El farmacéutico hoy: Más allá de la dispensación

El farmacéutico hoy: Más allá de la dispensación

María José Carrasco López y Guillermo Hernández de Abajo

25 de septiembre de 2025

El farmacéutico representa una de las figuras más discretas y, paradójicamente, más indispensables dentro del entramado sanitario contemporáneo. Su accesibilidad inmediata, sin necesidad de cita previa ni largas listas de espera, lo convierte en el profesional al que la ciudadanía acude con mayor frecuencia para resolver dudas inmediatas: desde el modo correcto de administración de un medicamento hasta cuestiones de autocuidado que, por pudor o por falta de tiempo, no se trasladan a la consulta médica. Como señala la Federación Internacional Farmacéutica (FIP, 2022), la proximidad del farmacéutico lo convierte en el agente de salud más cercano a la población. Sin embargo, esa misma cercanía suele interpretarse con cierta ligereza, como si la accesibilidad restara valor a su papel profesional en una sociedad cada vez más saturada de información digitalizada.

 

La vertiente comunitaria del farmacéutico se enmarca en un modelo de carácter concesional: el número y la ubicación de las oficinas de farmacia están estrictamente regulados por ley, en particular por la Ley 16/1997, de 25 de abril, de Regulación de Servicios de las Oficinas de Farmacia, que establece su régimen de prestación y funcionamiento. Este sistema configura un cuasi-monopolio territorial protegido tanto por la normativa estatal como por las asociaciones colegiales. A su vez, el marco general que regula la autorización, registro, dispensación y control de los medicamentos está fijado en el Real Decreto Legislativo 1/2015, de 24 de julio, que refunde la Ley de garantías y uso racional de los medicamentos y productos sanitarios. Estos textos normativos aseguran estabilidad económica a los titulares de farmacias y, al mismo tiempo, garantizan la cobertura farmacológica de la población en su conjunto, incluso en áreas rurales o localidades remotas donde no existe presencia médica permanente. Desde la perspectiva del Estado, la farmacia comunitaria actúa como un aliado logístico estratégico, ya que permite garantizar la distribución de medicamentos sin necesidad de sostener directamente los costes de salarios ni de infraestructuras, a diferencia de lo que ocurre con médicos o enfermeras.

 

Pese a ello, los farmacéuticos comunitarios reivindican una mayor integración en el sistema sanitario, aspiración que se enfrenta a resistencias políticas e institucionales, así como a recelos de otros profesionales que perciben una posible invasión de competencias. En consecuencia, las reformas que actualmente afectan a la farmacia comunitaria suelen ser incrementales, es decir no modifican el fondo de la cuestión y son de carácter puntual, receta electrónica, programas de cribado, campañas de vacunación, en lugar de transformaciones estructurales que redefinan su rol clínico.

 

Más allá de la dispensación, la profesión desempeña una función crucial en la seguridad y el uso racional del medicamento. La Organización Mundial de la Salud y la Federación Internacional Farmacéutica (2006) subrayan que el farmacéutico constituye una pieza esencial en la prevención de errores terapéuticos y en la mejora de la adherencia a los tratamientos, lo cual adquiere especial relevancia en pacientes crónicos y polimedicados.

 

El farmacéutico también se erige como un agente de salud pública, implicado en campañas de vacunación, programas de detección precoz de patologías y actividades de educación sanitaria que lo consolidan como un centinela de la comunidad. La FIP (2017) insiste en que la farmacia comunitaria constituye un pilar estratégico frente a las inequidades en salud, aunque persiste una percepción social reduccionista que lo identifica únicamente con la dispensación de cajas de medicamentos.

 

La dimensión clínica de la profesión se encuentra cada vez más consolidada en distintos países y abarca funciones como la prescripción colaborativa, la conciliación de tratamientos y el seguimiento farmacoterapéutico. En España, sin embargo, estas competencias se reconocen aún de manera limitada, lo que evidencia la necesidad de avanzar hacia una integración real del farmacéutico en los equipos multidisciplinares de salud.

