Género y salud mental: Cuando la desigualdad enferma

Género y salud mental: Cuando la desigualdad enferma

Elisabet Torrubia Pérez y Ángel Gasch Gallén

8 de marzo de 2025

Nuestra sociedad se halla sujeta a múltiples condicionantes, entre los que destaca el sistema sexo-género. Un sistema jerárquico que, según la Organización Mundial de la Salud o el Ministerio de Sanidad, genera desigualdades injustas, sistemáticas y evitables, que acaban impactando en la salud de los colectivos más vulnerables.

A pesar de los cambios y las transformaciones sociales, las desigualdades persisten, lo que hace necesario adoptar nuevos paradigmas, como el enfoque interseccional de género en salud. Este enfoque se centra en cómo interactúa el género con otros factores, como el nivel socioeconómico, la educación o el origen étnico, permitiendo comprender cómo las desigualdades se acumulan y afectan de manera única a la salud de cada persona, tal y como plantea Ariadna Graells en un artículo publicado en 2025.

Desde esta perspectiva es posible reconocer las lagunas que aún existen a la hora de comprender mejor la salud de las personas a las que cuidamos. Por ejemplo, el desconocimiento del impacto en la salud de las identidades de género no normativas, debido al estigma, la opresión y las situaciones de tránsito que viven, así como de las formas específicas de manejar los autocuidados que generan estas experiencias. En este sentido, autoras como Ellinor Tengelin o Elisabeth Dahlborg-Lyckhage destacan que ser conscientes de las propias preconcepciones relacionadas con los pensamientos normativos y sus consecuencias, puede ayudar a las y los profesionales de salud a proveer cuidados de alta calidad, también con personas que no cumplen con las normas sociales dominantes.

Otro ámbito en el que este marco aporta una visión central es el de la atención a la salud mental. Las desigualdades sociales atesoradas en el sistema patriarcal son claros ejemplos de cómo la opresión y las desigualdades actúan de forma interseccional, especialmente en lo relativo a la salud mental de las mujeres. Factores como las diferencias a nivel económico y laboral, la asunción de los cuidados, la presión estética y la violencia estructural desempeñan un papel clave en el entendimiento de este fenómeno.

En este contexto, numerosos estudios han demostrado que la depresión, la ansiedad, los trastornos de la conducta alimentaria, los trastornos del sueño, el malestar y la fatiga o el abuso, la negligencia u otros malos tratos están influidas por las desigualdades de género que interactúan con los determinantes sociales.

En concreto, en un estudio realizado en el sur de Cataluña, se obtuvo una prevalencia de 18,75% de problemas de salud mental con especial influencia psicosocial. El número total de habitantes con estos diagnósticos ascendía a 33.680 de los cuales el 64.6% eran mujeres y eran estas las que más probabilidad tenían de sufrir estos problemas. La prevalencia obtenida de personas diagnosticadas en el territorio estudiado fue del 24,4% para mujeres, frente al 13,1% de hombres. Estas cifras son similares a las que se han observado en otras regiones de España a lo largo de los años, lo que confirma que este es un problema estructural y no un hecho aislado.

En definitiva, el impacto que los contextos sociales, culturales y políticos tienen sobre la salud de quienes se ven envueltos en ella es evidente y se hace imprescindible ahondar en su comprensión, desde un enfoque interseccional de género, para promocionar políticas equitativas y programas de prevención y atención a la salud mental realistas y efectivos.

Hablemos de gordofobia

Hablemos de gordofobia

Jara Agudo Abad

4 de marzo de 2025

El 4 de marzo, Día Mundial de la Obesidad, debemos visibilizar todo el sufrimiento que hay en torno a ella. Las personas con obesidad (personas gordas) sufrimos una fuerte discriminación social, juicios morales sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas, bullying, violencia gratuita, violencia social, familiar, médica, institucional, etc. A todo el mundo se le llena la boca hablando de salud, mientras el discurso utilizado muestra que lo que preocupa realmente no es nuestra salud, sino nuestros cuerpos, que existen al margen de lo establecido.

