¿Y si fuera EPOC?

¿Y si fuera EPOC?

Beatriz Esperanza Sanz Abós

19 de noviembre de 2025

El 19 de noviembre de 2025 se celebra el Día Mundial de la Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica (EPOC). Esta iniciativa, impulsada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) y la Global Initiative for Chronic Obstructive Lung Disease (GOLD), tuvo lugar por primera vez en 2002 y, desde entonces, más de 50 países involucran a profesionales de la salud y grupos de pacientes para realizar actividades destinadas a concienciar y educar sobre la EPOC.

 

Este año, bajo el lema “Si te falta el aire, piensa en la EPOC”, se persigue concienciar sobre la enfermedad y recordar que es una de las causas más frecuentes de falta de aliento, promoviendo una mejor comprensión de esta enfermedad, sus factores de riesgo, sus tratamientos y las estrategias de prevención.

 

Según la OMS, la EPOC es una enfermedad pulmonar crónica común, prevenible y tratable que afecta a hombres y mujeres de todo el mundo. Esta organización prevé que para el año 2030 esta dolencia será la tercera causa más importante de mortalidad a nivel mundial.

 

La EPOC se caracteriza por la obstrucción persistente del flujo de aire en los pulmones, lo que dificulta la respiración, y se agrava en forma de enfisema o bronquitis crónica. Está causada principalmente por la inhalación del humo del tabaco, la inhalación de partículas de polvo y sustancias químicas en el lugar de trabajo y la contaminación ambiental. Inicialmente se manifiesta con tos y expectoración matutina, dificultad para respirar al realizar esfuerzos físicos, sibilancias y fatiga. Con el tiempo, tareas cotidianas como vestirse o bañarse pueden volverse agotadoras. 

 

Su prevalencia continúa aumentando en España y, en la mayoría de los casos, el diagnóstico no se realiza a tiempo. Suele identificarse en la edad adulta y afecta por igual a ambos sexos, en parte debido al incremento del consumo de tabaco. Sin embargo, un diagnóstico precoz y un tratamiento adecuado pueden retrasar su progresión. No obstante, en muchos casos, cuando se diagnostica, la enfermedad ya ha alterado significativamente la vida de la persona afectada, llegando a provocar fatiga ante mínimos esfuerzos, ingresos hospitalarios frecuentes, dependencia de oxígeno e incluso aislamiento social. Además, no olvidemos que la enfermedad puede tener consecuencias económicas considerables debido a la limitación de la productividad en el trabajo y en el hogar y a los costos del tratamiento.

 

Por lo tanto, uno de los retos es la detección precoz de la EPOC, que puede realizarse con una prueba sencilla como es la espirometría, prueba diagnóstica de primera elección que permite detectar alteraciones en la función pulmonar. Se trata de una prueba sencilla, rápida e indolora que dura aproximadamente diez minutos y que consiste en llenar completamente los pulmones y luego expulsar el aire con la mayor rapidez posible, midiendo así la cantidad y velocidad del flujo de aire. Gracias a la espirometría se puede detectar la enfermedad en fases tempranas, antes de que cause consecuencias graves, y permite también realizar el seguimiento y tratamiento del paciente.

 

La lucha contra la EPOC forma parte de actividades de prevención y control de las enfermedades no transmisibles que lleva a cabo la OMS, cuyos objetivos son:

  • Aumentar la sensibilización acerca de las enfermedades crónicas.
  • Crear ambientes más saludables.
  • Reducir los factores de riesgo comunes de las enfermedades no transmisibles:
    • Consumo de tabaco y exposición al humo del tabaco.
    • Exposición ocupacional a polvos, humos o sustancias químicas.
    • Contaminación ambiental de interiores y exteriores.
    • Alimentación no saludable.
    • Sedentarismo y falta de actividad física.
  • Prevenir las muertes prematuras y las discapacidades evitables relacionadas con las principales enfermedades no transmisibles.

 

La OMS, con iniciativas como Rehabilitación 2030, está adoptando medidas estratégicas para reforzar y priorizar los servicios de rehabilitación en los sistemas de salud. Entre sus objetivos se incluyen la elaboración de protocolos para evaluar, diagnosticar y tratar enfermedades respiratorias crónicas, como la EPOC, junto con módulos de asesoramiento sobre hábitos saludables, como el abandono del tabaco y los cuidados personales. También busca fortalecer la rehabilitación pulmonar para la EPOC y destaca que la prevención primaria y el tratamiento más efectivos de esta enfermedad pasan por reducir la exposición al humo del tabaco. Además, promueve intervenciones como las soluciones energéticas domésticas no contaminantes (CHEST), orientadas a facilitar el acceso a fuentes de energía seguras y limpias dentro del hogar.

