Fortaleciendo la salud con el farmacéutico

Fortaleciendo la salud con el farmacéutico

Ángel Mas Farré

27 de septiembre de 2026

Un año más, la Federación Internacional Farmacéutica (FIP, por sus siglas en inglés) nos invita a celebrar el Día Mundial del Farmacéutico. Una efeméride que sirve para dar visibilidad en todo el mundo a nuestra profesión y reconocer la importante labor que los farmacéuticos desarrollamos en todos y cada uno de nuestros ámbitos de ejercicio.

 

Este año, el lema que acompaña esta celebración es «Fortaleciendo la salud con el farmacéutico», que pone de relieve el papel que desempeña nuestra profesión en la mejora de la salud de las personas, de nuestras comunidades y, en definitiva, en el fortalecimiento de los propios sistemas sanitarios.

 

Vivimos en una sociedad que cambia y, con ella, también lo hacen sus necesidades sanitarias. El envejecimiento progresivo de la población, el aumento de la cronicidad y la polimedicación, las nuevas demandas asistenciales o la incorporación de nuevas tecnologías están transformando nuestra manera de entender y prestar la atención sanitaria.

 

A todo ello debemos añadir una realidad especialmente patente en nuestra provincia: la despoblación del medio rural. Huesca es una provincia extensa, con una población muy dispersa y con numerosos pequeños municipios en los que garantizar el acceso a los servicios constituye un reto permanente. En muchos de ellos, la farmacia es uno de los pocos establecimientos sanitarios que permanece abierto cada día, cercano y accesible para el ciudadano.

 

Esta realidad nos obliga también a hablar de sostenibilidad. Mantener una farmacia abierta en un pequeño municipio no es únicamente una cuestión empresarial. Significa mantener un recurso sanitario, contribuir a la cohesión territorial y garantizar que quienes han decidido vivir en nuestros pueblos puedan seguir teniendo cerca a un profesional sanitario. Defender la farmacia rural es, por tanto, defender la equidad en el acceso a la atención sanitaria.

 

Pero hablar de profesión farmacéutica es hablar de mucho más que de oficina de farmacia. Nuestra profesión está presente en numerosos ámbitos que resultan esenciales para el funcionamiento del sistema sanitario.

 

Los farmacéuticos hospitalarios desempeñan un papel fundamental en la selección, preparación, seguimiento y utilización segura y eficiente de los medicamentos, especialmente en terapias cada vez más complejas. Tenemos ante nosotros un enorme campo para mejorar la comunicación y la colaboración entre la farmacia hospitalaria y la farmacia comunitaria. El paciente transita entre distintos niveles asistenciales, pero su tratamiento es uno solo. Conseguir una mayor continuidad farmacoterapéutica debería ser un objetivo compartido.

 

También están los farmacéuticos de la distribución, cuya labor, muchas veces poco visible para la población, permite que los medicamentos lleguen cada día en condiciones adecuadas hasta el último rincón de nuestro territorio. Y los farmacéuticos que trabajan en la Administración, en salud pública, inspección, planificación o gestión, aportando su conocimiento para garantizar la calidad, la seguridad y el buen funcionamiento de nuestro sistema sanitario.

 

A ellos se suman ámbitos profesionales que han experimentado un extraordinario desarrollo en los últimos años. La dermofarmacia y la dermocosmética son hoy disciplinas sustentadas en un conocimiento científico cada vez mayor de la piel y de su cuidado. La ortopedia permite dar respuesta a necesidades que afectan directamente a la autonomía y a la calidad de vida de muchas personas. Y la alimentación y la nutrición constituyen un campo en el que el farmacéutico puede desempeñar una importante labor de educación, prevención y promoción de hábitos saludables.

 

Todo ello demuestra la amplitud de una profesión que ha sabido evolucionar sin perder aquello que la define: el conocimiento del medicamento y nuestra vocación sanitaria al servicio de las personas.

 

Y precisamente por esa diversidad, quizá uno de nuestros grandes retos sea aprender a trabajar todavía más juntos. El farmacéutico, por su formación, accesibilidad y contacto con el paciente, puede aportar mucho dentro de una Atención Primaria coordinada. El seguimiento de la medicación, la adherencia a los tratamientos, la detección de problemas relacionados con los medicamentos, la prevención o la educación sanitaria son ámbitos en los que una mayor colaboración entre profesionales puede traducirse en mejores resultados en salud.

 

No se trata de sustituir funciones ni de ocupar espacios que corresponden a otros profesionales. Se trata de compartir información, coordinar actuaciones y aprovechar mejor los recursos sanitarios que ya tenemos.

 

Y esa colaboración debe producirse entre médicos, enfermeros y farmacéuticos, pero también entre los propios farmacéuticos, independientemente del ámbito en el que ejerzamos. Comunitaria, hospitalaria, distribución, Administración, docencia, investigación o cualquiera de nuestras especialidades forman parte de una misma profesión.

 

Desde el Colegio Oficial de Farmacéuticos de Huesca seguiremos trabajando para que nuestra profesión continúe evolucionando y pueda responder a las necesidades reales de la sociedad. Pero también seguiremos defendiendo algo esencial: que vivir en un pequeño municipio no debe significar tener menos posibilidades de acceder a una atención sanitaria de calidad.

