A las dos serán las tres

A las dos serán las tres

Carlos Navas Ferrer

29 de marzo de 2026

El cambio al horario de verano, ese gesto aparentemente simple de adelantar una hora el reloj en primavera, tiene efectos mucho más profundos de lo que podría parecer. Más allá de reorganizar nuestras rutinas diarias, esta transición altera un sistema biológico fundamental: los ritmos circadianos. Estos ritmos, que actúan como un reloj interno, regulan funciones esenciales como el sueño, la vigilia, la temperatura corporal o la secreción hormonal. Cuando se produce el cambio horario, este delicado equilibrio se rompe, generando un desajuste entre el tiempo biológico y el tiempo social que puede afectar tanto al descanso como a la salud mental.

 

 

El problema comienza con la propia naturaleza del horario de verano. Al adelantar el reloj, se modifica la exposición a la luz natural: amanece más tarde y anochece más tarde. Este cambio aparentemente ventajoso —más luz por la tarde— tiene una consecuencia importante: reduce la luz matutina, que es clave para sincronizar nuestro reloj biológico. Como resultado, el organismo recibe señales contradictorias y le cuesta ajustarse al nuevo horario. Este fenómeno se conoce como “jet lag social”, una especie de desfase similar al que experimentamos cuando viajamos entre husos horarios, pero inducido por obligaciones sociales en lugar de desplazamientos físicos.

 

 

La evidencia científica es clara en este punto: el sistema circadiano humano no se adapta completamente al horario de verano, ni siquiera después de varias semanas. Este desajuste persistente es especialmente intenso en personas con cronotipo vespertino (los llamados “noctámbulos”), cuyo reloj biológico ya tiende de por sí a retrasarse. Para ellos, levantarse antes de lo que su cuerpo considera natural se convierte en un esfuerzo aún mayor tras el cambio horario.

 

 

Uno de los efectos más inmediatos y evidentes de esta desincronización es la alteración del sueño. Durante los días posteriores al cambio al horario de verano, la duración del sueño se reduce de forma aguda, normalmente entre 20 y 60 minutos. Además, no solo se duerme menos, sino peor: la calidad del sueño disminuye y aumenta la somnolencia durante el día. Este déficit de descanso afecta al rendimiento cognitivo, la atención y la capacidad de concentración. El impacto es especialmente notable en adolescentes, un grupo que ya presenta una tendencia biológica a acostarse más tarde. Al obligarles a levantarse antes en términos biológicos, el cambio horario amplifica la privación de sueño que muchos ya experimentan. También se ven particularmente afectados quienes tienen horarios laborales tempranos o padecen trastornos del sueño, como el insomnio.

 

 

Pero las consecuencias no se limitan al cansancio. El sueño y los ritmos circadianos están estrechamente relacionados con la regulación emocional, por lo que su alteración puede tener efectos sobre la salud mental. Diversos estudios han identificado un aumento transitorio de síntomas depresivos y de ansiedad tras el cambio al horario de verano. En algunos casos, incluso se ha observado un incremento en el riesgo suicida, especialmente en poblaciones vulnerables.

 

 

Es importante matizar que estos efectos no son uniformes en toda la población. Mientras que en ciertos grupos como adolescentes, personas con cronotipo vespertino o individuos con trastornos afectivos previos, el impacto puede ser significativo, los estudios poblacionales más amplios no siempre encuentran cambios relevantes en indicadores globales de salud mental o en la incidencia de trastornos psiquiátricos graves. Esto sugiere que el problema no afecta por igual a todo el mundo, sino que se concentra en subgrupos especialmente sensibles.

 

 

La variabilidad individual es, de hecho, un elemento clave para entender este fenómeno. Factores como la genética (que influye en el cronotipo), la edad o las condiciones de salud preexistentes determinan en gran medida la capacidad de adaptación al cambio horario. También influyen factores sociales, como la rigidez de los horarios escolares y laborales, que pueden dificultar aún más la conciliación entre el reloj biológico y las exigencias externas.

