Determinantes sociales del bienestar: Una perspectiva desde el trabajo social

Determinantes sociales del bienestar: Una perspectiva desde el trabajo social

Paloma Martí

21 de febrero de 2026

¿En qué medida el entorno social condiciona la capacidad de una persona para mantener un estado de bienestar físico y mental?

 

Las circunstancias en las que las personas nacen, crecen, trabajan, viven y envejecen influyen de manera decisiva en su estado de salud. Esta no depende únicamente de factores biológicos o médicos, sino que está determinada en gran medida por condiciones sociales, económicas y culturales conocidas como determinantes sociales de la salud.

 

 

La salud sigue un gradiente social

 

 

Cuanto más desfavorable es la posición socioeconómica de una población, menores ingresos, bajo nivel educativo y condiciones precarias de vivienda, peor es su estado general de salud. La propia Organización Mundial de la Salud define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, lo que implica que no basta con la ausencia de enfermedad, sino que es necesario contar con condiciones que permitan el desarrollo pleno en todos los ámbitos de la vida”.

 

En este contexto, resulta fundamental abordar el concepto de justicia social. A diferencia de la justicia conmutativa, que vigila que los contratos y acuerdos entre individuos se cumplan de manera correcta y equitativa, y de la justicia penal, cuya función principal es castigar el delito cuando se vulnera la ley, la justicia social tiene un propósito más amplio y colectivo: transformar las condiciones sociales para garantizar igualdad de derechos y oportunidades. Su finalidad es reducir las brechas existentes, proteger a los grupos más vulnerables y fortalecer la cohesión social mediante políticas inclusivas.

 

El epidemiólogo Michael Marmot demostró, a través de diversas investigaciones, que existe una relación directa entre la posición social de las personas y su estado de salud. Sus estudios evidencian que quienes se encuentran en los niveles sociales más bajos presentan peores condiciones de salud, no solo por un menor acceso a la atención médica, sino por la influencia constante de los determinantes sociales en su vida cotidiana.

 

En su informe Fair Society, Healthy Lives (2010), Marmot destaca que las desigualdades en salud se originan desde la infancia. Las condiciones en las que crecen los niños —alimentación, estimulación educativa, estabilidad familiar y entorno social— influyen decisivamente en su desarrollo y en su salud futura. Por ello, sostiene que mejorar la salud de la población requiere ir más allá del sistema sanitario y abordar las causas sociales de la enfermedad, promoviendo una sociedad más justa y equitativa en términos de educación, empleo y condiciones de vida.

 

La justicia social también ha sido analizada por diversos filósofos y organismos internacionales. El filósofo político John Rawls, en su obra “Teoría de la justicia” afirma que, la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales. Esto implica que cualquier sistema político debe estructurarse de modo que garantice la igualdad de derechos y oportunidades, especialmente para los sectores más desfavorecidos. Una sociedad justa no se mide únicamente por el cumplimiento de las leyes, sino por su capacidad para eliminar barreras estructurales que impidan el desarrollo pleno de sus miembros.

 

La Organización Mundial de la Salud, en su informe Closing the gap in a generation: Health equity through action on the social determinants of health (2008), señala que la pobreza y la exclusión social aumentan significativamente la probabilidad de enfermedad. Asimismo, destaca la necesidad de reconocer y corregir las desigualdades estructurales que afectan a grupos como mujeres, personas mayores, minorías étnicas y personas con discapacidad, quienes suelen enfrentar mayores cargas de cuidado, discriminación y menor estabilidad económica, lo que incrementa su vulnerabilidad a enfermedades física y trastornos de salud mental.

 

 

La ausencia de justicia social no solo perjudica la salud física, sino también la salud mental.

 

Vivir en condiciones de pobreza, inseguridad laboral, violencia o exclusión genera estrés crónico, ansiedad y depresión. La incertidumbre constante respecto al empleo, la vivienda o el acceso a servicios básicos impacta directamente en el bienestar emocional. No puede hablarse de salud integral cuando existen desigualdades estructurales que deterioran la estabilidad psicológica y limitan el desarrollo personal.

