Las Legumbres: un alimento humilde con un valor extraordinario

Las Legumbres: un alimento humilde con un valor extraordinario

Sofía Pérez Calahorra

10 de febrero de 2026

Cada 10 de febrero se celebra el Día Mundial de las Legumbres, fecha impulsada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para poner en valor unos alimentos que, pese a su sencillez, desempeñan un papel fundamental en la salud humana, la seguridad alimentaria y la sostenibilidad ambiental.

Entre las legumbres más conocidas están las lentejas, judías, garbanzos, guisantes, si bien hay otras no tan conocidas pero que cada vez están teniendo más aceptación en nuestra gastronomía como los altramuces o la soja. Todas ellas han formado parte de la alimentación tradicional durante siglos y hoy, respaldadas por la evidencia científica, vuelven a ocupar un lugar central en las recomendaciones nutricionales.

Las legumbres son las semillas secas de diferentes plantas leguminosas, cultivadas y consumidas en todo el mundo. Son un pilar fundamental de nuestra dieta mediterránea pero también de muchas otras culturas. Su relevancia no solo se debe a su magnífico valor nutricional, sino también a su bajo coste, facilidad de conservación y gran versatilidad culinaria.

Desde el punto de vista nutricional, las legumbres destacan por su alta densidad de nutrientes. Constituyen una excelente fuente de proteína vegetal, lo que las convierte en un alimento clave en dietas vegetarianas, veganas y flexitarianas, y cuando se combinan con otros cereales se obtiene una proteína de calidad elevada. Además, aportan entre un 60-65% de su peso seco como hidratos de carbono y corresponden a almidón de lenta absorción. Las proteínas suponen en torno al 18–24 %, mientras que el contenido en grasas es reducido, situándose generalmente entre el 1 y el 5 % con un aporte mayoritario de ácidos grasos insaturados.

Además, aportan:

  • Fibra dietética en cantidades elevadas, que favorece la salud intestinal, el equilibrio del microbiota y la regulación del tránsito intestinal.
  • Índice glucémico bajo, que contribuye al control de la glucemia y a una mayor sensación de saciedad.
  • Micronutrientes esenciales, como hierro, magnesio, zinc, potasio y vitaminas del grupo B, especialmente folatos.
  • Bajo contenido en grasa y ausencia de colesterol.

 

Este perfil nutricional explica por qué el consumo habitual de legumbres mejora el perfil lipídico, el control glucémico y la presión arterial lo que se asocia con un menor riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y obesidad, así como con una mejor calidad global de la dieta.

 

 

Más allá de los nutrientes: compuestos bioactivos y matriz alimentaria

 

Las legumbres no solo aportan nutrientes esenciales, sino también compuestos bioactivos que generan un importante impacto en la salud. Estos compuestos, también presentes en otros alimentos de origen vegetal como frutas, verduras y cereales integrales, pueden influir en procesos relacionados con la inflamación, el metabolismo y la prevención de enfermedades crónicas.

Ante este contexto, la evidencia científica actual subraya que los posibles beneficios para la salud que genera el consumo habitual de legumbres no depende de un único compuesto aislado, sino de que si se consume como alimento completo y sin modificar su matriz alimentaria se favorecen interacciones complejas a nivel intestinal y metabólico.

En este sentido, por ser un alimento completo, las guías alimentarias recomiendan aumentar el consumo de legumbres, al menos 2 a 4 raciones por semana, o incluso más si se quiere consumir como sustituto a las proteínas de origen animal. Desde la perspectiva de la salud pública, las legumbres constituyen una herramienta estratégica de salud: son accesibles, económicas y nutricionalmente completas, lo que las hace especialmente relevantes en contextos de inseguridad alimentaria, y mejorar parámetros clínicos actualmente muy presentes en las sociedades occidentales.

Más allá de sus beneficios para la salud, las legumbres desempeñan un papel clave en la sostenibilidad de los sistemas alimentarios. Su cultivo presenta múltiples ventajas ambientales:

  • Capacidad de fijar nitrógeno atmosférico en el suelo, reduciendo la necesidad de fertilizantes químicos.
  • Menor consumo de agua en comparación con la producción de proteínas de origen animal.
  • Baja huella de carbono, lo que las convierte en un alimento estratégico frente al cambio climático.

