Juego de apuestas: un problema de salud pública

Juego de apuestas: un problema de salud pública

Itxaso Cabrera Gil

18 de febrero de 2026

Cuando somos jóvenes estamos en plena evolución, en una constante lucha de equilibrio entre el control y el descontrol de los impulsos. Nuestras hormonas acechan y nos encanta experimentar planes y vivencias. Nos atrae lo nuevo y, si está prohibido, aún más. Y esto el sector de las apuestas lo sabe.

 

 

La industria de las apuestas no busca jóvenes que comiencen a invertir su dinero al cumplir los 18 años en las diversas ranuras del sector, lo que realmente persigue es que, al alcanzar la mayoría de edad, ya sepan hacerlo; más aún, que estén habituados. Que el deporte deje de ser simplemente jugar, en el sentido más puro de la palabra, y que los videojuegos tampoco lo sean. El objetivo es que estas prácticas se encadenen de forma progresiva hasta que, al dejar atrás la adolescencia, apostar forme parte de su rutina cotidiana, casi como una habilidad adquirida. No se trata de ocio: se trata de captación temprana donde las apuestas pueden impactar en la vida de quienes las hacen y de aquellas personas que les rodean. No es fútbol, son apuestas deportivas. No es una consola, son videojuegos infectados de cajas botín.

 

 

Desde el ámbito académico y la investigación científica, los datos son preocupantes. Nos centramos en Aragón donde el 60 % de jóvenes entre 16 y 25 años ha apostado alguna vez, o nos vamos al recientemente publicado informe sobre adicciones comportamentales dentro del Plan Nacional sobre Drogas y otros trastornos adictivos donde se señala un incremento del posible juego problemático entre los estudiantes de 14 a 18 años, fundamentalmente entre los chicos (8,4% en 2025 vs 6% en 2023) y entre quienes han jugado a juegos de azar online (27,7% en 2025 vs 23,5 % en 2023). En definitiva, es alarmante, una parte significativa de las y los jóvenes que apuestan lo hace de forma repetida, con riesgo de desarrollar un diagnóstico ligado al juego problemático o trastorno por juego de apuestas. La accesibilidad a las apuestas desde los dispositivos móviles o la facilidad tecnológica, así como el mantenimiento de las máquinas tragaperras en el sector de hostelería, donde es más que necesaria su eliminación o al menos un aumento del control de acceso, son el caldo de cultivo perfecto para un sector cuyo único fin es hacer negocio poniendo en riesgo a cientos de jóvenes.

 

 

Desde un punto de vista de salud, las apuestas no son ocio por mucho que escuchemos mensajes publicitarios como el famoso “bien jugado”. Las consecuencias no solo acechan el plano económico, sino que como si de un meteorito se tratase el impacto va desde lo psicológico hasta lo social, incluyendo culpa, vergüenza, problemas en las relaciones y alteración de la rutina diaria desde lo más básico (sueño o alimentación) hacia aquellas actividades más ligadas al beneficio personal. Estas repercusiones no son anecdóticas: reflejan que las apuestas pueden derivar en patrones de comportamiento compulsivo, pensamiento obsesivo y distorsiones cognitivas como el falso sentimiento de control (“ahora me toca”, “estoy de suerte”) conocidos como sesgos cognitivos, que mantienen el ciclo de apuestas pese a las consecuencias adversas. Finalmente, sí, es cierto: la máquina siempre gana. Los sentimientos de culpa o la ira, así como la ansiedad, aparecen tempranamente cuando el sector de las apuestas comienza a cumplir sus objetivos: ganar dinero. Y no solo se da un impacto en quienes desarrollan la enfermedad conocida popularmente como ludopatía, si no que alrededor de cinco personas del entorno cercano padecen dichas repercusiones, tomando, pues, la importancia que da título a estas líneas, lamentablemente estamos ante un problema de salud pública.

 

 

Y como problema de salud pública, el impacto del juego no es solo individual, sino que está condicionado por determinantes sociales, ambientales y comerciales que van desde publicidad dirigida hasta la omnipresencia de las «apps» de apuestas en el entorno digital de los jóvenes, y no tan jóvenes, dirigidas a modificar comportamientos que aumentan el desarrollo del daño de manera correlacional –sí, sorpresa de nuevo– a las ganancias del propio sector. Debemos reconocer sin tapujos que el sector de las apuestas gana la traducción de las pérdidas de quienes apuestan.

