Para un tiempo más incierto: Reflexiones sobre la salud mental

Para un tiempo más incierto: Reflexiones sobre la salud mental

José Miguel Ausejo Sanz

10 de octubre de 2025

Mi vida laboral se ha movido entre el mundo de las adicciones, los trastornos mentales graves y la atención a niños, adolescentes y jóvenes con itinerarios vitales complejos. Al mismo tiempo, he trabajado en el acompañamiento a equipos de profesionales inmersos en la atención de estos niños, adolescentes y jóvenes.

 

Soy Licenciado en Medicina, no pude y no supe hacer el MIR, y me he formado en una larga lista de cursos, horas de formación y lecturas. Creo poder decir que la formación universitaria en medicina, en aquellos años en relación con lo “psi” resultaba deficiente y poco atractiva, con una sola asignatura de psiquiatría y otra de psicología, si la memoria no me falla. No obstante, he tenido suerte de poder compartir con buenos profesionales sus conocimientos y su humanidad. También he compartido mi trabajo con profesionales que no eran médicos, pero, sin excepciones, interesados por la persona que tenían delante, por tratar de entenderla y, en la medida de lo posible, de acompañarla en su malestar y en el modo de ver y verse en el mundo.

 

En mi experiencia, y ahora que solo soy responsable de mis palabras, diría que el sistema en el que he participado y que ha pretendido dar respuesta a las “realidades” de cada persona que hemos definido como problemas de salud mental, es un sistema que se ha preocupado más por sostenerse a sí mismo que por la atención a cada persona. La dificultad surge cuando el esfuerzo por justificar y mantener la estructura nos lleva a perder de vista a la persona, sus necesidades, sus cambios y sus urgencias, y nos instalamos en la “seguridad” que nos proporciona la aparente solidez del sistema. Hacemos como si lo importante fueran las personas, pero las respuestas tratan más de sostener el entramado que de transformarlo, o adaptarlo, de forma que responda a los malestares del momento.

 

La realidad que podemos componer a través de las miradas de distintos interventores en el acompañamiento de las situaciones de “salud mental”, de la atención a los malestares de las personas, debería servirnos para evidenciar las necesidades existentes, obligándonos a modificar el sistema en los aspectos convenientes, y empujarnos a recomponer nuevos modelos de atención.

 

Por otro lado, si la “comunidad” está en crisis, ¿cómo poder acoger a las personas que plantean una percepción de la realidad “diferente”, en ocasiones extraña o peculiar, que se sale de lo corriente? ¿Cómo poder llevar adelante la acogida en la comunidad cuando esta no cuenta con los apoyos adecuados?

 

El grado de incertidumbre, de miedo, de recelo, de desconfianza que existe hacia el otro, se incrementa cuando ese otro vive esa realidad “diferente”. Esto conlleva afrontar situaciones exigentes, intensas e incluso incómodas, y ello no resulta una tarea fácil.

 

La medicina no es una ciencia exacta y la atención y el acompañamiento de personas que viven inmersas en esa realidad “diferente” ahonda en la inexactitud. Es demasiado lo que aún desconocemos y aunque en ocasiones podamos aprender recogiendo aspectos comunes a los procesos de distintas personas, la realidad es terca y nos obliga a mirar proceso a proceso.

 

Actualmente entendemos mejor el funcionamiento de algunas estructuras cerebrales, pero nos resistimos a reconocer la importancia que tiene la complejidad de cada persona en su proceso vital. Los tratamientos farmacológicos necesarios en distintas situaciones de gran malestar o sufrimiento no resuelven el proceso vital. Pueden proporcionar mayor estabilidad, un cierto atemperamiento y un alivio en la carga de malestar. Es decir, pueden ser de ayuda en la construcción de una relación de ayuda que favorezca el acompañamiento a la persona en su sufrimiento y afrontar de un modo aceptable las crisis que se puedan presentar. Sin embargo, favorecen que la persona se perciba diferente y esta percepción no siempre resulta agradable. También pueden originar consecuencias no buscadas, efectos secundarios que incrementen las sensaciones de desagrado de la persona.