 

Cuando vemos una persona gorda, inevitablemente nos vienen a la cabeza varias cosas, os pongo algunos ejemplos: “no se cuida”, “no se mueve”, “no tendrá pareja”, “no lleva una vida sana”, “no tiene fuerza de voluntad”, “no debería llevar esa prenda tan ajustada”, “va a reventar esa silla”. ¿Os suena? La mayoría son juicios sobre el estilo de vida de dicha persona, que damos por hecho a pesar de no saber nada de ella. Otros pueden ser para convertirla en objeto de burlas, chistes o vejaciones. Desde luego, rara vez nos pasa por la cabeza nada que no tenga que ver con su peso, su volumen o con la total ausencia de todos los hábitos saludables que se nos ocurran. Esto es nuestra gordofobia gritando a pleno pulmón.

 

La gordofobia es el odio, rechazo y violencia que sufren las personas gordas por el simple hecho de serlo. Es una discriminación estructural y sistemática, completamente aceptada y normalizada a nivel social. Es algo que como sociedad llevamos muy dentro y que hemos de visibilizar y trabajar, para poder empezar a hablar de salud en las personas con obesidad.

 

¿Cuántas veces te has reído con un meme de gordos? Pocas veces pensamos que quién recibe esas vejaciones es una persona con sentimientos, es como si estar gordo diera derecho a la gente a reírse de ti, a comentar tu cuerpo o tu salud; como si existir en esta sociedad gordófoba no fuera ya suficiente castigo.

 

Tristemente, donde la gordofobia azuza más fuerte es en los espacios que deberían ser seguros para todo el mundo, tales como la consulta del médico, el colegio o el seno de la propia familia. En muchas ocasiones quien es gordo, lo es desde la infancia, y crece con esta realidad, aprendiendo que el mundo es un sitio hostil, que su cuerpo no está bien, lo que desemboca, en el mejor de los casos, en una baja autoestima y, en el peor, en graves trastornos mentales.

 

Recordemos que la obesidad no es una enfermedad, sino un factor de riesgo para algunas patologías, igual que es factor de riesgo el sedentarismo para la enfermedad cardiaca o el tabaco para el cáncer de pulmón. Nadie muere de obesidad, la obesidad no mata. Lo que sí puede terminar en muerte es la gordofobia. La gordofobia es la culpable de los Trastornos de Conducta Alimentaria, que afectan a unas 400.000 personas en España (300.000 entre 12 y 24 años) y que, además de una tasa de mortalidad del 6%, tiene un alto riesgo de suicidio (31 veces mayor en la anorexia nerviosa).

 

Por ello, me sumo al activismo gordo que, desde 2022, reivindica renombrar el Día Mundial de la Obesidad como el Día Mundial Contra la Gordofobia. Impulsemos entre todos un cambio en el punto de mira, una mejora real en nuestra salud física y, sobre todo, mental. Dejemos de comentar los cuerpos ajenos, aceptemos la diversidad corporal. Reivindiquemos que se castigue la discriminación que sufrimos las personas gordas solamente por existir y trabajemos para que desaparezca el estigma que tanto pesa sobre nuestros cuerpos y se nos empiece a tratar como lo que somos: personas. Rompamos los moldes y empecemos a construir un mundo en el que poder vivir con auténtica normalidad, en el que nuestros cuerpos tengan cabida, donde el canon estético no nos oprima, en el que podamos movernos libremente sin miedo al rechazo.

En primera persona: Mi vida con un implante auditivo

En primera persona: Mi vida con un implante auditivo

Teresa Romero Blasco

25 de febrero de 2025

Lo recuerdo perfectamente. Una tarde, cuando tenía 20 años y un trabajo muy estresante, me sobrevino un zumbido muy fuerte en el oído derecho y una sordera casi total. Horas más tarde, unos vértigos me impedían levantarme de la cama. Todo me daba vueltas y vomitaba sin parar. Finalmente, me ingresaron en urgencias y, después de una semana, aunque los vértigos desparecieron, la sordera y los acúfenos pasaron a formar parte de mi vida junto a un diagnóstico: síndrome de Meniere.

 

A partir de ese momento, todo fue diferente. Apenas podía oír nada por el oído derecho y un rosario de ruidos extraños no me dejaban vivir tranquila. Aunque poco a poco me fui adaptando a la nueva situación, los vértigos seguían haciendo acto de presencia y fue muy complicado acostumbrarse a la incertidumbre de no saber cuándo aparecerían. Además, después de cada episodio de vértigos, le seguía una pérdida de audición.