 

 

Y claro, no todo el mundo apuesta de la misma manera. La perspectiva de género se convierte en la investigación y el tratamiento en una cuestión vital: hombres y mujeres lo hacen diferente. Ellos tienden a comenzar antes, buscan la emoción, la adrenalina, la experiencia en sí; mientras ellas, de evolución más rápida, suelen comenzar a hacerlo más tarde, asumiéndolo como una vía de escape a otros problemas, haciéndolo más aisladas.

 

 

Tendremos que ir más allá de la perspectiva de mujer y comenzar a salir de las investigaciones cuyo patrón responde a la de los hombres «cis» , y es que investigaciones recientes sugieren que jóvenes de identidades de género diversas pueden tener riesgos significativamente más altos de involucrarse en el juego problemático que sus pares cisgénero, lo cual comienza a evidenciar que la experiencia del daño no solo está mediada por el género, sino también por la interacción entre identidad, entorno social y estrés estructural.

 

 

Ver más allá nos permitirá no solo tratar, sino también prevenir desde una visión amplia y diversa. Implica abordar acciones concretas, estrategias pertinentes y políticas públicas orientadas a una salud que busque eliminar o reducir la probabilidad de que ocurra un problema, daño o enfermedad ligada a las apuestas. Asimismo, supone poner límites a un sector cuyos ingresos brutos anuales, solo en el último trimestre de 2025 en España, alcanzaron los 405,36 millones de euros, un 16,49 % más que en el mismo trimestre de 2024; o, al menos, minimizar sus efectos en caso de que la enfermedad llegue a desarrollarse. Y es que no es adicta la persona que consume sino, más bien, quien no puede dejar de hacerlo. En otras palabras, prevenir significa anticiparse a un riesgo y actuar antes de que se manifieste un daño. Deberemos seguir a la ciencia para que las apuestas dejen de acechar, ver con perspectiva de salud y diversidad el trastorno de juego de apuestas, una enfermedad de salud mental que nos puede ocurrir a cualquiera.

 

 

Si necesitas ayuda, puedes consultar la web de la Asociación Aragonesa de Jugadores de Azar en Rehabilitación.

Mindfulness y su utilidad en el campo de la salud

Mindfulness y su utilidad en el campo de la salud

Javier García Campayo

21 de enero de 2026

Mindfulness, o “atención plena”, describe, por una parte, un estado mental caracterizado por estar atento al momento presente con aceptación. Este estado se asocia a un gran bienestar físico y psicológico y esa es la razón de su amplia expansión por todo el mundo. Por otro lado, el término también se utiliza para referirse a la técnica que permite alcanzar dicho estado, y que es un tipo específico de meditación atencional. Es una técnica que puede entrenarse de forma sencilla, con formaciones de unas 20 horas, y que es coste-efectiva, ya que se imparte en formato grupal. Una vez formado, el individuo puede realizarlo en su casa sin apenas supervisión. Se considera que una “dosis” de meditación de entre 15 y 20 minutos diarios, practicada casi todos los días (cinco veces a la semana), durante un período de tres meses, no solo produciría cambios en los test psicológicos —aumentando niveles de atención plena y otros parámetros de bienestar—, sino que también produciría modificaciones en las conexiones cerebrales detectables mediante técnicas de neuroimagen.

 

 

¿Cuáles son los beneficios de mindfulness a nivel de salud?

 

Por un lado, se puede utilizar en el tratamiento de enfermedades psiquiátricas y médicas. El gran posicionamiento de mindfulness en las ciencias biomédicas surge con un artículo publicado en la prestigiosa revista Lancet en el que se demostraba que mindfulness era tan eficaz como el tratamiento antidepresivo estándar en la prevención de la depresión recurrente, por lo que la Guía NICE británica lo recomienda con esta indicación. Otros trastornos psicológicos en los que se ha demostrado útil, con la máxima evidencia como son los metaanálisis, son los trastornos de ansiedad y las adicciones. En relación con enfermedades médicas, los metaanálisis confirman su eficacia en el manejo del dolor o en los componentes psicológicos asociados al cáncer.

