El pulso de la vida. Reflexiones críticas en el Día Mundial de la Reanimación Cardiopulmonar

El pulso de la vida. Reflexiones críticas en el Día Mundial de la Reanimación Cardiopulmonar

Emmanuel Echániz Serrano

16 de octubre de 2025

Cada año, miles de personas caen súbitamente al suelo, sin dar apenas aviso. El corazón se detiene, los segundos avanzan como cuchillas y la vida pende de un hilo invisible que depende, casi siempre, de lo que hagan quienes están alrededor. Una compresión torácica, un desfibrilador accesible, una decisión rápida. Esa es la esencia de la reanimación cardiopulmonar (RCP): un gesto sencillo que multiplica las probabilidades de supervivencia, y que, sin embargo, sigue estando lejos de desplegar todo su potencial. El 16 de octubre, Día Mundial de la RCP, no debería ser un mero recordatorio en el calendario, sino una sacudida de conciencia colectiva.

 

Lo conseguido hasta ahora merece reconocimiento. El hecho mismo de que exista un día mundial ha puesto en la agenda pública la importancia de la RCP. Hoy se habla más de ella que hace dos décadas, y en muchos países europeos, incluida España, se ha comenzado a enseñar en las escuelas. La evidencia es clara: quienes aprenden RCP desde jóvenes no solo se sienten más seguros, sino que tienen más probabilidades de intervenir cuando la vida de alguien depende de ello. Además, la proliferación de desfibriladores externos automáticos en estaciones, aeropuertos, centros deportivos y otros espacios públicos ha democratizado una herramienta que antes solo estaba en manos de profesionales. Y la simplificación de los protocolos –“empujar fuerte y rápido en el centro del pecho”– ha logrado que cualquiera pueda actuar sin necesidad de una formación compleja.

 

La comunidad científica ha contribuido con rigor. La actualización periódica de guías internacionales y la consolidación de la llamada ciencia de la reanimación han permitido pasar de la técnica aislada al análisis integral: cómo formar, cómo implementar, cómo sostener. Esto no es retórica: cuando se inicia la RCP precozmente, la supervivencia puede multiplicarse por tres, y la probabilidad de evitar secuelas neurológicas graves crece exponencialmente. La RCP no solo salva vidas en el momento, sino que preserva proyectos vitales, familias enteras, futuros que parecían cortados de raíz.

 

Pero junto a los avances, la realidad golpea con crudeza. La parada cardiorrespiratoria extrahospitalaria sigue siendo una sentencia que rara vez se revierte: la supervivencia en la mayoría de los países apenas roza el 10%, y en algunas regiones es todavía menor. Lo más doloroso es que estas cifras no responden a falta de conocimiento, sino a desigualdades en la implementación. En demasiados lugares, sobrevivir o no depende del código postal donde ocurre la emergencia, y eso es una inequidad que no podemos tolerar.

 

La formación es uno de los grandes talones de Aquiles. Aunque hay iniciativas escolares, siguen siendo parciales, irregulares y dependientes de la voluntad de cada centro. No puede ser que aprender a salvar una vida dependa del entusiasmo de un profesor o de un proyecto puntual: debe ser un derecho garantizado y universal. Entre la población adulta, los cursos están demasiado centrados en profesionales sanitarios, cuando son los ciudadanos corrientes quienes suelen estar presentes en los primeros minutos críticos. El mensaje de que todos podemos reanimar todavía no ha calado como debería.

 

El acceso real a los desfibriladores es otro reto pendiente. Que existan más aparatos no significa que sean fáciles de usar en el momento necesario. Con frecuencia, están cerrados en horarios limitados, mal señalizados o sin integración en redes de emergencias que guíen a los testigos hasta ellos. No basta con colocarlos: hay que normalizar su uso, incorporarlos a la cultura social y asegurarse de que cualquier persona sepa dónde están y cómo usarlos.

 

También la investigación muestra lagunas. Sabemos qué funciona, pero nos cuesta trasladarlo a la práctica diaria. La simulación clínica, clave para retener habilidades, no está extendida de forma homogénea. Persisten enfoques excesivamente técnicos que dejan en segundo plano aspectos tan humanos como el impacto emocional de intervenir o de fracasar en un intento de reanimación. ¿Quién cuida al ciudadano que se animó a realizar compresiones y vio morir a la persona? ¿Quién acompaña al sanitario que acumula decenas de intentos fallidos? Estas preguntas siguen sin respuestas claras.