 

 

Ante esta evidencia, sociedades científicas como la American Academy of Sleep Medicine han comenzado a cuestionar la conveniencia de mantener el cambio estacional de hora. En particular, se propone adoptar de forma permanente el horario estándar (el de invierno), que se alinea mejor con los ritmos circadianos naturales. Además, se sugieren medidas como flexibilizar los horarios escolares y laborales, especialmente para adolescentes, con el fin de reducir el impacto del desfase circadiano.

 

 

En definitiva, el cambio al horario de verano no es solo una cuestión de relojes, sino de biología. Al alterar la sincronía entre nuestro organismo y el entorno, introduce un pequeño pero significativo estrés en nuestro sistema. Y aunque sus efectos suelen ser transitorios, la evidencia sugiere que respetar nuestros ritmos naturales podría ser una estrategia clave para mejorar el bienestar y la salud pública.

 

La inalcanzable felicidad

La inalcanzable felicidad

Carlos Navas Ferrer

19 de marzo de 2026

Vida, libertad y búsqueda de la felicidad”: así formula la Declaración de Independencia estadounidense un derecho que, en realidad, nunca prometió su cumplimiento. Sin embargo, esa idea, ampliamente difundida por la cultura popular, ha transformado la búsqueda en expectativa, como si la felicidad fuese un estado alcanzable y sostenido.

 

 

Vivimos en una época obsesionada con la felicidad. Se nos promete en libros de autoayuda, en redes sociales, en anuncios televisivos e incluso en el ámbito político. Ser feliz no solo parece posible, parece obligatorio. Sin embargo, hay algo profundamente sospechoso en esa promesa.

 

 

Naturaleza y evolución: por qué no estamos hechos para la felicidad

 

Rafael Euba, profesor en el King’s College de Londres, propone en un artículo publicado en The Conversation que quizá el problema no radica en que no sepamos cómo ser felices, sino que no estamos diseñados para serlo.

 

 

Desde una perspectiva evolutiva, la felicidad no parece tener demasiado sentido como objetivo estable. La selección natural no premia estados de plenitud duradera, sino comportamientos que favorecen la supervivencia. El cerebro humano no evolucionó para hacernos felices, sino para mantenernos alerta, resolver problemas y anticipar amenazas. La ansiedad, la insatisfacción o incluso la tristeza cumplen funciones adaptativas. Nos empujan a actuar, a cambiar, a no conformarnos.

 

 

En ese marco, la felicidad constante sería casi un error biológico. Un organismo plenamente satisfecho dejaría de buscar, de mejorar, de protegerse. Y eso, en términos evolutivos, sería peligroso.

 

 

De hecho, nuestra propia experiencia cotidiana confirma algo parecido: lo que se vuelve estable deja de producir placer intenso. Nos acostumbramos. Lo que ayer nos hacía felices hoy se vuelve normal. Y lo que es normal deja de sentirse como felicidad.

 

 

Freud y la idea de felicidad

 

Esta intuición de que la felicidad es limitada, o incluso imposible, no es nueva. Ya en 1930, Sigmund Freud formuló una de las críticas más radicales en El malestar en la cultura.

 

 

En esta obra, Sigmund Freud plantea una idea tan sencilla como incómoda: el ser humano está orientado a buscar placer y evitar el sufrimiento, pero esa búsqueda está condenada a no satisfacerse plenamente. Desde esta perspectiva, lo que solemos llamar felicidad no sería un estado duradero, sino algo mucho más limitado, vinculado a la satisfacción puntual de necesidades o deseos previamente reprimidos.

 

 

Este planteamiento se articula en torno al llamado principio del placer, según el cual la mente tiende de manera constante a la gratificación inmediata y a la reducción de tensiones internas. Sin embargo, cada satisfacción es necesariamente efímera: apenas se alcanza, comienza a desvanecerse, dejando paso a una nueva necesidad. Se configura así una dinámica continua en la que el deseo conduce a la satisfacción, esta se disuelve y da lugar a un nuevo deseo, lo que impide la estabilización de la experiencia de felicidad. En este sentido, la felicidad aparece estructuralmente ligada a la falta.

