Gestaciones múltiples: mitos, realidades y evidencia científica

Gestaciones múltiples: mitos, realidades y evidencia científica

Carlos De Bonrostro Torralba

26 de septiembre de 2025

Los embarazos múltiples (gemelos, trillizos o embarazos de mayor número de fetos) han despertado desde siempre una gran curiosidad. Sin embargo, en la era digital, la información se mezcla fácilmente con rumores y desinformación. Con motivo del Día Mundial de los Embarazos Múltiples,

aclaramos qué es mito y qué es realidad en torno a ellos.

¿Qué es un embarazo múltiple?

Un nacimiento múltiple ocurre cuando en un mismo embarazo se desarrollan dos o más fetos. La mayoría corresponden a embarazos gemelares, que pueden ser:

  • Monocigóticos (“idénticos”): proceden de un único óvulo fecundado que se divide. Los bebés comparten una carga genética prácticamente idéntica.
  • Dicigóticos (fraternos): se producen cuando dos óvulos diferentes son fecundados por dos espermatozoides distintos. Genéticamente son como hermanos nacidos en momentos diferentes, pero se desarrollan simultáneamente en un mismo embarazo.

Frecuencia y factores de riesgo

Los embarazos múltiples han aumentado su frecuencia en las últimas décadas por diferentes motivos:

  • Edad materna: a partir de los 35 años la probabilidad de ovular más de un óvulo por ciclo aumenta.
  • Tratamientos de fertilidad: la estimulación ovárica y las técnicas de reproducción asistida han sido un factor muy determinante para el aumento de los embarazos múltiples.
  • Factores genéticos y étnicos: en algunas familias y poblaciones hay mayor tendencia a los embarazos gemelares dicigóticos.

Actualmente, la incidencia de nacimientos múltiples es de alrededor del 3% de los embarazos en países desarrollados, aunque varía según región y contexto.

En cualquier caso, la tasa de embarazos múltiples se está reduciendo en muchas regiones del mundo debido a los nuevos protocolos de reproducción asistida, que priorizan evitar una gestación múltiple para reducir riesgos durante el embarazo.

Salud materna y neonatal: lo que la evidencia científica nos enseña

Existe la idea equivocada de que un embarazo múltiple es similar a uno único, sin embargo, la realidad es muy diferente. Estos embarazos conllevan riesgos adicionales que requieren un seguimiento especializado:

Prematuridad: los partos antes de las 37 semanas son mucho más frecuentes.

Restricción del crecimiento intrauterino: uno o varios fetos pueden presentar menor crecimiento debido a una función placentaria insuficiente.

Complicaciones maternas: mayor probabilidad de hipertensión, diabetes gestacional o hemorragia posparto, entre otros riesgos.

Mortalidad y morbilidad neonatal: aunque la mayoría de los niños evolucionan bien, los riesgos aumentan respecto a los embarazos únicos.

Gracias al control obstétrico, algunos de estos riesgos pueden prevenirse, detectarse y tratarse. Sin embargo, los embarazos múltiples se consideran embarazos de riesgo, lo que obliga, en muchos casos, a su seguimiento en unidades médicas específicas.

Mitos frecuentes y verdades científicas

  • MITO 1: “Comer determinados alimentos aumenta las posibilidades de tener gemelos.”

Falso. No existe ninguna dieta probada que aumente la tasa de nacimientos múltiples.

  • MITO 2: “Los gemelos idénticos se saltan una generación.”

No es cierto. La división de un óvulo fecundado ocurre de forma espontánea y no sigue un patrón hereditario claro en la mayoría de los casos.

  • MITO 3: “El parto múltiple siempre debe ser por cesárea.”

No necesariamente. La vía del parto depende de la posición de los bebés, el bienestar fetal y las condiciones maternas. Muchos embarazos gemelares pueden culminar en parto vaginal de forma segura.