 

La vida de las personas es más compleja que un intrincado entramado de receptores, circuitos, y transmisores. La importancia de los acontecimientos vitales sucedidos, y por suceder, así como de las decisiones tomadas nos muestran una realidad a la que difícilmente se puede responder de manera exclusiva con fármacos. En este sentido, aunque creo en la importancia del papel de los fármacos, creo poder afirmar que, de ningún modo, sustituyen la necesidad de una relación de ayuda.

 

Pero ¿Cómo construir esta “relación de ayuda” en una realidad compleja como la que vivimos?

 

Las personas que buscan ayuda sienten una cierta necesidad de recibirla o aquellas que se encierran en sus dificultades y se aíslan viven en estados de desconfianza, originados por los acontecimientos vividos.

 

¿Cómo construir una presencia que pueda proporcionar seguridad o que al menos aporte una experiencia de interés genuino? ¿Cómo encarar el futuro cuando la vida está condicionada por una realidad que limita y condiciona tu desarrollo como persona?

 

Acompañar a una persona de entre 20 y 40 años que vive en un entramado de aspectos que originan una realidad compleja no es una tarea sencilla. No tiene recursos económicos o estos resultan muy limitados. La capacidad para vivir de forma autónoma esta mermada. Con frecuencia usa drogas. Mantiene una relación discontinua con la “red de salud mental”, toma y deja de toma los fármacos por diferentes motivos. Lleva tiempo durmiendo mal. Mantiene una alimentación que no es muy adecuada. Hace tiempo que no realiza una tarea con la que se pueda sentir útil y perteneciente a la comunidad. Su apariencia física no resulta un aspecto en el que se detenga de forma especial y tampoco en su cuidado. Vive en un lugar inadecuado, en cualquier sitio o en la calle, y si hay familia la relación está a punto de agotarse o ya está agotada. En ocasiones se aísla, se encierra, y pierde el contacto con sus entornos sociales, refugiándose en el mundo virtual.

 

Probablemente la ayuda vaya en la dirección de tratar de entender a la persona, dedicarle tiempo, ser paciente, ser receptivo a sus necesidades, mostrarse disponible, resultar confiable …

 

Creo que no existe una respuesta definitiva. Probablemente encajar mejor las diferencias y promover acompañamientos más adecuados a cada malestar: equipos de trabajo capaces de sostener mejor a las personas afectadas y a los propios profesionales y, como señalaba al inicio, poder tener mejor conciencia de la realidad, de cómo esta va cambiando y de las dificultades a las que nos enfrenta.

 

Para acabar me gustaría poder señalar un último asunto. ¿Cómo trasladar la relación de ayuda originada? ¿Cómo hacer una buena derivación y no lanzar a la persona a la deriva tras procesos complejos y delicados que al igual que ocurre en las dolencias físicas pueden verse salpicados por distintas complicaciones?

 

El miedo, la inseguridad, el retorno a las respuestas inadecuadas que resultaron adaptativas en otro momento van a salpicar el proceso de cada individuo.

 

La incorporación más extensa e intensa a las relaciones familiares o sociales, y la búsqueda e inclusión de espacios laborales o prelaborales e incluso ocupacionales, originan situaciones en las que el estrés puede resultar muy complicado de manejar, de forma que regresar a la seguridad de lo inadecuado, pero adaptativo, se presenta como una alternativa aceptable y en ocasiones automatizada.

 

El malestar remite a los malestares vividos resultando insoportable. En este sentido la continuidad en los cuidados plantea un gran desafío. En cada edad, y ante los diferentes malestares, en los distintos contextos, estamos obligados a pensar en lo que precise cada persona.

Crianza en brazos: Una necesidad biológica y emocional

Crianza en brazos: Una necesidad biológica y emocional

Alicia Orce Lázaro

2 de octubre de 2025

La crianza en brazos es una práctica profundamente arraigada en la biología humana que responde a las necesidades esenciales del recién nacido: contacto, protección y vínculo. Este artículo analiza el valor del contacto constante, el papel de la exterogestación y la importancia del porteo ergonómico como herramienta moderna que mantiene viva esta práctica ancestral. A partir de evidencias científicas, se revisan los beneficios del contacto piel con piel, la regulación emocional y el desarrollo físico y social del bebé, concluyendo que la crianza en brazos y el porteo ergonómico favorecen una base emocional segura, condición clave para una vida saludable.

