Repensando la discapacidad en la universidad: Hacia una inclusión sin etiquetas estigmatizantes

Repensando la discapacidad en la universidad: Hacia una inclusión sin etiquetas estigmatizantes

Carlos Navas Ferrer

3 de diciembre de 2024

Con ocasión del Día Internacional y Europeo de las Personas con Discapacidad, que se celebra anualmente el 3 de diciembre, el Observatorio Contra la Desinformación en Salud (OCODES) desea contribuir con el siguiente artículo que analiza cómo el término discapacidad perpetúa el estigma y la exclusión social partiendo del modelo biomédico tradicional que pone su énfasis en el déficit y sugiere la adopción del concepto de diversidad funcional como alternativa inclusiva y emancipadora. Por otro lado, se exploran algunos datos relativos a la situación de las personas con diversidad funcional en las universidades españolas haciendo hincapié en el camino que todavía queda por recorrer para la plena inclusión de este colectivo.

De la discapacidad a la diversidad funcional

El término discapacidad carga con un historial de exclusión y marginalización. Tal y como se señala en el artículo ‘La discapacidad como falacia diagnóstica’, la raíz ‘dis’, inherente a su construcción, remite a lo deficiente o incapaz, estableciendo una relación dicotómica entre normalidad y anormalidad. Este modelo, basado en un enfoque biomédico, clasifica a las personas según un estándar rígido de funcionalidad y contribuye a una visión reduccionista que patologiza las diferencias. Así, la discapacidad no solo describe una condición física o cognitiva, sino que funciona como una etiqueta que condiciona la identidad y limita las oportunidades de quienes la portan. Desde este enfoque, el problema principal radica en cómo la sociedad estructura las barreras, tanto físicas como actitudinales, que agravan la exclusión. Este constructo social, reforzado históricamente por el capitalismo, define a las personas en función de su capacidad productiva, relegando a quienes no cumplen estos estándares a los márgenes de la sociedad​.

El concepto de diversidad funcional surge en 2005 en España como una propuesta del Foro de Vida Independiente (FVI). Este movimiento, inspirado en la Filosofía de Vida Independiente, rechaza las definiciones en negativo, como «discapacidad» o «minusvalía», y propone un enfoque centrado en las capacidades y derechos de las personas. Según un artículo publicado en 2010 por la Revista Internacional de Sociología, este modelo reivindica el respeto por la dignidad humana como parte de la diversidad inherente a nuestra sociedad, en la que las diferencias deben valorarse como una riqueza y no como un problema que requiere corrección.

La diversidad funcional abandona la patologización y promueve una visión que reconoce a las personas como sujetos activos, capaces de tomar decisiones y participar plenamente en la vida colectiva. Este enfoque está alineado con un paradigma emancipador, que pone en el centro los derechos humanos y la inclusión social.

A pesar de su potencial transformador, el término diversidad funcional enfrenta desafíos significativos. Esta noción no logra desvincularse completamente de las estructuras de poder que perpetúan la normalización y la exclusión. Por ejemplo, aunque el modelo intenta alejarse de la influencia biomédica, sigue dependiendo de sistemas sociales que imponen estándares de funcionalidad. Además, el concepto presenta el riesgo de invisibilizar las necesidades concretas y heterogéneas del colectivo. Cada persona con diversidad funcional vive una realidad única, influenciada por su contexto social, económico y cultural. Por ello, es fundamental evitar una homogenización que reduzca las experiencias individuales a una categoría abstracta que no contemplan la historia vital y su contexto sociocultural.

Diversidad en la Educación Superior en España

El ‘VI Estudio sobre la inclusión de Personas con Discapacidad en el Sistema Universitario Español (2021-2022)’ publicado por Universia destaca que en España el número de estudiantes con discapacidad en universidades aumentó de 8.230 a 22.156 entre los años 2008 y 2022. Esto supone el 1,6% del alumnado universitario total, con un 51,9% en modalidad presencial y un 48,1% a distancia. Las universidades públicas albergan al 86,3% de este alumnado. Las discapacidades físicas son las más comunes (34,1%), seguidas de la discapacidad intelectual (13,3%) y la sensorial (10,9%). Concretamente, en la Universidad de Zaragoza, según los últimos datos aportados por la Oficina Universitaria de Atención a la Universidad (OUAD), fueron 252 las personas con diversidad funcional matriculadas en el año 2022.

