Alfabetización mediática para la salud: La vacuna contra la desinformación

Alfabetización mediática para la salud: La vacuna contra la desinformación

Carmen Marta Lazo

24 de octubre de 2025

La era hiperconectada y la pandemia de la mentira

 

Vivimos en una era hiperconectada donde la información circula más rápido que nuestra capacidad para digerirla. Las que bautizamos desde el Grupo de Investigación en Comunicación e Información Digital (GICID) de la Universidad de Zaragoza como “Tecnologías de la Relación, la Información y la Comunicación” (TRIC) (Marta-Lazo & Gabelas, 2013) han transformado radicalmente el ecosistema mediático. La pluralidad de voces y el acceso abierto al conocimiento ha supuesto, en contrapartida, la puerta a un fenómeno cada vez más alarmante, la desinformación. Y lo que es más grave, cuando esta desinformación afecta al ámbito de la salud, sus consecuencias no solo confunden, sino que pueden costar vidas.

 

La alfabetización mediática para la salud es una necesidad urgente. Además de enseñar a consumir medios de manera crítica, se trata de dotar a la ciudadanía de herramientas para tomar decisiones informadas, basadas en evidencia científica y no en creencias virales. La “pandemia de la desinformación” afecta desde elecciones cotidianas relacionadas con la alimentación, el ejercicio o el descanso, hasta cuestiones complejas de salud pública como la vacunación, el uso responsable de medicamentos o la confianza en los sistemas sanitarios.

 

El impacto de la posverdad en la salud pública

 

En el actual ecosistema comunicativo, el fenómeno de la posverdad (los hechos objetivos tienen menos peso que las emociones o creencias personales) se manifiesta como una gran amenaza. En salud, esto se traduce en decisiones basadas en sensaciones relacionadas con «lo que vi en redes», en lugar de la evidencia contrastada y demostrada.

 

Las redes sociales, lejos de actuar como canales efectivos de información sanitaria, se han convertido en un terreno fértil para la circulación de bulos, teorías conspirativas y remedios peligrosos. Plataformas como TikTok, Instagram o YouTube están plagadas de “influencers” que, sin formación médica ni rigor, recomiendan dietas extremas, productos milagrosos o terapias alternativas sin base científica.

 

Durante la pandemia de COVID-19 lo vivimos con especial dramatismo, proliferaron tratamientos sin evidencia, teorías antivacunas, noticias falsas sobre efectos secundarios, pero el problema no terminó ahí, siguió con contenidos pseudocientíficos con apariencia de autoridad, relativizando el valor de décadas de investigación médica.

 

Cámaras de eco y el sesgo de confirmación

 

La manera en que consumimos información está fuertemente mediada por algoritmos. Las cámaras de eco alimentan nuestros sesgos cognitivos y nos hacen más vulnerables a aceptar informaciones que confirman lo que creemos, sin pasar por filtros racionales. En salud, esto puede llevar a rechazar tratamientos médicos validados o a adoptar conductas de riesgo, convencidos de que son «lo mejor» para nuestro cuerpo.

 

El resultado de estas dinámicas erróneas afecta a personas que autodiagnostican enfermedades graves siguiendo videos de treinta segundos, padres y madres que rechazan vacunar a sus hijos por miedo a efectos inventados, jóvenes que ponen en riesgo su salud física y mental por alcanzar estándares estéticos irreales promovidos en redes. De este modo, la salud, que supone un derecho fundamental, se ve amenazada no solo por virus o enfermedades, sino también por la ausencia de pensamiento crítico en el tratamiento informativo.

 

La alfabetización mediática como competencia esencial

 

Frente a esta «infodemia», la alfabetización mediática debe extenderse al terreno de la salud con la misma urgencia y sistematización con la que se promueven campañas de vacunación o prevención al tabaquismo. Saber identificar fuentes fiables, contrastar datos, entender el funcionamiento de los algoritmos, reconocer sesgos y detectar intenciones ocultas detrás de ciertos discursos debe formar parte del currículum educativo básico. Se trata de capacitar ciudadanos libres, críticos y responsables para potenciar el derecho a recibir información veraz en una sociedad democrática.

