Mindfulness y su utilidad en el campo de la salud

Mindfulness y su utilidad en el campo de la salud

Javier García Campayo

21 de enero de 2026

Mindfulness, o “atención plena”, describe, por una parte, un estado mental caracterizado por estar atento al momento presente con aceptación. Este estado se asocia a un gran bienestar físico y psicológico y esa es la razón de su amplia expansión por todo el mundo. Por otro lado, el término también se utiliza para referirse a la técnica que permite alcanzar dicho estado, y que es un tipo específico de meditación atencional. Es una técnica que puede entrenarse de forma sencilla, con formaciones de unas 20 horas, y que es coste-efectiva, ya que se imparte en formato grupal. Una vez formado, el individuo puede realizarlo en su casa sin apenas supervisión. Se considera que una “dosis” de meditación de entre 15 y 20 minutos diarios, practicada casi todos los días (cinco veces a la semana), durante un período de tres meses, no solo produciría cambios en los test psicológicos —aumentando niveles de atención plena y otros parámetros de bienestar—, sino que también produciría modificaciones en las conexiones cerebrales detectables mediante técnicas de neuroimagen.

 

 

¿Cuáles son los beneficios de mindfulness a nivel de salud?

 

Por un lado, se puede utilizar en el tratamiento de enfermedades psiquiátricas y médicas. El gran posicionamiento de mindfulness en las ciencias biomédicas surge con un artículo publicado en la prestigiosa revista Lancet en el que se demostraba que mindfulness era tan eficaz como el tratamiento antidepresivo estándar en la prevención de la depresión recurrente, por lo que la Guía NICE británica lo recomienda con esta indicación. Otros trastornos psicológicos en los que se ha demostrado útil, con la máxima evidencia como son los metaanálisis, son los trastornos de ansiedad y las adicciones. En relación con enfermedades médicas, los metaanálisis confirman su eficacia en el manejo del dolor o en los componentes psicológicos asociados al cáncer.

 

Pero mindfulness es también útil en individuos sanos para mejorar su afecto positivo y bienestar psicológico, así como para prevenir diferentes enfermedades, sobre todo relacionadas con el estrés. Según la teoría de la neuroinflamación, ampliamente aceptada en medicina, muchas de las enfermedades actuales están relacionadas con el estrés. Pues bien, mindfulness se considera una de las técnicas psicológicas más eficaces para el control de este trastorno y por eso se está empleando como herramienta preventiva en enfermedades que cursan con estrés intenso, que puede llegar al quemado profesional o burnout, como sanitarios, docentes o estudiantes. De hecho, hay estudios que sugieren que la meditación como estilo de vida alargaría la esperanza de vida (con otros factores controlados, como la dieta o la actividad física), en base a la detección de una menor retracción de los telómeros en la población que medita habitualmente.

 

 

En definitiva …

 

Aunque existen metaanálisis que sugieren su eficacia en estas y otras muchas condiciones médicas, todavía las muestras son pequeñas, la metodología debe ser mejorada para evitar la importante heterogeneidad, y el seguimiento debe ser más largo de los 6 meses habituales. Pero, lo que parece evidente, es que nos encontramos ante un grupo de terapias que puede constituir una herramienta más en diferentes trastornos y aumentar el bienestar psicológico y la calidad de vida en individuos sanos, pudiendo llegar a aumentar la esperanza de vida.

La depresión y el mito del desequilibrio químico

La depresión y el mito del desequilibrio químico

Carlos Navas Ferrer

13 de enero de 2026

Durante décadas, la depresión se ha explicado al público general como el resultado de un “desequilibrio químico” en el cerebro, especialmente una supuesta deficiencia de serotonina. Esta idea ha tenido una enorme influencia cultural y clínica: ha modelado la forma en que las personas entienden su sufrimiento, ha legitimado el uso masivo de antidepresivos y ha consolidado una visión biomédica de la salud mental. Sin embargo, en los últimos años esta explicación ha sido profundamente cuestionada. Una de las figuras clave en este cuestionamiento es la psiquiatra británica Joanna Moncrieff.

