La alfabetización en salud como pilar de la seguridad del paciente

La alfabetización en salud como pilar de la seguridad del paciente

Andrea Ugencio Isarre

18 de abril de 2026

Según la RAE, el termino seguridad es la cualidad de seguro y es sinónimo de “ausencia de peligro” o  “imposibilidad de fallo”.

 

El concepto de seguridad del paciente hace referencia a “la ausencia de daños prevenibles en los pacientes y la reducción hasta un mínimo aceptable del riesgo de causarles innecesariamente daños al atenderlos”.

 

El 17 de septiembre se conmemora el día mundial de la seguridad del paciente. Y el tema escogido para este año 2025 es “Cuidados seguros para todos los recién nacidos y todos los niños”. La OMS tiene como objetivo sensibilizar a la comunidad con el lema “La seguridad del paciente desde el principio” e impulsar medidas para eliminar los daños y eventos adversos en la atención pediátrica y neonatal.

 

Al identificar las deficiencias, errores y factores de riesgo que conducen a un evento adverso, se pueden desarrollar medidas correctivas para prevenir errores similares. Las revisiones coinciden en que la vulnerabilidad pediátrica aumenta la probabilidad de error y los eventos adversos notificados con mayor frecuencia en las UCIN (Unidades cuidados Intensivos Neonatales) son los relacionados con medicamentos (incluida la nutrición), los errores de tratamiento, la identificación errónea del paciente  y los incidentes en los procedimientos de diagnóstico. Descubrir la causa de estos errores, así como brindar soluciones viables para evitarlos, es un desafío.

 

La intervención de las instituciones sanitarias para identificar estos errores internos y promover programas para su detección y corrección es fundamental, así como todos aquellos factores que los favorecen.

 

Pero existe un factor clave que se debe destacar para mejorar la seguridad, que es la participación del paciente. La educación y capacitación del paciente son esenciales para reducir el daño, por lo que la alfabetización en salud es un predictor poderoso de los resultados de atención.

 

La alfabetización en salud no se limita únicamente a leer información médica, sino que engloba las habilidades de comprender, evaluar e incluso cuestionarse las indicaciones sanitarias.

 

Diversos estudios concluyen que la falta constante de estrategias de alfabetización en salud al comunicarse con pacientes y familias conduce a errores de seguridad. La mala comprensión de los nombres de los medicamentos, las indicaciones poco claras, múltiples instrucciones y las dificultades para comprender y ejecutar las instrucciones del alta, conduce a errores. Estas situaciones se agravan en poblaciones vulnerables, como es la pediátrica, ya que se requiere de la actuación de los padres o cuidadores.

 

Por el contrario, cuando los pacientes o sus familias poseen un nivel adecuado de alfabetización en salud, se incrementa su disposición a participar de manera activa en los procesos de atención, a realizar preguntas, a verificar la información sobre medicación o procedimientos, e incluso a detectar posibles errores antes de que lleguen al paciente. De este modo, la alfabetización en salud actúa como un mecanismo protector, que convierte al paciente en un agente corresponsable de su seguridad.

 

Las instituciones sanitarias también juegan un papel central en este ámbito. La creación de entornos considerados como “health literate organizations” —organizaciones que se esfuerzan en comunicar de forma clara, accesible y adaptada al nivel de comprensión de cada persona— favorece que la información crítica sea entendida y aplicada correctamente. Estrategias como el uso de lenguaje claro, materiales visuales, el método teach-back (que consiste en pedir al paciente que repita con sus palabras las instrucciones recibidas) o el diseño de guías y checklists dirigidas a pacientes y familias han mostrado resultados positivos en la reducción de errores de medicación y en la mejora de la adherencia terapéutica.

 

En definitiva, la alfabetización en salud no debe considerarse un complemento, sino un componente esencial de la seguridad del paciente. Favorecerla implica empoderar a las personas para que participen de forma informada en su cuidado, reducir la ocurrencia de incidentes prevenibles y avanzar hacia un modelo de atención más seguro, equitativo y centrado en el paciente.

