¿Comer picante es saludable? Lo que dice la ciencia sobre el picante, el peso, la presión arterial y otros efectos en la salud

¿Comer picante es saludable? Lo que dice la ciencia sobre el picante, el peso, la presión arterial y otros efectos en la salud.

Sofía Pérez Calahorra

16 de enero de 2026

El picante forma parte de la identidad culinaria de muchas culturas. Desde el ají latinoamericano hasta el chile asiático, su sabor intenso despierta placer, pero también preguntas: ¿es bueno para la salud?, ¿ayuda a adelgazar?, ¿puede aumentar el riesgo de enfermedades? En los últimos años, la ciencia ha intentado responder a estas dudas, aunque no siempre con conclusiones claras.

 

Dos revisiones científicas recientes permiten trazar un panorama sobre los efectos del consumo de alimentos picantes y del compuesto que les da su carácter, la capsaicina.

 

El picante y el peso corporal: una relación menos favorable de lo esperado

 

Durante años se ha difundido la idea de que el picante “quema grasa” o ayuda a bajar de peso. Esta creencia se apoya en estudios experimentales de corta duración que muestran que la capsaicina puede aumentar el gasto energético, activar la termogénesis y reducir el apetito de forma transitoria.

 

Sin embargo, cuando se observa lo que ocurre en la vida real, los resultados cambian. Un metaanálisis reciente realizado en población china, que incluyó casi 190 000 personas, encontró que quienes consumían picante con mayor frecuencia tenían más riesgo de sobrepeso y obesidad en comparación con quienes casi no lo consumían.

 

Este hallazgo no implica que el picante cause obesidad por sí mismo, sino que su consumo habitual suele ir acompañado de otros factores: platos más calóricos, mayor consumo de carnes, aceites (como el aceite de chile) y, en algunos casos, un aumento de la ingesta total de alimentos para aliviar la sensación de ardor. Además, el efecto fue más evidente en mujeres, lo que sugiere que la interacción entre dieta, metabolismo y sexo merece mayor estudio.

 

En síntesis, fuera del laboratorio, el picante no parece ser una estrategia eficaz para el control del peso, y en ciertos contextos culturales podría incluso asociarse a un mayor riesgo de ganancia ponderal.

 

Un posible beneficio: menor riesgo de hipertensión

 

Donde el picante sí muestra un perfil más prometedor es en la salud cardiovascular, especialmente en relación con la presión arterial. El mismo metaanálisis observó que las personas con mayor consumo de alimentos picantes presentaban menor riesgo de hipertensión, nuevamente con un efecto más claro en mujeres.

 

Este efecto podría explicarse por varios mecanismos fisiológicos propuestos en estudios experimentales: la activación de receptores TRPV1 por la capsaicina favorece la vasodilatación, mejora la función endotelial, aumenta la excreción de sodio por la orina y, además, puede reducir la preferencia por alimentos muy salados.

 

No obstante, es importante subrayar que estos resultados provienen de estudios observacionales. Es decir, muestran asociaciones, no causalidad. Aun así, los datos sugieren que, dentro de un patrón alimentario saludable, el consumo moderado de picante no sería perjudicial para la presión arterial y podría incluso resultar beneficioso.

 

¿Qué ocurre con el colesterol y los lípidos en sangre?

 

Los efectos del picante sobre el perfil lipídico son más ambiguos. Según los datos disponibles, el consumo elevado de picante se asocia con un aumento leve del colesterol LDL (el llamado “colesterol malo”) y con una disminución del HDL (“colesterol bueno”), sin cambios claros en el colesterol total ni en los triglicéridos.

 

Estos cambios son modestos, pero plantean cautela, especialmente en personas con riesgo cardiovascular elevado. La explicación no está del todo clara y probablemente intervienen factores dietéticos asociados, como el tipo de grasas consumidas junto con los alimentos picantes, para lo cual sería interesante más investigación.

 

Más allá del peso y la presión: una mirada global a la salud

 

Una revisión paraguas publicada en 2022 analizó múltiples metaanálisis sobre picante y salud, ofreciendo una visión más amplia del tema. Sus conclusiones son prudentes: los efectos del picante no son uniformes, dependen de la dosis, del contexto cultural y del patrón dietario global.

 

Por un lado, se observa una asociación con menor mortalidad total y cardiovascular, lo que sugiere que quienes consumen picante con regularidad podrían tener, en conjunto, estilos de vida o dietas que favorecen la salud. Por otro lado, un consumo elevado se ha relacionado con mayor riesgo de ciertos cánceres digestivos, como el gástrico o el esofágico, especialmente en poblaciones asiáticas y con ingestas muy altas.