 

Es por ello por lo que promover el consumo de legumbres es, por tanto, una acción concreta que conecta alimentación saludable y cuidado del medio ambiente.

 

A pesar de sus beneficios, persisten algunas creencias erróneas en torno a las legumbres:

  • “Las legumbres engordan”: no es cierto. Son alimentos saciantes, ricos en fibra y con una carga calórica moderada.
  • Las “legumbres de bote no son buenas”: son tan saludables como las secas. La principal diferencia es su comodidad, listas para consumir ya que han sido correctamente remojadas y cocinadas, lo que mejora su digestibilidad. Además, el líquido presente no es perjudicial y, de hecho, puede aprovecharse en cocina bajo el nombre de aquafaba, especialmente en recetas veganas.
  • “Son difíciles de digerir”: una correcta preparación —remojo, cocción adecuada e introducción progresiva— mejora notablemente su tolerancia.
  • “Son un alimento aburrido”: ¡nada de eso! Hoy en día, se incorporan en recetas modernas y adaptadas a distintos estilos de vida.

 

Sin embargo, uno de los retos actuales es volver a integrarlas en la dieta cotidiana, especialmente entre la población joven. Algunas estrategias sencillas incluyen:

  • Incorporarlas en ensaladas templadas o frías.
  • Utilizarlas en cremas, purés y platos de cuchara tradicionales.
  • Preparar hummus, untables o hamburguesas vegetales.
  • Introducirlas desde la infancia, respetando la cultura gastronómica local.

 

En definitiva, el Día Mundial de las Legumbres puede ser una oportunidad perfecta para reflexionar sobre nuestras elecciones alimentarias. Revalorizar estos alimentos —nutritivos, beneficiosos, sostenibles y económicos— aporta valor al concepto de dieta y alimentación. En un contexto marcado por el aumento de las enfermedades crónicas y la urgencia climática, las legumbres nos recuerdan que, a veces, las soluciones más eficaces son también las más sencillas. Volver a ellas nos lleva en la dirección correcta.

 

¿Las palomitas de maíz son saludables? lo que dice la ciencia

¿Las palomitas de maíz son saludables? lo que dice la ciencia

Sofía Pérez Calahorra

19 de enero de 2026

Las palomitas de maíz, conocidas mundialmente como popcorn, ocupan un lugar curioso en la alimentación moderna. Para algunas personas son sinónimo de ocio y cine; para otras, un snack “ligero” que parece más saludable que muchas alternativas ultraprocesadas. Pero ¿Qué dice realmente la ciencia sobre las palomitas de maíz?

La respuesta no es única, todo depende de cómo se preparen, en qué cantidad se consuman y dentro de qué patrón alimentario se integren.

Desde el punto de vista nutricional, las palomitas de maíz parten de una base interesante, un cereal integral. Cuando el grano se expone al calor, el almidón y el agua que contiene se expanden y producen la explosión característica, sin que sea necesario añadir otros ingredientes.

En su elaboración más simple, preparadas solo con aire caliente o con una cantidad mínima de aceite, las palomitas conservan propiedades propias de los cereales integrales: aportan fibra dietética, pequeñas cantidades de proteínas vegetales y diversos compuestos fenólicos con actividad antioxidante. Además, tienen una baja densidad energética, ya que ocupan mucho volumen con relativamente pocas calorías.

Este aumento de volumen es clave: una ración de palomitas naturales puede generar una sensación de saciedad mayor que otros snacks habituales y más procesados, lo que explica ser una posible alternativa más saludable frente a productos refinados.

 

 

¿Son beneficiosas para la salud?

 

La evidencia científica sugiere que las palomitas de maíz naturales pueden formar parte de una alimentación saludable, especialmente cuando sustituyen a snacks ultraprocesados.

Uno de sus principales beneficios es su contenido en fibra, que contribuye al buen funcionamiento del tránsito intestinal, favorece la saciedad y se asocia con un mejor control metabólico. Algunos estudios experimentales han mostrado que, frente a galletas o aperitivos refinados, las palomitas inducen mayor sensación de plenitud y reducen la ingesta energética posterior.

