Enfermedad inflamatoria intestinal: últimos avances relacionados con la microbiota

Enfermedad inflamatoria intestinal: últimos avances relacionados con la microbiota

María Badía Martínez

29 de mayo de 2026

La enfermedad inflamatoria intestinal (EII) es una enfermedad crónica caracterizada por síntomas como diarrea, urgencia para ir al baño, dolor, distensión abdominal y/o gases que evoluciona con un patrón de brotes y remisión. Las dos principales entidades que engloban la EII son la colitis ulcerosa y la Enfermedad de Crohn.

 

Actualmente, sabemos que estas enfermedades surgen de una interacción compleja entre: predisposición genética, alteración de la barrera intestinal, disfunción inmunitaria, factores ambientales y cambios en la microbiota intestinal (disbiosis).

 

En primer lugar, vamos a intentar definir bien varios conceptos:

  • Microbiota: comunidad de microorganismos (virus, bacterias, hongos, arqueas, protozoos…) que forman parte de un individuo.
  • Microbioma: microorganismos, sus genes y metabolitos.
  • Disbiosis: alteración estructural y funcional de la microbiota.

 

La microbiota es muy distinta según donde la busquemos (boca, vagina, aparato respiratorio…), probablemente la más diversa se encuentra en el aparato digestivo, sobre todo a nivel intestinal.

 

Desde que nacemos, la microbiota se va desarrollando y condicionando por diversos factores, tanto genéticos como ambientales. Existen diferencias entre bebés, dependiendo del tipo de parto (vaginal vs cesárea) y del tipo de alimentación del mismo (leche materna vs leche de fórmula).

 

El contacto con los distintos grupos microbianos a lo largo de nuestra vida, hará que el desarrollo de nuestra microbiota sea diferente entre individuos, muy personal y muy variable en los primeros años. En la etapa adulta la microbiota es más estable, más difícil de modificar y mucho más rica y diversa.

 

Pero, ¿cuáles son las funciones de la microbiota?

  • Evitar la colonización de patógenos.
  • Mantiene la barrera intestinal.
  • Modula el sistema inmune.
  • Interviene en el balance del proceso inflamatorio.
  • Degradación de proteínas, polisacáridos, sales biliares, etc.
  • Producción de vitaminas, hormonas y neurotransmisores.

 

En los últimos 10 años ha habido un aumento exponencial en la publicación de artículos relacionados con la microbiota. Caben destacar varios hitos en la historia sobre la investigación en este campo:

  • A partir de 2016 con The National Microbiome Initiative, no solo relacionadas con enfermedad digestivas sino con otras múltiples enfermedades.

 

Y ¿qué papel juega la microbiota y el microbioma en la enfermedad inflamatoria intestinal?

 

Disfunciones en la microbiota (disbiosis) están relacionadas con el desarrollo de distintas enfermedades como la enfermedad inflamatoria intestinal.

 

Es muy difícil asociar directamente tipos de bacterias con enfermedades concretas, pero por ejemplo en la enfermedad de Crohn, se ha demostrado una disminución importante de Faecalibacterium prausnitzii y en general bacterias productoras de butirato, fundamental para nutrir colonocitos, mantener uniones estrechas epiteliales y reducir inflamación. También se ha descrito aumento de bacterias proinflamatorias, particularmente Escherichia coli adherente-invasiva (AIEC), Enterobacteriaceae y algunas Proteobacterias. A pesar de eso no se ha identificado ninguna especie única como biomarcador de la EII.

 

Los fármacos con los que contamos actualmente para el tratamiento de la enfermedad inflamatoria intestinal, actúan para recuperar el control por varias vías: disminuyendo las sustancias inflamatorias, bloqueando moléculas de activación linfocitaria, disminuyendo la llegada de células inflamatorias y linfocitos al intestino y destruyendo los linfocitos relacionados con la respuesta inmune alterada.

 

Los objetivos del tratamiento intentan conseguir, no solo la curación clínica, sino también la curación mucosa, dado que es el principal marcador pronóstico de la enfermedad. Es decir, intentar evitar las recidivas de los brotes y mejorar la calidad de vida de los pacientes a largo plazo.

 

Sin embargo, solo con los tratamientos farmacológicos se consigue una respuesta prolongada en un 60-70% de los pacientespor lo que queda mucho trabajo por hacer.

 

En este sentido, se abre un gran capítulo en la investigación en el tratamiento de estas enfermedades inflamatorias, que se centra en el estudio de la microbiota, es decir todo lo que sucede más allá de la mucosa intestinal.