 

 

Red Española de Alfabetización para la Salud

 

Es una red de profesionales con interés en promover alfabetización en salud, integrando pacientes, población general, profesionales y organizaciones.

 

Actualmente, no hay registrados de forma oficial hospitales españoles como “Health Literate Organizations” y que contengan todos los requisitos establecidos para ello. Sin embargo, varios hospitales:

 

  • Ya han comenzado con estudios/iniciativas relevantes.
  • Miden el nivel de alfabetización en salud en personal y pacientes.
  • Implementan programas de educación de pacientes/familias.

La otra medicación

María empieza quimioterapia para un cáncer de mama. En casa, cada mañana, añade cúrcuma a su infusión. Se lo recomendó alguien con buena intención. No lo comenta en consulta. No lo considera importante. “No es un medicamento”, piensa, “es algo natural”.

 

En oncología, esta escena se repite más de lo que imaginamos. Diversas revisiones sistemáticas estiman que entre un 30 y un 50 % de las personas con cáncer utilizan terapias complementarias durante el tratamiento activo. Muchas no lo comunican al equipo sanitario. No siempre por desconfianza: a veces porque nadie lo pregunta, otras porque creen que “lo natural” queda fuera de la historia clínica.

 

Las razones suelen ser profundamente humanas: el deseo de participar activamente en el proceso, de no quedarse inmóvil ante la enfermedad; la necesidad de sentir que uno hace algo más por sí mismo; la esperanza depositada en aquello que suena menos agresivo que la palabra quimioterapia.

 

Sin embargo, el organismo no distingue entre lo que se prescribe y lo que se compra por iniciativa propia. Todo lo que ingerimos atraviesa los mismos sistemas que metabolizan los fármacos antineoplásicos. Algunas plantas medicinales o suplementos pueden modificar la concentración de los tratamientos al interferir en su metabolismo o eliminación, un riesgo descrito también en revisiones recientes sobre interacciones planta-fármaco en oncología.

 

Existen ejemplos bien documentados. La hierba de San Juan puede reducir las concentraciones plasmáticas de irinotecán al inducir enzimas metabólicas. El zumo de pomelo puede aumentar niveles de fármacos metabolizados por CYP3A4 al inhibir su degradación intestinal. Extractos concentrados de té verde han mostrado interferencias con terapias como el bortezomib.     En los últimos años también se ha estudiado la curcumina —presente en la cúrcuma— por su capacidad para modular enzimas y transportadores implicados en el metabolismo de fármacos, lo que refuerza la importancia de comentar su uso durante tratamientos oncológicos.

 

No se trata de generar alarma. Se trata de recordar que lo natural también tiene actividad biológica. El verdadero problema rara vez es la infusión. Es el silencio.

 

Una revisión sistemática sobre divulgación del uso de terapias complementarias muestra que muchas personas no informan por miedo a la desaprobación o porque creen que no es relevante mencionarlo. Cuando el equipo sanitario desconoce todo lo que una persona está tomando, trabaja con información incompleta. Y la seguridad terapéutica depende, en gran medida, de conocer la historia completa.

 

Como residente de Enfermería Familiar y Comunitaria, he aprendido que muchas decisiones sanitarias no nacen en la consulta, sino en la intimidad del hogar: en una conversación con un familiar, en un vídeo viral, en una recomendación bienintencionada. Si no preguntamos de forma abierta y sin juicio, es fácil que esas prácticas queden fuera del relato clínico. Y cuando no aparecen en la conversación, tampoco entran en la toma de decisiones compartida.

 

Las principales sociedades científicas recomiendan preguntar de forma explícita y sistemática por el uso de terapias complementarias durante el tratamiento oncológico, integrando esta conversación en la práctica clínica habitual. No como un interrogatorio ni como un juicio, sino como una estrategia de seguridad y de confianza.

 

Nombrar “la otra medicación” no significa prohibirla. Significa ampliar la mirada clínica para incluir todo aquello que influye en la salud de una persona. Porque a veces la intervención más eficaz es abrir una pregunta sencilla: “¿Estás tomando algo más que creas que puede ser importante contarme?”.