 

Este patrón en forma de “U” -beneficios a dosis moderadas y riesgos a dosis elevadas- refuerza una idea central en nutrición: la dosis y el contexto importan más que el alimento aislado.

 

Entonces, ¿conviene comer picante?

 

La evidencia actual no respalda ni demoniza el consumo de picante. No es un alimento “milagro”, pero tampoco un enemigo de la salud cuando se consume con moderación. Sus efectos dependen de:

  • La cantidad y frecuencia de consumo,
  • El tipo de preparación culinaria,
  • El resto de la dieta,
  • Y las características individuales (sexo, estado metabólico, riesgo cardiovascular).

 

Desde una perspectiva de salud pública y educación nutricional, el mensaje más sensato es claro: el picante puede formar parte de una alimentación saludable, siempre que no se asocie a excesos calóricos, grasas poco saludables o patrones dietéticos desequilibrados.

 

En conclusión, el picante no adelgaza por sí solo, no garantiza protección cardiovascular absoluta ni es intrínsecamente dañino. Es un componente cultural y sensorial de la alimentación que, como muchos otros, puede aportar beneficios o riesgos según cómo y cuánto se consuma. La ciencia actual invita a abandonar los mitos y a integrar el picante con criterio, moderación y contexto.

Queridos Reyes Magos

Queridos Reyes Magos

Eva Benito Ruiz

6 de enero de 2026

Para muchos niños y niñas, el Día de Reyes es uno de los momentos más esperados del año. La noche del 5 de enero está llena de nervios, preguntas, cartas cuidadosamente escritas y la emoción de pensar que algo mágico está a punto de suceder. Los Reyes Magos representan ilusión, sorpresa y fantasía, elementos fundamentales en la infancia y en la forma en que los más pequeños comprenden el mundo que les rodea.

Más allá de los regalos, esta celebración tradicional ocupa un lugar especial en el desarrollo emocional y social de los niños. Vivirla acompañados por la familia contribuye a crear recuerdos duraderos y a fortalecer vínculos.

 

La ilusión como motor del desarrollo infantil

La ilusión es una emoción clave en la infancia. Esperar la llegada de los Reyes Magos enseña a los niños a gestionar la anticipación y la paciencia, algo especialmente relevante en un contexto marcado por la inmediatez. La espera se convierte en parte de la experiencia, ayudando a los más pequeños a comprender que no todo sucede de forma instantánea.

Esta ilusión no solo se vive la noche de Reyes, sino en los días previos: preparar la carta, pensar qué pedir, dejar agua para los camellos o comentar la Cabalgata. Todos estos gestos refuerzan la capacidad de disfrutar del proceso y no solo del resultado.

 

La carta a los Reyes Magos: expresar deseos y emociones

Escribir la carta a los Reyes Magos es uno de los momentos más significativos para los niños. A través de ella, aprenden a expresar deseos, ordenar ideas y comunicar emociones. En muchos hogares, este acto se acompaña de conversaciones sobre el esfuerzo, el comportamiento durante el año y la importancia de agradecer.

La carta también puede convertirse en una herramienta educativa. Ayuda a los niños a reflexionar sobre lo que realmente desean y a comprender que no siempre se puede recibir todo lo que se pide, favoreciendo así la tolerancia a la frustración.

 

Imaginación y creatividad: un espacio para soñar

La historia de Melchor, Gaspar y Baltasar alimenta la imaginación infantil. Los cuentos, las cabalgatas y los relatos asociados al Día de Reyes crean un universo simbólico que estimula la creatividad. Imaginar, inventar y creer forman parte del desarrollo cognitivo y emocional de los niños.

Lejos de ser algo superficial, la imaginación ayuda a los niños a interpretar la realidad, a expresar sentimientos y a desarrollar habilidades fundamentales para su crecimiento personal y social.

 

Una celebración compartida y comunitaria

El Día de Reyes no se vive de forma aislada. Las calles llenas durante las cabalgatas, la emoción compartida y las tradiciones comunes refuerzan el sentimiento de pertenencia. Para los niños, formar parte de una experiencia colectiva contribuye a su socialización y al aprendizaje de normas de convivencia. Esta dimensión comunitaria permite además que los niños entiendan que las celebraciones forman parte de la vida en sociedad y que se construyen entre todos.

 

Más allá de los regalos: valores que perduran

Aunque los regalos ocupan un lugar central, el Día de Reyes es una oportunidad para transmitir valores como la generosidad, el compartir y el cuidado de lo que se recibe. Muchas familias aprovechan esta fecha para hablar de realidades diferentes y fomentar la empatía hacia otros niños.

Asimismo, se refuerza la idea de que los regalos no son solo materiales. El tiempo compartido, los juegos en familia y los momentos de atención y afecto tienen un impacto profundo en el bienestar emocional infantil.