 

 

A esta limitación interna se añade un conflicto externo de mayor alcance. La cultura, entendida como el conjunto de normas, valores y formas de convivencia que hacen posible la vida en sociedad, cumple una función protectora, pero al mismo tiempo exige la represión de los impulsos más básicos. Esa renuncia no es gratuita, sino que genera un malestar persistente que acompaña al individuo en su vida social.

 

 

Freud identifica, además, tres fuentes inevitables de sufrimiento que obstaculizan la posibilidad de una felicidad plena: el propio cuerpo, vulnerable al dolor, la enfermedad y el envejecimiento; el mundo exterior, imprevisible y en muchos casos hostil; y las relaciones con los otros, atravesadas por tensiones, conflictos y ambivalencias. El resultado es un equilibrio difícil de sostener, en el que aquello que hace posible la vida humana, la cultura, introduce al mismo tiempo los límites de nuestra satisfacción.

 

 

En este contexto, la felicidad no puede entenderse como un estado continuo, sino más bien como un fenómeno transitorio, un destello que emerge momentáneamente cuando una tensión se alivia y que desaparece casi de inmediato, devolviendo al sujeto a la dinámica incesante del deseo.

 

 

Entonces, ¿qué hacemos?

 

Aceptar que la felicidad no es alcanzable como condición permanente no implica adoptar una postura pesimista, sino más bien asumir una forma de realismo que puede resultar, en cierto sentido, liberadora. Permite abandonar la persecución de un ideal inalcanzable, comprender el malestar como una dimensión constitutiva de la experiencia humana y no como un fallo individual, y replantear la vida en términos distintos a la búsqueda de una satisfacción continua. En lugar de ello, invita a pensar en una existencia articulada en torno a momentos, a formas de sentido y a un equilibrio siempre inestable.

 

 

Desde esta perspectiva, la pregunta relevante deja de ser cómo alcanzar la felicidad y pasa a ser otra más sobria y quizá más fecunda: cómo vivir sabiendo que la felicidad plena no existe. Tal vez en esa reformulación, más modesta y ajustada a la condición humana, se encuentre una forma distinta de serenidad.

Dormir mejor para moverse más, moverse más para dormir mejor: Desmontando mitos

Dormir mejor para moverse más, moverse más para dormir mejor: Desmontando mitos

Mikel Tous Espelosin

13 de marzo de 2026

Cada 13 de marzo se celebra el Día Mundial del Sueño, una oportunidad para recordar que dormir no es simplemente “descansar”, sino un proceso biológico esencial para la salud cardiovascular, metabólica y mental. Sin embargo, todavía circulan mitos y medias verdades que distorsionan su relación con otro gran pilar de la salud: el ejercicio físico.

 

 

Desde la perspectiva de la medicina de estilo de vida, el sueño y el ejercicio físico no son compartimentos estancos, sino conductas que se influyen de forma bidireccional. No se trata solo de que “hacer ejercicio físico cansa y ayuda a dormir”, sino de que dormir mal modifica cómo nos movemos, cómo responde nuestro organismo al esfuerzo durante ese ejercicio físico y los beneficios que obtenemos del mismo.

 

 

¿Cuánto y cómo debemos dormir?

 

El sueño se organiza en ciclos que incluyen fases no REM (sueño superficial y sueño profundo de ondas lentas) y la fase REM, caracterizada por movimientos oculares rápidos. Durante estas fases se producen ajustes cardiovasculares, respiratorios, hormonales, inmunológicos y neurológicos esenciales para la recuperación física y mental.

