencias y promover acompañamientos más adecuados a cada malestar: equipos de trabajo capaces de sostener mejor a las personas afectadas y a los propios profesionales y, como señalaba al inicio, poder tener mejor conciencia de la realidad, de cómo esta va cambiando y de las dificultades a las que nos enfrenta.

 

Para acabar me gustaría poder señalar un último asunto. ¿Cómo trasladar la relación de ayuda originada? ¿Cómo hacer una buena derivación y no lanzar a la persona a la deriva tras procesos complejos y delicados que al igual que ocurre en las dolencias físicas pueden verse salpicados por distintas complicaciones?

 

El miedo, la inseguridad, el retorno a las respuestas inadecuadas que resultaron adaptativas en otro momento van a salpicar el proceso de cada individuo.

 

La incorporación más extensa e intensa a las relaciones familiares o sociales, y la búsqueda e inclusión de espacios laborales o prelaborales e incluso ocupacionales, originan situaciones en las que el estrés puede resultar muy complicado de manejar, de forma que regresar a la seguridad de lo inadecuado, pero adaptativo, se presenta como una alternativa aceptable y en ocasiones automatizada.

 

El malestar remite a los malestares vividos resultando insoportable. En este sentido la continuidad en los cuidados plantea un gran desafío. En cada edad, y ante los diferentes malestares, en los distintos contextos, estamos obligados a pensar en lo que precise cada persona.

Somos lo que hacemos: Rol ocupacional y salud mental en personas y familias

Somos lo que hacemos: Rol ocupacional y salud mental en personas y familias

Marta Marín-Berges, María Pilar Pardo Sanz y Sandra León Herrera

2 de julio de 2025

Lo que van a leer a continuación surge de una ponencia realizada en el marco del “Mayember, Mes del Orgullo Loco, organizada por la Asociación Paso a Paso. El objetivo fue compartir una mirada desde la Terapia Ocupacional sobre la importancia de los roles ocupacionales en personas con trastorno mental grave y en sus familias.

 

¿Qué es la Terapia ocupacional?

 

La Terapia Ocupacional es una profesión sanitaria centrada en la persona, orientada a promover la salud y el bienestar a través de la ocupación.

Su objetivo principal es facilitar la participación en las actividades de la vida diaria, como levantarse de la cama, preparar el desayuno, comer con una cuchara, jugar a las cartas o desempeñar un trabajo.

Las y los terapeutas ocupacionales logran este resultado trabajando con personas y comunidades para mejorar su capacidad de participar en ocupaciones significativas, o adaptando la ocupación y el entorno para favorecer su compromiso ocupacional.

 

¿Qué son los roles?

 

Los roles han sido históricamente definidos como un conjunto de comportamientos esperados por la sociedad, moldeados por la cultura y el contexto. Pueden ser conceptualizados y definidos por una persona, grupo u organización.

Los roles representan un aspecto clave de la identidad ocupacional y ayudan a definir a la persona, grupo, o comunidad.

Además, suelen estar asociados a actividades y ocupaciones específicas; por ejemplo, el rol de madre o padre implica, entre otras cosas, cuidar a los hijos.

 

¿Qué nos proporcionan los roles?

 

  1. Identidad y autoestima:
  • Los roles —como madre/padre, estudiante, amiga/o, trabajadora/a— contribuyen a nuestra identidad y autoestima.
  • Explorar, fortalecer y mantener estos roles mejora la autoimagen y la sensación de valía personal.
  1. Estructura y rutina:
  • Los roles brindan orden, estructura y rutina a la vida diaria.
  • Para las personas con problemas de salud mental, los roles significativos ayudan a establecer rutinas saludables, lo que a su vez puede mejorar su estabilidad emocional y mental.
  1. Sentido de propósito:
  • Los roles nos aportan un sentido de propósito y significado en la vida.
  • Es necesario identificar y trabajar en roles alineados con los valores de la persona, lo que puede aumentar su motivación y compromiso con el proceso de recuperación.
  1. Participación social:
  • Los roles sociales favorecen la conexión con los demás y nos brindan oportunidades para participar en la comunidad.
  • Explorar roles que impliquen interacción positiva ayuda a integrar a las personas en su comunidad.
  1. Adaptación y ajuste: 
  • En situaciones de cambio o crisis, los roles pueden ayudar a las personas a adaptarse y ajustarse a nuevas circunstancias.
  • Acompañar a las personas a identificar nuevos roles o adaptar los existentes puede ser de ayuda para enfrentar desafíos en la salud mental.
  1. Prevención de las recaídas:
  • Mantener roles significativos actúa como factor protector contra recaídas en problemas de salud mental.
  • Fortalecer los recursos y habilidades necesarios para sostener estos roles en el tiempo puede ayudar a prevenir recaídas y promover la recuperación sostenida.