 

La Alianza Mundial contra las Enfermedades Respiratorias Crónicas, que contribuye a la labor de la OMS en materia de prevención y control de estas patologías, es una colaboración voluntaria de organizaciones nacionales e internacionales de numerosos países que tiene como objetivo lograr que todas las personas puedan respirar libremente.

 

La EPOC no tiene cura, pero se puede controlar con distintos tratamientos:

  • Fármacos como broncodilatadores y corticoides inhalados para controlar los síntomas.
  • Deshabituación tabáquica: es la medida más importante para frenar la enfermedad.
  • Oxigenoterapia domiciliaria y portátil.
  • Rehabilitación pulmonar con ejercicios y educación para manejar la enfermedad.
  • Vacunas contra la gripe, la COVID-19 y el neumococo, para prevenir infecciones.
  • Tratamientos biológicos como los que ya se utilizan para el asma.

 

Todos estos tratamientos y cambios en el estilo de vida son pasos clave para mejorar la calidad de vida y prolongar, con una buena calidad de vida, los años de vida de las personas afectadas por la EPOC.

¿Por qué debemos tomar conciencia sobre el consumo de azúcar?

¿Por qué debemos tomar conciencia sobre el consumo de azúcar?

Sofía Pérez Calahorra

18 de noviembre de 2025

Hablar de azúcar es hablar de uno de los ingredientes más frecuentes en nuestro día a día para la mayoría. Lo consumimos en el café de la mañana, en las bebidas refrescantes, en las galletas, en las salsas y en una gran cantidad de productos que, a simple vista, no parecen dulces. También está de manera natural en alimentos saludables como las frutas, la leche o el pan. Sin embargo, la diferencia entre un tipo de azúcar u otro, no es solo su origen, sino también su impacto en la salud. Por eso, concienciar sobre el consumo de azúcar es una necesidad de salud pública.

Para entender esta necesidad, es fundamental distinguir lo siguiente. El azúcar engloba a varios tipos de carbohidratos simples: glucosa, fructosa, galactosa y disacáridos como la sacarosa, la lactosa y la maltosa. Una parte de estos azúcares está presente de manera natural en alimentos frescos y nutritivos, como frutas, verduras y lácteos. La otra parte corresponde a los azúcares añadidos (aquellos que se incorporan durante la elaboración o preparación de productos alimentarios con el fin de mejorar el sabor, la textura o la conservación). Como azúcares añadidos se incluyen el azúcar de mesa, la miel, los jarabes y los productos obtenidos a partir del maíz, como el jarabe de maíz de alta fructosa. La diferencia puede parecer pequeña, pero es clave, porque estos azúcares añadidos actúan en el organismo de un modo diferente -metabólicamente hablando- a los azucares naturales. Una diferencia esencial es que los azúcares naturales se encuentran dentro de la estructura celular de alimentos como frutas enteras, cereales o verduras y se acompañan de fibra, vitaminas y minerales que modifican su digestión y sus efectos metabólicos.

Comprender estas distinciones es importante ya que el consumo de azúcares añadidos y azúcares libres se ha vinculado, de forma consistente y creciente, con un amplio conjunto de problemas de salud.

En las últimas décadas diversos estudios han revelado asociaciones claras entre un alto consumo de bebidas azucaradas y alimentos ricos en azúcares añadidos con el aumento de enfermedades como la obesidad, la diabetes tipo 2, enfermedades cardiovasculares, hígado graso no alcohólico, síndrome metabólico e incluso efectos negativos en funciones cognitivas y emocionales.

Esta preocupación no es nueva. La historia muestra cómo el debate nutricional ha ido cambiando con el tiempo. En la década de 1950 comenzaron a aparecer evidencias que señalaban un vínculo entre la dieta y el aumento de enfermedades coronarias. De ese contexto surgieron dos grandes explicaciones: la hipótesis del azúcar añadido, defendida por John Yudkin, y la teoría de las grasas saturadas y el colesterol, respaldada por figuras como Ancel Keys. Durante décadas, la teoría de las grasas saturadas dominó el discurso científico y social, relegando la hipótesis del azúcar a un segundo plano. Esto influyó en la creación de guías alimentarias bajas en grasas que dominaron el panorama nutricional durante casi cuarenta años.