 

Para mejorar esta situación recurrí al uso de audífonos, que paliaron durante un tiempo el problema, hasta que la pérdida progresiva hizo mella y su utilización era en vano.

La especialista en otorrinolaringología que me atendía me propuso someterme a un estudio para valorar la realización de un implante osteointegrado. Durante el proceso, algunas de las pruebas consistían en comprobar si tenía buena conducción ósea, ya que el implante –un tornillo de titanio– se inserta en el cráneo, junto a la oreja, al que se acopla un procesador/amplificador digital, que transforma y modifica el sonido, y un vibrador conectado al amplificador, lo que hace que a la salida se produzcan vibraciones en lugar de sonido audible. Estas vibraciones, aplicadas al hueso mastoides (situado por detrás del pabellón auditivo), se transmiten fácilmente al oído interno. De esta forma, es posible conseguir una audición adecuada.

 

La intervención fue rápida. Además, solo estuve una noche ingresada. Pasado un mes, más o menos, y una vez cicatrizado y asentado el implante, los sanitarios me proporcionaron el procesador y me explican su colocación. A mi juicio, el manejo no resulta complicado.

 

Recuerdo la emoción que tuve cuando lo noté funcionar por primera vez. Volver a oír es una sensación increíble. Al salir a la calle, acostumbrada a oír tan poco, todos los sonidos me asustaban: las bocinas de los coches, las ambulancias, el tráfico, las conversaciones de la gente, etc.

 

Después de colocar el implante, es preciso un periodo de ajuste del procesador, siempre según las necesidades de cada persona. El aparato también permite que el usuario realice algunos cambios de los parámetros, lo que sin duda facilita que, en pocos días, la adaptación sea perfecta y se tenga la sensación de no poder prescindir de él. De hecho, yo lo utilizo diariamente, unas 16 horas al día. La conexión al teléfono, vía Bluetooth, me permite poder hablar por teléfono sin necesidad de utilizar auriculares y que el sonido viaje directamente a mi cabeza, ¡¡es increíble como se escucha!!

 

Recuerdo que, los gastos asociados al primer procesador, fueron cubiertos íntegramente por la seguridad social. También la intervención, revisiones y todo el mantenimiento. Hace poco tiempo, el Gobierno de Aragón ha publicado un Decreto que aprueba la financiación de una gran parte de los siguientes procesadores que una persona puede precisar.

 

Mi experiencia personal, después de ser portadora del procesador durante ocho años, es extraordinaria. Quizá puede tener algunos inconvenientes, pero son pocos: no se puede mojar, no se puede llevar casco, hay que cuidarlo mucho. En cualquier caso, recobrar la audición ha sido maravilloso. Yo no podría vivir sin él.

Ni responsable ni seguro

Ni responsable ni seguro

Itxaso Cabrera Gil

17 Febrero 2025

Sería incomprensible que las grandes tabacaleras llamaran a la población general a consumir tabaco bajo el lema Fumar es parcialmente saludable. Sería de nuevo habitual que aquel inhalar de humo, años después de superarlo, se volviera a vender como la seducción y el atractivo al que las películas de gánster nos tenían acostumbradas.

Sería incomprensible que las grandes empresas de alcohol llamaran a la población general a consumir sus productos bajo el lema Beber es algo saludable. Sería cuanto menos extraño que aquella copa en mano tintineante, años después de superarlo, se volviera a vender como el poder y el descontrol de las escenas más ochenteras.

Sería y es incomprensible que, como droga legal, el juego y las apuestas, público y privado, hayan quedado fuera del combo de lo irreal, de lo irracional y de lo sumamente poco común para la población general. Arrasa todavía lo de Juega responsablemente, juega bien. Hoy, la certeza es que nadie puede jugar responsablemente ni apostar de manera segura, por mucho que se empeñen quienes intentan llenarse sus bolsillos con la salud de otras personas. Del mismo modo que no es saludable para nadie una copita de vino, un vermú cada mañana, un purito en las bodas o un cigarro al terminar; el rasca, la máquina o la ruleta no son más que un ‘sacapastas’, un ‘sacavidas’ y un ‘arruinasalud’.

