¿Es saludable el consumo de atún?

¿Es saludable el consumo de atún?

Sofía Pérez Calahorra

2 de mayo de 2026

El atún ocupa un lugar destacado en la alimentación humana a escala global debido a su elevado valor nutricional y a su versatilidad culinaria. Sin embargo, su consumo ha generado un creciente interés científico por el equilibrio entre sus beneficios y los riesgos asociados a contaminantes, especialmente el mercurio. Este texto aborda dicha dualidad desde una perspectiva basada en la evidencia.

El término “atún” engloba diversas especies del género Thunnus, entre ellas Thunnus thynnus, Thunnus albacares y Thunnus alalunga. Son peces pelágicos, de gran tamaño, altamente migratorios y con metabolismo elevado, características que condicionan su composición corporal y su perfil nutricional.

 

Beneficios del consumo de atún

 

Desde el punto de vista nutricional, el atún es una fuente relevante de proteínas de alto valor biológico, con todos los aminoácidos esenciales y elevada digestibilidad, lo que favorece su aprovechamiento metabólico, especialmente en etapas de crecimiento, envejecimiento o necesidad de aumento de requerimientos fisiológicos. También aporta micronutrientes como vitamina D, vitamina B12, fósforo y selenio. Este último posee actividad antioxidante y podría modular parcialmente la toxicidad del mercurio, aunque sin neutralizarla completamente.

Destaca también su contenido en ácidos grasos omega-3 de cadena larga, principalmente ácido eicosapentaenoico (EPA) y docosahexaenoico (DHA). Aunque estos dos ácidos grasos pueden sintetizarse a partir del ácido α-linolénico (ALA), esta conversión es limitada en humanos, por lo que su aporte dietético resulta esencial, siendo el pescado azul una de las principales fuentes. La evidencia muestra que EPA y DHA contribuyen a la reducción de triglicéridos plasmáticos, disminuyen la agregación plaquetaria y mejoran la función endotelial, además de ejercer efectos antiinflamatorios implicados en la prevención de la aterosclerosis. Estos mecanismos explican la asociación entre el consumo habitual de pescado y una menor incidencia de enfermedad cardiovascular y accidente cerebrovascular.

El DHA, en particular, cumple un papel estructural en las membranas neuronales y se concentra en cerebro y retina. Su ingesta es crítica durante el desarrollo fetal y la infancia, ya que participa en la maduración del sistema nervioso central, la función visual y el rendimiento cognitivo. Tanto EPA como DHA intervienen además en la resolución de la inflamación al actuar como precursores de mediadores lipídicos relevantes en la prevención de enfermedades crónicas cardiovasculares, metabólicas y neurodegenerativas.

Por otro lado, el atún forma parte de patrones dietéticos saludables, como la dieta mediterránea y la japonesa, asociados con menor mortalidad y mejor salud cardiometabólica. Su disponibilidad, especialmente en conserva, facilita su consumo, aunque el contenido en omega-3 varía según la especie, el tamaño y el método de conservación: el atún fresco suele ser más rico en lípidos, mientras que el en conserva presenta variabilidad según el medio (aceite o agua).

 

Riesgos asociados 

 

Como vemos el atún puede formar parte de una alimentación saludable, sin embargo, también tiene riesgos. El principal riesgo asociado al consumo de atún es el metilmercurio, un compuesto neurotóxico que se acumula por bioacumulación y biomagnificación en la cadena trófica (6). Por ello, especies grandes y longevas como Thunnus thynnus presentan concentraciones más elevadas. La exposición al metilmercurio se asocia con alteraciones del desarrollo neurológico, déficits cognitivos y trastornos motores, especialmente en poblaciones vulnerables como fetos y niños.