 

En un contexto donde la desinformación en salud circula con rapidez, la conversación honesta se convierte también en una herramienta terapéutica. La seguridad empieza en el laboratorio, pero no termina en la prescripción: continúa cuando alguien se siente escuchado.     Y quizá ahí esté el verdadero reto de quienes cuidamos: no sólo saber qué productos naturales toma María, sino crear el espacio adecuado para que quiera contarlo.

Prevención del cáncer de cuello de útero: la importancia del cribado y la citología

Prevención del cáncer de cuello de útero: la importancia del cribado y la citología

Natalia Costas Ramón
26 de marzo de 2026
El cáncer de cuello de útero, también conocido como cáncer de cérvix, constituye un importante problema de salud pública a nivel mundial. Sin embargo, se trata de uno de los tumores más prevenibles gracias a la combinación de estrategias como la vacunación frente al virus del papiloma humano (VPH) y los programas de cribado poblacional. En España, la incidencia de este cáncer es relativamente baja en comparación con otros países europeos, situándose en torno a 5,2 casos por cada 100.000 mujeres al año, aunque sigue siendo el cuarto cáncer más frecuente entre mujeres jóvenes de 15 a 44 años.

 

La principal causa del cáncer de cuello uterino es la infección persistente por el VPH, una infección de transmisión sexual muy común. Aunque la mayoría de las infecciones por VPH se resuelven espontáneamente, algunas pueden provocar alteraciones celulares que, con el tiempo, evolucionan hacia lesiones precancerosas y, eventualmente, cáncer invasivo.

 

En este contexto, la prevención secundaria mediante el cribado adquiere un papel fundamental. El objetivo de estos programas es detectar lesiones precancerosas antes de que progresen a cáncer, permitiendo así un tratamiento precoz y eficaz. De hecho, el cribado ha demostrado reducir tanto la incidencia como la mortalidad asociada a este tumor.

 

A nivel internacional, la Organización Mundial de la Salud lanzó en 2020 una estrategia global para impulsar la eliminación del cáncer de cuello uterino como problema de salud pública. Esta iniciativa establece los conocidos objetivos “90-70-90” para el año 2030: que el 90% de las niñas estén vacunadas frente al VPH antes de los 15 años, que el 70% de las mujeres sean sometidas a pruebas de cribado de alta precisión a lo largo de su vida (preferentemente a los 35 y 45 años), y que el 90% de las mujeres con lesiones precancerosas o cáncer reciban el tratamiento adecuado. Esta estrategia refuerza la importancia de combinar prevención primaria (vacunación) y secundaria (cribado) para lograr una reducción significativa de la incidencia y mortalidad a nivel global.

 

 

La citología cervical como herramienta clave

 

La citología cervical ha sido durante décadas la técnica principal de cribado del cáncer de cuello de útero. Consiste en la obtención de una muestra de células del cuello uterino mediante una espátula o un pequeño cepillo, que posteriormente se analizan en el laboratorio para detectar posibles alteraciones celulares. Se trata de una prueba sencilla, rápida y generalmente indolora. Para realizarla, se introduce un espéculo en la vagina con el fin de visualizar el cuello uterino y recoger la muestra. El procedimiento dura unos minutos y no requiere preparación compleja, lo que facilita su implementación en programas de salud pública.

 

La citología permite identificar cambios celulares en fases muy tempranas, incluso antes de que aparezcan síntomas. Esto es clave, ya que el cáncer de cuello uterino suele desarrollarse lentamente, pasando por etapas precancerosas que pueden durar años.

 

 

¿Cuándo y con qué frecuencia realizar la citología?

 

Las recomendaciones sobre la periodicidad del cribado pueden variar ligeramente según las guías clínicas. En España, existen pautas establecidas en torno a la edad:

 

  • Entre los 25 y 29 años: se recomienda realizar una citología cada 3 años.
  • Entre los 30 y 65 años: el cribado se basa preferentemente en la detección del VPH de alto riesgo cada 5 años, aunque la citología sigue siendo una alternativa válida en algunos contextos.
  • A partir de los 65 años: puede suspenderse el cribado si los controles previos han sido normales.