  • MITO 4: “Los gemelos monocigóticos son idénticos entre sí”

En absoluto. Aunque el término “gemelos idénticos” es común, desde el punto de vista médico y genético, los gemelos monocigóticos son altamente similares, pero rara vez absolutamente idénticos.

El papel de la información fiable

En un contexto en el que circulan libremente bulos y mitos, es esencial recurrir a fuentes acreditadas: sociedades científicas, organismos de salud y profesionales sanitarios. La desinformación puede generar falsas expectativas y, lo que es peor, poner en riesgo a las madres y a sus hijos, a los cuales debemos proteger favoreciendo la difusión de información contrastada y veraz.

Conclusión

Los embarazos múltiples son un fenómeno fascinante de la naturaleza y, a la vez, todo un desafío médico. Con un seguimiento obstétrico especializado y el acceso a información de calidad, las familias pueden vivir esta experiencia con seguridad y confianza en la mayoría de los casos. En un tiempo en el que la desinformación en salud viaja más rápido que nunca, debemos recordar lo esencial: la ciencia sigue siendo nuestra aliada más segura.

De la investigación a la práctica clínica: Por qué los ensayos clínicos son imprescindibles

De la investigación a la práctica clínica: por qué los ensayos clínicos son imprescindibles

Alba Medina Castillo

24 de septiembre de 2025

El camino de un tratamiento contra el cáncer hasta los hospitales es largo, empieza en el laboratorio y pasa por años de estudios preclínicos que evalúan su seguridad y eficacia. El momento clave ocurre cuando los tratamientos llegan por primera vez a los pacientes a través de los ensayos clínicos (EECC), la puerta que transforma la investigación en práctica clínica. Cada fármaco disponible hoy en día en oncología ha seguido este proceso. Por eso, en el Día Internacional de la Investigación en Cáncer es importante reflexionar sobre qué son los ensayos clínicos y qué implican para los pacientes.

 

Una decisión libre en un contexto difícil

Participar en un ensayo clínico siempre debe ser un acto voluntario. Ningún paciente puede ser incluido sin antes haber recibido información clara sobre los riesgos, los posibles beneficios y las alternativas disponibles. Eso es lo que se conoce como decisión y consentimiento informados.

Sin embargo, en oncología muchas veces esta decisión se toma en situaciones complicadas. Hay personas que llegan a un ensayo porque los tratamientos convencionales ya no funcionan, y entonces esta puede ser la única opción disponible. Otras lo eligen como una de varias alternativas junto a otros tratamientos estándar. Esto nos recuerda que los EECC no son solo un paso en la investigación, sino también una oportunidad real tanto para quienes ya no tienen más opciones como para quienes buscan acceder a terapias innovadoras. En estas situaciones, la autonomía del paciente convive con la presión que impone la enfermedad. Por eso es fundamental contar con un marco ético sólido que garantice que la decisión no esté condicionada por presiones indebidas ni por falsas expectativas.

 

Lo que nos enseñó la historia

No siempre existieron estas garantías. La historia de la investigación médica, fue atroz y recuerda episodios en los que se avanzó a costa de los derechos humanos. Uno de los más conocidos es el experimento de Tuskegee, en Estados Unidos, donde durante cuarenta años se negó tratamiento a cientos de hombres afroamericanos con sífilis para observar la evolución de la enfermedad. También hubo ensayos realizados sobre prisioneros o colectivos vulnerables sin su consentimiento.

Estos abusos marcaron un antes y un después. La comunidad internacional se organizó para crear normas éticas que protegiesen a los pacientes. La más influyente es la Declaración de Helsinki, redactada en 1964 por la Asociación Médica Mundial, que estableció principios que hoy siguen vigentes: la primacía del bienestar del paciente sobre cualquier interés científico, la necesidad del consentimiento informado y la supervisión independiente de los estudios. Estos principios se han actualizado para responder a nuevos dilemas, la ciencia nunca debe avanzar a costa de las personas.