 

Conociendo correctamente la microbiota de los paciente sanos, y comparándola con aquellos que están enfermos, podríamos ser capaces de crear prototipos de microbiota adecuada y poder modificar la microbiota del paciente, como ya se hace por medio del trasplante de microbiota o trasplante fecal, en la diarrea por Clostridium Difficile, donde ya ha demostrado eficacia.

 

El análisis de nuestra microbiota es un cambio de paradigma en la medicina personalizada, pero debemos ser prudentes, ya que todavía queda mucho por saber, y se están realizando estudios de la misma con cuestionable validez. Dejemos el trabajo en manos de investigadores expertos y con rigor, para llegar a conclusiones aplicables en la práctica clínica.

 

La combinación de datos clínicos, analíticos y del microbioma (metagenómica y proteómica) podría ayudar en un futuro a estratificar los paciente con EII y a la aplicación de una terapia más personalizada.

Más allá del Fast-Food, ¿existe la hamburguesa saludable?

Más allá del Fast-Food: ¿existe la hamburguesa saludable?

Sofía Pérez Calahorra

28 de mayo de 2026

Durante décadas, la hamburguesa ha sido uno de los alimentos más representativos de la comida rápida moderna. Su imagen suele asociarse a cadenas internacionales como McDonald’s o Burger King, al consumo de productos ultraprocesados y a estilos de vida poco saludables. Sin embargo, desde el punto de vista nutricional, la hamburguesa no es necesariamente un alimento perjudicial.

 

La realidad es mucho más compleja: una hamburguesa puede formar parte tanto de una dieta de baja calidad nutricional como de una alimentación equilibrada y saludable. Todo depende de cómo se elabore, de los ingredientes utilizados y de la frecuencia de consumo.

 

En los últimos años, la evidencia científica ha mostrado una creciente preocupación por el impacto de los alimentos ultraprocesados sobre la salud. Diversos estudios epidemiológicos han relacionado el consumo elevado de comida rápida y productos ultraprocesados con mayor riesgo de obesidad, diabetes tipo 2, hipertensión arterial, enfermedad cardiovascular y mortalidad prematura. Una revisión publicada en The BMJ en 2024 concluyó que una alta ingesta de alimentos ultraprocesados se asocia con peores resultados cardiometabólicos y mayor riesgo de enfermedad crónica. Esto no significa que una hamburguesa ocasional vaya a producir daño, pero sí pone de manifiesto la importancia del patrón alimentario global.

 

Hamburguesas como Fast-Food

 

Las hamburguesas comercializadas en grandes cadenas de comida rápida presentan una serie de características nutricionales que explican parte de estas asociaciones. En primer lugar, suelen tener una elevada densidad energética. Una hamburguesa grande acompañada de patatas fritas y refresco azucarado puede superar fácilmente las 1200 calorías en una sola comida. Además, estos menús suelen contener cantidades elevadas de sodio, grasas saturadas y azúcares añadidos.

 

Otro aspecto relevante es la calidad de los ingredientes utilizados. Muchas hamburguesas comerciales incorporan carnes procesadas, quesos muy grasos, beicon y salsas industriales con gran cantidad de sal y azúcar, ingredientes que si se consumen frecuentemente se han asociado con un mayor riesgo de cáncer colorrectal. Asimismo, el exceso de grasas saturadas y sodio contribuye al desarrollo de hipertensión arterial y enfermedad cardiovascular.

 

Sin embargo, es simplista afirmar que el problema es únicamente “la hamburguesa”. En realidad, gran parte del exceso calórico de estos menús procede de los acompañamientos: bebidas azucaradas, patatas fritas y postres hipercalóricos. Además, las porciones han aumentado considerablemente en las últimas décadas, favoreciendo un consumo energético muy superior a las necesidades reales de muchas personas.

 

Frente a este modelo de comida rápida, cada vez existe más interés por aprender a elaborar versiones más saludables de alimentos populares. Y precisamente ahí aparece la hamburguesa saludable.

 

¿Y sí la hamburguesa la hacemos saludable?

 

Desde un punto de vista nutricional, una hamburguesa puede convertirse en una comida completa, equilibrada y saciante si se seleccionan adecuadamente sus ingredientes.