 

Los farmacéuticos llevamos generaciones cuidando de las personas. Lo hacemos desde lugares diferentes y desempeñando funciones muy distintas. Hemos cambiado, nos hemos especializado, hemos incorporado ciencia, tecnología y nuevas responsabilidades, pero permanece intacta la esencia de nuestra profesión: estar al servicio de la salud. Porque fortalecer la salud con el farmacéutico significa precisamente eso: poner todo el conocimiento, la diversidad, la cercanía y la vocación sanitaria de nuestra profesión al servicio de las personas, vivan donde vivan.

Cuando la ciencia asegura “no existe evidencia”: ¿incertidumbre o motivo para desconfiar?

Cuando la ciencia asegura “no existe evidencia”: ¿incertidumbre o motivo para desconfiar?

Anna Espart

26 de septiembre de 2026

Imagine que una mañana aparece una noticia en los medios de comunicación advirtiendo sobre los posibles efectos de una sustancia química que está presente en productos de consumo de uso cotidiano, como cosméticos, productos de limpieza o utensilios de cocina. Pocos días después, y ante el revuelo ocasionado a nivel social, un grupo de científicos asegura que todavía no existen pruebas concluyentes de que dicha sustancia perjudique nuestra salud. Puede que su reacción a esta nueva información sea: ¿en qué quedamos? ¿Es peligrosa o no? ¿Por qué los científicos no se ponen de acuerdo?

 

La salud ambiental está llena de preguntas complejas y no siempre fáciles de responder. Determinar si un contaminante afecta a nuestra salud requiere estudiar la cantidad a la que estamos expuestos, la duración de la exposición, la interacción de dicho contaminante con otras sustancias tanto dentro como fuera de nuestro organismo -el llamado efecto cóctel-, y las características de las personas, así como los posibles efectos a corto y largo plazo. La realidad es que muchas veces no siempre disponemos de toda esta información.

 

Sin embargo, cuando los resultados científicos llegan a estos medios de comunicación o a las redes sociales, los matices tienden a desaparecer, fruto de la necesidad de informar en pocas palabras, de modo inmediato y también, por qué no decirlo, cayendo en la necesidad de comunicar aquello más llamativo o provocador. Y es precisamente ahí donde la posible incertidumbre científica de ese preciso momento puede convertirse en terreno fértil para la desinformación. Esa sustancia química de la que hablábamos al principio, y que originalmente era una conclusión condicionada por determinadas circunstancias acaba convertida en una afirmación rotunda, que es tomada por parte de la población como una “sentencia inapelable con condena de cadena perpetua o absolutoria de por vida” de dicha sustancia.

 

En el Día Mundial de la Salud Ambiental, que se celebra cada 26 de septiembre, esta reflexión cobra especial relevancia, puesto que proteger la salud, no solo significa velar por el bienestar de los individuos y ecosistemas en los que vivimos, sino que también exige comprender y comunicar adecuadamente la evidencia científica, incluidas sus incertidumbres.

 

No tener todas las respuestas no significa ausencia de riesgo

 

Uno de los errores más frecuentes al interpretar la investigación científica consiste en confundir la ausencia de pruebas con las pruebas de ausencia. Pensemos nuevamente en “nuestra” sustancia química. Si actualmente sus posibles efectos sobre la salud todavía no se han investigado suficientemente y por consiguiente los estudios disponibles no encuentran una asociación directa o indirecta con una enfermedad, ¿podemos afirmar que nuestra sustancia es inocua? No necesariamente. Puede que los estudios sean demasiado pequeños -con pocos pacientes analizados-, que hayan evaluado exposiciones de corta duración o que no hayan incluido a determinados grupos de población. También puede ocurrir que los resultados sean imprecisos o que las investigaciones presenten limitaciones metodológicas.

 

Pero hay un matiz igualmente importante: la falta de evidencia de daño tampoco demuestra que exista este daño. No es lo mismo una sustancia apenas estudiada que otra evaluada mediante numerosas investigaciones rigurosas cuyos resultados permiten descartar, con un elevado grado de confianza, determinados efectos en condiciones concretas.

 

La cuestión no es simplemente si existen pruebas, sino qué se ha investigado, cómo se ha hecho y qué conclusiones permiten extraer realmente los resultados.

 

Cuando nuevas evidencias cambian lo que creíamos

 

Pongámosle un posible nombre a “nuestra” sustancia. Bisfenol A (BPA). El BPA, es un compuesto utilizado en la fabricación de determinados plásticos y resinas, para darles flexibilidad y reducir el riesgo de rotura. Esta sustancia nos ofrece un ejemplo de cómo evoluciona el conocimiento científico.

 

En 2015, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) estableció una ingesta diaria tolerable provisional para esta sustancia, basándose en la información disponible. Tras reevaluar la evidencia disponible, en 2023 redujo ese valor 20.000 veces, considerando especialmente los posibles efectos sobre el sistema hormonal y sus efectos en la salud. En diciembre de 2024, la Comisión Europea adoptó una prohibición de su uso en materiales destinados a entrar en contacto con alimentos, con determinadas excepciones y períodos transitorios. ¿Significa esto que la ciencia estuvo equivocada hasta hace pocos años? No. Significa que las evaluaciones científicas se han ido realizando con el conocimiento disponible en cada momento y pueden modificarse cuando aparecen nuevas evidencias, mejoran los métodos de análisis o se revisa la interpretación de los resultados.