 

Retomando la pregunta inicial —¿en qué medida el entorno social condiciona la capacidad de una persona para mantener su bienestar físico y mental? —, puede afirmarse que el entorno social constituye un determinante fundamental del bienestar. Este influye directamente en el acceso a recursos esenciales como educación, empleo, vivienda, alimentación y servicios de salud. Un entorno equitativo e inclusivo no solo facilita la satisfacción de necesidades básicas, sino que promueve un estado de salud integral y sostenible a lo largo de la vida. En consecuencia, cuanto mayor sea la justicia social en una sociedad, mayores serán las probabilidades de que sus miembros gocen de bienestar físico y mental.

 

 

Cáncer infantil en Aragón: La fuerza de los datos frente al ruido de la desinformación

Cáncer infantil en Aragón: La fuerza de los datos frente al ruido de la desinformación

Gabriel Tirado Anglés y Mariano Dieste Marcial

15 de febrero de 2026

Cuando la desinformación se adelanta a los hechos

 

Vivimos tiempos complejos. Las redes sociales han dado una visibilidad sin precedentes a quienes difunden afirmaciones sin base científica. Aunque son una minoría, su capacidad de generar ruido es enorme y las consecuencias no son menores: pueden llevar a los pacientes a tomar decisiones contrarias a su salud y generan miedo, alarma e incertidumbre en el conjunto de la sociedad. Un ejemplo recurrente: cada vez que fallece un niño o un joven por una causa que los medios de comunicación no detallan en un primer momento, aparecen comentarios de personas más o menos anónimas atribuyendo dicho fallecimiento a las vacunas de la COVID. Les da igual que los médicos forenses determinen después que la causa ha sido otra completamente distinta. El bulo ya ha sido esparcido y la duda, generada.

 

A nosotros nos ocurrió el año pasado, en el Día Internacional del Cáncer Infantil, cuando ofrecimos una rueda de prensa para informar de la incidencia de esta enfermedad en nuestra comunidad. Señalamos que, en 2024, 38 niños fueron diagnosticados de cáncer infantil en Aragón. Muchos medios recogieron la noticia y la publicaron en sus canales, incluidas sus redes sociales. No tardaron en aparecer, sobre todo en Facebook, comentarios asegurando que los niños tenían cáncer precisamente por las vacunas.

 

La realidad es que esa incidencia —38 casos en 2024— está absolutamente dentro de la media de las últimas décadas. Y por este motivo es tan importante que aparezcan iniciativas como OCODES, que permiten desmentir bulos y divulgar información basada en la evidencia científica. Eso es precisamente lo que vamos a hacer a continuación: aportar datos que consideramos esenciales para tener un contexto adecuado sobre esta enfermedad en Aragón y en España.

 

Una enfermedad que no es nueva ni está aumentando

 

El cáncer infantil no es una enfermedad nueva ni ha aparecido a raíz de las vacunas. Además, a diferencia del cáncer en adultos, cuya incidencia está aumentando sobre todo por el progresivo envejecimiento de la población, el cáncer pediátrico se mantiene totalmente estabilizado. Se registran aproximadamente 1.000 casos nuevos al año en España, de los que entre 35 y 40 se dan en Aragón.

 

Es importante explicar que, el cáncer infantil, es una enfermedad rara. El número reducido de casos hace que haya años con una incidencia algo mayor y otros que son «valle». Esto es precisamente lo que nos ha ocurrido en 2025 en Aragón: se han diagnosticado 28 casos nuevos, una cifra por debajo de lo habitual. Pero esto entra dentro de la normalidad estadística. En enfermedades raras, estas fluctuaciones anuales son esperables y no indican por sí solas una tendencia al alza ni a la baja. Cuando se observa a medio plazo —en periodos de cinco años—, los años con menos casos, por desgracia, se compensan con los que tienen más.

 

Supervivencia: motivos para la esperanza y para seguir trabajando

 

¿Cuál es la supervivencia de esta enfermedad? En España, la supervivencia del cáncer infantil se sitúa actualmente en el 83,9%. Es un dato esperanzador: más de cuatro de cada cinco niños con cáncer se curan. Pero no debe hacernos olvidar que el 16,1% restante no salen adelante. Si se diagnostican 1.000 nuevos casos al año en España, esto se traduce en que alrededor de 161 niños no superarán la enfermedad. De hecho, el cáncer infantil continúa siendo la principal causa de muerte por enfermedad en la infancia.