 

La alfabetización mediática para la salud puede definirse como la capacidad para acceder, comprender, evaluar críticamente y utilizar información de salud de manera eficaz. Esta capacitación implica entender cómo se construyen los discursos mediáticos, cómo circulan los contenidos en redes y cómo nuestra percepción puede ser moldeada por lo que consumimos.

 

La UNESCO plantea que la Alfabetización Mediática e Informacional (AMI/MIL) proporciona un conjunto de habilidades esenciales para hacer frente a los desafíos del siglo XXI. En el ámbito de la salud, no puede depender únicamente de campañas puntuales, es necesaria una estrategia educativa estructural, transversal y continua, que incorpore estas competencias desde la infancia hasta la formación universitaria y también en ámbitos de educación no formal. La alfabetización mediática debe considerarse una herramienta de salud pública.

 

Responsabilidad compartida entre medios, sistema educativo y ciudadanía

 

El problema de la desinformación en salud no puede combatirse desde un solo frente, requiere la articulación de varios actores sociales:

Los medios de comunicación, que deben recuperar su función pedagógica y priorizar el rigor frente al clic fácil. Los periodistas especializados en salud tienen la enorme responsabilidad de traducir el lenguaje técnico sin banalizar el contenido, contextualizar sin alarmar y verificar cada dato.

El sistema educativo, que debe incorporar la alfabetización mediática desde la infancia. Enseñar a los niños a desconfiar de los titulares sensacionalistas y a no compartir contenidos sin verificar, es tan importante como enseñar matemáticas o historia.

La ciudadanía, que debe asumir un rol activo como EMIREC (emisor-receptor), entendiendo que compartir información es una forma de intervenir en la salud colectiva. Cada mensaje difundido puede llegar a salvar o a perjudicar vidas. Por tanto, debemos actuar con responsabilidad, criterio y compromiso.

 

Además, urge exigir mayor transparencia a las plataformas digitales sobre sus algoritmos, así como fomentar políticas públicas que regulen la difusión de contenidos sanitarios falsos, protegiendo el derecho a la verdad.

 

Como sociedad, tenemos que entender que la verdad, especialmente cuando hablamos de salud, no es negociable. Educar en alfabetización mediática para la salud no es un lujo académico ni una moda educativa, es una vacuna social contra el virus de la mentira. Una vacuna que, como todas las que funcionan, debe llegar a todos y administrarse cuanto antes para protegernos de males como los bulos, las estafas u otros mecanismos de ciberdelincuencia.

 

La alfabetización mediática no solo nos protege del engaño, nos empodera como ciudadanos y nos ayuda a construir una sociedad más informada, crítica y sana.

¿Por qué trabajar no debería costar la salud?

¿Por qué trabajar no debería costar la salud?

Sergio Hijazo-Larrosa

22 de octubre de 2025

Vivir es un riesgo. Esta idea ha sido ampliamente tratada desde la filosofía y la psicología. En ese contexto, el riesgo se entiende como un elemento positivo, incluso como una oportunidad para definir qué es la vida y por qué debe asumirse. Sin embargo, el trabajo no puede ser un riesgo. En el ámbito laboral, el concepto de riesgo se asocia directamente con la causa de posibles daños. Y esas consecuencias, cuando afectan a la salud, son siempre negativas y conllevan un deterioro. Este artículo busca aclarar algunos aspectos sobre el trabajo y la seguridad laboral, así como explicar cómo se regula en España la normativa aplicable una vez que se ha producido un daño.

 

El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo establece los riesgos existentes agrupados en las siguientes categorías: riesgos derivados de la seguridad en el trabajo, riesgos ergonómicos, riesgos psicosociales, riesgos químicos, riesgos biológicos y riesgos físicos. En 1995 se redactó la actual Ley de Prevención de Riesgos Laborales (Ley 31/1995 de 08 de noviembre) que, por primera vez, intentaba no sólo corregir las situaciones donde ya se presentaban esos riesgos, sino enfrentarlos en su origen con el fin de llegar a minimizarlos o, de hecho, eliminarlos antes de que ocurrieran. La aparición de esta Ley inició un proceso de transformación en la forma de ver y pensar la prevención y la salud laboral en las empresas, las personas trabajadoras y la Administración General. Tras un recorrido de 30 años, está ya en el punto de mira de una próxima reforma.

