La fisioterapia del siglo XXI: una disciplina en plena transformación

La fisioterapia del siglo XXI: Una disciplina en plena transformación

Sandra Calvo

08 de septiembre de 2025

El 8 de septiembre se celebra el Día Mundial de la Fisioterapia, una fecha que cada año invita a reflexionar sobre la importancia de esta profesión y sobre cómo ha evolucionado en tiempos recientes. Durante décadas, gran parte de la sociedad identificó la fisioterapia casi exclusivamente con los masajes o con la recuperación después de una lesión deportiva. Sin embargo, la realidad actual es mucho más amplia y compleja: hoy la fisioterapia es una disciplina sanitaria con base científica, con un papel cada vez mayor en la prevención de enfermedades, en la mejora de la calidad de vida de pacientes crónicos y en la incorporación de innovaciones tecnológicas que están cambiando radicalmente la manera de entender el cuidado de la salud.

 

Uno de los cambios más notables de los últimos años es la ampliación del campo de acción. Tradicionalmente, el fisioterapeuta entraba en escena cuando el paciente ya había sufrido una lesión, una operación o una fractura. La misión principal era la rehabilitación: devolver movilidad, fuerza y funcionalidad. Esa función sigue siendo vital, pero hoy la fisioterapia ha asumido un rol también preventivo. Cada vez con más frecuencia los profesionales diseñan programas de ejercicio terapéutico orientados a evitar recaídas, trabajan en la prevención del dolor crónico y colaboran en campañas de salud pública para fomentar el ejercicio terapéutico en poblaciones vulnerables o en situación de cronicidad. La idea es clara: la fisioterapia se ha convertido en una herramienta estratégica en el manejo de patologías crónicas como la artrosis, o incluso en oncología.

 

La consolidación de la investigación científica ha sido otro de los motores de avance. La fisioterapia ya no se apoya únicamente en la experiencia clínica de sus profesionales, sino en una sólida base de estudios, ensayos clínicos y revisiones sistemáticas con metaanálisis que avalan las intervenciones. Grupos de investigación de Universidades e Institutos de Investigación de todo el mundo han multiplicado las publicaciones sobre ejercicio terapéutico, fisioterapia respiratoria, técnicas invasivas o intervenciones manuales, situando a la disciplina en el mismo nivel de exigencia científica que otras profesiones sanitarias. Esta transición hacia una práctica basada en la evidencia ha fortalecido el reconocimiento de la fisioterapia como ciencia, consolidando su credibilidad y rigor.

 

El avance tecnológico ha sido otro gran protagonista en esta transformación. La pandemia de COVID-19 aceleró la implantación de la tele-rehabilitación, un recurso que permite que muchos pacientes puedan realizar sus ejercicios de recuperación desde casa, con la supervisión remota de su fisioterapeuta. En paralelo, herramientas como la realidad virtual convierten la rehabilitación en un proceso más interactivo y motivador. La robótica aplicada a la rehabilitación y el uso de sensores portátiles, capaces de medir la marcha, la postura o la fuerza, permite personalizar y objetivar los tratamientos. Todo ello no sustituye al profesional, pero amplía su arsenal de herramientas y posibilita intervenciones más precisas.

 

Al mismo tiempo, la fisioterapia ha conquistado nuevos espacios que hasta hace poco parecían lejanos. Hoy encontramos fisioterapeutas trabajando en oncología para ayudar a los pacientes a reducir la fatiga, prevenir la pérdida de masa muscular y mejorar su movilidad. También tienen un papel clave en la salud mental, abordando el dolor crónico, la ansiedad y la depresión desde una perspectiva integradora que conecta cuerpo y mente. En geriatría, los programas de ejercicio diseñados por fisioterapeutas se han demostrado fundamentales para prevenir caídas, mantener la autonomía y mejorar la calidad de vida en personas mayores. Y en el deporte, tanto profesional como amateur, la fisioterapia ha pasado de ser una herramienta de recuperación tras la lesión a convertirse en un recurso para co-diseñar programas de prevención personalizados junto a otros profesionales.

