Libros que sanan

Libros que sanan

Maite Escudero Alías

23 de abril de 2026

“La literatura es, en primer lugar, una de las maneras fundamentales de nutrir la conciencia. Desempeña una función esencial en la creación de la vida interior, y en la ampliación y ahondamiento de nuestras simpatías y nuestras sensibilidades hacia otros seres humanos y el lenguaje.” (Susan Sontag, 2003).

 

Comienzo esta sección recordando las palabras de Susan Sontag en su discurso al recibir el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2003 porque ahondan en el poder de la literatura para enaltecer la sensibilidad y la empatía del ser humano. Más específicamente, los libros son el vehículo transmisor para contar historias y hacernos partícipes de ellas. Podríamos afirmar que las historias son a nuestra alma lo que el ejercicio físico es al cuerpo: primordiales, vitales y trascendentales para vivir. Desde que nacemos, las historias forman parte de nuestra vida: “érase una vez”, expresión que anuncia acontecimientos mágicos, gozosos, misteriosos, a veces también tristes y melancólicos. Ya desde nuestra infancia conectamos con seres y personajes cuyas vidas y aventuras conforman un espacio imaginario común en el que mirarnos o diferenciarnos, ya que nuestra identificación depende de los anhelos, expectativas y códigos éticos que nos definen. Técnicamente, existen formas de empatizar en mayor o menor grado con ciertos personajes: quién cuenta la historia y cómo lo hace será determinante para identificarnos con la trama y un personaje en concreto.

 

Una función significativa de los libros es conmovernos. Del latín emovere, el sustantivo “emoción” alude a un movimiento hacia fuera, reflejando una respuesta fisiológica que nos conecta a otros seres y lugares que pueden condicionar e influir en nuestro desarrollo cognitivo y emocional. Algunos críticos literarios hablan de paisajes afectivos para referirse a los vínculos que se crean con otras personas, con entes no humanos, objetos y territorios, ya que éstos actúan como repositorios de distintos sentimientos, como pueden ser el amor, la nostalgia, el duelo, la vergüenza, la ira, el placer, el asombro o la esperanza. Otra de las funciones clave de la literatura consiste en transmitir el lema que anuncia la marca deportiva ASICS: Anima Sana In Corpore Sano, promoviendo un equilibrio entre la salud física y la mental. Así, anima se refiere en latín al hálito de vida, a la respiración, designando el principio vital que anima al cuerpo y que evolucionó, etimológicamente, al castellano “alma”. Según Aristóteles en su tratado De Anima, el alma nombra el principio fundamental de la vida humana, animal y vegetal, a la vez que interviene de forma esencial en los afectos y en los instintos. Si el alma está en armonía con la vida, con el entorno y con los demás, redundará en un mayor bienestar mental y físico, fomentando el (auto)cuidado, el respeto y la empatía hacia otras culturas y formas de pensar. De esta manera, los libros abren puertas y ventanas hacia la tolerancia, la comprensión y el entendimiento; también hacia la libertad, el deseo, a veces inesperado, y la frustración, cuando algún elemento de la trama nos decepciona. Son el espejo de nuestras pasiones, secretos e ilusiones, alimentando nuestra curiosidad y despertando en nosotros/as emociones espontáneas que, en un momento difícil como puede ser la pérdida de un ser querido, nos conectan con la vida de nuevo.

 

Hoy, día del libro, San Jorge –Saint George—y día de la lengua inglesa, no nos olvidamos de clásicos de su literatura que exploran distintas emociones de la condición humana: la venganza y el amor más allá de la muerte en Cumbres Borrascosas (Emily Bröntë); el impacto del utilitarismo en la imaginación de los niños en Tiempos difíciles (Charles Dickens) o la depresión en La señora Dalloway (Virginia Woolf). Si preferís autores contemporáneos, la ficción de Ali Smith es de obligada lectura: desde Chica conoce a chico, el Cuarteto Estacional, Gliff o Glyph, todos sus libros fomentan la empatía, la solidaridad, la creatividad y el humor como formas resilientes de supervivencia en un mundo cada vez más polarizado y hostil. Sea cual sea vuestra elección, la lectura entraña sabiduría y reparación. Los libros como antídoto para atenuar la soledad o el desamor; como ancla que nos sostiene en periodos de enfermedad y de declive físico; la escrito-terapia como forma de trabajar e integrar experiencias traumáticas complejas, tanto individuales como colectivas; la narración y la poesía como herramientas para conocer y denunciar procesos de esclavitud y colonización, guerras, terrorismo, odio y discriminación por cuestiones de género, raza, orientación sexual, clase social, religión, capacitismo, neurodivergencia, etc. Libros que resuenan con fuerza en nuestras vidas; historias cuya magia nos envuelve y, de forma cuasi-ceremoniosa, nos transforman para siempre. ¿Quién no tiene un libro favorito, depositario de un recuerdo inolvidable?