 

En el ámbito hospitalario, su papel se amplía notablemente. Más allá de la logística del medicamento, el farmacéutico hospitalario actúa como intérprete experto de los resultados bioquímicos, traduciéndolos en recomendaciones terapéuticas concretas y garantizando así la seguridad del paciente en contextos clínicos complejos. Esta capacidad de mediación entre el dato analítico y la decisión terapéutica lo sitúa como actor indispensable en la medicina personalizada contemporánea. A ello se añade su contribución en la vanguardia tecnológica: de la receta electrónica a la teleasistencia, del análisis de big data a la farmacogenómica, el farmacéutico participa activamente en terapias avanzadas y en la consolidación de la medicina de precisión.

 

Todo este entramado se sostiene sobre un compromiso ético ineludible. El farmacéutico asume la responsabilidad de garantizar el uso racional y seguro de los medicamentos, de promover el acceso equitativo a los tratamientos, de respetar la confidencialidad y la autonomía del paciente, de mantener su independencia frente a intereses comerciales y de fomentar la educación sanitaria y la prevención de enfermedades.

 

En definitiva, la sociedad demanda al farmacéutico un rol multifacético: clínico, científico, educador, tecnólogo y guardián ético, aunque bajo la apariencia de una tarea rutinaria. Esta paradoja, que exige mucho y reconoce poco, es quizás la ironía más sutil de la profesión farmacéutica.

 

En consecuencia, la integración plena del farmacéutico en la práctica clínica no puede seguir siendo un recurso retórico en los programas políticos, sino una decisión urgente y efectiva. Postergar este reconocimiento implica desaprovechar un capital humano altamente cualificado, formado y accesible, capaz de mejorar la seguridad de los tratamientos, la eficiencia del sistema y la calidad de vida de los pacientes.

El deporte universitario: Una herramienta de salud a nuestro alcance

El deporte universitario: Una herramienta de salud a nuestro alcance

Alberto Calleja-Romero

18 de septiembre de 2025

El 20 de septiembre se celebra el Día Internacional del Deporte Universitario, una fecha que invita a reflexionar sobre la importancia de integrar la actividad física en la vida académica. No se trata solo de competir o mantenerse en forma, sino que hablamos de un recurso de salud pública muy a tener en cuenta, especialmente en un momento en el que la salud mental del estudiantado se encuentra en el punto de mira.

 

La evidencia científica es clara: la Organización Mundial de la Salud, tras revisar la globalidad de estudios publicados en este ámbito recomienda, al menos, 150 minutos semanales de actividad física moderada para las personas adultas. Sin embargo, en el entorno universitario este consejo adquiere un peso mayor, ya que la presión académica, la incertidumbre por el futuro y, en muchos casos, la soledad percibida, generan un caldo de cultivo para la ansiedad y la depresión. De hecho, en un estudio con más de mil estudiantes en Aragón se detectó que un 23,6% sufría síntomas de ansiedad y un 18,4% de depresión. Más aún, otros trabajos muestran que, según la muestra y el contexto, las prevalencias pueden ser incluso más altas. Una revisión sistemática estima que alrededor de un tercio del estudiantado universitario presenta síntomas relevantes de ansiedad.

 

Frente a este panorama, el deporte se revela como una de las intervenciones más accesibles y eficaces. No hablamos únicamente del sistema cardiovascular o de los músculos, el ejercicio regula neurotransmisores como la dopamina, la serotonina y la noradrenalina, todos ellos vinculados al bienestar emocional. Además, se ha demostrado que incrementa los niveles de BDNF, una proteína clave en la plasticidad cerebral y la prevención de trastornos depresivos.

 

En el contexto universitario, los datos refuerzan esta relación entre el deporte y la salud mental: un estudio mostró que el estudiantado universitario que participaba de manera activa en actividades deportivas mostró una menor prevalencia de depresión y mejores hábitos de salud que sus compañeros y compañeras no deportistas. Más allá de los números, lo que se observa es un círculo virtuoso: más deporte significa más bienestar, mejor rendimiento académico y mayor cohesión social.