 

Si de verdad queremos que el Día Mundial de la RCP trascienda lo simbólico, debemos ser más ambiciosos. La enseñanza de la RCP tiene que universalizarse en las escuelas, de manera obligatoria, estructurada y revisada periódicamente. La sensibilización no puede limitarse a un par de campañas cada octubre: debe ser continua, visible y adaptada a los distintos colectivos. Los desfibriladores deben estar en todos los lugares de gran afluencia, disponibles las 24 horas, señalizados de forma homogénea y geolocalizados en aplicaciones conectadas con los servicios de emergencias. La innovación pedagógica no es un lujo: simuladores, realidad virtual, gamificación… todo lo que facilite aprender y recordar debe formar parte del entrenamiento estándar. Y, al mismo tiempo, la investigación debe centrarse en la implementación: no solo en qué maniobra es mejor, sino en cómo conseguir que esa maniobra llegue a todas las manos posibles.

 

No menos importante es cuidar a quienes cuidan. La RCP no siempre salva vidas, y eso pesa. Crear espacios de apoyo y reflexión tanto para profesionales como para ciudadanos que intervienen no es un detalle, es una obligación ética. La reanimación no es solo técnica; es también carga emocional, dilema ético y, a veces, frustración compartida. Reconocerlo y actuar en consecuencia es parte de la madurez de un sistema sanitario y de una sociedad que no quiere mirar hacia otro lado.

 

El 16 de octubre nos recuerda algo incómodo pero inevitable: el corazón de cualquier persona puede detenerse en cualquier momento y en cualquier lugar. No siempre podremos evitarlo, pero sí podemos decidir cómo responder. La gran fortaleza de la RCP es que empodera a la ciudadanía y rompe la falsa frontera entre profesionales y legos. Su gran debilidad es que todavía depende demasiado de la iniciativa individual y demasiado poco de estrategias estructurales y sostenidas. Convertir la RCP en cultura compartida, en conocimiento cotidiano, en un reflejo social tan básico como abrocharse el cinturón de seguridad, es el verdadero reto.

 

El Día Mundial de la RCP no debe quedarse en una fecha más ni en un recordatorio amable. Debe ser un toque de atención y, a la vez, una llamada a la acción: que nadie muera por falta de conocimiento, por ausencia de un desfibrilador o por indiferencia colectiva. Porque cada compresión torácica no es solo un gesto técnico: es un pulso de esperanza, un intento de devolver la vida, una oportunidad de cambiar una historia que parecía escrita. Y eso, en el fondo, es lo que hace de la RCP no solo una maniobra clínica, sino un acto profundamente humano.

Para siempre. Día Internacional de la muerte gestacional y perinatal

Para siempre. Día Internacional de la muerte gestacional y perinatal

Amaya, Laura y Pilar. Asociación Red el Hueco de mi Vientre

15 de octubre de 2025

Durante el mes de octubre, en todo el mundo, se busca dar visibilidad a una realidad silenciada durante mucho tiempo: la muerte gestacional y perinatal. El 15 de octubre se conmemora el Día Internacional del Recuerdo de los bebés que mueren en el vientre materno o poco después de nacer. Ese día, miles de familias encienden una vela en distintos lugares del planeta, creando la llamada Ola de Luz, un gesto simbólico que une corazones en el dolor y en el amor, y que recuerda a la sociedad que estas vidas, aunque breves, dejaron huella.

 

Hablar de la muerte perinatal es hablar de un duelo único y profundo, muchas veces incomprendido. La llegada de un hijo suele imaginarse llena de esperanza, de proyectos y de futuro. Cuando ese futuro se interrumpe de manera abrupta, las familias no solo enfrentan la pérdida de un ser amado, sino también la ruptura de sueños, de expectativas y de la identidad que estaban construyendo como madres y padres. El silencio social, la falta de comprensión y la invisibilización del dolor pueden hacer aún más difícil transitar este duelo.

 

Por eso es fundamental dar espacio al recuerdo y a la palabra. Nombrar a nuestros hijos, aunque no estén físicamente, es una forma de reconocer su existencia, de darles un lugar en nuestra historia y en nuestra familia. Decir sus nombres en voz alta no solo honra sus vidas, también ayuda a sanar y a integrar la pérdida en nuestra biografía sin negarla ni ocultarla.