 

Cambiar una conclusión ante nuevas pruebas no es necesariamente una debilidad de la ciencia. Es una parte esencial de su funcionamiento.

 

El riesgo de convertir una asociación en una certeza

 

Otra fuente habitual de confusión aparece cuando una noticia afirma que un contaminante provoca una enfermedad, aunque el estudio original únicamente haya identificado una asociación estadística entre variables.

 

Imaginemos una investigación que encuentra una mayor frecuencia de una enfermedad entre personas con niveles elevados de exposición a una sustancia ambiental. ¿Podemos concluir que esa sustancia es la responsable? No directamente. La asociación podría estar influida por otros factores o por limitaciones del estudio. Para investigar una posible relación causal es necesario considerar, entre otros aspectos, si la exposición precede a la enfermedad, la calidad de las investigaciones, la consistencia de los resultados y la existencia de explicaciones alternativas. Aterricémoslo con un ejemplo: el asma infantil. Si un estudio encuentra que hay una mayor frecuencia de asma infantil entre niños que viven en zonas con niveles elevados de contaminación atmosférica ¿podemos concluir que la contaminación es la responsable del asma? La respuesta vuelve a ser la misma: no directamente. Puede haber muchos otros factores a los que estos niños están expuestos y que contribuyan al desarrollo de esta enfermedad.

 

Esto no significa que los estudios en los que se observa una relación entre dos variables, es decir, estudios observacionales, carezcan de valor, al contrario: muchas veces son la el primer paso para identificar vínculos entre dos variables y empezar a estudiar su relación. A todo ello, cabe destacar que, en salud ambiental, exponer deliberadamente a personas a sustancias potencialmente perjudiciales puede ser éticamente inadmisible. Por ello, las conclusiones causales pueden construirse integrando diferentes diseños de investigación, datos epidemiológicos y evidencias experimentales o mecanísticas.

 

Entonces, el problema aparece cuando una relación entre una sustancia y sus efectos, que todavía se está investigando, se presenta como si ya estuviera demostrada o, por el contrario, cuando se descarta una relación causal entre una sustancia y sus efectos sobre la salud, simplemente porque no hay estudios en humanos.

 

Dos formas opuestas de desinformar

 

Toda esta incertidumbre que puede llegar a generar el conocimiento científico en relación a los efectos de diferentes compuestos ambientales en nuestra salud, puede utilizarse para transmitir mensajes falaces en dos direcciones. La primera consiste en transformar cualquier sospecha en una certeza de daño: “Como no se ha demostrado que esta sustancia sea completamente segura, debemos considerarla peligrosa para la salud”. La segunda hace exactamente lo contrario: “Como no se ha demostrado de manera concluyente que cause una enfermedad, podemos afirmar que es inofensiva y que no genera ningún daño”. Ninguna de estas afirmaciones está justificada por sí sola. La primera convierte una posibilidad en una certeza. La segunda utiliza las limitaciones del conocimiento para ofrecer una garantía de seguridad que los datos quizá no permiten establecer en el momento actual.

 

En salud ambiental también es fundamental distinguir entre peligro y riesgo. Una sustancia puede tener capacidad para producir efectos adversos, pero el riesgo depende, entre otros factores, de las condiciones de exposición, así como de otros factores como la vulnerabilidad -en todos los aspectos- del individuo.

 

La comunicación rigurosa debe evitar ambos extremos: ni exagerar las amenazas ni minimizar los riesgos documentados.

 

Entonces ¿debemos esperar a tener certezas absolutas para poder actuar?

 

¿Qué debemos hacer cuando existen indicios científicamente fundamentados de un posible riesgo, pero todavía persisten incertidumbres importantes? Lo más sensato por parte de las autoridades, pero también por parte de los profesionales implicados -investigadores, profesionales sanitarios, comunicadores, etc.- es aplicar el principio de precaución, el cual aboga por adoptar medidas preventivas para minimizar los posibles riesgos derivados de la exposición a sustancias sospechosas de afectar nuestra salud.

 

En el marco europeo, este principio permite considerar medidas de protección cuando se han identificado posibles efectos perjudiciales y la evaluación científica no permite determinar el riesgo con suficiente certeza. Sin embargo, no significa que cualquier sospecha justifique automáticamente una prohibición. Las medidas deben ser proporcionales al nivel de protección perseguido, considerar las posibles consecuencias de actuar o no hacerlo y revisarse a medida que aparezcan nuevos datos.

 

La incertidumbre no obliga a la inacción, pero tampoco justifica cualquier intervención. La prevención responsable consiste en utilizar la mejor evidencia disponible, reconocer sus limitaciones y adaptar las decisiones cuando evoluciona el conocimiento.

 

Aprender a leer más allá del titular

 

¿Cómo podemos protegernos frente a la desinformación ambiental? No necesitamos convertirnos en expertos en toxicología, pero sí aprender a formular algunas preguntas antes de compartir una noticia.