 

 

La evidencia muestra que el patrón más saludable en población adulta se sitúa, en términos generales, entre 7 y 8 horas diarias. Dormir poco —pero también dormir demasiado de forma habitual— se asocia con mayor riesgo de enfermedad cardiovascular, diabetes tipo 2, obesidad y mayor mortalidad. Esta relación en forma de “U” es uno de los hallazgos más consistentes en epidemiología del sueño. No es solo cuestión de cantidad, sino de calidad y regularidad.

 

 

Lo que la población suele no saber: el ejercicio físico también reestructura el sueño

 

Un aspecto menos conocido es que el ejercicio físico no solo mejora la percepción subjetiva del descanso, sino que puede modificar la arquitectura del sueño. Diversos estudios muestran que la práctica regular de ejercicio físico aumenta el tiempo en sueño profundo (ondas lentas), la fase más restauradora desde el punto de vista físico. También puede reducir la latencia de inicio del sueño (el tiempo que tardamos en quedarnos dormidos).

Además, el ejercicio físico actúa como modulador del ritmo circadiano. Entrenar a horas regulares, preferentemente durante el día y con exposición a la luz natural, refuerza la sincronización de nuestro reloj biológico. Esto tiene implicaciones especialmente relevantes en personas con insomnio crónico o con horarios irregulares.

 

 

Sin embargo, también es importante combatir un mito frecuente: no todo ejercicio físico mejora el sueño en cualquier circunstancia. Entrenamientos de alta intensidad muy próximos a la hora de dormir pueden activar excesivamente el sistema nervioso simpático en algunas personas, dificultando el inicio del sueño. La respuesta es individual, pero el mensaje general es claro: regularidad y horario adecuado suelen ser la combinación más beneficiosa.

 

 

Sueño, ejercicio físico y salud cardiovascular: una relación estratégica

 

La relación entre el sueño y el riesgo cardiovascular es bidireccional. Dormir poco o mal altera la presión arterial nocturna, incrementa el tono simpático, favorece la inflamación sistémica y empeora el metabolismo de la glucosa. A su vez, el ejercicio físico mejora la presión arterial, la función endotelial y la sensibilidad a la insulina, además de asociarse con mejor calidad de sueño.

 

 

En personas con hipertensión arterial, por ejemplo, la combinación de ejercicio físico aeróbico regular y una adecuada higiene del sueño puede generar efectos sinérgicos en el control de la presión arterial. Dormir mal reduce la adherencia al ejercicio físico y disminuye el rendimiento físico; moverse menos empeora los parámetros cardiovasculares y perpetúa el círculo.

 

 

Tanto en la práctica clínica como en la investigación sobre el ejercicio físico, se ha observado que la incorporación de programas estructurados y supervisados no solo mejora la capacidad funcional, sino que también se asocia con mejoras en distintos indicadores de calidad del sueño, lo que aumenta la calidad de vida.

 

 

Salud mental: cuando el sueño es un termómetro

 

En personas con enfermedad mental, la alteración del sueño es extremadamente prevalente y tiene un impacto directo sobre la calidad de vida, el riesgo suicida y la sintomatología depresiva y ansiosa. A menudo, se tiende a atribuir los problemas de sueño exclusivamente a la medicación, pero la realidad es más compleja.

 

 

En nuestra experiencia trabajando con personas con esquizofrenia hemos observado que aquellas que más actividad física realizan suelen presentar mejores patrones de sueño. La introducción de programas de ejercicio físico supervisado por personas educadoras físico-deportivas no solo mejora parámetros físicos, sino que se asocia con mejoras significativas en la calidad del sueño evaluada.

 

 

Cuando dormir mal sabotea el ejercicio físico

 

La otra cara de la moneda es menos visible. La privación crónica de sueño altera hormonas como la leptina y la grelina, incrementa el apetito y reduce la motivación para realizar actividad física. Además, disminuye la capacidad aeróbica, la fuerza y la recuperación muscular.