 

Un duelo sano necesita tiempo, respeto y acompañamiento. Requiere que la sociedad en su conjunto entienda que la muerte perinatal no es una pérdida menor, sino la pérdida de un hijo, con todo lo que ello significa. Es vital contar con redes de apoyo; familiares, amigos, profesionales y asociaciones, que sostengan en los momentos de mayor fragilidad, y que validen el dolor sin juzgarlo ni apresurarlo.

 

Desde la Red el Hueco de mi Vientre unimos nuestras voces de madres y padres que hemos vivido la muerte de un hijo para acompañar a otras familias en este camino. Sabemos, porque lo hemos sentido en nuestra propia piel, que el duelo duele menos cuando no se vive en soledad. Creemos firmemente en la importancia de hablar, de recordar, de iluminar con amor esos huecos que dejan nuestros hijos, y de transformar el dolor en un motor de sensibilización y apoyo para otros.

 

La muerte perinatal nos recuerda la fragilidad de la vida, pero también la fuerza del amor. Un amor que no desaparece con la muerte, sino que permanece, se transforma y nos invita a dar un lugar eterno a quienes llegaron para cambiarnos para siempre.

Una manera de mirar el mundo

Una manera de mirar el mundo

Mar Aísa Poderoso

14 de octubre de 2025

En un mundo tan pragmático y convulso como el que vivimos, la cultura, en todas sus dimensiones, es una de las herramientas más poderosas para espolear conciencias. Es lo que dota al ser humano de un nivel de pensamiento y trascendencia que le ayuda a cuestionar, a analizar y, sobre todo, a humanizar cada uno de sus actos. Y al mismo tiempo, es aquello que aporta la capacidad de admirarse, de contemplar, de conmoverse, de disfrutar con la razón y los sentidos, de buscar la belleza, que siempre nos hace mejores. La literatura pone palabras a los sentimientos, evoca y provoca, es el asidero al que nos agarramos para evadirnos, para aprender, para viajar dentro y fuera de nosotros. Es la lupa que muestra y amplifica todo lo que importa al ser humano.

 

Cuando me preguntan qué mueve a un escritor a escribir, estoy convencida de que hay tantas respuestas como escritores, pero todos tenemos en común la necesidad de buscar, de contar, de compartir, de transformar. Para unos la escritura es terapéutica, catártica. Para otros es una pasión incontrolable; para algunos, es un refugio o una huida. Para todos, una necesidad vital.

 

Escribir es un acto humano en el que cada uno deja su impronta a partir de su cultura, su entorno, su trayectoria, su sensibilidad y su modo de ver el mundo. Las mujeres escritoras dejamos nuestra mirada en cada una de nuestras historias. No me gusta hablar de literatura masculina o femenina, prefiero hablar simplemente de literatura y celebrar las maravillosas obras de unas y otros, la diversidad de miradas, la elección de temas, de palabras, de matices.

 

Sin embargo, todavía hoy, hay que recordar a modo de ejemplo, que solo doce mujeres han ocupado un asiento en nuestra Real Academia de la Lengua, desde 1713 o que en ciento veinticuatro años solo dieciocho mujeres han ganado el premio Nobel de Literatura.

 

Precisamente, la última en hacerlo en 2024 ha sido la surcoreana Han Kang, autora de consolidada trayectoria con novelas que nos hablan de temas perturbadores como la crueldad, la guerra, el dolor. Una autora preocupada por el sufrimiento, capaz de convertir en universales historias impregnadas de una cultura muy alejada de la nuestra. Eso es lo que dota a la literatura de grandeza, que una historia pequeña y particular se convierta en la gran historia de todos. Quizá La vegetariana sea una de las más controvertidas y perturbadoras. Una novela con múltiples interpretaciones, casi tantas como lectores, que entre otros aspectos pone el foco en cómo se puede ejercer la violencia desde el silencio dentro de la propia familia, desde aquellas personas que supuestamente nos tendrían que amar y proteger. Una violencia que llega a despersonalizar y a provocar la necesidad de escapar de su propia condición humana. Una visión original y, al mismo tiempo, demoledora sobre la salud mental con una sensibilidad femenina, pero una mirada universal.