 

La Universidad de Zaragoza constituye un ejemplo cercano y tangible. Su Servicio de Actividades Deportivas no se limita a ofrecer el uso libre de instalaciones deportivas, sino que impulsa programas para toda la comunidad: desde el estudiantado y el personal universitario hasta mayores de 55 años, que encuentran en la práctica física un medio de socialización y salud. Además, la institución ha sido reconocida en varias ocasiones con la medalla de oro de la iniciativa internacional Exercise is Medicine, que distingue a los campus comprometidos en promover la actividad física como herramienta de prevención y tratamiento de enfermedades.

 

No obstante, queda camino por recorrer. No se trata solo de disponer de instalaciones y organizar actividades deportivas, sino también de garantizar la inclusión de todos los colectivos: desde quienes se sienten menos hábiles físicamente hasta quienes, por motivos de identidad o discriminación, encuentran barreras adicionales.

 

En definitiva, el deporte universitario no es un lujo ni un capricho, sino una necesidad. No solo previene enfermedades cardiovasculares o metabólicas, también se posiciona como una herramienta de prevención real frente a la ansiedad, la depresión y el estrés. Reconocerlo y potenciarlo es apostar por una universidad más saludable, que entienda que la formación integral del estudiantado universitario debe combinar lo académico con el desarrollo de otras competencias y habilidades que se tienen que adquirir fuera del aula.

Ciencia y excelencia para transformar el cuidado en hospitales y universidades

Ciencia y excelencia para transformar el cuidado en hospitales y universidades

Raúl Soto Cámara y Laura Alonso Martínez

30 de junio de 2025

Los Centros Comprometido con la Excelencia en Cuidados (CCEC® / BPSO® por su nombre en inglés) son un programa internacional de la prestigiosa Registered Nurses’ Association of Ontario (RNAO). Esta organización, que representa a las enfermeras registradas y estudiantes de enfermería de Ontario, está liderada desde 1996 por la Dra. Doris Grinspun, su directora ejecutiva, reconocida por su incansable labor en defensa de la política pública en salud y el papel de la profesión enfermera.

 

Este programa, presente en instituciones de todo el mundo, tiene en España la coordinación nacional de los centros asistenciales en Investén-ISCIII, la Unidad de Investigación en Cuidados del Instituto de Salud Carlos III. En él, los centros candidatos implementan durante tres años las Guías de Buenas Prácticas (GBPs) desarrolladas por la RNAO, en un proceso tutorizado que culmina en una fase de sostenibilidad y evaluación continua.

 

Por ejemplo, la experiencia del Sector Zaragoza III, recientemente acreditado como Centro Comprometido con la Excelencia en Cuidados (CCEC® / BPSO®), demuestra el potencial transformador del programa. Más de 200 profesionales trabajaron entre 2022 y 2024 en la implementación de guías sobre salud mental, ostomías y lactancia materna, generando cambios estructurales y formativos. Este caso ilustra cómo la evidencia científica basada en guías actualizadas puede integrarse con éxito en la práctica asistencial, con impacto directo sobre la calidad de los cuidados y la seguridad de los pacientes.

 

En este contexto, la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad de Burgos (UBU) ha dado un paso histórico al convertirse en la primera institución académica española en ser designada como candidata a Centro Comprometido con la Excelencia en Cuidados (CCEC® / BPSO® Académico) por la RNAO. Este proceso de candidatura es acompañado por la Dra. Doris Grinspun y el Host Académico bajo la dirección de la Dra. Amalia Silva. Como afirman estas expertas, estos programas buscan la transformación profunda, medible y colectiva de la cultura del cuidado y exigen un compromiso con la actualización del conocimiento, el pensamiento crítico y la colaboración estrecha entre el ámbito académico y los centros asistenciales. Además, subrayan el papel de la enfermería como motor de cambio multidisciplinar, que involucra a médicos, farmacéuticos, técnicos, pacientes, familiares y otros profesionales en un esfuerzo conjunto por mejorar la calidad de los cuidados.

 

Este reconocimiento, más allá de un símbolo institucional, refleja una apuesta clara: formar profesionales y estudiantes sanitarios con base en evidencia científica actualizada, mediante la implementación de las Guías de Buenas Prácticas (BPGs) desarrolladas por la RNAO. Estos programas refuerzan el vínculo entre universidad y sistema sanitario, e impulsan un modelo donde el conocimiento sustituya a la ideología en las decisiones clínicas.