Además, el atún puede contener otros contaminantes ambientales (dioxinas, bifenilos policlorados y metales pesados) vinculados a efectos adversos a largo plazo, incluyendo alteraciones endocrinas y mayor riesgo de enfermedades crónicas. El riesgo no es uniforme y depende de la frecuencia de consumo, la especie y el tamaño del pez. La evidencia indica que un consumo moderado, especialmente de atún en conserva, es generalmente seguro en la población general, mientras que ingestas elevadas aumentan la exposición al mercurio.

Por ello, el consumo de atún debe evaluarse desde un balance riesgo–beneficio. En condiciones de consumo moderado, los beneficios de los omega-3 superan los riesgos del mercurio, aunque este equilibrio puede invertirse en consumos elevados o en grupos vulnerables como embarazadas y niños-adolescentes. Las recomendaciones actuales no abogan por eliminarlo, sino por optimizar su ingesta: en la población general se aconseja consumir pescado una a dos veces por semana, alcanzando entre 250 y 500 mg diarios de EPA y DHA sin incrementar significativamente los riesgos. En embarazadas y población infantil, se recomienda limitar especies con mayor contenido en mercurio y priorizar opciones más seguras como pescado de menor o mediano tamaño.

La investigación actual se centra en reducir la exposición a contaminantes, mejorar los sistemas de control alimentario y fortalecer la educación nutricional basada en la evidencia.

En conclusión, el atún es un alimento de alto valor nutricional con beneficios bien establecidos sobre la salud cardiovascular, neurológica y metabólica. No obstante, su contenido en metilmercurio exige un consumo prudente. La evidencia respalda un enfoque equilibrado basado en la moderación, la diversidad dietética y la adaptación a grupos específicos, permitiendo maximizar beneficios y minimizar riesgos dentro de un patrón alimentario saludable y sostenible.

Día mundial de la malaria

Día mundial de la malaria

Mireya García-Gracia y Nadia Larumbe

25 de abril de 2026

¿Qué es y cómo se transmite?

 

La malaria (o paludismo) es una enfermedad infecciosa no transmisible de persona a persona. En 2024, la prevalencia ascendía a 282 millones de casos activos en el mundo y se produjeron 610.000 muertes debido a esta enfermedad. En las zonas geográficas donde la enfermedad es endémica hasta el 75% de las muertes son de niños y niñas menores de 5 años. Las principales regiones afectadas son las zonas tropicales y subtropicales del planeta. La región de África subsahariana presenta el mayor número de casos (265.000) y muertes (579.000) nuevos, seguida del Norte de África y el Levante Mediterráneo.

 

Los síntomas en las primeras etapas de la enfermedad son inespecíficos: dolor de cabeza y articular, fiebre y escalofríos; por lo que pueden confundirse con una gripe. Los síntomas aparecen, en general, entre 1 y 2 semanas después de la infección. Las personas que ya han pasado anteriormente por una infección pueden presentar sintomatología más leve; no obstante, existen formas graves de la enfermedad que incluyen los siguientes síntomas:

 

  • Fatiga extrema
  • Convulsiones
  • Dificultad respiratoria
  • Orina de color oscuro o con sangre
  • Ictericia (color amarillo en los ojos)

 

Las formas graves de la enfermedad pueden llegar a ocasionar la muerte de la persona y requieren cuidados de emergencia. La población de mayor riesgo incluye a lactantes y gestantes, menores de 5 años, viajeros y personas inmunodeprimidas, especialmente si viven con VIH o SIDA.

 

Esta enfermedad es causada por parásitos del género Plasmodium. Existen 5 especies diferentes del parásito, pero las más comunes en humanos son P. falciparum y P. vivax. La vía de entrada del parásito es a través de la picadura del mosquito Anopheles hembra. Este mosquito se encuentra distribuido por todos los continentes salvo la Antártida, pero el parásito no sobrevive a todos los ambientes. La transfusión de sangre infectada o el uso de jeringas contaminadas también pueden transmitir la malaria.

