Dolor invisible: el impacto emocional de la endometriosis

Dolor invisible: el impacto emocional de la endometriosis

Inma Menés Casado

26 de mayo de 2026

La endometriosis es una enfermedad invisible. No se nombra en la calle ni en los medios de comunicación, no hay campañas públicas de las instituciones sanitarias.

 

 

¿Cómo puede ser que una enfermedad con mayor incidencia que el asma, la diabetes y el VIH juntos, y con unas repercusiones tan graves en la vida cotidiana, no se conozca? Sabemos qué es la diabetes o el asma, pero al nombrar la palabra endometriosis inevitablemente surge la pregunta: “¿endomequé?”

 

 

Creo que hay varios factores que influyen en esta invisibilización:

 

 

  • Que el principal síntoma es el dolor. Y todo dolor es invisible. Es una experiencia subjetiva que, en nuestro caso, es casi una definición de la enfermedad. Y que ni los profesionales ni nuestro entorno pueden ver. Se puede, si hay suerte, encontrar algunas causas que pueden ocasionarlo, algún endometrioma, algún nódulo que asoma, órganos adheridos, pero en muchos casos no hay una correlación entre lo visible y el dolor.

 

 

  • El mito: la regla duele, como si de una maldición divina se tratara. Un mito sin matices, incuestionable, que oculta lo patológico y la enfermedad. Y está sustentado por el mandato o ideal social: “hay que aguantar”; o su vertiente comercial: “que nada te pare”. Todo unido, hace que muchas mujeres sostengan un dolor insostenible y las coloca en una situación de desprotección.

 

 

  • Otro factor es que la enfermedad se parapeta en zona tabú, relacionada con el mundo secreto e innombrable de la menstruación y los genitales internos femeninos. Está lastrada principalmente por el sesgo de género que la incluye en el territorio de lo “normalizado” (el dolor de regla es normal) y de lo innombrable (la menstruación, la micción y la defecación, las relaciones sexuales… de las mujeres).

 

 

  • Un cuarto motivo es la insuficiente formación, investigación e interés de la comunidad médica en esta enfermedad. Por supuesto, alimentado por los factores anteriores: los prejuicios y tabúes culturales nos influyen a todas, incluidas las profesionales. El que la endometriosis no genere en muchas ocasiones signos evidentes en las pruebas de imagen clásicas, implica que para diagnosticarla es imprescindible escuchar y creer a la mujer que acude a la consulta. Confiar en su relato. Para ello se necesita formación suficiente para reconocer los síntomas, humildad para ver las limitaciones de nuestro conocimiento y un compromiso con la paciente para intentar ayudarla más allá de lo evidente y los prejuicios. Y en nuestro sistema de salud, estresado y deshumanizado, en muchos casos esto no se da.

La incomprensión, la desconfianza, la encontramos también en el entorno más cercano: la pareja, la familia, las compañeras, los amigos… Esto nos pone en una situación traumática, de mucha vulnerabilidad. Necesitamos ser creídas, legitimar nuestra experiencia, pero no podemos aportar pruebas de nuestro dolor, y esto, en una sociedad llena de prejuicios e incomprensión, nos deja sin apoyos.

 

 

Por todo ello, ¿qué pasa si no te creen?: “No tienes nada”, “es imposible”… ¿Dónde quedas tú ante la sociedad y el sistema de salud? O el sistema no sabe (y esta posibilidad o no cabe o asusta) o, irremediablemente, tu realidad es inventada, delirante.

 

 

Y esta duda, esta inquietud, es corriente. Por un lado, te llega directamente, tanto de médicos y especialistas como de tu entorno: “solo es un dolor de regla…, no puede ser para tanto…, todas las mujeres tienen molestias…, no vas a coger la baja otra vez por la regla…, a mí también me duele y me aguanto …”. Y a veces el cuestionamiento es más duro: “te lo inventas, estás loca, te voy a derivar a salud mental porque yo no veo nada físico, es que tienes muy bajo el umbral del dolor, lo que necesitas son ansiolíticos, antidepresivos, tener un hijo, preocuparte por otras cosas…”.

