Nuevos tiempos, nuevos retos: ¿mismos cuidados?
Nuevos tiempos, nuevos retos: ¿mismos cuidados?
Dolores Torres-Enamorado
7 de noviembre de 2025
Las transformaciones demográficas y sociales de las últimas décadas han generado nuevos desafíos en el ámbito del bienestar social y sanitario, especialmente en relación con el cuidado de las personas dependientes. El envejecimiento poblacional, la prolongación de la esperanza de vida y los cambios familiares han incrementado la demanda de cuidados en un contexto donde los servicios sociosanitarios resultan insuficientes.
El cuidado, entendido como las actividades orientadas al mantenimiento de la vida y la salud, ha sido históricamente invisibilizado, relegado al ámbito doméstico y atribuido casi en exclusiva a las mujeres. Actualmente, este trabajo —esencial para la sostenibilidad social y sanitaria— ocupa un lugar central en el debate público, aunque continúa siendo una labor poco reconocida y desigualmente distribuida. De ahí la necesidad de repensar los modelos tradicionales e incorporar estrategias que garanticen la equidad, la corresponsabilidad y el bienestar tanto de las personas cuidadas como de las cuidadoras.
La Organización Mundial de la Salud estima que, para 2030, una sexta parte de la población mundial tendrá más de 60 años, y esta cifra se duplicará en 2050. Este envejecimiento conlleva un aumento de la dependencia y una mayor demanda de cuidados familiares y comunitarios. Sin embargo, muchas personas mayores también asumen el rol de cuidadoras, especialmente abuelas y abuelos, lo que exige políticas públicas que promuevan su bienestar y eviten que el cuidado de otros implique el descuido propio.
El envejecimiento no es un proceso homogéneo: mientras algunas personas presentan limitaciones funcionales, otras mantienen una vida activa y contribuyen al sostenimiento familiar. Es necesario reconocer esta doble condición de receptoras y proveedoras de cuidados, y desarrollar políticas que prevengan el agotamiento derivado del cuidado prolongado.
Históricamente, el cuidado ha sido un trabajo no remunerado y feminizado, sostenido por mujeres en el ámbito doméstico. Este modelo tradicional, anclado en valores patriarcales, ha generado una profunda desigualdad de género al asumir que el cuidado es una extensión natural del rol femenino. Sin embargo, los cambios demográficos, la mayor inserción laboral de las mujeres y la creciente demanda de atención han impulsado la diversificación de los agentes del cuidado.
En este contexto, se observan tres tendencias principales. En primer lugar, la incorporación de los hombres al ámbito del cuidado, que supone un avance hacia la corresponsabilidad de género, aunque todavía limitado. El perfil más común del cuidador masculino es el de un varón urbano, casado, familiar de primer grado de la persona cuidada y sin formación específica en cuidados. La mayoría son jubilados o desempleados y cuidan a una única persona —generalmente una mujer— durante largos periodos, presentando más de la mitad síntomas de sobrecarga y afectación de su salud física y emocional.
A pesar de ello, los hombres cuidadores suelen valorar positivamente su relación con el sistema sanitario. Consideran el entorno familiar el espacio más idóneo para cuidar y muestran rechazo a la institucionalización. No obstante, persisten actitudes tradicionales: prefieren recibir ayuda femenina, perpetuando la división sexual de las tareas, y tienden a reproducir roles patriarcales que justifican su menor implicación directa en algunas actividades. Pese a estas limitaciones, su incorporación al cuidado representa una oportunidad para resignificar socialmente esta labor y avanzar hacia la igualdad.
En segundo lugar, el papel de abuelas y abuelos como cuidadores intergeneracionales ha adquirido una relevancia creciente; contribuyendo al sostenimiento de las familias ofreciendo cuidado continuo a nietos o familiares dependientes. Este fenómeno ha amortiguado la falta de recursos asistenciales y de personal de apoyo, aunque con consecuencias sobre la salud y el bienestar de los cuidadores mayores. El reconocimiento de estas dinámicas exige la implementación de programas de apoyo y de políticas que valoren su contribución sin sobrecargarlos ni poner en riesgo su autonomía.
En tercer lugar, la población migrante se ha convertido en un pilar fundamental del actual sistema de cuidados, tanto en España como en otros países europeos. En su mayoría mujeres, las personas migrantes asumen tareas de cuidados en condiciones de precariedad laboral, con jornadas prolongadas y escasa protección social. Su papel, indispensable para sostener la red de cuidados, demanda un mayor reconocimiento institucional y la incorporación de políticas que garanticen derechos laborales, regularización administrativa y formación específica.
Por último, la teleformación o teleeducación en salud se perfila como una estrategia clave para afrontar las limitaciones del sistema actual. Las personas cuidadoras, especialmente las familiares, encuentran obstáculos para acceder a programas presenciales de formación y apoyo por falta de tiempo, incompatibilidades horarias o barreras geográficas. En este contexto, las herramientas digitales —plataformas en línea, foros virtuales, clases síncronas y recursos educativos asíncronos— se presentan como alternativas eficaces que facilitan la adquisición de competencias, la comunicación entre cuidadores y el acompañamiento profesional a distancia.
La teleformación favorece la equidad, permitiendo que cualquier persona cuidadora, independientemente de su edad, ubicación o nivel socioeconómico, acceda a recursos de calidad. Además, contribuye a reducir la sobrecarga emocional y el aislamiento social al ofrecer espacios de aprendizaje, intercambio y apoyo mutuo. No obstante, se requiere seguir investigando sobre la eficacia y sostenibilidad de estas intervenciones, así como sobre su adaptación a las diversas realidades culturales y tecnológicas de las personas cuidadoras.
En definitiva, los cambios demográficos y sociales contemporáneos exigen repensar el modelo de cuidados desde una perspectiva más inclusiva, corresponsable y sostenible. El incremento de la dependencia, la insuficiencia del sistema sociosanitario y la feminización histórica del cuidado han revelado la urgencia de desarrollar estrategias innovadoras que respondan a las nuevas necesidades.
Entre las líneas prioritarias de acción se identifican: la incorporación progresiva de los hombres al cuidado familiar, que contribuye a redistribuir responsabilidades y desafiar los roles de género tradicionales; el reconocimiento y apoyo al papel de abuelos y abuelas como cuidadores intergeneracionales; la protección y valorización del trabajo de la población migrante, que constituye una fuerza esencial en el ámbito doméstico; y la implementación de programas de teleformación que promuevan el autocuidado, la capacitación y el acompañamiento de las personas cuidadoras.
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