Sería y es incomprensible educar a los menores a fumar y beber para que de adultos pudieran desarrollar su vida como fumadores y bebedores acostumbrados a tal práctica. Cuestión acomodada lo está siendo en las apuestas donde mediante tácticas de poco control y de ‘quitarle hierro al asunto’, de cajas botín y sus variantes, las empresas educan a menores eliminando la barrera entre el deporte y el juego de apuestas, entre las máquinas y el ocio para así cuando esta población, ahora cambiante, en formación, en desarrollo, cuando alcance la mayoría de edad crea, piense y considere que su tiempo libre encuentra, erróneamente, su vida enganchada en una pantalla con beneficios que solo les llevará a dejarse su dinero, su vida social, su educación y, con todo ello, su salud mental.

En Aragón, durante el año 2023, las cantidades apostadas ascienden a 54.343.744,96 € siendo el beneficio empresarial superior a los 11,6 millones de euros. Solo el Sector del juego aragonés debe pagar 46 millones de euros al año en impuestos, cifras que reflejan la magnitud de sus ganancias a costa de generar un problema de salud pública como es el trastorno de juego.

Ante todos estos macrodatos que pueden encontrarse desagregados en los Informes pertinentes de las Instituciones públicas, cabe señalar el aumento, algo positivo, del Registro de Personas Autoprohibidas al Juego (REJUP) que actúa como necesario parche ante una industria depredadora de la salud de la población. En un sistema que prioriza el lucro por encima del bienestar de las personas, la autoprohibición se presenta como una solución parcial a un problema estructural de salud pública. Esta herramienta necesaria, pertinente, que logra limitar el propio acceso de quienes sufren tal adicción a los locales de apuestas, refleja la gravedad de un fenómeno que afecta de manera desproporcionada a las clases populares y a quienes ya enfrentan situaciones de vulnerabilidad. Aunque el registro es útil para quienes buscan romper con la adicción, no deja de ser una respuesta insuficiente frente a una industria diseñada para explotar las debilidades humanas y maximizar, como muestran año a año, sus ganancias. La existencia misma del REJUP es un síntoma de un Estado que ha delegado la protección de las personas en medidas individuales, mientras permite que las empresas del juego y las apuestas sigan expandiéndose sin freno, sobre todo en barrios populares, en las habitaciones de adolescentes o en las vidas de adultos en soledad. Este parche no aborda las causas profundas de lo que comúnmente conocemos como ludopatía, que radican en la falta de regulación, la omnipresente publicidad del juego pese a los avances legislativos y la precariedad económica que empuja a muchos a buscar soluciones desesperadas. Combatir la adicción con el juego y las apuestas requiere voluntad política y social: desde limitar drásticamente la presencia de estos locales hasta prohibir su publicidad y ofrecer alternativas reales de ocio y divertimento en cada ciudad, en cada pueblo. La autoprohibición es un acto valiente de quienes buscan salvarse de aquellas garras de la industria del juego y las apuestas, pero no debería ser el único recurso en una sociedad que se dice justa ante un arca económica para unos pocos irresponsables e insegura para el resto.

El juego, y las apuestas, no es ni seguro ni responsable, supone un problema de salud pública, se arranca como mecanismo de vía de escape para las dificultades a las que la sociedad actual se enfrenta, desde la incertidumbre emancipadora de jóvenes y no tan jóvenes. Solo queda la vía de lo social, la red de apoyo, la desestigmatización de la salud mental desde la rutina hasta lo institucional, el posicionar al individuo en el centro, el dejar de salvar a empresarios, sectores y ‘chupópteros’ de la salud para, con todas las herramientas, medios y leyes poner siempre, de una vez por todas, de forma segura y responsable la salud.

Mitos y Bulos del Cáncer Infantil

Mitos y Bulos del Cáncer Infantil

Gabriel Tirado Anglés y Mariano Dieste Marcial

15 febrero 2025

Treinta y seis años han pasado ya desde que un grupo de familias afectadas creó Aspanoa, la asociación que ayuda a los niños con cáncer en Aragón. Fueron tiempos muy complicados. Los padres fundadores nos cuentan que tenían que soportar comentarios como que algo malo habrían hecho ellos para que sus hijos tuvieran cáncer, como si el desarrollo de esta enfermedad viniera determinado por un castigo divino derivado de unos supuestos pecados previos.

