Anticoncepción más allá de la píldora: Libertad, eficacia y la barrera como aliada permanente

Anticoncepción más allá de la píldora: Libertad, eficacia y la barrera como aliada permanente

María Susana Lafuente Pardos

20 de septiembre de 2025

La anticoncepción es un recurso fundamental en la salud reproductiva. Existen múltiples métodos para prevenir embarazos, pero no todos ofrecen la misma protección frente a las infecciones de transmisión sexual (ITS). Por eso, a la hora de elegir, no basta con pensar solo en la eficacia anticonceptiva: la barrera física, especialmente el preservativo, ocupa un lugar clave en la prevención global.

 

Métodos hormonales

 

Los métodos hormonales actúan principalmente inhibiendo la ovulación, modificando el moco cervical y alterando el endometrio. Sus principales opciones son:

 

Píldora combinada: contiene estrógeno y gestágeno, y se debe tomar diariamente. Ofrece gran eficacia si se sigue de forma correcta.

 

Minipíldora: solo contiene gestágeno. Indicada en lactancia y en mujeres con contraindicación para estrógenos. Requiere horarios muy estrictos.

 

Anillo vaginal: colocado en la vagina durante tres semanas, libera hormonas de forma continua y se retira una semana para inducir el sangrado.

 

Parche transdérmico: se debe cambiar semanalmente y libera hormonas a través de la piel.

 

Inyecciones intramusculares: administradas cada 1–3 meses, evitan la toma frecuente.

 

Implante subdérmico: pequeño cilindro bajo la piel del brazo, con una duración eficaz de 3 a 5 años.

 

DIU hormonal: dispositivo colocado en el útero, libera gestágeno localmente, reduce sangrado y puede permanecer activo entre 3 y 7 años.

 

Métodos no hormonales

 

DIU de cobre: crea un ambiente hostil para la fecundación. No altera el ciclo natural y dura hasta 10 años.

 

Método de amenorrea de la lactancia (MELA): basado en la lactancia exclusiva como inhibidor de la ovulación. Puede ser útil hasta los 6 meses posparto, siempre que la menstruación no haya reaparecido. Su eficacia es limitada y disminuye si las tomas no son exclusivas.

 

Esponjas vaginales: impregnadas con espermicida, se colocan antes de la relación. Menor eficacia en mujeres multíparas.

 

Espermicidas: cremas, geles o supositorios que inactivan espermatozoides. Requieren aplicación previa a cada relación y suelen combinarse con otro método.

 

Métodos de barrera: el pilar central

 

Aquí es donde debemos detenernos. Los métodos de barrera —preservativo masculino y femenino— son los únicos que protegen frente a las ITS, además de ser anticonceptivos eficaces si se utilizan de manera correcta y constante.

 

El preservativo masculino es el más difundido: económico, accesible y de uso sencillo. El preservativo femenino, menos conocido, se coloca en la vagina antes de la relación y también ofrece una protección eficaz. Ambos son métodos reversibles, sin efectos secundarios sistémicos y compatibles con cualquier otra estrategia anticonceptiva.

 

La Sociedad Española de Contracepción (SEC) recomienda el uso del doble método en muchas situaciones: combinar un anticonceptivo hormonal o un DIU con el preservativo. Esta estrategia permite disfrutar de la alta eficacia anticonceptiva de los métodos hormonales o intrauterinos, sumando la seguridad frente a infecciones que solo la barrera puede garantizar.

 

El mensaje clave es claro: sin preservativo no hay prevención de ITS, y el riesgo de transmisión está presente incluso en relaciones esporádicas o dentro de la pareja si no se ha descartado la infección mediante pruebas médicas.

 

El índice de Pearl: cómo se mide la eficacia

 

Cuando hablamos de eficacia anticonceptiva, se utiliza habitualmente el índice de Pearl. Este indicador estima cuántos embarazos ocurren por cada 100 mujeres que utilizan correctamente un método determinado durante un año. Cuanto más bajo es el índice, mayor es la eficacia.

 

Por ejemplo:

 

Métodos como el implante subdérmico, el DIU (hormonal o de cobre) o la esterilización tienen índices de Pearl inferiores a 1, lo que significa una eficacia muy alta.

 

Los anticonceptivos orales combinados, el parche o el anillo vaginal también muestran una alta eficacia, aunque pueden aumentar su índice de fallo si no se utilizan correctamente (olvidos, retrasos en la toma, mal uso).

 

Los preservativos tienen un índice algo mayor (alrededor de 2–15 según uso correcto o no), pero son insustituibles para la prevención de ITS.