 

Con todo, hay razones sólidas para el optimismo. La investigación y la medicina funcionan. Según el informe RETI de la SEHOP (Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas), de donde hemos extraído estos datos, la supervivencia de los niños diagnosticados de cáncer en 1980 fue del 54,8%. Casi la mitad no sobrevivía. Hemos mejorado prácticamente 30 puntos porcentuales en apenas cuatro décadas. Es un éxito rotundo que se debe al esfuerzo continuado de investigadores, profesionales sanitarios y, por supuesto, de las familias.

 

Tumores pediátricos: enfermedades distintas que necesitan investigación propia

 

Al igual que ocurre en el cáncer de adultos, existen multitud de tumores pediátricos, y cada uno es un mundo. El tratamiento que funciona para una leucemia linfoblástica aguda no sirve ante un meduloblastoma: uno afecta a la sangre y el otro es un tumor que aparece en el cerebelo.

 

El cáncer infantil más frecuente es la leucemia, que representa el 29% de los casos. Le siguen los tumores del sistema nervioso central (23%), los linfomas (13%) y los neuroblastomas (8%). Pero ha de tenerse en cuenta que no hay un solo tipo de leucemia, ni un solo tipo de tumor del sistema nervioso central o de linfoma. La diversidad es enorme.

 

Probablemente, algunos de estos términos resulten poco familiares, en especial «neuroblastoma» y «meduloblastoma». Es normal. Mucha gente asume que los niños padecen los mismos tumores que los adultos, y esto no es exactamente así. Los menores no desarrollan cánceres muy habituales en personas mayores, como el de mama o el de colon. Y los adultos, a su vez, prácticamente no presentan algunos tumores que se dan casi exclusivamente en la infancia, como los neuroblastomas y los meduloblastomas, entre otros.

 

Datos y conocimiento: la mejor respuesta frente a los bulos

 

Por todo esto es tan importante apoyar, también, la investigación específica del cáncer infantil. Son enfermedades distintas y necesitan proyectos propios en busca de una mejor supervivencia.

 

Y por todo esto son tan necesarias iniciativas como OCODES: porque frente al ruido de la desinformación, la mejor herramienta que tenemos es el conocimiento riguroso, basado en datos y en evidencia científica. Compartirlo es responsabilidad de todos.

Día Internacional del condón: ¿por qué sigue habiendo dificultades en su uso en la actualidad, especialmente entre los/as jóvenes?

Día Internacional del condón: ¿por qué sigue habiendo dificultades en su uso en la actualidad, especialmente entre los/as jóvenes?

M. Felipa Gea López

 

13 de febrero de 2026

 

El preservativo no es, ni mucho menos, un invento actual. Es curioso que, pese a ello, su uso sigue sin estar asumido como cuidado mutuo y, por lo tanto, sin estar presente en nuestra vida sexual todo lo necesario, especialmente entre los jóvenes. Su uso sigue estando rodeado de mitos y falacias que se asientan, normalmente, sobre el sistema heteropatriarcal imperante en nuestra sociedad.

 

A menudo me pregunto por qué, a pesar de la información, los anuncios y la ruptura de tabúes en torno a la sexualidad, el preservativo sigue sin estar presente en las relaciones sexuales, especialmente entre los más jóvenes. ¿Qué es lo que frena su uso? ¿Qué es lo que hace que siga estando demonizado? ¿Por qué nuestros jóvenes siguen descuidándose? ¿Qué está pasando para que, en la era de la información, nuestros jóvenes estén más expuestos que nunca?

 

Lo cierto es que, mientras creíamos haber ganado la batalla a muchas infecciones de transmisión sexual (ITS), en los últimos años los datos nos han devuelto a la realidad: hay un repunte del VIH y otras ITS entre nuestros/as jóvenes. Esto no es una casualidad, al igual que no lo es el repunte del machismo entre los mismos. Es el síntoma de un problema más profundo que interpela a nuestra sociedad: cómo estamos educando (o dejando de educar) en sexualidad, afectos y cuidados.