 

La primera clave es la elección de la proteína. Tradicionalmente, la hamburguesa se elabora con carne de vacuno, pero actualmente existen múltiples alternativas. Las opciones más recomendables incluyen carnes magras, como pollo, pavo o ternera con bajo contenido graso. También pueden utilizarse proteínas vegetales como lentejas, garbanzos, tofu o soja texturizada. Las hamburguesas vegetales caseras presentan ventajas nutricionales importantes, ya que aportan fibra, vitaminas y minerales, además de reducir la cantidad de grasas saturadas.

 

El método de cocinado también resulta fundamental. Cocinar la carne a temperaturas excesivamente altas o quemarla puede favorecer la formación de compuestos potencialmente perjudiciales para la salud. Por ello, se recomienda utilizar técnicas como la plancha suave, el horno o la air fryer, evitando la carbonización excesiva. El objetivo no es solo mejorar el sabor, sino también minimizar la formación de sustancias no deseables.

 

Otro elemento importante es el pan. El clásico pan blanco de hamburguesa suele elaborarse con harinas refinadas y aporta poca fibra. Sustituirlo por pan casero con masa madre o panes integrales mejoran significativamente el perfil nutricional de la comida, ya que favorece la saciedad y contribuye a un mejor control glucémico.

 

Los vegetales constituyen probablemente el componente más infrautilizado en muchas hamburguesas comerciales. Añadir tomate, lechuga, cebolla, rúcula, pepino, champiñones o berenjena permite aumentar el contenido en fibra, vitaminas, antioxidantes y agua, mejorando la calidad nutricional global y reduciendo la densidad energética del plato. Además, el mayor volumen de vegetales contribuye a incrementar la sensación de saciedad.

 

Las grasas también merecen atención. Aunque durante años se demonizó cualquier tipo de grasa, hoy se sabe que la calidad es mucho más importante que la cantidad aislada. En una hamburguesa saludable conviene priorizar grasas insaturadas procedentes del aceite de oliva virgen extra, el aguacate o los frutos secos. Por el contrario, es recomendable moderar el uso de salsas industriales, beicon y quesos excesivamente grasos.

 

Precisamente las salsas representan uno de los aspectos más problemáticos de muchas hamburguesas comerciales. Algunas contienen cantidades muy elevadas de azúcar, sal y grasas añadidas. Existen alternativas sencillas y saludables, como preparar salsas a base de yogur natural, mostaza, hummus o tomate natural triturado.

 

Un ejemplo de hamburguesa saludable podría incluir:

  • Pan integral (hidratos de carbono de calidad)
  • Proteína de calidad: hamburguesa casera de pollo o ternera, o también de legumbres,
  • Verduras u hortalizas: tomate fresco, rúcula, cebolla morada, y acompañada de verduras asadas o ensalada
  • Salsa casera: hummus, aguacate, mostaza, etc.
  • Bebida saludable: agua como bebida principal.

 

Esta combinación aporta proteínas de calidad, fibra, grasas saludables y una buena capacidad saciante, todo ello con un perfil nutricional mucho más equilibrado que el de muchos menús de comida rápida tradicionales.

 

En definitiva, la hamburguesa no debería considerarse automáticamente un alimento prohibido o perjudicial. La evidencia científica actual indica que lo verdaderamente importante es el patrón dietético global y la frecuencia de consumo. Una hamburguesa ocasional dentro de una alimentación equilibrada no supone un problema para la mayoría de las personas. Además, aprender a elaborar versiones más saludables puede ser una excelente herramienta de educación nutricional, especialmente en una sociedad donde la comida rápida forma parte de la vida cotidiana.

Delirium agudo en el anciano

Delirium agudo en el anciano

Pablo Jorge Samitier

27 de mayo de 2026

¿Alguna vez has cuidado a una persona mayor y, en un momento concreto, ha comenzado a comportarse de manera extraña? ¿No había manera de que se despertara durante el día y luego no había manera de que se durmiera por la noche? ¿No te conocía, te gritaba, te insultaba, desconfiaba de ti y quería irse a su casa?

 

La unión de diversos factores relacionados con la patología aguda, el deterioro cognitivo y funcional puede ocasionar desorientación, adormilamiento o agitación. Es lo que se conoce como delirium agudo en el anciano y se caracteriza por la presencia de cuatro características clave:

 

Alteración del nivel de conciencia, manifestándose con un estado de agitación, inquietud o nerviosismo o, por el contrario, mediante un estado de somnolencia intensa. Además, estos estados pueden alternarse, generando un cuadro mixto que fluctúa en diferentes etapas.