 

Han Kang se compromete a contar historias que duelen y ese dolor nos lleva a mirar a nuestro alrededor y a formularnos preguntas, como ya lo hizo, años antes, una de nuestras escritoras más brillantes y combativas Emilia Pardo Bazán. Una autora que mereció su asiento en la Academia de la Lengua española por mérito propio. Ni su talento ni su coraje fueron suficientes para lograr un reconocimiento que reclamó sin falsa modestia y que nunca le fue otorgado por ser mujer, a pesar de ser un referente literario a la altura de Zola en Francia. Fue una escritora audaz que hizo propio el Naturalismo y lo adaptó a la idiosincrasia española. Emilia, nos mostró la hondura del alma humana y retrató a la sociedad española de finales del siglo XIX y principios del XX con una pluma mordaz y al mismo tiempo delicada y precisa con la que puso el foco en lo más excelso y lo más miserable del ser humano. Fue una pionera, una visionaria, que utilizó sus novelas para mostrar su preocupación por la pobreza, la enfermedad, la falta de medios en el ámbito rural que tan bien conocía y, por supuesto, en las grandes ciudades como Madrid y Barcelona en las que las nuevas clases sociales, hijas de la industrialización, se hacinaban en barracones y barrios insalubres. Ningún tipo de miseria e injusticia le fueron indiferentes. Y de todo ello encontró inspiración para sus personajes y sus novelas. Inolvidable su Máximo Juncal con su visión positivista y científica frente a la superstición en Los Pazos de Ulloa y en La madre naturaleza. Sin duda, sus novelas tienen una finalidad pedagógica que palpita tras historias inolvidables de una enorme altura estética y literaria.

 

Y como no podía ser de otra manera, Rosa Montero también introduce en sus novelas una panorámica del mundo que nos rodea y que los lectores reconocemos como propio. Seguramente su obra más comprometida en este sentido sea El peligro de estar cuerda que comienza con toda una declaración de intenciones: “Siempre he sabido que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza” y con semejante naturalidad nos adentra en un libro en el que, sin ambages, nos va mostrando el diluido límite entre creatividad y locura o, al menos, las peculiaridades y excentricidades que afectan a gran parte de los considerados genios e incluso a la mayoría de las personas consideradas normales. Y empieza por ella misma, reconociendo que “A mí ya me tocó. Formo parte de ese 25% de personas que sufrirán algún problema mental a lo largo de su vida”. Qué importante poner en palabras, compartir y visibilizar la realidad con humor y ternura a través de la literatura.

 

No quiero tampoco olvidarme de Isabel Allende y de su novela Paula, un libro que te acaricia y te golpea, que te adentra en el dolor de la espera, del tiempo inabarcable en un hospital, de la muerte de una hija como desenlace irrevocable. Es el testimonio de una madre, de una escritora, que transforma el dolor en una de las obras más hermosas que he leído y que lo cataliza en una eclosión de belleza y de esperanza.

 

Al igual que logra también Noemí Trujillo en su reciente novela Una noche de Reyes en la que, a través de una conversación ficticia con maravillosas escritoras como Carmen Laforet, Ana María Matute o Carmen Martín Gaite, nos narra su propia experiencia ante un diagnóstico de cáncer. Una novela que celebra la vida y la literatura, precisamente con literatura escrita por mujeres.

 

Muchas son las escritoras que merecen aparecer en estas páginas y en cualquier artículo que hable del poder de la literatura para mirar y contar lo que nos rodea, para transformar a las personas y al mundo, para provocarnos la risa y el llanto, para hacernos, en definitiva, más humanos.  Ya lo dijo Ana María Matute: “El mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad”.

Garantizar unos cuidados paliativos de calidad: El reto invisible en la sanidad actual

Garantizar unos cuidados paliativos de calidad: El reto invisible en la sanidad actual

Marisa de la Rica Escuín

11 de octubre de 2025

Hablar de cuidados paliativos sigue siendo, aún hoy, adentrarse en un territorio rodeado de mitos que oscurecen su verdadera esencia. Lamentablemente, estas malinterpretaciones retrasan el acceso de muchas personas que los necesitan. Comprender qué son y qué no son los cuidados paliativos es un primer paso esencial: no se trata de un recurso exclusivo para el final de la vida ni de un sinónimo de renuncia a los tratamientos, sino de un modelo integral e integrado de atención cuyo objetivo es aliviar el sufrimiento, promover la calidad de vida y acompañar a las personas y sus familias en situaciones de enfermedad avanzada o con pronóstico limitado.