 

Cuando los daños para la salud ya se han producido, su clasificación está regulada en la ley. Estas normas se apoyan, por un lado, en una amplia evidencia que demuestra la relación entre el riesgo existente y el daño causado y, por otro, en los principios clínicos que responden a las condiciones actuales de trabajo. En este sentido, es importante señalar que la Administración se basa también en el conocimiento aportado por sociedades científicas. Se trata de asociaciones de profesionales de diferentes ámbitos —como la ingeniería, la medicina o la enfermería— que contribuyen al desarrollo de la prevención de riesgos laborales.

 

Las situaciones asociadas al desempeño de un trabajo o actividad por cuenta ajena son denominadas contingencias profesionales. Estas contingencias se dividen en dos categorías, accidente de trabajo y enfermedad profesional.

 

El accidente de trabajo se entiende como toda lesión corporal que la persona trabajadora sufre con ocasión o por consecuencia del trabajo que realiza. Es, en definitiva, un hecho puntual, un suceso repentino que ocurre durante el desarrollo de la actividad laboral. Actuaciones como ir o volver del trabajo, o el agravamiento de enfermedades previas a consecuencia de la lesión constitutiva del accidente, se consideran también en este epígrafe.

 

Por otro lado, la definición existente de enfermedad profesional se recoge en el artículo 157 Real Decreto Legislativo 8/2015, de 30 de octubre, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley General de la Seguridad Social. Esta definición indica que se entenderá como enfermedad profesional toda aquella que sea contraída a consecuencia del trabajo efectuado por cuenta ajena en las actividades que se especifiquen y que esté provocada por la acción de los elementos o sustancias que se indiquen para cada enfermedad profesional. Es decir, precisa que la persona trabajadora esté expuesta prolongadamente al riesgo que la genera. Por tanto, la aparición de la sintomatología que la caracteriza es mucho más lenta. Aquellas enfermedades que se producen en el desarrollo de la actividad laboral pero que no están contempladas como profesionales, ni tienen como riesgos asociados los recogidos en el listado de las enfermedades profesionales serán consideradas como enfermedades del trabajo, y se agrupan en la clasificación de accidentes de trabajo.

 

En la actualidad, todas estas características están recogidas en el Real Decreto 1299/2006 de 10 de noviembre.

 

La indicación de estas contingencias está reconocida por el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS), las Mutuas de Accidentes de Trabajo y Enfermedades Profesionales o las empresas colaboradoras en la gestión de dichas contingencias. Cuando se está en disconformidad con la declaración, habitualmente el no reconocimiento del accidente de trabajo o la enfermedad profesional, la persona interesada puede solicitar por escrito la iniciación de un procedimiento de determinación o aclaración de la contingencia ante la Dirección Provincial del INSS. Si la resolución de esta Dirección también fuera contraria a los intereses o creencias de la persona, esta puede iniciar una demanda ante el Juzgado de lo Social.

 

Una vez vista la vía de la estructura legal del daño, se antoja necesario volver a hablar del riesgo. En este sentido, eliminarlo, o al menos minimizar sus consecuencias también depende de la percepción individual del mismo. Conocer y seguir las recomendaciones en materia de prevención y ser consecuente con las normas de seguridad son actitudes precisas y necesarias para intentar conseguir que el trabajar no implique perjuicios en la salud de las personas.

Una historia de adaptación

Una historia de adaptación

Cristina Martínez González

19 de octubre de 2025

Cierra los ojos y visualiza tu cuerpo desnudo, lo has visto infinidad de veces; en cada ducha, al vestirte cada mañana… Ahora que tienes esta imagen en la mente, elimina un pecho. Cuesta hacerlo, ¿verdad? Así es mi día a día desde el pasado 19 de diciembre de 2024 tuve que someterme a una cirugía para extirpar del pecho derecho a causa del cáncer de mama o como me dijo una oncóloga, “te tenemos que mutilar el pecho”.