 

El programa no solo fortalecerá la formación universitaria, sino que impactará directamente en la calidad de los cuidados prestados a toda la sociedad. En un contexto donde la desinformación en salud representa una amenaza creciente, iniciativas como esta reivindican el valor del conocimiento riguroso y la práctica clínica basada en la evidencia.

 

La excelencia en cuidados no es una utopía, es una responsabilidad. Desde la Universidad de Burgos, el sector académico también comienza a caminar con paso firme hacia ella.

SIBO ¿Pandemia o sobrediagnóstico?

SIBO ¿Pandemia o sobrediagnóstico?

María Badía Martínez
27 de junio de 2025
El sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SIBO) es una enfermedad conocida desde tiempos remotos. El SIBO (Small Intestinal Bacterial Overgrowth), por sus siglas en inglés, se definía antiguamente como el crecimiento excesivo de bacterias en el intestino delgado o la contaminación por bacterias provenientes del colon, asociado a síntomas de malabsorción, como hinchazón, diarrea y déficit de vitamina B12.

Esta definición no era controvertida y se sospechaba en pacientes con un síndrome de malabsorción y diarrea crónica debido a una causa predisponente quirúrgica o médica.

 

En la actualidad, el SIBO se diagnostica cuando existe una concentración de ≥ 103 unidades de bacterias colónicas formadoras de colonias por mililitro (UFC/mL) en el cultivo del aspirado duodenal/yeyunal. Este diagnóstico es complejo y poco práctico, ya que conlleva la realización de una prueba invasiva como una gastroscopia.

En este sentido, las pruebas de medición del hidrógeno en el aire espirado son una alternativa diagnóstica y se aplican, actualmente, para detectar SIBO como método diagnóstico indirecto, aunque sin una base científica obtenida mediante ensayos clínicos controlados. Es decir, las pruebas disponibles hasta el momento son poco precisos. Incluso se desconoce si la normalización de estas pruebas es realmente garantía de curación, ya que muchos de ellos no están validados ni son reproducibles.

Recientemente, el término SIBO se ha popularizado, debido a la alta prevalencia reportada desde que se diagnostica de manera indirecta, y gracias a la difusión de la enfermedad por “influencers” en las redes sociales.

 

La definición actual del SIBO ha generado polémica debido a que su espectro se ha ampliado más allá de la malabsorción. Por ello, en 2024, y debido a la gran incertidumbre generada, un grupo de expertos de la AEG (Asociación Española de Gastroenterología) y la ASENEM (Asociación Española de Neurogastroenterología y Motilidad), se pusieron manos a la obra para intentar dar un poco de luz sobre esta enfermedad. Realizaron un estudio formulando preguntas fundamentales sobre el manejo de la patología y dando respuesta a las mismas, de acuerdo con la evidencia científica disponible hasta el momento. Se trata de un documento práctico para el manejo de pacientes con SIBO y ayuda a contrarrestar la desinformación actual que existe sobre la enfermedad.

Así mismo, la Guía Europea editada en el año 2022 para la indicación de test de aliento de hidrógeno (H2) y metano (CH4), propone que, aún en ausencia de un consenso absoluto para la interpretación de sus resultados, y hasta disponer de un verdadero patrón oro para el diagnóstico de SIBO, se considere la realización de las pruebas en pacientes con hinchazón, dolor abdominal y/o signos de malabsorción, una vez descartados otros diagnósticos mediante técnicas endoscópicas o de imagen, y especialmente si hay factores predisponentes.

Estos factores predisponentes son sobre todo alteraciones anatómicas y estructurales intestinales, como cambios posquirúrgicos, asas ciegas, estenosis y fístulas o diverticulosis yeyunal; trastornos graves de la motilidad (conectivopatías graves, amiloidosis y enfermedad de Parkinson); trastornos endocrinos y metabolopatías avanzadas (aclorhidria, hipotiroidismo y diabetes mellitus); diversos fármacos; y una miscelánea constituida por condiciones como rosácea, inmunodeficiencias, enfermedad inflamatoria intestinal, enfermedad celíaca, enteritis radica, pancreatitis crónica, hepatopatía o nefropatía graves y el síndrome del intestino irritable (SII), con mayor riesgo en la forma con predominio de diarrea.