 

Presencia de alteraciones cognoscitivas y perceptivas. Puede aparecer alteración de la memoria a corto plazo, pensamiento incoherente y desorganizado e incluso alucinaciones visuales y/o auditivas. Por ejemplo, no reconocer la habitación y pensar que está en su propia casa, no reconocer a las personas que le cuidan o percibir agresión o amenaza por parte de quienes le hablan.

 

Aparición brusca, habitualmente en horas o días, y con mayor probabilidad durante el periodo nocturno.

 

Carácter fluctuante. Puede iniciarse tras una descompensación cardiaca o renal, o por una infección urinaria o respiratoria cursando con fiebre y deshidratación, acumulándose sustancias que afectan a la correcta actividad cerebral y comenzando un cuadro de somnolencia. Este puede ser el motivo inicial de ingreso. Al cabo de unos días de tratamiento hospitalario, el paciente puede despertarse desorientado y nervioso, evolucionando hacia un cuadro de agitación. También podría iniciarse directamente con agitación, necesitando medicación que puede acumularse en sangre y mantener efectos tranquilizantes en horarios no adecuados, como los diurnos, alterando el ciclo sueño-vigilia (somnolencia diurna e insomnio nocturno).

 

Puede considerarse un cuadro multifactorial que resulta de la interacción entre ciertas características del paciente que le hacen más vulnerable al desarrollo de delirium, llamadas factores predisponentes (edad avanzada, deterioro funcional y cognitivo, pluripatología, etc.) y factores etiológicos externos denominados factores precipitantes, que desencadenan el cuadro (dificultad respiratoria, fiebre, dolor, fármacos o factores ambientales).

 

El delirium agudo en el anciano es la complicación más frecuente durante la hospitalización de la población mayor, y su incidencia aumenta progresivamente conforme aumentan la edad, el deterioro funcional y el deterioro cognitivo, especialmente a partir de los 75 años. En definitiva, cuanto más dependiente y mayor es la persona, mayor es el riesgo de padecer delirium.

 

Es, por lo tanto, una complicación grave que implica un incremento de los días de estancia hospitalaria. Mina la capacidad vital, cognitiva y de autonomía de la persona anciana, aumentando significativamente la carga de cuidados, hasta convertirse en un factor clave para iniciar un proceso de institucionalización residencial. Además, facilita nuevos ingresos hospitalarios futuros, asociándose, por tanto, a una mayor mortalidad.

 

Tener que manejar un cuadro de agitación psicomotriz, que puede manifestarse en gritos, insultos, intentos de salir de la cama, falta de reconocimiento personal y rechazo a la toma de medicación oral, además durante la noche y pudiendo prolongarse durante varias noches o incluso días sin descanso, se convierte en un factor de estrés intenso. Se identifican tres temas comunes que aumentan el grado de estrés en los cuidadores familiares e informales: primero, los síntomas difíciles de manejar; segundo, la carga emocional derivada de la ira, frustración, angustia emocional, miedo, culpa e impotencia; y, finalmente, la carga situacional, relacionada con la pérdida de control, la falta de atención, de conocimientos o de recursos, las preocupaciones de seguridad, la imprevisibilidad y la falta de preparación.

 

Por fortuna, el fenómeno ha sido investigado en profundidad y se han desarrollado propuestas prácticas. En torno al 30-40 % de los episodios pueden prevenirse mediante medidas no farmacológicas. La intervención preventiva contribuye a mejorar el desarrollo, pronóstico y evolución de los ingresos hospitalarios:

 

La valoración de los factores predisponentes al comienzo del ingreso hospitalario: edad, grado de dependencia, deterioro cognitivo, enfermedades crónicas, alteraciones del sueño y antecedentes de delirium en ingresos previos.

 

El control y monitorización de los factores precipitantes: monitorización de signos vitales, control de la oxigenoterapia, evaluación de parámetros analíticos, control de la micción y del ritmo intestinal, monitorización del dolor o las molestias y limitación de las restricciones físicas.

 

Formación del cuidador informal sobre medidas preventivas de cuidado directo: ayuda con el autocuidado, asegurando una nutrición e hidratación adecuadas; facilitando la toma de medicación oral; promoviendo una movilización temprana; disminuyendo la ansiedad; favoreciendo la orientación a la realidad; facilitando una adecuada visión y audición; estimulando cognitivamente al paciente y asegurando periodos de sueño nocturno.