 

Cómo funcionan los EECC

Aunque hablamos de ellos de forma general, no todos los EECC son iguales. Cada fase cumple una función distinta en la construcción de evidencia:

  • Fase I: primera administración en humanos, pocos participantes, para estudiar la seguridad.  
  • Fase II: mayor número de participantes, se evalúa la eficacia y la dosis óptima.
  • Fase III: se verifica la eficacia, requiere miles de participantes para obtener datos sólidos en su autorización.
  • Fase IV: seguimiento del fármaco una vez aprobado por las agencias reguladoras, para detectar efectos poco frecuentes o tardíos.

Este proceso refleja que la ciencia avanza de manera gradual, sumando evidencia paso a paso antes de llegar a la sociedad.

 

Retos actuales: ciencia y equidad

Aunque los EECC son hoy más seguros y regulados, todavía enfrentan desafíos importantes. Uno de ellos es la diversidad de los pacientes. En fases iniciales suele ser seleccionarse a personas con pocas enfermedades añadidas, para poder estudiar los efectos del fármaco en condiciones más controladas. Con el avance a fases posteriores, se amplía la inclusión para reflejar la realidad clínica, incluyendo a pacientes más diversos.

La representación racial y étnica también es un reto. Garantizar la diversidad es esencial para comprobar si existen diferencias en la respuesta a los tratamientos. Algunos promotores estadounidenses exigen a los investigadores un compromiso explícito de no excluir a personas de minorías históricamente infrarrepresentadas.

Otro desafío es la desigualdad en el acceso. No todos los hospitales participan en EECC, por lo que la posibilidad de acceder a terapias innovadoras depende del lugar de residencia y de la red sanitaria disponible. Para facilitar la búsqueda, existen plataformas como EU Clinical Trial Register o ClinicalTrials.gov donde los pacientes pueden consultar los ensayos autorizaos en distintos países.

Por último, los altos costes de la investigación, en ocasiones, condicionan qué proyectos se priorizan, dejando en segundo plano cánceres menos frecuentes o tratamientos con mecanismos más complejos.

 

Nuevas oportunidades

A pesar de estos retos, surgen nuevas oportunidades que están transformando la investigación en cáncer. La medicina de precisión, que busca tratamientos personalizados según el perfil genético de cada paciente, impulsa ensayos más adaptativos. Las plataformas digitales y la telemedicina permiten incluir pacientes que antes quedaban excluidos por barreras geográficas o logísticas. Además, la colaboración internacional, reforzada durante la pandemia, ha demostrado que compartir datos y recursos acelera los avances y mejora la solidez de los resultados.

Otro aspecto positivo es la participación de pacientes, familiares y asociaciones, que cada vez tienen más voz en el diseño de los estudios. Su implicación asegura que las investigaciones tengan en cuenta las necesidades reales de quienes viven con la enfermedad, humanizando la investigación.

 

Los pacientes, en el centro

Nada de esto sería posible sin la generosidad de los pacientes que aceptan participar. Cada persona que entra en un ensayo clínico lo hace en un contexto de incertidumbre, asumiendo riesgos y confiando en que la ciencia pueda ofrecerle una oportunidad. Su decisión no solo tiene un valor individual, sino también colectivo: contribuye a generar conocimiento que beneficiará a otros en el futuro.

 

Un esfuerzo compartido

Los EECC oncológicos requieren la colaboración de muchos profesionales en todas sus etapas: investigadores clínicos, coordinadores, monitores, farmacéuticos, enfermeras, técnicos de laboratorio e imagen, bioestadísticos, epidemiólogos, bioinformáticos y comités éticos, sin olvidar a quienes contribuyeron en las etapas previas.

Estos estudios son, en esencia, un esfuerzo colectivo. Gracias a él, cada ensayo clínico no solo genera conocimiento, sino que también abre puertas a tratamientos innovadores y ofrece alternativas para quienes conviven con cáncer.

