Divulgar la cultura de los cuidados para combatir la desinformación

Divulgar la cultura de los cuidados para combatir la desinformación

Pedro Satústegui

30 de marzo de 2025

El pasado 20 de marzo de 2025 se celebraron las I Jornadas de Transferencia en Alfabetización Mediática en Salud. Bajo el lema Divulgando la cultura de los cuidados para combatir la desinformación, los asistentes pudieron debatir y contraponer ideas sobre las distintas estrategias utilizadas para implementar la alfabetización mediática en salud en la población. Las jornadas estuvieron organizadas por el Grupo de Alfabetización Mediática en Salud (GRUPAMES) y el Centro de Innovación, Formación e Investigación en Ciencias de la Educación (CIFICE) de la Universidad de Zaragoza, y contaron con la colaboración del Observatorio Contra la Desinformación en Salud (OCODES).

 

Como expuse en mi discurso inaugural, el conjunto de la sociedad vive hoy un momento histórico en el que, la sobreabundancia informativa y la desinformación estructural, conforman el sustrato central sobre el que asienta y crece día a día la vulnerabilidad de las personas y del conjunto de la sociedad.

 

En el ámbito de la salud, los desórdenes informativos presentes en los medios de comunicación social, el discurso único, el triunfo de la posverdad, los filtrados algorítmicos, la instantaneidad de los canales de mensajería y las redes sociales o la exposición selectiva de los usuarios, por citar solo algunos ejemplos, incrementan el riesgo que tienen las personas de enfermar o morir.

 

Todos estos factores inciden sobre un elemento nuclear, que son los autocuidados, y la forma en que las personas deciden, más o menos informadas y con mayor o menor acierto, qué pautas o qué hábitos incorporan a sus estilos de vida.

 

Frente a la censura o la cancelación, la alfabetización mediática supone construir salud en positivo. Trabajar para ayudar a la ciudadanía a comprender la información mediática relacionada con la salud y evaluar críticamente estos mensajes. Por este motivo, la alfabetización mediática en salud trasciende la esfera de lo personal para convertirse en un elemento clave en la construcción de una opinión pública sólida, crítica y libre.

 

Al igual que a finales del s. XVIII se produjo una auténtica revolución lectora que propició la aparición de un nuevo público interesado en la razón y el debate, hoy más que nunca, la preponderancia de lo digital hace preciso un cambio de paradigma.

 

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) y la Unión Europea han promovido de manera destacada la alfabetización mediática como una competencia esencial para la sociedad contemporánea. No obstante, su impacto todavía está lejos del esperado.

 

Desde la opinión de quien les habla, la alfabetización mediática en salud debe sobrepasar lo individual para extenderse a lo colectivo. Y para ello, precisa identificar las mejores estrategias para construir salud en comunidad y crear espacios abiertos al diálogo y al debate, libres de censura. Lugares seguros en los que expresarse, compartir y construir un conocimiento más horizontal, más inclusivo y más circular.

 

Hoy, 30 de marzo de 2025, fecha en la que se conmemora el Día Mundial del Trastorno Bipolar, deseo recordar las palabras pronunciadas por Javi Martín, actor de teatro y afectado por esta enfermedad. Durante su intervención en las I Jornadas de Transferencia en Alfabetización Mediática en Salud, el pasado 20 de marzo, Javi Martín incidió en la necesidad de mejorar la asistencia a las personas con enfermedad mental, reducir el estigma y prevenir el suicidio.

Más allá de lo perentorio que resulta mejorar la financiación de los sistemas sanitarios para que estos puedan hacer frente con solvencia a las demandas asistenciales, los comunicadores, los medios de comunicación y la sociedad en su conjunto, también pueden ayudar a conseguir este fin.

 

Velar por la calidad y la veracidad de los mensajes mediáticos, promoviendo que todas las personas gocen de una vida digna, nos incumbe a todos. Y combatir la desinformación asociada a la enfermedad mental y luchar contra el estigma que en no pocas ocasiones sufren los pacientes, también.

Por este motivo, el Observatorio Contra la Desinformación en Salud seguirá defendiendo la necesidad de entender el modelo comunicativo actual como un ecosistema donde, la información relacionada con la salud, representa un bien común (y no público o mucho menos gubernamental) que pertenece a todas y cada una de las personas que componen la sociedad.