 

Es fundamental recordar que los cuidados paliativos no se dirigen solo a pacientes con enfermedades oncológicas. También están destinados a quienes padecen patologías crónicas avanzadas, como enfermedades neurodegenerativas, demencias, insuficiencias de órganos (cardíaca, respiratoria, renal o hepática, entre otras), y otras condiciones complejas, incluyendo los cuidados paliativos para niños/as y adolescentes. Debemos tener en cuenta que estas patologías afectan a un alto porcentaje de la población y su prevalencia crecerá significativamente con el envejecimiento poblacional, y en el caso de niños/as y adolescentes, aunque su incidencia es menor, el abordaje multidimensional es especialmente complejo. Para todas estas situaciones, resulta imprescindible un enfoque paliativo precoz, capaz de responder a la complejidad y evolución específica de cada trayectoria de enfermedad.

 

La identificación temprana de la necesidad de atención paliativa permite iniciar, junto con la persona y su entorno, una planificación compartida de la atención. Esta planificación trasciende las voluntades anticipadas e implica dialogar, escuchar y diseñar cuidados centrados en los deseos, valores y necesidades, anticipando decisiones y adaptándolas en cada fase. Los/as profesionales sanitarios/as juegan un papel clave en este proceso, guiando, informando y facilitando la toma conjunta de decisiones con acompañamiento y responsabilidad, para lograr la mayor dignidad durante la enfermedad y el final de la vida.

 

En este camino, es especialmente importante diferenciar la idea de muerte digna de la eutanasia. La muerte digna se entiende como aquella que transcurre con el mayor bienestar físico posible, con apoyo emocional y espiritual, en compañía y con respeto pleno a los valores de la persona. Los cuidados paliativos ofrecen las herramientas necesarias para vivir este proceso con serenidad y cuidado hasta el final, alejados de cualquier intervención destinada a provocar la muerte de manera deliberada. Como Harvey Chochinov destacó en su Terapia de la Dignidad, lo esencial es reforzar el sentido, la identidad y el legado de la persona, favoreciendo un final de vida donde su humanidad permanezca intacta.

 

Cuidados paliativos y eutanasia pueden, en contextos distintos, ofrecer a la persona una muerte digna, pero es fundamental precisar que son realidades diferentes. Los cuidados paliativos no buscan adelantar la muerte, sino aliviar el sufrimiento físico, emocional, social y espiritual, acompañando con respeto y compasión hasta el final. La eutanasia, por su parte, tiene un propósito distinto: poner fin a la vida a petición expresa de la persona. Reconociendo esta diferencia, es imprescindible subrayar que el acceso a cuidados paliativos de calidad debe garantizarse siempre, con independencia de que la persona solicite o no la eutanasia.

 

La identificación precoz de la necesidad de atención paliativa es clave. Herramientas como NECPAL, que facilita la detección de pacientes que podrían beneficiarse de una atención paliativa temprana, y IDC-Pal, que ayuda a determinar el nivel de complejidad de cada caso, permiten dar una respuesta ordenada, adaptada y equitativa a las necesidades reales de los/as pacientes. Su incorporación inmediata y urgente a la práctica clínica es indispensable para garantizar que el derecho al cuidado no dependa de la fragmentación o intensidad del sistema, sino de la persona y sus circunstancias.

 

No es posible hablar de un acceso universal a los cuidados paliativos sin garantizar una sólida preparación de los/las profesionales que los hacen posibles (médicos, enfermeras, trabajadores sociales, psicólogos, entre otros), cuya formación es esencial para asegurar una atención de calidad.  La formación en competencias paliativas debe ser obligatoria y escalonada: básica (para todos los profesionales), intermedia (para quienes atienden con mayor frecuencia a pacientes con necesidades paliativas) y avanzada (para los equipos especializados). En Enfermería, la Orden CIN/2134/2008 ya establece competencias específicas en cuidados paliativos dentro del Grado, que han de reforzarse y actualizarse con itinerarios formativos homogéneos y exigibles en los distintos niveles de atención. Sin embargo, persiste una gran desigualdad entre los programas formativos de las diferentes universidades españolas.

 

Cada año, el segundo sábado de octubre se celebra el Día Mundial de los Cuidados Paliativos. La WHPCA propone en esta ocasión el lema “Cumplir la promesa: acceso universal a los cuidados paliativos”, una llamada directa a la reflexión y a la acción. 