Sin embargo, estudios como el Framingham Heart Study, volvieron a situar al azúcar en el centro del debate. Este estudio comenzó en 1948 y estudio a varias generaciones, y encontró asociaciones entre el consumo frecuente de bebidas azucaradas y un aumento significativo de grasa hepática, así como alteraciones en los lípidos sanguíneos. Estos hallazgos coincidieron con otras investigaciones contemporáneas, sin embargo, parece ser que la influencia de la industria azucarera pudo haber suavizado o desviado la atención de los resultados que señalaban al azúcar como un factor de riesgo relevante.

Con el paso del tiempo, la evidencia se ha vuelto más consistente, especialmente en relación con los azúcares añadidos y las bebidas azucaradas, los cuales se metabolizan rápidamente y aportan muchas calorías sin generar saciedad. Esto ha motivado la creación de recomendaciones específicas por parte de entidades como la OMS, la Asociación Americana del Corazón y el sistema sanitario británico. Todas coinciden en que los azúcares añadidos deberían constituir menos del 10% de las calorías diarias, y lo ideal sería reducirlos a menos del 5%. En la práctica, esto supone no superar los 50 g de azúcar añadido al día en un adulto, y preferiblemente mantenerse por debajo de los 25 g (referencia: 1 sobre de azúcar aporta entre 8-10 g).

 

Entre los motivos más relevantes para promover la conciencia hacía la reducción del consumo de azúcares añadidos principalmente es: el papel del azúcar en el aumento de varias enfermedades crónicas:

La obesidad como pandemia actual, los estudios muestran que las bebidas endulzadas o alimentos procesados ricos en azucares añadidos tienen la relación más fuerte con el aumento de peso que otras fuentes de carbohidratos, porque aportan calorías líquidas, o no producen sensación de saciedad y facilitan un consumo excesivo de calorías. Además, ciertos azúcares, como la fructosa presente en numerosos alimentos como jarabe de maíz de alta fructosa, se metabolizan principalmente en el hígado, lo que puede favorecer el aumento del tejido adiposo y la disminución de la sensibilidad a la insulina.

La diabetes tipo 2, es otra de las enfermedades fuertemente asociadas al consumo de azúcares añadidos. La evidencia ha mostrado que una alta ingesta de bebidas azucaradas y azucares añadidos puede conducir a un deterioro progresivo de la señalización de la insulina y a niveles elevados de glucosa e insulina en ayunas.

En las enfermedades cardiovasculares, también la evidencia ha demostrado relaciones sólidas entre el consumo elevado de azúcar y la alteración de los lípidos, marcadores inflamatorios elevados y un mayor riesgo de cardiopatía coronaria.

Otro problema emergente es la enfermedad del hígado graso no alcohólico, que ha aumentado notablemente en los últimos años y afecta incluso a personas sin exceso de peso. Los estudios muestran que el consumo de bebidas azucaradas está asociado con un incremento en la acumulación de grasa en el hígado y en el tejido adiposo visceral. La razón está nuevamente en la forma en que el hígado metaboliza la fructosa, que se convierte con facilidad en grasa a través de un proceso llamado lipogénesis de novo.

Más allá de los efectos metabólicos y físicos, el azúcar también puede influir en la función cognitiva y el estado de ánimo. Aunque el cerebro utiliza glucosa como su principal fuente de energía, un consumo excesivo y prolongado de azúcar se ha relacionado con deterioro de la memoria, problemas de concentración y mayor riesgo de demencia. La exposición a dietas ricas en azúcar durante etapas vulnerables como la adolescencia o el embarazo también podría tener efectos negativos duraderos en el desarrollo cognitivo. Se han propuesto varios mecanismos, pero la neuro inflamación, alteraciones en el hipocampo y cambios en el microbioma intestinal, parecen ser los mecanismos causantes. En cuanto al estado de ánimo, algunos estudios han vinculado las dietas altas en azúcar con síntomas depresivos, ansiedad y alteraciones en las vías de recompensa del cerebro.

 

En definitiva, la evidencia científica actual muestra un panorama claro: el consumo elevado de azúcares añadidos, especialmente en forma de bebidas azucaradas y jarabes ricos en fructosa y azúcares añadidos en multitud de alimentos, tiene impactos negativos importantes y bien documentados en distintas áreas de la salud. Tomar conciencia sobre su presencia en nuestra dieta y sobre sus efectos no significa eliminar por completo los alimentos dulces, sino comprender su papel, distinguir los azúcares naturales de los añadidos y tomar decisiones informadas para proteger la salud a largo plazo. Al final, la clave no está en demonizar el azúcar, sino en conocerlo, reconocerlo y consumirlo con moderación.