 

Conocer el índice de Pearl ayuda a situar cada método en la práctica real y a comprender que la elección debe balancear eficacia, seguridad, accesibilidad y protección integral de la salud.

 

Beneficios y riesgos de los anticonceptivos hormonales

 

Los anticonceptivos hormonales, además de prevenir embarazos, aportan beneficios adicionales:

  • Reducen sangrado excesivo y dolor menstrual.
  • Mejoran síntomas de síndrome de ovario poliquístico y endometriosis.
  • Pueden disminuir el acné.
  • Reducen el riesgo de cáncer de ovario y endometrio.

 

No obstante, presentan contraindicaciones como ciertos casos trombosis, migraña con aura, hipertensión no controlada, hepatopatías graves o cáncer dependiente de hormonas. También pueden generar efectos secundarios como alteraciones del ánimo, disminución de la libido o sangrados irregulares.

 

La mejor opción anticonceptiva nace de una decisión informada

 

En definitiva, la anticoncepción no se reduce a elegir entre un método u otro. La edad, las condiciones médicas previas, el estilo de vida y las preferencias serán los criterios que usaremos para tomar la elección más eficaz y cómoda en cada caso. El abanico es amplio y cada método tiene unas indicaciones y ventajas. Además, los métodos de barrera siguen siendo la pieza clave, y son imprescindibles en prevención de infecciones de transmisión sexual.

 

El doble método, recomendado por la SEC, resume bien la estrategia más segura: método eficaz contra el embarazo + preservativo para proteger la salud sexual integral.

 

La decisión ideal es aquella que combina información, valoración clínica individualizada y el acompañamiento profesional. Así, cada mujer puede elegir lo que mejor se adapta a su cuerpo, a su vida y a su momento vital, con libertad y seguridad.

This work is licensed under Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International

 

Consentir, cuidar, disfrutar: así es la salud sexual

Consentir, cuidar, disfrutar: así es la salud sexual

Piedad Gómez Torres

4 de septiembre de 2025

Cada 4 de septiembre mucha gente habla de salud sexual. Suena grande, pero va de lo cotidiano: cómo nos sentimos con nuestro cuerpo, cómo nos relacionamos, cómo decidimos, cómo nos cuidamos. No es solo un “tema de adultos”: es parte de la vida, en todas las etapas. Aquí va una explicación sin sermones y con foco en lo útil.

¿Qué es “salud sexual”?

 

Es bienestar, no solo “no tener una infección” o “evitar un embarazo”. La sexualidad no es un examen. Es un proceso: cambian los gustos, cambian las dudas, cambia lo que necesitas. Por eso se habla de aprendizaje a lo largo de la vida y de un enfoque positivo y respetuoso, que permita experiencias placenteras y seguras, libres de coerción y discriminación. Incluye cuatro piezas conectadas:

  • Física: conocer el propio cuerpo, los cambios de la pubertad, la anticoncepción, las infecciones de transmisión sexual (ITS), las vacunas que nos protegen (como VPH o hepatitis B) y el acceso a atención cuando hace falta.
  • Emocional y mental: cómo te ves, qué te gusta o no te gusta, cómo manejas nervios, presión o vergüenza; qué te hace sentir seguro/a.
  • Social: cómo te relacionas con otras personas, cómo se acuerdan límites, qué expectativas circulan en tu grupo y en internet.
  • Derechos: poder decidir libremente sobre tu vida sexual, con información fiable y sin discriminación.

 

Piezas clave para una salud sexual integral

 