Endometriosis: El dolor silenciado

Endometriosis: El dolor silenciado

Soledad Alonso García

14 de marzo de 2025

El 14 de marzo es el día mundial de las matemáticas, del sueño, del número pi… y también de la Endometriosis. ¿Endometriosis? Un nombre tremendamente difícil de pronunciar, pero mucho más difícil es diagnosticarla. Proviene de endometrio, esa capa interna del útero que se descama cuando no ha habido embarazo y se expulsa en forma de menstruación. La endometriosis no es endometrio, a lo largo del tiempo que llevamos divulgando la enfermedad, nos estamos encontrando un gran desconocimiento del cuerpo, principalmente del cuerpo femenino; por ello, conviene recordar qué es exactamente la menstruación.

Sí, mucho desconocimiento, pero ¿qué es la endometriosis y qué tiene que ver con la regla? Es una enfermedad crónica, inflamatoria, multisistémica y hormonodependiente, con una prevalencia de más de un 10% en mujeres fértiles (las asintomáticas quedan fuera del porcentaje). Los últimos estudios han determinado que tejido similar al del endometrio crece fuera del útero, se implanta y adhiere en otros lugares del cuerpo, principalmente en zonas adyacentes como la pelvis, y con menor frecuencia en regiones más alejadas.

No te convence, ¿verdad? Bueno, ¿qué opinas si te digo que la regla como proceso fisiológico no debería doler? Sin embargo, hay mujeres que durante el ciclo se quedan en cama o no pueden llevar a cabo una vida corriente sin analgésicos o, simplemente, silencian el dolor, lo dejan a un lado para que no interrumpa su torbellino diario. Todas ellas están negando que su cuerpo les está diciendo que algo no funciona bien. El dolor es el principal síntoma de la endometriosis, un dolor severo e incapacitante que se puede manifestar bien durante la menstruación o a lo largo de todo el ciclo, a veces al miccionar o al defecar, al mantener relaciones sexuales.

¿Por qué no se quejan? Si algo duele, pues vas al centro de salud y ¡andando! Todo es un poco más complejo. El dolor menstrual está muy normalizado a nivel social, ¿quién no ha escuchado alguna vez “¡Hala chica! Todas tenemos la regla y no es para ponerse así. ¡Te tomas un ibuprofeno y ya está!” Es el cuerpo femenino sobre el que recae el dolor, un dolor silencioso, un dolor vergonzoso, mucho más cuando hablar de la menstruación queda relegado a espacios privados o íntimos, a espacios seguros. La regla se oculta, se invisibiliza, ¿en cuántas series, películas, obras de arte, literatura… muestran a una mujer sangrando durante su ciclo? Si no se ve, no se habla, no se estudia, no existe.

Para aportar otro dato más, se tarda una media de 7 a 10 años en diagnosticar. Un periplo por diferentes consultas explicando los síntomas, no encontrando respuestas y sin identificar que la causa es la “endo”. Otras veces, se detecta cuando se está a la búsqueda de un embarazo y este no aparece, consecuencia de la infertilidad que produce.

Todo eso en el mejor de los casos, es decir, acabo de describir el camino de una mujer afectada por endometriosis que accede sin problema a centros sanitarios, que se interesa por tener una buena salud, por cultivar una vida plena, etc. Pero, esa prevalencia del 10% excluye a una gran cantidad de mujeres que o bien no tienen acceso a un conocimiento sobre su cuerpo o bien sus condiciones socio-económicas no le dejan escuchar a su cuerpo, enfermar, preocuparse por sus ciclos, o atender al dolor.

¡Qué drama! Bueno, un drama que puede ser desdramatizado; con información y formación los males son menores. No podemos olvidar que es una enfermedad crónica, existen tratamientos que aplacan el dolor y, con ciertas pautas de cuidado y autocuidado, se puede tener una vida “normal”. Por un lado, tenemos tratamientos hormonales que contienen el avance del tejido (serán los profesionales especializados quienes nos propongan tratamiento y nosotras decidiremos seguirlo o no); por otro lado, existen tratamientos más próximos a poner a la mujer en el centro de su vida, entre ellos están las recomendaciones alimentarias, una buena dieta antiinflamatoria y sana mejora la calidad de vida, acompañada de actividad física, tratamientos fisioterapéuticos y apoyo psicológico, mejoran la existencia. Por desgracia, cae bajo la responsabilidad, y economía, de cada una seguir o no estas recomendaciones, al igual que seguir o no un tratamiento hormonal, este último cubierto generalmente por la Seguridad Social.