Vivir anticoagulado: Más allá del tratamiento, una cuestión de equilibrio y cuidado

Vivir anticoagulado: Más allá del tratamiento, una cuestión de equilibrio y cuidado

Eloy Bueno

18 de noviembre de 2025

Cada año el 18 de noviembre se celebra el Día Mundial de las Personas Anticoaguladas, una jornada para dar visibilidad a quienes viven día a día con un tratamiento que, aunque puede parecer invisible, es esencial para su salud y su calidad de vida.

 

Los anticoagulantes son medicamentos que ayudan a evitar la formación de coágulos en la sangre, previniendo así complicaciones graves como la trombosis, la embolia o el ictus. Son fármacos que salvan vidas, pero que también requieren cuidado, seguimiento y compromiso por parte de quienes los utilizan.

 

Tomar anticoagulantes no es solo seguir un tratamiento, supone un cambio en la forma de vivir. Las personas anticoaguladas deben aprender a cuidar su alimentación, evitar caídas o golpes, y acudir con frecuencia a los controles médicos, especialmente si su tratamiento requiere medir el INR, un indicador que muestra si la sangre está en el rango adecuado de coagulación. Es por esto por lo que las medidas preventivas comunitarias, entre las que destacan los cambios en el estilo de vida abordando los factores de riesgo modificables, son la principal herramienta para una correcta adherencia y un correcto seguimiento del paciente. Dentro de los factores modificables, se ha demostrado que el nivel de conocimiento sobre la enfermedad y los tratamientos pautados tienen una gran influencia en el grado de adherencia, al igual que en la disminución de efectos adversos severos.

 

Además, la adherencia al tratamiento es esencial, no hacerlo puede tener consecuencias serias, ya que tanto una dosis excesiva como insuficiente puede ser peligrosa. Por ello, la educación sanitaria, el acompañamiento profesional y el apoyo familiar son elementos clave para mantener el equilibrio y la tranquilidad.

 

Vivir anticoagulado implica prestar atención a ciertos aspectos de la vida diaria. No se trata de vivir con miedo, sino de aprender a prevenir y actuar con serenidad ante cualquier imprevisto. Algunas precauciones básicas para tener en cuenta serían:

Evitar caídas y golpes, sobre todo en casa. Mantener los espacios despejados y usar calzado adecuado.

Avisar siempre al médico o dentista antes de cualquier procedimiento o nuevo tratamiento.

No suspender ni modificar la dosis sin consultar previamente con el profesional sanitario.

Tener cuidado con los medicamentos y suplementos que puedan interferir con el tratamiento (por ejemplo, algunos antiinflamatorios).

Mantener una alimentación equilibrada y constante, sin cambios bruscos en alimentos ricos en vitamina K (como espinacas o brócoli).

 

Las complicaciones más comunes que las personas anticoaguladas pueden presentar son hematomas, sangrados nasales o de encías, orina más oscura o menstruaciones más abundantes.  En la mayoría de los casos no son graves, pero deben vigilarse.  Si aparece un sangrado que no se detiene, un golpe fuerte en la cabeza o mareos intensos es importante acudir de inmediato al centro de salud o al servicio de urgencias.

 

Algunos consejos para su abordaje y control por parte de los pacientes serían:

Mantener la calma y no interrumpir el tratamiento sin consultar con el equipo sanitario.

Anotar los síntomas o episodios de sangrado y comunicarlos en la siguiente revisión médica.

Llevar una tarjeta o pulsera identificativa que indique que se está en tratamiento anticoagulante, algo muy útil en caso de emergencia.

Participar en programas de educación sanitaria o grupos de apoyo, compartiendo experiencias y consejos prácticos.

Contar con familiares o cuidadores informados sobre cómo actuar en caso de una posible complicación.

La anticoagulación no se vive solo desde lo médico, sino también desde lo humano. Mantener una vida activa, una dieta saludable, controlar la tensión arterial, no fumar y evitar el sedentarismo son hábitos que fortalecen el corazón y reducen riesgos.

 

También es fundamental el apoyo emocional y social. Las personas anticoaguladas pueden llevar una vida plena, siempre que cuenten con información clara y con el respaldo de su entorno. La confianza, la comunicación y el autocuidado son pilares del bienestar diario.