 

Otra historia: escribo estas líneas en primavera, cuando la luz natural perdura durante más tiempo. La albura, capa blanda y blanquecina de los troncos, ha hecho su trabajo durante el invierno, transportando la savia hacia las ramas, y ya se vislumbran los brotes primaverales en los árboles. El cierzo de los últimos días ha dado paso a un repentino calor, propio del verano. Y mientras el ciclo de la naturaleza sigue su curso, aparece un agente artificial y artificioso que todo lo inunda; IA, lo llaman, que arrasa, sin piedad, con otra de las funciones que nos brinda la literatura: la posibilidad de desarrollar y dilatar nuestras facultades cognitivas activando conexiones neuronales y favoreciendo emociones espontáneas que nos hagan vibrar. Reivindico en este espacio la importancia de una lectura sosegada (slow reading) de poemas y novelas con tramas complejas con el propósito de recuperar la atención. Leer libros enteros, de principio a fin, se ha convertido hoy en día en un acto revolucionario, pues implica invertir tiempo y desafiar el dogma de la aceleración y fragmentación impuesto por la sociedad actual. Además de todas las recomendaciones y consejos prácticos que podéis encontrar en este espacio de OCODES, os animo a que incorporéis la lectura de un libro (al mes) como otro hábito de vida saludable.

 

Ampliando la mirada: cuidados y salud planetaria

Ampliando la mirada: cuidados y salud planetaria

Carlos Navas Ferrer

22 de abril de 2026

Cada año, el 22 de abril, celebramos el Día Internacional de la Madre Tierra. Sin embargo, para muchos profesionales sanitarios (incluido el alumnado en formación) la relación entre la salud y el entorno sigue pareciendo lejana. Lo sé porque lo he escuchado y lo he vivido. Durante mi formación como enfermero, y actualmente como docente, no han sido pocas las veces que he oído comentarios como: “¿Para qué necesita una enfermera hacer pan?”, “¿Para qué sirve navegar por un río?” o “¿Qué sentido tiene saber tanto de medio ambiente?”. A menudo, estas preguntas van acompañadas de una afirmación que parece incuestionable: “Yo lo que necesito es aprender a cuidar mejor”. Pero, ¿qué significa cuidar?

 

 

Recuerdo aquellas clases, a veces desconcertantes y otras profundamente reveladoras, impartidas por docentes comprometidas que nos sacaban del aula convencional para colocarnos frente a otras realidades. Hacer pan no era solo amasar harina. Implicaba hablar de semillas, transgénicos y agroquímicos. También era entender procesos, tiempos, paciencia, comunidad y alimentación saludable. Por otro lado, navegar por el interior de un río no era solo desplazarse o hacer ejercicio. Era reconocer dinámicas, riesgos, equilibrios y su relación con la salud de las personas que viven en torno a sus aguas. En definitiva, hablar de medio ambiente no era desviarse del cuidado, sino que era ampliarlo.

 

 

Con el tiempo, comprendí que aquellas experiencias no eran un adorno pedagógico ni una excentricidad docente. Eran, en realidad, una invitación a mirar el cuidado desde una perspectiva más amplia. Porque cuidar no es únicamente aplicar una técnica o administrar un tratamiento; cuidar requiere, necesariamente, comprender la complejidad de la vida en todas sus dimensiones.