 

Pero mindfulness es también útil en individuos sanos para mejorar su afecto positivo y bienestar psicológico, así como para prevenir diferentes enfermedades, sobre todo relacionadas con el estrés. Según la teoría de la neuroinflamación, ampliamente aceptada en medicina, muchas de las enfermedades actuales están relacionadas con el estrés. Pues bien, mindfulness se considera una de las técnicas psicológicas más eficaces para el control de este trastorno y por eso se está empleando como herramienta preventiva en enfermedades que cursan con estrés intenso, que puede llegar al quemado profesional o burnout, como sanitarios, docentes o estudiantes. De hecho, hay estudios que sugieren que la meditación como estilo de vida alargaría la esperanza de vida (con otros factores controlados, como la dieta o la actividad física), en base a la detección de una menor retracción de los telómeros en la población que medita habitualmente.

 

 

En definitiva …

 

Aunque existen metaanálisis que sugieren su eficacia en estas y otras muchas condiciones médicas, todavía las muestras son pequeñas, la metodología debe ser mejorada para evitar la importante heterogeneidad, y el seguimiento debe ser más largo de los 6 meses habituales. Pero, lo que parece evidente, es que nos encontramos ante un grupo de terapias que puede constituir una herramienta más en diferentes trastornos y aumentar el bienestar psicológico y la calidad de vida en individuos sanos, pudiendo llegar a aumentar la esperanza de vida.

La depresión y el mito del desequilibrio químico

La depresión y el mito del desequilibrio químico

Carlos Navas Ferrer

13 de enero de 2026

Durante décadas, la depresión se ha explicado al público general como el resultado de un “desequilibrio químico” en el cerebro, especialmente una supuesta deficiencia de serotonina. Esta idea ha tenido una enorme influencia cultural y clínica: ha modelado la forma en que las personas entienden su sufrimiento, ha legitimado el uso masivo de antidepresivos y ha consolidado una visión biomédica de la salud mental. Sin embargo, en los últimos años esta explicación ha sido profundamente cuestionada. Una de las figuras clave en este cuestionamiento es la psiquiatra británica Joanna Moncrieff.

 

En una entrevista reciente, Moncrieff afirma que “nos han engañado sobre la depresión” y que no existen pruebas científicas sólidas de que esté causada por un desequilibrio químico. Esta afirmación se apoya en una exhaustiva revisión de la literatura científica publicada en Molecular Psychiatry, que analiza de forma crítica décadas de investigación sobre serotonina y depresión.

 

 

Qué dice realmente la evidencia científica

 

El trabajo liderado por Moncrieff es una revisión paraguas de los principales ámbitos de investigación sobre serotonina y depresión. Este tipo de revisión se sitúa en el nivel más alto de la jerarquía de la evidencia científica, ya que sintetiza resultados de revisiones sistemáticas, metaanálisis y grandes estudios genéticos.

Tras analizar seis grandes líneas de investigación — trabajos que miden la serotonina y derivados en el organismo; estudios sobre el funcionamiento de los receptores y el “transportador” de la serotonina en el cerebro; experimentos que intentan reducir la serotonina para ver si cambia el estado de ánimo; y estudios genéticos que buscan una relación entre ciertos genes, el estrés y la depresión— la conclusión general es clara: no existe evidencia consistente que demuestre que la depresión esté asociada a niveles bajos de serotonina o a una disminución de su actividad.

 

La mayoría de los estudios no encuentran diferencias significativas entre personas con depresión y personas sin ella. Cuando aparecen niveles más bajos de serotonina, estos se asocian de forma consistente al uso de antidepresivos, no a la depresión en sí. Este dato resulta especialmente relevante, ya que sugiere que algunos cambios neuroquímicos podrían ser consecuencia del tratamiento y no de la enfermedad.

 

 

Antidepresivos y serotonina: una relación compleja

 

Uno de los argumentos clásicos a favor del “desequilibrio químico” es que los antidepresivos funcionan aumentando la serotonina, lo que supuestamente demostraría que la depresión se debe a su déficit. Sin embargo, Moncrieff y sus colaboradores cuestionan este razonamiento. El hecho de que una sustancia produzca un efecto no implica que corrija una anomalía previa.

 

Tal como se explica en el artículo científico, existen otras hipótesis sobre cómo actúan los antidepresivos, como el embotamiento emocional o el efecto placebo amplificado. Además, la revisión muestra indicios de que el uso prolongado de antidepresivos puede reducir la disponibilidad de serotonina a largo plazo, lo que contradice la narrativa simplista de que “restauran el equilibrio”.