 

 

Así, además de convivir con un dolor a veces avasallador, la subfertilidad y –en ocasiones– la infertilidad, una sexualidad condicionada y una vida social y laboral limitada, una o varias intervenciones quirúrgicas, extirpaciones de órganos… además, toca enfrentarse a la incomprensión, la soledad, la confusión, la duda de sí y la impotencia.

 

 

En la endometriosis severa necesitamos integrar en nuestra vida:

 

 

  • El dolor
  • El miedo al dolor
  • La limitación, la incapacidad
  • Las pérdidas, los duelos
  • El mal trato y, a veces, el maltrato

 

 

Es muy duro, a veces terrible, pero las personas contamos con un impulso innato de crecimiento y superación que nos lleva a adaptarnos para vivir lo mejor posible. Y aprendemos, y seguimos viviendo, integrando, haciendo hueco a lo nuevo, aunque no sea elegido.

 

 

¿Y qué hemos aprendido en estos años de convivir con la enfermedad?  Lo que toda situación traumática necesita para superarse, e incluso, para ayudarnos a crecer psicológica y emocionalmente.

 

 

  • Que necesitamos apoyo social para afrontar el impacto emocional que suponen los peores síntomas de esta enfermedad. Las respuestas comprensivas de otras personas suavizan el impacto de la situación, mientras que respuestas hostiles o negativas multiplican el daño y agravan las consecuencias, físicas y psicológicas. Compartir la experiencia traumática con otros es una condición indispensable para restituir la sensación de existir en un mundo con sentido.

 

 

  • Que las estrategias activas de afrontamiento nos protegen, atenúan la vulnerabilidad psicológica. Formarnos sobre la enfermedad, tomar decisiones sobre el tratamiento, hacernos cargo activamente de mejorar nuestra calidad de vida, enfrentar las dificultades, buscar los apoyos necesarios… Nos ayudan a salir de la indefensión y de la desesperanza.

 

 

  • Que las que mejor se recuperan son las mujeres que descubren algún significado en su experiencia que trasciende los límites de su situación personal. Lo más frecuente es que lo encuentren uniéndose a otras en una acción social donde se pasa de una sensación de impotencia a una sensación de control, de potencial de cambiar las cosas. Y de un yo a un nosotras. Y de un nosotras a un todas.

 

 

Visibilizar: hacer visible lo que está oculto, negado.

Nombrar: poner palabras a lo que no las tiene.

Digamos todas juntas: ENDOMETRIOSIS.

 

Autonomía, ética y cuidado en los ensayos clínicos

Autonomía, ética y cuidado en los ensayos clínicos

Marisa de la Rica Escuín

20 de mayo de 2026

En el Día Mundial del Ensayo Clínico conviene detenerse y recordar algo esencial: el progreso en salud no ocurre por casualidad, sino gracias a la investigación. Cada avance terapéutico, cada fármaco que hoy forma parte de la práctica clínica, ha recorrido antes el exigente camino de los ensayos clínicos. A través de ellos se desarrollan y evalúan nuevas estrategias terapéuticas, no solo para comprobar la seguridad y eficacia de fármacos innovadores, sino también para mejorar la calidad de vida y el pronóstico de las personas.

 

 

Sin embargo, en el centro de todo ensayo clínico no está la molécula ni el protocolo: está la persona. Su participación es un acto de generosidad y compromiso que hace posible el avance colectivo. Por ello, garantizar su autonomía no es un requisito formal, sino una obligación ética ineludible. Un consentimiento informado solo es válido cuando es verdaderamente comprendido. Cuando una persona no entiende con claridad a qué se enfrenta, no está ejerciendo libremente su capacidad de decisión. Una información comprensible y adaptada es clave para que la participación sea libre, voluntaria y consciente.

 

 

Esta reflexión adquiere especial relevancia en el ámbito de la oncología, donde el progreso en el tratamiento del cáncer ha estado estrechamente vinculado a la investigación clínica y los ensayos han sido una herramienta esencial para ese avance. A través de ellos se han desarrollado tratamientos innovadores que han transformado el curso de muchas enfermedades. Sin embargo, en el contexto de la enfermedad oncológica avanzada, participar en un ensayo clínico plantea interrogantes complejos tanto para los pacientes como para sus familias y los profesionales sanitarios.