Esta historia, empieza como tantas otras, con la detección de un bulto. Tuve la suerte de tener una médica de cabecera que creyó conveniente examinar ese bulto sin ni siquiera tocarme, simplemente por prevención (la parte más importante en el cáncer para evitar males mayores), me hicieron una biopsia, dio positivo y continuas todo el proceso con la peor de las amistades que es la incertidumbre. No sabes si el cáncer está en todo tu cuerpo, si vas a morir…Es una sensación terrible, lloras durante el día en cualquier momento, te abrazas con tu pareja de una manera tan intensa que no hacen falta palabras y cada vez que miras a tus hijos, un nudo se te pone en garganta y estómago y piensas, ¡yo lo voy a sacar!, pase lo que pase.

La gente se vuelca en ti, te llama, apoya y te dicen repetidamente: “con lo fuerte que eres”, “Sé fuerte”, “el ánimo es lo más importante y tu carácter es el mejor”, etc. En fin, todo el mundo quiere decirte lo que creen es mejor.  No soy más fuerte que nadie, es que no te queda otra que ir día a día en este proceso tan largo, simplemente me adapto a mi nueva situación y aprendo a vivir con ella y me encanta estar contenta, así que sigo tomándome la vida con humor.

Justo antes de la “mutilación”, te explican que el pecho está totalmente contaminado de células cancerígenas, pero, afortunadamente, no hay células tumorales por el resto del cuerpo y tú tienes que salir de la consulta contentísima porque el cáncer está localizado y sólo vas a perder un pecho. Ese día yo no podía parar de llorar, porque cerraba los ojos y me visualizaba desnuda y no podía soportarlo. Tenía una talla 100 con unos senos muy caídos y no conseguía ver el lado bueno.

Al poco tiempo tienes consulta con el cirujano y te dicen que el pecho izquierdo (el sano) te lo van a reducir en la misma intervención y que en el pecho derecho te colocan un expansor que se irá llenando de suero fisiológico (unos 400 ml) hasta que llegue la operación final de reconstrucción con una prótesis. Es un avance increíble que hayan dado importancia a la salud mental en este proceso ya que es parte intrínseca del mismo.

Yo no salí muy convencida de esa consulta, pero ya estás más contenta de que “de ésta, sales”.

La primera vez que me vi, fue en la cura después de la cirugía la verdad, no fue muy impactante. Llegué a casa y bueno, es como ver a alguien guiñándote un ojo.

El pecho izquierdo está precioso, con una talla 90 y puesto como el de una veinteañera, y el derecho era y es, el pectoral de un niño de 12 años.

En ese instante, mi gran tormento era la quimioterapia y sus efectos. No soy una persona superficial, pero he de reconocer que cerrar los ojos y visualizarme sin pelo, me causaba mucha ansiedad. No he recibido quimio, aquí sí que digo en mayúsculas que HE SIDO UNA AFORTUNADA DE LA VIDA.

Cuando ves a mujeres con el pañuelo a causa de la quimioterapia, la empatía es máxima con ellas, las admiro con el mayor de mis respetos, pero no por valientes, que lo son, sino porque con la mejor de sus sonrisas y en muchos momentos sus llantos, se han ADAPTADO a su situación y como dice esta expresión que me encanta, “tirado pa´ lante”.

Hoy en día estoy con una medicación inhibidora de progesterona y estrógenos que, a mis 39 años, me ha inducido la menopausia y lo que ello conlleva: sofocos, dolor en los huesos, cansancio, etc. Pero no puedes quejarte mucho, porque has sido afortunada, así que lo llevas por dentro. También estoy esperando la operación de reconstrucción de mama, con ganas y un poco de incertidumbre (la peor amiga) de cómo será el resultado final.

Cada día me miro al espejo, veo el “guiño de ojos”, te ríes y a la vez lloras, te pasas la mano por ese pecho minúsculo de niño de 12 años y piensas que más pronto que tarde te harán la reconstrucción y ambos pechos se verán igual. Aunque siempre quedarán las cicatrices, los dolores y esas camisetas que no te quieres poner porque se nota mucho la diferencia de una teta a otra. Pero siempre con humor, con ganas de cuidarte, de moverte, de bailar, de reír, de pasar tiempo de calidad con la gente que te importa y finalmente, pese a que tienes una zonita muy pequeñita en el cerebro que pone “cáncer”, el grueso de tiempo, ni me acuerdo ni quiero pensar en ello, sino en vivir y no encontrar límites.