  1. Consentimiento. Es el punto de partida. Consiste en un acuerdo explícito y libre entre quienes participan. No vale la presión, el silencio incómodo ni el “bueno…”. Es reversible: decir “sí” no obliga para siempre; se puede parar cuando algo deja de cuadrar.
  2. Prevención y reducción de riesgos. Hay herramientas para bajar riesgos: condón, barreras bucales, pruebas de ITS, anticoncepción según necesidades, y, en algunos casos indicados por personal sanitario, profilaxis frente al VIH (PEP – después de una exposición: ideal cuanto antes y hasta 72 horas / PrEP – antes, como opción adicional para quien la elija). No existe el riesgo cero, pero sí existen decisiones informadas.
  3. Placer y bienestar. La salud sexual también tiene que ver con el disfrute y la intimidad. Hablar de lo que gusta, de lo que incomoda, de ritmos y expectativas, ayuda a que la experiencia sea mejor y más segura.
  4. Diversidad. Orientaciones (hetero, bi, gay, asexual, etc.), identidades de género (cis, trans, no binarias, etc.) y cuerpos diversos forman parte de la realidad humana. Conocer esta diversidad reduce dudas y miedos y mejora el acceso a cuidados.
  5. Relaciones y comunicación. Poner en palabras límites, deseos y miedos evita malentendidos. Frases como “¿te apetece…?”, “prefiero esto así”, “hasta aquí” son herramientas de cuidado.
  6. Entorno digital. La vida también pasa por el móvil: sexting, redes, chats. El consentimiento se aplica igual en pantalla que fuera de ella. Compartir una imagen íntima implica riesgos de reenvío o captura; entender privacidad, huella digital y opciones de denuncia es parte del kit de seguridad.
  7. Violencias y seguridad. Existen situaciones como coacciones, chantaje, grooming o difusión no consentida de imágenes. Aprender a identificarlas temprano y saber a dónde acudir acelera la ayuda.
  8. Salud mental. Autoestima, ansiedad, imagen corporal… Todo esto influye en la vida sexual. Pedir apoyo psicológico cuando algo pesa no es “exagerar”: es cuidarse.
  9. Acceso a servicios. Centros de salud, recursos juveniles, líneas de ayuda y profesionales formados son clave. La atención debe ser confidencial y respetuosa, si no es así, pide otro/a profesional.

 

Enfoques para hablar de la salud sexual que se complementan (con mirada positiva)

No hay un único “modelo correcto”. Diferentes miradas aportan piezas distintas. Hablar de salud sexual en clave positiva significa centrarse en el bienestar, el consentimiento, el placer, la diversidad y los derechos. No se trata de asustar, sino de dar información útil para decidir.

  1. Biomédico. Este enfoque aporta herramientas concretas: anticoncepción según preferencias, condón como aliado, pruebas de ITS y vacunas. La clave está en presentar opciones y acompañar la elección pensando también en comodidad y disfrute, no solo en “evitar problemas”.

 

  1. Mira emociones, autoestima y habilidades para la vida. Entrena a pedir y dar consentimiento, a poner límites y a comunicar deseos. Sirve para entender por qué a veces cuesta decir “no” o pedir lo que necesitas, y para practicar cómo hacerlo sin vergüenza.

 

  1. Educación Sexual Integral. Propone aprender de forma continua y con participación real del alumnado. Incluye cuerpo, afectos, género, placer, prevención y vida digital (privacidad, consentimiento en imágenes). No ordena “cómo debe ser” la sexualidad: ofrece herramientas para decidir mejor.

 

  1. Derechos humanos. Recuerda que la sexualidad se vive con dignidad: confidencialidad, trato respetuoso y acceso a servicios sin discriminación, también en la adolescencia. Las decisiones deben ser libres e informadas, incluyendo el “no” y el “ahora no”.

 

  1. Género. Revisa cómo los estereotipos (“ellos siempre quieren”, “ellas deben complacer”) afectan a la seguridad, al placer y a la autonomía. Promueve relaciones más justas, donde nadie tenga que ceder por presión.

 

  1. Reconoce que las creencias y costumbres influyen. La idea es dialogar, adaptar lenguaje y ejemplos, sumar a las familias cuando toque… sin ceder en derechos básicos ni justificar violencias.

 

  1. Reducción de daños. Si hay conductas con riesgo, se puede bajar la probabilidad de daño: uso correcto del condón, testeo regular, acuerdos en pareja, consumo responsable si hay alcohol y, cuando corresponda por indicación profesional. También aplica online: cuidar la privacidad y el consentimiento en imágenes.

 

  1. Informado por trauma. Algunas personas han vivido situaciones difíciles. Este enfoque prioriza seguridad y control: explicar cada paso en consulta, pedir permiso antes de explorar, ofrecer alternativas y nunca presionar para contar más de lo que se quiere.

 

  1. Ciclo de vida y modelo socioecológico. Lo que necesita alguien de 13 años no es igual que a los 17. Además, no todo depende de “ponerse las pilas”: influyen la familia, la escuela, el barrio y las normas. Por eso conviene coordinar apoyos y horarios accesibles.

Checklist exprés de enfoque positivo Habla de bienestar y placer (no solo de riesgos), incluye consentimiento claro y reversible, ofrece varias opciones sin juicios, usa ejemplos diversos, dice dónde acudir, propone habilidades prácticas (comunicación, negociación, cuidado online) y reconoce barreras reales de acceso. Pequeños cambios de mensaje:

  • En vez de “evita el sexting” → “Si decides compartir, hazlo con herramientas para proteger tu privacidad.”
  • En vez de “no tengas relaciones sin condón” → “El condón te cuida y te da tranquilidad.”
  • En vez de “piensa mejor” → “Decide a tu ritmo: puedes decir que sí, que no o parar.”