 

En este sentido, las palabras de Leonardo Boff resultan especialmente iluminadoras cuando afirma que:

 

 

El cuidado es una relación amorosa respetuosa y no agresiva, y por eso no destructiva, con la realidad. Presupone que los seres humanos son parte de la naturaleza y miembros de la comunidad biótica y cósmica, con la responsabilidad de protegerla, regenerarla y cuidarla. Más que una técnica, el cuidado es un arte, un nuevo paradigma de relación con la naturaleza, con la Tierra y con los seres humanos.

 

 

Esta idea transforma por completo la práctica enfermera. Nos sitúa no solo como profesionales que intervienen sobre el cuerpo de seres humanos, sino como sujetos que se relacionan con un mundo vivo, interdependiente y frágil. Nos recuerda que somos parte de la naturaleza, no algo separado de ella, y que nuestra responsabilidad no se limita al individuo que tenemos delante, sino que se extiende al entorno que hace posible su vida.

 

 

Desde esta mirada, aquellas preguntas iniciales pierden fuerza. Porque hacer pan, navegar un río o comprender los ecosistemas deja de ser irrelevante y pasa a ser esencial. Son formas de aprender a observar, a respetar y a adaptarse al medio que nos rodea. Son maneras de cultivar una sensibilidad que luego se traduce en una mejor atención, más consciente e integral.

 

 

En los últimos años, han surgido iniciativas que recogen y desarrollan esta forma de entender la salud. Una de ellas es el proyecto HEQED (Health Equity through Education), una plataforma educativa que busca ayudar al alumnado de ciencias de la salud a comprender las inequidades en salud y actuar frente a ellas.

 

 

HEQED propone un enfoque innovador que integra la equidad en salud con los determinantes ambientales en la formación en disciplinas del ámbito sanitario. A través de recursos digitales, casos prácticos y herramientas pedagógicas, la plataforma invita al estudiantado a analizar situaciones reales desde una perspectiva crítica, considerando no solo los factores clínicos, sino también los sociales, económicos y ecológicos que influyen en la salud.

 

 

Uno de los aspectos más relevantes de HEQED es su apuesta por la salud planetaria. Este concepto parte de una idea fundamental: la salud humana está íntimamente ligada a la salud del planeta. No podemos hablar de bienestar si ignoramos la degradación ambiental, el cambio climático o la pérdida de biodiversidad. Estas realidades no son ajenas a la práctica sanitaria; al contrario, condicionan directamente la aparición de enfermedades, la distribución de riesgos y la capacidad de respuesta de los sistemas de salud.

 

 

Desde HEQED, se promueve que el alumnado adopte este enfoque en su futura práctica profesional. Esto implica aprender a identificar cómo las condiciones ambientales afectan a la salud de las personas, pero también desarrollar competencias para intervenir de manera responsable y sostenible. No se trata solo de tratar enfermedades, sino de prevenirlas desde una mirada amplia, que incluya la justicia social y el respeto por el entorno.

 

 

Además, el proyecto fomenta una actitud reflexiva y comprometida. Los estudiantes no son meros receptores de información, sino agentes activos capaces de cuestionar, proponer y transformar. En este sentido, HEQED no solo transmite conocimientos, sino que contribuye a formar profesionales más conscientes, más críticos y, en última instancia, más capaces de cuidar.

 

 

Y quizá ahí reside el punto de encuentro entre aquellas experiencias formativas y las propuestas actuales como HEQED. Ambas comparten una misma intuición: el cuidado no puede reducirse a lo técnico. Que cuidar es, en el fondo, una forma de estar en el mundo.

 

 

En este Día de la Madre Tierra, tal vez convenga recuperar esa idea. Recordar que la salud no nace en los hospitales, sino en la vida cotidiana, en el aire que respiramos, en el agua que bebemos, en los vínculos que construimos. Y que, como profesionales de la salud, nuestra tarea no es solo intervenir cuando algo falla, sino contribuir a sostener las condiciones que hacen posible la vida.

 

 

Porque cuidar al otro, en última instancia, es también cuidar el mundo que compartimos.