 

Los roles en las familias

 

En las familias, la presencia de cambios en la dinámica familiar es frecuente, ya que puede darse la pérdida de ciertos roles, la reducción al rol de cuidador/a, la redefinición de funciones y la aparición de nuevos roles adicionales, lo que altera las rutinas habituales. Todo esto impacta en la salud mental y física de quienes viven estas circunstancias, generando experiencias de duelo, ansiedad, estrés, síntomas depresivos y, muchas veces, sobrecarga que puede llevar a desatender el propio bienestar. Además, suelen presentarse consecuencias sociales y económicas, como el aislamiento social y dificultades económicas derivadas del tiempo y recursos dedicados al cuidado dentro del hogar.

En un contexto social donde los sistemas de apoyo son limitados y la salud mental sigue cargada de estigmas, resulta urgente reivindicar enfoques centrados en la ocupación que reconozcan la diversidad de roles como parte del proceso de recuperación.

Las políticas públicas, los equipos profesionales y la sociedad en su conjunto deben replantearse qué apoyos se ofrecen a las personas con trastorno mental grave y a sus familias para sostener una vida con sentido.

En este escenario, surgen preguntas necesarias: ¿cómo puede la Terapia Ocupacional contribuir a generar espacios que promuevan la participación y la reconstrucción de roles? ¿Estamos preparadas/os como profesionales para acompañar procesos que desafían las estructuras sociales que generan exclusión?

 

Conclusiones

Una de las intervenciones clave desde Terapia Ocupacional es fortalecer los roles significativos como parte integral de la identidad y el bienestar de las personas y promover la participación activa y satisfactoria en la vida cotidiana.

Tenemos muy presente que la pérdida o la adquisición de roles puede impactar en la salud física y mental de las personas, además de introducir cambios en la dinámica familiar o la estabilidad económica.

Salud mental de las personas trans adolescentes

Salud mental de las personas trans adolescentes

Noelia Núñez Descalzo

29 de junio de 2025

Cada 28 de junio, proclamado internacionalmente como Día del Orgullo, se conmemora el acto que sirvió de catalizador para el movimiento actual por los derechos de las personas LGTBIQ+.

El 28 de junio de 1969, se iniciaron una serie de manifestaciones en Nueva York (Estados Unidos), a consecuencia de una redada policial en el bar Stonewall Inn que era frecuentado habitualmente por la comunidad queer. Las personas que se encontraban allí se negaron a dispersarse de manera pacífica, como solía ser habitual, comenzando así una batalla abierta contra las fuerzas de seguridad en defensa de sus libertades y las del colectivo. Hoy en día esta revuelta sigue siendo el símbolo global de resistencia y orgullo para la comunidad LGTBIQ+. Fue ese mismo 1969 cuando se creó la Street Transvestite Action Revolutionaries (STAR), una organización cuya función principal era dar cobijo a activistas trans en la lucha por la salvaguardar los derechos del colectivo.

Hablamos de persona trans haciendo referencia a diferentes formas de expresión de la identidad de género: transexual, transgénero e intergénero entre otras. Según algunos estudios en población adolescente entre el 0,17% y el 2,7% se identificaron como trans.

 

¿Qué es la identidad de género?