 

 

¿Qué implica realmente formar parte de un ensayo en una fase avanzada de la enfermedad? ¿Qué expectativas son razonables? ¿Cómo afecta a la calidad de vida? En muchas ocasiones, estos ensayos no tienen como objetivo la curación, sino evaluar aspectos como la toxicidad, la dosis adecuada, el tiempo hasta la progresión de la enfermedad o la comparación con el mejor tratamiento disponible, que en algunos escenarios puede incluso incluir placebo.

 

 

No es infrecuente que algunos pacientes, especialmente en oncología, interpreten la participación en un ensayo y, particularmente, la asignación al brazo experimental como una oportunidad de curación. Esta percepción, aunque comprensible, puede no ajustarse a la realidad del estudio. De ahí la importancia de una comunicación honesta, clara y continuada por parte de los profesionales sanitarios, que permita gestionar expectativas sin generar falsas esperanzas, pero tampoco despojar de sentido la decisión de participar. Esta situación exige una mirada ética especialmente cuidadosa, donde la toma de decisiones compartida, el acompañamiento emocional y el respeto a los valores del paciente sean pilares fundamentales.

Más allá del componente clínico, los ensayos en la enfermedad oncológica avanzada plantean retos emocionales, familiares y asistenciales. El papel de las familias, el acceso equitativo a los ensayos, y la forma en que los profesionales documentan y acompañan el proceso de decisión son aspectos que merecen una reflexión profunda. También es crucial analizar cómo se integra la atención paliativa: los pacientes en estos estadios de enfermedad, aunque participen en un ensayo clínico en cualquier fase, deberían contar siempre con el soporte de unos cuidados paliativos de calidad que acompañen y comprendan su proceso, ya que garantizan un adecuado control de síntomas y una mejor calidad de vida.

 

 

Pero hablar de ensayos clínicos no es hablar solo de oncología ni únicamente de fármacos: es hablar de un ecosistema complejo de especialidades y profesionales que hacen posible que la investigación sea segura, ética y útil para los pacientes. Aunque el gran volumen de ensayos clínicos se concentra en oncología, hoy se desarrollan estudios en múltiples patologías y a cargo de muchas especialidades: enfermedades autoinmunes, psoriasis, degeneración macular, insuficiencia renal, retinopatía diabética, insuficiencia cardiaca, enfermedades neurodegenerativas y numerosas otras condiciones crónicas o complejas.

 

 

En un ensayo clínico participan muchos profesionales clave y fundamentales. Junto a los y las investigadores/as principales, las y los coordinadores de ensayo desempeñan una labor esencial: siguen el protocolo, garantizan su cumplimiento, registran los datos procedentes de la historia clínica y de los documentos fuente en los cuadernos de recogida de datos, y notifican en tiempo y forma los acontecimientos adversos, tanto leves como graves. Igualmente importantes son los y las monitores/as de ensayos clínicos, que verifican que en todos los centros participantes se aplican correctamente los mismos procedimientos, preservando la homogeneidad y la validez de los resultados.

 

 

Y, de manera muy especial, las enfermeras de ensayos clínicos, que acompañan al paciente a lo largo de todo el proceso, resuelven dudas, administran los tratamientos, realizan los procedimientos establecidos en el protocolo y gestionan muestras biológicas y determinaciones específicas, como estudios farmacocinéticos, biopsias líquidas o anticuerpos antifármacos. Su cercanía con las personas permite humanizar la investigación, asegurando que detrás de cada dato nunca se pierda de vista la persona y su experiencia.

 

 

En este Día Mundial del Ensayo Clínico, es necesario reivindicar una investigación centrada en las personas, donde el rigor científico vaya de la mano de la ética, la comunicación y el cuidado. Porque investigar es avanzar, pero cuidar es no olvidar para quién investigamos.