Quiero resaltar la unidad de mama del Hospital Miguel Servet por el acompañamiento emocional del personal, personas buenísimas tanto en la rapidez de actuación como en buscar, siempre, tu mejor solución.

Al igual que el acompañamiento de mi familia, mi marido, hijos, hermanas y amigos, han sido y son parte imprescindible de MI PROCESO.

El pulso de la vida. Reflexiones críticas en el Día Mundial de la Reanimación Cardiopulmonar

El pulso de la vida. Reflexiones críticas en el Día Mundial de la Reanimación Cardiopulmonar

Emmanuel Echániz Serrano

16 de octubre de 2025

Cada año, miles de personas caen súbitamente al suelo, sin dar apenas aviso. El corazón se detiene, los segundos avanzan como cuchillas y la vida pende de un hilo invisible que depende, casi siempre, de lo que hagan quienes están alrededor. Una compresión torácica, un desfibrilador accesible, una decisión rápida. Esa es la esencia de la reanimación cardiopulmonar (RCP): un gesto sencillo que multiplica las probabilidades de supervivencia, y que, sin embargo, sigue estando lejos de desplegar todo su potencial. El 16 de octubre, Día Mundial de la RCP, no debería ser un mero recordatorio en el calendario, sino una sacudida de conciencia colectiva.

 

Lo conseguido hasta ahora merece reconocimiento. El hecho mismo de que exista un día mundial ha puesto en la agenda pública la importancia de la RCP. Hoy se habla más de ella que hace dos décadas, y en muchos países europeos, incluida España, se ha comenzado a enseñar en las escuelas. La evidencia es clara: quienes aprenden RCP desde jóvenes no solo se sienten más seguros, sino que tienen más probabilidades de intervenir cuando la vida de alguien depende de ello. Además, la proliferación de desfibriladores externos automáticos en estaciones, aeropuertos, centros deportivos y otros espacios públicos ha democratizado una herramienta que antes solo estaba en manos de profesionales. Y la simplificación de los protocolos –“empujar fuerte y rápido en el centro del pecho”– ha logrado que cualquiera pueda actuar sin necesidad de una formación compleja.

 

La comunidad científica ha contribuido con rigor. La actualización periódica de guías internacionales y la consolidación de la llamada ciencia de la reanimación han permitido pasar de la técnica aislada al análisis integral: cómo formar, cómo implementar, cómo sostener. Esto no es retórica: cuando se inicia la RCP precozmente, la supervivencia puede multiplicarse por tres, y la probabilidad de evitar secuelas neurológicas graves crece exponencialmente. La RCP no solo salva vidas en el momento, sino que preserva proyectos vitales, familias enteras, futuros que parecían cortados de raíz.

 

Pero junto a los avances, la realidad golpea con crudeza. La parada cardiorrespiratoria extrahospitalaria sigue siendo una sentencia que rara vez se revierte: la supervivencia en la mayoría de los países apenas roza el 10%, y en algunas regiones es todavía menor. Lo más doloroso es que estas cifras no responden a falta de conocimiento, sino a desigualdades en la implementación. En demasiados lugares, sobrevivir o no depende del código postal donde ocurre la emergencia, y eso es una inequidad que no podemos tolerar.

 

La formación es uno de los grandes talones de Aquiles. Aunque hay iniciativas escolares, siguen siendo parciales, irregulares y dependientes de la voluntad de cada centro. No puede ser que aprender a salvar una vida dependa del entusiasmo de un profesor o de un proyecto puntual: debe ser un derecho garantizado y universal. Entre la población adulta, los cursos están demasiado centrados en profesionales sanitarios, cuando son los ciudadanos corrientes quienes suelen estar presentes en los primeros minutos críticos. El mensaje de que todos podemos reanimar todavía no ha calado como debería.

 

El acceso real a los desfibriladores es otro reto pendiente. Que existan más aparatos no significa que sean fáciles de usar en el momento necesario. Con frecuencia, están cerrados en horarios limitados, mal señalizados o sin integración en redes de emergencias que guíen a los testigos hasta ellos. No basta con colocarlos: hay que normalizar su uso, incorporarlos a la cultura social y asegurarse de que cualquier persona sepa dónde están y cómo usarlos.