 

Señales de que vas por buen camino

  • Tomar decisiones con calma y sin presiones externas.
  • Sentirte capaz de pedir y dar consentimiento de forma clara.
  • Tener información para escoger métodos y saber dónde hacerte pruebas.
  • Poder hablar de límites y deseos sin miedo.
  • Identificar recursos cercanos (profesionales, centros, líneas de ayuda).
  • Pedir apoyo si algo te preocupa o te hace daño.

 

Ideas para llevarte hoy

  • La salud sexual no es solo evitar riesgos: también es conocimiento, consentimiento, placer y respeto.
  • La diversidad existe; reconocerla y contar con ella mejora el bienestar de todas las personas.
  • En internet también hay límites y consentimiento.
  • Hacerte preguntas, informarte y pedir ayuda es una forma concreta de cuidarte.

Hablar de salud sexual y sexualidad con claridad no “provoca” nada por sí mismo: protege, informa y abre opciones. El Día Mundial de la Salud Sexual es una buena excusa para empezar, seguir preguntando y decidir con más seguridad.

La infertilidad; Una epidemia silenciosa y silenciada

La infertilidad; Una epidemia silenciosa y silenciada

Laura Lasso-Olayo
4 de junio de 2025

Cada año, el día 4 de junio, se celebra el Día Mundial de la Fertilidad. Algunos objetivos de esta celebración son generar conciencia sobre los problemas de infertilidad, reducir el estigma que existe y visibilizar la infertilidad como un problema de Salud Pública que afecta tanto a hombres como a mujeres.

 

Según el último informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS), el 17,5% de la población adulta mundial, es decir, una de cada seis personas, padece infertilidad en algún momento de su vida. A pesar de ser un problema muy frecuente, muchas personas viven este problema en silencio, debido a la vergüenza que sienten y al estigma social que existe.

 

Son muchas las causas que pueden generar infertilidad. En las mujeres, entre las causas más comunes se encuentran los problemas en la ovulación que se pueden dar, por ejemplo, en el síndrome de ovario poliquístico (SOP) o en la insuficiencia ovárica prematura. Además, existen otras causas como la endometriosis, obstrucciones en las trompas de Falopio o condiciones uterinas como malformaciones que pueden llevar a infertilidad. En los hombres, los problemas de infertilidad se suelen relacionar con la calidad y la producción del esperma. De este modo, la astenozoospermia (movilidad deficiente de los espermatozoides) y la oligospermia (cantidad deficiente de espermatozoides) se presentan como fenómenos comunes. Otros factores como problemas hormonales, infecciones o varicocele pueden también influir.

 

Además, factores como la alimentación, la edad y el estilo de vida pueden afectar en ambos sexos a la fertilidad. Llevar a cabo una alimentación saludable,  realizar ejercicio físico, reducir el estrés, mantener un peso saludable y evitar sustancias nocivas como el alcohol y el tabaco, puede aumentar las probabilidades de concepción de manera natural y mejorar los resultados de los tratamientos de fertilidad.

 

Socialmente, existen muchos mitos en torno a la infertilidad, que se van transmitiendo de generación en generación y pueden afectar a nuestro imaginario colectivo. Uno de ellos, es pensar que nuestra fertilidad es infinita, o dicho de otro modo “que los 40 son los nuevos 30”. Biológicamente hablando, en muchas ocasiones las dificultades para concebir a esta edad se vuelven patentes. Más allá de los 35 años las posibilidades de embarazo disminuyen drásticamente y muchas mujeres, a partir de cierta edad tienen que recurrir a técnicas de reproducción asistida, pudiendo, en ocasiones, ser necesarios los óvulos de una donante, técnica conocida como ovodonación. Aunque en menor medida que la edad materna, la edad de los hombres también va a influir en la fertilidad.

 

Otro mito muy extendido es que la infertilidad es únicamente cosa de mujeres, sin embargo, el porcentaje de infertilidad por factor masculino y factor femenino se encuentran equiparados en torno a un 30-35%. Entre el 20-30% correspondería a factores que conciernen a ambos y el 10% restante representa los casos de infertilidad de origen desconocido.

 

Una creencia bastante habitual es que si ya tienes hijos no puedes ser infértil, sin embargo, se da en muchas ocasiones una condición conocida como infertilidad secundaria que consiste en la aparición de infertilidad cuando se tienen hijos previos. Es muy frecuente que una mujer haya tenido hijos, por ejemplo, antes de los 30, habiendo conseguido relativamente pronto el embarazo, y al volver a querer ser madre a los cuarenta, encontrar muchas dificultades para concebir. Aunque la edad tiene un peso importante en muchos casos de infertilidad secundaria, no es la única causa y es importante destacar que existen otras causas como por ejemplo las infecciones de transmisión sexual (ITS) que se hayan podido contraer tras la última gestación.