 

Tradición, cultura e identidad

El Día de Reyes es también una puerta de entrada a la cultura y a las tradiciones. Conocer su origen y su significado ayuda a los niños a entender que forman parte de una historia que se transmite de generación en generación. Esto contribuye a construir identidad, memoria colectiva y respeto por las costumbres compartidas.

 

Conclusión: cuidar la magia de la infancia

En definitiva, el Día de Reyes es mucho más que una fecha marcada en el calendario.

Para los niños, representa ilusión, aprendizaje y descubrimiento.

Acompañar esta celebración con atención y sensibilidad permite que la magia vaya más allá de los regalos y se convierta en una experiencia significativa que deja huella en su desarrollo emocional y social.

 

Calidad de vida tras un herpes zoster: ¿El dolor es para siempre? ¿Se puede prevenir?

Calidad de vida tras un herpes zoster: ¿El dolor es para siempre? ¿Se puede prevenir?

Mª Carmen Viñas Viamonte

26 de noviembre de 2025

El Herpes Zóster, también conocido como «culebrilla», es una enfermedad neurocutánea caracterizada por la reactivación del virus varicela zóster (VVZ) latente en los ganglios nerviosos tras la infección primaria por varicela. La reactivación puede producirse años después, especialmente en personas mayores (inmunosenescentes) o  con inmunosupresión inducida por una enfermedad o por tratamientos farmacológicos, y es en Atención Primaria donde se detectan predominantemente los casos.

Debido a esta capacidad del virus para permanecer latente, presente en más del 90% de la población mayor de 50 años, bastaría  una disminución de la respuesta inmune para reactivarse y provocar la enfermedad: dolor intenso, erupción vesiculosa unilateral, neuralgia posherpética.

Se habla con frecuencia de sus complicaciones, alrededor del 23% de adultos sanos desarrollarán al menos un episodio a lo largo de su vida; el  riesgo aumenta con la edad de forma que  entre 50 y 90 años es de 1 de cada 3 personas.

 

Manifestaciones clínicas del Herpes Zoster

Los síntomas de esta enfermedad se caracterizan por una evolución clínica en varias fases. En la fase prodrómica el síntoma más frecuente es dolor, ardor o picor localizado, aparece entre 1 y 5 días antes de la erupción cutánea.

En la fase eruptiva se produce una erupción vesiculosa sobre base eritematosa, vesículas llenas de líquido dispuestas en racimo, afectan con mayor frecuencia al tórax, cara o extremidades. Posteriormente, las vesículas se rompen y forman costras, proceso con riesgo elevado de sobreinfección. La curación se completa en 8-15 días, generalmente sin cicatrices permanentes.

Una complicación frecuente es la neuralgia postherpética (NPH), dolor persistente tras la resolución de la erupción. Afecta hasta 30% de pacientes, especialmente mayores de 60 años, puede prolongarse semanas o meses, con importante impacto en la calidad de vida. Si las lesiones se localizan en la región ocular (zoster oftálmico), existe riesgo de complicaciones graves como queratitis, uveítis, necrosis retiniana e incluso pérdida permanente de visión.

La afectación en territorio del nervio facial (zoster ótico), puede producir síndrome de Ramsay Hunt, caracterizado por dolor intenso, hipoacusia, vértigo y parálisis facial periférica del lado afectado. Estas complicaciones pueden dejar secuelas neurosensoriales y funcionales persistentes.

 

Abordaje terapéutico del Herpes Zoster y su complicación neuropática

Se trata habitualmente con fármacos antivirales (aciclovir, valaciclovir, briyudina) por vía oral o intravenosa dentro de las primeras 72 horas.

El manejo complementario incluye medidas de cuidado local, lavado suave con agua y jabón, aplicación de compresas frías y húmedas para aliviar el dolor, baños coloidales de avena para reducir el prurito. Se aconseja mantener las lesiones cubiertas, especialmente en fases exudativas, para prevenir la transmisión.

La neuralgia postherpética es la complicación crónica más relevante del HZ. El dolor leve puede tratarse con parches de lidocaína 5 % o capsaicina 8 %. Para dolor moderado a severo, el tratamiento sistémico con gabapentina o pregabalina es eficaz, logrando reducción del dolor hasta el 50 % en pacientes con NPH. Si el dolor persiste, se recomienda derivación a unidades de dolor o cuidados paliativos.

En casos infrecuentes, el HZ puede tener diseminación neurológica central. Incluye encefalitis, meningitis e incremento del riesgo de accidente cerebrovascular, especialmente en pacientes con zoster oftálmico, donde la incidencia puede alcanzar hasta un 5% según estudios recientes. Estas complicaciones refuerzan la importancia de una intervención precoz, vigilancia estrecha de grupos de riesgo y estrategias de prevención como la vacunación frente al HZ.