 

¿Quién proporciona la información? ¿Se basa en un estudio científico o en una opinión? ¿Se ha investigado en personas, animales o células? ¿Qué exposición se ha evaluado? ¿El estudio demuestra una relación de causa-efecto o únicamente encuentra una asociación entre la sustancia y la alteración en la salud? También debemos examinar con especial atención los mensajes que utilizan expresiones absolutas como «totalmente seguro», «completamente inocuo» o «científicamente demostrado» sin explicar a qué condiciones y evidencias se refieren.

 

La Organización Mundial de la Salud como la EFSA recomiendan comunicar de forma transparente qué se sabe, qué se desconoce y qué recomendaciones podrían cambiar cuando aparezca nueva información. No todas las incertidumbres son iguales. Hay riesgos ambientales ampliamente demostrados, otros sobre los que persisten preguntas importantes y otros cuya evidencia todavía es insuficiente. Tratar todas estas situaciones como equivalentes también distorsiona el conocimiento científico. La próxima vez que una noticia afirme que una sustancia es peligrosa o completamente segura, quizá la pregunta más útil sea: ¿qué sabemos realmente y qué pruebas respaldan esa afirmación?

 

En salud ambiental, comunicar bien la ciencia también es una forma de prevención. Permite reconocer los riesgos documentados, evitar alarmas injustificadas y fundamentar las decisiones de protección de la salud. Porque combatir la desinformación no consiste en sustituir una certeza falsa por otra, sino en aprender a distinguir entre lo demostrado, lo probable y lo que todavía desconocemos.

Salud mental y bifobia: una brecha invisible dentro del colectivo LGTBI+

Salud mental y bifobia: una brecha invisible dentro del colectivo LGTBI+

M. Felipa Gea López
23 de septiembre de 2026

Cada 23 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Bisexualidad, una fecha instaurada en 1999 para visibilizar una orientación sexual que, pese a representar una parte muy importante de la diversidad sexual, continúa rodeada de estereotipos, dudas e incomprensión.

 

Según datos del Barómetro del CIS de enero de 2025 recogidos por la FELGTBI+, el 27,8% de las personas de entre 18 y 24 años se identifica como LGTBI+ y, dentro de este grupo, el 51,5% se identifica como bisexual. En el conjunto de la población LGTBI+, las personas bisexuales representan el 55%. A pesar de que estas cifras desmontan la idea de que la bisexualidad es una realidad marginal dentro de la diversidad sexual humana, continúa siendo una de las orientaciones más cuestionadas e invisibilizadas. Y esto importa directamente cuando hablamos de salud mental.

 

Cuando la identidad se convierte en algo que hay que demostrar

 

La bifobia no siempre adopta la forma evidente de un insulto o una agresión. También aparece en comentarios aparentemente inocentes: «¿Pero entonces eres hetero o gay?», «Eso es una fase», «En realidad eres heterocuriosa» o «Ya se te pasará». Estas afirmaciones transmiten el mensaje de que la bisexualidad necesita ser explicada, demostrada o confirmada constantemente.    

 

Una persona bisexual puede experimentar rechazo tanto desde contextos heterosexuales como desde algunos espacios LGTBI+, donde también puede encontrarse con la idea de que la atracción hacia más de un género constituye una identidad menos legítima o provisional. La investigación ha identificado precisamente estos factores —discriminación, invisibilidad, ocultación de la orientación y falta de apoyo afirmativo— como estresores específicos de la población bisexual. Esto no significa que ser bisexual provoque problemas de salud mental. Significa algo diferente: las condiciones sociales en las que muchas personas bisexuales viven su orientación pueden generar un estrés de minoría añadido.

 

Una de las señales más preocupantes: la conducta suicida

 

La situación resulta especialmente preocupante cuando hablamos de conducta suicida. Una revisión sistemática y metaanálisis de 46 estudios encontró que las personas bisexuales presentaban las mayores proporciones de ideación e intento de suicidio entre los grupos de orientación sexual analizados. Concretamente, hasta un 45% de las mujeres bisexuales y un 35% de los hombres bisexuales han considerado el suicidio a lo largo de su vida, superando las tasas registradas en personas lesbianas, gays y heterosexuales. La investigación apunta hacia el peso de factores sociales y relacionales como la discriminación, la victimización, el aislamiento, la ocultación y la falta de apoyo.

 

Por eso, ante estos datos, quizá la pregunta no debería ser «¿qué les ocurre a las personas bisexuales?», sino también “¿qué estamos haciendo como sociedad para que una persona tenga que ocultar, justificar o defender quién es?”.

 

La consulta sanitaria también puede convertirse en un espacio de invisibilidad

 

El ámbito sanitario tampoco está al margen de esta realidad. La encuesta europea de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea mostró que el 16% de las personas LGTBI encuestadas había experimentado discriminación al entrar en contacto con personal sanitario o de servicios sociales. Aunque estos datos corresponden al conjunto de la población LGTBI+ y no específicamente a las personas bisexuales, ayudan a comprender la importancia de construir espacios asistenciales seguros.    