 

Cumplir esta promesa implica avanzar en políticas sanitarias decididas que aseguren la identificación temprana de las necesidades, la evaluación de la complejidad de cada situación y la capacitación continuada de los equipos profesionales. Solo de este modo será posible garantizar que ninguna persona quede excluida de recibir una atención compasiva, digna y competente, tal como merece en las etapas más frágiles de su vida.

Fernando, un niño muy especial

Fernando, un niño muy especial

Paloma y Fernando
06 de octubre de 2025

A comienzos de 1994, cuando nuestro hijo Fernando tenía apenas seis meses, sufrió su primera crisis. Fue la confirmación de lo que ya intuíamos con preocupación: algo no iba bien. Como era nuestro segundo hijo, habíamos percibido un retraso llamativo en su desarrollo.

Fernando —a quien más tarde rebautizaríamos cariñosamente como Pipo— había nacido un caluroso día de 1993 en una clínica privada. El parto fue rápido, sin sufrimiento fetal ni complicaciones, y el test de Apgar confirmó que era un niño sano y fuerte. Sin embargo, apenas dos horas después nos sorprendió verlo en una incubadora. La explicación fue breve a la vez que inquietante: se había puesto un poco cianótico y, por precaución, lo oxigenaban mejor.

Tras aquella primera crisis comenzó nuestro vía crucis: dos meses ingresados en uno de los principales hospitales de Madrid. Salimos de allí con decenas de pruebas, pero sin diagnóstico y con la sensación de estar solos frente a lo desconocido. La falta de empatía de algunos médicos agravaba nuestra angustia. Nunca olvidaremos la respuesta de uno de ellos cuando pedimos orientación: “Su hijo es como una planta: si la riegan vivirá, y si no, no.”

Aquel mismo médico, tiempo después, nos sugirió abortar cuando supo que esperábamos un nuevo hijo, alegando que, por la falta de diagnóstico, el problema podía repetirse. Nuestra respuesta fue clara: aquel embarazo era buscado y querido y por nuestras creencias jamás abortaríamos a nuestro hijo. Su contestación fue seca: si el niño nacía sano nos ayudaría; si no, estaríamos “hundidos para siempre”. Finalmente, nació Jaime, nuestro tercer hijo, sano y lleno de vida, que hoy está a punto de contraer matrimonio.

En aquellos años la asistencia social hospitalaria era escasa. Salimos del hospital destrozados, con Pipo en brazos, sin diagnóstico ni orientación.

La primera luz llegó meses después gracias a la Asociación de Síndrome de Down, que nos recomendó acudir al centro de fisioterapia del doctor José Luis Rivas, pionero en España en la aplicación del método Vojta y fundador de AENILCE. Allí encontramos, por primera vez, un trato humano y profesional. Fue también allí donde conocimos al doctor Campos, referente mundial en el tratamiento de la parálisis cerebral. Desde la primera consulta mostró cercanía y empatía, y nos dio por fin un diagnóstico: encefalopatía severa por anoxia perinatal.

Pero lo más valioso fueron sus palabras: ningún niño es comparable a una planta, porque cada vida tiene un alma. Nos enseñó que la parálisis cerebral no era un final, sino el inicio de un camino distinto. Desde entonces, él se convirtió en el médico de Pipo, y el Hospital Clínico de San Carlos de Madrid en su centro de referencia. Aunque no faltaron hospitalizaciones y estancias en UCI, el acompañamiento humano de su equipo nos sostuvo en los momentos más duros. Fue el primer gran hito en la aceptación de la realidad de nuestro hijo.

El segundo llegó gracias a Savio, un novicio jesuita hindú en prácticas en España y que tenía un hermano con parálisis cerebral en Bombay. Él nos regaló una cita de Los bufones de Dios, de Morris West, que transformó nuestra visión. En ella, Dios responde a un padre angustiado por su hija “diferente”:

“Sé lo que estás pensando. Necesitas una señal. ¿Y qué mejor señal podría darte que hacer a esta niña nueva y perfecta? Podría hacerlo, pero no lo haré. Yo soy el Señor y no un mago. Le di a esta chiquitina un regalo que os negué a todos vosotros: la inocencia eterna. A vosotros os parece imperfecta, pero para mí es impecable, como el capullo que muere sin abrir, o el pajarillo que cae del nido para ser devorado por las hormigas. Ella nunca me ofenderá como habéis hecho todos vosotros. Nunca estropeará ni destruirá la obra de su Padre. Ella es necesaria para ti. Te evocará la ternura que te mantendrá humano. Sus dolencias te inspirarán la gratitud por tu propia buena suerte… ¡Más aún! Te recordará cada día que Yo soy el que soy, que mis caminos no son los tuyos, y que ni la más pequeña mota de polvo revoloteando en el espacio oscuro se escapa de mi mano…Yo te he elegido a ti; tú no me has elegido a mí. Esta niña es mi señal para ti. Guárdala como un tesoro”