 

Otro mito que es necesario desterrar es que conseguir el embarazo es un proceso fácil ya que no siempre es así. En cada ciclo menstrual, en una mujer joven y sin problemas de fertilidad, que tiene relaciones en el período ovulatorio, la posibilidad de conseguir una gestación es aproximadamente del 20 al 25%. Este porcentaje disminuye al 15% a partir de los 30 años y se reduce al 3% en mujeres mayores de 38 años.

 

Se recomienda consultar con especialistas si se lleva más de un año intentando concebir sin conseguir embarazo o más de seis meses si se tienen más de 35 años, esto permitirá identificar y tratar problemas de fertilidad de manera temprana.

 

A pesar del gran avance en los últimos tiempos de las técnicas de reproducción asistida, debemos tener en cuenta que no son infalibles; usar una técnica de reproducción asistida no asegura que se vaya a conseguir una gestación. Ni siquiera técnicas como la ovodonación que actualmente es la que mayor tasa de éxito representa, puede asegurar una tasa de embarazo del 100%. Por eso es importante concienciar a la población de que hay periodos óptimos para concebir y la reproducción asistida no siempre va a ser la solución, en ocasiones el embarazo no va a llegar nunca.

 

La OMS destaca que la infertilidad afecta al bienestar mental y psicosocial de las personas, pudiendo causar angustia, estigmatización y dificultades económicas. Asimismo, advierte que los tratamientos existentes son frecuentemente inaccesibles para muchas personas, debido a su alto costo, la limitada disponibilidad y las barreras sociales asociadas.

 

Son necesarias y urgentes políticas públicas que faciliten la maternidad y la conciliación real y de ese modo evitar la infertilidad por causa de edad avanzada. Además, es necesario que estas políticas universalicen y faciliten el acceso a los servicios públicos de reproducción asistida, ya que, en muchas ocasiones, los servicios privados son una puerta a la situación de pobreza que muchas personas adquieren para cumplir su sueño de ser madres y padres.

 

This work is licensed under Creative Commons Attribution-NonCommercial-NoDerivatives 4.0 International

La mirada de los huérfanos del SIDA

La mirada de los huérfanos del SIDA

Ana Belén Subirón Valera
7 de mayo de 2025
A más de cuatro décadas del inicio de la pandemia del VIH/SIDA, aún persisten heridas abiertas que trascienden los síntomas y signos clínicos de esta enfermedad. El drama de los huérfanos del SIDA, un fenómeno que expone, las consecuencias estructurales de una crisis de salud global mal gestionada, especialmente en las regiones más vulnerables del mundo. En este contexto, en mi opinión, el papel de la industria farmacéutica es objeto de debate.

 

Según estimaciones de UNICEF y ONUSIDA, más de 13 millones de niños han quedado huérfanos debido al SIDA, la mayoría en zonas del África subsahariana. No se trata solo de una cifra estadística, sino de vidas concretas marcadas por la orfandad, el estigma y la pobreza. Muchos de estos niños viven en condiciones de extrema precariedad. Algunos terminan bajo el cuidado de familiares, otros en orfanatos, y no pocos en la calle, expuestos a explotación laboral, violencia o tráfico humano. Yo no conozco personalmente a ninguno, pero siento que sí. Los informes de UNICEF tienen eso: se leen con la cabeza, pero me duelen en la tripa.

 

El fenómeno de los huérfanos del SIDA revela cómo las pandemias no solo matan, sino que producen legados intergeneracionales llenos de desigualdad. La pérdida de una figura parental no solo es una tragedia emocional, sino también un desajuste en las redes de seguridad familiar y comunitaria.  Y a veces, cuando el mundo me agota, me da por pensar en las víctimas indirectas. En los retratos rotos que dejan las pandemias. Porque, no nos engañemos: el VIH no solo mata, desarma familias, desmantela futuros y deja una estela de silencio en los países más vulnerables del planeta.

 

En los años 90, las terapias antirretrovirales que permitían vivir con el virus ya existían. Pero su precio era prohibitivamente alto para los países del sur global, superando los 10,000 dólares por paciente al año. La mayoría de las grandes farmacéuticas defendían sus patentes bajo el argumento de proteger la innovación. Pero mientras tanto, millones de personas morían sin acceso a terapias que ya existían. Impensable su acceso en el zulo de una aldea sin agua corriente. La industria farmacéutica alegaba que sin lucro no hay ciencia, sin patentes no hay progreso. Y puede que tengan razón. Pero uno se pregunta: ¿progreso para quién?