 

Prevención del Herpes Zóster: evidencia, estrategias y recomendaciones actuales

El desarrollo de vacunas seguras y eficaces frente al Herpes Zóster (HZ) constituye un avance fundamental en la prevención de esta enfermedad y sus complicaciones, especialmente la neuralgia postherpética (NPH), secuela más incapacitante.

La evidencia actual demuestra que la vacunación frente al HZ disminuye significativamente tanto la incidencia de enfermedad  como el riesgo de desarrollar NPH, incluso en pacientes que han padecido un episodio previo. Se recomienda inmunización con la vacuna recombinante adyuvada Shingrix, que ha demostrado una eficacia sostenida de 85% mantenida hasta al menos 12 años tras vacunación.

En España, el Ministerio de Sanidad incorporó la vacuna contra Herpes Zóster en el Calendario común de vacunación a lo largo de la vida en 2023, recomendando la administración de dos dosis separadas por un intervalo de 2 meses. Esta pauta fue adoptada por las distintas comunidades autónomas, incluyendo la actualización del protocolo de vacunación en Aragón 2024.

En Aragón, en 2025, se puede administrar la vacuna a todos los nacidos en 1943,1944,1945,1958,1959,1960; así como a los grupos de riesgo mayores de 18 años y a los mayores de 50 años con tratamiento inmunosupresor (recomendado acudir a un profesional sanitario para más información).

 

Recuperación tras un episodio de Herpes Zóster: impacto funcional y estrategias integrales de apoyo

El Herpes Zóster puede comprometer gravemente la calidad de vida, incluso después de la resolución de las lesiones cutáneas. Más del 50% de pacientes requieren incapacidad temporal, con una media de 17,5 días, y pueden tardar entre 77 y 115 días en recuperar su funcionalidad laboral previa.

Desde un enfoque complementario, se recomienda alimentación rica en lisina (lácteos, huevos, legumbres, carnes, pescado) y en vitaminas con función inmunomoduladora: A (zanahoria, tomate, pimiento), B12 (carnes magras, mariscos), C (kiwi, brócoli, fresas) y E (frutos secos, espinacas, aguacate). La hidratación adecuada y la reducción de sustancias proinflamatorias (azúcares refinados, cafeína) también son clave.

El ejercicio físico moderado y progresivo, como caminatas o actividad leve, favorece la recuperación funcional y el bienestar emocional. El control del estrés es fundamental, ya que este puede alterar la inmunidad por aumento de cortisol y afectar negativamente al sueño y a la reparación tisular. Un enfoque integral que combine tratamiento médico con hábitos saludables resulta esencial para favorecer una recuperación efectiva y reducir la cronicidad del dolor.

El HZ representa una enfermedad con alta carga clínica y graves complicaciones. Por ello, la vacuna se consolida como la estrategia preventiva más eficaz para reducir incidencia, severidad y secuelas. Su implementación debe ser una prioridad en Salud Pública para mitigar el impacto individual y sanitario del Herpes Zóster.

Día universal de la infancia. ¿Tienen todos los niños y niñas los mismos derechos y oportunidades?

Día universal de la infancia. ¿Tienen todos los niños y niñas los mismos derechos y oportunidades?

Ana María Latorre Izquierdo

20 de noviembre de 2025

El 20 de noviembre se celebra el Día Universal de la Infancia desde que en el año 1989 se aprobó la Convención sobre los Derechos del Niño. En este día se debe recordar que todos los niños y niñas del mundo tienen derecho a crecer sanos, felices y seguros por lo que debe convertirse en una llamada a la responsabilidad colectiva para proteger a la infancia y muy especialmente a la más vulnerable.

 

Los cimientos de la salud futura se siembran durante la infancia. Cuidar a un niño no es solo curar la enfermedad, es defender un derecho fundamental, es educar, es acompañar y es ofrecer oportunidades de vida digna, pero cuando miramos al mundo, vemos que ese derecho sigue estando lejos de cumplirse para millones de niños y niñas.

 

Se han logrado en los últimos 30 años grandes avances en salud infantil, la mortalidad en menores de cinco años se ha reducido más de un 50% desde 1990, pero la realidad es que sigue habiendo una gran desigualdad. Un niño nacido en un país de bajos ingresos tiene 15 veces más probabilidades de morir antes de cumplir los cinco años que uno nacido en un país desarrollado.

 

En 2023, según datos facilitados por la OMS y UNICEF, murieron 4,9 millones de niños menores de cinco años, la mayoría por causas prevenibles o tratables. Más de la mitad de esas muertes ocurrieron en África Subsahariana y en Asia Meridional, regiones donde los recursos sanitarios son limitados y el acceso a la atención sanitaria básica sigue siendo un privilegio.