Esas palabras nos abrieron los ojos. Pipo era un tesoro y nosotros habíamos sido elegidos para custodiarlo. Desde entonces lo disfrutamos con plenitud, y aunque nunca faltaron momentos duros, jamás nos dejamos vencer. Incluso cuando los traslados laborales nos llevaron a varios destinos, incluido a Bruselas, donde encontramos profesionales excepcionales y un sistema de atención admirable. Gracias a ello, Pipo pudo seguir recibiendo cuidados integrales, y nosotros, la fuerza para continuar.

Así transcurrió nuestra vida hasta que, con casi 17 años y conservando aún la inocencia de un niño pequeño, Dios decidió que había llegado el momento de llevarse a su ángel. Pipo partió en el Hospital San Rafael de Madrid, rodeado de un magnífico personal sanitario cuya profesionalidad y ternura nos sostuvo en aquel trance.

Su herencia, sin embargo, fue inmensa. Todo lo que anticipaba la cita de Morris West se cumplió: gracias a Pipo fuimos mejores personas. Sus hermanos crecieron en el amor, el sacrificio y la entrega, valores que sin duda transmitirán a sus propios hijos. A través de él recibimos el cariño de innumerables personas y comprobamos cómo, pese a sus limitaciones, ejercía una influencia positiva sobre quienes lo conocían. Y tanto en el colegio de Bruselas como en AENILCE conocimos personas maravillosas entregadas a los más frágiles, que nos devolvieron la fe en la humanidad.

Quince años después de su partida, Pipo sigue presente en cada gesto y en cada celebración familiar. Lo sentimos cerca, como un ángel que nos cuida desde donde está. Fue un regalo inmenso, un tesoro que transformó nuestra vida y nos enseñó a vivir con una felicidad más honda y una fe más verdadera.

Y por una sonrisa… un mundo mejor. El emoji Smiley y el humor mediático como motores de la salud

Y por una sonrisa… un mundo mejor. El emoji Smiley y el humor mediático como motores de la salud

Patricia Gascón Vera

3 de octubre de 2025

El día 3 de octubre se celebra el Día Mundial de la Sonrisa (World Smile Day). Se trata de una iniciativa de Harvey Ball, el creador de la cara sonriente (Smiley) y fundador de la World Smile Foundation, cuyo objetivo es promover una actitud positiva desde la risa, nuestra sonrisa: la felicidad.

 

Ese emoticono que 😊 usamos como comodín y como código en nuestro WhatsApp, tiene una historia popular que no es tan certera. En la red encontramos cientos de noticias que exponen cómo Ball, en 1963, creó el diseño de la carita feliz para una campaña moral para una compañía y que recibió unos cuarenta dólares por esa creación.  No obstante, también se desmitifica este mito con autores y obras anteriores que ya habían representado algo muy parecido a ese concepto de smile.

 

Un reciente estudio de Elena Bandrés, Ricardo Pérez-Calle y Mariola Conde (2025) analiza el imaginario simbólico de los emojis y su género. En este texto se conoce que, de los diez emojis más usados a nivel mundial, de un total de 3.790 existentes, siete representan caras en las que se expresan emociones y sentimientos. Por tanto, la sonrisa que compartimos en nuestras conversaciones, además de representar un género en nuestra percepción, no es una simple reacción, sino que refleja nuestra risa interior.

 

Nuestra sonrisa ha sido representada por la cultura visual de forma global y continuada, desde la pintura clásica hasta las imágenes realizadas por inteligencia artificial. Estos últimos son avatares y, en particular, sobre la risa femenina creada por inteligencia artificial, Gascón-Vera, Mattucci y Bonaut-Iriarte (2025) concluyen que son una expresión contemporánea que perpetúa sesgos de género y cuestiones como la locura o la excentricidad. Situaciones que hemos podido ver en, por ejemplo, los ataques a la sonoridad de la risa de la excandidata a la presidencia de Estados Unidos, Kamala Harris. Hechos que han derivado, con cientos de temáticas, en los memes que compartimos y que, en una gran mayoría, se adscriben a la risa política.