 

Este abanico creciente de áreas de actuación está vinculado a un cambio de enfoque profundo que lleva años desarrollándose: el paso del modelo biomédico tradicional al modelo biopsicosocial. En otras palabras, la fisioterapia contemporánea entiende que el dolor y la discapacidad no se explican únicamente por factores físicos, sino también por variables psicológicas, como el miedo al movimiento o la ansiedad ante el dolor, y sociales, como el entorno laboral o familiar. Hoy el fisioterapeuta no solo trabaja músculos y articulaciones, sino que también escucha, educa y acompaña al paciente. Estrategias como la educación en neurociencia del dolor, las técnicas de autocuidado o cultivar la autoeficacia son parte esencial de la práctica clínica diaria. Se trata de devolver no solo movimiento, sino también confianza y autonomía.

 

A pesar de estos avances, los retos siguen siendo numerosos. Uno de ellos es la accesibilidad: no todos los pacientes pueden beneficiarse de programas de fisioterapia de calidad, especialmente en regiones con menos recursos o en sistemas de salud saturados. Otro desafío es el reconocimiento profesional: lograr las especialidades en Fisioterapia. También el envejecimiento poblacional plantea una presión creciente: a medida que las personas viven más años, aumenta la necesidad de intervenciones que mantengan la independencia funcional. Y no hay que olvidar la importancia de la formación continua, ya que el fisioterapeuta del siglo XXI necesita actualizarse constantemente para integrar nuevas tecnologías y avances científicos.

 

El Día Mundial de la Fisioterapia, promovido por la Confederación Mundial de Fisioterapia, es una ocasión para visibilizar estos avances y desafíos. El objetivo es claro: recordar que la fisioterapia no es un lujo, sino un recurso esencial para mejorar la calidad de vida de millones de personas en todo el mundo.

 

En definitiva, la fisioterapia ha dejado de ser vista únicamente como una herramienta de rehabilitación. Hoy es una disciplina científica, tecnológica y profundamente humana, capaz de acompañar a las personas en casi todas las etapas de la vida y en un sinfín de situaciones clínicas. En un mundo cada vez más sedentario, envejecido y aquejado de enfermedades crónicas, la fisioterapia se presenta como una aliada imprescindible. Su mensaje central podría resumirse en una sencilla verdad: el movimiento es salud.

 

Este 8 de septiembre, cuando celebremos el Día Mundial de la Fisioterapia, conviene reconocer el esfuerzo de miles de profesionales que trabajan cada día para devolvernos algo tan valioso como la capacidad de movernos, prevenir la enfermedad y vivir con calidad. Porque en cada paso, en cada gesto y en cada respiración, la fisioterapia nos recuerda que cuidar del cuerpo es también cuidar de la vida.

Ciencia y excelencia para transformar el cuidado en hospitales y universidades

Ciencia y excelencia para transformar el cuidado en hospitales y universidades

Raúl Soto Cámara y Laura Alonso Martínez

30 de junio de 2025

Los Centros Comprometido con la Excelencia en Cuidados (CCEC® / BPSO® por su nombre en inglés) son un programa internacional de la prestigiosa Registered Nurses’ Association of Ontario (RNAO). Esta organización, que representa a las enfermeras registradas y estudiantes de enfermería de Ontario, está liderada desde 1996 por la Dra. Doris Grinspun, su directora ejecutiva, reconocida por su incansable labor en defensa de la política pública en salud y el papel de la profesión enfermera.

 

Este programa, presente en instituciones de todo el mundo, tiene en España la coordinación nacional de los centros asistenciales en Investén-ISCIII, la Unidad de Investigación en Cuidados del Instituto de Salud Carlos III. En él, los centros candidatos implementan durante tres años las Guías de Buenas Prácticas (GBPs) desarrolladas por la RNAO, en un proceso tutorizado que culmina en una fase de sostenibilidad y evaluación continua.

 

Por ejemplo, la experiencia del Sector Zaragoza III, recientemente acreditado como Centro Comprometido con la Excelencia en Cuidados (CCEC® / BPSO®), demuestra el potencial transformador del programa. Más de 200 profesionales trabajaron entre 2022 y 2024 en la implementación de guías sobre salud mental, ostomías y lactancia materna, generando cambios estructurales y formativos. Este caso ilustra cómo la evidencia científica basada en guías actualizadas puede integrarse con éxito en la práctica asistencial, con impacto directo sobre la calidad de los cuidados y la seguridad de los pacientes.