 

En una entrevista reciente, Moncrieff afirma que “nos han engañado sobre la depresión” y que no existen pruebas científicas sólidas de que esté causada por un desequilibrio químico. Esta afirmación se apoya en una exhaustiva revisión de la literatura científica publicada en Molecular Psychiatry, que analiza de forma crítica décadas de investigación sobre serotonina y depresión.

 

 

Qué dice realmente la evidencia científica

 

El trabajo liderado por Moncrieff es una revisión paraguas de los principales ámbitos de investigación sobre serotonina y depresión. Este tipo de revisión se sitúa en el nivel más alto de la jerarquía de la evidencia científica, ya que sintetiza resultados de revisiones sistemáticas, metaanálisis y grandes estudios genéticos.

Tras analizar seis grandes líneas de investigación — trabajos que miden la serotonina y derivados en el organismo; estudios sobre el funcionamiento de los receptores y el “transportador” de la serotonina en el cerebro; experimentos que intentan reducir la serotonina para ver si cambia el estado de ánimo; y estudios genéticos que buscan una relación entre ciertos genes, el estrés y la depresión— la conclusión general es clara: no existe evidencia consistente que demuestre que la depresión esté asociada a niveles bajos de serotonina o a una disminución de su actividad.

 

La mayoría de los estudios no encuentran diferencias significativas entre personas con depresión y personas sin ella. Cuando aparecen niveles más bajos de serotonina, estos se asocian de forma consistente al uso de antidepresivos, no a la depresión en sí. Este dato resulta especialmente relevante, ya que sugiere que algunos cambios neuroquímicos podrían ser consecuencia del tratamiento y no de la enfermedad.

 

 

Antidepresivos y serotonina: una relación compleja

 

Uno de los argumentos clásicos a favor del “desequilibrio químico” es que los antidepresivos funcionan aumentando la serotonina, lo que supuestamente demostraría que la depresión se debe a su déficit. Sin embargo, Moncrieff y sus colaboradores cuestionan este razonamiento. El hecho de que una sustancia produzca un efecto no implica que corrija una anomalía previa.

 

Tal como se explica en el artículo científico, existen otras hipótesis sobre cómo actúan los antidepresivos, como el embotamiento emocional o el efecto placebo amplificado. Además, la revisión muestra indicios de que el uso prolongado de antidepresivos puede reducir la disponibilidad de serotonina a largo plazo, lo que contradice la narrativa simplista de que “restauran el equilibrio”.

 

 

 

Genética y serotonina: otra hipótesis descartada

 

Uno de los aspectos más sólidos del trabajo de Moncrieff es el análisis de los estudios genéticos. Las investigaciones más amplias y metodológicamente rigurosas, con muestras de decenas de miles de personas, descartan cualquier asociación significativa entre los genes relacionados con la serotonina y la depresión, así como la supuesta interacción entre estos genes y el estrés vital.

 

Este hallazgo es especialmente importante porque desmonta la idea de una vulnerabilidad biológica innata ligada a la serotonina, una noción que ha sido ampliamente difundida tanto en manuales como en discursos divulgativos.

 

La crítica a la psiquiatría dominante

 

Estas conclusiones encajan con una crítica más amplia a la psiquiatría contemporánea, recogida en el testimonio de Laura Martín López-Andrade, psiquiatra entrevistada en El Salto, donde describe la psiquiatría como una profesión “potencialmente muy peligrosa” cuando reduce el sufrimiento humano a procesos biológicos aislados y descontextualizados. Desde esta perspectiva, la teoría del desequilibrio químico no solo es científicamente infundada, sino que también puede tener efectos negativos sobre los pacientes. Según Moncrieff, creer que la depresión es el resultado de un defecto cerebral puede generar una visión pesimista y cronificada del problema, dificultando la recuperación y fomentando la dependencia prolongada de la medicación.