 

Estas recomendaciones responden a la evidencia científica que demuestra que la repetición periódica de las pruebas permite detectar de forma eficaz las lesiones precursoras.

 

 

Población diana del cribado

 

El cribado del cáncer de cuello de útero está dirigido principalmente a mujeres entre los 25 y 65 años, independientemente de si presentan síntomas. Esto se debe a que las lesiones precursoras suelen ser asintomáticas, y su detección depende exclusivamente de las pruebas de cribado.

 

Las mujeres que han sido sometidas a una histerectomía total por causas benignas y sin antecedentes de lesiones cervicales de alto grado no requieren continuar con el cribado. Asimismo, en mujeres vacunadas frente al VPH, las recomendaciones pueden adaptarse ligeramente, aunque en general se mantiene la necesidad de participar en los programas de cribado, ya que la vacuna no cubre todos los tipos de virus oncogénicos.

 

 

Otras técnicas complementarias

 

En los últimos años, el cribado del cáncer de cuello uterino ha evolucionado incorporando nuevas técnicas, especialmente la detección del ADN del VPH. Esta prueba permite identificar la presencia de los tipos de virus con mayor capacidad oncogénica y se utiliza cada vez más como método principal en mujeres mayores de 30 años.

 

Cuando la citología o la prueba del VPH muestran resultados anormales, se recurre a técnicas diagnósticas complementarias como la colposcopia, que permite examinar el cuello uterino con mayor detalle y realizar biopsias si fuera necesario.

 

 

Conceptos claves en torno a la prevención y diagnóstico

 

La prevención del cáncer de cuello de útero es un ejemplo claro de éxito en salud pública. Gracias al conocimiento de su causa principal —la infección por el VPH— y al desarrollo de programas de cribado eficaces, es posible detectar la enfermedad en fases tempranas o incluso evitar su aparición.

 

La citología cervical sigue siendo una herramienta fundamental en este proceso. La participación activa en los programas de cribado y el cumplimiento de las recomendaciones de periodicidad son esenciales para reducir la incidencia y la mortalidad de este cáncer en la población. En definitiva, el cáncer de cuello de útero es en gran medida prevenible, y la clave reside en la combinación de educación sanitaria, vacunación y diagnóstico precoz mediante técnicas como la citología.

 

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El silencio ensordecedor de la endometriosis

El silencio ensordecedor de la endometriosis

Natalia Barrio Forné
14 de marzo de 2026
A nivel mundial, alrededor del 10% de las mujeres en edad reproductiva padecen endometriosis, una enfermedad dependiente de los estrógenos, caracterizada por la presencia de células epiteliales y/o estromales fuera del endometrio y del miometrio. Estas células son similares a las que conforman el endometrio; por lo que al situarse en otra ubicación distinta a la habitual, causan un proceso inflamatorio.

 

Se desconoce la causa exacta pero las investigaciones más recientes apuntan a una influencia de factores genéticos, hormonales e inmunológicos. Tampoco está descrita en la actualidad una curación médica o quirúrgica eficaz, lo que cataloga esta enfermedad como crónica.

 

 

Síntomas asociados a la endometriosis

 

Los síntomas más comunes son el dolor pélvico, fatiga moderada-severa e infertilidad. Esta triada sintomatológica causa una disminución de la calidad de vida y una gran repercusión en el gasto socio-sanitario derivado de las pruebas diagnósticas necesarias, tratamiento y ausencias laborales.

 

El 90% de las mujeres que padecen esta patología presentan dolor pélvico, el cual puede estar presente durante la menstruación (dismenorrea), fuera de ésta y durante las relaciones sexuales con penetración profunda en la vagina (dispareunia profunda). La intensidad del dolor varía de unas mujeres a otras, sin tener relación con el número, la ubicación o el tipo de lesiones.

 

Al igual que sucede en otras personas con dolor crónico, las mujeres que presentan endometriosis tiene más posibilidades de referir fatiga moderada-severa, cuya prevalencia se sitúa entorno al 50%. Este cansancio no está relacionado con anemia y puede repercutir en la calidad del sueño y en el ánimo.