 

En este contexto, la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de Burgos (UBU) ha dado un paso histórico al convertirse en la primera institución académica española en ser designada como candidata a Centro Comprometido con la Excelencia en Cuidados (CCEC® / BPSO® Académico) por la RNAO. Este proceso de candidatura es acompañado por la Dra. Doris Grinspun y el Host Académico bajo la dirección de la Dra. Amalia Silva. Como afirman estas expertas, estos programas buscan la transformación profunda, medible y colectiva de la cultura del cuidado y exigen un compromiso con la actualización del conocimiento, el pensamiento crítico y la colaboración estrecha entre el ámbito académico y los centros asistenciales. Además, subrayan el papel de la enfermería como motor de cambio multidisciplinar, que involucra a médicos, farmacéuticos, técnicos, pacientes, familiares y otros profesionales en un esfuerzo conjunto por mejorar la calidad de los cuidados.

 

Este reconocimiento, más allá de un símbolo institucional, refleja una apuesta clara: formar profesionales y estudiantes sanitarios con base en evidencia científica actualizada, mediante la implementación de las Guías de Buenas Prácticas (BPGs) desarrolladas por la RNAO. Estos programas refuerzan el vínculo entre universidad y sistema sanitario, e impulsan un modelo donde el conocimiento sustituya a la ideología en las decisiones clínicas.

 

El programa no solo fortalecerá la formación universitaria, sino que impactará directamente en la calidad de los cuidados prestados a toda la sociedad. En un contexto donde la desinformación en salud representa una amenaza creciente, iniciativas como esta reivindican el valor del conocimiento riguroso y la práctica clínica basada en la evidencia.

 

La excelencia en cuidados no es una utopía, es una responsabilidad. Desde la Universidad de Burgos, el sector académico también comienza a caminar con paso firme hacia ella.

SIBO ¿Pandemia o sobrediagnóstico?

SIBO ¿Pandemia o sobrediagnóstico?

María Badía Martínez
27 de junio de 2025
El sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SIBO) es una enfermedad conocida desde tiempos remotos. El SIBO (Small Intestinal Bacterial Overgrowth), por sus siglas en inglés, se definía antiguamente como el crecimiento excesivo de bacterias en el intestino delgado o la contaminación por bacterias provenientes del colon, asociado a síntomas de malabsorción, como hinchazón, diarrea y déficit de vitamina B12.

Esta definición no era controvertida y se sospechaba en pacientes con un síndrome de malabsorción y diarrea crónica debido a una causa predisponente quirúrgica o médica.

 

En la actualidad, el SIBO se diagnostica cuando existe una concentración de ≥ 103 unidades de bacterias colónicas formadoras de colonias por mililitro (UFC/mL) en el cultivo del aspirado duodenal/yeyunal. Este diagnóstico es complejo y poco práctico, ya que conlleva la realización de una prueba invasiva como una gastroscopia.

En este sentido, las pruebas de medición del hidrógeno en el aire espirado son una alternativa diagnóstica y se aplican, actualmente, para detectar SIBO como método diagnóstico indirecto, aunque sin una base científica obtenida mediante ensayos clínicos controlados. Es decir, las pruebas disponibles hasta el momento son poco precisos. Incluso se desconoce si la normalización de estas pruebas es realmente garantía de curación, ya que muchos de ellos no están validados ni son reproducibles.

Recientemente, el término SIBO se ha popularizado, debido a la alta prevalencia reportada desde que se diagnostica de manera indirecta, y gracias a la difusión de la enfermedad por “influencers” en las redes sociales.

 

La definición actual del SIBO ha generado polémica debido a que su espectro se ha ampliado más allá de la malabsorción. Por ello, en 2024, y debido a la gran incertidumbre generada, un grupo de expertos de la AEG (Asociación Española de Gastroenterología) y la ASENEM (Asociación Española de Neurogastroenterología y Motilidad), se pusieron manos a la obra para intentar dar un poco de luz sobre esta enfermedad. Realizaron un estudio formulando preguntas fundamentales sobre el manejo de la patología y dando respuesta a las mismas, de acuerdo con la evidencia científica disponible hasta el momento. Se trata de un documento práctico para el manejo de pacientes con SIBO y ayuda a contrarrestar la desinformación actual que existe sobre la enfermedad.

Así mismo, la Guía Europea editada en el año 2022 para la indicación de test de aliento de hidrógeno (H2) y metano (CH4), propone que, aún en ausencia de un consenso absoluto para la interpretación de sus resultados, y hasta disponer de un verdadero patrón oro para el diagnóstico de SIBO, se considere la realización de las pruebas en pacientes con hinchazón, dolor abdominal y/o signos de malabsorción, una vez descartados otros diagnósticos mediante técnicas endoscópicas o de imagen, y especialmente si hay factores predisponentes.