 

 

Implicaciones preventivas: cómo protegerse del problema

 

Si aceptamos que la depresión no es, fundamentalmente, un desequilibrio químico, se abren importantes implicaciones preventivas para las personas:

 

  • Cuestionar explicaciones simplistas.

Entender que el malestar emocional no implica necesariamente un fallo biológico puede reducir el miedo, la estigmatización y la sensación de estar “dañado”. Una visión menos determinista favorece la esperanza y la capacidad de cambio.

 

  • Prestar atención al contexto vital.

Tal como sugieren las críticas recogidas en los textos, el sufrimiento psicológico suele estar profundamente ligado a experiencias de vida, relaciones, condiciones laborales, precariedad o aislamiento social. Reconocer estos factores permite abordarlos de forma más directa.

 

  • Evitar la medicalización automática del malestar.

No todo estado de tristeza, apatía o desánimo requiere una explicación médica ni una intervención farmacológica inmediata. Diferenciar entre sufrimiento humano y enfermedad puede prevenir tratamientos innecesarios y sus posibles efectos adversos.

 

  • Fortalecer recursos personales y sociales.

Fomentar redes de apoyo, espacios de escucha, sentido vital y estrategias de afrontamiento puede ser más protector a largo plazo que confiar exclusivamente en soluciones químicas.

 

  • Favorecer hábitos de vida saludable.

Dormir lo suficiente, mantener horarios regulares, realizar actividad física moderada y contar con momentos de descanso y desconexión ayuda a estabilizar el estado de ánimo y a afrontar mejor las dificultades.

 

  • Informarse críticamente antes de iniciar tratamientos prolongados.

Dado que la revisión señala posibles efectos neuroquímicos del uso continuado de antidepresivos, resulta prudente que las personas cuenten con información completa y honesta antes de iniciar o mantener tratamientos a largo plazo.

 

Hacia una comprensión más honesta de la depresión

La tesis de Moncrieff no niega el sufrimiento real que supone la depresión, ni afirmar que los tratamientos farmacológicos no tengan ningún efecto. Lo que sí implica es reconocer los límites del conocimiento actual y abandonar explicaciones simplistas que no se sostienen empíricamente.

 

Como muestra la evidencia revisada, la depresión no puede reducirse a un fallo químico del cerebro. Insistir en esa narrativa no solo es científicamente incorrecto, sino que puede empobrecer la forma en que entendemos y abordamos el malestar humano. La propuesta de Moncrieff es, en última instancia, una llamada a una atención a las personas más humilde, crítica y honesta.

Cuando la navidad ilumina la ausencia: Hablemos de soledad no deseada

Cuando la navidad ilumina la ausencia: Hablemos de soledad no deseada

Virginia Salinas Pérez

26 de diciembre de 2025

Diciembre es un mes paradójico. Mientras el calendario se llena de luces y melodías pegadizas que imponen una narrativa de felicidad infinita —reuniones familiares multitudinarias, comidas y brindis ruidosos, un calor humano que parece, por decreto social, inextinguible—, también se convierte en un tiempo especialmente duro para quienes viven la soledad no deseada.

 

Y aunque hay quienes piensan que la soledad es siempre una elección, esta conclusión parte de una visión excesivamente simplificada de la realidad. Sobre todo, porque estar solo y sentirse solo no son lo mismo. En ocasiones, la soledad buscada puede ser un refugio fértil para la reflexión y el crecimiento personal; pero cuando se convierte en una condición no deseada, impuesta por las circunstancias, la experiencia es radicalmente distinta.

La soledad es, en realidad, un fenómeno poliédrico, tan complejo como humano. No hablamos de un estado único, sino de múltiples soledades que se entrecruzan con la edad, la cultura, el género, la salud o la situación económica. Es un fenómeno difícil de conceptualizar, con un fuerte componente afectivo, pero también con dimensiones cognitivas, perceptivas y conductuales. Por un lado, existe una dimensión emocional, vinculada a sentimientos de vacío, carencia o privación en la necesidad de relación social: ese dolor social del que cada vez habla más la ciencia. Por otro lado, una dimensión cognitiva, relacionada con la discrepancia entre las relaciones sociales que una persona tiene y las que desearía tener; es decir, la sensación de no contar con vínculos significativos o de no sentirse satisfecha con los existentes, y sentirse sola aun cuando se está rodeada de otras personas.