El médico rural: Responsabilidad clínica y vínculo comunitario

El médico rural: Responsabilidad clínica y vínculo comunitario

Pilar Notivol

19 de mayo de 2026

Ser médico de familia en un pueblo es mucho más que ejercer una profesión sanitaria. Es convertirse en una figura cercana, en alguien que acompaña a las personas durante toda su vida y que, en muchas ocasiones, representa el principal apoyo sanitario, humano y emocional de toda una comunidad. La medicina rural tiene unas características muy distintas a las de los grandes hospitales o centros urbanos. Aquí no solo tratamos enfermedades; también conocemos historias, familias, preocupaciones y soledades. Cada consulta tiene un componente profundamente humano que convierte nuestro trabajo en una labor social muy necesaria.

 

En un pueblo pequeño, el médico no es una persona anónima. Forma parte de la vida cotidiana de los vecinos. Conocemos a nuestros pacientes desde hace años, sabemos quién vive solo, quién tiene dificultades económicas, quién necesita ayuda, aunque no la pida, y quién atraviesa momentos complicados. Esa cercanía nos permite detectar problemas que muchas veces van más allá de lo estrictamente médico. La salud mental, la soledad de las personas mayores, el aislamiento o la falta de recursos son situaciones muy frecuentes en el medio rural y que terminan apareciendo en la consulta de una forma u otra.

 

Muchas veces una visita domiciliaria no consiste únicamente en controlar una tensión arterial o revisar una medicación. También implica escuchar, acompañar y ofrecer tranquilidad. Hay pacientes mayores que esperan la llegada del médico como uno de los pocos momentos de conversación y compañía de la semana. En los pueblos pequeños, especialmente aquellos con población envejecida, el médico de familia termina desempeñando un papel casi de trabajador social, psicólogo y apoyo emocional. Somos testigos de la realidad diaria de muchas personas que viven solas y que tienen enormes dificultades para desplazarse o acceder a determinados servicios.

 

Además de esa dimensión humana, trabajar como médico rural supone enfrentarse a enormes dificultades logísticas. Los desplazamientos forman parte constante de nuestra jornada. Para atender a pacientes repartidos entre distintos pueblos o núcleos rurales es necesario recorrer muchos kilómetros cada día. En ocasiones las carreteras son largas, estrechas y complicadas, especialmente durante el invierno o en condiciones meteorológicas adversas. Hay días en los que se pasan más horas en el coche que en la propia consulta. Sin embargo, detrás de cada desplazamiento hay una persona esperando atención sanitaria y eso hace que el esfuerzo merezca la pena.

 

La dispersión geográfica supone también un gran reto asistencial. Mientras que en una ciudad los recursos sanitarios suelen estar cerca y el acceso a especialistas u hospitales es relativamente rápido, en el medio rural todo requiere más tiempo. Una urgencia médica puede convertirse en una situación crítica debido a la distancia. Muchas veces debemos tomar decisiones rápidas con pocos medios y con la responsabilidad de estabilizar al paciente hasta que llegue una ambulancia o pueda realizarse un traslado hospitalario. Esa capacidad de adaptación y resolución es una de las características fundamentales de la medicina rural.

 

El médico de pueblo debe saber enfrentarse a todo tipo de situaciones. En una misma mañana podemos atender una revisión de un paciente crónico, una urgencia, realizar una infiltración, extirpar lesiones benignas, una crisis de ansiedad, una cura, una atención domiciliaria o incluso acompañar a una familia en un proceso de final de vida. La variedad asistencial es enorme y exige una gran preparación, experiencia y capacidad humana. No existen compartimentos estancos ni una excesiva especialización; aquí el médico de familia debe ser capaz de responder a cualquier problema que aparezca.

 

A pesar de las dificultades, la medicina rural tiene un valor humano difícil de encontrar en otros ámbitos sanitarios. La relación con los pacientes es mucho más cercana y personal. Se crea una confianza mutua basada en años de convivencia y conocimiento. Los vecinos no ven al médico únicamente como un profesional sanitario, sino como alguien en quien confiar en momentos importantes de sus vidas. Participamos de la realidad del pueblo, compartimos celebraciones, preocupaciones y pérdidas. Esa conexión humana da sentido a muchas jornadas difíciles.