Según el informe de Universia, en España, las universidades han implementado importantes medidas para mejorar la inclusión de las personas con diversidad funcional. La mayoría (96,5%) cuenta con servicios de atención específicos, que ofrecen adaptaciones en el puesto de estudio, tutorización y seguimiento académico, y asesoramiento psicoeducativo. También se desarrollan programas de asistencia personal en el 56,4% de las universidades. En accesibilidad, el 86% de las universidades evalúa sus instalaciones físicas y digitales, y el 45,6% tiene planes específicos para garantizar el acceso universal. Además, el 61,4% ofrece becas y ayudas económicas específicas. En formación, el 22,8% de las universidades incluye temas de discapacidad en sus programas, mientras que el 85% desarrolla proyectos de investigación en este ámbito. Sin embargo, solo el 22,8% asegura la representación de personas con discapacidad en sus órganos de gobierno, un aspecto crucial para la inclusión.

Por último, más del 50% de los estudiantes utilizan los servicios de atención específicos y destacan su impacto positivo en la eliminación de barreras académicas y sociales. No obstante, aunque estas medidas han mejorado la percepción de inclusión, con un 82% de estudiantes sin experiencias de discriminación, aún persisten barreras, como la falta de accesibilidad y las dificultades para acceder a adaptaciones curriculares, Además, el 60,6% percibe dificultades para encontrar empleo en comparación con sus compañeros sin discapacidad.

En definitiva …

Transitar del término discapacidad al de diversidad funcional es un paso hacia la construcción de una sociedad más inclusiva y respetuosa con las diferencias. Sin embargo, este cambio semántico debe ir acompañado de transformaciones estructurales profundas que eliminen las barreras materiales y culturales que perpetúan la exclusión.

Las universidades, como instituciones fundamentales para el desarrollo social, deben apostar por este proceso y, aunque las medidas actuales han sido clave, el esfuerzo que los estudiantes deben realizar para superar barreras demuestra que la igualdad de oportunidades aún no se ha logrado plenamente. El horizonte es avanzar hacia universidades tan accesibles que los apoyos específicos sean innecesarios. En este sentido, desde OCODES, pensamos que la clave está en reconocer que todas las personas tienen derecho a ser valoradas por lo que son, más allá de etiquetas que limiten su potencial.

Cuando la comunidad se une: Una experiencia de ayuda en Albal

Cuando la comunidad se une: Una experiencia de ayuda en Albal

María Teresa Fernández Rodrigo

23 noviembre 2024

Cuando ocurre una tragedia, como la que vivimos recientemente en Valencia tras la DANA, es fácil sentirse abrumado. Sin embargo, en medio de ese desconcierto, surge también un impulso casi instintivo de ayudar. Así nos encontramos la semana pasada un grupo de personas, decididos a prestar apoyo. Todo comenzó como una iniciativa particular de Juan Camón Cala, un profesor de la Facultad de Economía, y un grupo de estudiantes. En cuestión de horas, la determinación de colaborar se extendió a otros centros y el convoy se organizó para partir al amanecer del sábado.

Éramos 53 personas, entre profesores, exalumnos, amigos, familiares y estudiantes de las facultades de Economía, Administración y Dirección de Empresas, Filosofía y Letras, Ingeniería, Arquitectura, Trabajo Social, Enfermería, Fisioterapia y Terapia Ocupacional, junto a los conductores voluntarios que nos llevaron hasta el corazón del desastre. Nuestros vehículos, aportados generosamente por Autocares Murillo, Grupo la Veloz S. Coop, Tiebel S. Coop, una furgoneta costeada por el Vicerrectorado de estudiantes de la Universidad de Zaragoza y un vehículo particular, transportaron a todos los voluntarios además del material recogido y donado por las facultades de Económicas y Ciencias de la Salud y por particulares anónimos.