 

Otra problemática asociada a la endometriosis es la infertilidad, que aparece en el 26% de los casos. Esta relación está contemplada entre los estudios recientes pero, a pesar de ello, no se conocen los mecanismos implicados y está calificada como una etiología multifactorial.

 

 

Como mejorar la calidad de vida

 

La endometriosis provoca un gran impacto en el bienestar físico, mental, social y sexual para las mujeres que la padecen por lo que es importante crear herramientas que puedan mejorar su calidad de vida y el tratamiento clínico.

 

Para conseguir un mejor tratamiento clínico, en Aragón en 2022 se actualizó el programa de atención a la endometriosis. Este documento se consensuó de forma multidisciplinar con el trabajo de ginecólogos, fisioterapeutas, matronas y otras especialidades médicas. En éste, se estableció un circuito de atención tanto en el ámbito hospitalario como en los centros de salud que contempla no solo el tratamiento de la enfermedad, sino también la reproducción, la sexualidad, el suelo pélvico y el área psicosomática.

 

Derivado de este programa, en 2023 se creó un folleto informativo dirigido a las pacientes que define la enfermedad y orienta en la evolución, diagnóstico y tratamiento. Además, con el objetivo de contribuir a una mejora de la calidad de vida, se informa sobre la Asociación de Afectadas de Endometriosis de Aragón, una organización que reconoce la afectación que puede tener en el entorno familiar, social y laboral y que ayuda a afrontar los problemas que puedan surgir tanto en las mujeres diagnosticadas como en sus familiares.

 

La endometriosis se vuelve parte de la rutina de estas mujeres, quienes precisan de estrategias de afrontamiento ya que puede acarrear deficiencias importantes y sentimientos de frustración. Es fundamental destacar que la detección precoz y tratamiento clínico ayudan a recuperar la calidad de vida pero en muchos casos no es suficiente.

 

El tiempo transcurrido desde el diagnostico es directamente proporcional a la afectación en la vida diaria, es decir, cuantos más años han pasado desde que la mujer conoce su patología más insatisfacción perciben y los síntomas de depresión y ansiedad son más intensos y frecuentes. Esto está conectado con el apoyo familiar y laboral, puesto que muchas veces se infravalora el dolor menstrual, se normaliza y obliga a las mujeres diagnosticadas a cumplir con sus responsabilidades con la presión de soportar el dolor.

 

 

Conclusión

 

La endometriosis es una enfermedad crónica que incapacita cuando se presenta la sintomatología. Es por ello que es importante no solo tratar la sintomatología sino dar soporte emocional para que las mujeres que la padezcan puedan afrontar más satisfactoriamente la presencia de la patología en su vida.

 

También es necesario impulsar la investigación en este campo para lograr una curación de la endometriosis, lo que implicaría, no solo la desaparición de la cronicidad, sino la recuperación del bienestar, tan necesario para las mujeres diagnosticadas de endometriosis.

 

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Comunicación afectiva y sexual desde la infancia: El papel de Atención Primaria

Comunicación afectiva y sexual desde la infancia: El papel de Atención Primaria

Laura Frac Losantos

4 de marzo de 2026

La educación afectiva y sexual forma parte del crecimiento de niños y adolescentes. No se trata solo de hablar de sexualidad, sino de aprender a relacionarse, a respetarse a uno mismo y a los demás, y a tomar decisiones saludables a lo largo de la vida. Contar con información clara, veraz y adaptada a cada edad es fundamental para el bienestar emocional y social de los menores.

 

Hoy en día, muchos niños y adolescentes acceden muy pronto a la tecnología. Internet y las redes sociales ofrecen información inmediata, pero no siempre adecuada a la edad del menor e incluso a veces no fiable. Cuando la sexualidad se aprende a través de mensajes confusos o poco realistas, pueden aparecer miedos, dudas, expectativas irreales y problemas emocionales, especialmente durante la adolescencia.

 

Además en las últimas décadas, los sistemas de vigilancia epidemiológica de infecciones de transmisión sexual han detectado un considerable aumento de dichas infecciones, como la infección gonocócica, sífilis, Clamydia trachomatis y otras infecciones de este grupo.