 

La crianza en brazos es una respuesta instintiva y adaptativa a las necesidades más básicas del recién nacido. Los bebés humanos nacen con una inmadurez neurológica y motora que requiere contacto constante para su regulación fisiológica y emocional. Diversas disciplinas, como la neurociencia, la antropología y la pediatría, han demostrado que el contacto frecuente favorece un desarrollo integral equilibrado. Prácticas como el contacto piel con piel y el porteo ergonómico permiten recrear un entorno seguro que facilita la transición de la vida intrauterina al mundo exterior.

El porteo ergonómico: herencia ancestral adaptada a la vida moderna

 

Desde los orígenes de la humanidad, las madres y cuidadores han llevado a sus bebés junto a su cuerpo, garantizando su supervivencia. Los seres humanos somos una especie porteadora; nacemos preparados para ser sostenidos, buscando el calor, el movimiento y la voz del adulto. En la actualidad, los portabebés ergonómicos permiten mantener esta práctica ancestral, respetando la fisiología del bebé y facilitando la vida cotidiana de las familias.

El porteo ergonómico asegura una postura adecuada, con la columna en forma de “C” y las caderas en posición de “ranita” (rodillas más altas que las caderas), lo que favorece su desarrollo físico y mantiene las vías respiratorias despejadas. Además, promueve una crianza más sensible y una conexión emocional estable.

 

El contacto como necesidad biológica

 

El contacto físico constante es tan esencial como la alimentación o el descanso. Favorece la regulación de la temperatura, la respiración y el ritmo cardíaco, y contribuye al equilibrio emocional del bebé. Contrario a las creencias populares, llevar a un bebé en brazos no genera dependencia excesiva; al contrario, fortalece su seguridad interior y fomenta la autonomía posterior.

La antropóloga Jean Liedloff defiende, en su libro The Continuum Concept, que la independencia auténtica surge de la satisfacción plena de las necesidades tempranas de contacto. Un bebé sostenido y atendido desarrolla una base emocional sólida que le permitirá separarse con confianza en etapas posteriores.

 

La exterogestación: continuar el desarrollo fuera del útero

 

Los bebés humanos nacen inmaduros y necesitan un periodo de adaptación conocido como exterogestación. Durante los primeros meses, requieren contacto constante para continuar su desarrollo fisiológico y neurológico. En El tacto: la importancia de la piel en las relaciones humanas, Ashley Montagu señala que el contacto durante esta etapa es fundamental para asegurar la supervivencia y favorecer un desarrollo equilibrado.

El contacto frecuente estimula el crecimiento cerebral y fortalece las conexiones neuronales, mientras que su ausencia puede elevar los niveles de cortisol y afectar la regulación emocional.

El contacto piel con piel: el primer vínculo

 

El contacto piel con piel inmediatamente después del nacimiento aporta múltiples beneficios: estabiliza las funciones vitales, reduce el llanto y mejora el inicio de la lactancia. Durante este proceso, se libera oxitocina, hormona que fortalece el vínculo afectivo y fomenta una respuesta sensible del cuidador. Mantener este contacto durante al menos las dos primeras horas de vida favorece un entorno fisiológicamente estable y una conexión emocional segura.

 

El porteo como extensión del abrazo

 

El porteo ergonómico prolonga los beneficios del contacto piel con piel. Dentro del portabebé, el bebé percibe movimiento, calor y cercanía, lo que refuerza su sensación de seguridad. Además, permite a los cuidadores mantener la cercanía mientras realizan actividades cotidianas.

El investigador Timothy Taylor, en The Artificial Ape, sugiere que los portabebés fueron herramientas clave en la evolución humana al facilitar la movilidad y la interacción social. Actualmente, cumplen una función similar: brindar seguridad, contacto y libertad de movimiento.