 

No fue hasta la presión de ONGs, gobiernos y movimientos sociales —como el Treatment Action Campaign en Sudáfrica— que se logró romper parcialmente ese monopolio a través de licencias obligatorias y producción de genéricos, especialmente en India. Bajaron los precios y en muchos sitios, vivir con VIH dejó de ser un milagro y pasó a ser una rutina…. pero llegamos tarde. Demasiado tarde para millones de personas y demasiado tarde para sus hijos. Me gustaría recomendar un documental, “Fire in the Blood”, que muestra estas historias con una belleza insoportable. Niños africanos que miran a cámara como si entendieran lo que ni nosotros queremos entender: que su pobreza no era casual. Que morir sin tratamiento en un mundo que los tiene, es otra forma de ser asesinado. Y mientras tanto, en otras partes del planeta, se hablaba del “milagro farmacéutico”. Se premiaba la innovación. Se inflaban las acciones. Se celebraban congresos con canapés. La industria salvaba a unos pocos mientras otros muchos no tenían acceso. Pero con clase. Con PowerPoint. Con filantropía corporativa.

 

A lo anterior se puede sumar acusaciones documentadas de ensayos clínicos no éticos realizados por farmacéuticas donde se ha reportado la participación de niños huérfanos, sin consentimiento adecuado ni protección legal. Aunque estos episodios no representan la totalidad del sector, sí exponen la necesidad de mecanismos de regulación más estrictos y transparentes, especialmente en contextos donde las poblaciones vulnerables pueden ser vistas como sujetos de experimentación, antes que como pacientes.

 

Desde una perspectiva científica y bioética, el acceso a los tratamientos antirretrovirales debería ser considerado un derecho humano, no un privilegio. Si bien es cierto que la industria farmacéutica ha sido crucial en el desarrollo de terapias, también es verdad que gran parte de la investigación básica ha sido financiada con dinero público. Por tanto, es legítimo exigir que los frutos de ese conocimiento estén al servicio de toda la humanidad. La salud global debe estar guiada por principios de justicia, equidad y solidaridad.

 

Asimismo, el discurso científico no puede mantenerse neutral frente a las consecuencias sociales de una pandemia. Los huérfanos del SIDA no son solo un «efecto colateral», sino víctimas directas de una estructura global de salud que ha priorizado la rentabilidad sobre la equidad. La pandemia de VIH/SIDA nos está dejando muchas lecciones. Una de ellas es que la innovación sin acceso es una forma de injusticia. En el mundo post-COVID, donde se reabren debates similares sobre propiedad intelectual, vacunas y distribución, conviene no olvidar que millones de niños huérfanos del SIDA siguen pagando el precio de decisiones tomadas en laboratorios, juntas corporativas y tratados comerciales.

 

Para cambiar esta realidad, se requiere más que buenos deseos. Se necesita voluntad política y compromiso de la comunidad científica. También se necesitan modelos alternativos de desarrollo de medicamentos, con acceso abierto, licencias no exclusivas y fondos públicos condicionados. No se trata solo de mirar atrás con indignación, sino de mirar hacia adelante con responsabilidad. Este texto no es una denuncia, ni un panfleto reivindicativo. Es un intento torpe de contar lo que siento cuando observo que el mundo gira más rápido que la justicia. Lo que me pasa cuando veo el futuro en los ojos de un niño huérfano del SIDA y no puedo sostenerle la mirada.

VPH: el virus democrático y la vacuna que nos cuestiona

VPH: el virus democrático y la vacuna que nos cuestiona

Ana Belén Subirón Valera
4 Marzo 2025
En el vasto ecosistema microscópico, hay un intruso que ha aprendido a habitar nuestros cuerpos con una habilidad asombrosa. No emite sonidos ni deja rastros a simple vista y, sin embargo, está allí: el Virus del Papiloma Humano (VPH), un agente infeccioso con una agenda particular. Se introduce en el epitelio escamoso de la piel y las mucosas a través del contacto directo, provocando infecciones que pueden ser transitorias o persistentes. En la mayoría de los casos, la respuesta inmunológica innata y adaptativa elimina el virus sin dejar secuelas. Sin embargo, en ciertos individuos, especialmente aquellos con factores de riesgo, como inmunosupresión o coinfecciones, el VPH puede evadir los mecanismos de defensa y causar lesiones intraepiteliales de alto grado que, en algunos casos, evolucionan a neoplasias malignas.