 

Cuidar de las personas anticoaguladas es una tarea compartida. Profesionales, familiares y sociedad debemos ser conscientes de las precauciones especiales que requieren, desde evitar caídas hasta consultar antes de tomar nuevos medicamentos. Además, es necesario realizar una estandarización de los cuidados y recomendaciones a pacientes anticoagulados, dirigiendo las acciones a un enfoque centrado y adaptado a las características individuales de cada paciente. Para esto, es crucial promover modelos de atención centrados en el paciente, alejándose del paternalismo.

 

El conocimiento y la empatía son las mejores herramientas para prevenir complicaciones y ofrecer una atención más humana, equitativa y segura. Las diferentes percepciones existentes entre profesionales y pacientes revelan que, en ocasiones, se otorga un nivel de relevancia inadecuado. Los pacientes reconocen el valor de las recomendaciones para el manejo de su patología, pese a evidenciarse diferencias en la comprensión y adhesión a las mismas. Por esta razón, es necesario una mayor formación profesional, abogando por impulsar la Formación Sanitaria Especializada, estandarización de los cuidados y una mayor sistematización en la atención, para evitar desigualdades y por conseguir una atención digna, equitativa y de calidad.

 

En este Día Mundial de las Personas Anticoaguladas recordemos que, detrás de cada pastilla, hay una historia, un   esfuerzo   y   una   enorme   voluntad   de   vivir. Porque vivir anticoagulado no es solo tomar un medicamento: es aprender a vivir con equilibrio, conciencia y esperanza.

Radón: El gas invisible que afecta a los pulmones

Radón: El gas invisible que afecta a los pulmones

Claudia Grossi

17 de noviembre de 2025

El radón es conocido como la principal fuente de radiactividad natural y está catalogado como carcinógeno humano por la Organización Mundial de la Salud. Para reducir la exposición de la población general y de los trabajadores a las radiaciones ionizantes, en 2013 se publicó la Directiva Euratom (Comunidad Europea de Energía Atómica) 59/2013. Su transposición en España se llevó a cabo en el Real Decreto 1029/2022, donde se aprueba específicamente el Reglamento sobre Protección de la Salud contra los riesgos derivados de la exposición a las Radiaciones Ionizantes.

 

El radón es un gas noble radiactivo que no tiene color, olor ni sabor. Se forma de manera natural cuando el radio presente en la cadena de desintegración del uranio existente en la tierra y las rocas se descompone. También puede encontrarse radón en el agua debido al terreno arrastrado por las aguas subterráneas. Este gas puede salir fácilmente del suelo y pasar al aire libre o entrar en los edificios. Cuando el radón se desintegra, se generan otros radioisótopos como el Polonio, que puede incorporarse con los aerosoles atmosféricos.

 

Cuando el radón y algunas de las partículas de su progenie de vida corta, como el Polonio-218 y el Polonio-214, adheridas a los aerosoles atmosféricos, entran en nuestro cuerpo, pueden llegar a los pulmones y desintegrarse sobre las células que recubren las vías respiratorias, emitiendo partículas alfa (núcleos de helio). Allí pueden dañar los tejidos, entre ellos el ADN y, a largo plazo, provocar cáncer de pulmón.

 

Al aire libre, el radón se dispersa rápidamente y alcanza niveles muy bajos, sin representar un peligro para la salud. Su concentración media en el exterior suele estar entre 5 y 15 Bq/m³. Pero en espacios cerrados, especialmente si no hay buena ventilación y el suelo es rico en radio, la concentración puede ser mucho más alta (miles de Bq/m³). Lugares como minas, cuevas y plantas de tratamiento de agua suelen tener niveles más elevados. En los edificios como casas, escuelas y oficinas, las concentraciones pueden variar desde decenas de Bq/m³ hasta centenas de Bq/m³. Como el radón es un gas incoloro e inodoro, las personas pueden estar viviendo o trabajando en lugares con niveles muy altos sin darse cuenta, por lo que es importante realizar mediciones.

 

El radón es reconocido por ser uno de los principales causantes del cáncer de pulmón en todo el mundo. Según las estimaciones actuales, entre el 3% y el 14% de los casos de cáncer de pulmón pueden atribuirse a este gas radiactivo, variando según la concentración media de radón en cada país y la prevalencia del consumo de tabaco de las personas. Esta relación se descubrió observando un aumento de casos de cáncer de pulmón entre los trabajadores de minas de uranio, expuestos a altas concentraciones de radón. Posteriormente, diversos estudios realizados en Europa, América del Norte y China han confirmado que el radón representa un riesgo para la salud incluso en concentraciones bajas, como las que pueden encontrarse en algunos hogares.