 

 

En términos prácticos: una persona que duerme sistemáticamente menos de lo necesario no solo tiene mayor riesgo cardiometabólico, sino que probablemente tendrá más dificultades para adherirse a un programa de ejercicio físico. Esto obliga a replantear estrategias de intervención: no es suficiente con prescribir y diseñar ejercicio físico; es necesario evaluar y abordar el patrón de sueño como parte integral del programa.

 

 

Un mensaje final para el Día Mundial del Sueño

 

El sueño es un indicador sensible del estado de salud general y de la calidad de vida. En un contexto donde proliferan soluciones rápidas, suplementos milagro y dispositivos tecnológicos que prometen optimizar el descanso, conviene recordar que dos de las herramientas más eficaces son gratuitas y accesibles: regularidad y movimiento.

 

 

Moverse más para dormir mejor y dormir mejor para vivir más y con mayor calidad. Esa es la sinergia silenciosa entre dos pilares de la salud que rara vez se abordan juntos, pero que deberían formar parte de cualquier estrategia real de bienestar.

Bienestar en la adolescencia: claves para acompañar el crecimiento

Bienestar en la adolescencia: Claves para acompañar el crecimiento

Tatiana Simal Galindo y Alba Zorrilla Blasco

2 de marzo de 2026

​La palabra adolescencia proviene del término del latín adolesco–adolescere: adolecer, crecer a pesar de todo, con dificultades. La propia etimología ya sugiere que no se trata de un tránsito sencillo, sino de un proceso de transformación profundo, a veces contradictorio, en el que conviven la fragilidad y la potencia creadora.

 

 

La mayoría de las personas transitan el paso del mundo infantil al adulto sin rupturas ni desequilibrios importantes; pero las dudas, la incertidumbre, la explosión de deseos y los peligros son inherentes a esta transición. El adolescente deja atrás certezas infantiles mientras todavía no dispone plenamente de los recursos adultos. Se encuentra, por tanto, en una etapa de construcción: de su identidad, de su proyecto vital y de su manera de estar en el mundo.

 

 

A continuación, se presentan algunos factores protectores del bienestar emocional en la adolescencia.

 

 

La atención a las etapas previas

 

Los padres tienen una tarea clave en la infancia y la latencia. En la medida en que se hayan cultivado en el núcleo del hogar factores como la autonomía y la responsabilidad progresivas, la promoción de la toma de decisiones, el acompañamiento tanto en la tolerancia a la frustración como en la culpa y la reparación, el atender a los intereses del niño y facilitar sus aficiones, la práctica de la comunicación asertiva, la transmisión del orgullo por sus logros, así como la ayuda en la modulación de sentimientos y actitudes menos sanos, el juego compartido, etc., los cimientos para el desarrollo del adolescente serán más sólidos.

 

 

Se busca que el niño, al finalizar la latencia, haya llegado a conocer sus puntos fuertes y débiles; que pueda entretenerse por sí mismo y estar a gusto más allá de la presencia constante de sus padres; que pueda afrontar situaciones novedosas y ejercer su carácter defendiéndose ante sus iguales. Habrá disfrute en cuanto a sus posibilidades y capacidades, comenzándose así el diseño de un proyecto propio de vida que en la adolescencia tomará forma más definida.

 

 

La estabilidad de la familia

 

Una base de seguridad familiar es un factor fundamental ante el reto del crecimiento, que no es sino el paso desde la dependencia completa del bebé hacia la confianza e independencia del adulto. Esta estabilidad no implica ausencia de conflictos, sino coherencia, límites claros y disponibilidad afectiva. La familia extensa, los amigos de los padres y los profesores pueden desempeñar un papel esencial al acompañar al adolescente, teniendo en cuenta que la cercanía directa con los padres puede resultarle incómoda. En su proceso de autoafirmación necesita otros modelos y figuras que puedan ser vividas de forma menos amenazante y más facilitadora del diálogo.