 

Casi la mitad de las muertes infantiles se producen por desnutrición. Más de 148 millones de niños menores de cinco años sufren retraso en el crecimiento y 45 millones padecen emaciación (delgadez extrema). En la otra cara de la moneda tenemos el sobrepeso y la obesidad infantiles que se dan en países con dietas basadas en alimentos ultraprocesados y estilos de vida sedentarios.

 

Con esta información podemos decir que el lugar de nacimiento determina las oportunidades de vivir y crecer con salud, y no solo hablamos de nacer en diferentes países ya que, dentro de una misma nación, las brechas socioeconómicas, étnicas o territoriales condicionan el acceso a la salud infantil, a la vivienda y a la educación.

Un ejemplo claro de equidad o falta de ésta en salud y que más consecuencias puede tener es el acceso a las vacunas. Las vacunas salvan millones de vidas; son, junto a la potabilización de las aguas, una de las intervenciones sanitarias más efectivas coste-beneficio. Un estudio nos demuestra que el Programa Nacional de Inmunizaciones (PNI) no solo protege la salud, sino que ahorra hasta 803 millones en costes al SNS, así por cada euro que el PNI invierte en vacunas tiene un beneficio de 4,58 euros.

Según la OMS las vacunas evitan cada año entre 4 y 5 millones de muertes producidas por enfermedades prevenibles como son el sarampión, la difteria, la tosferina, etc., pero hay millones de niños en el mundo que siguen sin tener acceso a las mismas.

 

La falta de vacunas no es solo un problema sanitario, es una condena silenciosa que recae sobre la infancia de países en conflicto, con pobreza extrema, con sistemas sanitarios frágiles o inexistentes. En 2024 14,3 millones de niños no recibieron ni una sola dosis de vacuna y otros 6,4 millones no completaron sus calendarios vacunales por falta de recursos y esa es una de las cuestiones sobre la que debemos reflexionar el 20 de noviembre.

 

Es una satisfacción ver en mi día a día como enfermera pediátrica a niños que crecen protegidos frente a enfermedades que hace décadas causaban epidemias y que provocaban sufrimiento al niño y a la familia, pero también pienso en los niños que no tienen esa posibilidad, y en cómo un pinchazo que aquí damos por rutinario puede significar la diferencia entre la vida y la muerte en otro lugar del mundo.

 

Mi papel como enfermera pediátrica y el de mis compañeras es cuidar, educar y proteger. Acompañamos la vida desde sus primeros minutos y nuestro trabajo no termina en el hospital o en el centro de salud ya que somos educadoras, defensoras de la salud pública y garantes de los derechos de la infancia.

 

Cuando vacunamos, no sólo administramos la vacuna ya que transmitimos confianza, explicamos, calmamos miedos y contribuimos a que las familias comprendan el valor de la prevención. Cada conversación con una madre o un padre es una oportunidad para fortalecer la conciencia sobre la importancia de la salud infantil, pero también somos testigos de cómo la pobreza, la falta de educación o la desinformación impactan directamente en la salud de los niños.

 

Los determinantes sociales de la salud tales como la vivienda, la alimentación, la educación, el acceso al agua potable y a los servicios sanitarios condicionan el bienestar infantil tanto como las vacunas o los tratamientos médicos. En el mundo, más de 400 millones de niños viven en pobreza extrema y unos 700 millones no tienen acceso a agua potable segura. Estas condiciones facilitan la propagación de enfermedades como el cólera, las infecciones gastrointestinales o las infecciones respiratorias, que siguen siendo las principales causas de mortalidad infantil. Es por ello por lo que debemos abordar la salud desde una perspectiva global y social, colaborando con escuelas, instituciones y comunidades.

La salud infantil no es solo física. En los últimos años, ha habido un aumento importante de los problemas de salud mental en la infancia y adolescencia. La ansiedad, la depresión o los trastornos del sueño son cada vez más frecuentes, y muchas veces pasan desapercibidas.

 

El entorno digital, la falta de juego al aire libre, las presiones académicas y sociales y los efectos emocionales de la pandemia han dejado huella en nuestros niños y niñas. Detectar, escuchar y acompañar debe ser una de nuestras tareas porque un niño sano no es solo aquel que no tiene fiebre o tos, sino aquel que se siente amado, comprendido y seguro dentro de su familia y de la comunidad a la que pertenece.

 

El Día Universal de la Infancia debe recordarnos que la salud de los niños es la medida del progreso de una sociedad. No hay avance más noble que aquel que protege la vida en su forma más pura y vulnerable.

 

Como enfermera pediátrica creo firmemente que cada gesto cuenta: una vacuna, una palabra de aliento, una escucha atenta, pero también necesitamos políticas valientes que garanticen equidad, financiación y acceso universal a los servicios de salud.