Estos factores predisponentes son sobre todo alteraciones anatómicas y estructurales intestinales, como cambios posquirúrgicos, asas ciegas, estenosis y fístulas o diverticulosis yeyunal; trastornos graves de la motilidad (conectivopatías graves, amiloidosis y enfermedad de Parkinson); trastornos endocrinos y metabolopatías avanzadas (aclorhidria, hipotiroidismo y diabetes mellitus); diversos fármacos; y una miscelánea constituida por condiciones como rosácea, inmunodeficiencias, enfermedad inflamatoria intestinal, enfermedad celíaca, enteritis radica, pancreatitis crónica, hepatopatía o nefropatía graves y el síndrome del intestino irritable (SII), con mayor riesgo en la forma con predominio de diarrea.

En ausencia de dichos factores predisponentes bien definidos, la probabilidad de tener un SIBO es baja y la decisión de realizar pruebas para diagnosticarlo no estaría justificada.

En conjunto, los síntomas compatibles con SIBO, muchas veces pueden confundirse con una disbiosis intestinal, entidad mucho más frecuente y con un tratamiento distinto.

 

La disbiosis intestinal se define por el desequilibrio en la microbiota intestinal. Una pérdida de dicha diversidad junto el desequilibrio entre las proporciones de cepas bacterianas puede provocar graves consecuencias.

La microbiota intestinal está formada por más de 1.000 especies microbianas, incluyendo bacterias, arqueas y eucariotas. Alcanzan su mayor proliferación en el colon y son parte funcional y no prescindible del organismo humano: aportan genes (microbioma) y funciones adicionales a los recursos de nuestra especie, participando en múltiples procesos fisiológicos (desarrollo somático, nutrición, inmunidad, etc.). La microbiota juega un papel relevante en la salud y en la enfermedad, aunque todavía no tenemos respuestas definitivas para describir cómo es la simbiosis perfecta entre microorganismos y humanos, o cuál es la proporción o combinación de microorganismos más adecuada para cada individuo. En personas sanas, la composición de la microbiota intestinal es sumamente diversa, con cepas bacterianas protectoras que superan en número a las cepas potencialmente perjudiciales.

Múltiples factores como el uso de antibióticos y otros fármacos, estrés, factores genéticos, dieta, estilo de vida, etc., se han implicado en el origen de la disbiosis. Si el factor desencadenante es intenso o persistente en el tiempo, el proceso puede conducir a enfermedad intestinal, generalmente de tipo crónico o recurrente y de patrón inflamatorio.

 

Como todos sabemos, la salud de un individuo depende de múltiples factores, su biología (genética, desarrollo, envejecimiento), estilo de vida (alimentación, ejercicio, consumo de fármacos, hábitos tóxicos, etc.), medio ambiente (factores externos físicos, químicos, biológicos, psicosociales, socioculturales, etc.) y del sistema sanitario que le atiende (utilización de servicios, eficacia, eficiencia, etc.). La colonización microbiana está implicada, de un modo u otro, en muchas de esas variables. En concreto, la investigación experimental y clínica de la última década ha subrayado el impacto funcional de las comunidades microbianas que habitan el intestino de los animales, incluyendo el ser humano.

Definir con precisión la población microbiana en el intestino delgado asociada al SIBO es por tanto un desafío, y se espera que futuros estudios de la microbiota mediante secuenciación de nueva generación proporcionen un nuevo concepto de SIBO, tanto en términos cuantitativos como cualitativos.

Mientras tanto, debemos informar correctamente a los pacientes y tener mucha cautela antes de diagnosticarles de SIBO, interpretando únicamente un test indirecto de aire espirado, sin tener en cuenta los riesgos del tratamiento, antecedentes y un contexto clínico adecuado.

¿La salud también se enseña? Salud, hábitos y profesionales en acción

¿La salud también se enseña? Salud, hábitos y profesionales en acción

Laura Alonso, María Elena Sánchez y María José Sierra

23 de junio de 2025

La educación para la salud en las escuelas es una herramienta estratégica para el bienestar de las futuras generaciones. En un momento en que la salud pública enfrenta desafíos como el aumento de enfermedades crónicas, el sedentarismo o el consumo de sustancias, integrar esta formación en el entorno escolar puede suponer una transformación profunda y duradera.