 

 

El acompañamiento en la salud sexual

 

Desde el cuidado del propio cuerpo y el respeto al de los demás hasta la posibilidad de hablar de los cambios corporales, del primer amor, de la diferencia entre sexo y amor o de los riesgos de la pornografía, es deseable encontrar un equilibrio que permita abordar estos temas sin invadir en exceso. El adolescente necesita asimilar progresivamente que su cuerpo ya no es infantil: puede aparecer miedo, extrañeza o vergüenza. Se abre la sexualidad, el encuentro con el otro y con uno mismo al mismo tiempo, y contar con adultos que orienten sin juzgar es un factor decisivo de protección.

 

 

Educar en valores y compromisos

 

Estos serán asideros firmes para la construcción de la identidad. La coherencia entre lo que se dice y lo que se hace en el entorno familiar y educativo facilita que el adolescente pueda integrar principios éticos propios, desarrollar el sentido de responsabilidad y aprender a convivir con la diversidad.

 

 

Promover las aficiones

 

Las actividades culturales, deportivas o artísticas no sólo afectan al rendimiento formativo, sino también a las decisiones académicas y al encuentro con iguales con intereses comunes. Las aficiones estructuran el tiempo libre, fortalecen la autoestima y ofrecen espacios de pertenencia saludables.

 

 

Destacar sus logros y no insistir en exceso en sus errores

 

La confianza del adolescente en sí mismo es quebradiza, aunque se aparente lo contrario. Tras actitudes desafiantes o indiferentes puede esconderse una profunda inseguridad. El reconocimiento sincero y proporcionado favorece la consolidación de una autoestima realista.

 

 

Regular el acceso a redes sociales, videojuegos y pantallas

 

El adolescente aún no ha desarrollado plenamente el córtex prefrontal, zona encargada de la planificación, la toma de decisiones y el control de los impulsos. Por ello necesita supervisión y límites externos que suplan esa inmadurez neurológica transitoria. La educación digital debe combinar la confianza con normas claras y razonadas.

 

 

No obviar el efecto tóxico del alcohol, cannabis y otras drogas

 

En el cerebro en desarrollo del adolescente su impacto puede ser especialmente dañino, tanto por el riesgo de desconexión con el estudio (síndrome amotivacional) como por la puerta que supone al desarrollo de adicciones y otros trastornos mentales. Del mismo modo, cuidar la alimentación, el sueño y el descanso son hábitos saludables imprescindibles que sostienen el equilibrio emocional.

 

 

Fomentar el encuentro con el grupo de iguales

 

Acompañar el acceso a grupos acordes con los intereses del adolescente —y si es antes de esta etapa, mejor— facilita una pertenencia sana. No olvidemos que los amigos son, en cierto modo, la familia que uno elige, pero no a pesar de uno mismo. Combatir el acoso escolar es una tarea fundamental de todos: familias, centros educativos y sociedad en su conjunto.

 

 

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, 1 de cada 7 menores entre 10 y 19 años sufre algún trastorno de salud mental. Este dato nos recuerda que la adolescencia, aun siendo una etapa de oportunidad y crecimiento, también puede ser un tiempo de especial vulnerabilidad. Abordar el sufrimiento de forma temprana, desde unidades especializadas y con un enfoque biopsicosocial, permitirá elaborar un diagnóstico adecuado y ofrecer los tratamientos más pertinentes.

 

 

En definitiva, acompañar la adolescencia no consiste en evitar las dificultades —porque crecer implica atravesarlas— sino en ofrecer presencia, límites y confianza. Si la infancia ha sentado bases sólidas y el entorno continúa siendo un espacio de referencia y apoyo, el adolescente podrá transformar la incertidumbre en proyecto, la duda en búsqueda y la fragilidad en fortaleza. Crecer, a pesar de todo, seguirá siendo un desafío, pero también una extraordinaria oportunidad de desarrollo humano.