 

 

 

Genética y serotonina: otra hipótesis descartada

 

Uno de los aspectos más sólidos del trabajo de Moncrieff es el análisis de los estudios genéticos. Las investigaciones más amplias y metodológicamente rigurosas, con muestras de decenas de miles de personas, descartan cualquier asociación significativa entre los genes relacionados con la serotonina y la depresión, así como la supuesta interacción entre estos genes y el estrés vital.

 

Este hallazgo es especialmente importante porque desmonta la idea de una vulnerabilidad biológica innata ligada a la serotonina, una noción que ha sido ampliamente difundida tanto en manuales como en discursos divulgativos.

 

La crítica a la psiquiatría dominante

 

Estas conclusiones encajan con una crítica más amplia a la psiquiatría contemporánea, recogida en el testimonio de Laura Martín López-Andrade, psiquiatra entrevistada en El Salto, donde describe la psiquiatría como una profesión “potencialmente muy peligrosa” cuando reduce el sufrimiento humano a procesos biológicos aislados y descontextualizados. Desde esta perspectiva, la teoría del desequilibrio químico no solo es científicamente infundada, sino que también puede tener efectos negativos sobre los pacientes. Según Moncrieff, creer que la depresión es el resultado de un defecto cerebral puede generar una visión pesimista y cronificada del problema, dificultando la recuperación y fomentando la dependencia prolongada de la medicación.

 

 

Implicaciones preventivas: cómo protegerse del problema

 

Si aceptamos que la depresión no es, fundamentalmente, un desequilibrio químico, se abren importantes implicaciones preventivas para las personas:

 

  • Cuestionar explicaciones simplistas.

Entender que el malestar emocional no implica necesariamente un fallo biológico puede reducir el miedo, la estigmatización y la sensación de estar “dañado”. Una visión menos determinista favorece la esperanza y la capacidad de cambio.

 

  • Prestar atención al contexto vital.

Tal como sugieren las críticas recogidas en los textos, el sufrimiento psicológico suele estar profundamente ligado a experiencias de vida, relaciones, condiciones laborales, precariedad o aislamiento social. Reconocer estos factores permite abordarlos de forma más directa.

 

  • Evitar la medicalización automática del malestar.

No todo estado de tristeza, apatía o desánimo requiere una explicación médica ni una intervención farmacológica inmediata. Diferenciar entre sufrimiento humano y enfermedad puede prevenir tratamientos innecesarios y sus posibles efectos adversos.

 

  • Fortalecer recursos personales y sociales.

Fomentar redes de apoyo, espacios de escucha, sentido vital y estrategias de afrontamiento puede ser más protector a largo plazo que confiar exclusivamente en soluciones químicas.

 

  • Favorecer hábitos de vida saludable.

Dormir lo suficiente, mantener horarios regulares, realizar actividad física moderada y contar con momentos de descanso y desconexión ayuda a estabilizar el estado de ánimo y a afrontar mejor las dificultades.

 

  • Informarse críticamente antes de iniciar tratamientos prolongados.

Dado que la revisión señala posibles efectos neuroquímicos del uso continuado de antidepresivos, resulta prudente que las personas cuenten con información completa y honesta antes de iniciar o mantener tratamientos a largo plazo.

 

Hacia una comprensión más honesta de la depresión

La tesis de Moncrieff no niega el sufrimiento real que supone la depresión, ni afirmar que los tratamientos farmacológicos no tengan ningún efecto. Lo que sí implica es reconocer los límites del conocimiento actual y abandonar explicaciones simplistas que no se sostienen empíricamente.

 

Como muestra la evidencia revisada, la depresión no puede reducirse a un fallo químico del cerebro. Insistir en esa narrativa no solo es científicamente incorrecto, sino que puede empobrecer la forma en que entendemos y abordamos el malestar humano. La propuesta de Moncrieff es, en última instancia, una llamada a una atención a las personas más humilde, crítica y honesta.

Cuando la navidad ilumina la ausencia: Hablemos de soledad no deseada

Cuando la navidad ilumina la ausencia: Hablemos de soledad no deseada

Virginia Salinas Pérez

26 de diciembre de 2025

Diciembre es un mes paradójico. Mientras el calendario se llena de luces y melodías pegadizas que imponen una narrativa de felicidad infinita —reuniones familiares multitudinarias, comidas y brindis ruidosos, un calor humano que parece, por decreto social, inextinguible—, también se convierte en un tiempo especialmente duro para quienes viven la soledad no deseada.

