A las dos serán las tres
A las dos serán las tres
Carlos Navas Ferrer
29 de marzo de 2026
El cambio al horario de verano, ese gesto aparentemente simple de adelantar una hora el reloj en primavera, tiene efectos mucho más profundos de lo que podría parecer. Más allá de reorganizar nuestras rutinas diarias, esta transición altera un sistema biológico fundamental: los ritmos circadianos. Estos ritmos, que actúan como un reloj interno, regulan funciones esenciales como el sueño, la vigilia, la temperatura corporal o la secreción hormonal. Cuando se produce el cambio horario, este delicado equilibrio se rompe, generando un desajuste entre el tiempo biológico y el tiempo social que puede afectar tanto al descanso como a la salud mental.
El problema comienza con la propia naturaleza del horario de verano. Al adelantar el reloj, se modifica la exposición a la luz natural: amanece más tarde y anochece más tarde. Este cambio aparentemente ventajoso —más luz por la tarde— tiene una consecuencia importante: reduce la luz matutina, que es clave para sincronizar nuestro reloj biológico. Como resultado, el organismo recibe señales contradictorias y le cuesta ajustarse al nuevo horario. Este fenómeno se conoce como “jet lag social”, una especie de desfase similar al que experimentamos cuando viajamos entre husos horarios, pero inducido por obligaciones sociales en lugar de desplazamientos físicos.
La evidencia científica es clara en este punto: el sistema circadiano humano no se adapta completamente al horario de verano, ni siquiera después de varias semanas. Este desajuste persistente es especialmente intenso en personas con cronotipo vespertino (los llamados “noctámbulos”), cuyo reloj biológico ya tiende de por sí a retrasarse. Para ellos, levantarse antes de lo que su cuerpo considera natural se convierte en un esfuerzo aún mayor tras el cambio horario.
Uno de los efectos más inmediatos y evidentes de esta desincronización es la alteración del sueño. Durante los días posteriores al cambio al horario de verano, la duración del sueño se reduce de forma aguda, normalmente entre 20 y 60 minutos. Además, no solo se duerme menos, sino peor: la calidad del sueño disminuye y aumenta la somnolencia durante el día. Este déficit de descanso afecta al rendimiento cognitivo, la atención y la capacidad de concentración. El impacto es especialmente notable en adolescentes, un grupo que ya presenta una tendencia biológica a acostarse más tarde. Al obligarles a levantarse antes en términos biológicos, el cambio horario amplifica la privación de sueño que muchos ya experimentan. También se ven particularmente afectados quienes tienen horarios laborales tempranos o padecen trastornos del sueño, como el insomnio.
Pero las consecuencias no se limitan al cansancio. El sueño y los ritmos circadianos están estrechamente relacionados con la regulación emocional, por lo que su alteración puede tener efectos sobre la salud mental. Diversos estudios han identificado un aumento transitorio de síntomas depresivos y de ansiedad tras el cambio al horario de verano. En algunos casos, incluso se ha observado un incremento en el riesgo suicida, especialmente en poblaciones vulnerables.
Es importante matizar que estos efectos no son uniformes en toda la población. Mientras que en ciertos grupos como adolescentes, personas con cronotipo vespertino o individuos con trastornos afectivos previos, el impacto puede ser significativo, los estudios poblacionales más amplios no siempre encuentran cambios relevantes en indicadores globales de salud mental o en la incidencia de trastornos psiquiátricos graves. Esto sugiere que el problema no afecta por igual a todo el mundo, sino que se concentra en subgrupos especialmente sensibles.
La variabilidad individual es, de hecho, un elemento clave para entender este fenómeno. Factores como la genética (que influye en el cronotipo), la edad o las condiciones de salud preexistentes determinan en gran medida la capacidad de adaptación al cambio horario. También influyen factores sociales, como la rigidez de los horarios escolares y laborales, que pueden dificultar aún más la conciliación entre el reloj biológico y las exigencias externas.
Ante esta evidencia, sociedades científicas como la American Academy of Sleep Medicine han comenzado a cuestionar la conveniencia de mantener el cambio estacional de hora. En particular, se propone adoptar de forma permanente el horario estándar (el de invierno), que se alinea mejor con los ritmos circadianos naturales. Además, se sugieren medidas como flexibilizar los horarios escolares y laborales, especialmente para adolescentes, con el fin de reducir el impacto del desfase circadiano.
En definitiva, el cambio al horario de verano no es solo una cuestión de relojes, sino de biología. Al alterar la sincronía entre nuestro organismo y el entorno, introduce un pequeño pero significativo estrés en nuestro sistema. Y aunque sus efectos suelen ser transitorios, la evidencia sugiere que respetar nuestros ritmos naturales podría ser una estrategia clave para mejorar el bienestar y la salud pública.

Última entrada
¿Quieres colaborar con nosotros en la creación de artículos para la web?
Descarga aquí las normas de colaboración con OCODES para autores/as.