Literatura y creatividad: Potencia crítica

Literatura: Creatividad y potencia crítica

Alfredo Saldaña Sagredo

15 de abril de 2026

Me gustaría en este breve texto apuntar algunas ideas sobre las funciones que la literatura —en especial, la poesía—, la creatividad y el pensamiento crítico han podido desempeñar en mi trayectoria como profesor y autor de unos cuantos libros de poesía y de ensayo en el ámbito de una universidad cada día más aletargada y burocratizada, tanto en el contexto docente como en el investigador, y ello en unas circunstancias en las que, como se lamenta el poeta sirio Adonis, la productividad y la rentabilidad están ganando terreno a la imaginación, el ingenio y el cacumen.

 

Comenzaré recordando que con el término poesía designamos un hacer, un dar a luz o un engendrar, un acontecimiento creativo, en cualquier caso, inherente a lo femenino de nuestra especie y asociado estrechamente a la noción de alumbramiento. En ese proceso, el poeta intuye que la escritura es una actividad imaginaria, fantasmática y especular, una práctica en la que acaba diluyéndose en el vacilante e incierto trazo de su propio texto. En ese recinto brota una palabra poética extraña y anómala que comienza a manifestarse cuando ­—al menos por un instante­— se interrumpen los latidos de la existencia y, en ese sentido, a la vez que un aviso premonitorio de la muerte que viene, no es otra cosa que una representación, una imagen, en fin, un signo de la propia vida, detenida en su extrema y radical intensidad.

 

Percy B. Shelley distingue en A Defence of Poetry entre catalogue y creation, una distinción sobre la que se ha trazado la gran diferencia entre el lenguaje de la historia y los registros (im)propios de la poesía. Sin embargo, esa disonancia responde a menudo más a un ideal, una aspiración o un tópico que a una realidad contrastada dado que, al igual que existe un subgénero literario que denominamos «ciencia ficción» (un sintagma construido a partir de dos términos aparentemente contradictorios y excluyentes), el relato de la historia, presuntamente objetivo y veraz, aparece salpicado con frecuencia de elementos y recursos ficcionales, míticos, imaginarios, fantásticos; por el contrario, tampoco es infrecuente encontrar una poesía anclada a la experiencia en su sentido más restrictivo, concebida casi como fedataria de la realidad material, sensorial y sentimental. Y es en ese momento —recordemos, primeras décadas del siglo XIX— cuando surge la poesía tal como todavía hoy la seguimos explorando, es decir, entendiendo e ignorando, una poesía que, manteniendo unos estrechos vínculos con la creación y la imaginación, no deja de ocasionar desconcierto y malestar. Quizás ahí se encuentren algunas de las razones por las que la poesía ocupa un espacio social cada vez más exiguo e irrelevante.

 

De paso, nos encontramos sumidos en un escenario en el que los saberes relacionados con la especulación, la crítica, el pensamiento o los estudios menos instrumentales están siendo arrinconados hasta casi hacerlos desaparecer del ambiente educativo, frente a esos otros relacionados con la adquisición de unas cuantas reglas y consignas que la doxa académica califica como habilitantes. Así, las interrogantes se disparan de una manera espontánea y natural, ¿por qué ese tipo de contenidos y conocimientos tildados a menudo de inútiles e innecesarios sufren tales ataques?, ¿por qué, en definitiva, la poesía, la filosofía y la crítica encuentran tan difícil arraigo en sociedades como la nuestra? Aunque cualquier sujeto mínimamente informado esté al cabo de la calle y conozca qué intereses se esconden detrás de todas estas cuestiones, no creo que se trate de preguntas retóricas. Una posible, tentativa y rápida respuesta podría argumentarse recordando que la poesía (cuando se acompaña de esa enfermedad sagrada, como decía Heráclito, que es el pensar) y la filosofía (cuando se manifiesta con un ingobernable decir poético) contienen un aliento epifánico, siembran una semilla indomable y desestabilizadora, y que por ahí puede entenderse y explicarse su expulsión de los foros públicos.