 

El acompañamiento del enfermo a pie de cama es fundamental. Contamos con la tradición cultural de acompañar al enfermo durante el proceso hospitalario por parte de cuidadores informales (familiares o cuidadores remunerados no familiares). Los cuidadores informales no tienen por qué tener experiencia previa en cuidados sanitarios. Para conseguir su implicación en el cuidado de enfermos con delirium, minimizar sus efectos y disminuir el estrés, es importante hacerles partícipes del proceso preventivo, informando y proporcionando formación específica sobre esta situación.

 

Por todas estas cuestiones, la relación entre el personal de enfermería y los cuidadores familiares e informales debe ser fluida y basada en la confianza. El objetivo es común: el bienestar de la persona ingresada, su pronta recuperación y minimizar las complicaciones derivadas de la estancia hospitalaria.

No es solo oír menos: El impacto real de la pérdida auditiva en la vejez

No es solo oír menos: El impacto real de la pérdida auditiva en la vejez

Yolanda Gracia Rivas

22 de mayo de 2026

“¿El qué? Háblame más alto”. Con seguridad, ha escuchado esta expresión en reiteradas ocasiones. La respuesta habitual consiste en elevar el volumen de la voz o articular con mayor lentitud.

 

Existe una creencia generalizada de que este fenómeno es una consecuencia natural e inevitable del envejecimiento.

 

Pero, ¿y si no es tan inofensivo como parece?

 

La pérdida auditiva en personas mayores – también llamada presbiacusia – no es un simple “oigo menos”, sino que viene acompañada de afecciones en la esfera cognitiva y social.

 

Además, no se trata de un concepto minoritario: su prevalencia es elevada a nivel mundial; se estima que el 65% de los adultos mayores de 60 años la padecen.

 

¿Cómo afecta al cerebro?

 

En la última década, múltiples estudios han evidenciado una asociación entre la demencia y la presbiacusia. De hecho, la comisión de The Lancet concluyó que eliminar la pérdida auditiva en personas mayores podría reducir hasta en un 9% el riesgo de desarrollar el deterioro cognitivo.

 

Este fenómeno se debe a que la pérdida auditiva crónica disminuye la estimulación de las vías auditivas centrales. En consecuencia, el cerebro activa mecanismos compensatorios que incrementan la actividad en las redes neuronales vinculadas al control cognitivo.

 

En términos más sencillos: la disminución de estímulos sonoros obliga al cerebro a “trabajar más” para entender lo que oye, utilizando recursos cognitivos adicionales que, normalmente se dedicarían a la memoria y a la atención. A medio y largo plazo, este sobreesfuerzo puede comprometer el rendimiento cognitivo general.

 

El camino silencioso hacia el aislamiento

 

La audición es clave para la comunicación diaria y representa un factor esencial – frecuentemente infravalorado – para el bienestar social del individuo. A nivel conductual, las personas mayores con pérdida de audición tienden a evitar situaciones de alta exigencia comunicativa, tales como las llamadas telefónicas o la permanencia en ambientes con mucho ruido, debido a la frustración que les genera no poder seguir una conversación.

 

A largo plazo, esta conducta de evitación puede producir: disminución de la participación social, aumento de la sensación de soledad, reducción de interacciones sociales, frustración y ansiedad al no comprender bien y mayor riesgo de depresión.

 

¿Por qué no la atendemos como se merece?

 

A pesar del impacto clínico y social descrito, la presbiacusia constituye una de las condiciones menos tratadas en geriatría. La causa principal es la naturalización de la pérdida auditiva, interpretada erróneamente como una consecuencia inevitable del envejecimiento. Esta percepción social provoca tanto las personas afectadas como sus familias desestimen los síntomas, retrasando la atención oportuna y el diagnóstico.

 

Asimismo, el estigma social hacia el uso de audífonos – relacionados culturalmente con el envejecimiento y la pérdida de autonomía- refuerza esta problemática. Como resultado, se produce un retraso en la búsqueda de ayuda y una tendencia hacia la negación del problema.

 

Cómo actuar de manera efectiva

 

En primer lugar, es necesario un cambio en la perspectiva sociocultural, abordando el problema bajo criterios objetivos. Los estudios apuntan tres soluciones clave para abordarlo correctamente.

 

Detección precoz. La revisión auditiva debería integrarse en los controles habituales de salud. Esta práctica requiere la identificación de señales de alerta que incluyen dificultad para el seguimiento de las conversaciones, la dependencia de la lectura de labios o la solicitud recurrente de repetición verbal.

 

Cuestionarios como el Inventario de Discapacidad Auditiva para Ancianos (HHIE-S) permiten detectar casos sospechosos y remitirles a pruebas de audiometría más específicas. 