 

La identidad de género hace referencia a la experiencia personal de ser hombre, mujer o ser diferente que tiene una persona. Es decir, es la forma en la que una persona se siente y se identifica. Por ejemplo, si una persona se siente y se identifica como mujer, su identidad de género es femenina, independientemente de su sexo asignado al nacer, de su documento de identidad y del género que la sociedad le impone por su biología.

Cuando la identidad de género no coincide con el sexo asignado al nacer, la persona puede ser considerada como trans. Este hecho puede generar malestar o incomodidad, pudiendo desembocar en los casos más extremos en disforia de género. Este está causado por el sufrimiento que ocurre cuando tu cuerpo o la forma en la que te tratan los demás no encajan con quien tú eres por dentro.

 

Las personas trans adolescentes tienen peor salud mental que sus iguales cisgénero

 

La literatura científica es contundente en este sentido. Una revisión sistemática publicada en 2025 concluye que las personas trans adolescentes cargan con más sufrimiento psicológico que sus iguales cisgénero y, en consecuencia, tienen peor salud mental. No por hecho de ser trans, sino por cómo la sociedad las trata. Se enfrentan a más dificultades sociales y emocionales que impactan directamente en la construcción de su autoestima y de su identidad generando miedo e inseguridad.

A esta discriminación social se suman las barreras legales y sanitarias que afectan a la obtención de documentos o atención a la salud que respeten su identidad. Existen países como Lituania que no tienen normas específicas para las personas trans, otros como Francia donde se les exige haber pasado por tratamiento farmacológico y/o cirugía para poder acceder a una nueva documentación y otros, como es el caso de España, donde se permite la autodeterminación del individuo.

Se ha demostrado que cuando una persona trans es aceptada y respetada por su entorno social y familiar su bienestar psicológico es equiparable al de otra cisgénero.

 

Adolescentes trans y suicidio

 

El intento de suicidio y la mortalidad por suicidio es más frecuente en las personas trans adolescentes que en adolescentes cisgénero. En el estudio National Survey on LGBTQ Youth Mental Health (2020) realizado en Estados Unidos un 52% de adolescentes trans habían considerado seriamente quitarse la vida en el último año.

Es llamativo como el sexo asignado al nacer parece influir en las cifras de suicidio. De hecho, existe asociación entre la ideación suicida grave y ser una persona asignada como mujer al nacer.

Del mismo modo, el país de procedencia también parece ser un factor predisponente o protector en materia de ideación suicida. En un estudio llevado a cabo en 2022 se observó como Países Bajos cuenta con tasas de suicidio más bajas en este grupo de población que Canadá y Reino Unido. En este sentido, el hecho de que Paises Bajos sea uno de los países que más investigación produce en relación con el colectivo “trans” es posible que sea consecuencia de un contexto social más involucrado con la comunidad y, en definitiva, de un entorno protector para la salud mental de las personas trans adolescentes.

 

Disforia de género y personas trans

 

Los sentimientos de disforia de género han aumentado en las personas trans y, sobre todo, en las más jóvenes. Las razones de este aumento podrían ir de la mano, por un lado, de un mayor acceso de las personas trans adolescentes a servicios transafirmativos y, por otro, a un incremento de las referencias mediáticas. Las personas trans más conocidas sirven de modelos de imitación, lo que acelera la búsqueda de ayuda y de tratamiento, además de normalizar este proceso para el resto.

Por otro lado, se ha destacado la importancia entre la relación familiar y el adolescente trans. En esta etapa vital convulsa una mala relación con la familia favorece el consumo de alcohol o drogas, la reticencia a usar métodos de protección frente a Enfermedades de Transmisión Sexual y mayor probabilidad de sufrir problemas en sus relaciones afectivas.

Fomentar un entorno inclusivo y de apoyo frente a la disforia de género evitaría el sufrimiento físico y psicológico de las personas trans durante esta etapa vital de cambio.

 

En conclusión

 

La salud mental de las personas trans adolescentes debe ser visibilizada. Hablamos de jóvenes que, en plena construcción de su identidad, se enfrentan al estigma social, la discriminación derivada de este y el acceso limitado a servicios de salud transafirmativos, únicamente por el hecho de ser o expresarse auténticamente.