 

A partir de ahí, es innegable que no se puede desarrollar un trabajo poético sin la intervención del pensamiento crítico y, en esas circunstancias, es obvio que pensar consiste en destensar los puntos de amarre para que el pensamiento pueda desplazarse con soltura y fluidez, generar espacio para que broten las ideas, errar —en los sentidos de andar y fallar— y hacer casa, como defendía la poeta rusa Anna Ajmátova, en un camino abarrotado de preguntas. Perderse para encontrarse, perder el sendero y reconocerse en esa pérdida.

 

En fin, una reflexión como esta que aquí apenas queda esbozada solo tiene sentido si se aborda como un esfuerzo para (des)ubicar y extrañar los lugares que ocupa la poesía en las sociedades contemporáneas, y ello sin renunciar a un compromiso con la defensa de una naturaleza y un entorno cada vez más devastados por los insensatos y letales comportamientos del ser humano. En ese sentido, se trataría de estar a la altura de las circunstancias y explorar una poesía solidaria con una realidad en la que ese ser humano es solo una parte —aunque una parte responsable, sin duda— de esa totalidad. Y todo ello porque la poesía, a veces, nos enseña que no se es poeta sino que se está en modo poético.

 

El Parkinson en mil palabras

El Parkinson en mil palabras

Amador Plaza Díez

11 de abril de 2026

Después de vivir 35 años con Parkinson, he conseguido aprender algunas cosas fundamentales sobre esta caprichosa patología.

 

En primer lugar, sobre su diagnóstico: No hay prueba que sea capaz de emitir un diagnóstico seguro de Enfermedad de Parkinson (en lo sucesivo EP). Ha de ser un neurólogo el que diagnostique, bajo su experiencia, esta enfermedad. Luego podrá corroborarlo con resonancias, dat-scan o viendo si hay una respuesta positiva en cuanto a los síntomas con la ingesta de L-Dopa.

 

Síntomas en la EP: en la EP no hay dos pacientes iguales. Si hubiera que establecer un rasgo común yo señalaría la lentitud. Los parkinsonianos somos capaces de hacer casi todo lo que haría una persona sana, pero en mucho más tiempo. Lentitud para todo, incluso en el pensamiento. Esa lentitud va a ayudar junto con la medicación a padecer un estreñimiento severo que acompaña casi siempre a este colectivo. Otro síntoma muy frecuente es la falta de control de impulsos, que se traduce en compras compulsivas, conductas obsesivas sobre juego, sexo.

 

Existe una terapia que consiste en introducir dos electrodos en el cerebro que conectados a una batería externa, suministran una mínima corriente eléctrica que mejora notablemente los síntomas del paciente. La intervención se llama “estimulación cerebral profunda” y está sujeta a un riguroso protocolo que debe seguirse para poder aplicarla.

 

En mi caso fui sometido a dicha intervención en el año 2009 y me ha dado diez años de autonomía total. No obstante, la EP tiene, entre otros, el calificativo de progresiva. Y en estos 17 años ha seguido progresando hasta reducir de forma importante mi autonomía.

 

Junto a todas las terapias médicas y farmacológicas, existe una forma de vida que depende del paciente y que supone un 50 por ciento de la posible mejora de la sintomatología general del paciente. Se trata del ejercicio terapéutico. Cuanto más mejor. Se ha comprobado el retraso en el avance de la EP en un numerosísimo grupo de muestra en EE.UU. de pacientes que hacían ejercicio terapéutico de forma regular, frente a otro grupo que no lo hacían.

 

El ejercicio terapéutico, tanto físico como mental se ha demostrado eficaz contra el avance de la EP. Si se haceejercicio todos los días se nota una mayor soltura, las articulaciones engrasadas. Por ello, la fisioterapia es fundamental para nosotros, ya que ayuda a conservar la funcionalidad y a afrontar mejor la evolución de la EP.

 

De la misma forma que si todos los días leemos y escribimos un poquito, no evitaremos que la EP se detenga, pero su progresión será mucho más lenta. Por el contrario, si dejamos pasar los días sentados en el sofá la EP tiene todas lasventajas. Pronto entraremos en apatía, y seremos un pelele en sus manos. La EP es como una tela de araña. Si a cada vuelta que nos va dando, inmediatamente la vamos rompiendo, nos resultará mucho más fácil que, sin hacer nada por impedírselo, un fino hilo de seda se haya convertido en una férrea coraza.