Preguntas y respuestas para dialogar sobre el alcohol

Preguntas y respuestas para dialogar sobre el alcohol

Gema Puig Esteve y José Miguel Ausejo Sanz

24 de febrero de 2026

Las adicciones nos enfrentan a situaciones complejas, y también a procesos que desgastan las relaciones y que, desde una cierta aproximación de ayuda, o incluso terapéutica, resultan difíciles de acompañar.

 

 

Se puede intuir que cuando el uso diario del alcohol por una persona hace descarrilar la vida familiar, social o laboral, algo le ocurre a la persona; algo se está desencadenando y seguramente será conveniente buscar ayuda.

 

 

Hacer como si no sucediera nada, dejar pasar el tiempo, ocultar lo que pueda estar ocasionando, evitar afrontar la situación, solo va a llevar consigo un agravamiento y, con frecuencia, consecuencias que afectarán a la persona que está inmersa en el consumo de alcohol y a sus diferentes contextos.

 

 

En nuestra sociedad, dada la legalidad y normalización de su presencia en la vida cotidiana, el tabaco y el alcohol son las sustancias más usadas y, probablemente, las que ocasionan mayor número de consecuencias indeseables. Podemos decir que serán estas las sustancias con las que muchas personas se inicien en los «usos de sustancias».

 

 

Se pueden recordar algunos asuntos que reflejan la proximidad que históricamente se ha mantenido con el uso de bebidas alcohólicas, y las dificultades para tomar conciencia de los estragos que estos usos han originado, y originan en la vida de muchas personas.

 

 

Así recordamos cómo se merendaba con «rebanadas de pan con vino y azúcar», cómo se usaban las bebidas de alta graduación como «estimulantes del apetito» para niños, cómo se hacía ver que las intoxicaciones formaban parte del proceso de crecimiento de las personas «quién no se ha intoxicado en alguna ocasión», de las transiciones vitales de los ritos de paso «bebe que ya eres un hombre» o cómo se generalizaba el uso tratando de restar importancia a situaciones complejas «todo el mundo bebe».

 

 

Hoy encontramos que «hacer botellón», o «beber una cantidad excesiva en el menor tiempo posible», así como introducir el uso del alcohol en diferentes juegos o retos, o incluso beber una cantidad importante de alcohol antes de acudir a un encuentro de amigos, añaden peculiaridades al modo de relacionarse con el alcohol.

 

 

Más cantidad, a menor edad, con cierta frecuencia, y repitiendo las intoxicaciones nos sitúan en una realidad cuyas consecuencias a medio y largo plazo desconocemos. Nos enfrentamos a las consecuencias más agudas que pueden llegar a resultar fatales para algunas personas.

 

 

En estas situaciones, como en otros tantos aspectos de la vida, reconocer que algo no va bien y que se precisa ayuda no resulta sencillo.

 

 

Encharcar la conciencia tratando de padecer menos, de no sufrir o de hacer desaparecer una realidad desagradable puede ocasionar varias consecuencias. Entre ellas, la de volver a beber, no ya para aliviar las situaciones referidas, sino para calmar el deseo desarrollado por usar el alcohol. A los malestares previos se añade la necesidad por mantenerse en ese estado de «bienestar» experimentado por la persona ebria.

 

 

El alcohol es una sustancia cercana, presente en todos los momentos de la vida, en nuestra cultura, en nuestras costumbres, en nuestras rutinas. De fácil acceso y no excesivamente caro, nos presenta un escenario complejo que favorece su uso y abuso, el mantenimiento del consumo e incluso el retorno a usarlo tras periodos de abstinencia más o menos prolongados.

 

En este sentido proponemos una serie de preguntas que quizá propicien un cierto diálogo.

 

¿Es posible controlar el uso del alcohol para una persona que ha tenido problemas con dicho uso?

 

Nuestra experiencia compartida nos dice que resultará muy difícil controlar el uso de alcohol para la persona que ha experimentado previamente una dependencia alcohólica. Es posible que la memoria originada por esa dependencia se reactive con velocidad, y que incluso no precise muchos nuevos usos para retornar al punto de dependencia anterior.