 

El VPH no discrimina; afecta tanto a hombres como a mujeres, aunque históricamente se ha considerado principalmente una amenaza femenina. Así, en la primera década del siglo XXI, nació la vacuna con un enfoque claro: una promesa de protección para las niñas, un escudo contra el carcinoma cervicouterino. Se diseñó una estrategia epidemiológica basada en la inmunización antes del inicio de la actividad sexual, maximizando la producción de anticuerpos neutralizantes contra las proteínas L1 de la cápside viral. En este contexto, los hombres fueron reducidos a una variable prescindible.

 

Durante años, la vacunación fue vista como un asunto exclusivo de mujeres, no por voluntad propia, sino por la simple y determinante posesión de un útero. Ellas debían protegerse, inmunizarse y asumir la carga de la prevención, como si el virus entendiera de roles, como si los hombres fueran meros figurantes en este drama epidemiológico. ¿Es posible que la biología también tenga sesgos culturales? Esta pregunta permanece suspendida en el aire.

 

Pero la realidad es tozuda y, tarde o temprano, se impone. Una infección persistente por los tipos de alto riesgo del VPH no solo provoca carcinoma de cuello uterino; también está involucrado en la patogénesis de carcinoma orofaríngeo, anal y de pene, neoplasias que han mostrado un aumento significativo en su incidencia en las últimas décadas. En 2019, el VPH causó aproximadamente 620,000 casos de cáncer en mujeres y 70,000 en hombres en el mundo. La literatura científica ha acumulado suficiente evidencia para sostener que la vacunación en ambos sexos no solo protege de manera directa, sino que también reduce la transmisión del virus a nivel poblacional, contribuyendo al fenómeno de la inmunidad de grupo.

 

En España, la vacunación masculina ha sido incorporada de forma gradual. Algunas comunidades, como Aragón, han dado pasos más firmes, incluyendo a los niños en los programas de inmunización desde 2023. Sin embargo, la brecha persiste. Los individuos adultos y ancianos siguen quedando fuera de la estrategia, con la justificación de que la vacuna es más efectiva antes de la exposición al virus. Como si la medicina también fuera una cuestión de justicia, como si el derecho a la prevención tuviera fecha de caducidad.

 

Es cierto que existen ciertas excepciones que incluyen vacunación en individuos hasta los 45 años con condiciones como el síndrome WHIM, infección por VIH, receptores de trasplante de órganos sólidos (TOS) o trasplante de progenitores hematopoyéticos (TPH). Mujeres tratadas por lesiones intraepiteliales de alto grado en el cérvix (H-SIL), donde se recomienda tras el tratamiento de la lesión. Y personas vulnerables por prácticas sexuales de riesgo o en situación de prostitución.

 

La resistencia al cambio, sin embargo, se expresa de diversas maneras. Primero fue la economía: proteger a las mujeres era suficiente para frenar la propagación del virus, se decía. La inmunización masiva de adultos mayores implicaría un alto costo para el sistema de salud, con un beneficio marginal. Luego, un sesgo de género, similar a lo que ocurre con la anticoncepción. Históricamente, la prevención de enfermedades de transmisión sexual y la anticoncepción han recaído de manera desproporcionada en las mujeres. Y finalmente el hábito: las estrategias de salud pública se construyen con el cemento de la costumbre, y desmontarlas es como intentar mover una catedral con una cuchara.

 

El VPH es un virus democrático, pero la vacunación no lo ha sido. Durante años, hemos decidido a quién proteger y a quién no. La historia de esta vacuna es también la historia de nuestros prejuicios, omisiones y de esa costumbre tan humana de mirar solo donde la luz es más conveniente. Pero la biología es obstinada y, al final, siempre encuentra la forma de recordarnos que la salud no es una cuestión de género, sino de equidad.

Mutilación Genital Femenina: un desafío para la equidad en salud y el relativismo cultural

Mutilación Genital Femenina: un desafío para la equidad en salud y el relativismo cultural

Ana Belén Subirón Valera

6 Febrero 2025

Cada 6 de febrero, el mundo celebra el Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina (MGF), un recordatorio de la urgencia de erradicar una práctica que afecta la vida de millones de mujeres y niñas en todo el mundo. Instituido en 2012 por la Asamblea General de las Naciones Unidas, este día busca sensibilizar a la comunidad internacional. Aunque la MGF se asocia principalmente con países de África, también se practica en comunidades de Oriente Medio, Asia y en la diáspora en Europa, Norteamérica y Australia. La migración ha transformado esta tradición de un fenómeno local a uno global, desafiando a los sistemas de salud y a los defensores de los derechos humanos.