La influencia de las relaciones familiares y con sus iguales tienen un impacto clave en su salud mental, actuando como factores que agravan o protegen frente a sus posibles dificultades emocionales.

Fomentar una relación cercana y respetuosa, promover espacios seguros con acceso a salud inclusiva, es apostar por el derecho de cada persona a vivir con empatía y dignidad.

Cuidar las raíces: Esperanza frente al maltrato de las personas mayores

Cuidar las raíces: Esperanza frente al maltrato de las personas mayores

Esther Bahillo-Ruiz y Lourdes Jiménez-Navascués

15 de junio de 2025

El 15 de junio es el Día Mundial de Toma de Conciencia del Abuso y Maltrato en la Vejez, día en que el mundo se une para expresar su rechazo al maltrato hacia las personas mayores y la importancia de proteger su dignidad y bienestar, promover el respeto, la participación en la sociedad y su derecho a vivir sin miedo ni violencia. La conmemoración internacional de este año 2025 se centra en abordar el abuso de adultos mayores en las instalaciones de atención a largo plazo: a través de datos y acción.

 

¿De qué estamos hablando?

 

La declaración de Toronto define el maltrato a la persona mayor como «un acto único o repetido que causa daño o sufrimiento a una persona de edad, o la falta de medidas apropiadas para evitarlo, que se produce en una relación basada en la confianza». Puede adoptar diversas formas: físico (uso de fuerza que puede causar dolor, lesiones o sufrimiento), psíquico o emocional (insultos, humillaciones, aislamiento social), económico o financiero (apropiación indebida de bienes), sexual (cualquier contacto no consentido) o por negligencia, intencionada o no, (falta de atención de las necesidades básicas o abandono). Se considera que el maltrato más significativo es el psicológico (11,6%), seguido por económico (6,8%), negligencia (4,2%), físico (2,6%) y abuso sexual (0,9%).

 

¿Cuál es la magnitud del problema?

 

El maltrato en la vejez es un grave problema social y de salud pública, silenciado, normalizado y sin lugar en la agenda social y política. A pesar de las dificultades para evaluarlo, se estima que la prevalencia de maltrato intrafamiliar es del 15% a nivel mundial y se considera que las cifras recogidas en los estudios quizás subestimen la realidad del maltrato a los mayores. Por otro lado, se dispone de pocos datos sobre el alcance del problema en instituciones como hospitales, residencias de ancianos y otros centros de atención crónica. No obstante, según una revisión de estudios recientes, la prevalencia del maltrato a personas mayores en instituciones es alta y situó en un 64,2% el porcentaje de profesionales que refirió haber cometido alguna forma de maltrato hacia sus usuarios.

 

Se estima que en el año 2050, la población mundial de mayores de 60 años se duplicará, de 900 millones en 2015 pasará a unos 2000 millones, viviendo mayoritariamente en países de bajos y medianos ingresos. Si la proporción de víctimas de maltrato al adulto mayor permanece constante, el número de víctimas aumentará rápidamente y llegará a 320 millones de víctimas para 2050.

 

¿Qué provoca esta situación y qué consecuencias tiene?

 

La ONU explica este fenómeno por el rápido envejecimiento de la población y el incremento de necesidades de atención que surgen con la edad, situación que, en muchas ocasiones, genera tensiones familiares y la dependencia, cada vez mayor, de la atención institucional.

 

Los nuevos modelos de estructura familiar y el deterioro de las relaciones sociales son factores predisponentes de maltrato del mayor. Garantizar la atención, la seguridad y la dignidad es urgente en todos los ámbitos de atención al mayor. La OMS reconoce el maltrato como un problema social desconocido, justificado por la falta de información y de datos. Se estima que solo se notifica uno de cada 24 casos de maltrato a adultos mayores, en parte subyace el miedo a denunciar a familia, amigos o autoridades, de quienes depende su atención.