Poner el foco en el individuo concreto es muy desolador, sin un acompañamiento no es posible tomar las riendas de la propia salud, así que no queda más que hablar del factor psicológico. Al ser una enfermedad con causa y cura desconocida, hemos de aceptarla como parte de la vida, pero ¿cómo voy a aceptar MI vida con dolor? ¿Cómo voy a querer vivir atravesada por las limitaciones físicas derivadas de esta patología? Acompañada se lleva mejor. La escucha, el apoyo profesional y, sobre todo, encontrar ese espacio de iguales que te hacen sentir menos sola en el camino. Tenemos que lidiar con el dolor físico y con una enfermedad crónica, a muchas de nosotras nos ayuda formar parte de una red integrada por mujeres que viven la “endo” desde una perspectiva activa, colaboradora y respetuosa con el momento en el que se encuentra cada mujer.

ADAENA (Asociación de Afectadas de Endometriosis de Aragón) promueve la visibilización, la información, la concienciación y la investigación; esta enfermedad requiere de un enfoque multidisciplinar médico y vital: familiares, parejas, instituciones, entorno sanitario y social deben confluir para que todas las afectadas puedan realizar y realizarse en un entorno seguro. Con nuestro pequeño grano de arena intentamos llegar a aquellas mujeres que después de un diagnóstico (o a la espera de él, e incluso sin él) no saben cómo enfrentarse a esta nueva “normalidad” que se les presenta; las acompañamos, las informamos, las escuchamos y abrazamos. Proporcionamos acompañamiento psicológico especializado y espacios formativos para el cuidado y autocuidado. Nuestra propuesta es que una vida con endometriosis merece ser vivida, bien vivida.

Si la regla duele, hay un motivo, ¡búscalo! No estás sola.

¡Hay esperanza, haz red!

El tabú de la violencia al profesional sanitario: Una epidemia oculta

El tabú de la violencia al profesional sanitario: Una epidemia oculta

María Dolores García Pérez

10 de marzo de 2025

Las agresiones laborales a profesionales de la salud son un problema creciente que tiene consecuencias nefastas para las víctimas, tanto a nivel físico como psicológico. Sin embargo, a pesar de su gravedad, muchas de estas agresiones nunca llegan a ser declaradas.

¿Por qué no se declaran todas las agresiones laborales que sufre el personal sanitario? 

Uno de los principales motivos es la extendida percepción del personal sanitario de que realizar la declaración de la agresión recibida no sirve para nada, no traerá consecuencias para la persona agresora ni mejorará su seguridad en el trabajo. La falta de respuesta por parte de las instituciones refuerza esta percepción. Además, el miedo a posibles represalias supone también un importante elemento disuasorio para realizar la declaración.

Otro factor es la normalización de algunos comportamientos agresivos. La conciencia de trabajar en un ambiente en el que se generan situaciones muy críticas o dolorosas facilita que algunos episodios violentos, especialmente relacionados con las agresiones verbales sean considerados “una parte desagradable del trabajo”.

Las barreras burocráticas también juegan un papel importante. Los procesos de declaración no siempre son ágiles y sencillos, lo que desanima al personal sanitario a usarlos. Si apenas tienen tiempo para atender a los pacientes, ¿cómo van a dedicarlo a trámites administrativos largos y complicados?

A esto se suma que en algunas instituciones ni siquiera existe un método específico para realizar la declaración o que, si existe, este no se conoce por las personas que trabajan en ella.

La falta de información sobre qué se considera una agresión laboral, principalmente en el caso de las agresiones verbales es otro de los motivos que esgrimen las víctimas. Las definiciones pueden ser ambiguas y en muchas situaciones las víctimas dudan si lo que han sufrido es declarable. Esto no es baladí, ya que las agresiones laborales verbales son las más comunes y las más invisibilizadas.

¿Cuáles son las implicaciones de no declarar?

Las consecuencias de la infradeclaración de agresiones en el ámbito laboral son alarmantes. La exposición a este fenómeno, además de las lesiones directas que puede provocar, genera estrés, ansiedad y agotamiento en los y las profesionales, colaborando de forma muy activa en el desarrollo del síndrome del quemado o burnout.  Asimismo, interfiere en la calidad del servicio que prestan, con un aumento de conductas defensivas. El miedo y la inseguridad en el entorno laboral también pueden influir incluso en el abandono de la profesión, presentando una menor adherencia al puesto de trabajo.