Otro aspecto menos conocido es su contenido en antioxidantes. Investigaciones han demostrado que las palomitas contienen polifenoles, compuestos bioactivos presentes también en frutas y verduras, que ayudan a combatir el estrés oxidativo. Estos antioxidantes se concentran principalmente en la cáscara del grano, una parte que suele eliminarse en otros productos derivados del maíz, pero que permanece en las palomitas.

Todo ello explica por qué, cuando se preparan de forma sencilla, las palomitas pueden considerarse un snack de grano entero, comparable e incluso superior en fibra a muchos productos integrales industriales.

 

¿Cuándo dejan de ser saludables?

 

El problema surge cuando las palomitas dejan de ser un alimento simple y se transforman en un producto altamente procesado. Las versiones comerciales, especialmente las que se consumen en cines o vienen listas para microondas, suelen contener grandes cantidades de grasas saturadas, sodio, saborizantes y aditivos.

En estos casos, el perfil nutricional cambia por completo. Un alimento originalmente ligero puede convertirse en una preparación hipercalórica, con un exceso de sal y grasas poco saludables, cuyo consumo frecuente se asocia indirectamente con obesidad, hipertensión y mayor riesgo cardiovascular.

Además, las palomitas de microondas han sido objeto de preocupación por el uso histórico de ciertos compuestos químicos en los envases y saborizantes. Aunque muchas formulaciones han sido reformuladas en los últimos años, la literatura científica recomienda prudencia y consumo ocasional, priorizando siempre preparaciones caseras.

Otro punto para considerar es su índice glucémico, que es moderado a alto. Aunque se trata de un grano entero, su estructura expandida facilita una rápida digestión del almidón. En personas con diabetes o resistencia a la insulina, esto no implica prohibición, pero sí la necesidad de controlar porciones y contexto, idealmente combinándolas con otros alimentos que moderen la respuesta glucémica.

 

 

¿Cuál es su relación con enfermedades crónicas?

 

La evidencia disponible permite hacer una distinción clara:

  • Palomitas naturales, preparadas con aire caliente o poca grasa, no se asocian con mayor riesgo de enfermedad crónica y pueden encajar bien en patrones alimentarios saludables.
  • Palomitas ultraprocesadas, ricas en sal, grasas y aditivos, contribuyen a dietas de baja calidad nutricional y pueden favorecer, a largo plazo, el desarrollo de enfermedades crónicas relacionadas con la alimentación.

 

Este contraste convierte a las palomitas en un ejemplo paradigmático de un principio clave en nutrición actual: no solo importa el alimento, sino su grado de procesamiento.

Desde una perspectiva de educación nutricional, el mensaje es claro para conseguir un alimento adecuado una preparación sencilla, consumido con moderación dentro de una alimentación saludable, son más importantes que demonizar o idealizar alimentos concretos.

 

En definitiva, las palomitas de maíz pueden ser tanto aliadas como enemigas de la salud. En su forma más simple, representan un snack de grano entero, rico en fibra y antioxidantes, con buena capacidad de saciedad. En su versión ultraprocesadas, pierden estas virtudes y se convierten en una fuente innecesaria de calorías, sal y grasas.

 

Vivir entre dos lados: El Síndrome de Hemiplejia Alternante

Vivir entre dos lados: El Síndrome de Hemiplejia Alternante

José Alberto Ramos Martínez

18 de enero de 2026

Hablar de una vida entre dos lados podría parecer el título de una película, pero nada más lejos de la realidad representa el día a día de aquellos niños que padecen la enfermedad.

Piensa que, de repente, de forma brusca, el niño comienza a perder la fuerza en una de las mitades de su cuerpo, alternando la pérdida de dicha fuerza entre ambos lados del cuerpo, aunque puede producirse sin la alternancia de estos. Sin embargo, tras un periodo de tiempo prolongado, dicha fuerza regresa, pudiendo repetirse dicha situación de forma reiterada en el tiempo.