 

Los factores de riesgo de maltrato al mayor incluyen factores individuales, familiares, comunitarios y culturales. Entre los principales factores se encuentran: la dependencia física para realizar las actividades de la vida diaria o estar encamado, discapacidad, pluripatología, deterioro cognitivo, además de factores sociales como los débiles lazos familiares, falta de recursos económicos, aislamiento social, falta de redes de apoyo, falta de preparación de los cuidadores y ser mujer. El perfil del agresor familiar está relacionado con el consumo o dependencia de tóxicos, desempleo, relaciones conflictivas, violencia intrafamiliar en la infancia, bajo nivel socioeconómico, sobrecarga de estrés o tendencia a responder agresivamente. Se estima que, en mayor medida, los agresores suelen ser los hijos de los mayores.

 

La OMS, en 2021, publicó el Informe Mundial sobre Edadismo, donde afirma que el riesgo de maltrato puede verse aumentado por la concepción sociocultural que se tiene del envejecimiento. Los estereotipos negativos incluyen la percepción del mayor como dependiente y ser una carga, conceptos que hacen más aceptables conductas de maltrato hacia las personas mayores. El edadismo también favorece el maltrato económico mediante prácticas financieras engañosas, dirigidas expresamente hacia este grupo etario, con el fin de abusar económicamente de ellos.

 

El maltrato tiene consecuencias nefastas para la salud física y mental de las personas mayores, incluyen desde lesiones físicas, discapacidad, pérdida de autonomía y calidad de vida, depresión, ansiedad y trastornos psicoafectivos a un incremento del riesgo de mortalidad prematura.

 

¿Qué se puede hacer?

 

La respuesta de la OMS a este problema social se encuentra en el documento: Tackling abuse of older people: five priorities for the United Nations Decade of Healthy Ageing (‎2021–2030),‎ del 15 de junio de 2022 con motivo del Día Mundial de Toma de Conciencia de Abuso y Maltrato en la Vejez, donde se plantean cinco prioridades para la Década de las Naciones Unidas del Envejecimiento Saludable (2021-2030):

  1. Combatir el edadismo, dado que es una de las principales razones por las que el maltrato a las personas mayores recibe tan poca atención.
  2. Generar más datos y de mejor calidad para concienciar sobre este problema.
  3. Concebir soluciones rentables para poner fin a este tipo de maltrato y ampliar su uso.
  4. Elaborar un argumentario a favor de la inversión en este tema para convencer de que es un dinero bien empleado.
  5. Recaudar fondos, ya que se necesitan más recursos para abordar este problema.

 

El maltrato de las personas mayores es una realidad inaceptable que se puede y debe prevenir. Medidas detalladas en la infografía sobre recomendaciones de ayuda para evitar el maltrato publicada por Naciones Unidas se recomienda:

  • A la población general estar atenta a los indicios de maltrato e informarse sobre las vías para obtener ayuda y denunciarlo.
  • A las personas mayores mantener sus contactos sociales, defender sus derechos, recurrir a servicios profesionales de ayuda y asegurarse de sus datos económicos.
  • A los familiares y cuidadores reducir el riesgo de infligir malos tratos mediante conductas que reduzcan el estrés, pedir ayuda a familiares o amigos, hacer pausas en el cuidado y recurrir a los servicios sociosanitarios locales.

Derechos de los pacientes y salud mental

Derechos de los pacientes y salud mental

Plataforma de Salud Mental de Aragón (PSM)

18 de abril de 2025

“El valor moral de una sociedad se nota en cómo trata a sus enfermos mentales más graves”

Inspirada en la conocida cita de Dostoyevski

 

Derechos Humanos son, como sabemos, garantías jurídicas que protegen a las personas de aquellas acciones que interfieren en sus libertades fundamentales y en la dignidad humana. Son universales, no pueden ignorarse ni abolirse y, sobre todo, son de obligado cumplimiento para los Estados desde la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948.

 

Hay varias razones por las que los ciudadanos deberíamos preocuparnos especialmente por los derechos humanos de las personas con enfermedad mental; la más importante es que nos encontramos a menudo con que las personas con enfermedad mental sufren un déficit de ciudadanía en lo relativo a esos derechos.