Ningún niño debería morir por falta de una vacuna o de atención básica. Ningún niño debería crecer con hambre o sin esperanza. En este 20 de noviembre renovemos nuestro compromiso:

 

CUIDAR LA SALUD DEL PRESENTE ES PROTEGER EL FUTURO DEL MUNDO.

Cáncer de cuello uterino

Cáncer de cuello uterino

Isabel Lahoz Pascual
17 de noviembre de 2025

“Prevenir, detectar, tratar: un compromiso de todas y todos”

El cáncer de cuello uterino es un problema de salud pública que aún hoy afecta a miles de mujeres en todo el mundo, a pesar de ser una enfermedad altamente prevenible. Está causado casi en su totalidad por la infección persistente de ciertos tipos de virus del papiloma humano (VPH). Lo esperanzador es que se puede prevenir, se puede detectar a tiempo y, cuando es necesario, se puede tratar con eficacia.

 

Algunos datos clave

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), cada año se diagnostican más de 600.000 nuevos casos de cáncer de cuello uterino y fallecen aproximadamente 340.000 mujeres por esta causa en el mundo. Es el cuarto cáncer más frecuente entre las mujeres.

En España, de acuerdo con datos del Observatorio de la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC) y de la Sociedad Española de Oncología Médica (SEOM), se diagnostican alrededor de 2.000 casos anuales, y mueren unas 700 mujeres cada año por esta enfermedad. La buena noticia es que la incidencia y la mortalidad están descendiendo progresivamente, gracias a la vacunación frente al VPH y a los programas de cribado.

 

¿Qué es el cáncer de cuello uterino?

El cuello del útero es la parte inferior del útero que conecta con la vagina. Con el tiempo, algunas infecciones persistentes por VPH pueden provocar alteraciones celulares que, si no se detectan y tratan, pueden transformarse en cáncer. Esta evolución suele durar años, lo que ofrece una oportunidad crucial para prevenir la enfermedad mediante cribado y vacunación.

La OMS ha planteado un objetivo ambicioso: eliminar el cáncer de cuello uterino como problema de salud pública antes del año 2030, mediante tres metas clave:

  • 90 % de niñas vacunadas frente al VPH antes de los 15 años,
  • 70 % de mujeres con cribado efectivo antes de los 35 y 45 años,
  • 90 % de mujeres con lesiones tratadas adecuadamente.

 

Factores de riesgo

Los principales factores que aumentan la probabilidad de desarrollar cáncer de cuello uterino son:

  • Infección persistente por VPH de alto riesgo (como los tipos 16 y 18).
  • Inicio precoz de relaciones sexuales o múltiples parejas sexuales.
  • Tabaquismo, que duplica el riesgo.
  • Inmunosupresión (por VIH u otros motivos).
  • No participar en programas de cribado.
  • En algunos estudios, también se asocia con uso prolongado de anticonceptivos hormonales, múltiples embarazos, embarazo a edades precoces y exposición a ciertos disruptores endocrinos.

 

Prevención

La prevención combina estrategias primarias y secundarias:

  • Vacunación frente al VPH:
    En España, la vacuna frente al VPH está incluida en el calendario oficial y se administra gratuitamente a niñas y niños de 12 años. Está demostrado que reduce en más del 90 % la incidencia de lesiones precancerosas relacionadas con los tipos vacunales.
  • Cribado o detección temprana:
    Las guías de la AEPCC (2022) recomiendan la detección mediante citología y/o test de VPH. 

     

    • Mujeres de 25-34 años: citología cada 3 años.
    • Mujeres de 35-65 años: test de VPH cada 5 años o co-test (citología + VPH) cada 5 años.
  • Promoción de estilos de vida saludables:
    Evitar el tabaco, usar preservativo y acudir periódicamente al ginecólogo son medidas clave.

 

Diagnóstico y lesiones precancerosas

Cuando una prueba de cribado resulta anormal, se realiza una colposcopia (visualización del cuello uterino con aumento) y, si es necesario, una biopsia para confirmar el diagnóstico.

Antes de que aparezca un cáncer invasor, el cuello del útero puede presentar lesiones precancerosas, también llamadas lesiones intraepiteliales, que representan distintos grados de alteración celular.

Estas lesiones se clasifican con dos nomenclaturas equivalentes:

  • CIN (Cervical Intraepithelial Neoplasia) o NIC (Neoplasia Intraepitelial Cervical):
    • CIN 1 / NIC 1: lesión de bajo grado, suele remitir espontáneamente.
    • CIN 2 / NIC 2: lesión de alto grado, requiere vigilancia o tratamiento.
    • CIN 3 / NIC 3: lesión de alto grado con mayor riesgo de progresar a cáncer si no se trata.
  • SIL (Squamous Intraepithelial Lesion / Lesión escamosa intraepitelial):
    • LSIL (bajo grado) equivale a CIN 1.
    • HSIL (alto grado) equivale a CIN 2-3.