 

Sin embargo, esta realidad también tiene una cara menos visible: el cansancio y el desgaste profesional. Los largos desplazamientos, la falta de recursos, la escasez de personal hace que, muchos médicos jóvenes, no quieran trabajar en el medio rural. Cada vez resulta más complicado cubrir plazas en pueblos pequeños, lo que genera aún más presión sobre quienes sí permanecen en ellos.

 

La falta de reconocimiento hacia la medicina rural es otro problema importante. A menudo se habla de la sanidad desde una perspectiva urbana, olvidando las enormes dificultades que existen en los pequeños municipios. Mantener la atención sanitaria en los pueblos es fundamental para garantizar la igualdad entre ciudadanos, independientemente del lugar donde vivan. Las personas mayores del medio rural merecen una atención cercana y digna, y eso solo es posible gracias al esfuerzo diario de médicos, enfermeras y otros profesionales que recorren kilómetros para llegar hasta ellos.

 

Además, el envejecimiento de la población rural hace que la demanda sanitaria sea cada vez mayor. Muchos pacientes presentan enfermedades crónicas, dependencia o dificultades de movilidad que requieren seguimiento continuo. Esto implica un aumento de visitas domiciliarias y una atención mucho más personalizada. En muchos casos, el médico rural termina siendo el profesional que coordina toda la atención del paciente y mantiene el contacto con hospitales, especialistas y familiares.

 

Aun con todas estas dificultades, ejercer como médico de familia en un pueblo pequeño sigue siendo una profesión profundamente vocacional. Existe una satisfacción especial al sentir que nuestro trabajo tiene un impacto directo y real sobre la vida de las personas. Cada kilómetro recorrido, cada visita domiciliaria y cada conversación forman parte de una medicina más humana y cercana. En los pueblos, la medicina no se limita a diagnosticar y tratar enfermedades; consiste también en cuidar personas, acompañarlas y sostenerlas en momentos difíciles.

 

La medicina rural representa uno de los pilares fundamentales de nuestra sociedad, aunque muchas veces permanezca invisible. Detrás de cada consulta hay esfuerzo, compromiso y una enorme dedicación personal. Los médicos de pueblo no solo atendemos pacientes; mantenemos viva una red de apoyo humano imprescindible para muchas personas que, de otro modo, quedarían aisladas. Por eso, defender la medicina rural en el día del médico de atención primaria es también defender la igualdad, la dignidad y el derecho de todos a recibir una atención sanitaria cercana y de calidad, vivan donde vivan.

La diversidad como oportunidad: una mirada frente a la discriminación LGTBI+

La diversidad como oportunidad: una mirada frente a la discriminación LGTBI+

Ángel Gasch Gallén

17 de mayo de 2026

El rechazo, miedo, prejuicio o discriminación hacia personas lesbianas, gais, trans, bisexuales e intersexuales se conoce como LGTBI-fobia. Constituye uno de los ejes de opresión, basado en el rechazo a la diferencia, a la diversidad afectivo-sexual y de género y también a las oportunidades de ruptura con las exigencias de una visión binarista del género. Esta situación mantiene una estructura social de género que legitima los privilegios que nuestra sociedad concede a una visión del mundo cis-heteropatriarcal.

 

 

Los efectos de este tipo de discriminación se manifiestan en las personas al incorporar el estigma en lo que se conoce como LGTBI-fobia interiorizada, lo que genera culpa, vergüenza, malestares y riesgos para la salud. También esta opresión supone un alto grado de exceso de vigilancia, por miedo a agresiones y un trato inadecuado por parte de las instituciones.

 

 

Según el informe de 2025 de ILGA-Europa sobre la situación de los derechos humanos de las personas LGTBI en Europa y Asia Central, asistimos a una «nueva era» en la que algunos gobiernos están alimentando el aumento de la legislación anti-LGTBI, que amenaza los derechos fundamentales y que restringe la libertad de expresión, asociación y elecciones justas.