En ausencia de dichos factores predisponentes bien definidos, la probabilidad de tener un SIBO es baja y la decisión de realizar pruebas para diagnosticarlo no estaría justificada.

En conjunto, los síntomas compatibles con SIBO, muchas veces pueden confundirse con una disbiosis intestinal, entidad mucho más frecuente y con un tratamiento distinto.

 

La disbiosis intestinal se define por el desequilibrio en la microbiota intestinal. Una pérdida de dicha diversidad junto el desequilibrio entre las proporciones de cepas bacterianas puede provocar graves consecuencias.

La microbiota intestinal está formada por más de 1.000 especies microbianas, incluyendo bacterias, arqueas y eucariotas. Alcanzan su mayor proliferación en el colon y son parte funcional y no prescindible del organismo humano: aportan genes (microbioma) y funciones adicionales a los recursos de nuestra especie, participando en múltiples procesos fisiológicos (desarrollo somático, nutrición, inmunidad, etc.). La microbiota juega un papel relevante en la salud y en la enfermedad, aunque todavía no tenemos respuestas definitivas para describir cómo es la simbiosis perfecta entre microorganismos y humanos, o cuál es la proporción o combinación de microorganismos más adecuada para cada individuo. En personas sanas, la composición de la microbiota intestinal es sumamente diversa, con cepas bacterianas protectoras que superan en número a las cepas potencialmente perjudiciales.

Múltiples factores como el uso de antibióticos y otros fármacos, estrés, factores genéticos, dieta, estilo de vida, etc., se han implicado en el origen de la disbiosis. Si el factor desencadenante es intenso o persistente en el tiempo, el proceso puede conducir a enfermedad intestinal, generalmente de tipo crónico o recurrente y de patrón inflamatorio.

 

Como todos sabemos, la salud de un individuo depende de múltiples factores, su biología (genética, desarrollo, envejecimiento), estilo de vida (alimentación, ejercicio, consumo de fármacos, hábitos tóxicos, etc.), medio ambiente (factores externos físicos, químicos, biológicos, psicosociales, socioculturales, etc.) y del sistema sanitario que le atiende (utilización de servicios, eficacia, eficiencia, etc.). La colonización microbiana está implicada, de un modo u otro, en muchas de esas variables. En concreto, la investigación experimental y clínica de la última década ha subrayado el impacto funcional de las comunidades microbianas que habitan el intestino de los animales, incluyendo el ser humano.

Definir con precisión la población microbiana en el intestino delgado asociada al SIBO es por tanto un desafío, y se espera que futuros estudios de la microbiota mediante secuenciación de nueva generación proporcionen un nuevo concepto de SIBO, tanto en términos cuantitativos como cualitativos.

Mientras tanto, debemos informar correctamente a los pacientes y tener mucha cautela antes de diagnosticarles de SIBO, interpretando únicamente un test indirecto de aire espirado, sin tener en cuenta los riesgos del tratamiento, antecedentes y un contexto clínico adecuado.

¿La salud también se enseña? Salud, hábitos y profesionales en acción

¿La salud también se enseña? Salud, hábitos y profesionales en acción

Laura Alonso, María Elena Sánchez y María José Sierra

23 de junio de 2025

La educación para la salud en las escuelas es una herramienta estratégica para el bienestar de las futuras generaciones. En un momento en que la salud pública enfrenta desafíos como el aumento de enfermedades crónicas, el sedentarismo o el consumo de sustancias, integrar esta formación en el entorno escolar puede suponer una transformación profunda y duradera.

 

Según la Organización Mundial de la Salud, la pandemia de COVID-19 provocó un retroceso global en la esperanza de vida, con un aumento significativo de la mortalidad por enfermedades transmisibles, que representaron el 28% de las muertes en 2021. En este contexto, prevenir y promover la salud desde edades tempranas se vuelve crucial.