Cada uno de nosotros vivió el momento de la partida de manera diferente. Nos preocupaba la devastación que encontraríamos, el estado físico y emocional de la gente afectada, nuestra propia seguridad y, sobre todo, si seríamos capaces de brindar una ayuda efectiva. Al llegar, el escenario era desolador, un paisaje dantesco que evocaba el sufrimiento y la pesadilla de aquellos que, al principio, nos parecían anónimos, pero que pronto se volvieron rostros y nombres.

Es común, en estas situaciones, sentirse frustrado por la magnitud de la desgracia y la limitada capacidad para ofrecer consuelo. Pero sabíamos que nuestro papel no era resolver todo, sino apoyar. Esto implicaba un equilibrio constante entre mantener la empatía y, al mismo tiempo, una actitud práctica y objetiva. En ocasiones, debíamos ser pragmáticos y fríos; en otras, estar abiertos y cercanos, dispuestos a escuchar a quienes habían perdido tanto.

Si algo aprendimos, es la importancia de una preparación cuidadosa antes de ofrecer ayuda. En nuestro caso, todos asumimos una parte de responsabilidad en la expedición bajo el liderazgo de Juan, que fue fundamental y realmente efectivo, y de dos estudiantes comprometidos: Damián, de Fisioterapia, y Pablo, de Enfermería, hacia quienes siento una profunda admiración. Contactar directamente con los concejales del pueblo de Albal fue fundamental, ya que permitió que nuestra labor tuviera una dirección y nos asignaran tareas concretas, lo que convirtió nuestro esfuerzo en un pequeño éxito.

Nuestro trabajo incluía limpiar y desinfectar una escuela primaria, retirar agua y lodo de un instituto de secundaria y ofrecer atención sanitaria básica para los voluntarios y personas con heridas provocadas por el trabajo de desescombro. Aunque el pueblo estaba solo a 20 km de Valencia capital, nos tomó tres horas llegar debido al caos vial. Gracias a la gestión y las autorizaciones del ayuntamiento de Albal, una vez allí, no tuvimos problemas para acceder. Nos recibieron el concejal y las responsables del colegio, Rosa y Raquel, quienes nos ayudaron a organizarnos en grupos: brigadas de limpieza, retirada de fango, distribución de materiales donados y atención en el puesto de primeros auxilios, que instalamos en el patio de la escuela y que fue anunciado a la población por WhatsApp.

Hay muchas anécdotas y vivencias que hicieron que esos dos días se sintieran como dos semanas, pero quiero resaltar lo más positivo que viví y recordaré siempre. Por un lado, la fortaleza de las personas de Albal, que no dejaban de agradecernos nuestra ayuda, asegurándonos que «los valencianos somos fuertes y vamos a salir adelante.» Por otro, la calidad humana y profesional de nuestra juventud. Los estudiantes mostraron una madurez y capacidad de organización sorprendentes. No solo llegaron con generosidad para ayudar, sino que demostraron una capacidad de trabajo, disciplina y humildad dignas de admiración.

Es evidente que no podemos generalizar ni frivolizar denominando a la juventud como “la generación de cristal” porque nos demuestran, en muchas ocasiones, lo que son capaces de hacer por los demás de forma voluntaria y generosa. 

Soy una profesora orgullosa de los jóvenes, compañeros, amigos y familiares que he tenido el honor de acompañar en esta experiencia y espero que poco a poco estas poblaciones afectadas puedan volver a retomar su vida y, sobre todo, mi más sentido pésame a todas las familias de los fallecidos.

Los derechos de los niños

Los derechos de los niños

Eva Benito Ruiz

20 noviembre 2024

En 1959 Naciones Unidas aprobó la Declaración de los Derechos del Niño y actualmente se utiliza el 20 de noviembre para celebrar el Día Mundial del Niño ya que la Convención sobre los Derechos del Niño fue firmada en esta fecha (1989). En ella, no sólo se describieron los derechos básicos que tienen los niños y las niñas sino también las obligaciones de los Estados y entidades públicas, padres, madres y la sociedad en general para garantizar el respeto de estos derechos. Estados Unidos, Somalia y Sudán son los tres países que todavía, a día de hoy, se han negado a ratificarla.