 

La soledad no deseada no distingue edades. Los jóvenes, paradójicamente hiperconectados a través de las redes sociales, también se sienten abandonados y desconectados. Las personas mayores la padecen tras la pérdida de seres queridos, la partida de los hijos o hijas o la disminución de la movilidad. Nadie elige perder a su pareja, quedarse viudo o viuda, migrar por necesidad, envejecer con una red social que se reduce, vivir con una discapacidad que dificulta la vida social o ser excluido por su identidad o su situación económica. En todos estos casos, la soledad no es una decisión, sino una consecuencia. Pensar que “quien está solo es porque quiere” desplaza la responsabilidad exclusivamente al individuo y borra los factores sociales y estructurales que influyen: horarios laborales incompatibles con la vida social, ciudades poco amables para el encuentro, familias fragmentadas, precariedad, edadismo o un modelo de vida cada vez más individualista.

 

Esta soledad no deseada afecta a millones de personas en todo el mundo y, cuando se cronifica, la evidencia científica muestra que tiene efectos reales sobre la salud física y mental. De hecho, la Organización Mundial de la Salud (OMS) la considera una de las mayores amenazas para la salud pública del siglo XXI: un problema urgente, con un fuerte impacto en la calidad de vida y un aumento de la morbimortalidad comparable al del tabaquismo, el sedentarismo o la obesidad.

 

Diciembre incorpora, además, una novedad relevante. España impulsa ante la Organización de las Naciones Unidas (ONU) la declaración del 16 de diciembre como Día Internacional de la Soledad No Deseada, a través de la Fundación Padre Ángel y con el compromiso del Gobierno de España, en línea con la OMS y con países pioneros como Reino Unido o Japón. Se trata de un paso importante, porque la soledad no deseada sigue siendo invisible y estigmatizada. Contar con un día internacional permite hacerla visible, sacarla del ámbito privado y situarla en la agenda pública, mediática, social y política. Nombrarla sin culpa ni vergüenza es una condición necesaria para movilizar a la sociedad y promover la implicación de administraciones públicas, entidades sociales, empresas, centros educativos y ciudadanía en alianzas y acciones sostenidas contra la soledad.

 

La elección del 16 de diciembre tiene, además, un fuerte valor simbólico. Por un lado, coincide con el aniversario del nacimiento de Ludwig van Beethoven, compositor que padeció aislamiento social debido a su discapacidad auditiva, sin que ello le impidiera crear obras tan significativas como la Oda a la Alegría, un himno a la fraternidad, la unión y la esperanza que sigue emocionando al mundo.

 

Por otro, la fecha precede a la Navidad. Y no se trata de dramatizar, sino de comprender el contexto emocional. Las fechas señaladas actúan como un amplificador: cuando el entorno insiste en la unión, la felicidad y la celebración compartida, la ausencia se vuelve más visible y más dolorosa. No es que la Navidad cree la soledad, es que la hace más consciente. Para quienes cuentan con redes familiares y sociales sólidas, estas fiestas refuerzan la sensación de pertenencia; para quienes viven la soledad no deseada, pueden intensificar el vacío. Es la paradoja de unas celebraciones que exaltan la compañía y, al mismo tiempo, revelan la ausencia.

 

Por eso, la Navidad debería entenderse como una oportunidad ética y social. No basta con adornar las casas y las calles o consumir más. La verdadera esencia de estas fechas está en la solidaridad, en ese principio que la bioética europea reivindica como compromiso colectivo, donde la empatía y la compasión no son gestos aislados, sino responsabilidades compartidas.