 

Para una persona bisexual, esto puede implicar algo tan sencillo, y tan importante, como que su orientación no sea interpretada automáticamente a partir de la persona con la que mantiene una relación. Una mujer que tiene pareja masculina no deja de ser bisexual. Un hombre que mantiene una relación con otro hombre tampoco deja de serlo. La orientación sexual no cambia porque cambie la pareja. Parece obvio; sin embargo, precisamente esa obviedad continúa siendo necesaria.

 

El problema de los datos que no vemos

 

También necesitamos mejorar la investigación. Durante años, muchos estudios han agrupado bajo la categoría «LGTBI+» realidades diferentes, dificultando la identificación de necesidades específicas. Si los datos no se desagregan, determinadas desigualdades pueden quedar ocultas y resultar más difícil diseñar intervenciones adecuadas.

 

Hablar de salud mental y bisexualidad exige, por tanto, mirar más allá del diagnóstico individual. Necesitamos profesionales sanitarios formados para trabajar desde una perspectiva afirmativa y libre de presupuestos monosexistas. Necesitamos investigaciones que permitan conocer mejor estas desigualdades y necesitamos espacios familiares, educativos, comunitarios y sanitarios donde una persona no tenga que demostrar quién es. La respuesta no pasa por patologizar la bisexualidad, sino por reducir las condiciones que generan sufrimiento y aumentar los factores que protegen la salud mental.

 

Visibilizar también es cuidar

 

Visibilizar no significa simplemente añadir una letra a unas siglas. Significa reconocer que cada orientación sexual puede estar atravesada por experiencias específicas de discriminación y que esas experiencias importan cuando hablamos de salud. Porque quizá el primer paso sea dejar de preguntar a las personas bisexuales cuándo van a decidirse y empezar a preguntarnos qué ocurre cuando una persona pasa demasiado tiempo intentando convencer a los demás de que su identidad es real. Ser visto, escuchado y reconocido no es un privilegio: también forma parte de cuidar la salud mental.

 

Ni princesas ni machotes: hacia una educación más libre

Ni princesas ni machotes: hacia una educación más libre

M. Felipa Gea López
21 de junio de 2026
La conmemoración del Día Internacional de la Educación No Sexista constituye un hito fundamental en la agenda global de la salud pública, la psicología del desarrollo y la pedagogía contemporánea. Aunque esto suene muy técnico, en el fondo hablamos de algo que nos toca a todos: el derecho de nuestras niñas y niños a crecer sin etiquetas que les corten las alas.

 

Y es que hablar de educación no sexista no significa borrar diferencias ni imponer una forma de pensar. Significa algo mucho más sencillo —y más importante—: permitir que cada niño y cada niña pueda crecer sin sentirse encerrado en un molde.

 

Pero… ¿qué es la educación no sexista? Desde la perspectiva de la investigación científica, se define como un proceso dinámico de enseñanza y aprendizaje que cuestiona los estereotipos de género, elimina las barreras que limitan el potencial humano por razones de sexo y promueve un desarrollo integral y el respeto a los derechos humanos.

 

La educación empieza en el salón de casa

 

Aunque solemos asociar la educación con los colegios, gran parte de lo que aprendemos sobre género ocurre en casa y en el entorno cotidiano. La infancia es una etapa especialmente sensible: todo deja huella. Los niños observan, imitan y absorben mensajes constantemente, incluso cuando nadie pretende enseñarles nada.

 

El cerebro infantil es como plastilina, se moldea con lo que ve y escucha cada día… y sin darnos cuenta, el lenguaje que usamos deja huella.

 

Frases que parecen inofensivas como «los niños no lloran» o «las niñas son más responsables», tienen más peso del que imaginamos, ya que actúan como micro-violencias que generan inseguridad y afectan el bienestar emocional. Estos comentarios “sin importancia” terminan condicionando cómo los/as menores entienden sus emociones y su lugar en el mundo. Pues si a un niño le enseñamos a reprimir su tristeza, le estamos quitando herramientas para gestionar sus emociones en el futuro. Por el contrario, si a las niñas las premiamos solo por ser «buenas y obedientes», estamos frenando su capacidad de liderazgo y volviéndolas vulnerables ante los peligros de la vida.

 

También ocurre con los juguetes, pues durante años hemos asociado el rosa con el cuidado y la belleza, y el azul con la acción, la aventura o la tecnología. Y la segmentación por colores y funciones no es biológica, sino cultural. Algo que tiene consecuencias en los/as menores, ya que aislar a los niños de los juegos de cuidado inhibe el desarrollo de sus redes neuronales vinculadas a la empatía y restringir el juego físico en las niñas limita su práctica de habilidades visuoespaciales y autonomía física.

 

Y algo parecido sucede con las historias, cuentos, personajes… que consumen desde pequeños/as. Aunque cada vez existen más referentes diversos, todavía persiste la idea de la princesa delicada que espera ser rescatada o del héroe fuerte que nunca muestra miedo. Son modelos que, poco a poco, terminan marcando expectativas y encapsulan la capacidad de ser y estar en el mundo en una sola opción.

 

El cerebro no nace con un color asignado, nace con posibilidades infinitas. El problema aparece cuando sentimos que no podemos elegir otra cosa sin ser juzgados/as.