Esto es lo que se conoce como síndrome hemipléjico alternante, una condición genética muy poco frecuente que presenta un efecto a nivel neurológico en el niño, generando así un impacto relevante en la vida del paciente pediátrico, sus familias y su entorno.

 

¿Qué ocurre realmente?

 

Dicho síndrome presenta una serie de signos clínicos caracterizados por episodios transitorios de hemiplejia, produciendo así la pérdida funcional y parálisis de una mitad del cuerpo.

Lo más característico que se ha observado es que dichos síntomas se producen durante el estado de vigilia y que estos suelen ceder durante el estado de sueño.

Además, el hecho de que el desarrollo de la enfermedad no presente un desarrollo concreto puede suponer un suceso de gran impacto tanto en la vida del menor como en el resto de sus familiares.

Principalmente, la enfermedad constituye un trastorno grave del neurodesarrollo y se puede manifestar en una gran cantidad de síntomas intermitentes, como distonía, nistagmo y disautonomía, y discapacidades de carácter neurológico (ataxia, retraso del desarrollo, etc.).

Sin embargo, no son los únicos síntomas que podemos encontrar ya que, entre ellos, en muchas ocasiones, se acompañan de movimientos oculares anormales, debilidad general, posturas distónicas (contracciones musculares involuntarias) e incluso pudiendo llegar a presentarse estados convulsivos y produciéndole al niño problemas en los ámbitos de la atención y el aprendizaje.

 

¿Qué nos dice la investigación?

 

Durante las últimas décadas, la ciencia nos ha permitido conocer que una gran mayoría de los casos están asociados a mutaciones en los genes ATP1A2 y ATP1A3, genes con una importancia enorme en un correcto funcionamiento neuronal.

Dichos genes constituyen una especie de “bomba” que asegura el equilibrio de los iones entre las neuronas y el medio externo, garantizando un correcto funcionamiento en la transmisión de mensajes eléctricos entre el cerebro y los músculos.

Si dicha bomba no funciona óptimamente, se producen los episodios de hemiplejia y una variedad de síntomas de carácter neurológico, generando un enorme impacto y de forma totalmente inesperada en la vida de la persona y su entorno.

 

¿En qué momento aparece?

 

La aparición de la sintomatología suele darse antes de los 18 meses de edad, pudiendo confundirse con otro tipo de patologías como la epilepsia infantil, además de sensación de debilidad en una parte del cuerpo o movimientos oculares inusuales, lo que dificulta y retrasa el diagnóstico.

Dicho diagnóstico siempre se apoya en elementos como la observación de los episodios, la aportación de vídeos por parte de los padres, estudios como el electroencefalograma y la realización de pruebas de carácter genético que permitan verificar la presencia de mutaciones relacionadas con el síndrome.

 

¿Existe una cura?

 

Por el momento, la cura no es un hecho real y presente, sino que el objetivo principal en dicho síndrome es la ayuda a la hora de controlar los episodios y, sobre todo, mejorar la calidad de vida de la persona.

Para ello, debemos tener en cuenta lo siguiente:

  • Flunarizina: es el fármaco más empleado para reducir la frecuencia y la gravedad de los episodios de hemiplejia y otros síntomas de carácter paroxístico.
  • Manejo de la sintomatología: una de las estrategias empleadas supondría el hecho de contar con un registro de factores y desencadenantes que provocan los episodios, así como intentar dormir al inicio de estos, ya que en muchas de las ocasiones el sueño detiene su aparición.
  • Soporte multidisciplinar: elementos como la rehabilitación, el apoyo educativo y la atención psicológica serán determinantes, ya que en muchos de los casos los niños pueden presentar dificultades en el aprendizaje y la atención.

 

Un mundo más allá

 

La vida con síndrome hemipléjico no solo debe contemplarse desde el plano físico, sino también desde su importancia emocional y social. Aunque el camino es complejo, la ciencia ha permitido progresar en el conocimiento que se tiene sobre dicha patología.

Por ello, la labor científica y divulgativa resulta clave para proporcionar un diagnóstico precoz, un mejor acompañamiento y una mayor visibilidad de las enfermedades conocidas como enfermedades raras.