Estudios sobre porteo y apego como el publicado en Child Development evidencian que los bebés porteados presentan vínculos más seguros y niveles más bajos de estrés que aquellos que pasan la mayor parte del tiempo en dispositivos de separación (como el carro o la cuna, por ejemplo).

 

En definitiva …

 

La crianza en brazos no es una tendencia moderna, sino una práctica esencial basada en la biología y la historia de nuestra especie. El contacto constante y el porteo ergonómico promueven la seguridad, el bienestar y un desarrollo integral saludable.

Incorporar herramientas como los portabebés ergonómicos permite mantener viva esta práctica ancestral en la vida contemporánea, fortaleciendo los vínculos afectivos y fomentando una crianza más consciente y respetuosa.

La salud mental de las personas sordas: Más allá del silencio

La salud mental de las personas sordas: Más allá del silencio

Raúl Torrent Cebrián

27 de septiembre de 2025

Cuando hablamos sobre salud, solemos pensar en médicos, tratamientos u hospitales. Pero pocas veces pensamos en algo más básico, algo que marca la diferencia entre recibir una atención de calidad o, por el contrario, ser invisible durante el proceso. Esa clave olvidada es la comunicación, pero para quienes somos personas sordas, poder expresarnos en nuestra lengua, la lengua de signos, es lo que nos permite cuidarnos. Sin acceso a ella, la salud se convierte en un camino lleno de barreras.

 

La Semana Internacional de las Personas Sordas, que se celebra cada año en la última semana completa de septiembre desde 1958, impulsada por la Federación Mundial de las Personas Sordas (WFD), nos invita a celebrar, concienciar y actuar para garantizar nuestros derechos. Este año, bajo el lema “No hay derechos humanos sin derechos de la lengua de signos”, defendemos que sin lengua de signos no hay igualdad, ni salud, ni derechos humanos plenos. En España, existe la Ley 27/2007 que reconoce la lengua de signos española y catalana y el derecho a usarlas. No obstante, las personas sordas continuamos experimentando barreras como citas médicas sin intérprete, consentimientos informados que se firman sin comprender o urgencias donde “ya nos apañamos leyendo los labios”.

 

Como persona sorda y estudiante de Enfermería, he vivido en primera persona lo que significa estar en una consulta y no entender lo que te dice el profesional sanitario. No se trata solo de palabras, sino se trata de saber que tu salud importa y que eres parte activa de tu propio cuidado. Un fallo en la comunicación puede significar tomar mal una medicación, no entender un diagnóstico o abandonar un tratamiento necesario; pero no solo eso, además de perder información, también se pierde la confianza, la seguridad y, en definitiva, el vínculo con el profesional. Cuando no entiendes lo que ocurre a tu alrededor, puedes llegar a sentirte invisible, como si no tuvieras el mismo derecho que el resto de pacientes a comprender lo que pasa con tu cuerpo y con tu mente. Incluso puede normalizarse esa situación, como si fuera inevitable. Esa resignación es la más dañina, porque transforma una injusticia en costumbre.

 

Salud mental y accesibilidad

En salud mental, estas barreras pesan todavía más, dado que en este ámbito la comunicación clara, la escucha activa y el establecimiento de relaciones de confianza son vitales. Si ese puente se rompe, el riesgo de incomprensión, abandono o recaídas se multiplica. Aun así, sigue siendo habitual pensar que “leer los labios es suficiente” o que “un familiar puede hacer de intérprete”. Recuerdo la frase de un joven sordo antes de quitarse la vida: “La comunicación es valiosa en nuestras vidas. El lenguaje es un código de amor”. Su historia refleja cómo la falta de acceso a la lengua de signos, incluso dentro de su propia familia, puede ser un factor devastador.

 

La OMS, en su Plan de Acción Integral de Salud Mental 2013-2030, sostiene que la salud mental es inseparable de la salud física y que la comunicación terapéutica es un pilar esencial de la atención segura. Si el canal falla, falla también la relación clínica, se malinterpretan síntomas, se infravaloran riesgos, se ofrecen pautas que no se entienden y aumenta el sufrimiento.