 

Cabe destacar que el riesgo asociado al radón es especialmente elevado para los fumadores. De hecho, se ha calculado que un fumador tiene un riesgo 25 veces superior de desarrollar cáncer de pulmón relacionado con el radón en comparación con una persona no fumadora. Esta sinergia entre el radón y el tabaco hace que la prevención sea aún más importante en personas fumadoras.

 

Ante esta evidencia, muchos países han implementado programas de detección y mitigación del radón en edificios, especialmente en zonas con altas concentraciones naturales de este gas. Estas medidas incluyen la ventilación adecuada de los espacios interiores y la instalación de sistemas de reducción de radón en edificios existentes y nuevos.

 

El Reglamento sobre Protección de la Salud contra los riesgos derivados de la exposición a las Radiaciones Ionizantes legisla sobre la exposición al radón (Título VII) y, en su artículo 75.2, exige que “cuando en un lugar de trabajo existan zonas con concentraciones de radón en aire que, en media anual, superen el nivel de referencia de 300 Bq/m³, el titular de la actividad laboral deberá tomar las medidas oportunas para reducir las concentraciones y/o el tiempo de exposición al radón, de acuerdo con el principio de optimización, tras lo cual deberá reevaluar la media anual de concentración de radón en aire en el lugar de trabajo”. El Consejo de Seguridad Nuclear propuso un mapa de zonas de actuación prioritaria (definidas como zona 2 aquellas con un potencial de radón superior a 300 Bq/m³).

 

Los municipios de zona 2 deberían, de manera extensiva, medir las concentraciones de radón en las viviendas y lugares de trabajo situados en las plantas bajas y subterráneas. Estas mediciones deberán ser realizadas por un laboratorio acreditado por ENAC con la norma ISO 17025 como se explica en la IS47 publicada este año 2025.

La Diabetes y el corazón: una relación que no podemos ignorar

La diabetes y el corazón: una relación que no podemos ignorar

Rosa María Sánchez Hernández

14 de noviembre de 2025

La diabetes tipo 2 se ha convertido en una de las enfermedades más frecuentes de nuestro tiempo, pero su impacto va mucho más allá de la glucemia elevada. Detrás de cada diagnóstico se esconde un riesgo silencioso pero real, el de las enfermedades cardiovasculares. De hecho, se estima que una de cada tres personas con diabetes tiene algún tipo de problema cardiovascular, y que más de la mitad fallecerá por una causa vascular relacionada con el corazón o el cerebro. Estas cifras deberían hacernos reflexionar sobre la urgencia de abordar de forma integral todos los factores que contribuyen a ese riesgo.

 

El corazón y la glucemia: una conexión peligrosa

Tener diabetes multiplica de dos a cuatro veces el riesgo de sufrir un infarto o un ictus, y también aumenta la probabilidad de desarrollar insuficiencia cardíaca. Esto es debido a que el exceso de glucosa, junto con otros factores como la inflamación o el colesterol alto, van dañando poco a poco los vasos sanguíneos. Además, incluso antes de que se diagnostique la diabetes, en la etapa de “prediabetes” el riesgo de enfermedad cardiovascular es mayor.

 

Factores de riesgo cardiovascular modificables y no modificables

El riesgo cardiovascular en la diabetes depende de una combinación de factores. Algunos no pueden cambiarse, como la edad, el sexo o los antecedentes familiares. Se sabe, por ejemplo, que las mujeres con diabetes pierden parte de su “protección natural” frente a las enfermedades cardíacas: su riesgo de mortalidad cardiovascular triplica al de las mujeres sin diabetes.

Otros factores, sin embargo, sí pueden controlarse, y son los que marcan la diferencia en el pronóstico:

  • Dislipemia: los niveles elevados de colesterol LDL y triglicéridos son habituales en la diabetes y se asocian a más riesgo cardiovascular
  • Hipertensión arterial: dos de cada tres personas con diabetes la padecen, y el mal control multiplica las complicaciones microvasculares (como la retinopatía o la nefropatía) y macrovasculares (como el infarto).
  • Sobrepeso u obesidad abdominal: el exceso de grasa visceral se asocia a un aumento del riesgo cardiovascular, especialmente en mujeres.
  • Control glucémico: mantener la hemoglobina glicada (HbA1c) en valores adecuados es esencial. Un mal control se asocia con mayor mortalidad y con un incremento de la insuficiencia cardíaca.
  • Tabaquismo: fumar multiplica por 1,5 el riesgo de morir por una causa cardiovascular. Abandonar el tabaco es una de las decisiones más efectivas para prolongar la vida.