 

El reto está en transformar el espíritu navideño en una acción comunitaria permanente: en programas que tejan redes de apoyo intergeneracional y comunitario. Si la Navidad tiene la capacidad de movilizar emociones y voluntades, puede ser también el momento idóneo para reforzar estas iniciativas y recordar que nadie debería vivir la soledad como un fracaso personal. La soledad no deseada es un problema colectivo y, si estas fiestas significan algo, debería ser la certeza de que nadie se salva solo. Convertir la solidaridad en práctica cotidiana —una llamada, una visita, un espacio compartido— puede ser el gesto más sencillo y, quizá, el más transformador. Tal vez ahí resida el verdadero milagro navideño: recordar que, en un mundo cada vez más individualista, la compañía sigue siendo el mejor regalo.

Aulas inclusivas: Compromiso con la participación y la salud

Aulas inclusivas: Compromiso con la participación y la salud

Rafael Sánchez Arizcuren

3 de diciembre de 2025

La universidad es un entorno donde la ocupación principal es aprender. Sin embargo, en muchos casos, el acceso y la participación en muchas de las acciones relacionadas con la formación se ven obstaculizados por barreras añadidas a lo puramente académico. Desde una perspectiva centrada en la persona, podemos decir que la participación plena en actividades significativas para la persona es un derecho y un pilar para la salud y el bienestar. Abordar la inclusión en las aulas universitarias no es solo cuestión de equidad, sino que supone invertir en la salud del estudiantado, facilitando el desempeño del rol de estudiante con dignidad, autonomía y sentido de pertenencia.

 

La educación superior requiere habilidades complejas, pero en muchas ocasiones este entorno presenta barreras físicas, pedagógicas, digitales o actitudinales. Estas barreras siguen afectando especialmente a estudiantes que pertenecen a colectivos infrarrepresentados o en situación de vulnerabilidad. En este sentido, la falta de formación docente en pedagogía inclusiva y la escasez de recursos pueden suponer obstáculos significativos. Además, los apoyos individualizados no siempre compensan un diseño docente que no ha sido pensado para la diversidad.

 

En esta situación, es imprescindible asumir un marco que transforme de manera estructural el entorno y las prácticas docentes. Aquí es donde un enfoque centrado en la persona y la aplicación de los principios del Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA) tienen un valor fundamental, ya que plantea una respuesta coherente y alineada con la idea de que el sistema debe diseñar estrategias para acoger la diversidad. El DUA plantea múltiples formas de presentación, acción, expresión e implicación. En definitiva, plantea el diseño de experiencias educativas que contemplen diferentes formas de acceder a los espacios y a la información, participar en las actividades y demostrar el aprendizaje.

 

Estos enfoques no solo mejoran el rendimiento, sino que reducen la ansiedad académica, favorecen la participación y contribuyen al bienestar. “Ser tratados como personas y no como números” supone un elemento determinante para la motivación, la confianza y la participación activa.

 

La inclusión en la universidad requiere el avance en dos direcciones simultáneas: el diseño de entornos accesibles y flexibles, y la construcción de relaciones pedagógicas basadas en la escucha, el respeto y la corresponsabilidad. El DUA ofrece la estructura para favorecer esto, ya que parte del reconocimiento de la diversidad y de la necesidad de crear experiencias que respondan a diferentes ritmos, estilos y necesidades de aprendizaje. Cuando una asignatura se imparte en un entorno accesible, ofrece materiales en diversos formatos, flexibiliza la evaluación o plantea rutas alternativas para alcanzar los mismos resultados de aprendizaje, facilita la participación del estudiantado con discapacidad, pero también beneficia al conjunto de la comunidad universitaria.

 

Para la creación de aulas inclusivas es esencial la figura del profesorado y de los servicios de apoyo universitario, pero también lo es una cultura institucional que valore la solicitud de ayuda y adaptaciones o expresar dificultades sin miedo al estigma. Codiseñar prácticas y soluciones con el estudiantado incrementa su sentido de comunidad y de participación en su proceso formativo.