 

En este sentido, es cierto que el humor y la risa no solo permiten canalizar emociones, sino que se constituyen como herramientas críticas con capacidad transformadora. Por ejemplo, estas acciones de transformación se logran desde la memoria afectiva y desde espacios comunes; lo popular permite una comunicación crítica, dado que el humor es un recurso complejo, plural, lúdico y salutífero.

 

Gloria Steinem, periodista y escritora estadounidense, en su discurso al recibir el Premio Princesa de Asturias, en 2021, enfatizó el hecho de que las figuras autoritarias suelen temer ser objeto de risa y que, al valorar la risa espontánea, se defiende la libertad en general. Por ello, considera que “la risa es una prueba de libertad”, la única emoción espontánea y genuina que no puede ser impuesta o forzada por la autoridad.

 

Salud y sonrisa, un tándem contra la desinformación

 

Por una mirada, un mundo, por una sonrisa, un cielo… Estas primeras palabras de un verso muy conocido de Gustavo Adolfo Bécquer nos sirven para revitalizar el poder sanador y social de la sonrisa. Cuando sonríes, te sientes enérgico, vital. Aunque las enfermedades o los problemas mágicamente no pueden desaparecer, sí es cierto que, con el humor, con un buen humor, podemos afrontarlo y/o sobrellevarlo con ventajas.

 

Hablamos de técnicas como la risoterapia, que ayuda a mejorar la salud como complemento de los tratamientos médicos. Consumir humor es una posibilidad dentro de nuestra dieta mediática. En momentos complicados, solo falta mirar las parrillas de programación; los formatos de humor en televisión son más necesarios que nunca. Primero, para evadirnos desde el infoentretenimiento y, dos, para informarnos desde las cualidades del humor. Porque podemos reírnos de lo que nos daña, reírnos de poderosos/as, buscar el absurdo en aquello que no compartimos, relativizar, luchar…

 

En estas semanas, el host Jimmy Kimmel, líder de opinión de la comedia estadounidense, ha sido cesado y, después, readmitido junto con su formato, no por la audiencia, que podría ser una decisión, sino por demandas empresariales derivadas de peticiones políticas. La risa no tiene límites o no debería tenerlos; lo que escuece cura, en sanidad; lo que levanta ampollas en la información, seduce y actúa contra la desinformación. Así que también el ámbito de la comunicación tiene como objetivo poder dar un espacio a las sonrisas, a la amabilidad y, cómo no, a abordar problemas complejos. Un ejemplo reciente es la campaña del Gobierno de Aragón: “La cultura del buen trato”, que utiliza la cultura y diferentes referentes de disciplinas artísticas como instrumento para mejorar la convivencia y contribuir a la construcción de nuevas formas de relación desde el respeto y la tolerancia.

 

Por tanto, desde estas líneas se precisa defender al humor como herramienta de contrapoder y de defensa contra la desinformación gracias a su uso contrainformativo de la sátira o de la retranca, en Aragón. Unas fórmulas desde las que se pueden manejar las complicaciones diarias, también desde la teoría del alivio. Un resorte que, de forma sencilla, se efectúa a través de la liberación de tensión, al entender el chiste de un meme, ante la complicidad con un amigo… Debemos entender el humor como un poder reparador y a la risa como la función principal de aliviarnos de la tensión emocional, descargar la inseguridad, el miedo y las preocupaciones. No en vano, se trata de un instrumento que ha contribuido a la supervivencia y a aminorar el enfrentamiento, ya que la risa también es un acto social. No es solo una reacción a algo gracioso, sino que es un fenómeno completamente social: somos hasta 30 veces más propensos a reír si estamos con otras personas que si estamos solos.

 

Por tanto, riamos ante lo desconcertante, lo injusto o lo gracioso; la salud está en nuestra sonrisa, perfecta o imperfecta, pero siempre reconfortante y amable, alejada de la crispación. Pese a que es complicado poder actuar sobre muchas injusticias, en el día a día, sobrepasados por el estrés y las citas diarias, siempre reconforta tener un momento de complicidad, una sonrisa amiga, mejor humana que por WhatsApp, mejor la carcajada compartida que en un vídeo solitario de TikTok, mejor sonreír a un mundo mejor.