 

Mi problema con la EP ha sido siempre «caminar». Yo sufro bloqueos en la marcha, afortunadamente no tengocaídas, pero he tenido que volver a aprender a andar, fijándome en las rayas de las baldosas, o en las franjas blancas de los pasos de cebra.

 

Después de 1991 en que aparecieron los primeros síntomas me hicieron resonancias escáneres, electromiografías, incluso punción lumbar, hasta que comprendí que debía ponerme en manos de un único neurólogo que entendiera de laEP. Fue así como descubrí que había un neurólogo en el Hospital Clínico “Lozano Blesa” que dirigía la Unidad de Patologías del Movimiento.

 

Aún tardó la enfermedad en responder al tratamiento, hasta que, como a los cinco años de los primeros síntomas, tomando L-dopa, mejoró la escritura, la forma de caminar y todos los síntomas en general. El diagnóstico estaba confirmado: Tenía la EP. Desde entonces, he sufrido casi todos los síntomas de esta patología, he hecho venir a mi mujer de su trabajo para ayudarme a bajar de la camilla del dentista, o para ayudarme a cruzar la calle después de comprar el pan. Comencé a llegar tarde al trabajo, y a llegar a casa tarde a la salida de él. Aun así nos apuntamos a Derecho por las tardes y conseguimos aprobar los dos.

 

Tras unos años de negarme a ir a la Asociación de Parkinson Aragón, cuando tuve que renunciar a la oposición que tanto me había costado conseguir, me acerqué a ver lo que hacían. Y me sorprendió ver a la gente sonreír, hablar de todo menos de la dichosa EP. Vi entonces la posibilidad de emplear en la Asociación los conocimientos recién adquiridos en la carrera de Derecho, y como si fuera un trabajo le dediqué tiempo y paciencia, hasta llegar aquí.

 

Como conclusión os diré que a la EP hay que hacerle caso, pero no demasiado. Una vez que seamos capaces de ver en el espejo a un paciente de la EP pensemos en otras cosas más constructivas como en salir a comer con los amigos o quéharía falta en la Asociación. La vida no se acaba porque te sorprenda la EP, sólo cambia la velocidad. Si repartimosla EP en trozos, cuantos más seamos, los trozos serán más pequeños.

Cuando el monte curaba

Cuando el monte curaba

Marta Lampérez Bueno

7 de abril de 2026

Hoy asociamos la salud a hospitales, centros de salud y especialidades, tecnología y medicamentos industrializados. Sin embargo, hubo un tiempo en que curar comenzaba saliendo al monte.

 

En 1800, fray Mateo Suman remitió la descripción de Salvatierra de Escá (Zaragoza) en su Diccionario geográfico-histórico de Aragón, donde se detalla la riqueza botánica del término y se enumeran numerosas plantas medicinales que crecían de forma espontánea y formaban parte activa del cuidado cotidiano (pp. 413–434).

 

La elección de este ejemplo no es casual. Salvatierra de Escá forma parte de mi investigación doctoral en Ciencias de la Antigüedad y, mi formación como enfermera, me ha llevado a preguntarme también por las formas históricas del cuidado y el bienestar en los territorios rurales.

 

Suman incorporó el trabajo del médico titular Pascual Mora, cuya actividad fue recogida también por Félix de Latassa en la Biblioteca nueva de los escritores aragoneses (cap. CLXXVII, pp. 316–317), donde se mencionan sus descripciones botánicas vinculadas a Salvatierra. Allí se citan sus trabajos sobre las plantas que se crían en el término, confirmando que su labor trascendía el ámbito estrictamente local.

 

Entre las especies mencionadas se encontraban la doradilla, la matricaria, el toronjil, la eufrasia, la peonía o la gayuba, empleadas tradicionalmente para afecciones respiratorias, digestivas o urinarias. No se trataba de simples curiosidades botánicas: eran recursos terapéuticos accesibles.

 

Lo significativo es que Mora clasificó más de doscientas cincuenta especies siguiendo los sistemas botánicos de Tournefort y Linneo. El conocimiento ilustrado convivía así con la experiencia rural. Ciencia académica y saber práctico compartían espacio en las laderas prepirenaicas.