 

El preservativo como historia

 

El preservativo lleva siglos entre nosotros los humanos. Ya en el antiguo Egipto, al menos desde el año 1000 a.C., se empleaban fundas de lino para protegerse de las enfermedades y de los embarazos no deseados. También en la Roma clásica (entre el siglo II a.C. y el siglo II d.C.) se describen métodos rudimentarios de protección, a menudo consistentes en entrañas de animales (tripa) o vejigas. Aunque fue en el siglo XVI, con la expansión de la sífilis en Europa, cuando hubo una preocupación real por crear barreras más sistemáticas que protegieran de las infecciones. Siglos más tarde, la vulcanización del caucho en el siglo XIX permitió fabricar los primeros preservativos de látex, más resistentes y accesibles que las rudimentarias tripas de animal. Finalmente, a lo largo del siglo XX, el preservativo pasó de ser un objeto asociado al miedo o la moral a convertirse en una herramienta fundamental de salud pública, especialmente durante la crisis del VIH en los años 80.

 

Resulta paradójico que, tras tantos años conviviendo con el preservativo, estemos asistiendo a un nuevo repunte de ITS entre nuestros jóvenes. Parece que hemos olvidado lecciones que ya estaban aprendidas. El sentimiento de retroceso que nos acompaña a muchos/as de nosotros/as nos produce una preocupación profunda que va más allá de la menor precepción de riesgo o del uso irregular del preservativo, pues parece que hemos pasado del progreso al retroceso en muchos aspectos que nos atraviesan como sociedad.

 

Datos que hablan

 

La historia del preservativo es, en realidad, la historia de nuestra relación con el riesgo, el placer y el cuidado. Y hoy en día esa historia nos interpela, ya que los datos actuales hablan por sí solos.

 

Según el último Informe de Vigilancia Epidemiológica (2024), se notificó un aumento del 10,2% de infección por Chlamydia trachomatis respecto al año anterior. En relación con la Gonorrea, hubo un 7,2% más de casos y, en relación a la Sífilis, el incremento fue de un 6,7%. Todos estos aumentos son especialmente significativos entre los jóvenes menores de 25 años.

 

En cuanto al VIH, en 2024 se notificaron 3.340 nuevos diagnósticos en España, de los cuales el 51,1% fueron identificados de forma tardía. Aunque el número total de casos ha registrado un leve descenso, la persistencia de diagnósticos tardíos y la concentración de casos entre los jóvenes evidencia que existe un problema persistente relacionado con el no-uso del preservativo. De hecho, el 28,3% de los nuevos diagnósticos de VIH se dan entre menores de 30 años.

 

Carencia relacional como síntoma

 

El repunte de las ITS entre los/as jóvenes es el síntoma de una profunda carencia relacional. Y es que, en la poca educación afectivo-sexual que reciben, muchos/as adolescentes y jóvenes reciben información fragmentaria, tardía y excesivamente centrada en lo biológico. Saben cómo funciona el cuerpo, pero no han aprendido a comunicar deseos y límites, a negociar el uso del preservativo, a vincular placer con cuidado, a comprender al otro como sujeto, o a entender el consentimiento como la base de cualquier relación (incluida la sexual) sana.

 

Lo cierto es que llevamos años hablando de riesgos, pero no de cuidados; de protección, pero no de responsabilidad afectiva; de anatomía, pero no de vínculos; de cuerpos, pero no de respeto. ¿Y qué es la sexualidad sino vínculo?

 

La pornografía como manual

 

Actualmente, la educación afectivo-sexual sigue siendo un escollo en las instituciones, por lo que hay un vacío educacional en la vida de nuestros/as jóvenes respecto a la sexualidad. Este vacío lo rellenan a través de las redes sociales e Internet y como resultado, actualmente, es la pornografía la que moldea la sexualidad de nuestros/as jóvenes, una pornografía cada más accesible y violenta, donde se trata al otro como objeto y no como sujeto.

 

La pornografía ha ocupado el lugar de la educación y de lo relacional, se ha convertido en el principal referente educativo-sexual de nuestra juventud, con todas las distorsiones que lleva asociadas: relaciones sexuales sin consentimiento, ausencia de preservativos, prácticas de riesgo normalizadas, violencia sexual, menosprecio de la mujer, etc. Todo esto se convierte en una bomba de relojería, ya que el placer se aprende sin protección y el deseo sin responsabilidad.