 

Son diversas las situaciones y prácticas en el campo de la asistencia a la salud mental con las que con frecuencia se vulneran esos derechos. Una de las más frecuentes y cuestionables son las prácticas coercitivas.  Bajo los argumentos de conseguir un bien superior -facilitar un tratamiento indispensable u obtener la adhesión al mismo-  basándose en la falta de autonomía de la persona y en el confuso concepto de falta de conciencia de enfermedad; o, cuando esto no es posible, argumentando la necesidad de disminuir el riesgo auto y hetero agresivo  y la obligación de gestionar el riesgo social necesario para la protección del paciente y de otros, asistimos a prácticas como ingresos involuntarios, contención física, aislamiento, medicación forzosa, traslados a kilómetros de distancia de la residencia habitual sin contar con la opinión de pacientes o presiones diversas.

 

La Comisión Europea de Derechos Humanos del Consejo de Europa en 2012 nos advertía que:

 

“La aplicación real del derecho a la salud está intrínsecamente conectada al derecho a la capacidad jurídica y por tanto al derecho de poner en práctica tal capacidad. Tener plena capacidad jurídica nos permite elegir dónde y con quién queremos vivir, votar al partido que preferimos, saber que nuestras decisiones en materia de salud serán respetadas, tener el control de nuestras finanzas y tener acceso a las actividades recreativas”.

 

Además, instaba a los gobiernos a tomar medidas en esa dirección.

 

Las medidas coercitivas violan un buen número de derechos de las personas con enfermedad mental por su carácter discriminatorio. La enfermedad mental no puede ser una excusa para la discriminación que va a añadir más dolor a la persona que ya tiene un sufrimiento psíquico.

 

Estas técnicas, que se aplican a menudo de forma protocolaria, vulneran no solo los derechos de los pacientes, sino que atentan contra su autonomía. También implican un abordaje en el que no se afronta el sufrimiento de quien lo padece, bloqueando el discurso del paciente y a la propia persona como interlocutor de su padecimiento y actor de su propio cuidado, o sea, provocan daños profundos en la subjetividad de las personas.

 

Desde la Plataforma de Salud Mental de Aragón, observamos una tendencia al alza de estas prácticas coercitivas en los servicios de salud mental. Estas coerciones no solo se dan en plantas de hospitalización de agudos y servicios de urgencias, sino también en unidades residenciales de media y larga estancia, unidades psiquiátricas penitenciarias, centros de atención juveniles, residencias de ancianos, centros para personas con discapacidad y, a veces poco discriminadamente, en plantas médicas de hospitales generales.

 

Observamos que esta tendencia en los servicios sanitarios ha ido creciendo de la mano de los criterios de eficacia, efectividad y eficiencia en la gestión de los servicios, con los que se venían a justificar.

 

Estas medidas tienen un potente efecto estigmatizador, al negar con frecuencia credibilidad y capacidad; si sumamos a esto limitaciones reales que a veces los pacientes sufren, se entiende su dificultad para evidenciar las discriminaciones de las que son objeto.

 

En un Estado de Derecho es nuestra responsabilidad visibilizar y combatir las discriminaciones que cercenan los derechos humanos de las personas con enfermedad mental, las vulneraciones de la dignidad de las personas y los derechos humanos que, al no ser reconocidas y condenadas, continúan su eficacia destructiva a lo largo del tiempo. Hoy en día ni clínica ni socialmente se establece la necesidad de reparar las consecuencias del daño psicosocial y trauma, derivadas del uso de ingresos y tratamientos involuntarios, contenciones mecánicas, aislamiento o de medicaciones forzosas.

 

Por todo esto, nuestro objetivo es promover la implementación de políticas y medidas legislativas, administrativas o de otra índole que conduzcan a un modelo en el que las personas con enfermedad mental o sufrimiento psíquico cuenten con los apoyos necesarios para que puedan consentir libremente sobre sus cuidados de salud, e integrarse plenamente en la comunidad. 