 

Las universidades más inclusivas son las que diseñan marcos integrales que conectan accesibilidad, currículo, docencia, evaluación, formación del profesorado y bienestar del estudiantado. La inclusión no puede depender de la buena voluntad individual, sino que necesita estructuras, recursos y seguimiento. Esto supone actualizar los planes de estudio para hacerlos más flexibles, garantizar la accesibilidad física, digital y comunicativa en todos los recursos educativos y promover metodologías activas que fomenten la colaboración y la participación.

 

Abordar la inclusión también es apostar por la salud en un sentido amplio. Esta perspectiva pone el foco en el diseño de entornos flexibles que se adapten a la diversidad. La creación de un entorno inclusivo se debe concretar en el diseño de espacios inclusivos, pero también en el acompañamiento individualizado a estudiantes para desarrollar estrategias de autogestión, o la colaboración con el profesorado para adaptar materiales, flexibilizar la evaluación y rediseñar actividades de aprendizaje.

 

En el Día Internacional de las Personas con Discapacidad es fundamental recordar que la inclusión no es un añadido, un lujo o un gesto simbólico. Es una obligación ética, legal, un mandato de derechos humanos y un indicador esencial de la calidad universitaria. Facilitar la participación de todo el estudiantado es invertir en salud, en justicia social y en un futuro profesional más equitativo. Las universidades deben garantizar que cada estudiante sienta que es reconocido como persona, con su identidad, su ritmo y trayectoria diversa. Lejos de ser algo opcional, la inclusión constituye el corazón de una educación superior verdaderamente transformadora, humana y comprometida.

Agroquímicos sintéticos: Una amenaza para la salud

Agroquímicos sintéticos: Una amenaza para la salud

Concha Germán-Bes y Carlos Navas-Ferrer

26 de noviembre de 2025

En el planeta tierra conviven millones de especies de plantas, animales, insectos, microorganismos y también por los seres humanos. Todos habitamos ecosistemas muy diversos —fríos, cálidos, secos o húmedos— que funcionan gracias a un equilibrio natural que permite a los seres vivos nacer, crecer y morir. Hoy ese equilibrio está gravemente amenazado: la crisis climática y la desaparición acelerada de especies están poniendo en riesgo la vida del planeta, incluida la humana. Para tratar de entenderlo debemos mirar, entre otras cosas, la manera en que producimos nuestros alimentos y el papel que juegan los agroquímicos en este proceso.

 

Los agroquímicos artificiales son productos creados por el ser humano para aumentar la productividad agrícola. Incluyen fertilizantes, pesticidas, herbicidas, fungicidas y reguladores del crecimiento. Aunque han permitido obtener más cosechas, también generan riesgos para la salud y para el medio ambiente.

 

Frente a ellos existen los agroquímicos naturales, que suelen ser menos tóxicos y más respetuosos con los ecosistemas. Un buen ejemplo es la piretrina, un insecticida natural que se extrae de las flores del crisantemo, especialmente de la especie Chrysanthemum cinerariifolium. Su acción es muy rápida, pues actúa por contacto sobre el sistema nervioso de los insectos, provocándoles temblores, parálisis y finalmente la muerte. Para los mamíferos, incluidos los seres humanos, la toxicidad es baja y además se degrada rápidamente con la luz solar, por lo que su impacto ambiental es reducido. Por estas razones se utiliza tanto en agricultura ecológica como en productos domésticos y en champús para mascotas.

 

Es importante no confundir las piretrinas naturales con los piretroides sintéticos. Aunque estos últimos imitan su mecanismo de acción, se fabrican íntegramente en laboratorio y presentan diferencias notables. Los piretroides son más estables y persistentes, resultan altamente tóxicos para insectos y organismos acuáticos, aunque al igual que sus homólogos naturales, son menos peligrosos para los mamíferos. Se emplean en agricultura, en el control de plagas urbanas, en la sanidad pública y en la protección de animales domésticos. Algunos se utilizan incluso en productos farmacéuticos, como la permetrina para tratar infestaciones de piojos o ácaros, aunque pueden provocar reacciones alérgicas. Por su potencia, su manejo debe ser muy cuidadoso, sobre todo para evitar daños a insectos beneficiosos como las abejas.