No declarar estas situaciones implica que las cifras oficiales no reflejan la realidad, opacando su trascendencia y dificultando que este fenómeno adquiera la prioridad política que debería tener. Además, si no se conoce lo que ocurre y de la forma en la que se materializa, difícilmente pueden implementarse herramientas efectivas para la lucha contra estos eventos. La recopilación de datos precisos facilitará la creación de estrategias preventivas y permitirá adaptar las políticas de seguridad laboral a las necesidades del personal sanitario. Invertir en esto no solo beneficia a quienes trabajan en el sector, sino que también mejora la calidad de la atención sanitaria y refuerza la confianza de los pacientes en el sistema de salud. Visibilizar este problema es el primer paso para encontrar soluciones.

¿Qué se puede hacer?

Para mejorar esta situación, es fundamental que las instituciones faciliten la declaración de agresiones mediante procesos simples y rápidos. También es clave ofrecer apoyo y protección a quienes se atrevan a denunciar, evitando que teman represalias. La formación en identificación y reporte de agresiones ayudaría a que el personal sanitario reconozca cuándo han sido víctimas de una agresión y sepan qué pasos seguir. Adicionalmente, se deben realizar campañas de sensibilización para dejar claro que la violencia no es una parte aceptable del trabajo en el sector salud.

En definitiva, el compromiso con la seguridad y el bienestar del personal sanitario debe ser una prioridad para garantizar un sistema sanitario más justo y eficiente.

Género y salud mental: Cuando la desigualdad enferma

Género y salud mental: Cuando la desigualdad enferma

Elisabet Torrubia Pérez y Ángel Gasch Gallén

8 de marzo de 2025

Nuestra sociedad se halla sujeta a múltiples condicionantes, entre los que destaca el sistema sexo-género. Un sistema jerárquico que, según la Organización Mundial de la Salud o el Ministerio de Sanidad, genera desigualdades injustas, sistemáticas y evitables, que acaban impactando en la salud de los colectivos más vulnerables.

A pesar de los cambios y las transformaciones sociales, las desigualdades persisten, lo que hace necesario adoptar nuevos paradigmas, como el enfoque interseccional de género en salud. Este enfoque se centra en cómo interactúa el género con otros factores, como el nivel socioeconómico, la educación o el origen étnico, permitiendo comprender cómo las desigualdades se acumulan y afectan de manera única a la salud de cada persona, tal y como plantea Ariadna Graells en un artículo publicado en 2025.

Desde esta perspectiva es posible reconocer las lagunas que aún existen a la hora de comprender mejor la salud de las personas a las que cuidamos. Por ejemplo, el desconocimiento del impacto en la salud de las identidades de género no normativas, debido al estigma, la opresión y las situaciones de tránsito que viven, así como de las formas específicas de manejar los autocuidados que generan estas experiencias. En este sentido, autoras como Ellinor Tengelin o Elisabeth Dahlborg-Lyckhage destacan que ser conscientes de las propias preconcepciones relacionadas con los pensamientos normativos y sus consecuencias, puede ayudar a las y los profesionales de salud a proveer cuidados de alta calidad, también con personas que no cumplen con las normas sociales dominantes.

Otro ámbito en el que este marco aporta una visión central es el de la atención a la salud mental. Las desigualdades sociales atesoradas en el sistema patriarcal son claros ejemplos de cómo la opresión y las desigualdades actúan de forma interseccional, especialmente en lo relativo a la salud mental de las mujeres. Factores como las diferencias a nivel económico y laboral, la asunción de los cuidados, la presión estética y la violencia estructural desempeñan un papel clave en el entendimiento de este fenómeno.

En este contexto, numerosos estudios han demostrado que la depresión, la ansiedad, los trastornos de la conducta alimentaria, los trastornos del sueño, el malestar y la fatiga o el abuso, la negligencia u otros malos tratos están influidas por las desigualdades de género que interactúan con los determinantes sociales.