 

La sordera es una discapacidad invisible y, aunque no se nota a simple vista, condiciona la vida diaria con barreras constantes. A primera vista podemos parecer iguales, pero nuestra experiencia cotidiana es muy diferente. La sordera no es solo un “defecto en los oídos”; es una forma distinta de estar en el mundo, con una identidad y una cultura propia, en la que nos relacionamos día a día de forma diferente a quienes no tienen discapacidad auditiva. La verdadera discapacidad no es la sordera, sino las barreras que la sociedad nos impone al negar la accesibilidad.

 

En el ámbito de la salud mental, esta realidad se intensifica. La mayoría de profesionales desconocen la cultura sorda y la lengua de signos, lo que limita la calidad de los tratamientos y genera desconfianza. A día de hoy, existen muy pocos profesionales de salud mental sordos signantes, con listas de espera interminables, mientras que la demanda crece cada día. La necesidad es enorme, los recursos mínimos. Y esa desigualdad tiene un impacto directo en nuestra salud mental y en nuestras posibilidades de recuperación.

 

Rompiendo mitos

La desinformación refuerza los prejuicios y mantiene ideas equivocadas sobre lo que significa ser una persona sorda. Estas falsas creencias tienen consecuencias reales en nuestra salud y en nuestra vida cotidiana. Algunos ejemplos que escucho con frecuencia son:

“Las personas sordas son sordomudas”. Falso. La mudez es una afección de las cuerdas vocales. Muchas personas sordas no usamos la voz porque no es nuestra vía natural de comunicación; tenemos una lengua propia que nos permite expresarnos con facilidad y plena riqueza. Sin embargo, al no escucharnos hablar, mucha gente sigue asumiendo erróneamente que somos mudos.

– “La lengua de signos es universal”. Cada país tiene su propia lengua de signos, con gramática y cultura propia. En España, existen la lengua de signos española (LSE) y la catalana (LSC). Además, dentro de la LSE, en cada comunidad autónoma pueden encontrarse variaciones o “acentos”, igual que ocurre en la lengua oral.

– “Si llevas audífono o implante, ya oyes como los demás”. No. Las prótesis auditivas no borran la sordera ni eliminan la necesidad de apoyos comunicativos. Cada persona es distinta y el uso de audífonos o implantes no garantiza una audición completa.

– “La lengua de signos es un obstáculo, es mejor forzar la oralidad”. La LSE no es un obstáculo, es un puente que aporta identidad, pertenencia y bienestar, y convive perfectamente con otras modalidades de comunicación.

“Un familiar puede interpretar”. No. Usar familiares como intérpretes compromete la confidencialidad y la precisión clínica. La solución adecuada son intérpretes profesionales o servicios de video-interpretación de calidad.

 

Más allá de una semana

La Semana Internacional de las Personas Sordas es un recordatorio de todo lo que queda por hacer, pero también una oportunidad para demostrar que vivir con calidad es posible cuando la accesibilidad se garantiza. En mi día a día como persona sorda, he aprendido a buscar apoyos, a usar la lengua de signos como mi herramienta principal y a apoyarme en intérpretes o recursos para poder participar en igualdad. Estas soluciones no son lujos, son puentes que me permiten estudiar, cuidar mi salud y construir un futuro en el que la sordera no sea una limitación.

La accesibilidad no es un favor, es lo que nos permite que todas las personas sordas podamos tomar decisiones, cuidar nuestra salud y sentir que importamos. Porque la lengua de signos también es salud. Y la salud, sin accesibilidad, no es salud para todas las personas.

 

 

El deporte universitario: Una herramienta de salud a nuestro alcance

El deporte universitario: Una herramienta de salud a nuestro alcance

Alberto Calleja-Romero

18 de septiembre de 2025

El 20 de septiembre se celebra el Día Internacional del Deporte Universitario, una fecha que invita a reflexionar sobre la importancia de integrar la actividad física en la vida académica. No se trata solo de competir o mantenerse en forma, sino que hablamos de un recurso de salud pública muy a tener en cuenta, especialmente en un momento en el que la salud mental del estudiantado se encuentra en el punto de mira.