 

Poniendo el foco más allá

 

El problema no es el uso (o no) del preservativo, sino el cómo nos relacionamos: cómo consideramos al otro/a y cómo nos consideramos a nosotros/as mismos/as. Si queremos frenar el repunte de las ITS, no basta con repartir preservativos y seguir instaurando su uso. Necesitamos enseñar a cuidarnos, a comunicarnos, a vincularnos entre nosotros/as y a vincular el placer con la responsabilidad.

 

Pues el preservativo tiene historia porque el cuidado tiene historia, porque las relaciones humanas tienen historia. Y esa historia solo tendrá sentido si somos capaces de transmitirla a las nuevas generaciones. El preservativo ya pasó de ser un objetivo estigmatizado y oculto a convertirse en un instrumento de salud, elección y libertad. Ahora nos toca dar un paso más allá y poner el foco en lo verdaderamente importante, en lo verdaderamente humano. Debemos enseñar a las nuevas generaciones que protegerse no es desconfianza, sino responsabilidad; que cuidarse es querer y quererse; y que el placer auténtico no está reñido con la protección.

La mujer en la ciencia: De invisibles a imprescindibles

La mujer en la ciencia: De invisibles a imprescindibles

Beatriz Benito Ruiz

11 de febrero de 2026

Durante siglos la ciencia ha avanzado describiendo el mundo con enorme precisión, pero con una perspectiva parcial. No fue porque faltaran mujeres científicas, sino porque faltó reconocerlas.

 

 

La historia de la mujer en la ciencia no es la historia de su incorporación reciente, sino la historia de su invisibilidad.

 

 

Saber sin poder publicar

 

La participación de la mujer en la ciencia ha estado históricamente marcada por la exclusión institucional, la falta de visibilización del mérito y la segregación académica.

 

 

Durante mucho tiempo se ha dicho que las mujeres se habían incorporado tarde a la ciencia y no fue así. En realidad, lo que ocurrió es que la ciencia tardó en reconocerlas.

 

 

Las mujeres siempre observaron, midieron, curaron y enseñaron y lo hicieron en huertos, boticas, casas, partos y hospitales informales. Lo que no podían era firmar. Y la ciencia, igual que la historia, recuerda sobre todo a quien firma.

 

 

La entrada de las mujeres en la Universidad

 

Antes del siglo XIX, las mujeres no podían acceder a la universidad. Sin embargo, siempre generaron conocimiento. Es a partir del siglo XX, con su incorporación progresiva a la universidad y al ejercicio profesional sanitario, cuando se observa una transformación del panorama científico.

 

 

Con el acceso femenino a la educación superior a finales del siglo XIX, no cambió inmediatamente la ciencia, cambió primero la asistencia. Las mujeres comenzaron siendo profesionales del cuidado: docencia, enfermería y posteriormente medicina clínica. Pero la investigación permaneció jerárquica y aparece así un fenómeno que continúa hoy: feminización profesional sin feminización del poder científico.

 

 

Actualmente las mujeres son mayoría en muchas carreras sanitarias y científicas de base, pero minoría en cátedras, dirección de proyectos, producción científica, financiación y puestos de responsabilidad.

 

 

¿Por qué esto es tan importante científicamente?

 

Podría parecer solo un problema laboral o social, pero en realidad es un problema de conocimiento. Quien formula las preguntas científicas decide qué respuestas existen.

 

 

Durante décadas la investigación biomédica utilizó al varón adulto como modelo estándar. Era práctico: menos variabilidad hormonal y resultados estadísticos más limpios. Pero también incompleto y la medicina aprendió sobre un cuerpo medio que no era una representación de toda la población.

La decisión era metodológica y no ideológica. La consecuencia, sin embargo, sí fue clínica. Se describieron enfermedades con precisión, pero en una parte de la población y después se extrapolaron al resto.

 

 

Durante años los ensayos clínicos cardiovasculares incluyeron sobre todo hombres. El “síntoma típico” de infarto se enseñó como universal. Sin embargo, cuando una paciente llegaba con disnea, cansancio o náuseas, no encajaba en el patrón aprendido. La ciencia no estaba equivocada. Estaba incompleta.