 

Lo que no se nombra, no existe

 

Los centros educativos también son parte importante de en esta socialización, pues allí se transmite mucho más que contenidos académicos. También enseña qué voces importan, quién ocupa el espacio y quién queda fuera del relato. Si echamos un vistazo a los libros con los que estudian nuestros hijos/as, los datos son impactantes. En España, por cada 100 personajes que aparecen con nombre propio en los libros de texto, solo 3 son mujeres.

 

Esta falta de referentes femeninos en la ciencia o la historia lanza un mensaje silencioso a las niñas: «este no es tu sitio». Para que una niña sueñe con ser astronauta o ingeniera, necesita saber que otras ya lo hicieron antes. No es falta de capacidad, es falta de modelos.

 

Por eso la educación no sexista también pasa por revisar materiales, ejemplos y referentes. No se trata de “rellenar cuotas”, sino de mostrar la realidad completa. Porque las mujeres siempre estuvieron ahí, lo que ocurre es que muchas veces no son nombradas y se las deja en los márgenes.

Criar sin estereotipos no significa criar sin libertad

 

Fomentar una educación libre de moldes no es una cuestión de «ideología», sino de maximizar el potencial de desarrollo. Pues el cerebro no tiene género, tiene posibilidades.

 

¿Qué pasa cuando dejamos que un niño juegue a las cocinitas o que una niña se ensucie jugando al fútbol? Que sus neuronas crean conexiones nuevas. Cuando a los niños se les permite expresar tristeza, miedo o ternura, desarrollan una relación más sana con sus emociones. Y cuando las niñas crecen sintiéndose capaces de liderar, explorar, practicar deporte o interesarse por la tecnología, ganan confianza en sí mismas.   Educar en libertad también es una cuestión de salud. Una educación libre de estereotipos permite que cada menor sea quien realmente es, reduciendo la ansiedad y mejorando su autoestima. El objetivo no es criar niños “perfectos”, sino criar personas que no tengan miedo de ser quienes son.

 

Educar en igualdad en tiempos de TikTok

 

Hoy en día, la educación ya no solo ocurre en casa o en el cole, sino que ocurre también en la pantalla del móvil. Los/as adolescentes están expuestos a discursos que promueven una masculinidad agresiva o una hipersexualización temprana de las niñas. El entorno digital se ha convertido en una fuente clave de desinformación y refuerzo de estereotipos nocivos. La aparición de la «manosfera» en redes como TikTok —espacios virtuales que propagan discursos misóginos y antifeministas— está impactando directamente en la socialización de los adolescentes, especialmente de los hombres.

 

La alfabetización digital es clave para que los/as menores identifiquen la violencia simbólica y los delitos sexuales mediados por tecnología, que han aumentado exponencialmente en la última década. Necesitamos que nuestros/as jóvenes aprendan a dudar de lo que ven y a desarrollar un pensamiento crítico frente a los «influencers» que intentan venderles modelos de hombre y mujer del siglo pasado.

 

Conclusión: educar para la libertad

 

La educación no sexista es una herramienta de salud pública esencial para prevenir la violencia de género y promover el bienestar mental. Al romper los moldes de «princesas» y «machotes», no solo garantizamos la igualdad de derechos, sino que permitimos que la arquitectura cerebral de nuestras niñas y niños se desarrolle de la manera más diversa y resiliente posible.

 

Educar en igualdad no es intentar que todos sean iguales, sino garantizar que todos tengan las mismas oportunidades para ser diferentes. Al romper los moldes de «princesas» y «machotes», les estamos dando el mejor regalo posible: la libertad de elegir su propio camino.   Esto significa ganar libertad para emocionarse, para elegir, para explorar intereses propios, para construir una personalidad sin tantas etiquetas… Porque al final, educar en igualdad no solo consiste en preparar a la infancia para el futuro, sino también en preguntarnos qué clase de sociedad queremos construir.  

El silencio de la “Marea Azul”

El silencio de la «Marea Azul»

Francisco Javier Reula Vargas

9 de junio de 2026

El día 11 de junio se celebra el Día Mundial del Cáncer de Próstata. En realidad, no celebramos nada, pero nos servirá para recordar que el año pasado en España, se diagnosticaron 36.000 nuevos casos y acabó, además, con la vida de otros 6.000. El capricho de los datos nos dice, por tanto, que se detectan cada año los mismos nuevos casos y muertes en cáncer de próstata que en cáncer de mama. Los mismos.

 

 

¿Cómo es posible entonces que todo el mundo sepamos lo que es la «marea rosa» y en cambio el cáncer de próstata pase por nuestro lado de una manera invisible? Porque los hombres somos torpes para muchas cosas y esta es una de ellas. Ese es el secreto.

 

 

A los hombres nos da vergüenza hablar de una enfermedad que nos afecta física y psicológicamente de una manera terrible. Basta con comentar que la tasa de suicidios entre pacientes de cáncer de próstata multiplica por 5 la tasa de suicidios de la población general. Por algo será.

 

 

Aprovechando la oportunidad que me ofrece esta tribuna de OCODES, os cuento mi caso personal. A finales de 2022 me diagnosticaron un cáncer de próstata del tipo más agresivo en la escala de Gleason, en un estadio IV y con lesiones óseas metastásicas en la cadera, una vértebra y la clavícula. Muy mala pinta.