Anticoncepción más allá de la píldora: Libertad, eficacia y la barrera como aliada permanente

Anticoncepción más allá de la píldora: Libertad, eficacia y la barrera como aliada permanente

María Susana Lafuente Pardos

20 de septiembre de 2025

La anticoncepción es un recurso fundamental en la salud reproductiva. Existen múltiples métodos para prevenir embarazos, pero no todos ofrecen la misma protección frente a las infecciones de transmisión sexual (ITS). Por eso, a la hora de elegir, no basta con pensar solo en la eficacia anticonceptiva: la barrera física, especialmente el preservativo, ocupa un lugar clave en la prevención global.

 

Métodos hormonales

 

Los métodos hormonales actúan principalmente inhibiendo la ovulación, modificando el moco cervical y alterando el endometrio. Sus principales opciones son:

 

Píldora combinada: contiene estrógeno y gestágeno, y se debe tomar diariamente. Ofrece gran eficacia si se sigue de forma correcta.

 

Minipíldora: solo contiene gestágeno. Indicada en lactancia y en mujeres con contraindicación para estrógenos. Requiere horarios muy estrictos.

 

Anillo vaginal: colocado en la vagina durante tres semanas, libera hormonas de forma continua y se retira una semana para inducir el sangrado.

 

Parche transdérmico: se debe cambiar semanalmente y libera hormonas a través de la piel.

 

Inyecciones intramusculares: administradas cada 1–3 meses, evitan la toma frecuente.

 

Implante subdérmico: pequeño cilindro bajo la piel del brazo, con una duración eficaz de 3 a 5 años.

 

DIU hormonal: dispositivo colocado en el útero, libera gestágeno localmente, reduce sangrado y puede permanecer activo entre 3 y 7 años.

 

Métodos no hormonales

 

DIU de cobre: crea un ambiente hostil para la fecundación. No altera el ciclo natural y dura hasta 10 años.

 

Método de amenorrea de la lactancia (MELA): basado en la lactancia exclusiva como inhibidor de la ovulación. Puede ser útil hasta los 6 meses posparto, siempre que la menstruación no haya reaparecido. Su eficacia es limitada y disminuye si las tomas no son exclusivas.

 

Esponjas vaginales: impregnadas con espermicida, se colocan antes de la relación. Menor eficacia en mujeres multíparas.

 

Espermicidas: cremas, geles o supositorios que inactivan espermatozoides. Requieren aplicación previa a cada relación y suelen combinarse con otro método.

 

Métodos de barrera: el pilar central

 

Aquí es donde debemos detenernos. Los métodos de barrera —preservativo masculino y femenino— son los únicos que protegen frente a las ITS, además de ser anticonceptivos eficaces si se utilizan de manera correcta y constante.

 

El preservativo masculino es el más difundido: económico, accesible y de uso sencillo. El preservativo femenino, menos conocido, se coloca en la vagina antes de la relación y también ofrece una protección eficaz. Ambos son métodos reversibles, sin efectos secundarios sistémicos y compatibles con cualquier otra estrategia anticonceptiva.

 

La Sociedad Española de Contracepción (SEC) recomienda el uso del doble método en muchas situaciones: combinar un anticonceptivo hormonal o un DIU con el preservativo. Esta estrategia permite disfrutar de la alta eficacia anticonceptiva de los métodos hormonales o intrauterinos, sumando la seguridad frente a infecciones que solo la barrera puede garantizar.

 

El mensaje clave es claro: sin preservativo no hay prevención de ITS, y el riesgo de transmisión está presente incluso en relaciones esporádicas o dentro de la pareja si no se ha descartado la infección mediante pruebas médicas.

 

El índice de Pearl: cómo se mide la eficacia

 

Cuando hablamos de eficacia anticonceptiva, se utiliza habitualmente el índice de Pearl. Este indicador estima cuántos embarazos ocurren por cada 100 mujeres que utilizan correctamente un método determinado durante un año. Cuanto más bajo es el índice, mayor es la eficacia.