 

 

Impacto del cambio climático en la dispersión de la enfermedad

 

La temperatura óptima para el desarrollo del mosquito es de 29ºC de media, lo que permite sobrevivir a Plasmodium dentro de éste. Se estima que debido al aumento de temperatura, la intensidad en las precipitaciones y los cambios en la humedad ambiental, las poblaciones de mosquito se desarrollarán más rápido y de forma más abundante, lo que supondrá un aumento de las picaduras. Esto podría ocasionar que en zonas donde anteriormente el paludismo no era endémico comience a haber más casos.

 

Esta conclusión se encuentra en discusión, hay expertos que cuestionan su alcance y asocian un aumento de casos en zonas donde no era frecuente a lapsos en los programas sanitarios de control de vectores o a un aumento de la resistencia al tratamiento. Es relevante tener en cuenta que la epidemiología de esta enfermedad es compleja y multifactorial. La deforestación, que fomenta lluvias torrenciales y la presencia de aguas estancadas en las que proliferan las larvas del mosquito son factores importantes, como también lo es la desigualdad en el acceso a un sistema de salud que pueda dar respuesta a posibles nuevos brotes en las áreas geográficas afectadas.

 

 

Prevención y tratamiento

 

A pesar de su impacto, la malaria es una enfermedad prevenible y tratable. Las principales estrategias de prevención son simples y eficaces y se centran en evitar las picaduras, especialmente durante las horas de mayor actividad del mosquito: el atardecer y la noche. Entre ellas destacan:

 

  • Uso de mosquiteras, especialmente impregnadas con insecticidas.
  • Vestimenta con ropa adecuada: mangas largas, pantalones largos y calcetines, priorizando los colores claros.
  • Aplicación de repelentes en las partes expuestas del cuerpo, recordando también la reaplicación según las especificaciones del producto.
  • En interiores, siempre que sea posible, el uso de mosquiteras en puertas y ventanas, y la climatización de las habitaciones.
  • Para casos puntuales de viajes a zonas endémicas de malaria y en función de los factores de riesgo del paciente, se pueden pautar régimenes de quimioprofilaxis bajo supervisión médica.

 

También es fundamental reforzar los sistemas de vigilancia epidemiológica, realizar un control de aguas estancadas que puedan suponer lugares de cría del mosquito, así como invertir en prevención y garantizar el acceso a tratamientos en las regiones más afectadas.

 

En cuanto al tratamiento, existen fármacos eficaces como la artemisina que permiten curar la enfermedad si se administran a tiempo. Sin embargo, al igual que ocurre con otros patógenos, la aparición de resistencias a los medicamentos es una preocupación creciente, haciendo que los tratamientos se compliquen y sean necesarias distintas combinaciones de terapias.

 

 

Conclusiones

 

La malaria no es solo un problema sanitario, sino también ambiental y social. Su persistencia y posible expansión están estrechamente ligadas a factores como el cambio climático, la desigualdad y el acceso a sistemas de salud.

 

En un mundo cada vez más interconectado, la lucha contra esta enfermedad sigue siendo un desafío global que requiere una acción coordinada y sostenida. La sensibilización, el apoyo a la investigación y la cooperación internacional son herramientas fundamentales para avanzar en el control de la enfermedad. Iniciativas globales han demostrado que es posible reducir significativamente los casos de malaria cuando se mantienen en el tiempo.

 

El Día mundial de la Malaria es una oportunidad para recordar que se trata de una enfermedad prevenible y tratable, pero aún no erradicada, cuyo control depende de un compromiso de Salud Global sostenido.

 

La alfabetización en salud como pilar de la seguridad del paciente

La alfabetización en salud como pilar de la seguridad del paciente

Andrea Ugencio Isarre

18 de abril de 2026

Según la RAE, el termino seguridad es la cualidad de seguro y es sinónimo de “ausencia de peligro” o  “imposibilidad de fallo”.

 

El concepto de seguridad del paciente hace referencia a “la ausencia de daños prevenibles en los pacientes y la reducción hasta un mínimo aceptable del riesgo de causarles innecesariamente daños al atenderlos”.