Controlar los factores de riesgo salva vidas

Un gran estudio sueco publicado en 2023 mostró un dato alentador: cuando una persona con diabetes logra controlar los cinco factores clave —glucemia, presión arterial, colesterol LDL, tabaquismo y función renal—, su riesgo de sufrir un evento cardiovascular es similar al de alguien sin diabetes.
Esto demuestra que el riesgo cardiovascular en la diabetes no es un destino inevitable, sino una diana que puede alcanzarse con un tratamiento intensivo y precoz.

Medir bien el riesgo: el nuevo SCORE2-Diabetes

Hasta hace poco, las herramientas clásicas de estimación del riesgo cardiovascular, que es la probabilidad de tener un evento cardiovascular en un tiempo determinado, no incluían a los pacientes con diabetes, si no que los consideraban directamente de alto o muy alto riesgo cardiovascular. Las nuevas guías europeas de 2023 han cambiado esto con el desarrollo de SCORE2-Diabetes, una calculadora específica que estima el riesgo a 10 años de mortalidad cardiovascular o de eventos del corazón no mortales.

Esta herramienta tiene en cuenta la edad al diagnóstico de la enfermedad, los niveles de HbA1c y la función renal, y permite diferenciar entre riesgo bajo, moderado, alto y muy alto. Sin embargo, en España, los datos son claros: más del 90 % de los pacientes con diabetes tipo 2 están en categorías de riesgo alto o muy alto, lo que obliga a una vigilancia constante y un manejo integral.

 

 


La dislipemia aterogénica de la diabetes

Uno de los rasgos distintivos de la diabetes es la llamada dislipemia aterogénica o diabética, caracterizada por triglicéridos altos, colesterol HDL bajo y partículas de LDL pequeñas y densas, muy dañinas.
Identificarla y tratarla de forma intensa es esencial. Las guías médicas recomiendan alcanzar niveles de colesterol LDL por debajo de 70 mg/dL en la mayoría de los pacientes con diabetes de alto riesgo, y por debajo de 55 mg/dL en los de muy alto riesgo. Lograrlo suele requerir combinaciones de distintos tratamientos para reducir el colesterol: estatinas, ezetimiba o inhibidores de PCSK9 o inclisirán, estos dos últimos fármacos subcutáneos que reducen el colesterol-LDL. De hecho, se acaba de publicar un estudio de pacientes con diabetes de alto riesgo, pero sin enfermedad cardiovascular, en tratamiento con evolocumab (un inhibidor de PCSK9), en el que se observó que se reducían de forma considerable los eventos cardiovasculares.

 

Abordaje multifactorial: la clave del éxito

El tratamiento de la diabetes debe ser multifactorial y personalizado, como recuerdan las guías de la Asociación Americana de Diabetes y la Sociedad Española de Arteriosclerosis. No basta con controlar la glucosa: hay que tratar todos los factores de riesgo cardiovascular de manera simultánea.
Eso incluye el control de la presión arterial, la optimización del perfil lipídico, la elección de fármacos con beneficios cardiovasculares y renales (como los inhibidores de SGLT2 o los agonistas de GLP-1, entre estos la semaglutida (ozempic Ò) y tirzepatida (Mounjaro, Ò), que se asocian a pérdidas de peso muy marcadas. Además de una intervención activa sobre el estilo de vida: dieta mediterránea, ejercicio regular, control del peso y abandono del tabaco.

 

Conclusión: prevenir el futuro, hoy

La diabetes no tiene por qué ir de la mano de la enfermedad cardiovascular. Con un buen control, revisiones periódicas y compromiso con un estilo de vida saludable, es posible reducir de forma muy significativa el riesgo cardiovascular. Cuidarse hoy es la mejor inversión para disfrutar de un futuro más largo y con mejor calidad de vida.

Dietas Vegetarianas: Qué aportan y qué precauciones se deben tomar

Dietas vegetarianas: qué aportan y qué precauciones se deben tomar

Sofía Pérez Calahorra

2 de noviembre de 2025

Las dietas vegetarianas o también conocidas como dietas basadas en plantas son cada vez más populares gracias a sus posibles beneficios para la salud y, más recientemente, por su impacto ambiental positivo y ética animal.