Identificar y tratar estas lesiones evita que progresen a cáncer invasor.

En los casos confirmados de cáncer, se realizan estudios de extensión (TAC, RMN o PET-TAC) para determinar el estadio. La detección temprana permite un tratamiento menos agresivo y una supervivencia mayor: la tasa de supervivencia a 5 años en estadios iniciales supera el 90 %.

 

Tratamiento

Depende del estadio y de la situación personal de cada paciente:

  • Lesiones precancerosas o microinvasoras: conización (exéresis del cuello uterino) o histerectomía simple (exéresis del útero).
  • Enfermedad localizada: cirugía radical con o sin radioterapia y quimioterapia.
  • Enfermedad avanzada: quimio-radioterapia e inmunoterapia en casos seleccionados.

El seguimiento posterior es esencial para prevenir recurrencias.

 

Mensaje final

El cáncer de cuello uterino es evitable. Cada vacuna, cada citología, cada revisión ginecológica es un paso hacia su eliminación.
En el Día Mundial del Cáncer de Cuello Uterino recordemos que la información salva vidas: infórmate, vacúnate y revisa tu salud.

Consulta también la Guía de Cribado del Cáncer de Cuello Uterino (AEPCC 2025) para conocer las recomendaciones más actualizadas.

 

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Más allá del diagnóstico: el camino de Cristina durante el cáncer de mama

Más allá del diagnóstico: el camino de Cristina durante el cáncer de mama

Cristina Caudevilla García

19 de octubre de 2025

A los 37 años, Cristina Caudevilla trabajaba como técnico de Educación Infantil y cuidaba de sus dos hijas pequeñas. La rutina diaria transcurría entre el trabajo, la familia y los planes cotidianos, hasta que en enero de 2024 un diagnóstico de cáncer de mama interrumpió su normalidad.

Actuar ante las señales

“En septiembre me noté un bulto, pero pensé que era por la lactancia”, recuerda Cristina. Su hija pequeña tenía apenas siete meses, y ella seguía con lactancia materna. Esperó unos meses, pero el bulto no desapareció. En diciembre acudió a su médico de cabecera, quién solicitó una ecografía preferente. Sin embargo, los plazos se alargaban.

“Era Navidad, y hablando con la familia decidí pedir cita en un centro privado. Me dieron cita el 3 de enero, me hicieron eco y mamografía todo el mismo día… y me dijeron que no pintaba bien”.

Acudió sola. Salió de allí llorando y tomó un taxi a casa para contarlo a su familia, quién le acompañó al hospital público con los informes en la mano y logró que la atendieran de inmediato en la Unidad de Mama. “Ese mismo día viendo el informe me hicieron las tres biopsias. El 9 de enero me confirmaron el diagnóstico: cáncer de mama. Tenía 37 años”.

Esa rapidez fue clave: “Mi primera quimio fue el 25 de enero, un día después de mi cumpleaños. Si me hubiera esperado a la cita del hospital público prevista para el 15 de febrero, habría empezado el tratamiento casi dos meses más tarde”.

Cristina insiste en la importancia del diagnóstico precoz: “A veces el sistema va más lento de lo que debería. Por eso es fundamental que las mujeres aprendan a explorarse y acudan al médico ante cualquier duda. Yo no estaba en edad de cribado; por protocolo, las mamografías empiezan a los 50. Si no llego a actuar por iniciativa propia, quizá habría sido demasiado tarde.”

Su experiencia ha tenido un efecto de concienciación en su entorno: “Ahora todas mis amigas cada vez que se notan un bulto o algo, están concienciadas. Me dicen: ‘Cris, esto…’ `Cris, lo otro …’. Todas han empezado a explorarse, a ir a los médicos, a hacerse revisiones. Antes era algo que dejabas pasar.”

Recibir la noticia: gestionar el impacto emocional

Recibir un diagnóstico de cáncer nunca es fácil. Cristina recuerda aquel momento como “un shock”, pero sorprende su serenidad al contarlo. “Nunca pensé en la muerte. Siempre confié en los médicos y fui paso a paso. Lo más difícil fue pensar en mis hijas: cómo decírselo, cómo reorganizarlo todo.”

La menor no tenía todavía el año, y la lactancia tuvo que interrumpirse de inmediato. “Pasó al biberón sin problema. Tomé la pastilla para cortar la leche y seguimos adelante. La mayor tenía tres años, y ahí fue más complicado: cómo explicarle que mamá ya no iba a trabajar y que iba a llevar un pañuelo en la cabeza”.