 

También la investigación muestra lagunas. Sabemos qué funciona, pero nos cuesta trasladarlo a la práctica diaria. La simulación clínica, clave para retener habilidades, no está extendida de forma homogénea. Persisten enfoques excesivamente técnicos que dejan en segundo plano aspectos tan humanos como el impacto emocional de intervenir o de fracasar en un intento de reanimación. ¿Quién cuida al ciudadano que se animó a realizar compresiones y vio morir a la persona? ¿Quién acompaña al sanitario que acumula decenas de intentos fallidos? Estas preguntas siguen sin respuestas claras.

 

Si de verdad queremos que el Día Mundial de la RCP trascienda lo simbólico, debemos ser más ambiciosos. La enseñanza de la RCP tiene que universalizarse en las escuelas, de manera obligatoria, estructurada y revisada periódicamente. La sensibilización no puede limitarse a un par de campañas cada octubre: debe ser continua, visible y adaptada a los distintos colectivos. Los desfibriladores deben estar en todos los lugares de gran afluencia, disponibles las 24 horas, señalizados de forma homogénea y geolocalizados en aplicaciones conectadas con los servicios de emergencias. La innovación pedagógica no es un lujo: simuladores, realidad virtual, gamificación… todo lo que facilite aprender y recordar debe formar parte del entrenamiento estándar. Y, al mismo tiempo, la investigación debe centrarse en la implementación: no solo en qué maniobra es mejor, sino en cómo conseguir que esa maniobra llegue a todas las manos posibles.

 

No menos importante es cuidar a quienes cuidan. La RCP no siempre salva vidas, y eso pesa. Crear espacios de apoyo y reflexión tanto para profesionales como para ciudadanos que intervienen no es un detalle, es una obligación ética. La reanimación no es solo técnica; es también carga emocional, dilema ético y, a veces, frustración compartida. Reconocerlo y actuar en consecuencia es parte de la madurez de un sistema sanitario y de una sociedad que no quiere mirar hacia otro lado.

 

El 16 de octubre nos recuerda algo incómodo pero inevitable: el corazón de cualquier persona puede detenerse en cualquier momento y en cualquier lugar. No siempre podremos evitarlo, pero sí podemos decidir cómo responder. La gran fortaleza de la RCP es que empodera a la ciudadanía y rompe la falsa frontera entre profesionales y legos. Su gran debilidad es que todavía depende demasiado de la iniciativa individual y demasiado poco de estrategias estructurales y sostenidas. Convertir la RCP en cultura compartida, en conocimiento cotidiano, en un reflejo social tan básico como abrocharse el cinturón de seguridad, es el verdadero reto.

 

El Día Mundial de la RCP no debe quedarse en una fecha más ni en un recordatorio amable. Debe ser un toque de atención y, a la vez, una llamada a la acción: que nadie muera por falta de conocimiento, por ausencia de un desfibrilador o por indiferencia colectiva. Porque cada compresión torácica no es solo un gesto técnico: es un pulso de esperanza, un intento de devolver la vida, una oportunidad de cambiar una historia que parecía escrita. Y eso, en el fondo, es lo que hace de la RCP no solo una maniobra clínica, sino un acto profundamente humano.

Para siempre. Día Internacional de la muerte gestacional y perinatal

Para siempre. Día Internacional de la muerte gestacional y perinatal

Amaya, Laura y Pilar. Asociación Red el Hueco de mi Vientre

15 de octubre de 2025

Durante el mes de octubre, en todo el mundo, se busca dar visibilidad a una realidad silenciada durante mucho tiempo: la muerte gestacional y perinatal. El 15 de octubre se conmemora el Día Internacional del Recuerdo de los bebés que mueren en el vientre materno o poco después de nacer. Ese día, miles de familias encienden una vela en distintos lugares del planeta, creando la llamada Ola de Luz, un gesto simbólico que une corazones en el dolor y en el amor, y que recuerda a la sociedad que estas vidas, aunque breves, dejaron huella.

 

Hablar de la muerte perinatal es hablar de un duelo único y profundo, muchas veces incomprendido. La llegada de un hijo suele imaginarse llena de esperanza, de proyectos y de futuro. Cuando ese futuro se interrumpe de manera abrupta, las familias no solo enfrentan la pérdida de un ser amado, sino también la ruptura de sueños, de expectativas y de la identidad que estaban construyendo como madres y padres. El silencio social, la falta de comprensión y la invisibilización del dolor pueden hacer aún más difícil transitar este duelo.