 

Según la Organización Mundial de la Salud, la pandemia de COVID-19 provocó un retroceso global en la esperanza de vida, con un aumento significativo de la mortalidad por enfermedades transmisibles, que representaron el 28% de las muertes en 2021. En este contexto, prevenir y promover la salud desde edades tempranas se vuelve crucial.

 

En España, con 49 millones de habitantes y un sistema sanitario considerado de los más avanzados del mundo, la esperanza de vida al nacer alcanza los 83 años, de los que 79 se viven con buena salud, según el Ministerio de Sanidad (2024). Sin embargo, el país enfrenta un progresivo envejecimiento de la población, el 20% supera los 65 años y un preocupante balance negativo entre nacimientos (322.075) y defunciones (433.163).

 

A pesar de los avances clínicos y un gasto anual en sanidad de 134.000 millones de euros al año (10% del Producto Interior Bruto [PIB]), persisten indicadores que subrayan la necesidad de reforzar la prevención: el 26% de la población presenta colesterol alto, el 21% hipertensión, un 20% sufre problemas de salud mental, un 16% tiene dolor lumbar y un 9% tiene diabetes. La obesidad afecta al 16% de los adultos y al 10% de los menores, y el 36% de la población no realiza actividad física regular. Además, el 20% fuma a diario y el 35% consume alcohol cada semana.

 

Frente a estas cifras, la escuela se revela como un espacio estratégico. La educación para la salud no debe limitarse a acciones puntuales, sino formar parte del currículo escolar, incluyendo temáticas como nutrición, salud mental, afectividad, ejercicio físico, uso responsable de tecnologías y prevención del consumo de sustancias.

 

En esta línea, experiencias como enseñar primeros auxilios, reconocer síntomas de enfermedades, como el asma o la diabetes, o aprender a gestionar el estrés, demuestran el poder de esta formación para empoderar a los menores en el cuidado de su salud y la de su entorno.

 

Un dato relevante que no solo supone un reto sanitario, sino también educativo y social, es que entre el 10% y el 15% de los escolares en España convive con enfermedades crónicas. La diabetes tipo 1, por ejemplo, cuenta con unos 1.200 nuevos diagnósticos anuales en menores de 14 años. Aquí entra en juego la importancia de la enfermería escolar y la pedagogía terapéutica. Estos profesionales son fundamentales para ofrecer un entorno inclusivo, seguro y saludable. No solo a los estudiantes, sino también como apoyo al profesorado, pues muchos docentes no cuentan con los conocimientos suficientes para afrontar situaciones sanitarias o adaptar contenidos de salud al aula. Invertir en su capacitación continua, protocolos de actuación y herramientas de evaluación es esencial.

 

Desde la realización de talleres hasta la coordinación con docentes y familias, su labor contribuye al desarrollo integral de los menores, especialmente aquellos con condiciones crónicas. Estos profesionales al desarrollar programas de promoción de la salud colaboran en la educación sanitaria y actúan como puente entre la escuela, las familias y el sistema de salud. Además, su presencia reduce el absentismo, mejora la detección temprana de problemas de salud y refuerza el clima de seguridad en el centro escolar.

 

La enseñanza de primeros auxilios o la reanimación cardiopulmonar (RCP), permite preparar a los menores para situaciones de emergencia y fomenta el sentido de responsabilidad ciudadana. Escuelas que integran estos contenidos, a menudo en colaboración con instituciones sanitarias, no solo educan, sino que salvan vidas.

 

Además de la atención sanitaria, el deporte y la nutrición deben ocupar un lugar prioritario. El bajo nivel de actividad física entre menores refleja la urgencia de programas escolares que promuevan hábitos saludables desde edades tempranas. El ejercicio regular, junto con una dieta equilibrada, reduce significativamente el riesgo de obesidad y enfermedades crónicas, y mejora el estado emocional del alumnado.

 

Según la OMS, las escuelas promotoras de la salud son un modelo probado que mejora tanto los resultados educativos como sanitarios. Implementarlas requiere compromiso institucional, recursos humanos formados y voluntad política, pero su retorno en salud y bienestar social es incuestionable.

 

En definitiva, integrar la educación para la salud en el aula no solo responde a una necesidad sanitaria, sino que construye una ciudadanía más consciente, autónoma y preparada para afrontar los retos del siglo XXI. Si apostamos por esta transformación desde la escuela, estaremos invirtiendo en un futuro más saludable, justo y sostenible.