 

En España, con 49 millones de habitantes y un sistema sanitario considerado de los más avanzados del mundo, la esperanza de vida al nacer alcanza los 83 años, de los que 79 se viven con buena salud, según el Ministerio de Sanidad (2024). Sin embargo, el país enfrenta un progresivo envejecimiento de la población, el 20% supera los 65 años y un preocupante balance negativo entre nacimientos (322.075) y defunciones (433.163).

 

A pesar de los avances clínicos y un gasto anual en sanidad de 134.000 millones de euros al año (10% del Producto Interior Bruto [PIB]), persisten indicadores que subrayan la necesidad de reforzar la prevención: el 26% de la población presenta colesterol alto, el 21% hipertensión, un 20% sufre problemas de salud mental, un 16% tiene dolor lumbar y un 9% tiene diabetes. La obesidad afecta al 16% de los adultos y al 10% de los menores, y el 36% de la población no realiza actividad física regular. Además, el 20% fuma a diario y el 35% consume alcohol cada semana.

 

Frente a estas cifras, la escuela se revela como un espacio estratégico. La educación para la salud no debe limitarse a acciones puntuales, sino formar parte del currículo escolar, incluyendo temáticas como nutrición, salud mental, afectividad, ejercicio físico, uso responsable de tecnologías y prevención del consumo de sustancias.

 

En esta línea, experiencias como enseñar primeros auxilios, reconocer síntomas de enfermedades, como el asma o la diabetes, o aprender a gestionar el estrés, demuestran el poder de esta formación para empoderar a los menores en el cuidado de su salud y la de su entorno.

 

Un dato relevante que no solo supone un reto sanitario, sino también educativo y social, es que entre el 10% y el 15% de los escolares en España convive con enfermedades crónicas. La diabetes tipo 1, por ejemplo, cuenta con unos 1.200 nuevos diagnósticos anuales en menores de 14 años. Aquí entra en juego la importancia de la enfermería escolar y la pedagogía terapéutica. Estos profesionales son fundamentales para ofrecer un entorno inclusivo, seguro y saludable. No solo a los estudiantes, sino también como apoyo al profesorado, pues muchos docentes no cuentan con los conocimientos suficientes para afrontar situaciones sanitarias o adaptar contenidos de salud al aula. Invertir en su capacitación continua, protocolos de actuación y herramientas de evaluación es esencial.

 

Desde la realización de talleres hasta la coordinación con docentes y familias, su labor contribuye al desarrollo integral de los menores, especialmente aquellos con condiciones crónicas. Estos profesionales al desarrollar programas de promoción de la salud colaboran en la educación sanitaria y actúan como puente entre la escuela, las familias y el sistema de salud. Además, su presencia reduce el absentismo, mejora la detección temprana de problemas de salud y refuerza el clima de seguridad en el centro escolar.

 

La enseñanza de primeros auxilios o la reanimación cardiopulmonar (RCP), permite preparar a los menores para situaciones de emergencia y fomenta el sentido de responsabilidad ciudadana. Escuelas que integran estos contenidos, a menudo en colaboración con instituciones sanitarias, no solo educan, sino que salvan vidas.

 

Además de la atención sanitaria, el deporte y la nutrición deben ocupar un lugar prioritario. El bajo nivel de actividad física entre menores refleja la urgencia de programas escolares que promuevan hábitos saludables desde edades tempranas. El ejercicio regular, junto con una dieta equilibrada, reduce significativamente el riesgo de obesidad y enfermedades crónicas, y mejora el estado emocional del alumnado.

 

Según la OMS, las escuelas promotoras de la salud son un modelo probado que mejora tanto los resultados educativos como sanitarios. Implementarlas requiere compromiso institucional, recursos humanos formados y voluntad política, pero su retorno en salud y bienestar social es incuestionable.

 

En definitiva, integrar la educación para la salud en el aula no solo responde a una necesidad sanitaria, sino que construye una ciudadanía más consciente, autónoma y preparada para afrontar los retos del siglo XXI. Si apostamos por esta transformación desde la escuela, estaremos invirtiendo en un futuro más saludable, justo y sostenible.