 

 

Recuerdo una guardia de madrugada: mujer de 58 años, dolor epigástrico, náuseas y sudor frío. Venía convencida de que era una gastritis. Lo había buscado en internet y nada encajaba con el “dolor típico en el pecho”. El electrocardiograma mostró cambios isquémicos. No era el estómago. Era un infarto que no se parecía al que enseñan y describen los libros. El problema no era el cuerpo de la paciente; era el modelo previo que aparece en la literatura científica.

 

 

¿Qué impacto tiene esto en la medicina?

 

El resultado ha sido una medicina técnicamente correcta, pero biológicamente parcial. Se describieron enfermedades, síntomas y tratamientos que funcionaban bien en el modelo estudiado, pero peor fuera de él.

 

 

Las diferencias más relevantes que existen se han dado en presentaciones clínicas, metabolismos farmacológicos, respuestas inmunológicas y evolución de enfermedades. No porque hombres y mujeres sean “sistemas diferentes”, sino porque la variabilidad humana real es mayor que la estudiada.

 

 

Por todo esto, podemos decir que: “Cuando la ciencia amplía la muestra, mejora la precisión”.

 

 

¿Qué nos encontramos en lo cotidiano de nuestro día a día actual?

 

En consultas y urgencias sigue ocurriendo que un dolor torácico masculino activa antes protocolos que uno femenino. Que el dolor persistente en una mujer joven se interprete antes como ansiedad que como patología orgánica. Que algunos fármacos produzcan más efectos adversos de los previstos porque fueron ajustados en otra fisiología media. No son errores individuales, son inercias del conocimiento.

 

 

La medicina funciona con probabilidades aprendidas. Si la muestra histórica es parcial, la probabilidad también lo será.

 

 

Con más presencia, mejor ciencia

 

En las últimas décadas la situación cambia rápido. La participación femenina en investigación aumenta y, con ella, las preguntas. Aparecen líneas nuevas: medicina personalizada, diferencias farmacológicas, presentación clínica variable, impacto del entorno social en la salud.

 

 

Y no se trata de crear una “medicina para mujeres”. Se trata de entender mejor la biología humana.

 

 

Como científica y clínica, mi responsabilidad no es defender una identidad, sino mejorar la precisión del conocimiento que aplico cada día a personas reales.

 

 

Cuando la muestra estudiada se parece más a la población real, los resultados mejoran para todos y el conocimiento se vuelve más preciso, no más ideológico.

 

 

¿Y qué es lo que realmente está cambiando?

 

A menudo el debate se plantea como igualdad frente a mérito. En ciencia, la dicotomía es falsa. La diversidad no sustituye la excelencia, la facilita.

 

 

Los equipos homogéneos toman decisiones más rápidas. Los equipos diversos cometen menos errores. Y la investigación necesita ambas cosas, pero durante siglos solo tuvo la primera.

 

 

La incorporación plena de la mujer no añade una perspectiva externa: corrige un sesgo interno del método científico. Amplía la muestra humana sobre la que construimos evidencia.

 

 

Una historia todavía en curso

 

Hoy nadie discute que las mujeres puedan ser científicas. La cuestión pendiente es cuánto influyen en qué ciencia se hace. Porque el conocimiento no depende solo de quién investiga, sino de qué decide investigar. Y las prioridades científicas determinan las prioridades sanitarias.

 

 

La historia de la mujer en la ciencia no es únicamente un relato de derechos civiles; es también una historia sobre cómo mejora el conocimiento cuando se parece más a la realidad que pretende explicar.

 

 

Conclusión

 

Durante siglos la humanidad investigó una muestra parcial y llamó universal a lo particular. Funcionó razonablemente bien, pero dejó “zonas borrosas”.

 

 

La presencia creciente de mujeres en ciencia no solo corrige una desigualdad histórica: aumenta la definición de la imagen y mejora la precisión científica.

 

 

La ciencia no cambia por ser más justa. Se vuelve más justa porque cambia. Y al hacerlo, sobre todo, se vuelve más exacta.