 

 

En el Estado Español, el informe de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans, Bisexuales, Intersexuales y más, alerta de que el 54 % de las personas LGTBI+ ha sufrido algún acto de odio en el último año, lo que impacta directamente en su bienestar emocional. Además, entre 2024 y 2026, la discriminación hacia el colectivo ha aumentado, llegando a afectar significativamente la percepción de seguridad de las personas LGTBI+.

 

 

La evidencia científica y los informes institucionales confirman que la discriminación en la atención sanitaria hacia las personas LGTBI+ persiste, manifestándose en barreras de acceso, trato desigual y peores resultados de salud.

La Ley 4/2023, de 28 de febrero, para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI, marca ámbitos concretos en la promoción y protección de la salud de estas personas. Un aspecto clave es la investigación; también la formación, y es imprescindible avanzar en una actuación que parta de conocer y atender las necesidades específicas de salud, derivadas de la discriminación y del desarrollo de las personas en entornos marcados por la LGTBI-fobia. Y es que la visión del mundo en la que vivimos está centrada en el patriarcado y esto supone la pretensión universal de heterosexualidad y del género en el nacimiento. Estas exigencias impactan directamente en todas las etapas del ciclo vital, produciendo situaciones de bullying, de rearmarización, de interrupción de los procesos de construcción de la identidad personal, de invisibilización o, incluso, de intervenciones médicas y quirúrgicas desde una tutorización irrespetuosa con los procesos de desarrollo personal que busca ubicar a las personas en la estructura de género. Todo ello implica que la LGTBI-fobia es un hecho cotidiano que se repite de diferentes maneras desde que nos levantamos por la mañana (incluso en lo que soñamos), porque sus tentáculos llegan a hacer creer que es justo el beneficio que unas personas tienen sobre otras por algo tan arbitrario como las propias características, que ni se eligen ni se negocian por conveniencia.

 

 

El 17 de mayo se celebra el Día Internacional contra la Homofobia, Transfobia y Bifobia. A pesar de los avances, la persistencia de la violencia, el desconocimiento de las realidades que viven muchas personas y el acoso hacen hoy más necesario que nunca crear estrategias para avanzar en la igualdad de derechos y el respeto a las personas LGTBI+.

 

 

Resulta imprescindible priorizar el avance hacia una sociedad más justa e inclusiva, reconociendo el valor de la diversidad y las oportunidades que ofrecen las experiencias vitales de personas que desafían las estructuras estancas y discriminatorias. Las personas LGTBI+ no solo desafían las expectativas sobre las relaciones de género, sino que también construyen nuevos discursos sobre la igualdad y la salud a través de su experiencia corporal, su agencia y su resiliencia. Estos son recursos de protección frente a la adversidad y ante las relaciones de poder desiguales. Asimismo, las experiencias de transgresión y tránsito entre la normatividad y las experiencias vivibles producen recursos positivos para la transformación social, por lo que tenemos mucho que aprender de las vivencias de las personas LGTBI+.

Cuidar al que cuida, ese reto pendiente

Cuidar al que cuida, ese reto pendiente

Teresa Salamero Rodríguez

12 de mayo de 2026

El próximo 12 de mayo celebramos el Día Internacional de la Enfermería, una fecha que conmemora el nacimiento de Florence Nightingale, figura clave en la transformación de los cuidados sanitarios y referente indiscutible de la profesión enfermera.

 

Este año el Consejo Internacional de Enfermeras (CIE) ha elegido como lema “Nuestras enfermeras. Nuestro futuro. Las enfermeras empoderadas salvan vidas”, un mensaje que reconoce el papel esencial de quienes cuidan, acompañan y sostienen una parte fundamental de nuestro sistema sanitario. Con este lema, el CIE pone el foco en la necesidad de impulsar cambios estructurales que permitan desarrollar plenamente el potencial de las enfermeras y reforzar su liderazgo dentro de los sistemas de salud.