Cuidando la salud y el medio ambiente

Cuidando la salud y el medio ambiente

Beatriz Sánchez Hernando

05 de junio de 2025

El cambio climático es un hecho innegable. Dejando de lado fenómenos naturales puntuales, es una evidencia que la temperatura del planeta está en ascenso y que cada vez las olas de calor son más intensas y más cercanas entre sí. El calentamiento global se ha acelerado de manera artificial en los últimos 200 años debido a la emisión de cantidades ingentes de gases de efecto invernadero procedentes de la industrialización y el desarrollo tecnológico humano. Como no podía ser de otra manera, este fenómeno ambiental tiene consecuencias en la salud. Una de esas consecuencias es el aumento o exceso de mortalidad vinculado a múltiples enfermedades, siendo el calor extremo el común denominador.

 

Aunque el cambio climático es un fenómeno global, no afecta de la misma manera a todas las personas. Además de los ancianos, los niños y las personas que sufren de diversas patologías, los determinantes sociales de la salud ponen en relieve que no todas las personas sufren de la misma forma los efectos de los cambios ambientales.

 

Para poder construir aspectos positivos que mejoren la salud ambiental del planeta, vinculando los actos individuales y colectivos, debemos observar la salud y el medio ambiente desde un punto de vista positivo, salubrista, salutogénico. De otra manera, centrando la observación en las grandes emisiones, pactos mundiales y demás, podríamos caer en el bloqueo y la ansiedad. En este sentido, una buena opción es adoptar opciones que produzcan cobeneficios, es decir, acciones que repercutan positivamente en nuestra salud y, además, sean sostenibles o, por lo menos, no supongan un perjuicio para el medio ambiente.

 

Algunas actividades relacionadas con los hábitos diarios, como la alimentación y el ejercicio físico, forman parte de esos cobeneficios. En cuanto al ejercicio físico, la elección de medios de transporte cardiosaludables, como caminar e ir en bicicleta, son beneficiosos para la salud. Con estas opciones se aumenta el tiempo dedicado a realizar ejercicio físico moderado y/o vigoroso, lo cual impacta de manera positiva en diferentes marcadores de salud, como los factores de riesgo cardiovascular, reduciendo la incidencia de otras enfermedades. Además, el hecho de caminar e ir en bicicleta supone un aporte nulo de emisiones al medio ambiente, convirtiéndose, a la vez, en una actividad sostenible.

 

Con respecto a la alimentación, el consumo de alimentos de temporada y de kilómetro cero suelen ser opciones de alimentación más saludable y sostenibles. Por una parte, se asumiría un aumento del consumo de vegetales, lo cual supone una mejora en los hábitos dietéticos. Por otra parte, este consumo se traduce en una disminución de las emisiones relativas al transporte de mercancías. Pero, además, esta práctica potencia la riqueza de los territorios, ensalzando el valor de lo local y situando a los productores como un activo para la salud a tener en cuenta.

 

En este sentido, la compra sostenible, procurando un menor desperdicio, supone un beneficio directo para el medio ambiente y un menor gasto para los individuos y las familias que, considerando los determinantes sociales para la salud, tendría un efecto positivo también en la salud.

 

Para continuar hablando sobre los cobeneficios y las actividades diarias, es importante destacar el valor de los cuidados. En una sociedad de consumo, el volver a lo de siempre, cuidándonos más y cuidando a nuestros allegados, supone un acto sostenible. Convierte a los cuidadores en activos en salud, figuras concretas y explícitas que generan salud. Y, siguiendo esta línea argumental, es beneficioso para el planeta, no solo por la disminución de la producción farmacéutica, sino por la menor utilización de las grandes infraestructuras construidas para tratar la enfermedad que, aunque necesarias, suponen un elevado gasto energético.

 

Por último y a modo de conclusión, es importante la concienciación sobre las consecuencias positivas de los comportamientos individuales más saludables y más sostenibles. Pero también es necesario que estos valores formen parte de la vida, no solo de los individuos y de las comunidades, sino que sea este el mensaje que podamos transmitir a generaciones futuras, para que en el presente y en el futuro contemos con una cultura sostenible en la que normalicemos las 3R (reducir, reutilizar y reciclar) en toda su esencia, no sólo en lo que respecta al consumo y a la gestión de residuos, sino también a lo que respecta a la salud.