 

Por ejemplo:

 

Métodos como el implante subdérmico, el DIU (hormonal o de cobre) o la esterilización tienen índices de Pearl inferiores a 1, lo que significa una eficacia muy alta.

 

Los anticonceptivos orales combinados, el parche o el anillo vaginal también muestran una alta eficacia, aunque pueden aumentar su índice de fallo si no se utilizan correctamente (olvidos, retrasos en la toma, mal uso).

 

Los preservativos tienen un índice algo mayor (alrededor de 2–15 según uso correcto o no), pero son insustituibles para la prevención de ITS.

 

Conocer el índice de Pearl ayuda a situar cada método en la práctica real y a comprender que la elección debe balancear eficacia, seguridad, accesibilidad y protección integral de la salud.

 

Beneficios y riesgos de los anticonceptivos hormonales

 

Los anticonceptivos hormonales, además de prevenir embarazos, aportan beneficios adicionales:

  • Reducen sangrado excesivo y dolor menstrual.
  • Mejoran síntomas de síndrome de ovario poliquístico y endometriosis.
  • Pueden disminuir el acné.
  • Reducen el riesgo de cáncer de ovario y endometrio.

 

No obstante, presentan contraindicaciones como ciertos casos trombosis, migraña con aura, hipertensión no controlada, hepatopatías graves o cáncer dependiente de hormonas. También pueden generar efectos secundarios como alteraciones del ánimo, disminución de la libido o sangrados irregulares.

 

La mejor opción anticonceptiva nace de una decisión informada

 

En definitiva, la anticoncepción no se reduce a elegir entre un método u otro. La edad, las condiciones médicas previas, el estilo de vida y las preferencias serán los criterios que usaremos para tomar la elección más eficaz y cómoda en cada caso. El abanico es amplio y cada método tiene unas indicaciones y ventajas. Además, los métodos de barrera siguen siendo la pieza clave, y son imprescindibles en prevención de infecciones de transmisión sexual.

 

El doble método, recomendado por la SEC, resume bien la estrategia más segura: método eficaz contra el embarazo + preservativo para proteger la salud sexual integral.

 

La decisión ideal es aquella que combina información, valoración clínica individualizada y el acompañamiento profesional. Así, cada mujer puede elegir lo que mejor se adapta a su cuerpo, a su vida y a su momento vital, con libertad y seguridad.

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Riesgos ocultos en el agua: precauciones frente a las amebas de vida libre

Riesgos ocultos en el agua: precauciones frente a las amebas de vida libre

María Teresa Fernández Rodrigo

4 de julio de 2025

¿Qué son las Amebas de Vida Libre (AVL)?

Las amebas de vida libre (AVL) son protozoos de los que quizá no has escuchado hablar nunca y, sin embargo, se encuentran ampliamente distribuidos en la Naturaleza y en contacto con personas, animales y plantas. El nombre de “ameba” se deriva de la antigua palabra griega amoibé, que significa “el cambio” que, hace referencia al aspecto cambiante de este microorganismo cuando se mueve mediante pseudópodos. Son ubicuos en la Naturaleza y son llamados de “vida libre” porque pueden vivir en cualquier hábitat húmedo o acuático, aerobio o anaerobio y habitualmente no son patógenas. Han sido aislados en el agua de piscinas, en el mar, el suelo, plantas, lentes de contacto, agua embotellada, agua de red pública.

El grupo de protistas ameboides comprenden un grupo muy extenso y diverso con más de 15000 especies y la mayoría de ellas, aunque están en contacto permanente con las personas, no suponen un riesgo para salud humana. Sin embargo, en algunas condiciones pueden comportarse como patógenos oportunistas. Existe evidencia de que algunos géneros como Acanthamoeba spp., Balamuthia mandrillaria , Vermamoeba vermiformis, Naegleria fowleri entre otras, pueden ser patógenas y provocar graves enfermedades.