Masticar chicle: un gesto cotidiano con efectos sorprendentes en la salud

Masticar chicle: un gesto cotidiano con efectos sorprendentes en la salud

Sofía Pérez Calahorra

13 de enero de 2026

Para muchas personas, masticar chicle es un hábito casi automático: se utiliza para refrescar el aliento, aliviar el nerviosismo o simplemente pasar el tiempo. Sin embargo, en los últimos años la ciencia ha empezado a prestar atención a este gesto tan común. Lejos de ser un simple entretenimiento, el chicle se ha convertido en objeto de estudio en hospitales y universidades, donde se investiga su impacto real sobre la salud y el bienestar. Los resultados son llamativos: masticar chicle puede influir en funciones digestivas, ayudar en el abandono del tabaco, mejorar el rendimiento mental y contribuir al cuidado de la salud bucodental. Todo ello a través de un gesto sencillo, accesible y no farmacológico.

 

Un estímulo para el sistema digestivo

Uno de los ámbitos donde el chicle ha demostrado mayor utilidad es en la recuperación del intestino tras una cirugía, especialmente después de operaciones abdominales. En el periodo postoperatorio es frecuente que el intestino reduzca o detenga temporalmente su actividad, una complicación conocida como íleo postoperatorio. Esta situación puede provocar dolor, hinchazón, náuseas y retrasar la recuperación del paciente. Masticar chicle puede ayudar a prevenir este problema. Al hacerlo, el organismo interpreta que está a punto de recibir alimento, aunque en realidad no se ingiera nada. Este fenómeno, denominado “alimentación simulada”, activa una vía de comunicación entre el cerebro y el sistema digestivo que estimula la producción de saliva, la liberación de hormonas digestivas y el movimiento intestinal.

Como resultado, el intestino “se reactiva” antes, facilitando la expulsión de gases y la reanudación del tránsito intestinal. En este sentido, diversos estudios han observado que los pacientes que mastican chicle tras la cirugía recuperan antes la función digestiva y, en muchos casos, pueden recibir el alta hospitalaria más pronto.

Lo más interesante es que se trata de una intervención sencilla, de bajo coste y muy bien aceptada por los pacientes, incluidos niños y personas mayores.

 

Un apoyo eficaz para dejar de fumar

Otro uso ampliamente respaldado por la evidencia científica es el del chicle como ayuda para abandonar el tabaco. En este caso, el chicle de nicotina forma parte de las terapias de reemplazo de nicotina y se utiliza para aliviar los síntomas de abstinencia que aparecen cuando una persona intenta dejar de fumar.

Al masticarlo, la nicotina se libera de forma gradual, lo que reduce el deseo intenso de fumar sin necesidad de recurrir al cigarrillo. Esto lo convierte en una herramienta especialmente útil para afrontar momentos puntuales de tentación y prevenir recaídas. Además, algunos estudios sugieren que combinar el chicle de nicotina con otros métodos, como los parches, puede mejorar la adherencia al tratamiento. Este aspecto es clave, ya que uno de los mayores desafíos en la cesación tabáquica no es solo iniciar el proceso, sino mantenerlo el tiempo suficiente para lograr una abstinencia duradera.

 

Bienestar, atención y rendimiento

Más allá del ámbito clínico, la investigación también ha explorado el uso del chicle en personas sanas, especialmente en relación con el bienestar y el rendimiento físico y mental. En este campo, los resultados son variados, pero prometedores. Por ejemplo, el chicle con cafeína ha despertado interés en el ámbito deportivo. La cafeína se absorbe rápidamente a través de la mucosa oral, lo que puede ayudar a reducir la sensación de fatiga y mejorar la atención y el tiempo de reacción. Para algunos deportistas, esta forma de consumo resulta práctica en situaciones en las que beber líquidos no es posible o conveniente. También se han estudiado los efectos de la masticación sobre la atención, la memoria y el estado de ánimo.

Aunque no todos los estudios muestran resultados concluyentes, algunos sugieren que el acto rítmico de masticar puede ayudar a mantener la alerta mental y modular el estrés o la ansiedad leve, especialmente en situaciones de concentración prolongada.