 

 

Sigo vivo porque tiene que haber de todo en esta vida… y gracias a un triple tratamiento que pautaron mi urólogo y mi oncólogo del Hospital Universitario Miguel Servet de Zaragoza. Había que apostar al «todo o nada». Así que, gracias al doctor Ángel Borque y al doctor Juan Verdún.

 

 

Previo a este triple tratamiento, había que «limpiar» mediante cirugía todo lo posible. La operación resultó devastadora, pues me afectó por completo a la musculatura de suelo pélvico y supuso un notable acortamiento del pene. Durante casi tres años utilicé pañales ante mi incapacidad para retener la orina. Hace unos meses, me colocaron una prótesis que me permite controlar el flujo de la orina de una forma mecánica. Tan «sencillo y cómodo» como presionar un pulsador alojado en el escroto.

 

 

Ni que decir de las relaciones sexuales que, durante estos más de tres años, han sido inexistentes. Un auténtico «brindis al sol», en el que todavía estamos probando distintas fórmulas, sin resultados hasta la fecha.

 

 

¿Te estás imaginando bien todo lo que supone? Fácil, ¿verdad?

 

 

Pocos meses después de la intervención, comencé el triple tratamiento. La primera parte fueron 6 ciclos de quimioterapia, espaciados cada tres semanas. En total, 5 meses en los que llueve sobre mojado en tu cuerpo. Musculatura que se convierte en puré, vómitos, diarreas, estreñimiento, venas que se vuelven tan finas que es complicado detectarlas para realizar cualquier prueba o analítica, caída del pelo, pérdida de piezas dentales, fragilidad ósea y una sensación de debilidad y vulnerabilidad que resulta extenuante.

 

 

La segunda parte consiste en unas inyecciones inhibidoras de la testosterona, lo que vulgarmente se conoce como «castración química», pues el cáncer de próstata tiene un componente hormonal. Esto tiene efectos secundarios también, como el aumento del pecho, la falta de libido, sofocos y aumento de la grasa corporal. En definitiva, provoca andropausia en el hombre.

 

 

Y la tercera parte del tratamiento incluye la toma de un fármaco llamado darolutamida, que bloquea los andrógenos (como la testosterona), actuando como una terapia hormonal para tratar ciertos tipos de cáncer de próstata. Tiene un elevado riesgo de posibles fracturas óseas, pero hay que elegir.

 

 

Recuerda que una simple analítica en sangre del PSA y una visita a tiempo al urólogo ayudan a un diagnóstico precoz en el cáncer de próstata, evitando muchos de los problemas que te he descrito.

 

 

Ojalá estas líneas te ayuden a comprender ahora lo que padecemos quienes estamos inmersos en esa «marea azul»… y seas altavoz, con nosotros, para que tu marido, tu novio, tu hermano, tu padre, tu amigo, o tú mismo, no tengáis que pasar por un proceso semejante.

 

 

Quiero, por último, dar las gracias a Susana, mi esposa, por ayudarme siempre, por seguir diciéndome cada día lo fuerte y lo guapo que estoy y sin la que hoy no habría encontrado las fuerzas necesarias para escribir un artículo tan duro para mí.

Desinformación en salud: una amenaza creciente que precisa una respuesta coordinada

Desinformación en salud: una amenaza creciente que precisa una respuesta coordinada

Susana Fernández Olleros y Javier Granda Revilla

7 de junio de 2026

La desinformación en salud se ha convertido en uno de los principales desafíos tanto para los sistemas sanitarios, como para los profesionales de la información y las instituciones públicas. Es la principal conclusión del Informe sobre Desinformación en Salud en España que hemos elaborado la Asociación Nacional de Informadores de la Salud (ANIS). En este documento, advertimos que los bulos sanitarios han dejado de ser episodios aislados para convertirse en un fenómeno estructural con consecuencias directas sobre la salud pública.

 

La pandemia de COVID-19 marcó un punto de inflexión. La combinación de incertidumbre social, crecimiento de las redes sociales, expansión de la mensajería instantánea y avances tecnológicos permitió que la información falsa circulara con una velocidad sin precedentes, superando en muchas ocasiones la capacidad de respuesta de científicos, periodistas e instituciones sanitarias.

 

La desinformación sanitaria puede provocar daños físicos y psicológicos al fomentar el abandono de tratamientos avalados por la evidencia científica o promover terapias ineficaces e, incluso, peligrosas. Otro motivo de preocupación es el creciente deterioro de la confianza ciudadana en profesionales sanitarios, científicos, medios de comunicación e instituciones públicas.

 

El informe diferencia entre información errónea –compartida sin intención de engañar– y desinformación, elaborada deliberadamente para manipular, obtener beneficios económicos o promover intereses ideológicos o políticos. Aunque ambas pueden resultar perjudiciales, la segunda constituye una amenaza especialmente grave porque busca erosionar la confianza en organismos oficiales, expertos y sistemas de salud.

