Una historia de adaptación
Una historia de adaptación
19 de octubre de 2025
Cierra los ojos y visualiza tu cuerpo desnudo, lo has visto infinidad de veces; en cada ducha, al vestirte cada mañana… Ahora que tienes esta imagen en la mente, elimina un pecho. Cuesta hacerlo, ¿verdad? Así es mi día a día desde el pasado 19 de diciembre de 2024 tuve que someterme a una cirugía para extirpar del pecho derecho a causa del cáncer de mama o como me dijo una oncóloga, “te tenemos que mutilar el pecho”.
Esta historia, empieza como tantas otras, con la detección de un bulto. Tuve la suerte de tener una médica de cabecera que creyó conveniente examinar ese bulto sin ni siquiera tocarme, simplemente por prevención (la parte más importante en el cáncer para evitar males mayores), me hicieron una biopsia, dio positivo y continuas todo el proceso con la peor de las amistades que es la incertidumbre. No sabes si el cáncer está en todo tu cuerpo, si vas a morir…Es una sensación terrible, lloras durante el día en cualquier momento, te abrazas con tu pareja de una manera tan intensa que no hacen falta palabras y cada vez que miras a tus hijos, un nudo se te pone en garganta y estómago y piensas, ¡yo lo voy a sacar!, pase lo que pase.
La gente se vuelca en ti, te llama, apoya y te dicen repetidamente: “con lo fuerte que eres”, “Sé fuerte”, “el ánimo es lo más importante y tu carácter es el mejor”, etc. En fin, todo el mundo quiere decirte lo que creen es mejor. No soy más fuerte que nadie, es que no te queda otra que ir día a día en este proceso tan largo, simplemente me adapto a mi nueva situación y aprendo a vivir con ella y me encanta estar contenta, así que sigo tomándome la vida con humor.
Justo antes de la “mutilación”, te explican que el pecho está totalmente contaminado de células cancerígenas, pero, afortunadamente, no hay células tumorales por el resto del cuerpo y tú tienes que salir de la consulta contentísima porque el cáncer está localizado y sólo vas a perder un pecho. Ese día yo no podía parar de llorar, porque cerraba los ojos y me visualizaba desnuda y no podía soportarlo. Tenía una talla 100 con unos senos muy caídos y no conseguía ver el lado bueno.
Al poco tiempo tienes consulta con el cirujano y te dicen que el pecho izquierdo (el sano) te lo van a reducir en la misma intervención y que en el pecho derecho te colocan un expansor que se irá llenando de suero fisiológico (unos 400 ml) hasta que llegue la operación final de reconstrucción con una prótesis. Es un avance increíble que hayan dado importancia a la salud mental en este proceso ya que es parte intrínseca del mismo.
Yo no salí muy convencida de esa consulta, pero ya estás más contenta de que “de ésta, sales”.
La primera vez que me vi, fue en la cura después de la cirugía la verdad, no fue muy impactante. Llegué a casa y bueno, es como ver a alguien guiñándote un ojo.
El pecho izquierdo está precioso, con una talla 90 y puesto como el de una veinteañera, y el derecho era y es, el pectoral de un niño de 12 años.
En ese instante, mi gran tormento era la quimioterapia y sus efectos. No soy una persona superficial, pero he de reconocer que cerrar los ojos y visualizarme sin pelo, me causaba mucha ansiedad. No he recibido quimio, aquí sí que digo en mayúsculas que HE SIDO UNA AFORTUNADA DE LA VIDA.
Cuando ves a mujeres con el pañuelo a causa de la quimioterapia, la empatía es máxima con ellas, las admiro con el mayor de mis respetos, pero no por valientes, que lo son, sino porque con la mejor de sus sonrisas y en muchos momentos sus llantos, se han ADAPTADO a su situación y como dice esta expresión que me encanta, “tirado pa´ lante”.
Hoy en día estoy con una medicación inhibidora de progesterona y estrógenos que, a mis 39 años, me ha inducido la menopausia y lo que ello conlleva: sofocos, dolor en los huesos, cansancio, etc. Pero no puedes quejarte mucho, porque has sido afortunada, así que lo llevas por dentro. También estoy esperando la operación de reconstrucción de mama, con ganas y un poco de incertidumbre (la peor amiga) de cómo será el resultado final.
Cada día me miro al espejo, veo el “guiño de ojos”, te ríes y a la vez lloras, te pasas la mano por ese pecho minúsculo de niño de 12 años y piensas que más pronto que tarde te harán la reconstrucción y ambos pechos se verán igual. Aunque siempre quedarán las cicatrices, los dolores y esas camisetas que no te quieres poner porque se nota mucho la diferencia de una teta a otra. Pero siempre con humor, con ganas de cuidarte, de moverte, de bailar, de reír, de pasar tiempo de calidad con la gente que te importa y finalmente, pese a que tienes una zonita muy pequeñita en el cerebro que pone “cáncer”, el grueso de tiempo, ni me acuerdo ni quiero pensar en ello, sino en vivir y no encontrar límites.
Quiero resaltar la unidad de mama del Hospital Miguel Servet por el acompañamiento emocional del personal, personas buenísimas tanto en la rapidez de actuación como en buscar, siempre, tu mejor solución.
Al igual que el acompañamiento de mi familia, mi marido, hijos, hermanas y amigos, han sido y son parte imprescindible de MI PROCESO.

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