Por fortuna, la sensibilización realizada estos años y una mayor formación científica de la sociedad han eliminado una parte importante de estos bulos. Pero continúan circulando muchos mitos, malentendidos y generalizaciones incorrectas que conviene seguir desmintiendo. Veamos algunos de ellos:

  • El cáncer infantil cada día es más frecuente. A diferencia del cáncer de adultos, cuya incidencia está aumentando por un diagnóstico más temprano y el envejecimiento de la población, en el caso pediátrico se ha mantenido estable en las últimas décadas, con aproximadamente 1.000 casos nuevos cada año en España en edades comprendidas entre los 0 y los 14 años. Por fortuna, esto convierte al cáncer infantil en una patología poco frecuente, que de hecho está considerada como enfermedad rara.

 

  • El cáncer infantil es hereditario. Otra afirmación errónea. Los últimos estudios concluyen que solo el 8,5% de los pacientes oncológicos pediátricos tienen presencia de factores genéticos predisponentes al cáncer. Es decir, la ciencia aún no ha logrado determinar las causas exactas por las que se producen la mayoría de los cánceres infantiles y, por tanto, en la actualidad no se pueden prevenir.

 

  • El consumo de azúcar y alimentos ultraprocesados es causante del cáncer infantil. Está demostrado que llevar una alimentación saludable es clave para evitar el desarrollo de ciertos tipos de cáncer y otras enfermedades. No obstante, en el caso de los niños, no se ha comprobado hasta el momento que una dieta con mucho azúcar o comida basura influya en que sea más probable su desarrollo.

 

  • Las ondas de los móviles y las wifis producen cáncer infantil. Este es un bulo extendido porque simplifica la respuesta a una pregunta mucho más compleja: ¿cómo es posible que un niño tenga cáncer? Sin embargo, hoy por hoy no hay ninguna evidencia de que estas ondas produzcan cáncer. De hecho, esta enfermedad ya existía antes de que los móviles y las wifis llegaran a nuestras vidas.

 

  • Todos los niños con cáncer se curan. La supervivencia del cáncer infantil ha aumentado mucho en las últimas décadas en los países desarrollados, pero continúa siendo la principal causa de muerte por enfermedad en la infancia. En España, la supervivencia alcanza ya el 83% cinco años después del diagnóstico. Esto invita a la esperanza, pero no podemos parar de investigar hasta que todos los niños se curen. Las familias que pierden a un hijo, que por desgracia siguen siendo muchas, son las que más necesitan el apoyo de la sociedad.

 

  • El cáncer infantil se acaba con la enfermedad. A medida que aumenta la supervivencia, nos vamos dando cuenta de cómo esta enfermedad afecta a la calidad de vida de los niños que se curan. Hoy sabemos que el 70% de los supervivientes del cáncer infantil desarrollan secuelas con el paso de los años por la enfermedad que han tenido y los agresivos tratamientos que han recibido para curarse (quimioterapia, radioterapia…). Además, el 30% de estas secuelas son graves, como cardiopatías o el desarrollo de un segundo tumor. Cada vez habrá que destinar más recursos a intentar prevenirlas y a detectarlas y tratarlas precozmente.

 

  • Los niños con cáncer se quedan calvos. Uno de los efectos secundarios más visibles de los tratamientos contra el cáncer es la pérdida de cabello. Pero no todos los niños -ni todos los adultos- se quedan calvos durante las etapas más intensas del tratamiento. Depende del tratamiento administrado, de su duración y cantidad, de las características del pelo del paciente y un largo etcétera. En definitiva, un niño puede tener cáncer y tener pelo. Es algo muy habitual. Asociar a estos pacientes con dicha característica física genera una imagen estereotipada que no se ajusta por completo a la realidad.

 

  • Los niños con cáncer son superhéroes. Durante muchos años, con el fin de dar ánimos tanto a los niños como a las familias, se han utilizado metáforas bélicas como “Alba es una valiente” o “Mario es un superhéroe que va a ganar al bicho”. Sin embargo, el paso del tiempo ha constatado que estas afirmaciones pueden generar estrés en el niño, al sentirse obligado a estar siempre lleno de energía, alegre y “listo para la batalla”. Los niños con cáncer son niños normales y tienen derecho a sentirse frustrados, llorar o expresar su rabia. Son emociones normales, que forman parte intrínseca del ser humano, y que no hay que coartar.