 

No sabemos si es posible eliminar completamente las prácticas coercitivas de la asistencia en salud mental y de la asistencia sociosanitaria en general, lo que sí pensamos es que tomar en cuenta que estas prácticas coercitivas son antiterapéuticas nos llevará, si hay una apuesta sincera por su eliminación, a la progresiva reducción de dichas prácticas, a la vez que a la búsqueda de los medios necesarios para hacerlo. Y que esto redundará en una asistencia más humanizada, personal y de cuidado para con las personas con sufrimiento psíquico.

 

Partiendo de una preocupación que suponemos compartida por pacientes, familias y profesionales en torno a la necesidad de una atención más respetuosa, creemos que avanzar hacia la reducción de prácticas coercitivas requiere de un plan comprometido desde los servicios de salud. Para ello, resulta clave contar con información pública y accesible que permita conocer con claridad la situación actual. Sería fundamental disponer de un registro unificado de contenciones tanto en el ámbito sanitario como en el sociosanitario, así como de datos sobre el número de personas con trastorno mental grave (TMG) que se encuentran ingresadas en residencias de mayores por la falta de recursos específicos en salud mental. También sería importante conocer cuántas personas con TMG son derivadas a centros de rehabilitación alejados de su comunidad de origen, y disponer de información detallada sobre las personas tuteladas, incluyendo cuántos profesionales participan en su atención y cuáles son las condiciones de los espacios residenciales en los que viven.

 

En sintonía con los planteamientos actuales de la teoría del reconocimiento, y para concluir, aportamos la reflexión que Anthony, ya en 2004, se formulaba en relación con los elementos necesarios para la recuperación del enfermo mental, en forma de pregunta:

 

“¿No hay un único principio que trascienda todos los otros (participación de la persona, orientación hacia el crecimiento, esperanza, autodeterminación y capacidad de elección), un principio superior del que todos los otros principios emanan? Pienso que lo hay, es el principio de la persona. El principio de la persona es definido simplemente como «las personas con enfermedad mental grave son personas»”.

Desmitificando el trastorno del espectro autista

Desmitificando el trastorno del espectro autista

Alba Zorrilla Blasco

2 de abril de 2025

En 2007 la Asamblea General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) designó el 2 de abril como Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo con el objetivo de visibilizar a las personas con Trastorno del Espectro Autista (TEA), mejorar su calidad de vida y concienciar a la ciudadanía de la necesidad de contribuir a promover su derecho a participar en la sociedad en igualdad de condiciones.

Este año, con el lema “El autismo se presenta de infinitas formas”, la jornada quiere destacar que no hay una sola manera de vivir el TEA. Cada persona lo experimenta de forma diferente, aunque es habitual que haya ciertos retos comunes, como dificultades para comunicarse o relacionarse con los demás, comportamientos repetitivos o una forma de actuar más rígida.

El objetivo de este artículo es desmitificar algunas de las creencias más arraigadas o ideas preconcebidas en relación con el TEA.

 

El autismo es una enfermedad que se cura

El TEA no es una enfermedad, sino una forma diferente de desarrollo del cerebro que acompaña a la persona durante toda su vida. En este sentido, sus manifestaciones y necesidades cambian según las distintas etapas del desarrollo.

Detectarlo a tiempo y ofrecer una intervención adecuada, que apoye tanto al niño como a su familia, puede marcar una gran diferencia. Terapias como el Early Start Denver Model o el Análisis Conductual Aplicado (ABA) han demostrado ser muy útiles para mejorar habilidades sociales, comunicativas y cotidianas en personas con TEA.

 

La falta de cariño o las vacunas pueden provocar autismo

El psiquiatra Leo Kanner fue quien describió por primera vez el autismo como un cuadro clínico distinto, separándolo de otros trastornos como la esquizofrenia. Aunque creía que el autismo tenía un origen innato, en su momento dio cierto apoyo a la desacreditada teoría de las “madres nevera”, que culpaba erróneamente a una supuesta falta de afecto materno.

Años más tarde, en 1998, un estudio sin base científica relacionó las vacunas con el autismo. Este trabajo fue desmentido y retirado por fraude, pero la idea aún persiste en algunos sectores, impulsada por el movimiento antivacunas.