 

Y aunque hay quienes piensan que la soledad es siempre una elección, esta conclusión parte de una visión excesivamente simplificada de la realidad. Sobre todo, porque estar solo y sentirse solo no son lo mismo. En ocasiones, la soledad buscada puede ser un refugio fértil para la reflexión y el crecimiento personal; pero cuando se convierte en una condición no deseada, impuesta por las circunstancias, la experiencia es radicalmente distinta.

La soledad es, en realidad, un fenómeno poliédrico, tan complejo como humano. No hablamos de un estado único, sino de múltiples soledades que se entrecruzan con la edad, la cultura, el género, la salud o la situación económica. Es un fenómeno difícil de conceptualizar, con un fuerte componente afectivo, pero también con dimensiones cognitivas, perceptivas y conductuales. Por un lado, existe una dimensión emocional, vinculada a sentimientos de vacío, carencia o privación en la necesidad de relación social: ese dolor social del que cada vez habla más la ciencia. Por otro lado, una dimensión cognitiva, relacionada con la discrepancia entre las relaciones sociales que una persona tiene y las que desearía tener; es decir, la sensación de no contar con vínculos significativos o de no sentirse satisfecha con los existentes, y sentirse sola aun cuando se está rodeada de otras personas.

 

La soledad no deseada no distingue edades. Los jóvenes, paradójicamente hiperconectados a través de las redes sociales, también se sienten abandonados y desconectados. Las personas mayores la padecen tras la pérdida de seres queridos, la partida de los hijos o hijas o la disminución de la movilidad. Nadie elige perder a su pareja, quedarse viudo o viuda, migrar por necesidad, envejecer con una red social que se reduce, vivir con una discapacidad que dificulta la vida social o ser excluido por su identidad o su situación económica. En todos estos casos, la soledad no es una decisión, sino una consecuencia. Pensar que “quien está solo es porque quiere” desplaza la responsabilidad exclusivamente al individuo y borra los factores sociales y estructurales que influyen: horarios laborales incompatibles con la vida social, ciudades poco amables para el encuentro, familias fragmentadas, precariedad, edadismo o un modelo de vida cada vez más individualista.

 

Esta soledad no deseada afecta a millones de personas en todo el mundo y, cuando se cronifica, la evidencia científica muestra que tiene efectos reales sobre la salud física y mental. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) la considera una de las mayores amenazas para la salud pública del siglo XXI: un problema urgente, con un fuerte impacto en la calidad de vida y un aumento de la morbimortalidad comparable al del tabaquismo, el sedentarismo o la obesidad.

 

Diciembre incorpora, además, una novedad relevante. España impulsa ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU) la declaración del 16 de diciembre como Día Internacional de la Soledad No Deseada, a través de la Fundación Padre Ángel y con el compromiso del Gobierno de España, en línea con la OMS y con países pioneros como Reino Unido o Japón. Se trata de un paso importante, porque la soledad no deseada sigue siendo invisible y estigmatizada. Contar con un día internacional permite hacerla visible, sacarla del ámbito privado y situarla en la agenda pública, mediática, social y política. Nombrarla sin culpa ni vergüenza es una condición necesaria para movilizar a la sociedad y promover la implicación de administraciones públicas, entidades sociales, empresas, centros educativos y ciudadanía en alianzas y acciones sostenidas contra la soledad.

 

La elección del 16 de diciembre tiene, además, un fuerte valor simbólico. Por un lado, coincide con el aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven, compositor que padeció aislamiento social debido a su discapacidad auditiva, sin que ello le impidiera crear obras tan significativas como la Oda a la Alegría, un himno a la fraternidad, la unión y la esperanza que sigue emocionando al mundo.

 

Por otro, la fecha precede a la Navidad. Y no se trata de dramatizar, sino de comprender el contexto emocional. Las fechas señaladas actúan como un amplificador: cuando el entorno insiste en la unión, la felicidad y la celebración compartida, la ausencia se vuelve más visible y más dolorosa. No es que la Navidad cree la soledad, es que la hace más consciente. Para quienes cuentan con redes familiares y sociales sólidas, estas fiestas refuerzan la sensación de pertenencia; para quienes viven la soledad no deseada, pueden intensificar el vacío. Es la paradoja de unas celebraciones que exaltan la compañía y, al mismo tiempo, revelan la ausencia.

