Nunca se está preparado. Aceptar la enfermedad descubriendo lo esencial
Nunca se está preparado. Aceptar la enfermedad descubriendo lo esencial
Javier
5 de enero de 2026
Esa podía haber sido una mañana cualquiera más de trabajo. Si no fuera porque mi condición de facultativo ya me había puesto en prevengan. Y la llamada de la hematóloga, y la celeridad en que esa misma mañana gris de viernes estaba haciendo todas las gestiones necesarias no auguraban nada bueno.
En diez días tenía ya el diagnóstico. Tengo un mieloma múltiple, un cáncer de la médula ósea, segunda neoplasia maligna hematológica más común, el 1% de todos los cánceres. Nunca se está preparado para este tipo de noticias. Nunca. Ni aun cuando se es sanitario y, día sí y día no, luchas por la salud y el bienestar de tus pacientes. Siempre es algo que sucede, ¡vaya mala suerte¡, a los demás.
Asumirlo es un reto, y también una necesidad. Y decirlo en tu entorno familiar más cercano, un absoluto y terrorífico desafío. Todo queda en la intimidad de cada uno, es un proceso personal que cada persona afrenta de una manera, según su propio carácter, su propia personalidad. Pero puedo decir que, para mí, es como un duelo, como la pérdida de un ser querido. Se pasa por las mismas cinco fases.
Primero, negación. No, esto no puede estar ocurriendo. Luego, te enfadas. Llega el momento de la ira, de preguntarte por qué a mí. Y empiezas a negociar, a intentar establecer límites y normas con la enfermedad. Pero sabes que no se van a cumplir. Entonces, te deprimes. Ves la futilidad de todos tus actos, de todos tus esfuerzos, tus desvelos, pasados y futuros. Piensas: “¿para qué?”, cuando al final la enfermedad te azota y va a ser ella la que dictamine y te haga escribir unos renglones en tu vida que no pensabas tener que redactar nunca. Y, por último, lo aceptas. Asumes que, desde ese momento, estás enfermo, y que tienes que convivir con ello.
La velocidad a la que cada persona deambula por cada una de estas fases puede determinar en gran medida, el éxito de la lucha que se nos viene encima. El superar una fase no implica no volver a ella, pero siempre de una manera fugaz, como de soslayo.
Ya la había aceptado. Y no se me ocurren dos palabras mejores para ilustrar mi vida desde entonces. Disciplina y determinación. Disciplina, hacer lo que se tiene que hacer sin importar lo que sea, por muy ingrato o por mucho que nos cueste o duela hacerlo. Si se tiene que hacer, se hace. Mi determinación es mi lucha contra la enfermedad. Levantarse golpe tras golpe, no dejar nunca los brazos abatidos, salvo ese insignificante instante en que tomamos aliento y los volvemos a subir.
La disciplina es algo íntimo de cada uno, que se trabaja con esfuerzo y constancia. Se puede inculcar, se puede hasta enseñar, se puede demostrar. Pero no se puede implantar. La determinación de luchar, para mí, tiene muchos más condicionantes externos. Porque es, precisamente, en estos momentos de batalla, cuando se destapan sentimientos y personas que no sabías que estaban ahí. Y que estaban ahí para ti, para, precisamente, florecer cuando más se los necesita.
Familia, en el sentido estricto. Eso que parece hoy en día estar vilipendiado, perseguido y acorralado, menospreciado. Tu pareja, tus hijos; tus padres, hermanos, sobrinos, primos… Esos que sientes tuyos pero que no albergan ningún lazo de sangre contigo. La primera fuente de fuerza viene siempre de lo más cercano, de lo que tenemos siempre a mano. Lamentablemente, no lo valoramos.
Familia, en un sentido más amplio. Los compañeros de trabajo con los que pasas más horas que un reloj. Con los que ríes y lloras, con los que luchas codo con codo, con los que tienes momentos de encuentro, y otros de encontronazos. Y que son familia tambiénporque te conocen hasta puntos en los que uno ni siquiera podría imaginar. Lamentablemente, tampoco lo valoramos.
Los amigos. Los cercanos, los lejanos. Los de siempre, los de ahora. Con los que compartes también tu vida, tus miedos, tus anhelos, tus ilusiones; interminables cenas y partidos de baloncesto afrontados con inquebrantable fe. Lamentablemente, tampoco lo valoramos.
La determinación nace de un campo ya sembrado, pero florece en gran medida por el cuidado y desvelo de todos ellos. Cada uno en su medida aporta su imprescindible y necesario granito. Y, entonces, lo valoramos. Valoramos sentirnos… humanos. Sentirnos por una vez no “uno” más, sino “el” más. Valoramos ese mensaje a deshora, esa llamada intempestiva, esa visita fugaz “porque solo quería verte”.
Llevo algo más de ocho meses de tratamiento. Ocho meses de desgaste en los que no he dejado que mi determinación por seguir la lucha hasta donde sea menester flaquease en ningún momento. Día a día, paso a paso, escalón tras escalón. ¿Agotador? Sí. ¿Merece la pena? Por supuesto.
Y no puedo terminar estas humildes líneas con mis reflexiones sin dar mi más sincero y profundo agradecimiento a todo el personal sanitario, compañeros todos, que han venido conmigo en este aún inacabado viaje. Sin ellos, me permito decirlo así, sin nosotros, sin la vocación, entrega y disposición de todos y cada uno de ellos, el trayecto hubiese sido mucho más penoso.
Hola. Me llamo Javier y tengo cáncer. Y si ahora tuviese que decir con una palabra como me siento, después de todo lo que os he contado en estas líneas, la elección me resultaría fácil. Agradecido. Me siento agradecido no por estar enfermo, si no por todo lo que la enfermedad me ha hecho descubrir. De mí y sobre mí. Como popularizó Viktor Frankl: “Quien tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”.

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