La principal enfermedad que puede producir la ameba del género Acanthamoeba spp. es una grave lesión en la córnea (queratitis infecciosa) que, si no es diagnosticada y tratada a tiempo, puede llevar a la pérdida parcial o total de la visión del ojo afectado. La Naegleria Fowleri apodada “ameba como cerebros” es una ameba de mayor virulencia y su afinidad por el tejido cerebral puede provocar una meningoencefalitis amebiana primaria (MAP) de consecuencias fatales en poco tiempo. Afortunadamente, la Universidad de la Laguna ha patentado una molécula para el tratamiento de la enfermedad causada por esta ameba.

¿Cuál es el riesgo real?

En España, los datos relativos a la epidemiología de estas AVL en aguas destinadas al uso humano (consumo o recreo) son escasos, y se centran fundamentalmente en las Islas Canarias y en el noreste peninsular. Sin embargo, si estos protozoos consiguen colonizar e invadir los tejidos y órganos diana pueden ser peligrosas, pero no todas las personas tenemos la misma susceptibilidad ni similares factores de riesgo.

¿Quiénes deben protegerse?

El contacto que habitualmente tenemos con el agua es diario y se hace más frecuente en esta época estival. En relación con las amebas del género Acanthamoeba spp., es fundamental conocer los riesgos asociados y adoptar las medidas preventivas adecuadas. En particular, las personas que utilizan lentes de contacto deben retirarlas antes de bañarse, ducharse o sumergirse en cualquier medio acuático ya que, el contacto con agua contaminada puede favorecer la entrada del patógeno y aumentar el riesgo de queratitis por Acanthamoeba. Una medida general muy importante consiste en mantener una higiene adecuada de las lentes de contacto y protegerlas siempre en los recipientes preparados para ello.

Las lesiones cerebrales graves causadas por Naegleria fowleri son muy poco frecuentes en España, ya que esta ameba termófila prefiere climas templados y cálidos y resulta bastante sensible a los tratamientos de desinfección convencionales, como el cloro. Aunque no representa la norma en nuestro país, en 2018 en Toledo, se documentó un caso en una niña tras bañarse en una piscina cubierta. Sin embargo, N. fowleri sí se ha aislado en medios donde el agua está templada o caliente, especialmente en aquellos sistemas donde se forman biofilm y temperaturas elevadas, condiciones que favorecen su persistencia y proliferación. Por ello, se recomienda mantener limpios y libres de biofilm los conductos de agua (como los de aire acondicionado, piscinas, jacuzzis, fuentes, termos, griferías…), y asegurar una cloración y desinfección adecuadas.

Cómo actúa esta ameba: cuando se sumerge la cabeza en el agua, penetra a través de las fosas nasales atravesando la lámina cribosa del etmoides y llega hasta el cerebro, provocando esta grave infección. Para prevenir el contagio es recomendable no sumergirse en el agua tibia de lagos, aguas termales, piscinas… o si se hace, debe evitarse que penetre el agua por la nariz.

¿Y si ingerimos agua contaminada con amebas?

No representa riesgo digestivo, pero siempre debe asegurarse la potabilización del agua, ya que fuentes naturales pueden contener otros patógenos como Giardia spp. Cryptosporidium spp. o Salmonella spp.

Las AVL pueden comportarse como un “caballo de Troya”

Otra característica de las AVL es su fuente de alimentación principal: las bacterias. Cuando las bacterias son fagocitadas por la AVL se ha demostrado que algunas de estas bacterias, han desarrollado una relación de simbiosis con la ameba y son capaces de sobrevivir en el interior y, además, les confieren cierta protección. Cuando el medio se hace hostil la ameba se enquista, resiste y sobrevive con las bacterias en su interior, hasta que el medio vuelve a ser propicio para ellas. En ese momento puede liberar las bacterias que, incluso se han multiplicado, contaminando de esta forma el agua. Estas bacterias pueden ser realmente peligrosas y patógenas para el ser humano como Legionella, Pseudomonas, Helicobacter Pylori y cianobacterias tóxicas.