 

Desmentir los mitos asociados a una enfermedad es una de las razones de los días internacionales, en nuestro caso, el 15 de febrero, Día Internacional del Cáncer Infantil. Agradecemos de corazón al Observatorio Contra la Desinformación en Salud que nos haya dado voz en esta tribuna con este fin. Y animamos a toda la sociedad aragonesa a participar en las distintas actividades organizadas por Aspanoa estos días para visibilizar la enfermedad y, sobre todo, para que mostremos nuestro cariño y afecto hacia todos los niños que la sufren.

 

La salud sexual no puede desvincularse de la educación sobre el deseo

La salud sexual no puede desvincularse de la educación sobre el deseo

Ana Belén Subirón Valera

14 febrero 2025

La salud sexual es un pilar fundamental del bienestar humano que, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), requiere un enfoque positivo y respetuoso de la sexualidad y las relaciones sexuales, así como la posibilidad de tener experiencias placenteras y seguras, libres de coacción, discriminación y violencia. A menudo en la educación a jóvenes se aborda de manera reduccionista, centrada únicamente en la prevención de enfermedades y embarazos no planificados. Si bien estos son aspectos cruciales, la educación sexual debe ir más allá y abarcar una comprensión integral del deseo, la intimidad y el placer, elementos esenciales para una vida sexual plena y saludable.

 

El deseo sexual es un componente natural de la experiencia humana. Y para adentrarnos en este concepto, voy a rememorar una situación acontecida en unas jornadas sobre inmigración y salud perinatal hace unos años. En un momento de interacción, se preguntó al auditorio si se podía intentar una penetración sin erección. Se habló de situaciones en las que, por diversas razones, puede darse falta de erección debido a una falta de deseo. Lo imposible y embarazoso que puede resultar intentar una penetración sin erección, y de inmediato surgieron algunas risas en el auditorio. Parecía un tema divertido, un episodio incómodo del que se podía bromear. Pero entonces se pidió que imagináramos la misma situación, pero esta vez aplicada a una penetración en una mujer sin deseo. En ese momento, las risas se desvanecieron y hubo un silencio que resultó revelador.

 

El deseo sexual es “el comienzo” y nos lleva a la importancia del consentimiento y la autonomía en cualquier persona, sin importar su género. La desinformación sobre el deseo en muchas ocasiones genera confusión, culpa y frustración en muchas personas, lo que puede derivar en problemas emocionales y dificultades en las relaciones interpersonales. Por ello, es esencial que la educación sexual incluya contenidos sobre el deseo, ayudando a las personas a comprender sus propias necesidades y a expresarlas de manera saludable y consensuada.

 

Uno de los grandes problemas en torno a la educación sobre el deseo es la persistencia de mitos y estereotipos que afectan a las personas de manera diferenciada. En ocasiones, se asocia con virilidad y dominación, y otras se minimiza o reprime el propio deseo sexual. Este enfoque desigual contribuye a dinámicas de poder poco equitativas en las relaciones. Es fundamental que desde la educación sexual se adopte un enfoque inclusivo y basado en la evidencia. Esto implica hablar abiertamente sobre la diversidad del deseo, para conocer y reconocer que puede fluctuar a lo largo del tiempo y que está influenciado por múltiples factores biológicos y psicológicos, como la salud mental, el estrés y las relaciones personales. Además, se debe enfatizar la importancia del consentimiento y la comunicación en la vida sexual, elementos clave para garantizar experiencias satisfactorias y respetuosas.

 

La educación sobre el deseo no solo beneficia la vida personal de los individuos, sino que también tiene un impacto positivo en la sociedad. Un conocimiento sólido sobre la sexualidad contribuye a reducir la violencia de género, fomentar relaciones más equitativas y desmantelar tabúes que perpetúan la ignorancia y la vergüenza. Asimismo, permite que las personas desarrollen una autoestima saludable y aprendan a establecer límites y expectativas realistas en sus relaciones.

 

La salud sexual no puede desvincularse de la educación sobre el deseo. Esto permitirá que las personas desarrollen una autoestima saludable y aprendan a establecer límites y expectativas realistas en sus relaciones. Si bien se han logrado avances en algunos contextos, la implementación de programas de educación sexual que aborden el deseo desde una perspectiva integral sigue siendo un desafío. Es necesario que las instituciones, los profesionales de la salud y la sociedad en su conjunto adopten una visión más libre, inclusiva, equitativa y respetuosa de la diversidad sexual y afectiva.