 

Implante coclear o uso de audífonos. Los audífonos contemporáneos no solo amplifican el sonido, sino que mejoran su procesamiento. Un estudio de la Escuela Bloomberg evidenció que su uso se asocia con una prevalencia de demencia un 32 % menor en personas con pérdida auditiva moderada o grave. En estadios clínicos casos más avanzados, el implante coclear constituye la opción terapéutica de elección. Un estudio realizado en 2024 en Australia sugiere la posibilidad de retrasar la aparición de la demencia, prolongando la calidad de vida y promoviendo un envejecimiento saludable.

 

Adaptación del entorno. Existen modificaciones ambientales y conductuales sencillas que facilitan la interacción social. Estas medidas incluyen vocalizar sin gritar, reducir ruidos de fondo (como la televisión), hablar de frente a la persona o gesticular para una mejor comprensión.

 

Conclusión

 

La privación auditiva no se limita a la pérdida de sonidos, implica sino perder conversaciones, conexiones y, en última instancia, el deterioro de la calidad de vida.

 

Merece la pena replantearse el impacto de esta situación que puede iniciar con un “no te escucho, repítemelo” y acabar comprometiendo el estado emocional y cognitivo.  En consecuencia, el diagnóstico precoz y el abordaje terapéutico oportuno no es solo una cuestión de audición, sino de salud general y autonomía.

Más allá del intestino. La ataxia por gluten y su impacto en el sistema nervioso

Más allá del intestino. La ataxia por gluten y su impacto en el sistema nervioso

Yolanda Martínez Santos

16 de mayo de 2026

Durante décadas, la enfermedad celíaca se ha interpretado casi exclusivamente como una patología digestiva. La imagen clásica —diarrea crónica, pérdida de peso y malabsorción— sigue profundamente arraigada, tanto en la población general como en el propio ámbito sanitario. Sin embargo, en las últimas dos décadas, la evidencia científica ha transformado esta visión. Hoy sabemos que la enfermedad celíaca y los trastornos relacionados con el gluten pueden manifestarse mucho más allá del intestino. De hecho, se estima que hasta un 10% de los pacientes celíacos presenta manifestaciones neurológicas, aunque probablemente exista un importante infradiagnóstico.

 

Entre estas manifestaciones extraintestinales, la ataxia por gluten ocupa un lugar especialmente relevante. Se trata de un trastorno neurológico autoinmune aún poco reconocido fuera de ámbitos especializados, descrito y caracterizado principalmente por el neurólogo Marios Hadjivassiliou y su grupo de investigación en Sheffield.

 

La ataxia por gluten es consecuencia de una respuesta inmunológica anómala frente al gluten en personas genéticamente predispuestas. A diferencia de la forma clásica de la enfermedad celíaca, en la que el órgano diana es el intestino delgado, en estos pacientes la respuesta inmunitaria afecta predominantemente al sistema nervioso, en particular al cerebelo, estructura clave en la coordinación del movimiento y el equilibrio.

 

Clínicamente, esto se traduce en una sintomatología progresiva que puede confundirse con otras enfermedades neurológicas o vestibulares. Los pacientes suelen presentar inestabilidad en la marcha, torpeza motora, dificultad para realizar movimientos finos y alteraciones del equilibrio. En algunos casos pueden aparecer temblor, disartria (alteración del habla de origen motor, diplopía (visión doble) o movimientos oculares anómalos, lo que contribuye a una mayor complejidad diagnóstica.

 

Un aspecto especialmente relevante, es que muchos de estos pacientes no presentan síntomas digestivos evidentes. La ausencia de diarrea, dolor abdominal o pérdida de peso —o la presencia de síntomas leves e inespecíficos— contribuye a retrasos diagnósticos que pueden prolongarse durante años. De hecho, los trabajos de Hadjivassiliou y sus colaboradores muestran que una proporción significativa de pacientes con ataxia por gluten no cumplía inicialmente los criterios clásicos de enfermedad celíaca intestinal. Este hecho ha impulsado un cambio conceptual importante. Actualmente, se utiliza con mayor frecuencia el término trastornos relacionados con el gluten para describir un espectro de enfermedades inmunomediadas en las que el gluten puede afectar a distintos órganos. Entre ellas se incluyen, además de la ataxia, la neuropatía periférica, determinadas formas de epilepsia, cefalea, deterioro cognitivo y alteraciones psiquiátricas.