 

Por eso, la Navidad debería entenderse como una oportunidad ética y social. No basta con adornar las casas y las calles o consumir más. La verdadera esencia de estas fechas está en la solidaridad, en ese principio que la bioética europea reivindica como compromiso colectivo, donde la empatía y la compasión no son gestos aislados, sino responsabilidades compartidas.

 

El reto está en transformar el espíritu navideño en una acción comunitaria permanente: en programas que tejan redes de apoyo intergeneracional y comunitario. Si la Navidad tiene la capacidad de movilizar emociones y voluntades, puede ser también el momento idóneo para reforzar estas iniciativas y recordar que nadie debería vivir la soledad como un fracaso personal. La soledad no deseada es un problema colectivo y, si estas fiestas significan algo, debería ser la certeza de que nadie se salva solo. Convertir la solidaridad en práctica cotidiana —una llamada, una visita, un espacio compartido— puede ser el gesto más sencillo y, quizá, el más transformador. Tal vez ahí resida el verdadero milagro navideño: recordar que, en un mundo cada vez más individualista, la compañía sigue siendo el mejor regalo.

¿Qué sabemos de los trastornos de la conducta alimentaria?

¿Qué sabemos de los trastornos de la conducta alimentaria?

Ángela Alcalá Arellano

30 de noviembre de 2025

La mayoría de las personas hemos oído  palabras como “anorexia nerviosa”, “bulimia”, “atracón”, y muchas  más. Hemos visto , sobre todo, mujeres adolescentes –cada vez más jóvenes– que están extremadamente delgadas, obsesionadas por el peso, el ideal de belleza que, a diferencia de tiempos anteriores, actualmente está asociado a conseguir una delgadez cada vez mayor. Esta idea de delgadez está alimentada por las intensas y agresivas campañas de marketing, generalmente asociadas a la moda, al deporte, etc., que ponen énfasis en la imagen corporal y/o  el bajo peso.

 

Actualmente, la influencia que ejercen las redes sociales en los modelos de belleza y la intensa presión social que se ejerce, especialmente , sobre las mujeres para estar cada día más guapas y mejor, sobre todo si están  muy delgadas, lleva a algunas personas a desarrollar una obsesión sobre la alimentación, a controlar su peso, lo que consumen y qué cantidad.

 

Lograr el canon de belleza corporal que se propone  se asocia a signos (además de lo relacionado con la alimentación) como la utilización compulsiva de los gimnasios, y realización de ejercicio físico compulsivo en diversas modalidades.  

 

Estos signos son los que pueden indicar  los parámetros que pueden definir los denominados trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y qué están contribuyendo al incremento del número de casos de personas que pueden desarrollar TCA.

 

Pese a lo que se ha divulgado , los TCA son poco conocidos para una parte de la sociedad actual, tanto en lo relacionado con su frecuencia como en los graves problemas de salud que pueden desarrollar las personas que los sufren (teniendo en cuanta que la mayor parte son adolescentes, cada vez más jóvenes e incluso niñas en edades tempranas) que, pueden llegar a tener complicaciones importantes y muy graves relacionadas con la salud.  

 

Su frecuencia y gravedad pueden incluso no ser visibles ni conocidos, ya que se trata de trastornos mentales muy silenciosos y destructivos . Una situación que afecta a la persona que lo desarrolla y también a sus familias, creando situaciones de alta vulnerabilidad.

 

La Organización mundial de la Salud (OMS) nos dice que “son patologías mentales graves biológicamente influenciadas. Estos trastornos se presentan con comportamientos alimentarios anormales, acompañados por una distorsión en la percepción de la imagen corporal, una preocupación excesiva por el peso y por la comida”.

 

Los TCA afectan  a la salud física y mental y, a menudo, coexisten con la depresión, la ansiedad y el consumo indebido de sustancias. Se estima que afectan al 0,1 % de los adolescentes de 10 a 14 años y al 0,4 % de los de 15 a 19 años, y están asociados   con frecuencia al suicidio.

 

Los TCA son un conjunto de enfermedades graves que afectan a la salud mental y física y que están relacionados con:

Baja autoestima, son extremamente perfeccionistas o impulsivas.

Comportamientos anómalos en la forma de alimentarse y preocupación excesiva por lo que comen.