Este tipo de dietas son aquellas en las que la mayor parte o la totalidad de los alimentos provienen de fuentes vegetales, y que excluyen la carne y los productos derivados del sacrificio animal (carne de res, cerdo, cordero, pollo y otras aves). Dentro de esta manera de alimentación, existen diferentes tipos:

  1. Dieta vegana, es un alimentación 100% vegetal, donde excluye todo tipo de alimentos de origen animal como carne, pescado, mariscos, huevos, leche y derivados lácteos. Su base alimentaria está compuesta exclusivamente por cereales integrales, legumbres, verduras, frutas, frutos secos y semillas.
  2. Dieta lacto-ovo vegetariana, es principalmente vegetal, pero incluye el consumo de productos lácteos y huevos y excluye todas las carnes y pescados. Es el tipo de dieta vegetariana más común en estudios de cohortes y la sigue un número de personas mayor.    
  3. Dieta pesco-vegetariana o pescetariana, es aquella que se basa principalmente en alimentos vegetales, pero permite el consumo de pescado y mariscos, con o sin huevo o lácteos. La mayor parte de los expertos la consideran la dieta más flexible dentro de las dietas basadas en plantas, en parte porque permite equilibrar la ingesta de ciertos nutrientes como el omega 3, hierro y la vitamina B12.

Todo tipo de alimentación sea la dieta que sea, cuando se estructura de manera adecuada permite conseguir aporte nutricional necesario, pero en especial las dietas basadas en plantas han demostrado que son una estrategia de prevención de enfermedades crónicas, como las enfermedades cardiovasculares, la diabetes tipo 2, la hipertensión, la obesidad y algunos tipos de cáncer. La evidencia es clara al respecto a su efecto protector.

¿Y cuáles son sus efectos beneficiosos?

Entre los posible beneficios de tener una dieta basada en plantas uno de los principales beneficios observados es la mejora del perfil metabólico general, con reducciones en colesterol LDL, de la presión arterial, de la glucosa e índice de masa corporal, principalmente vinculado al menor perímetro de la cintura, menor peso global, entre otros factores

La ciencia sugiere que las personas que siguen patrones vegetarianos equilibrados muestran una mejor sensibilidad a la insulina y control de la glucosa, lo que se asocia con una reducción del riesgo de diabetes tipo 2, entre 38% y 62%, especialmente en dietas veganas.
Ensayos clínicos han confirmado descensos significativos en HbA1c, colesterol LDL y peso corporal, junto con una menor necesidad de medicación hipoglucemiante.

Estos efectos beneficiosos se atribuyen a que es una alimentación rica en fibra, vitaminas antioxidantes (C, E, betacarotenos), minerales como selenio, potasio y magnesio, y fitoquímicos.

En cuanto a la salud cardiovascular, las investigaciones indican reducciones promedio de 0.3–0.7 mmol/L en colesterol total y LDL y de 4–7 mmHg en la presión arterial. Esto se traduce a que la mortalidad por cardiopatía coronaria es un 26–34% menor en vegetarianos y pesco-vegetarianos que en omnívoros. No obstante, la ciencia aclara que el beneficio depende en gran medida de la calidad nutricional de la dieta vegetal, más que de la mera exclusión de productos animales.

Además, las dietas vegetales influyen positivamente sobre la microbiota intestinal, aumentando la producción de ácidos grasos de cadena corta con efectos beneficiosos sobre la tensión arterial, la glucemia y la función inmunitaria.

Sin embargo, no todas las dietas vegetales son saludables. Aquellas que incluyen alto contenido de azúcares, harinas refinadas, grasas trans o productos Utraprocesados que sabemos que aumentan el riesgo de obesidad, diabetes y enfermedades cardiovasculares, al igual que sucede con dietas occidentalizadas modernas, lo que conduce a neutralizar o diluir los efectos beneficiosos de una alimentación basada en plantas.

También es necesario indicar que las dietas excesivamente restrictivas o mal diseñadas pueden generar deficiencias nutricionales, en particular en nutrientes como la vitamina B12, el hierro, zinc, calcio y la riboflavina (B2).
La carencia de vitamina B12 —ausente en fuentes vegetales biodisponibles— puede provocar anemia megaloblástica y neuropatías.

En resumen, una dieta vegetariana o vegana variada, equilibrada y centrada en alimentos naturales e integrales puede favorecer de forma significativa la salud cardiometabólica y general, siempre que se asegure un aporte adecuado de micronutrientes y una correcta suplementación. El mayor beneficio se observa en los patrones vegetarianos saludables y mínimamente procesados, no en los basados en ultraprocesados o excesivamente restrictivos.