 

Florence Nightingale revolucionó la atención sanitaria liderando una nueva forma de entender los cuidados. Gracias a medidas tan básicas, y hoy tan evidentes, como la higiene, la ventilación de los espacios o el registro sistemático de datos, logró reducir drásticamente la mortalidad en los hospitales de campaña. Es, por tanto, un claro ejemplo de cómo el liderazgo enfermero en cuidados puede salvar vidas, tal y como subraya el lema antedicho.

 

Pero el legado de Nightingale fue mucho más allá ya que profesionalizó la enfermería, impulsó su formación y defendió una idea que continúa plenamente vigente, a saber,  cuidar también es aplicar conocimiento y ciencia, además de vocación. Fue una enfermera visionaria, adelantada a su tiempo, y dejó reflexiones que siguen definiendo la esencia de nuestra profesión. Una de ellas resume, a mi juicio, el día a día de la enfermería: “La observación indica cómo está el paciente; la reflexión indica qué hay que hacer; la destreza práctica indica cómo hay que hacerlo. La formación y la experiencia son necesarias para saber cómo observar y qué observar; cómo pensar y qué pensar”.

 

Estas palabras reflejan la importancia de una formación continua que permita ofrecer a la ciudadanía unos cuidados de calidad, seguros y basados en la mejor evidencia disponible. También ponen en valor la reflexión y el pensamiento crítico como herramientas imprescindibles para combatir el inmovilismo y seguir avanzando hacia una enfermería más innovadora, eficiente y excelente.

 

La enfermería no solo cura, sobre todo, cuida. Está presente en todas las etapas de la vida, acompañando a las personas, a las familias y a la comunidad en los momentos más vulnerables, pero también en la promoción de la salud, la prevención de la enfermedad y la educación sanitaria. Hoy, las enfermeras somos profesionales con una sólida formación universitaria, competencias avanzadas y una gran responsabilidad en el cuidado de las personas.

 

Sin embargo, pese a este papel esencial dentro del sistema sanitario, la profesión continúa afrontando importantes desafíos: una mayor necesidad de inversión, mejores condiciones laborales, más reconocimiento y una visibilidad social acorde al impacto real que tiene la enfermería en la vida de las personas y en la sostenibilidad del sistema de salud.

 

En este contexto, el reconocimiento del nivel A1 no debe entenderse únicamente como una reivindicación corporativa, sino como una cuestión de justicia y reconocimiento profesional acorde a la preparación, las competencias y la responsabilidad que asume la enfermería en la actualidad. La ausencia de este reconocimiento impide además el acceso de las enfermeras a determinados puestos de gestión e investigación, ámbitos en los que la profesión tiene mucho que aportar.

 

Por otro lado, el pasado mes de abril entró en vigor el nuevo Código Ético y Deontológico de la Enfermera Española, cuyo objetivo es “garantizar una práctica ética enfermera responsable, con eficacia, eficiencia y efectividad, orientada al cuidado digno de las personas con el fin de alcanzar la excelencia en el ejercicio profesional”, tal y como recoge su preámbulo. Este nuevo Código refuerza nuestro compromiso con una práctica basada en la evidencia científica, la ética profesional y la excelencia en los cuidados.

 

Especial relevancia tiene el artículo 83, incluido en el capítulo “La enfermera y la profesión”, donde se señala que la enfermera debe promover “un entorno de trabajo colaborativo que garantice la calidad de los cuidados y la seguridad de la atención, fomentando un enfoque interprofesional en la planificación y coordinación de estos”. Una reflexión especialmente necesaria puesto que el respeto entre profesionales, el compañerismo y el trabajo en equipo resultan fundamentales para garantizar la mejor atención posible a los pacientes.

 

Desde el Colegio Oficial de Enfermería de Zaragoza seguiremos trabajando para impulsar proyectos que fortalezcan la profesión, apoyen a las nuevas generaciones y den respuesta a los retos sanitarios y sociales del presente y del futuro, siempre con las personas en el centro de los cuidados. Queremos aprovechar también esta celebración para trasladar un mensaje claro a la sociedad: cuidar de la enfermería es cuidar de toda la comunidad.