En concreto, en un estudio realizado en el sur de Cataluña, se obtuvo una prevalencia de 18,75% de problemas de salud mental con especial influencia psicosocial. El número total de habitantes con estos diagnósticos ascendía a 33.680 de los cuales el 64.6% eran mujeres y eran estas las que más probabilidad tenían de sufrir estos problemas. La prevalencia obtenida de personas diagnosticadas en el territorio estudiado fue del 24,4% para mujeres, frente al 13,1% de hombres. Estas cifras son similares a las que se han observado en otras regiones de España a lo largo de los años, lo que confirma que este es un problema estructural y no un hecho aislado.

En definitiva, el impacto que los contextos sociales, culturales y políticos tienen sobre la salud de quienes se ven envueltos en ella es evidente y se hace imprescindible ahondar en su comprensión, desde un enfoque interseccional de género, para promocionar políticas equitativas y programas de prevención y atención a la salud mental realistas y efectivos.

Hablemos de gordofobia

Hablemos de gordofobia

Jara Agudo Abad

4 de marzo de 2025

El 4 de marzo, Día Mundial de la Obesidad, debemos visibilizar todo el sufrimiento que hay en torno a ella. Las personas con obesidad (personas gordas) sufrimos una fuerte discriminación social, juicios morales sobre nuestros cuerpos y nuestras vidas, bullying, violencia gratuita, violencia social, familiar, médica, institucional, etc. A todo el mundo se le llena la boca hablando de salud, mientras el discurso utilizado muestra que lo que preocupa realmente no es nuestra salud, sino nuestros cuerpos, que existen al margen de lo establecido.

 

Cuando vemos una persona gorda, inevitablemente nos vienen a la cabeza varias cosas, os pongo algunos ejemplos: “no se cuida”, “no se mueve”, “no tendrá pareja”, “no lleva una vida sana”, “no tiene fuerza de voluntad”, “no debería llevar esa prenda tan ajustada”, “va a reventar esa silla”. ¿Os suena? La mayoría son juicios sobre el estilo de vida de dicha persona, que damos por hecho a pesar de no saber nada de ella. Otros pueden ser para convertirla en objeto de burlas, chistes o vejaciones. Desde luego, rara vez nos pasa por la cabeza nada que no tenga que ver con su peso, su volumen o con la total ausencia de todos los hábitos saludables que se nos ocurran. Esto es nuestra gordofobia gritando a pleno pulmón.

 

La gordofobia es el odio, rechazo y violencia que sufren las personas gordas por el simple hecho de serlo. Es una discriminación estructural y sistemática, completamente aceptada y normalizada a nivel social. Es algo que como sociedad llevamos muy dentro y que hemos de visibilizar y trabajar, para poder empezar a hablar de salud en las personas con obesidad.

 

¿Cuántas veces te has reído con un meme de gordos? Pocas veces pensamos que quién recibe esas vejaciones es una persona con sentimientos, es como si estar gordo diera derecho a la gente a reírse de ti, a comentar tu cuerpo o tu salud; como si existir en esta sociedad gordófoba no fuera ya suficiente castigo.

 

Tristemente, donde la gordofobia azuza más fuerte es en los espacios que deberían ser seguros para todo el mundo, tales como la consulta del médico, el colegio o el seno de la propia familia. En muchas ocasiones quien es gordo, lo es desde la infancia, y crece con esta realidad, aprendiendo que el mundo es un sitio hostil, que su cuerpo no está bien, lo que desemboca, en el mejor de los casos, en una baja autoestima y, en el peor, en graves trastornos mentales.

 

Recordemos que la obesidad no es una enfermedad, sino un factor de riesgo para algunas patologías, igual que es factor de riesgo el sedentarismo para la enfermedad cardiaca o el tabaco para el cáncer de pulmón. Nadie muere de obesidad, la obesidad no mata. Lo que sí puede terminar en muerte es la gordofobia. La gordofobia es la culpable de los Trastornos de Conducta Alimentaria, que afectan a unas 400.000 personas en España (300.000 entre 12 y 24 años) y que, además de una tasa de mortalidad del 6%, tiene un alto riesgo de suicidio (31 veces mayor en la anorexia nerviosa).