 

El 17 de septiembre se conmemora el día mundial de la seguridad del paciente. Y el tema escogido para este año 2025 es “Cuidados seguros para todos los recién nacidos y todos los niños”. La OMS tiene como objetivo sensibilizar a la comunidad con el lema “La seguridad del paciente desde el principio” e impulsar medidas para eliminar los daños y eventos adversos en la atención pediátrica y neonatal.

 

Al identificar las deficiencias, errores y factores de riesgo que conducen a un evento adverso, se pueden desarrollar medidas correctivas para prevenir errores similares. Las revisiones coinciden en que la vulnerabilidad pediátrica aumenta la probabilidad de error y los eventos adversos notificados con mayor frecuencia en las UCIN (Unidades cuidados Intensivos Neonatales) son los relacionados con medicamentos (incluida la nutrición), los errores de tratamiento, la identificación errónea del paciente  y los incidentes en los procedimientos de diagnóstico. Descubrir la causa de estos errores, así como brindar soluciones viables para evitarlos, es un desafío.

 

La intervención de las instituciones sanitarias para identificar estos errores internos y promover programas para su detección y corrección es fundamental, así como todos aquellos factores que los favorecen.

 

Pero existe un factor clave que se debe destacar para mejorar la seguridad, que es la participación del paciente. La educación y capacitación del paciente son esenciales para reducir el daño, por lo que la alfabetización en salud es un predictor poderoso de los resultados de atención.

 

La alfabetización en salud no se limita únicamente a leer información médica, sino que engloba las habilidades de comprender, evaluar e incluso cuestionarse las indicaciones sanitarias.

 

Diversos estudios concluyen que la falta constante de estrategias de alfabetización en salud al comunicarse con pacientes y familias conduce a errores de seguridad. La mala comprensión de los nombres de los medicamentos, las indicaciones poco claras, múltiples instrucciones y las dificultades para comprender y ejecutar las instrucciones del alta, conduce a errores. Estas situaciones se agravan en poblaciones vulnerables, como es la pediátrica, ya que se requiere de la actuación de los padres o cuidadores.

 

Por el contrario, cuando los pacientes o sus familias poseen un nivel adecuado de alfabetización en salud, se incrementa su disposición a participar de manera activa en los procesos de atención, a realizar preguntas, a verificar la información sobre medicación o procedimientos, e incluso a detectar posibles errores antes de que lleguen al paciente. De este modo, la alfabetización en salud actúa como un mecanismo protector, que convierte al paciente en un agente corresponsable de su seguridad.

 

Las instituciones sanitarias también juegan un papel central en este ámbito. La creación de entornos considerados como “health literate organizations” —organizaciones que se esfuerzan en comunicar de forma clara, accesible y adaptada al nivel de comprensión de cada persona— favorece que la información crítica sea entendida y aplicada correctamente. Estrategias como el uso de lenguaje claro, materiales visuales, el método teach-back (que consiste en pedir al paciente que repita con sus palabras las instrucciones recibidas) o el diseño de guías y checklists dirigidas a pacientes y familias han mostrado resultados positivos en la reducción de errores de medicación y en la mejora de la adherencia terapéutica.

 

En definitiva, la alfabetización en salud no debe considerarse un complemento, sino un componente esencial de la seguridad del paciente. Favorecerla implica empoderar a las personas para que participen de forma informada en su cuidado, reducir la ocurrencia de incidentes prevenibles y avanzar hacia un modelo de atención más seguro, equitativo y centrado en el paciente.

 

 

Red Española de Alfabetización para la Salud

 

Es una red de profesionales con interés en promover alfabetización en salud, integrando pacientes, población general, profesionales y organizaciones.