 

 

Una ciencia más representativa no es una ciencia más ideológica: es una ciencia más global y completa.

 

 

La historia de la mujer en la ciencia no trata únicamente de justicia social ni de igualdad laboral. Trata de calidad del conocimiento.

Mutilación genital femenina: Una violación de los derechos humanos que debe ser erradicada

Mutilación genital femenina: Una violación de los derechos humanos que debe ser erradicada

Médicos del Mundo Aragón

6 de febrero de 2026

Cada 6 de febrero, la comunidad internacional conmemora el Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina (MGF), una fecha clave para visibilizar, sensibilizar y renovar el compromiso colectivo con la erradicación de una de las formas más graves de violencia contra las mujeres y las niñas. La mutilación genital femenina no es una práctica cultural inocua ni una tradición ancestral inofensiva: es una violación de los derechos humanos, una manifestación extrema de desigualdad de género y una forma de violencia basada en el control del cuerpo y la sexualidad de las mujeres.

 

La Organización Mundial de la Salud define la MGF como «todos los procedimientos que implican la alteración o lesión de los órganos genitales femeninos externos por razones no médicas». Se estima que más de 200 millones de mujeres y niñas en el mundo han sido sometidas a esta práctica, principalmente en países de África, Oriente Medio y algunas zonas de Asia, aunque también está presente en contextos migratorios en Europa, América del Norte y otros territorios.

 

La mutilación genital femenina se realiza mayoritariamente en niñas y adolescentes, y está profundamente arraigada en normas sociales que perpetúan la desigualdad entre mujeres y hombres. Suele justificarse bajo argumentos relacionados con la tradición, la pureza, la religión o la supuesta preparación para el matrimonio. Sin embargo, ninguna religión prescribe la MGF, y su persistencia responde fundamentalmente al deseo de controlar la sexualidad femenina, garantizar la virginidad, la fidelidad conyugal y la obediencia a los roles de género impuestos.

Desde una perspectiva de derechos humanos, la MGF vulnera derechos fundamentales como el derecho a la integridad física y mental, el derecho a la salud, el derecho a no sufrir tortura ni tratos crueles, inhumanos o degradantes, así como los derechos de la infancia cuando se practica en menores de edad. Además, refuerza la idea de que el cuerpo de las mujeres no les pertenece plenamente, sino que está sujeto a decisiones comunitarias y patriarcales.

 

Las consecuencias son graves y duraderas, a corto plazo, puede provocar dolor extremo, hemorragias, infecciones, shock e incluso la muerte. A largo plazo, muchas mujeres sufren dolor crónico, complicaciones ginecológicas y obstétricas, problemas urinarios, disfunciones sexuales y graves afectaciones a la salud mental, como ansiedad, depresión o trastorno de estrés postraumático. Estas secuelas condicionan su autonomía, su bienestar y su participación plena en la vida social.

 

En las últimas décadas se han producido avances significativos. Cada vez más países han prohibido legalmente la mutilación genital femenina, y numerosas comunidades han iniciado procesos de abandono colectivo de la práctica.

 

Médicos del Mundo, desde un enfoque integral, aborda este problema para evitar sus implicaciones físicas, psíquicas, sociales y legales mediante la prevención y la sensibilización.

El objetivo que se persigue es reducir su práctica y mejorar las condiciones sanitarias y la integración social entre la población inmigrante que reside en España.

 

Las actividades siguen una dinámica participativa, priorizando el protagonismo y la aportación de las personas titulares de derechos (mujeres y niñas procedentes de países de riesgo). La incorporación de mediadoras y mediadores a la intervención es un eje central de la actividad, determinante para lograr los objetivos.

 

Nuestro trabajo implica a mujeres, adolescentes y niñas procedentes de países de riesgo, así como a los hombres. Es importante comprometer a toda la comunidad por el peso en la toma de decisiones y en los cambios de actitud, tanto en España como en los países de origen.

 

Nuestra intervención potencia la coordinación de profesionales y el trabajo en red con otras entidades públicas y privadas. Consideramos determinante la sensibilización de los profesionales para lograr una intervención integral y adecuada. En este sentido, Médicos del Mundo Aragón ha liderado la creación de protocolos de actuación llevados a cabo por la Administración Pública aragonesa, visibilizando de esta forma de violencia contra la mujer.