 

La agricultura moderna utiliza además otros muchos agroquímicos artificiales, como los organoclorados (entre ellos el DDT o el lindano), los organofosforados, los carbamatos o los compuestos organometálicos derivados de arsénico, mercurio o plomo. Estos productos pueden provocar efectos agudos, como náuseas o dolores de cabeza, y también efectos crónicos, entre los que se incluyen alteraciones hormonales, daños neurológicos o incluso algunos tipos de cáncer. Su uso, especialmente cuando no está adecuadamente regulado, contamina el aire, el suelo y el agua, y en algunos casos los compuestos pueden persistir durante décadas en el medio ambiente.

 

Un problema especialmente grave es la bioacumulación. Muchas sustancias tóxicas se acumulan en los organismos vivos y pasan de un nivel trófico a otro, aumentando su concentración a medida que ascendemos en la cadena alimentaria. De este modo, los depredadores y, finalmente, los seres humanos pueden llegar a concentrar dosis mucho más elevadas de las que estaban presentes en el entorno. Por este motivo, sustancias como el DDT, el lindano o el glifosato —este último considerado posiblemente cancerígeno por la Organización Mundial de la Salud— han sido prohibidas o severamente restringidas en numerosos países y en la Unión Europea.

 

A pesar de ello, los agroquímicos artificiales siguen difundiéndose por los beneficios que ofrecen en términos de rendimiento agrícola. Se sostiene que permiten obtener cosechas más abundantes por hectárea, reducen la presencia de malezas, frenan el avance de plagas y, en algunos casos, incluso mejoran el valor nutritivo de los cultivos. Sin embargo, estos beneficios suelen acompañarse de un uso intensivo del riego, con el consiguiente consumo de agua, de la fertilización química y de una dependencia tecnológica creciente.

 

Esa dependencia se hace aún más evidente cuando hablamos de semillas modificadas genéticamente. Muchos organismos transgénicos están diseñados para funcionar junto con agroquímicos concretos. Un ejemplo muy conocido es el de los cultivos de maíz modificados genéticamente para resistir el herbicida glifosato, de modo que este pueda eliminar todas las plantas no deseadas sin afectar al cultivo principal. Este modelo, comercializado como “paquete tecnológico”, ha generado un intenso debate científico, social y ambiental.

 

Frente a este tipo de agricultura existe otro camino, representado por variedades tradicionales como el trigo Aragón 03. Este trigo, muy cultivado en los años sesenta, estuvo a punto de desaparecer con la llegada de los trigos híbridos y transgénicos, pero fue recuperado a finales de los años noventa por la familia Marcén en la estepa de Los Monegros, en Zaragoza. Se valora por su sabor intenso, por su alto contenido en proteínas —que puede llegar al 17 %— y por su buena adaptación al entorno. Además, su cultivo resulta beneficioso para el suelo y para la biodiversidad. A diferencia de los trigos modificados para resistir herbicidas, el Aragón 03 no soporta productos como el glifosato que, si se aplicara sobre un campo en crecimiento, destruiría tanto las malas hierbas como el propio cultivo.

 

Este contraste nos invita a reflexionar. La producción de alimentos puede seguir modelos muy diferentes. Los agroquímicos artificiales han permitido aumentar la productividad, pero también han contribuido a la degradación ambiental, a la contaminación y a la pérdida de biodiversidad. Los agroquímicos naturales, los cultivos tradicionales y las prácticas agroecológicas muestran que existen alternativas más respetuosas con los ecosistemas y con la salud humana. En un momento de crisis climática, comprender el impacto de nuestras decisiones y avanzar hacia una agricultura más sostenible es una tarea urgente y compartida.