Educación sexual: Lo que todos mencionan, pero pocos entienden

Educación sexual: Lo que todos mencionan, pero pocos entienden

Laura Alonso, Sonia Barriuso, Davinia Heras y Lucía González-Mendiondo

08 de junio de 2025

La Educación Sexual va mucho más allá de hablar sobre preservativos o Infecciones de Transmisión Sexual (ITS). Se trata de educar para la vida, uniendo esta formación con el respeto, la empatía y la igualdad. Sin embargo, en pleno 2025, la sexualidad sigue siendo un tabú en muchas aulas del mundo y España no es la excepción.

 

 

¿Qué es la Educación Sexual? ¿Qué impacto tiene en la sociedad?

 

La educación sexual es un proceso de enseñanza y aprendizaje basado en la evidencia científica en el que se estudian las actitudes, conductas y creencias relacionadas con la salud sexual y la sexualidad. Es fundamental comprender que la sexualidad es inherente al ser humano, ya que somos seres sexuados y esta realidad nos acompaña a lo largo de toda nuestra existencia. Esta educación, adaptada a las necesidades individuales y contextuales, debe promover el respeto de los Derechos Sexuales. La educación sexual es esencial para la construcción de sociedades más inclusivas y sexualmente felices y sanas.

 

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura defiende la llamada Educación Sexual Integral (ESI). Su objetivo es proporcionar al alumnado conocimientos, actitudes y valores holísticos para tomar decisiones sobre su vivencia de la sexualidad y su salud sexual y reproductiva. Insisten en que la educación sexual debe basarse en la evidencia científica y los derechos humanos. Sin embargo, la realidad en las aulas es desigual. Algunos países han logrado grandes avances, pero otros siguen considerando estos contenidos temas secundarios o incluso inexistentes, permitiendo que sean impartidos por personas no cualificadas, guiadas por sus propias ideologías en lugar de basarse en la evidencia científica. No es extraño, por ello, que los contenidos de educación sexual impartidos mundialmente sean muy diversos. No obstante, la Agenda 2030 de las Organización Naciones Unidas (ONU) con sus Objetivos de Desarrollo Sostenible marca el camino conjunto que deben seguir los países y las distintas sociedades que los componen. Dichos contenidos deben trascender una visión centrada en los riesgos, tales como las Infecciones de Transmisión Sexual (ITS) o los embarazos no planificados; abordando aspectos como el placer, la identidad sexual, las relaciones afectivas, la respuesta sexual, la perspectiva de género, la diversidad sexual y los derechos sexuales.

 

 

¿Por qué es tan importante la Educación Sexual?

 

Son muchas las razones que avalan y justifican la necesidad de hacer Educación Sexual. Algunas relacionadas con problemáticas de amplio calado, y otras relacionadas con la esencia de la educación y la propia naturaleza sexuada del ser humano.

 

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada día más de un millón de personas contraen una Infección de Transmisión Sexual (ITS). Además, según el Instituto de la Juventud de España (INJUVE), el 50% de los diagnósticos de ITS ocurren en menores de 24 años. En 2024, casi 40 millones de personas vivían con VIH según ONUSIDA, una cifra en aumento respecto a años anteriores. En el mismo sentido, la OMS alertaba, también, sobre el problema de salud global que constituye la violencia hacia las mujeres, puesto que se alcanzan tasas epidémicas. De esta forma, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) denunciaba cómo, la principal causa de muerte de las mujeres con edades comprendidas entre los 15 y los 44 años fueron los asesinatos machistas, por delante de causas naturales o de accidentes de tráfico.

 

Más allá de la prevención de infecciones y otras consecuencias no deseables como los embarazos no planificados, las agresiones, la homofobia, la transfobia o el sexismo –es decir, la prevención de las miserias que rodean la vivencia de la sexualidad–, la Educación Sexual es fundamental porque supone educar para la vida, atendiendo a una dimensión humana fundamental como es la sexualidad. No se trata de prevenir, sino de educar, entendiendo que, educando, además, prevenimos. Desde esta amplia perspectiva, la educación sexual es clave para el desarrollo de competencias que favorezcan una vivencia satisfactoria, ética y feliz de la sexualidad, caracterizada por la aceptación positiva de la propia identidad sexual y el respeto por la sexualidad del otro. Se trata, por tanto, de una educación indispensable en la formación humana.

 

 

¿Qué está fallando?