Se utiliza esta fecha para además de celebrar, sensibilizar y concienciar a la población sobre la importancia de los niños y las niñas, colocándoles en el foco de atención y luchar contra la vulneración que sufren sus derechos en numerosas ocasiones.

Los derechos de los niños son un conjunto de normas que describen lo que necesitan los niños y las niñas para desarrollarse adecuadamente y para ser felices. Todos los niños, niñas y adolescentes deben disfrutar de los mismos, no importa quiénes sean o dónde vivan.

Y que sepan todos ustedes, que 30 años después, los derechos de los niños y niñas se siguen vulnerando en todo el mundo, también en España.

Es continuo el incumplimiento de los diez derechos básicos de la infancia, entre los que se encuentra el derecho a la educación, a la protección o a tener una alimentación adecuada. Esto nos obliga a recordar que seguimos detectando y denunciando cómo cada día millones de niños y niñas sufren pobreza, explotación, violencia o son asesinados. Actualmente en España, una de cada dos personas que sufre abuso sexual es menor de edad, más del 25% de los menores ha sufrido maltrato y 7 de cada 10 jóvenes ha sufrido violencia online durante su infancia. En lo que llevamos de año, al menos 22 menores han muerto por causas violentas en nuestro país. España es el tercer país de la Unión Europea con más pobreza infantil. Más de dos millones de niños y niñas viven en situación de exclusión social. Todos estos niños y niñas ven vulnerado su derecho a una alimentación, una vivienda y unos recursos básicos para poder desarrollarse de forma correcta.

A nivel global, Save the Children, en su página web registra que cada día 34.500 niñas son forzadas a casarse antes de cumplir los 18 años en países como Pakistán, Sierra Leona, Yemen o Bangladesh, y más de 3 millones de niñas corren el riesgo de sufrir mutilación genital femenina. Además, menciona que en todo el mundo hay 420 millones de niños y niñas viviendo en zonas de conflicto, la cifra más alta de los últimos 20 años. Además, en las guerras actuales mueren más niños y niñas que soldados. Por cada soldado muerto en combate, cinco menores son asesinados.

Es necesario exigir a los líderes mundiales que tomen medidas contra grupos armados, fuerzas militares y Estados que incumplen las leyes y tratados internacionales que les obligan a proteger a la infancia. 30 años después de la aprobación de la Convención de los Derechos del Niño son muchas las organizaciones que trabajan para que se apliquen sus principios y para que todos los niños y niñas disfruten de la mayor garantía para un presente alentador. La mejora de las condiciones de vida en la que crecen los niños, las niñas y los adolescentes es un reto que nos compromete a toda la ciudadanía.

Recordar también la situación a la que se enfrentan de criminalización, actitudes o creencias desfavorables los niños, niñas y adolescentes migrantes no acompañados. Estos han tenido que huir de situaciones de violencia, precariedad y pobreza en sus países de origen y en el nuestro, debemos garantizar el cumplimiento de sus derechos. Así como concienciar a la población e informar a nuestros representantes políticos y medios de comunicación de que no se criminalice a estos niños y niñas y se les siga castigando.

Por todo esto, los niños y las niñas de todo el mundo tienen derecho a:

1. Derecho a la igualdad, sin distinción de raza, religión o nacionalidad.
2. Derecho a una protección especial para que puedan crecer física, mental y socialmente sanos y libres.
3. Derecho a tener un nombre y una nacionalidad.
4. Derecho a una alimentación, vivienda y atención médica adecuadas.
5. Derecho a educación y atenciones especiales para los niños y niñas con discapacidad.
6. Derecho a comprensión y amor por parte de las familias y de la sociedad.
7. Derecho a una educación gratuita y derecho a divertirse y jugar.
8. Derecho a atención y ayuda preferentes en caso de peligro.
9. Derecho a ser protegido contra el abandono y trabajo infantil
10. Derecho a recibir una educación que fomente la solidaridad, la amistad y la justicia entre todo el mundo.

El medio mejor para hacer buenos a los niños es hacerlos felices  (Oscar Wilde)

¿Malestar emocional o enfermedad mental?