 

Por ello, me sumo al activismo gordo que, desde 2022, reivindica renombrar el Día Mundial de la Obesidad como el Día Mundial Contra la Gordofobia. Impulsemos entre todos un cambio en el punto de mira, una mejora real en nuestra salud física y, sobre todo, mental. Dejemos de comentar los cuerpos ajenos, aceptemos la diversidad corporal. Reivindiquemos que se castigue la discriminación que sufrimos las personas gordas solamente por existir y trabajemos para que desaparezca el estigma que tanto pesa sobre nuestros cuerpos y se nos empiece a tratar como lo que somos: personas. Rompamos los moldes y empecemos a construir un mundo en el que poder vivir con auténtica normalidad, en el que nuestros cuerpos tengan cabida, donde el canon estético no nos oprima, en el que podamos movernos libremente sin miedo al rechazo.

En primera persona: Mi vida con un implante auditivo

En primera persona: Mi vida con un implante auditivo

Teresa Romero Blasco

25 de febrero de 2025

Lo recuerdo perfectamente. Una tarde, cuando tenía 20 años y un trabajo muy estresante, me sobrevino un zumbido muy fuerte en el oído derecho y una sordera casi total. Horas más tarde, unos vértigos me impedían levantarme de la cama. Todo me daba vueltas y vomitaba sin parar. Finalmente, me ingresaron en urgencias y, después de una semana, aunque los vértigos desparecieron, la sordera y los acúfenos pasaron a formar parte de mi vida junto a un diagnóstico: síndrome de Meniere.

 

A partir de ese momento, todo fue diferente. Apenas podía oír nada por el oído derecho y un rosario de ruidos extraños no me dejaban vivir tranquila. Aunque poco a poco me fui adaptando a la nueva situación, los vértigos seguían haciendo acto de presencia y fue muy complicado acostumbrarse a la incertidumbre de no saber cuándo aparecerían. Además, después de cada episodio de vértigos, le seguía una pérdida de audición.

 

Para mejorar esta situación recurrí al uso de audífonos, que paliaron durante un tiempo el problema, hasta que la pérdida progresiva hizo mella y su utilización era en vano.

La especialista en otorrinolaringología que me atendía me propuso someterme a un estudio para valorar la realización de un implante osteointegrado. Durante el proceso, algunas de las pruebas consistían en comprobar si tenía buena conducción ósea, ya que el implante –un tornillo de titanio– se inserta en el cráneo, junto a la oreja, al que se acopla un procesador/amplificador digital, que transforma y modifica el sonido, y un vibrador conectado al amplificador, lo que hace que a la salida se produzcan vibraciones en lugar de sonido audible. Estas vibraciones, aplicadas al hueso mastoides (situado por detrás del pabellón auditivo), se transmiten fácilmente al oído interno. De esta forma, es posible conseguir una audición adecuada.

 

La intervención fue rápida. Además, solo estuve una noche ingresada. Pasado un mes, más o menos, y una vez cicatrizado y asentado el implante, los sanitarios me proporcionaron el procesador y me explican su colocación. A mi juicio, el manejo no resulta complicado.

 

Recuerdo la emoción que tuve cuando lo noté funcionar por primera vez. Volver a oír es una sensación increíble. Al salir a la calle, acostumbrada a oír tan poco, todos los sonidos me asustaban: las bocinas de los coches, las ambulancias, el tráfico, las conversaciones de la gente, etc.

 

Después de colocar el implante, es preciso un periodo de ajuste del procesador, siempre según las necesidades de cada persona. El aparato también permite que el usuario realice algunos cambios de los parámetros, lo que sin duda facilita que, en pocos días, la adaptación sea perfecta y se tenga la sensación de no poder prescindir de él. De hecho, yo lo utilizo diariamente, unas 16 horas al día. La conexión al teléfono, vía Bluetooth, me permite poder hablar por teléfono sin necesidad de utilizar auriculares y que el sonido viaje directamente a mi cabeza, ¡¡es increíble como se escucha!!

 

Recuerdo que, los gastos asociados al primer procesador, fueron cubiertos íntegramente por la seguridad social. También la intervención, revisiones y todo el mantenimiento. Hace poco tiempo, el Gobierno de Aragón ha publicado un Decreto que aprueba la financiación de una gran parte de los siguientes procesadores que una persona puede precisar.

 

Mi experiencia personal, después de ser portadora del procesador durante ocho años, es extraordinaria. Quizá puede tener algunos inconvenientes, pero son pocos: no se puede mojar, no se puede llevar casco, hay que cuidarlo mucho. En cualquier caso, recobrar la audición ha sido maravilloso. Yo no podría vivir sin él.