 

El chicle con xilitol y la salud bucodental

Uno de los ámbitos donde el chicle ha sido más estudiado es el de la salud oral, especialmente cuando contiene xilitol. Las caries y las enfermedades de las encías siguen siendo problemas muy frecuentes, y el chicle con xilitol se ha propuesto como una herramienta complementaria para su prevención.

Estudios recientes han mostrado que masticar chicle con xilitol de forma diaria puede reducir de manera significativa la cantidad de placa dental. Además, se ha observado una disminución de bacterias asociadas a la caries y a la enfermedad periodontal, junto con un aumento de microorganismos más habituales en bocas sanas. Todo ello sin alterar negativamente el pH de la placa dental. Estos efectos se explican por varios mecanismos: el xilitol dificulta que las bacterias utilicen los azúcares para producir energía, reduce su capacidad de adherirse a los dientes y, al estimular la salivación, favorece la limpieza natural de la cavidad oral. Eso sí, los expertos insisten en que el chicle con xilitol debe considerarse un complemento, nunca un sustituto del cepillado y la higiene dental adecuada.

 

En conjunto, la evidencia científica muestra que el chicle es mucho más que un producto trivial. Su utilidad como apoyo en la recuperación quirúrgica, el abandono del tabaco, el bienestar general y la salud bucodental lo convierte en una herramienta con un gran potencial, especialmente por su bajo coste y facilidad de uso. Aun así, los investigadores subrayan la necesidad de seguir estudiando sus efectos, estandarizar los protocolos de uso y analizar su impacto a largo plazo. Mientras tanto, resulta fascinante comprobar cómo un gesto tan cotidiano puede activar mecanismos complejos en nuestro organismo. A veces, la ciencia nos recuerda que las soluciones más simples pueden esconder efectos sorprendentes, y que cuidar la salud también pasa por comprender mejor cómo responde nuestro cuerpo a los estímulos más básicos

Resistencias a antibióticos en aguas

Resistencias de antibióticos en aguas

Nadia Larumbe y Mireya García-Gracia

14 de diciembre de 2025

¿Qué es la resistencia a antibióticos?

Desde el descubrimiento de la penicilina en 1897, los antibióticos han revolucionado la medicina moderna. Infecciones que antes eran mortales se volvieron fácilmente tratables salvando así millones de vidas. Sin embargo, en la actualidad enfrentamos un gran problema: los antibióticos están perdiendo su eficacia. Este fenómeno, denominado resistencia a antibióticos, ocurre porque las bacterias son capaces de desarrollar mecanismos que les permiten sobrevivir a estos fármacos diseñados para eliminarlas. Ocurre de forma completamente natural, las bacterias evolucionan constantemente, pero el uso incorrecto y excesivo de antibióticos ha acelerado dramáticamente este proceso, convirtiéndose en una importante amenaza para la Salud Pública.

¿Cómo surge la resistencia a antibióticos?

Cuando se expone una población bacteriana a un antibiótico, algunas bacterias pueden tener ciertos mecanismos que las hacen menos sensibles al tratamiento. De esta forma, las bacterias más sensibles son eliminadas de la población por acción del antibiótico, mientras que las resistentes sobreviven y se multiplican, transmitiendo su resistencia a las siguientes generaciones. Este proceso provoca el aumento de las poblaciones bacterianas potencialmente más peligrosas, ya que son estas las que poseen la ventaja evolutiva de persistir en ambientes donde los antibióticos están presentes. Con el tiempo, esta selección favorece la expansión de cepas resistentes, dificultando los tratamientos y haciendo que infecciones antes simples se vuelvan más difíciles de tratar.

Además de este fenómeno de selección natural, la presencia de forma persistente de antibióticos en el entorno ejerce una fuerte presión evolutiva sobre las poblaciones bacterianas que, puede favorecer la aparición de mutaciones espontáneas y ofrezcan nuevas formas de resistir al fármaco. A esto se suma otro mecanismo clave para la resistencia a antibióticos, la transferencia horizontal de genes, un proceso mediante el cual las bacterias son capaces de intercambiar información genética entre sí, incluso perteneciendo a distintas especies. Mediante este intercambio, los genes que otorgan resistencia a los antibióticos pueden propagarse fácilmente en una comunidad bacteriana, de forma que una bacteria que nunca había estado expuesta a cierto antibiótico puede adquirir de otra la capacidad de resistir al tratamiento.