 

Hablar de sexualidad no es algo puntual, sino un proceso que comienza en la infancia y continúa a lo largo de la vida. La familia y la escuela juegan un papel fundamental, pero también el entorno social. Los adultos educamos con nuestras palabras, pero también con nuestros silencios, gestos y actitudes. Incluso cuando evitamos el tema, estamos transmitiendo mensajes que los niños interpretan.

 

Si los menores no cuentan con un acompañamiento adecuado, pueden formarse ideas equivocadas sobre las relaciones y la sexualidad, lo que aumenta el riesgo de conductas poco saludables. Por eso, es importante crear espacios seguros donde puedan preguntar, expresar dudas y recibir respuestas adaptadas a su edad.

 

Para fomentar esa correcta eduación sexual, reforzar el vínculo de comunicación en la familia al respecto o resolver dudas que tanto al menor como a los padres pudieran surgir, el equipo de atención primaria puede ser un buen referente al respecto, ya sea en consulta con el menor y familiar o como actividad comunitaria en la escuela u otros.

 

 

La Atención Primaria como espacio de confianza

 

La consulta de Atención Primaria es un lugar cercano y habitual para las familias, y puede convertirse en un espacio de confianza para abordar la educación afectiva y sexual.

 

Desde el nacimiento hasta la edad de 14 años se desarrolla el programa de revisión del niño sano que incluye revisiones periódicas del correcto desarrollo psicofísico del menor. Esta actividad longitudinal en el tiempo hace que el personal de enfermería y médico responsable de estas revisiones creen un vínculo muy estrecho con el menor y sus familiares, donde la confianza se hace fuerte y esto se puede utilizar para fomentar la enseñanza en educación afectiva y sexual.

 

Durante las revisiones del niño sano, especialmente alrededor de los 12 años, los profesionales sanitarios pueden valorar qué información tiene el menor y ofrecer orientación sencilla y comprensible. Es justo en esta revisión donde a niñas y niños se administra la vacuna frente al Virus del Papiloma Humano (VPH), lo que permite introducir de forma natural la importancia del cuidado del cuerpo y la prevención de enfermedades. La presencia de los padres en estas consultas facilita el diálogo familiar y refuerza su papel como principales referentes.

 

El contacto continuado con el personal de enfermería y el equipo sanitario a lo largo de la infancia ayuda a generar un clima de cercanía y seguridad, donde hablar de estos temas resulta más sencillo y natural.

 

 

Aprender en comunidad

 

Además del ámbito sanitario, muchos centros educativos desarrollan programas de educación afectiva y sexual adaptados a las distintas edades. Estas iniciativas ayudan a los niños y adolescentes a conocerse mejor, a respetar la diversidad y a establecer relaciones basadas en el cuidado y el respeto mutuo.

La colaboración entre centros educativos y equipos de Atención Primaria, a través de charlas o talleres, refuerza los mensajes y contribuye a una educación más completa y coherente.

 

 

Beneficios que van más allá de la información

 

Cuando la educación afectiva y sexual se aborda de forma adecuada, los beneficios son claros. Los niños y adolescentes adquieren herramientas para tomar decisiones responsables, retrasar conductas de riesgo y aprenden a cuidarse física y emocionalmente.

 

Además, una buena educación afectiva y sexual contribuye a prevenir infecciones de transmisión sexual, embarazos no deseados y situaciones de violencia o abuso, favoreciendo un desarrollo más sano y una mayor satisfacción personal y social.

Determinantes sociales del bienestar: Una perspectiva desde el trabajo social

Determinantes sociales del bienestar: Una perspectiva desde el trabajo social

Paloma Martí

21 de febrero de 2026

¿En qué medida el entorno social condiciona la capacidad de una persona para mantener un estado de bienestar físico y mental?

 

Las circunstancias en las que las personas nacen, crecen, trabajan, viven y envejecen influyen de manera decisiva en su estado de salud. Esta no depende únicamente de factores biológicos o médicos, sino que está determinada en gran medida por condiciones sociales, económicas y culturales conocidas como determinantes sociales de la salud.