Una percepción distorsionada con respecto a  su imagen corporal que les provoca insatisfacción.

Preocupación excesiva por controlar lo que comen (todo lo pesan).

 

Si nos preguntamos a quién puede afectar , aunque se puede dar en cualquier persona y edad, los últimos datos están indicando que mayoritariamente son  mujeres –más del doble que varones– adolescentes en edades muy tempranas e incluso niñas. Estos datos se han incrementado después de la pandemia de la COVID -19.

 

Se estima que en  España, alrededor de 400.000 personas padecen algún trastorno de la conducta alimentaria. Unos 300.000 son jóvenes de entre 12 y 24 años la mayoría mujeres. Conviene destacar que los  TCA son las enfermedades mentales con mayor índice de mortalidad.

 

Los TCA más frecuentes son: la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa, el atracón y el trastorno por evitación o restricción de la ingesta de alimentos. ¿Qué caracteriza a cada uno de ellos?

 

Anorexia nerviosa

Las pacientes desarrollan una obsesión con todo lo que tiene que ver con lo que pesan y la delgadez, que cada vez es mayor ya que su alimentación con el tiempo se va limitando y es muy escasa. A esta situación unen a que cada vez hacen más ejercicio y de mayor intensidad. Tiene una imagen corporal completamente distorsionada, se ven siempre “gordas” y restringen cada vez más y más su alimentación y se resisten a tener un peso adecuado y saludable.

 

Su evolución puede tener una mala evolución y  ser grave e incluso  fatal. Pueden sufrir, además, otras enfermedades como consecuencia de su deterioro y debilidad intensa: enfermedades cardiovasculares, depresión, trastornos de la personalidad, fobias sociales, la mayoría se sienten cada vez más aisladas y solitarias. Teniendo “miedo a engordar” . Por todo ello  la anorexia tiene una tasa de mortalidad muy elevada , con riesgo de morir por inanición y/o suicidio.

 

Bulimia nerviosa

A diferencia de la anorexia son personas que comen en exceso y con frecuencia para, posteriormente, tener sentimientos de culpabilidad y  provocarse vómitos o utilizar de manera continuada medicamentos como diuréticos y laxantes, incluyendo también una práctica excesiva de ejercicio.  Su peso suele ser normal e incluso tener sobrepeso .

 

Trastorno por atracón

El más frecuente y el que pasa más desapercibido  en las familias. Se caracteriza por un consumo de grandes cantidades de alimentos y de forma muy rápida hasta que se sienten llenos y eso les provoca vergüenza y culpabilidad. Siempre hacen dietas. Pueden desarrollar  enfermedades como la diabetes ,  obesidad y diversos  síntomas gastrointestinales.

 

Trastorno por evitación

En él hay una restricción rigurosa de alimentación y de los tipos de alimentos que consumen, lo que da lugar a una perdida drástica de peso e incluso desnutrición severa.

 

Ante esta problemática , ¿qué se puede hacer? Entre otras acciones, hay que realizar  campañas de prevención y desarrollar una buena formación para los diferentes profesionales, personas y familias que atienden a personas con TCA. Asimismo, evitar  el mal uso de las redes sociales y tratar de cambiar  los ideales de belleza asociado s a los modelos de delgadez entre otros.

De la cancha a la vida diaria: El impacto del baloncesto inclusivo

De la cancha a la vida diaria: El impacto del baloncesto inclusivo

Esther Molina Cerdán

3 de noviembre de 2025

La Federación Mundial de Terapeutas Ocupacionales (WFOT, por sus siglas en inglés) define la terapia ocupacional como una profesión que promueve la salud y el bienestar al apoyar la participación en ocupaciones significativas que las personas desean, necesitan o se espera que realicen. Las y los terapeutas ocupacionales trabajan con personas y comunidades para mejorar su capacidad de participar en ocupaciones significativas o adaptando la ocupación y el entorno para favorecer su compromiso ocupacional.

 

Lo expuesto anteriormente permite justificar la relevancia de organizar, desde la terapia ocupacional, el I Campeonato Nacional Inclusivo de Baloncesto para personas con problemas de salud mental. Una iniciativa que tuvo como objetivo promover la salud y el bienestar a través de un evento significativo, favoreciendo la motivación, la participación social, el sentimiento de pertenencia y la autoeficacia mediante el deporte y la experiencia compartida en equipo.