Aunque estos son mecanismos que ocurren de manera natural, el uso descontrolado de antibióticos ejerce una presión sobre las poblaciones bacterianas, que favorece y aumenta la frecuencia con la que se dan estos acontecimientos, acelerando la expansión de cepas resistentes, lo que complica el panorama de la Salud Pública.

¿Cómo se contaminan las aguas con antibióticos?

El uso irresponsable de antibióticos en el ámbito sanitario y veterinario genera una serie de efluentes contaminados con estos fármacos. Puesto que el agua es un recurso limitado, se ha popularizado la regeneración de las aguas para poder usarlas con otros fines o devolverlas al medioambiente de forma segura.

Pese a los esfuerzos invertidos para eliminar los contaminantes de las aguas residuales, se han detectado antibióticos en muy bajas concentraciones en ecosistemas acuáticos. Aunque pueda parecer que estas cantidades tan bajas de antibióticos no suponen un riesgo, algunos estudios han determinado que incluso a niveles tan bajos pueden ejercer una presión selectiva sobre las bacterias, provocando que aquellas que hayan podido mutar o adquirir genes resistencia persistan y mueran las más sensibles. La magnitud de esta problemática ha llevado a que, a nivel europeo, se estén impulsando proyectos específicos para la detección de antibióticos y bacterias potencialmente resistentes, así como sus posibles reservorios ambientales en zonas clave para su vigilancia. Desde la Universidad de Zaragoza, el grupo Agua y Salud Ambiental participa en los proyectos EMERGENTcy (POCTEFA) e INPATBIOTICS (AEI), contribuyendo a investigar la presencia de estos contaminantes y los posibles reservorios en los sistemas acuáticos.

Reservorios ambientales de resistencia

Un reservorio es el lugar donde un agente infeccioso reside y se multiplica y del que depende para sobrevivir. Existen reservorios humanos, animales y ambientales. Estos últimos son muy variados, abarcan desde plantas y suelos hasta ambientes acuáticos. A este respecto, es relevante mencionar las amebas de vida libre y la presencia de biofilms en la propagación de resistencias a antibióticos.

Un biofilm es una comunidad microbiana generada por diferentes microorganismos que se encuentran cohabitando en una capa mucosa adherida a una superficie. Los biofilms pueden generarse tanto en la naturaleza como en sistemas de aguas de red. Su composición es variada, puede haber hongos, bacterias, algas y protozoos. Debido a la estructura del biofilm, los microorganismosque se encuentran en él están más protegidos frente a cualquier agente externo, por lo que puede servir de reservorio para las bacterias resistentes a antibióticos. Entre los habitantes de los ecosistemas acuáticos y los biofilms, las amebas de vida libre son protozoos capaces de fagocitar bacterias para alimentarse. Algunas de estas bacterias resisten a su digestión y pueden quedarse en su interior, utilizándolas también como protección.

Estos reservorios permiten a las bacterias resistentes sobrevivir, proliferar e incluso intercambiar genes de resistencia entre ellas, de forma que pueden facilitar la aparición de superbacterias, multirresistentes frente a un amplio espectro de medicamentos antimicrobianos.

¿Qué podemos hacer nosotros?

Aunque la resistencia a antibióticos supone un problema global, la solución puede comenzar con acciones que podemos implementar a diario. Como individuos, es importante que el uso de los antibióticos se haga de forma responsable, siempre bajo prescripción y siguiendo las pautas de tratamiento indicadas por el médico. Además, la prevención resulta también clave, donde acciones tan sencillas como el lavado de manos puede evitar la propagación de infecciones y con ello reducir la necesidad del uso de antibióticos. Más allá de nuestras acciones individuales, es fundamental promover mayor conciencia social sobre el uso adecuado de antibióticos y el fomento de programas de vigilancia epidemiológica.

La resistencia a antibióticos no es un problema lejano, sino que ya afecta directamente a nuestra salud y es un reto que debemos afrontar como una tarea colectiva.