 

Desde una perspectiva actual, estas líneas permiten interpretar el paisaje de Salvatierra como territorio de cuidado. El monte no era únicamente fuente de leña o pastos: era extensión del botiquín doméstico. La relación entre naturaleza y salud formaba parte del equilibrio comunitario.

 

Con el avance de la medicina contemporánea, muchos de estos usos quedaron relegados al ámbito doméstico o al recuerdo popular. Sin embargo, la creciente atención a la fitoterapia y a la medicina tradicional, reconocida hoy por organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud, devuelve actualidad a aquellas descripciones de comienzos del siglo XIX.

 

Salvatierra de Escá fue, como tantas comunidades rurales, un lugar donde naturaleza y cuidado estaban íntimamente conectados. Mucho antes de que habláramos de prevención o sostenibilidad sanitaria, el monte ya curaba.

Falacias de la falocracia

Falacias de la falocracia

M. Felipa Gea López

5 de abril de 2026

Hoy 5 de abril, el llamado Día Mundial del Pene, nos abre la oportunidad de hablar del órgano más mitificado de la anatomía humana no sólo desde la biología, sino desde el poder. Porque el pene, más allá de su función fisiológica, ha sido históricamente convertido en símbolo. Así que vamos a hablar de la falocracia como institución: un sistema de valores, creencias y estructuras donde lo masculino (y lo fálico) se asocia con autoridad, dominio y legitimidad.

 

Este sistema no solo jerarquiza, también limita. La falocracia no eleva simplemente a los hombres sobre las mujeres, sino que empobrece la experiencia humana en su conjunto. Al imponer un ideal rígido de lo que significa “ser hombre” y “ser mujer”, termina denigrando a las mujeres y encorsetando a los hombres en un molde estrecho, artificial y profundamente irreal.

 

Toda construcción simbólica exagerada se sostiene, inevitablemente, sobre falacias. Por ello, es necesario identificar algunas de ellas para poder reconocer esta institución falocrática, que reprime y engaña a quienes se inscriben en ella.

 

La falacia de la superioridad natural

 

La falocracia se sustenta en la idea de que existe una superioridad intrínseca asociada a lo masculino, utilizando el pene como “prueba” de una supuesta “jerarquía natural”. Este relato confunde la diferencia biológica con una escala de valor social, ignorando que la biología no establece sistemas de poder. Los sistemas de poder los construyen las sociedades, no la biología.

 

Esta creencia legitima la subordinación histórica de las mujeres y, al mismo tiempo, impone una presión constante sobre los hombres para demostrar esa supuesta superioridad. La asociación entre pene y capacidad de mando es una metáfora cultural que empuja a los varones a demostrar constantemente una fuerza que no siempre corresponde con su realidad psíquica, generando estrés crónico y vulnerabilidad a la ansiedad y la depresión.

 

Confundir “diferencia” con “superioridad” es una falacia clásica. La diversidad corporal no implica jerarquía, y convertirla en eso empobrece las relaciones humanas. Aspirar a ser un “macho alfa” aleja de factores clave para la supervivencia humana: la cooperación y la inteligencia emocional.

 

La falacia del poder simbólico

 

El pene ha sido elevado a icono de poder en múltiples ámbitos de la vida (lenguaje, arte, política…). Expresiones como “tener cojones” o “ser un hombre de verdad” refuerzan la asociación entre genitalidad y autoridad.

 

Este simbolismo no sólo margina a las mujeres, excluyéndolas de los espacios de poder, sino que obliga a los hombres a encarnar una imagen de dominio, seguridad y control que no siempre coindice con su realidad emocional. El resultado es una desconexión profunda con la vulnerabilidad y la diversidad humana. Este fenómeno se refuerza mediante el llamado «mandato de masculinidad», según el cual ser hombre no es un estado, sino un estatus que debe ganarse y defenderse públicamente a través de actos de dominación, a menudo expresados en microviolencias o en la exclusión de lo femenino.