 

Para analizar la situación española, en el informe hemos revisado iniciativas gubernamentales, documentación científica y opiniones de periodistas, profesionales sanitarios y representantes de pacientes. Entre nuestros hallazgos, destaca una amplia diversidad de actuaciones dispersas. El Gobierno de España ha impulsado una docena de medidas relacionadas con la lucha contra la desinformación, mientras que las comunidades autónomas y otras instituciones han desarrollado al menos 64 iniciativas distintas. Sin embargo, existe una notable falta de coordinación entre ellas.

 

Teorías conspirativas

 

Uno de los aspectos más preocupantes es el arraigo social de determinadas teorías conspirativas. Según datos recogidos en la Encuesta de Percepción Social de la Ciencia y la Tecnología, un 41,6% de los ciudadanos cree que los gobiernos han producido virus en laboratorios para controlar a la población. Y aproximadamente la mitad considera que las compañías farmacéuticas ocultan los riesgos de las vacunas. Además, un tercio de la población cree que existe una cura para el cáncer que permanece oculta por intereses económicos.

 

Estas cifras contrastan con el elevado nivel de confianza que los españoles siguen depositando en la investigación científica:más del 75% manifiesta confiar en la ciencia y casi el 86% considera que los científicos son expertos fiables en sus respectivos campos. No obstante, la coexistencia de confianza científica y creencias conspirativas evidencia la complejidad del actual ecosistema informativo.

 

Falta de credibilidad de los medios

 

Los medios de comunicación continúan desempeñando un papel fundamental en este contexto. Diversos estudios muestran que televisión, radio y prensa siguen siendo considerados por la ciudadanía como las fuentes más fiables para contrastar información. Sin embargo, el sector periodístico afronta una crisis de credibilidad que afecta especialmente a los jóvenes, entre quienes la confianza en las noticias es significativamente menor.

 

La expansión de las redes sociales ha transformado radicalmente el escenario. Plataformas como YouTube, Instagram, TikTok o X permiten una difusión masiva de contenidos sanitarios sin filtros editoriales. Diversas investigaciones que hemos recopilado en el informe muestran que la desinformación es especialmente frecuente en ámbitos como las vacunas, la nutrición, las enfermedades crónicas, el cáncer o los productos relacionados con el tabaquismo y las drogas.

 

Especial preocupación generan los jóvenes: un informe elaborado por la Organización Mundial de la Salud para Europa indica que más del 60 % de las personas entre 16 y 24 años obtiene gran parte de su información sanitaria a través de redes sociales y menos de un tercio verifica activamente las fuentes de lo que consume.

 

IA, un nuevo reto

 

La inteligencia artificial aparece además como un nuevo desafío. Aunque la población utiliza cada vez más estas herramientas y reconoce sus beneficios, también expresa inquietud por los riesgos asociados a la manipulación de contenidos, la privacidad de los datos y la generación automatizada de información falsa.

 

Los profesionales sanitarios que hemos consultados coinciden en señalar que la desinformación ya tiene efectos visibles en la práctica clínica. Muchos pacientes llegan a las consultas con ideas preconcebidas erróneas, expectativas irreales o desconfianza hacia tratamientos científicamente contrastados. Esta situación obliga a dedicar más tiempo a desmontar creencias falsas y puede dificultar la adherencia terapéutica.

 

Las asociaciones de pacientes también muestran preocupación por la proliferación de contenidos poco fiables. Subrayan que numerosos afectados recurren a internet para resolver dudas relacionadas con enfermedades o tratamientos y, en ausencia de orientación adecuada, quedan expuestos a información engañosa que puede generar miedo, falsas expectativas o decisiones perjudiciales para su salud.

 

Papel clave del periodismo especializado

 

Ante este escenario, en el informe reivindicamos un papel central del periodismo especializado en salud: los periodistas sanitarios actuamos como intermediarios entre la evidencia científica y la ciudadanía, traduciendo conocimientos complejos a un lenguaje accesible y verificando rigurosamente las fuentes. Nuestra función resulta especialmente relevante en un entorno donde la rapidez de difusión suele imponerse a la calidad de la información.

 

La alfabetización mediática y sanitaria emerge como otra de las grandes herramientas para combatir el problema. En el documento recopilamos estudios que destacan la importancia de enseñar pensamiento crítico, fomentar la lectura crítica de contenidos digitales y mejorar la capacidad de la población para identificar fuentes fiables. Asimismo, proponemos reforzar estas competencias desde la escuela y mediante programas de formación dirigidos tanto a ciudadanos como a profesionales sanitarios.

 

Como referencia internacional, debe destacarse la estrategia impulsada por Escocia en 2025 para proteger la integridad de la información sanitaria. El modelo escocés se articula en torno a tres pilares: liderazgo institucional, fortalecimiento de la resiliencia ciudadana y mecanismos de respuesta rápida frente a los bulos.

 

Para acabar, reiteramos que la desinformación en salud debe ser reconocida oficialmente como un problema de salud pública. Por ello, desde ANIS proponemos desarrollar una Estrategia Nacional contra la Desinformación en Salud que coordine a administraciones, profesionales sanitarios, periodistas, científicos, centros educativos y plataformas tecnológicas. El objetivo es construir un sistema capaz de detectar, prevenir y responder de forma eficaz a una amenaza que ya afecta a la calidad de las decisiones sanitarias, la confianza social y el bienestar colectivo.