Matronas que te acompañan hasta donde tú quieras

Matronas que te acompañan hasta donde tú quieras

Leyre Nagore González

5 de mayo de 2026

El próximo día 5 de mayo se celebra el Día Internacional de la Matrona para conmemorar el trabajo y papel vital que desempeñan estas profesionales sanitarias en el cuidado de la mujer y del recién nacido.

 

Si nos remontamos a sus raíces, la palabra “matrona” proviene del latín y es un derivado de mater (madre) y del sufijo –ona (que indica funciones de). Por ello, antiguamente hacía referencia a la “mujer distinguida y casada” mientras que, en la actualidad, este término se utiliza en España para designar a las profesionales sanitarias con competencias en el continuo de la atención sanitaria de la mujer durante toda su trayectoria vital y del recién nacido sano en el trascurso de su primer mes de vida.

 

 

Y os preguntaréis… ¿qué se necesita estudiar para ser matrona?

 

 

En nuestro país es requisito previo cursar el Grado en Enfermería y posteriormente especializarse mediante el sistema EIR (Enfermero Interno Residente) con una duración de dos años a tiempo completo para conseguir dicha especialidad en obstetricia y ginecología (matrona).

 

Es por esta formación reglada y amplia por lo que hay que dejar atrás el concepto de que las matronas ocupan solo paritorios y centros de salud y comprender el amplio potencial que pueden desarrollar cubriendo tanto el seguimiento de la gestación y atención al parto y postparto como otros campos en relación a la salud sexual y reproductiva de la mujer como la planificación familiar, el trabajo en salud ginecológica con cribados de cáncer ginecológico y prevención y detección de ITS, acompañamiento en casos de IVE, así como seguimiento a mujeres en su etapa de climaterio, entre otros ejemplos.

 

Ya no es cuestión de una profesión basada en la vocación de cuidar y acompañar a mujeres durante su gestación y parto; es hora de entender que son profesionales con un amplio potencial por desarrollar y con mucho conocimiento que aportar a la sociedad en general y a la mujer en particular.

 

Me gustaría igualmente hacer referencia a la profesión de la matrona desde un tono más cercano y personal ya que abarca gran parte de mi vida (al ser mi profesión) desde hace trece años. Es un trabajo que, si te apasiona, te permite estar en continuo crecimiento y aprendizaje; siempre hay un área o campo con posibilidades para explorar y seguir profundizando. En mi caso, además del momento de atender la llegada de la vida, y creo que puedo hablar en nombre de todos mis compañeros y compañeras reconociendo que es siempre único y que de todos te llevas una sensación diferente y única a casa. Es muy gratificante también cuando consigues proporcionar (en mitad del caótico y desesperante postparto) algo de alivio en una mujer angustiada por una lactancia dificultosa o a un padre lleno de dudas por los primeros cuidados de su bebé y que teme la vuelta a casa con tanta incertidumbre.

 

Es un trabajo que conlleva una gran responsabilidad y también un esfuerzo físico y psicológico; pero es cierto que pocas profesiones te aportan tanto sentimiento de gratitud y cariño de las familias y te hacen sentir tan bien cuando ves sus caras saliendo del hospital y despidiéndose de ti en el control; y quién sabe si en unos meses nos los encontraremos en el tranvía o dando una vuelta por la calle. Para nosotros serán una familia más pero para ellos siempre seremos parte de su “historia” y de algún modo partícipes de una de las etapas mas bonitas de sus vidas.

 

Me gustaría acabar este pequeño artículo con una reflexión popularizada por Michel Odent (médico francés y firme defensor del parto humanizado y respetado) con la frase “para cambiar el mundo es necesario cambiar la forma de nacer” y es cierto que ahí empieza todo, trabajando con rigor científico, pero siempre desde el respeto y la comprensión para conseguir personas con más y mejor salud.

 

Y ahora tú, ¿conocías todas las competencias del trabajo de la matrona? Aprovecha y aprende sobre salud junto a ella y deja que te acompañe en tu momento vital para disfrutar de una buena salud sexual y reproductiva y participar en este compromiso de cuidarnos y saber cuidar.