 

Actualmente, no hay registrados de forma oficial hospitales españoles como “Health Literate Organizations” y que contengan todos los requisitos establecidos para ello. Sin embargo, varios hospitales:

 

  • Ya han comenzado con estudios/iniciativas relevantes.
  • Miden el nivel de alfabetización en salud en personal y pacientes.
  • Implementan programas de educación de pacientes/familias.

La pseudoterapia y las personas mayores: Una amenaza silenciosa

La pseudoterapia y las personas mayores: Una amenaza silenciosa

Andrea Gracia Expósito

17 de abril de 2026

La pseudoterapia se define como cualquier sustancia, producto, actividad o intervención con apariencia de tratamiento médico que no ha demostrado eficacia científica en estudios clínicos.

 

A diferencia de las terapias recomendadas y supervisadas por profesionales sanitarios, las pseudoterapias carecen de una regulación estricta, proliferando sin control a través de plataformas digitales, medios de comunicación o canales informales.

 

Actualmente, las personas mayores presentan mayor vulnerabilidad de sufrir las consecuencias de estas prácticas terapéuticas carentes de evidencia científica. Bajo la premisa de ser alternativas naturales, seguras y sin efectos secundarios, las pseudoterapias ocultan una realidad muy diferente.

 

La población anciana: una tierra fértil para la desinformación

 

Según avanza la edad, aumentan las dolencias crónicas, las limitaciones funcionales y la sensación de pérdida de control sobre el propio cuerpo. Todo esto hace que algunas personas mayores busquen respuestas al margen del sistema sanitario convencional.

 

Estas prácticas ofrecen promesas de bienestar sin los efectos adversos de los fármacos. Para ello, emplean un lenguaje sencillo que se apoya en la validación de conocimientos ancestrales y creencias, recurriendo en última instancia a narrativas de carácter conspirativo contra la industria farmacéutica.

 

La población geriátrica es especialmente vulnerable debido a una serie de circunstancias, como son: una importante carga de enfermedades crónicas, sensación de soledad – “el terapeuta” los atrae dedicándoles un tiempo superior del que suelen disponer el personal sanitario del sistema de salud-, dificultad de acceso a información, tendencia a no contrastar la información recibida, así como presión social o familiar.

 

Algunas de las pseudoterapias más utilizadas por este colectivo son: homeopatía, acupuntura, terapia con imanes, reiki, biomagnetismo, suplementos nutricionales y hierbas medicinales.

 

Consecuencias de la pseudoterapia

 

Cabe destacar que estas prácticas no son inocuas, sino que en muchos casos pueden derivar en problemas de salud añadidos.

 

Algunas consecuencias que ponen en riesgo la salud son: retraso en el diagnóstico y tratamiento adecuado. Abandono de tratamientos y terapias efectivas, lo que conlleva a un agravamiento de la enfermedad presente y, habitualmente, aumento de gastos económicos innecesarios. Interacción con medicamentos prescritos, como antibióticos o anticoagulantes, con un correspondiente aumento del riesgo de efectos adversos no controlados.

 

Durante los últimos años se han documentado numerosos casos de interacciones entre plantas medicinales y fármacos sintéticos, reacciones adversas, intoxicaciones por suplementos no regulados, adicciones…

 

Desde un punto de vista social, la proliferación de las pseudoterapias fomenta una percepción distorsionada de la medicina, basada en la falacia de que lo “natural” es siempre mejor que la metodología científica, que se ve como impersonal o deshumanizada. Esta narrativa consigue confundir y debilitar la confianza en los profesionales de salud.

El sándwich mixto: entre lo cotidiano y una alimentación equilibrada

El sándwich mixto: entre lo cotidiano y una alimentación equilibrada

Sofía Pérez Calahorra

12 de abril de 2026

Presente en bares, cafeterías, hogares y menús infantiles, su combinación de pan, jamón cocido y queso fundido lo convierte en una opción rápida, económica y altamente palatable. Sin embargo, más allá de su popularidad, cabe preguntarse: ¿qué implica su consumo desde una perspectiva de salud?