 

Desde el punto de vista fisiopatológico, una de las hipótesis más aceptadas plantea que determinados anticuerpos generados frente al gluten reaccionan de forma cruzada con proteínas del sistema nervioso. En este contexto, destaca la identificación de anticuerpos contra la transglutaminasa tipo 6 (TG6), una enzima presente en el tejido neuronal. Diversos estudios sugieren que estos anticuerpos podrían desempeñar un papel directo en el daño cerebeloso característico de esta entidad.

 

Los hallazgos neuropatológicos apoyan esta hipótesis, evidenciando pérdida de células de Purkinje, fundamentales para la función cerebelosa, así como fenómenos inflamatorios y distintos grados de atrofia cerebelosa. En las pruebas de imagen, algunos pacientes presentan reducción del volumen del cerebelo, aunque en fases iniciales la resonancia magnética puede ser normal.

 

El diagnóstico continúa siendo un desafío clínico. No existe una prueba única y definitiva, por lo que suele requerirse la integración de la clínica neurológica, los hallazgos serológicos y las pruebas de imagen. Habitualmente se solicitan anticuerpos relacionados con la enfermedad celíaca —antitransglutaminasa tisular, antiendomisio y antigliadina— y, en centros especializados, anticuerpos TG6, aunque estos últimos no están aún ampliamente disponibles.

 

Además, no todos los pacientes presentan lesión intestinal detectable en la biopsia duodenal, lo que ha generado debate sobre los criterios diagnósticos y la relación con la sensibilidad al gluten no celíaca. A pesar de ello, existe un consenso creciente en que el gluten puede actuar como desencadenante inmunológico de cuadros neurológicos incluso en ausencia de enteropatía clásica.

 

El tratamiento fundamental es la dieta estricta sin gluten mantenida en el tiempo. La evidencia indica que la retirada precoz del gluten puede frenar la progresión neurológica e incluso mejorar parcialmente los síntomas, especialmente en fases iniciales. Una revisión sistemática publicada en Nutrients señala que la adherencia a la dieta sin gluten se asocia con mejor evolución clínica y menor progresión del daño cerebeloso.

 

No obstante, cuando el daño neuronal es avanzado, la recuperación puede ser limitada. A diferencia del tejido intestinal, el sistema nervioso presenta una capacidad regenerativa restringida. Por ello, el diagnóstico precoz y la sospecha clínica en pacientes con ataxia de origen no filiado resultan fundamentales.

 

En los últimos años, el reconocimiento de la ataxia por gluten ha contribuido a redefinir la enfermedad celíaca como una entidad sistémica e inmunomediada. Este cambio no es solo conceptual: tiene implicaciones directas en la práctica clínica, al favorecer una mirada más amplia que permita identificar formas de presentación alejadas del modelo digestivo clásico.

 

En el contexto del Día Internacional de la Celiaquía, visibilizar entidades como la ataxia por gluten resulta especialmente relevante. No solo por su probable infradiagnóstico, sino porque pone de manifiesto que el impacto del gluten puede extenderse a órganos tan complejos como el cerebro. En algunos pacientes, de hecho, los primeros signos no aparecen en el intestino, sino en la pérdida de equilibrio, la coordinación y la marcha.

Hummus: patrimonio culinario mediterráneo y aliado de la salud

Hummus: patrimonio culinario mediterráneo y aliado de la salud

Sofía Pérez Calahorra

13 de mayo de 2026

El hummus es un plato típico de Oriente Medio. En los últimos tiempos ha pasado de ser un plato tradicional para convertirse en uno de los platos más populares de la alimentación saludable. Su textura cremosa, su versatilidad y su perfil nutricional lo han convertido en un habitual de supermercados, restaurantes y redes sociales. Pero más allá de las modas, ¿es realmente saludable?

La respuesta corta es sí: el hummus puede formar parte de una alimentación equilibrada y saludable. Sin embargo, como ocurre con cualquier alimento, sus beneficios dependen de la calidad de los ingredientes, la cantidad consumida y el contexto general de la dieta.

El hummus tradicional se elabora principalmente con garbanzos cocidos, tahini (pasta de sésamo), aceite de oliva virgen extra, limón, ajo y especias. Su origen se sitúa en la región del Mediterráneo oriental y, desde hace años, forma parte del patrón de dieta mediterránea.

 

Un alimento con buen perfil nutricional

Desde el punto de vista nutricional, el hummus combina proteína vegetal procedente de los garbanzos y del sésamo, fibra alimentaria y grasas insaturadas saludables. Además, aporta vitaminas del grupo B y minerales como hierro, fósforo y magnesio.