 

 

La salud sigue un gradiente social

 

 

Cuanto más desfavorable es la posición socioeconómica de una población, menores ingresos, bajo nivel educativo y condiciones precarias de vivienda, peor es su estado general de salud. La propia Organización Mundial de la Salud define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, lo que implica que no basta con la ausencia de enfermedad, sino que es necesario contar con condiciones que permitan el desarrollo pleno en todos los ámbitos de la vida”.

 

En este contexto, resulta fundamental abordar el concepto de justicia social. A diferencia de la justicia conmutativa, que vigila que los contratos y acuerdos entre individuos se cumplan de manera correcta y equitativa, y de la justicia penal, cuya función principal es castigar el delito cuando se vulnera la ley, la justicia social tiene un propósito más amplio y colectivo: transformar las condiciones sociales para garantizar igualdad de derechos y oportunidades. Su finalidad es reducir las brechas existentes, proteger a los grupos más vulnerables y fortalecer la cohesión social mediante políticas inclusivas.

 

El epidemiólogo Michael Marmot demostró, a través de diversas investigaciones, que existe una relación directa entre la posición social de las personas y su estado de salud. Sus estudios evidencian que quienes se encuentran en los niveles sociales más bajos presentan peores condiciones de salud, no solo por un menor acceso a la atención médica, sino por la influencia constante de los determinantes sociales en su vida cotidiana.

 

En su informe Fair Society, Healthy Lives (2010), Marmot destaca que las desigualdades en salud se originan desde la infancia. Las condiciones en las que crecen los niños —alimentación, estimulación educativa, estabilidad familiar y entorno social— influyen decisivamente en su desarrollo y en su salud futura. Por ello, sostiene que mejorar la salud de la población requiere ir más allá del sistema sanitario y abordar las causas sociales de la enfermedad, promoviendo una sociedad más justa y equitativa en términos de educación, empleo y condiciones de vida.

 

La justicia social también ha sido analizada por diversos filósofos y organismos internacionales. El filósofo político John Rawls, en su obra “Teoría de la justicia” afirma que, la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales. Esto implica que cualquier sistema político debe estructurarse de modo que garantice la igualdad de derechos y oportunidades, especialmente para los sectores más desfavorecidos. Una sociedad justa no se mide únicamente por el cumplimiento de las leyes, sino por su capacidad para eliminar barreras estructurales que impidan el desarrollo pleno de sus miembros.

 

La Organización Mundial de la Salud, en su informe Closing the gap in a generation: Health equity through action on the social determinants of health (2008), señala que la pobreza y la exclusión social aumentan significativamente la probabilidad de enfermedad. Asimismo, destaca la necesidad de reconocer y corregir las desigualdades estructurales que afectan a grupos como mujeres, personas mayores, minorías étnicas y personas con discapacidad, quienes suelen enfrentar mayores cargas de cuidado, discriminación y menor estabilidad económica, lo que incrementa su vulnerabilidad a enfermedades física y trastornos de salud mental.

 

 

La ausencia de justicia social no solo perjudica la salud física, sino también la salud mental.

 

Vivir en condiciones de pobreza, inseguridad laboral, violencia o exclusión genera estrés crónico, ansiedad y depresión. La incertidumbre constante respecto al empleo, la vivienda o el acceso a servicios básicos impacta directamente en el bienestar emocional. No puede hablarse de salud integral cuando existen desigualdades estructurales que deterioran la estabilidad psicológica y limitan el desarrollo personal.

 

Retomando la pregunta inicial —¿en qué medida el entorno social condiciona la capacidad de una persona para mantener su bienestar físico y mental? —, puede afirmarse que el entorno social constituye un determinante fundamental del bienestar. Este influye directamente en el acceso a recursos esenciales como educación, empleo, vivienda, alimentación y servicios de salud. Un entorno equitativo e inclusivo no solo facilita la satisfacción de necesidades básicas, sino que promueve un estado de salud integral y sostenible a lo largo de la vida. En consecuencia, cuanto mayor sea la justicia social en una sociedad, mayores serán las probabilidades de que sus miembros gocen de bienestar físico y mental.