 

La evidencia científica es clara: la Organización Mundial de la Salud, tras revisar la globalidad de estudios publicados en este ámbito recomienda, al menos, 150 minutos semanales de actividad física moderada para las personas adultas. Sin embargo, en el entorno universitario este consejo adquiere un peso mayor, ya que la presión académica, la incertidumbre por el futuro y, en muchos casos, la soledad percibida, generan un caldo de cultivo para la ansiedad y la depresión. De hecho, en un estudio con más de mil estudiantes en Aragón se detectó que un 23,6% sufría síntomas de ansiedad y un 18,4% de depresión. Más aún, otros trabajos muestran que, según la muestra y el contexto, las prevalencias pueden ser incluso más altas. Una revisión sistemática estima que alrededor de un tercio del estudiantado universitario presenta síntomas relevantes de ansiedad.

 

Frente a este panorama, el deporte se revela como una de las intervenciones más accesibles y eficaces. No hablamos únicamente del sistema cardiovascular o de los músculos, el ejercicio regula neurotransmisores como la dopamina, la serotonina y la noradrenalina, todos ellos vinculados al bienestar emocional. Además, se ha demostrado que incrementa los niveles de BDNF, una proteína clave en la plasticidad cerebral y la prevención de trastornos depresivos.

 

En el contexto universitario, los datos refuerzan esta relación entre el deporte y la salud mental: un estudio mostró que el estudiantado universitario que participaba de manera activa en actividades deportivas mostró una menor prevalencia de depresión y mejores hábitos de salud que sus compañeros y compañeras no deportistas. Más allá de los números, lo que se observa es un círculo virtuoso: más deporte significa más bienestar, mejor rendimiento académico y mayor cohesión social.

 

La Universidad de Zaragoza constituye un ejemplo cercano y tangible. Su Servicio de Actividades Deportivas no se limita a ofrecer el uso libre de instalaciones deportivas, sino que impulsa programas para toda la comunidad: desde el estudiantado y el personal universitario hasta mayores de 55 años, que encuentran en la práctica física un medio de socialización y salud. Además, la institución ha sido reconocida en varias ocasiones con la medalla de oro de la iniciativa internacional Exercise is Medicine, que distingue a los campus comprometidos en promover la actividad física como herramienta de prevención y tratamiento de enfermedades.

 

No obstante, queda camino por recorrer. No se trata solo de disponer de instalaciones y organizar actividades deportivas, sino también de garantizar la inclusión de todos los colectivos: desde quienes se sienten menos hábiles físicamente hasta quienes, por motivos de identidad o discriminación, encuentran barreras adicionales.

 

En definitiva, el deporte universitario no es un lujo ni un capricho, sino una necesidad. No solo previene enfermedades cardiovasculares o metabólicas, también se posiciona como una herramienta de prevención real frente a la ansiedad, la depresión y el estrés. Reconocerlo y potenciarlo es apostar por una universidad más saludable, que entienda que la formación integral del estudiantado universitario debe combinar lo académico con el desarrollo de otras competencias y habilidades que se tienen que adquirir fuera del aula.

Somos lo que hacemos: Rol ocupacional y salud mental en personas y familias

Somos lo que hacemos: Rol ocupacional y salud mental en personas y familias

Marta Marín-Berges, María Pilar Pardo Sanz y Sandra León Herrera

2 de julio de 2025

Lo que van a leer a continuación surge de una ponencia realizada en el marco del “Mayember, Mes del Orgullo Loco, organizada por la Asociación Paso a Paso. El objetivo fue compartir una mirada desde la Terapia Ocupacional sobre la importancia de los roles ocupacionales en personas con trastorno mental grave y en sus familias.

 

¿Qué es la Terapia ocupacional?

 

La Terapia Ocupacional es una profesión sanitaria centrada en la persona, orientada a promover la salud y el bienestar a través de la ocupación.

Su objetivo principal es facilitar la participación en las actividades de la vida diaria, como levantarse de la cama, preparar el desayuno, comer con una cuchara, jugar a las cartas o desempeñar un trabajo.

Las y los terapeutas ocupacionales logran este resultado trabajando con personas y comunidades para mejorar su capacidad de participar en ocupaciones significativas, o adaptando la ocupación y el entorno para favorecer su compromiso ocupacional.