 

Uno de los grandes retos es la falta de formación del profesorado y de herramientas concretas para desarrollar esta tarea. Diversos estudios han constatado la escasa formación sobre sexualidad, diversidad o igualdad de género, tanto en nuestro país como en el extranjero. Sin preparación, ¿cómo puede el profesorado abordar con rigor, naturalidad, y sensibilidad estos temas?

 

Además, los prejuicios socioculturales y los mitos siguen pesando. En algunos entornos, la sexualidad es un tabú o un tema controvertido, por lo que su abordaje en la escuela genera miedos, e incluso rechazo. Se teme que se despierte algo en el alumnado, aspecto que está científicamente refutado. Lo que se despierta es la aceptación de nuestra naturaleza sexuada, la conciencia crítica y el respeto hacia la sexualidad del otro. Por otro lado, la resistencia para acceder a información verificada contribuye a perpetuar la desinformación y dificulta identificar a los profesionales cualificados en materia de sexualidad, tanto en centros sanitarios como educativos. Esta situación está favoreciendo que sigan existiendo las problemáticas antes descritas y que aparezcan otras nuevas.

 

 

Educación sexual: Un derecho de todas las personas

 

El silencio pesa aún más en colectivos históricamente excluidos. Por ello, la educación sexual reconoce e incorpora la perspectiva interseccional, es decir, la interacción compleja y simultánea de diferentes situaciones de desigualdad (como género, raza, clase, orientación del deseo, entre otros) que influyen en las experiencias individuales y colectivas. En este sentido, la construcción y el respeto a las diferentes biografías sexuales se torna fundamental.

 

Las personas con discapacidad, por ejemplo, siguen siendo sexualmente infantilizadas. La educación sexual, debe contar con ellas y garantizar su derecho a vivir una sexualidad plena, segura y autónoma. Algo similar sucede, o puede suceder, en algunas etapas de vida, como la niñez o la vejez. Los mitos entorno a las mismas, junto con cierta rigidez en los contenidos que se consideran adecuados en cada una de ellas, limitan la inclusión de saberes diversos y perpetúan la invisibilización de la realidad sexuada a lo largo de la vida.

 

Por otro lado, es crucial atender desde la Educación Sexual las necesidades de las personas pertenecientes al colectivo LGTBIQ+ o de minorías étnicas y culturales para generar espacios de aprendizaje seguros, donde puedan construir su biografía sexual libre y responsablemente.

 

Incluir todas estas realidades no solo mejora el bienestar de las personas destinatarias de educación sexual, sino que contribuye a construir aulas más respetuosas, inclusivas y preparadas para la diversidad.

 

 

¿Cómo podemos mejorar?

 

La buena noticia es que ya existen intervenciones exitosas de Educación Sexual Integral en nuestro país y en el extranjero. El resultado: ciudadanía sexualmente formada, con una aceptación positiva de su sexualidad y capaz de tomar decisiones responsables.

 

Estas iniciativas emplean metodologías diversas, incluyendo recursos variados como videos, debates, podcasts y juegos. Además, promueven el desarrollo de habilidades y competencias personales y sociales, que favorecen la autoestima, la asertividad, la empatía y el respeto. Son propuestas que deberían replicarse en todo el sistema educativo y regularse en el currículum para que nadie se quede hoy sin la necesaria Educación Sexual.

 

Pero para que esto funcione de verdad, hace falta planificación y compromiso institucional. La educación sexual no puede depender del interés personal de los familiares, el profesorado o del centro. Necesita estar regulada, ser científica, obligatoria y adaptada a cada etapa educativa.

 

Por otro lado, es necesario llevar a cabo la evaluación de los programas realizados, ya que actualmente esta es una carencia importante en las intervenciones realizadas en España. Esto permitirá conocer qué funciona realmente en educación sexual, lo cual facilitará el diseño de futuras intervenciones y la promoción de políticas públicas.

 

 

Conclusión: no podemos seguir esperando

 

La Educación Sexual es un derecho fundamental que no debe considerarse ni un lujo, ni una moda, sino una formación clave para la vida, que redunda en salud pública, equidad social y bienestar emocional. Es también una forma de prevenir abusos, empoderar a los individuos y construir relaciones más sanas.

 

Hablar de sexualidad no es corromper; es cuidar, es proteger, es educar. Por este motivo se precisa un esfuerzo conjunto. Familias, docentes, instituciones y gobiernos debemos derribar barreras y garantizar que la sexualidad y su educación dejen de ser un tabú, y se conviertan en una realidad. Ejerzamos juntos este derecho, porque la educación nos permite construir una sociedad más libre, más justa y sana.