La MGF, definida por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como la extirpación parcial o total de los genitales femeninos por razones culturales o no terapéuticas, es considerada una violación de los derechos humanos. Sin embargo, para abordar su erradicación es imprescindible entender la complejidad sociocultural que sostiene esta práctica.

La MGF no es homogénea. Existen cuatro tipos principales, desde la clitoridectomía parcial hasta la infibulación, la más severa, que implica la sutura de la vagina dejando apenas un pequeño orificio. Las consecuencias son devastadoras: infecciones urogenitales, hemorragias, complicaciones obstétricas, traumas psicológicos y, en casos extremos, la muerte.

Pero ¿por qué se perpetúa esta práctica? Las razones varían. En algunas comunidades, se considera un rito de iniciación o un requisito para el reconocimiento social de la niña y su familia. En otras, se realiza para garantizar la castidad femenina, preservar la virginidad o reforzar la fidelidad en el matrimonio. Además, se relaciona con mitos asociados a la higiene, la estética y la buena fertilidad. En muchos países la MGF está legalmente prohibida, pero el reto no es solo legislar, sino cambiar las percepciones culturales que la sustentan. Ya que esta práctica, tiene arraigado un fuerte significado simbólico entre las comunidades que la practican, además de una estructura social que la mantiene.

Relativismo cultural y la protección de los derechos humanos

El debate sobre la MGF no está exento de tensiones. El relativismo cultural sostiene que las prácticas culturales deben respetarse y comprenderse dentro de sus contextos.

Pero también es fundamental cuestionar aquellas tradiciones que perpetúan una mutilación con graves repercusiones para la salud y crean sufrimiento, inequidad y desigualdad. Se nos plantea un dilema ético, y la clave no está solo en imponer valores externos, sino en empoderar a las comunidades para que cuestionen y transformen sus propias prácticas desde adentro.

Educación y empoderamiento: el camino hacia el cambio

El cambio cultural no solo se logra a través de la condena, sino de la educación. Como bien se ha destacado, las soluciones deben ser respetuosas con las particularidades culturales y lideradas por las propias comunidades afectadas. Es aquí donde la educación para la equidad en salud juega un papel fundamental.

Promover el cambio desde las lentes de la libertad, el sentido ontológico, la justicia social, la participación, la salud planetaria y el respeto, son esenciales para desafiar las tradiciones perjudiciales. Organizaciones como el programa conjunto UNFPA-UNICEF han trabajado estableciendo pautas basadas en evidencia para manejar las complicaciones de salud relacionadas con la MGF y sensibilizar a las comunidades sobre sus efectos negativos. De igual manera, la erradicación de la MGF también está alineada con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), en particular con la meta 5.3: eliminar todas las prácticas nocivas, como el matrimonio infantil y la mutilación genital femenina. Este compromiso global reconoce que el desarrollo humano integral solo es posible si se respetan los derechos de las mujeres y niñas.

Sin embargo, la lucha contra la MGF no debe limitarse a las leyes o el establecimiento de metas internacionales. Es crucial abordar las raíces estructurales que perpetúan la desigualdad de género y el control sobre los cuerpos femeninos. En España, por ejemplo, la red estatal “Libres de MGF”, creada en 2019, se ha convertido en un referente. Conformada por entidades, activistas y profesionales, esta red trabaja en la prevención de la MFG y la atención de mujeres afectadas, promoviendo un enfoque de género que evita la estigmatización cultural y fomenta la participación activa de estas comunidades.

Hacia una cultura de la equidad en salud

Deconstruir patrones culturales violentos y construir una cultura equitativa hacia la salud requiere un esfuerzo colectivo y sostenido. Como sociedad global, debemos reconocer que no todas las tradiciones son inofensivas. Respetar la diversidad cultural no significa aceptar prácticas que violan los derechos fundamentales. La MGF es un recordatorio de que el camino hacia la equidad y el respeto por los derechos humanos es largo y complejo. Pero también es una oportunidad para reflexionar sobre cómo construir un mundo donde todas las niñas y mujeres puedan desarrollarse plenamente, libres de violencia y discriminación.

La erradicación de la MGF no solo implica la inexcusable protección de la salud física y psicológica de las mujeres, sino también garantizar su derecho a vivir con dignidad y autonomía en su comunidad. El primer paso hacia ese objetivo es reconocer que el cambio no vendrá de afuera, sino desde las propias sociedades en las que viven estas mujeres. Solo a través del diálogo, la educación en equidad en salud y el empoderamiento colectivo podremos transformar esta realidad.