 

El simbolismo no es poder real, pero tampoco es inocuo. Es una narrativa que, al interiorizarse, distorsiona la percepción. La falocracia convence al hombre de que su valor reside en su capacidad de imponerse, lo que constituye una trampa psicológica que bloquea el desarrollo de una identidad auténtica basada en el autocuidado.

  

La falacia del rendimiento

 

Otra falacia extendida es que el valor masculino se mide en términos de rendimiento sexual: duración, tamaño y potencia. Esta lógica, además de ser reduccionista, genera ansiedad, inseguridad y una relación distorsionada con el propio cuerpo. La sexualidad masculina se convierte en un examen constante.

 

La llamada «ansiedad de ejecución sexual» afecta a un porcentaje significativo (9-25%) de hombres y contribuye a padecer eyaculación precoz y/o disfunción eréctil psicógena. El encuentro sexual se percibe como una prueba donde la «hombría» está en juego, dejando poco espacio para el disfrute. Además, la pornografía ha intensificado esta falacia al imponer estándares irreales. Muchos jóvenes comparan sus cuerpos y su desempeño con modelos editados, lo que alimenta la insatisfacción y el consumo de productos que prometen mejoras imposibles.

 

Esta lógica también perjudica a las mujeres, cuyo placer ha sido históricamente relegado, reforzando dinámicas donde su experiencia queda subordinada al desempeño masculino. El resultado es doble, por un lado, hombres atrapados en la ansiedad del rendimiento y, por otro, mujeres desplazadas en su propia vivencia sexual.

 

El placer, la intimidad y la sexualidad humana son complejos y subjetivos. Reducirlos a métricas fálicas es una simplificación que empobrece a todas las partes.

 

La falacia de la centralidad

 

Durante siglos, el pene ha ocupado el centro del discurso sexual. La falocracia lo sitúa como el eje alrededor del cual orbitan el deseo, el acto, y la satisfacción, invisibilizando otras formas de placer y experiencia.

 

Esta centralidad define el sexo exclusivamente como la penetración pene-vagina, heredando modelos históricos reforzados por la medicina y la religión. El resultado es una dinámica desigual donde el cuerpo de la mujer queda subordinado a un guion diseñado para la satisfacción masculina. Además, al considerar la penetración como el único acto “real” de sexo, se deslegitiman las formas de placer, muchas de ellas más efectivas para las mujeres.

 

Paradójicamente, esta centralidad también empobrece la experiencia masculina al reducir a una función genital. Limita la exploración del cuerpo, la sensibilidad y otras formas de intimidad y conexión.

 

La idea de que el sexo “termina” con la eyaculación masculina es una consecuencia directa de esta falacia, que reduce la intimidad a una descarga fisiológica en lugar de un intercambio afectivo. La sexualidad va más allá del pene, es una constelación diversa de experiencias.

 

La falacia de la identidad

 

La falocracia impone una ecuación rígida: pene = hombre = masculinidad. Esta simplificación excluye a personas trans, intersexuales y no binarias, y limita las formas en que los propios hombres pueden vivir su identidad.

 

Bajo este esquema, cualquier desviación se percibe como una amenaza. Se ignora que todos los seres humanos combinamos rasgos, hormonas y deseos que no encajan en moldes absolutos. Así, los hombres quedan atrapados en un ideal imposible, mientras otras identidades quedan fuera del reconocimiento.

 

La identidad no se reduce a la anatomía. Es una construcción compleja donde intervienen la cultura, la experiencia y la autopercepción. Va más allá de lo límites que impone la falocracia.

 

Repensar el símbolo

 

Cuestionar la falocracia no implica demonizar al pene, sino despojarlo de una carga simbólica opresiva. Se trata de devolverlo a su condición de “parte del cuerpo” que merece cuidado y respeto, pero no obediencia ni poder.

 

El problema no es el símbolo en sí, sino el sistema que lo convirtió en medida de todas las cosas. Un sistema falocrático que ha servido para jerarquizar, excluir y simplificar la riqueza de la experiencia humana.

 

Quizá el gesto más subversivo sea dejar de situar al pene en el centro del poder y empezar a mirarlo con naturalidad, como cualquier otra parte del cuerpo. Desmontar estas falacias abre la puerta a una comprensión más amplia, diversa y honesta de lo que somos.