 

¿Qué son los roles?

 

Los roles han sido históricamente definidos como un conjunto de comportamientos esperados por la sociedad, moldeados por la cultura y el contexto. Pueden ser conceptualizados y definidos por una persona, grupo u organización.

Los roles representan un aspecto clave de la identidad ocupacional y ayudan a definir a la persona, grupo, o comunidad.

Además, suelen estar asociados a actividades y ocupaciones específicas; por ejemplo, el rol de madre o padre implica, entre otras cosas, cuidar a los hijos.

 

¿Qué nos proporcionan los roles?

 

  1. Identidad y autoestima:
  • Los roles —como madre/padre, estudiante, amiga/o, trabajadora/a— contribuyen a nuestra identidad y autoestima.
  • Explorar, fortalecer y mantener estos roles mejora la autoimagen y la sensación de valía personal.
  1. Estructura y rutina:
  • Los roles brindan orden, estructura y rutina a la vida diaria.
  • Para las personas con problemas de salud mental, los roles significativos ayudan a establecer rutinas saludables, lo que a su vez puede mejorar su estabilidad emocional y mental.
  1. Sentido de propósito:
  • Los roles nos aportan un sentido de propósito y significado en la vida.
  • Es necesario identificar y trabajar en roles alineados con los valores de la persona, lo que puede aumentar su motivación y compromiso con el proceso de recuperación.
  1. Participación social:
  • Los roles sociales favorecen la conexión con los demás y nos brindan oportunidades para participar en la comunidad.
  • Explorar roles que impliquen interacción positiva ayuda a integrar a las personas en su comunidad.
  1. Adaptación y ajuste: 
  • En situaciones de cambio o crisis, los roles pueden ayudar a las personas a adaptarse y ajustarse a nuevas circunstancias.
  • Acompañar a las personas a identificar nuevos roles o adaptar los existentes puede ser de ayuda para enfrentar desafíos en la salud mental.
  1. Prevención de las recaídas:
  • Mantener roles significativos actúa como factor protector contra recaídas en problemas de salud mental.
  • Fortalecer los recursos y habilidades necesarios para sostener estos roles en el tiempo puede ayudar a prevenir recaídas y promover la recuperación sostenida.

 

Los roles en las familias

 

En las familias, la presencia de cambios en la dinámica familiar es frecuente, ya que puede darse la pérdida de ciertos roles, la reducción al rol de cuidador/a, la redefinición de funciones y la aparición de nuevos roles adicionales, lo que altera las rutinas habituales. Todo esto impacta en la salud mental y física de quienes viven estas circunstancias, generando experiencias de duelo, ansiedad, estrés, síntomas depresivos y, muchas veces, sobrecarga que puede llevar a desatender el propio bienestar. Además, suelen presentarse consecuencias sociales y económicas, como el aislamiento social y dificultades económicas derivadas del tiempo y recursos dedicados al cuidado dentro del hogar.

En un contexto social donde los sistemas de apoyo son limitados y la salud mental sigue cargada de estigmas, resulta urgente reivindicar enfoques centrados en la ocupación que reconozcan la diversidad de roles como parte del proceso de recuperación.

Las políticas públicas, los equipos profesionales y la sociedad en su conjunto deben replantearse qué apoyos se ofrecen a las personas con trastorno mental grave y a sus familias para sostener una vida con sentido.

En este escenario, surgen preguntas necesarias: ¿cómo puede la Terapia Ocupacional contribuir a generar espacios que promuevan la participación y la reconstrucción de roles? ¿Estamos preparadas/os como profesionales para acompañar procesos que desafían las estructuras sociales que generan exclusión?

 

Conclusiones

Una de las intervenciones clave desde Terapia Ocupacional es fortalecer los roles significativos como parte integral de la identidad y el bienestar de las personas y promover la participación activa y satisfactoria en la vida cotidiana.

Tenemos muy presente que la pérdida o la adquisición de roles puede impactar en la salud física y mental de las personas, además de introducir cambios en la dinámica familiar o la estabilidad económica.