 

El 6 de febrero no es solo una fecha simbólica, sino un llamado a la acción. Erradicar la mutilación genital femenina es posible, pero exige voluntad política, recursos sostenidos y un compromiso firme con la igualdad de género. Implica reconocer que no puede haber relativismo cultural cuando se vulneran derechos fundamentales y que la protección de las mujeres y las niñas debe situarse en el centro de las políticas públicas y de la acción social.

 

Hablar de mutilación genital femenina es hablar de justicia, dignidad y derechos humanos. En este día, reafirmamos que ninguna niña debe sufrir violencia en nombre de la tradición y que la tolerancia cero es una responsabilidad compartida.

Cáncer de próstata: Prevención o secuelas

Cáncer de próstata: Prevención o secuelas

Francisco Javier Reula Vargas

4 de febrero de 2026

Uno de cada dos hombres escuchará la palabra “cáncer” como diagnóstico a lo largo de su vida.

 

Yo soy uno de esos.

 

Cuando te diagnostican la enfermedad, entras en «shock». Lo poco que sabes es que tendrás que pelear mucho y que los tratamientos que recibirás tendrán serias consecuencias para tu cuerpo y mente. Tomas conciencia de que el tiempo ya corre en tu contra.

 

En marzo de 2023, me intervinieron quirúrgicamente para la extirpación total de la próstata mediante laparotomía, una incisión que va desde el pene hasta el ombligo. Al despertar, vi que salían tres sondas de mi cuerpo hacia bolsas diferentes. Dos de ellas las retiran en el hospital, pero la tercera, la que va desde la vejiga hasta una bolsa donde alojas la orina, la anudas al gemelo de tu pierna y te la llevas puesta a casa por unas semanas. Ahí entendí que la que era mi vida de siempre había dado un giro importante.

 

Al retirarme la sonda, era incapaz de retener la orina y empecé a necesitar el uso de pañales durante muchos meses, con la esperanza de poder recuperar en algún momento la musculatura del suelo pélvico. Ni qué decir que durante este tiempo (si no más), se sufre disfunción eréctil y compruebas que tu pene ha disminuido de tamaño tras la cirugía.

Pocos meses después de la intervención, comencé mi tratamiento con quimioterapia. En mi caso, fueron 6 sesiones espaciadas cada 3 semanas, acompañadas de otros fármacos como la cortisona e inhibidores de testosterona.

 

Mi cuerpo se hinchó hasta el punto de no querer mirarme en el espejo, pues no me reconocía. Engordé 16 kilos. Perdí todo el pelo y mis venas se endurecieron tanto que tenían que colocarme las vías para la medicación cada vez en un punto diferente. El dolor en las articulaciones era difícil de soportar. Tuve vómitos, diarreas y náuseas. No era capaz de distinguir los alimentos pues todo tenía sabor a metal. Me fatigaba enormemente con el esfuerzo más liviano y sufrí además un infarto pulmonar. Durante meses, sientes que tu vida se paraliza sin previo aviso y no sabes siquiera si podrás reanudarla.

 

Realmente duro.

 

Dicen que la actitud es muy importante, y aunque la actitud no te va a curar, te ayudará siempre a llevar con entereza y dignidad la lucha que has de afrontar.

 

De momento he frenado el avance del cáncer y toca seguir sin rendición.

 

Vayan por delante mi respeto y cariño a todos los pacientes oncológicos que estén en estos momentos librando su batalla personal. Cada caso es un mundo. Mucha suerte y mucho ánimo, de corazón.

 

Recordad que una simple analítica en sangre del PSA y una visita a tiempo al urólogo ayudan a un diagnóstico precoz en el cáncer de próstata evitando muchos problemas.

 

Mi agradecimiento a los equipos de Urología y de Oncología del Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza, por el exquisito trato médico y humano recibido. Gracias por regalarme VIDA.

 

Gracias a TheMoveMen.org por vuestro esfuerzo y dedicación, dando visibilidad al cáncer masculino.

 

También mi agradecimiento a la Asociación Española Contra el Cancer por su trabajo y acompañamiento en todo este proceso.