 

Por eso es fundamental dar espacio al recuerdo y a la palabra. Nombrar a nuestros hijos, aunque no estén físicamente, es una forma de reconocer su existencia, de darles un lugar en nuestra historia y en nuestra familia. Decir sus nombres en voz alta no solo honra sus vidas, también ayuda a sanar y a integrar la pérdida en nuestra biografía sin negarla ni ocultarla.

 

Un duelo sano necesita tiempo, respeto y acompañamiento. Requiere que la sociedad en su conjunto entienda que la muerte perinatal no es una pérdida menor, sino la pérdida de un hijo, con todo lo que ello significa. Es vital contar con redes de apoyo; familiares, amigos, profesionales y asociaciones, que sostengan en los momentos de mayor fragilidad, y que validen el dolor sin juzgarlo ni apresurarlo.

 

Desde la Red el Hueco de mi Vientre unimos nuestras voces de madres y padres que hemos vivido la muerte de un hijo para acompañar a otras familias en este camino. Sabemos, porque lo hemos sentido en nuestra propia piel, que el duelo duele menos cuando no se vive en soledad. Creemos firmemente en la importancia de hablar, de recordar, de iluminar con amor esos huecos que dejan nuestros hijos, y de transformar el dolor en un motor de sensibilización y apoyo para otros.

 

La muerte perinatal nos recuerda la fragilidad de la vida, pero también la fuerza del amor. Un amor que no desaparece con la muerte, sino que permanece, se transforma y nos invita a dar un lugar eterno a quienes llegaron para cambiarnos para siempre.

Una manera de mirar el mundo

Una manera de mirar el mundo

Mar Aísa Poderoso

14 de octubre de 2025

En un mundo tan pragmático y convulso como el que vivimos, la cultura, en todas sus dimensiones, es una de las herramientas más poderosas para espolear conciencias. Es lo que dota al ser humano de un nivel de pensamiento y trascendencia que le ayuda a cuestionar, a analizar y, sobre todo, a humanizar cada uno de sus actos. Y al mismo tiempo, es aquello que aporta la capacidad de admirarse, de contemplar, de conmoverse, de disfrutar con la razón y los sentidos, de buscar la belleza, que siempre nos hace mejores. La literatura pone palabras a los sentimientos, evoca y provoca, es el asidero al que nos agarramos para evadirnos, para aprender, para viajar dentro y fuera de nosotros. Es la lupa que muestra y amplifica todo lo que importa al ser humano.

 

Cuando me preguntan qué mueve a un escritor a escribir, estoy convencida de que hay tantas respuestas como escritores, pero todos tenemos en común la necesidad de buscar, de contar, de compartir, de transformar. Para unos la escritura es terapéutica, catártica. Para otros es una pasión incontrolable; para algunos, es un refugio o una huida. Para todos, una necesidad vital.

 

Escribir es un acto humano en el que cada uno deja su impronta a partir de su cultura, su entorno, su trayectoria, su sensibilidad y su modo de ver el mundo. Las mujeres escritoras dejamos nuestra mirada en cada una de nuestras historias. No me gusta hablar de literatura masculina o femenina, prefiero hablar simplemente de literatura y celebrar las maravillosas obras de unas y otros, la diversidad de miradas, la elección de temas, de palabras, de matices.

 

Sin embargo, todavía hoy, hay que recordar a modo de ejemplo, que solo doce mujeres han ocupado un asiento en nuestra Real Academia de la Lengua, desde 1713 o que en ciento veinticuatro años solo dieciocho mujeres han ganado el premio Nobel de Literatura.