 

En este contexto se desarrolló, en primer lugar, un campeonato nacional en Benicarló, recogiendo la demanda de los jugadores de participar en una liga, una meta a la que poder aspirar al realizar entrenamientos semanales de baloncesto sin ningún propósito cercano durante varios años. Además, con posterioridad, se jugaría otro campeonato en Calatayud, lo que permitiría ofrecer un espacio, dentro del entorno rural, para actividades de sensibilización, participación y disfrute personal, incluyendo también un partido con adolescentes para promover la concienciación y ruptura del estigma desde edades tempranas.

 

La importancia de la terapia ocupacional en la organización de este tipo de eventos o actividades radica en su capacidad para promover la salud y el bienestar de personas, colectivos y comunidades, al participar en ocupaciones. El terapeuta ocupacional es el profesional idóneo para recoger necesidades individuales y colectivas de participación y desarrollar propuestas de intervención adaptadas a la situación de las personas con las que interviene, con o sin patología.

 

A continuación se describen las vivencias de los jugadores de un equipo de baloncesto inclusivo que participaron en el I Campeonato Nacional Inclusivo de Baloncesto. Personas con problemas de salud mental o sufrimiento psíquico cuyos testimonios reflejan los beneficios alcanzados y ayudan a comprender el valor de estas actividades organizadas desde la terapia ocupacional.

 

Hacer deporte ha sido una salvación para salir del mundo de las drogas. Hacer deporte durante un ingreso me salvó la vida. Me moría. Ahora continúo haciendo deporte, algo que me encanta.”

Haciendo deporte me abstraigo. Entro en otro mundo en el que estoy concentrado, fuera de mis pensamientos, solamente centrado en lo que estoy haciendo.”

“Participar en estos campeonatos me ha hecho recordar deportes que practicaba de pequeña. El bádminton, el baloncesto… he recordado mi infancia y he recuperado actividades de esa etapa.”

“Me lo estoy pasando muy bien.”

“Hace muchos años que no venía a la playa. Igual hacía más de 10 años que no venía y no me bañaba”. Esta afirmación, denota la importancia de que las personas recuperen sensaciones significativas.

La práctica del deporte me ha ayudado en mi bienestar después de un proceso de sufrimiento para coordinar pensamiento y movimiento. Tienes que mantener una concentración mínima para poder pensar antes de ejecutar un movimiento, y ese trabajo lo extrapolaba a mis actividades de la vida diaria. Veía que la concentración que me requería el deporte a la hora de calcular para encestar el balón, me repercutía en actividades que cuestan en un proceso de sufrimiento, como hacer la cama, cocinar, ducharme, afeitarme, ir a la compra… y que el resultado no fuera desastroso”.

Hacer deporte te mantiene activo. Vas viendo tú mismo cómo poco a poco vas logrando pequeñas metas. Aguantas más de pie, andando, etc. Incluso te animas a practicar algún deporte en equipo, aumentando las relaciones y las habilidades sociales. Esta actividad te mantiene tonificado y activo mentalmente y físicamente. Te ayuda, con el paso de los días, a tener una motivación para seguir adelante en la vida. Actualmente… el deporte diría que me ayuda a superarme.”

Además de estas experiencias subjetivas, se han apreciado avances en la autonomía de los jugadores, como en la actividad básica de la higiene y la imagen personal (M ha ido a la peluquería y se ha puesto ropa diferente para estos eventos), la gestión de la alimentación (saltándose su rutina marcada y platos conocidos, explorando nuevas opciones) y aptitudes como la puntualidad y el trabajo en equipo. Incluso se fortaleció la relación familiar (varios jugadores compartían con ilusión sus experiencias con sus seres queridos). Todo ello señala, también, un aumento de interés en este deporte, de la motivación y del sentimiento de equipo.

 

Conclusiones

 

La perspectiva que proporciona la terapia ocupacional resulta estratégica en el desarrollo de proyectos inclusivos, como la celebración del I Campeonato Nacional Inclusivo de Baloncesto, al promover la participación en ocupaciones significativas que impactan en la salud y el bienestar.

 

Las experiencias de los jugadores muestran cómo el deporte favorece la motivación, la autoestima, la inclusión social y el bienestar. En este sentido, la implicación de terapeutas ocupacionales en este tipo de actividades es altamente recomendable, debido al valor añadido que aporta su participación profesional.