Cuidando la salud y el medio ambiente

Cuidando la salud y el medio ambiente

Beatriz Sánchez Hernando

05 de junio de 2025

El cambio climático es un hecho innegable. Dejando de lado fenómenos naturales puntuales, es una evidencia que la temperatura del planeta está en ascenso y que cada vez las olas de calor son más intensas y más cercanas entre sí. El calentamiento global se ha acelerado de manera artificial en los últimos 200 años debido a la emisión de cantidades ingentes de gases de efecto invernadero procedentes de la industrialización y el desarrollo tecnológico humano. Como no podía ser de otra manera, este fenómeno ambiental tiene consecuencias en la salud. Una de esas consecuencias es el aumento o exceso de mortalidad vinculado a múltiples enfermedades, siendo el calor extremo el común denominador.

 

Aunque el cambio climático es un fenómeno global, no afecta de la misma manera a todas las personas. Además de los ancianos, los niños y las personas que sufren de diversas patologías, los determinantes sociales de la salud ponen en relieve que no todas las personas sufren de la misma forma los efectos de los cambios ambientales.

 

Para poder construir aspectos positivos que mejoren la salud ambiental del planeta, vinculando los actos individuales y colectivos, debemos observar la salud y el medio ambiente desde un punto de vista positivo, salubrista, salutogénico. De otra manera, centrando la observación en las grandes emisiones, pactos mundiales y demás, podríamos caer en el bloqueo y la ansiedad. En este sentido, una buena opción es adoptar opciones que produzcan cobeneficios, es decir, acciones que repercutan positivamente en nuestra salud y, además, sean sostenibles o, por lo menos, no supongan un perjuicio para el medio ambiente.

 

Algunas actividades relacionadas con los hábitos diarios, como la alimentación y el ejercicio físico, forman parte de esos cobeneficios. En cuanto al ejercicio físico, la elección de medios de transporte cardiosaludables, como caminar e ir en bicicleta, son beneficiosos para la salud. Con estas opciones se aumenta el tiempo dedicado a realizar ejercicio físico moderado y/o vigoroso, lo cual impacta de manera positiva en diferentes marcadores de salud, como los factores de riesgo cardiovascular, reduciendo la incidencia de otras enfermedades. Además, el hecho de caminar e ir en bicicleta supone un aporte nulo de emisiones al medio ambiente, convirtiéndose, a la vez, en una actividad sostenible.

 

Con respecto a la alimentación, el consumo de alimentos de temporada y de kilómetro cero suelen ser opciones de alimentación más saludable y sostenibles. Por una parte, se asumiría un aumento del consumo de vegetales, lo cual supone una mejora en los hábitos dietéticos. Por otra parte, este consumo se traduce en una disminución de las emisiones relativas al transporte de mercancías. Pero, además, esta práctica potencia la riqueza de los territorios, ensalzando el valor de lo local y situando a los productores como un activo para la salud a tener en cuenta.

 

En este sentido, la compra sostenible, procurando un menor desperdicio, supone un beneficio directo para el medio ambiente y un menor gasto para los individuos y las familias que, considerando los determinantes sociales para la salud, tendría un efecto positivo también en la salud.

 

Para continuar hablando sobre los cobeneficios y las actividades diarias, es importante destacar el valor de los cuidados. En una sociedad de consumo, el volver a lo de siempre, cuidándonos más y cuidando a nuestros allegados, supone un acto sostenible. Convierte a los cuidadores en activos en salud, figuras concretas y explícitas que generan salud. Y, siguiendo esta línea argumental, es beneficioso para el planeta, no solo por la disminución de la producción farmacéutica, sino por la menor utilización de las grandes infraestructuras construidas para tratar la enfermedad que, aunque necesarias, suponen un elevado gasto energético.

 

Por último y a modo de conclusión, es importante la concienciación sobre las consecuencias positivas de los comportamientos individuales más saludables y más sostenibles. Pero también es necesario que estos valores formen parte de la vida, no solo de los individuos y de las comunidades, sino que sea este el mensaje que podamos transmitir a generaciones futuras, para que en el presente y en el futuro contemos con una cultura sostenible en la que normalicemos las 3R (reducir, reutilizar y reciclar) en toda su esencia, no sólo en lo que respecta al consumo y a la gestión de residuos, sino también a lo que respecta a la salud.