Esta combinación explica gran parte de sus posibles beneficios para la salud y permite que pueda ser incorporado prácticamente todas las etapas de la vida.

Además, las recomendaciones sobre alimentación saludable promueven el consumo regular de legumbresentre 2 y 4 raciones semanales— desde la infancia y durante toda la vida. En este contexto, el hummus puede ser una forma práctica y apetecible de aumentar su consumo.

Que pueda introducirse desde la alimentación complementaria, aproximadamente a partir de los 6 meses de edad,  adaptando la textura para que sea segura y evitando añadir sal, ayuda a incorporar alternativas saludables a las familias. En etapa infantil, puede facilitar el consumo de legumbres gracias a su textura cremosa y sabor suave.

Durante la adolescencia y la edad adulta, puede contribuir a mejorar la calidad global de la dieta al aportar saciedad, proteína vegetal y grasas saludables. También puede utilizarse como alternativa a aperitivos ultraprocesados ricos en sal, grasas saturadas y harinas refinadas.

Y en personas mayores puede resultar especialmente útil por su textura blanda y fácil masticación. Su contenido en fibra y nutrientes puede ayudar a mantener un adecuado estado nutricional, aunque en determinadas patologías digestivas o renales el consumo debe individualizarse.

 

Rico en fibra y con efecto saciante

Uno de los principales puntos fuertes del hummus es su elevado contenido en fibra. Los garbanzos contienen tanto fibra soluble como insoluble, lo que favorece la sensación de saciedad y contribuye al correcto tránsito intestinal. Además, la fibra soluble puede ayudar a disminuir los niveles de colesterol LDL (“colesterol malo”) y favorecer un mejor control glucémico. De hecho, diversos estudios han observado que el consumo habitual de legumbres se asocia con menor riesgo de diabetes tipo 2 y enfermedad cardiovascular.

Por ello, el hummus puede ser una opción interesante como sustituto de snacks ultraprocesados y formar parte de comidas equilibradas cuando se acompaña de verduras, hortalizas o pan integral.

 

Una fuente interesante de proteína vegetal

El hummus también aporta proteína vegetal procedente de los garbanzos y del tahini. Aunque su contenido proteico no alcanza el de alimentos como huevos, pescado o carne, sí puede contribuir de manera importante a cubrir las necesidades diarias de proteína, especialmente en personas que siguen patrones de alimentación vegetarianos o flexitarianos.

Además, puede ayudar a sustituir parcialmente carnes rojas y procesadas por legumbres, lo que se asocia con mejor salud cardiovascular y metabólica, por lo que incluir preparaciones como el hummus puede resultar beneficioso dentro de una alimentación equilibrada.

 

Grasas saludables para el corazón

Otro aspecto destacable es la calidad de las grasas que contiene. Si la grasa usada es aceite de oliva virgen extra y el tahini aportan principalmente grasas monoinsaturadas y poliinsaturadas asociadas con un menor riesgo cardiovascular cuando sustituyen a grasas saturadas presentes en productos ultraprocesados o carnes grasas.

Por este motivo, el hummus puede ser una alternativa nutricionalmente más interesante que algunas salsas industriales o cremas untables muy procesadas.

 

¿Ayuda a controlar el azúcar en sangre?

El consumo de garbanzos contiene hidratos de carbono de absorción lenta y una cantidad importante de fibra. Esto hace que el aumento de glucosa en sangre sea más gradual en comparación con alimentos ricos en azúcares refinados.

Algunos estudios sugieren que el consumo frecuente de legumbres puede mejorar la sensibilidad a la insulina y favorecer el control glucémico. Sin embargo, el beneficio también depende de cómo se consuma. No es lo mismo acompañar el hummus con verduras crudas que hacerlo con snacks fritos o panes ultraprocesados.

Pero cuidado no todos los hummus que consumimos son adecuados. Algunos hummus comerciales pueden contener cantidades elevadas de sal, aceites refinados, almidones añadidos o una proporción baja de garbanzo. Por ello, conviene revisar el etiquetado nutricional. Un hummus de mejor calidad debería tener como ingredientes principales garbanzos, tahini, aceite de oliva y limón.

En definitiva, el hummus representa una opción alimentaria coherente con los principios de una dieta equilibrada, variada y basada en alimentos de origen vegetal. Su valor nutricional, junto con la evidencia científica que respalda el consumo de legumbres dentro del patrón mediterráneo, lo convierten en una alternativa saludable frente a muchos productos ultraprocesados de consumo habitual.