En ese punto, Cristina y su marido buscaron apoyo psicológico en la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC). “Fui a la AECC enseguida, porque necesitaba saber cómo afrontar la situación en casa. Nos atendió una psicóloga que nos ayudó a cómo hablar con la niña. Nos dio pautas, libros y consejos muy útiles. No hicieron falta más sesiones: lo gestionamos en casa con naturalidad, pero su ayuda fue esencial al principio.”

Además del apoyo psicológico, Cristina recibió orientación de la trabajadora social de la asociación. “Ella nos explicó los recursos disponibles, las ayudas económicas y los permisos laborales. Desde el hospital público no te dan esa información. Si no lo buscas tú, no sabes que existen”.

Cristina añade: “Cuando te dan el diagnóstico, te cambian la vida de golpe. No sabes qué va a pasar ni cómo se va a reorganizar todo, pero poco a poco vas avanzando.”

Una red que sostiene

“En todo momento estuve acompañada”, cuenta Cristina. Su marido no faltó a ninguna cita, y sus padres, su hermana y sus suegros se volcaron en el cuidado de las niñas. “Vivimos todos en Zaragoza, y eso ha sido una suerte. Los abuelos se turnaban para recogerlas, darles de cenar o quedarse con ellas si yo tenía pruebas que implicaban aislamiento. En casa nunca estuvimos solos.”

También el entorno laboral tuvo un papel relevante. Cristina llevaba solo tres meses en su nuevo trabajo cuando tuvo que coger la baja. “Se lo comuniqué ese mismo día. No fue fácil, pero era inviable seguir trabajando con bebés mientras hacía pruebas o quimio. No es un trabajo que se pueda adaptar al teletrabajo”.

Desde entonces, mantiene el contacto con sus compañeras: “Siempre ha habido buen trato. Ahora mismo sigo de baja, y estoy deseando volver a trabajar con niños cuando esté al cien por cien”.

Además del apoyo familiar y laboral, Cristina ha encontrado un nuevo espacio de comprensión mutua “Ahora mismo tengo un grupo de cuatro personas con las que quedo una vez al mes, de diferentes edades y todas con diferentes tipos de cáncer de mama. Hablamos tanto de la enfermedad como de nuestra vida. Nos desahogamos entre nosotras.”

Durante el proceso, Cristina aprendió algo fundamental: aceptar ayuda. “Al principio me costaba aceptar ayuda, pero entendí que no podía con todo. Aprendí a dejarme cuidar, a delegar”, cuenta Cristina. “Mis padres, mi marido, mis suegros, mi hermana… todos querían ayudar, y poco a poco fui soltando. Antes quería controlarlo todo, pero con la enfermedad eso cambia. Te das cuenta de que no pasa nada por dejarte ayudar, aunque las cosas no se hagan exactamente como a ti te gustaría. Lo importante es que se hagan”

También destaca el valor del acompañamiento en las consultas médicas: “Yo recomiendo venir siempre acompañado. Escuchan más cuatro orejas que dos. Estás nerviosa y no retienes todo, así que tener a alguien contigo es fundamental.”

El apoyo fuera del sistema sanitario

Gran parte del apoyo emocional y físico que Cristina ha recibido ha venido de fuera del sistema sanitario. Tras los primeros meses de tratamiento, acudió también a AMAC GEMA, una asociación aragonesa de mujeres con cáncer de mama y ginecológico: “Me informaron desde el principio, pero me hice socia después de la operación. Allí he encontrado atención de fisioterapia para el linfedema, talleres, ejercicio terapéutico y compañía.”

En la actualidad, Cristina también colabora como voluntaria. “Formo parte del programa Contigo, donde visitamos institutos y colegios para contar nuestra experiencia y concienciar a los jóvenes. Es una manera de devolver lo que he recibido. Si mi testimonio sirve para que alguien se haga una revisión o sepa cómo actuar ante un diagnóstico, ya merece la pena.”

Lo que no se ve

Más allá de los tratamientos, la enfermedad implica muchos cambios invisibles: en el cuerpo, en la rutina y en la percepción social. “Tu aspecto cambia, y debes decidir si te pones peluca, pañuelo o nada. Yo no dejé de hacer vida normal, aunque fuera con camiseta en la playa. No hay que esconderse.”

Su mayor deseo es que la sociedad entienda que vivir con cáncer no significa rendirse ni aislarse, sino adaptarse y seguir adelante. “Yo nunca me he ocultado. Hablo con todo el mundo, en la sala de espera, en los talleres… ahora tengo un grupo de cuatro nuevas amigas que nos vemos cada mes. Hablamos de la enfermedad, pero también de la vida.”

Entrevista realizada por Alba Medina Castillo