 

 

¿La persona que abusaba del alcohol podrá volver a consumirlo de forma social?

 

Nos parece relevante tener en consideración para tratar de entender el alejamiento permanente del uso del alcohol en estas circunstancias, que si retorna el deseo por beber puede estar señalando que las dificultades personales existentes no se han orientado suficientemente y que el malestar originado busca de nuevo en el alcohol un modo de mitigarse. Añadimos que para un individuo vulnerable el retorno a la bebida presenta sensaciones muy difíciles de controlar.

 

 

¿Basta con que hayan transcurrido algunos años de abstinencia para que una persona que tuvo un uso abusivo del alcohol pueda mantener un uso controlado?

 

No hay forma, desde nuestra experiencia, de retornar a un uso social del alcohol cuando previamente existió una historia de abuso; es un deseo difícil de llevar a la práctica. El control no parece posible y es un riesgo del que el individuo habrá de ser consciente por las consecuencias que puede desencadenar. Nuevas satisfacciones han podido favorecer una vivencia cotidiana en la que el alcohol se mantuvo ausente, e incluso esta nueva experiencia cotidiana originó mayor conciencia sobre las complicaciones surgidas en torno al abuso previo del alcohol. Desde la inexactitud, en muchos aspectos de la medicina cada persona es una experiencia concreta, una relación particular entre la sustancia que se usa, el sujeto que la usa y los contextos donde se llevan a cabo dichos usos, y en estas líneas señalamos la enorme dificultad existente para retornar a ese consumo social.

 

 

Tras un periodo de abstinencia, ¿sería adecuado que una persona que ha mantenido un uso abusivo de alcohol tomase bebidas «alcohólicas sin alcohol»?

 

Las bebidas alcohólicas que se presentan como «cero alcohol» favorecen en las personas que han vivido una experiencia de uso abusivo del alcohol, traspasar una puerta de consecuencias impredecibles. Participar en este juego podría suponer propiciar un contexto de proximidad y permiso que, tras los esfuerzos realizados para mantener la abstinencia, puede conducir a nuevos usos de alcohol.

 

 

¿Cómo se puede reconocer que alguien que vivió una época de consumo abusivo, excesivo, o de dependencia al alcohol ha superado dicha situación?

 

El único modo de percibir que una persona ha superado una dependencia del consumo de alcohol es observar que se mantiene abstinente, ya que el riesgo de reactivar ese uso abusivo y, por tanto, que nuevamente aflore la dependencia va a estar siempre presente. Otros rasgos son observar cómo la vida familiar, social y laboral se reconduce; se introducen nuevos modos de disfrutar o se recuperan algunos arrinconados. Incluso se percibe cómo los aspectos más frágiles de la persona adquieren una mayor consistencia. El rechazo a la búsqueda de ayuda se transforma en la necesidad de afrontar las dificultades que la sobriedad muestra y que parece conveniente recolocar del mejor modo posible.

 

 

Añadimos una mirada que nos parece relevante. Desde un punto de vista ocupacional, beber alcohol se configura en la historia de algunas personas como una ocupación significativa, posiblemente iniciada debido a las influencias sociales, que en determinados momentos han podido otorgarle beneficios personales e incluso un «cierto reconocimiento social» e identidad ocupacional. Esa persistencia a lo largo del tiempo a pesar del constante desafío que supone para su vida personal, familiar, laboral, favorecida por las oportunidades del entorno (normalización del consumo, accesibilidad de la bebida, legalidad de la sustancia, ligado a la celebración, al ocio, a la fiesta) da cuenta de ese «lado oscuro» de algunas actividades cuyo desempeño conduce a una adicción.

 

Entendida la «resiliencia ocupacional» como el grado de persistencia en cualquier actividad específica, podemos intuir la importancia de generar socialmente oportunidades de ocio que fomenten la salud y el bienestar y aprovechen el potencial de la participación y el apoyo social.