¿Debemos entonces erradicar las AVL del medio natural?

En absoluto. En primer lugar, porque sería casi imposible ya que son medioambientales y en segundo lugar, porque forman parte del ecosistema y del equilibrio natural.

Lo importante es evitar que se acumulen y proliferen en exceso estos protozoos sobre todo en los biofilms. Para ello, es clave mantener limpios los filtros, las tuberías y las paredes de las piscinas, además de tratar correctamente el agua. Aun así, lo más recomendable es que las personas con factores de riesgo tomen precauciones para protegerse y evitar una posible exposición que pueda causarles daños graves.

No obstante, si es portador de lentes de contacto y en algún momento observan una lesión en la córnea tras el contacto con el agua, acudan a su oftalmólogo lo antes posible para iniciar el tratamiento.

Disfruta del agua este verano, pero con responsabilidad. ¡Feliz verano!

SIBO ¿Pandemia o sobrediagnóstico?

SIBO ¿Pandemia o sobrediagnóstico?

María Badía Martínez
27 de junio de 2025
El sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado (SIBO) es una enfermedad conocida desde tiempos remotos. El SIBO (Small Intestinal Bacterial Overgrowth), por sus siglas en inglés, se definía antiguamente como el crecimiento excesivo de bacterias en el intestino delgado o la contaminación por bacterias provenientes del colon, asociado a síntomas de malabsorción, como hinchazón, diarrea y déficit de vitamina B12.

Esta definición no era controvertida y se sospechaba en pacientes con un síndrome de malabsorción y diarrea crónica debido a una causa predisponente quirúrgica o médica.

 

En la actualidad, el SIBO se diagnostica cuando existe una concentración de ≥ 103 unidades de bacterias colónicas formadoras de colonias por mililitro (UFC/mL) en el cultivo del aspirado duodenal/yeyunal. Este diagnóstico es complejo y poco práctico, ya que conlleva la realización de una prueba invasiva como una gastroscopia.

En este sentido, las pruebas de medición del hidrógeno en el aire espirado son una alternativa diagnóstica y se aplican, actualmente, para detectar SIBO como método diagnóstico indirecto, aunque sin una base científica obtenida mediante ensayos clínicos controlados. Es decir, las pruebas disponibles hasta el momento son poco precisos. Incluso se desconoce si la normalización de estas pruebas es realmente garantía de curación, ya que muchos de ellos no están validados ni son reproducibles.

Recientemente, el término SIBO se ha popularizado, debido a la alta prevalencia reportada desde que se diagnostica de manera indirecta, y gracias a la difusión de la enfermedad por “influencers” en las redes sociales.

 

La definición actual del SIBO ha generado polémica debido a que su espectro se ha ampliado más allá de la malabsorción. Por ello, en 2024, y debido a la gran incertidumbre generada, un grupo de expertos de la AEG (Asociación Española de Gastroenterología) y la ASENEM (Asociación Española de Neurogastroenterología y Motilidad), se pusieron manos a la obra para intentar dar un poco de luz sobre esta enfermedad. Realizaron un estudio formulando preguntas fundamentales sobre el manejo de la patología y dando respuesta a las mismas, de acuerdo con la evidencia científica disponible hasta el momento. Se trata de un documento práctico para el manejo de pacientes con SIBO y ayuda a contrarrestar la desinformación actual que existe sobre la enfermedad.

Así mismo, la Guía Europea editada en el año 2022 para la indicación de test de aliento de hidrógeno (H2) y metano (CH4), propone que, aún en ausencia de un consenso absoluto para la interpretación de sus resultados, y hasta disponer de un verdadero patrón oro para el diagnóstico de SIBO, se considere la realización de las pruebas en pacientes con hinchazón, dolor abdominal y/o signos de malabsorción, una vez descartados otros diagnósticos mediante técnicas endoscópicas o de imagen, y especialmente si hay factores predisponentes.