Hoy sabemos que no hay una única causa del autismo. Se trata de una condición vinculada al desarrollo del cerebro, influida por múltiples factores genéticos y ambientales que aún se están investigando.

 

El autismo solo se presenta en varones

En los estudios poblacionales, el autismo se identifica en aproximadamente tres niños por cada niña y en los estudios clínicos, también se identifica en mayor proporción en varones.

Una posible causa de esto radica en que, durante mucho tiempo, la investigación sobre el autismo se ha centrado principalmente en los niños, lo que ha provocado que muchas niñas pasen desapercibidas. Además, los criterios de diagnóstico no siempre tienen en cuenta las diferencias en cómo se manifiesta el autismo en ellas. Esto hace que muchas niñas y mujeres reciban diagnósticos tardíos, equivocados o, en algunos casos, nunca sean diagnosticadas. Como resultado, no solo tienen menos acceso a un tratamiento temprano, sino que también corren más riesgo de recibir apoyos que no se ajustan a sus verdaderas necesidades.

Además, las niñas y mujeres con autismo suelen tener habilidades sociales más desarrolladas que los niños y una mayor capacidad para imitar o jugar de forma estructurada. Además, durante la adolescencia, hacen un gran esfuerzo por «encajar», usando lo que se conoce como camuflaje o enmascaramiento para adaptarse socialmente. Aunque esto les ayuda a ser aceptadas, también puede ocultar los signos del autismo. Este esfuerzo constante tiene un alto coste emocional y físico, y muchas veces lleva a que lleguen a los servicios de salud mental con síntomas como ansiedad o depresión, sin que se identifique de inmediato el autismo como causa de fondo.

 

¿Epidemia? Entendiendo el aumento del diagnóstico

En los últimos años, ha aumentado el número de personas diagnosticadas con autismo. Según los Centers for Disease Control and Prevention (CDC), en EE. UU. se identifica TEA en 1 de cada 36 niños, y en España, el alumnado con autismo creció un 13% en el último curso.

Este aumento no significa que el autismo sea algo nuevo, sino que ahora lo detectamos mejor gracias a criterios más amplios, mayor conciencia social y mejores herramientas de diagnóstico. Muchos casos que antes pasaban desapercibidos —como los de niñas o personas con manifestaciones más sutiles— hoy se reconocen con mayor precisión.

 

Las personas autistas prefieren estar solas

Las personas con autismo suelen tener dificultades en la comunicación y la interacción social, lo que puede afectar la forma en que se relacionan con los demás. Sin embargo, eso no significa que no quieran conectar o tener vínculos afectivos. Muchas veces, es el entorno el que no se adapta a sus necesidades, lo que acaba generando aislamiento o rechazo.

Además, pueden ser muy sensibles (o poco sensibles) a ciertos estímulos como ruidos, luces o el contacto físico, lo que hace que algunas situaciones cotidianas les resulten incómodas o difíciles de manejar.

 

Las personas autistas son incapaces de sentir o expresar emociones, afecto o empatía

Las personas con autismo procesan la información, incluidas las emociones, de forma diferente. Mientras que muchos aprendizajes sociales y emocionales ocurren de forma natural en la mayoría de las personas, quienes tienen TEA suelen necesitar aprenderlos de manera más directa y explícita.

Con el apoyo adecuado, pueden identificar y comprender lo que otros sienten, así como reconocer y expresar sus propias emociones.

 

En definitiva …

En palabras de Montse Bizarro, autora del artículo “Estigma social en personas Autistas”:

Para combatir la desinformación, el diagnóstico puede ser un gran aliado; nos permite entendernos, conocer a más personas como nosotros, liberarnos de la culpa de ser diferentes, perdonarnos. Y, a través de ese autoconocimiento, podemos empezar a hacer activismo, a explicar a los demás las razones que subyacen a nuestros comportamientos para que puedan comprenderlos y para que, poco a poco, se vaya diluyendo el estigma hacia el autismo.