 

Precisamente, la última en hacerlo en 2024 ha sido la surcoreana Han Kang, autora de consolidada trayectoria con novelas que nos hablan de temas perturbadores como la crueldad, la guerra, el dolor. Una autora preocupada por el sufrimiento, capaz de convertir en universales historias impregnadas de una cultura muy alejada de la nuestra. Eso es lo que dota a la literatura de grandeza, que una historia pequeña y particular se convierta en la gran historia de todos. Quizá La vegetariana sea una de las más controvertidas y perturbadoras. Una novela con múltiples interpretaciones, casi tantas como lectores, que entre otros aspectos pone el foco en cómo se puede ejercer la violencia desde el silencio dentro de la propia familia, desde aquellas personas que supuestamente nos tendrían que amar y proteger. Una violencia que llega a despersonalizar y a provocar la necesidad de escapar de su propia condición humana. Una visión original y, al mismo tiempo, demoledora sobre la salud mental con una sensibilidad femenina, pero una mirada universal.

 

Han Kang se compromete a contar historias que duelen y ese dolor nos lleva a mirar a nuestro alrededor y a formularnos preguntas, como ya lo hizo, años antes, una de nuestras escritoras más brillantes y combativas Emilia Pardo Bazán. Una autora que mereció su asiento en la Academia de la Lengua española por mérito propio. Ni su talento ni su coraje fueron suficientes para lograr un reconocimiento que reclamó sin falsa modestia y que nunca le fue otorgado por ser mujer, a pesar de ser un referente literario a la altura de Zola en Francia. Fue una escritora audaz que hizo propio el Naturalismo y lo adaptó a la idiosincrasia española. Emilia, nos mostró la hondura del alma humana y retrató a la sociedad española de finales del siglo XIX y principios del XX con una pluma mordaz y al mismo tiempo delicada y precisa con la que puso el foco en lo más excelso y lo más miserable del ser humano. Fue una pionera, una visionaria, que utilizó sus novelas para mostrar su preocupación por la pobreza, la enfermedad, la falta de medios en el ámbito rural que tan bien conocía y, por supuesto, en las grandes ciudades como Madrid y Barcelona en las que las nuevas clases sociales, hijas de la industrialización, se hacinaban en barracones y barrios insalubres. Ningún tipo de miseria e injusticia le fueron indiferentes. Y de todo ello encontró inspiración para sus personajes y sus novelas. Inolvidable su Máximo Juncal con su visión positivista y científica frente a la superstición en Los Pazos de Ulloa y en La madre naturaleza. Sin duda, sus novelas tienen una finalidad pedagógica que palpita tras historias inolvidables de una enorme altura estética y literaria.

 

Y como no podía ser de otra manera, Rosa Montero también introduce en sus novelas una panorámica del mundo que nos rodea y que los lectores reconocemos como propio. Seguramente su obra más comprometida en este sentido sea El peligro de estar cuerda que comienza con toda una declaración de intenciones: “Siempre he sabido que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza” y con semejante naturalidad nos adentra en un libro en el que, sin ambages, nos va mostrando el diluido límite entre creatividad y locura o, al menos, las peculiaridades y excentricidades que afectan a gran parte de los considerados genios e incluso a la mayoría de las personas consideradas normales. Y empieza por ella misma, reconociendo que “A mí ya me tocó. Formo parte de ese 25% de personas que sufrirán algún problema mental a lo largo de su vida”. Qué importante poner en palabras, compartir y visibilizar la realidad con humor y ternura a través de la literatura.

 

No quiero tampoco olvidarme de Isabel Allende y de su novela Paula, un libro que te acaricia y te golpea, que te adentra en el dolor de la espera, del tiempo inabarcable en un hospital, de la muerte de una hija como desenlace irrevocable. Es el testimonio de una madre, de una escritora, que transforma el dolor en una de las obras más hermosas que he leído y que lo cataliza en una eclosión de belleza y de esperanza.

 

Al igual que logra también Noemí Trujillo en su reciente novela Una noche de Reyes en la que, a través de una conversación ficticia con maravillosas escritoras como Carmen Laforet, Ana María Matute o Carmen Martín Gaite, nos narra su propia experiencia ante un diagnóstico de cáncer. Una novela que celebra la vida y la literatura, precisamente con literatura escrita por mujeres.

 

Muchas son las escritoras que merecen aparecer en estas páginas y en cualquier artículo que hable del poder de la literatura para mirar y contar lo que nos rodea, para transformar a las personas y al mundo, para provocarnos la risa y el llanto, para hacernos, en definitiva, más humanos.  Ya lo dijo Ana María Matute: “El mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad”.