Estos factores predisponentes son sobre todo alteraciones anatómicas y estructurales intestinales, como cambios posquirúrgicos, asas ciegas, estenosis y fístulas o diverticulosis yeyunal; trastornos graves de la motilidad (conectivopatías graves, amiloidosis y enfermedad de Parkinson); trastornos endocrinos y metabolopatías avanzadas (aclorhidria, hipotiroidismo y diabetes mellitus); diversos fármacos; y una miscelánea constituida por condiciones como rosácea, inmunodeficiencias, enfermedad inflamatoria intestinal, enfermedad celíaca, enteritis radica, pancreatitis crónica, hepatopatía o nefropatía graves y el síndrome del intestino irritable (SII), con mayor riesgo en la forma con predominio de diarrea.

En ausencia de dichos factores predisponentes bien definidos, la probabilidad de tener un SIBO es baja y la decisión de realizar pruebas para diagnosticarlo no estaría justificada.

En conjunto, los síntomas compatibles con SIBO, muchas veces pueden confundirse con una disbiosis intestinal, entidad mucho más frecuente y con un tratamiento distinto.

 

La disbiosis intestinal se define por el desequilibrio en la microbiota intestinal. Una pérdida de dicha diversidad junto el desequilibrio entre las proporciones de cepas bacterianas puede provocar graves consecuencias.

La microbiota intestinal está formada por más de 1.000 especies microbianas, incluyendo bacterias, arqueas y eucariotas. Alcanzan su mayor proliferación en el colon y son parte funcional y no prescindible del organismo humano: aportan genes (microbioma) y funciones adicionales a los recursos de nuestra especie, participando en múltiples procesos fisiológicos (desarrollo somático, nutrición, inmunidad, etc.). La microbiota juega un papel relevante en la salud y en la enfermedad, aunque todavía no tenemos respuestas definitivas para describir cómo es la simbiosis perfecta entre microorganismos y humanos, o cuál es la proporción o combinación de microorganismos más adecuada para cada individuo. En personas sanas, la composición de la microbiota intestinal es sumamente diversa, con cepas bacterianas protectoras que superan en número a las cepas potencialmente perjudiciales.

Múltiples factores como el uso de antibióticos y otros fármacos, estrés, factores genéticos, dieta, estilo de vida, etc., se han implicado en el origen de la disbiosis. Si el factor desencadenante es intenso o persistente en el tiempo, el proceso puede conducir a enfermedad intestinal, generalmente de tipo crónico o recurrente y de patrón inflamatorio.

 

Como todos sabemos, la salud de un individuo depende de múltiples factores, su biología (genética, desarrollo, envejecimiento), estilo de vida (alimentación, ejercicio, consumo de fármacos, hábitos tóxicos, etc.), medio ambiente (factores externos físicos, químicos, biológicos, psicosociales, socioculturales, etc.) y del sistema sanitario que le atiende (utilización de servicios, eficacia, eficiencia, etc.). La colonización microbiana está implicada, de un modo u otro, en muchas de esas variables. En concreto, la investigación experimental y clínica de la última década ha subrayado el impacto funcional de las comunidades microbianas que habitan el intestino de los animales, incluyendo el ser humano.

Definir con precisión la población microbiana en el intestino delgado asociada al SIBO es por tanto un desafío, y se espera que futuros estudios de la microbiota mediante secuenciación de nueva generación proporcionen un nuevo concepto de SIBO, tanto en términos cuantitativos como cualitativos.

Mientras tanto, debemos informar correctamente a los pacientes y tener mucha cautela antes de diagnosticarles de SIBO, interpretando únicamente un test indirecto de aire espirado, sin tener en cuenta los riesgos del tratamiento, antecedentes y un contexto clínico adecuado.