El análisis nutricional del sándwich mixto revela una estructura sencilla pero relevante. Por un lado, el pan de molde, que habitualmente blanco, aporta hidratos de carbono refinados de rápida absorción. Por otro, el jamón cocido y el queso contribuyen con proteínas de alto valor biológico, además de grasas, en particular grasas saturadas en el caso del queso y, con frecuencia, el uso de mantequilla empleada en su preparación. Este perfil lo sitúa como un alimento energético, con un aporte calórico entre 300-400 kcal pero en numerosas ocasiones desequilibrado.

Desde una perspectiva positiva, el sándwich mixto presenta algunas ventajas. Su contenido proteico puede ser útil para cubrir requerimientos diarios, especialmente en población infantil, personas mayores o individuos con baja ingesta. Además, su densidad energética lo convierte en una opción válida en contextos de elevada demanda calórica o falta de apetito. A esto se suma su accesibilidad: es barato, fácil de preparar y ampliamente disponible, lo que explica en gran medida su arraigo en el patrón alimentario. No obstante, cuando se analiza con mayor profundidad, emergen varias limitaciones relevantes respaldadas por la evidencia científica actual.

Una de las principales preocupaciones radica en el consumo de carnes procesadas, como el jamón cocido. El jamón cocido pertenece a este grupo, definido como aquel que ha sido transformado mediante salazón, curado, fermentación u otros procesos para mejorar su conservación o sabor como aditivos, colorantes, etc. La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) clasifica las carnes procesadas como carcinógenas para humanos (Grupo 1), con evidencia suficiente de su asociación con el cáncer colorrectalpor lo que un exceso de este alimentos o similares, de manera frecuente, aumenta el riesgo.

Otro aspecto relevante es el contenido en grasas saturadas. El queso, especialmente en sus versiones más curadas o grasas, y la mantequilla utilizada para su preparación en la plancha, aportan cantidades significativas de este tipo de lípidos. Las principales guías internacionales recomiendan limitar su consumo debido a su relación con el aumento del colesterol LDL y el riesgo cardiovascular. A esto se suma el contenido en sodio. Los productos cárnicos procesados suelen contener cantidades elevadas de sal, lo que puede contribuir al desarrollo de hipertensión arterial cuando se consumen de forma habitual.

Más allá de nutrientes concretos, el sándwich mixto presenta una limitación importante en términos de calidad global de la dieta. Se trata de un alimento pobre en fibra dietética, antioxidantes y compuestos bioactivos presentes en alimentos de origen vegetal. La evidencia muestra que dietas con baja calidad de carbohidratos y bajo contenido en fibra se asocian con peor salud metabólica.

En esta misma línea, el sándwich mixto puede incluirse en muchas ocasiones como un alimentos procesados o ultraprocesados, según como sea la calidad de los alimentos que contiene, lo que se ha relacionado con mayor riesgo de cáncer en estudios prospectivos.

Desde una perspectiva científica, su consumo ocasional de este alimento es compatible con una dieta equilibrada. Sin embargo, su consumo frecuente, especialmente en versiones poco cuidadas, puede contribuir a un patrón alimentario de menor calidad.

Afortunadamente, pequeñas modificaciones permiten mejorar su perfil nutricional: elegir pan integral, reducir grasas añadidas, optar por productos de mejor calidad y añadir vegetales. Podemos conseguir un sándwich con mayor calidad, que contenga pan de molde integral con uso de harinas integrales 100% y masa madre, un jamón cocido que contenga un porcentaje de proteína y uso controlado de aditivos, un queso curado, semicurado de fabricación tradicional. Estas estrategias permiten mantener su carácter práctico y apetecible, alineándolo con patrones dietéticos más saludables.

En definitiva, el sándwich mixto no es un alimento para demonizar, sino a contextualizar. Su valor depende de la frecuencia de consumo, la calidad de sus ingredientes y el patrón dietético global en el que se integra.