¿Malestar emocional o enfermedad mental?

José Manuel Granada

24 Julio 2024

¿Y si no es tal la controversia?, si se plantea esta dicotomía se persiste en categorías excluyentes y no en un continuum, que la experiencia nos muestra, de síntomas y emociones que manifestamos las personas, en función de múltiples determinantes, tanto externos como internos, tanto de nuestra psique como de nuestra biología.

El crear y nombrar categorías obedece más al positivismo, al tratar la enfermedad mental como otras patologías orgánicas, que aparecen bien definidas y a las que corresponde un tratamiento, farmacológico las más de las veces, que no da pie a discusión alguna.

El gran esfuerzo investigador que ha hecho en las últimas décadas la industria farmacéutica ha sido monetizado extendiendo sus indicaciones más allá de la evidencia, con una inflación de tratamientos con psicofármacos de circunstancias asimiladas al malestar emocional y las que no se les busca otras estrategias terapéuticas.

También las administraciones sanitarias han invertido en salud mental, aunque más bien debería decirse en enfermedad mental, ya que el esfuerzo económico persiste en reforzar profesionales y recursos para ingresos y tratamientos, es decir, un discurso único de que faltan profesionales de la psiquiatría, de la psicología clínica, de la enfermería especialista en salud mental y, en menor medida, del trabajo social y de la terapia ocupacional, por este orden y sin nombrar otras categorías profesionales que tienen mucho que decir en diferentes abordajes de los malestares y enfermedades mentales.

Es decir, seguimos tozudamente optando por desarrollos que se han visto ineficaces, cuando no iatrogénicos, y son anecdóticas las experiencias que planifican pensando en la prevención, en la búsqueda del bienestar emocional a partir de trabajar sobre los determinantes sociales y políticas de reducción de la desigualdad.

La salud mental y el bienestar emocional, se juega mucho antes de que se precise un diagnóstico y un tratamiento, ahí es donde se deben hacer intervenciones importantes. Por supuesto que hay patologías graves, y que son mejoradas con tratamientos farmacológicos, pero estos no se benefician de una hiper utilización de los mismos, y por supuesto no excluyen otros abordajes ni a otros profesionales no prescriptores.

Mantenerse en políticas de consulta externa y camas de hospitalización es anacrónico e ineficaz, a la vez que quita el foco de la intervención preventiva, lo cual es muy grave, cuando la evidencia (esa a la que tanto hacen referencia los profesionales más biologicistas) nos dice de la importancia de la actividad física y el deporte, de las redes de apoyo, de políticas de integración social, entre otras estrategias, para conseguir una sociedad con mayor bienestar emocional y que acompañe y acoja mejor a personas con enfermedad mental.

Este cuestionamiento deja entrever que se deben realizar múltiples debates en este momento histórico, en el que tenemos la mayor inversión en salud mental, el mayor número de profesionales trabajando en recursos y, según parece, la peor salud mental en nuestra sociedad. Esta paradoja, nos debería lanzar de manera inexcusable hacia ese debate, pero curiosamente, apenas se habla de esto y se persiste en lo que no ha dado resultado.

Hay que debatir sobre el modelo asistencial, cómo se diseñan y dotan los recursos que tenemos, ¿son adecuados los lugares de ingreso en los hospitales generales?, ¿cómo es el paso por urgencias de personas en crisis?, ¿hay una atención comunitaria?, ¿cómo se conectan los diferentes ámbitos asistenciales?, ¿y cómo se conecta lo sanitario, con lo social, lo educativo, lo judicial, etc.?, ¿hay un trabajo en red?, ¿se interviene sobre desigualdades, sobre determinantes sociales?, ¿se facilita el ejercicio físico y el deporte?, ¿se promociona el mismo como respuesta a malestares emocionales?, ¿se promueven las redes de apoyo mutuo?, ¿se contempla la participación del usuario en sus procesos asistenciales?

Si en lugar de estas preguntas seguimos enredados en la falta de profesionales para intentar hacer más de lo mismo… perderemos oportunidades históricas de aprovechar la preocupación que hay por el asunto de la salud mental en la sociedad y en sus mandatarios.