La otra medicación

María empieza quimioterapia para un cáncer de mama. En casa, cada mañana, añade cúrcuma a su infusión. Se lo recomendó alguien con buena intención. No lo comenta en consulta. No lo considera importante. “No es un medicamento”, piensa, “es algo natural”.

 

En oncología, esta escena se repite más de lo que imaginamos. Diversas revisiones sistemáticas estiman que entre un 30 y un 50 % de las personas con cáncer utilizan terapias complementarias durante el tratamiento activo. Muchas no lo comunican al equipo sanitario. No siempre por desconfianza: a veces porque nadie lo pregunta, otras porque creen que “lo natural” queda fuera de la historia clínica.

 

Las razones suelen ser profundamente humanas: el deseo de participar activamente en el proceso, de no quedarse inmóvil ante la enfermedad; la necesidad de sentir que uno hace algo más por sí mismo; la esperanza depositada en aquello que suena menos agresivo que la palabra quimioterapia.

 

Sin embargo, el organismo no distingue entre lo que se prescribe y lo que se compra por iniciativa propia. Todo lo que ingerimos atraviesa los mismos sistemas que metabolizan los fármacos antineoplásicos. Algunas plantas medicinales o suplementos pueden modificar la concentración de los tratamientos al interferir en su metabolismo o eliminación, un riesgo descrito también en revisiones recientes sobre interacciones planta-fármaco en oncología.

 

Existen ejemplos bien documentados. La hierba de San Juan puede reducir las concentraciones plasmáticas de irinotecán al inducir enzimas metabólicas. El zumo de pomelo puede aumentar niveles de fármacos metabolizados por CYP3A4 al inhibir su degradación intestinal. Extractos concentrados de té verde han mostrado interferencias con terapias como el bortezomib.     En los últimos años también se ha estudiado la curcumina —presente en la cúrcuma— por su capacidad para modular enzimas y transportadores implicados en el metabolismo de fármacos, lo que refuerza la importancia de comentar su uso durante tratamientos oncológicos.

 

No se trata de generar alarma. Se trata de recordar que lo natural también tiene actividad biológica. El verdadero problema rara vez es la infusión. Es el silencio.

 

Una revisión sistemática sobre divulgación del uso de terapias complementarias muestra que muchas personas no informan por miedo a la desaprobación o porque creen que no es relevante mencionarlo. Cuando el equipo sanitario desconoce todo lo que una persona está tomando, trabaja con información incompleta. Y la seguridad terapéutica depende, en gran medida, de conocer la historia completa.

 

Como residente de Enfermería Familiar y Comunitaria, he aprendido que muchas decisiones sanitarias no nacen en la consulta, sino en la intimidad del hogar: en una conversación con un familiar, en un vídeo viral, en una recomendación bienintencionada. Si no preguntamos de forma abierta y sin juicio, es fácil que esas prácticas queden fuera del relato clínico. Y cuando no aparecen en la conversación, tampoco entran en la toma de decisiones compartida.

 

Las principales sociedades científicas recomiendan preguntar de forma explícita y sistemática por el uso de terapias complementarias durante el tratamiento oncológico, integrando esta conversación en la práctica clínica habitual. No como un interrogatorio ni como un juicio, sino como una estrategia de seguridad y de confianza.

 

Nombrar “la otra medicación” no significa prohibirla. Significa ampliar la mirada clínica para incluir todo aquello que influye en la salud de una persona. Porque a veces la intervención más eficaz es abrir una pregunta sencilla: “¿Estás tomando algo más que creas que puede ser importante contarme?”.

 

En un contexto donde la desinformación en salud circula con rapidez, la conversación honesta se convierte también en una herramienta terapéutica. La seguridad empieza en el laboratorio, pero no termina en la prescripción: continúa cuando alguien se siente escuchado.     Y quizá ahí esté el verdadero reto de quienes cuidamos: no sólo saber qué productos naturales toma María, sino crear el espacio adecuado para que quiera contarlo.