Ictus: Cada minuto cuenta

Ictus: Cada minuto cuenta

Pilar Domínguez-Oliván

29 de octubre de 2025

Cada año, el 29 de octubre se celebra el Día Mundial del Ictus y este año 2025 está dedicado a la importancia de actuar rápido frente a una de las principales causas de discapacidad en el mundo.

 

¿Qué es el ictus?

 

El ictus o accidente cerebrovascular (ACV) es una emergencia médica que ocurre porque de manera repentina no llega sangre a una parte del cerebro, ya sea por una obstrucción (llamado también ictus isquémico o infarto cerebral) o una hemorragia (conocido como “derrame”). El primero supone aproximadamente el 80% de los ictus en Aragón. En ambos tipos de ictus, el tejido cerebral afectado deja de recibir oxígeno y nutrientes y, en cuestión de minutos, puede dejar de funcionar, lo que causa daños cerebrales que pueden ser irreversibles.

 

Se calcula que una de cada cuatro personas sufrirá al menos un ictus a lo largo de su vida. El número de casos de ictus está aumentando en población general y en adultos jóvenes (menores de 55 años) en todo el mundo, debido a la mayor esperanza de vida y a factores de riesgo que son, en su mayoría, evitables. Según el Atlas del Ictus en España de 2019, el ACV es la segunda causa de muerte por enfermedad en el mundo y la primera en mujeres. En España, alrededor de 120.000 personas sufren un ictus cada año y unas 25.000 fallecen.

 

Cuando se sobrevive, 1 de cada 6 personas queda con discapacidad funcional y aumenta el riesgo de deterioro cognitivo leve o incluso de demencia.

 

No, el ictus no es solo cosa de mayores

 

La mayor parte de los ictus se deben a factores evitables. En concreto, la Estrategia en Ictus del Sistema Nacional de Salud actualizada en 2024 establece diez factores de riesgo modificables. La principal causa de ictus a cualquier edad es el tabaquismo, pero también influyen la hipertensión arterial, la diabetes, la obesidad, el consumo de alcohol y la fibrilación auricular. En personas más jóvenes, son frecuentes los trastornos de coagulación, el desgarro interno de la carótida y el consumo de cocaína, opioides y cannabis. Incluso menores de 15 años pueden sufrir un ictus, aunque es raro; en estas personas suele deberse a malformaciones en los vasos sanguíneos del cerebro o a problemas cardíacos. No obstante, en el 25% de los casos (y en el 50% en pacientes jóvenes) la causa es desconocida.

 

¿Cómo reconocer un ictus?

 

Los síntomas pueden aparecer de forma repentina y no siempre son evidentes. Sin embargo, hay señales clave que pueden salvar vidas.

La Fundación Freno al Ictus, que promueve iniciativas y proyectos para reducir el impacto social del ictus en España, recoge los síntomas de aparición más frecuentes:

  • Pérdida de la mímica y parálisis de media cara (pídale a la persona que sonría)
  • Pérdida de fuerza o debilidad en un lado del cuerpo (pídale a la persona que levante los brazos)
  • Problemas para hablar o de comprensión (pídale a la persona que responda a una pregunta sencilla: ¿cómo te llamas?)

Es fácil recordar el acrónimo FAST (“rápido” en inglés): Face-Arm-Speech-Time (cara-brazo-habla-tiempo).

 

Otros posibles síntomas pueden ser:

  • Dolor fuerte o súbito de cabeza.
  • Problemas de visión doble o pérdida de visión.
  • Problemas de equilibrio o inestabilidad.
  • Pérdida de sensibilidad u hormigueo en un lado del cuerpo.

 

Hay que tener en cuenta que no todos los ictus provocan dolor de cabeza intenso ni todos los síntomas son evidentes. Además, la persona puede no estar consciente para seguir órdenes, por lo que, ante la menor sospecha de ictus, hay que llamar al 061 o acudir inmediatamente a un servicio de urgencias.

 

El ictus es una emergencia sanitaria en la que el tiempo es clave

 

El ictus es una enfermedad tiempo-dependiente. Cuanto antes se actúe, mejores serán las posibilidades de recuperación.

 

El “Código Ictus” es un sistema que permite la rápida identificación, notificación y traslado de los pacientes a los servicios de urgencias hospitalarios. Su objetivo es reducir la mortalidad y minimizar las secuelas y posibles complicaciones, para lograr el mayor número de vidas independientes. Las actuaciones de reperfusión, tratamiento conservador o específico del ictus hemorrágico, que restauran el flujo sanguíneo y reducen el daño cerebral han de realizarse en las primeras 6 horas después de que este se produzca si se cumplen criterios. Por eso insistimos: no hay que demorar la petición de ayuda sanitaria, ya que cada minuto cuenta.

 

He tenido un ictus, ¿voy a recibir tratamiento?

 

Una vez que la persona se encuentra estabilizada, generalmente entre 24 y 48 horas después del ictus, suele iniciarse la neurorrehabilitación. Lo ideal es que este proceso comience en las Unidades de Ictus de los hospitales. No importa la edad de la persona para recibir tratamiento.

 

Forman parte del equipo neurorrehabilitador médicos con especialidad en medicina física y rehabilitación, fisioterapeutas, terapeutas ocupacionales, logopedas y neuropsicólogos fundamentalmente.

 

El objetivo del tratamiento interdisciplinar es favorecer la recuperación de las funciones previas a la lesión (física, cognitiva, emocional…) y reducir las secuelas, con la prioridad de alcanzar la mayor autonomía posible y el retorno a la vida en comunidad. Es fundamental que el tratamiento individualizado comience pronto, dado que la neuroplasticidad cerebral después de la lesión está aumentada. Por término medio, la mayor recuperación se produce en torno a los 6 meses (atención hospitalaria y ambulatoria), aunque se pueden conseguir mejoras pasado este periodo (atención comunitaria), con diferencias en los programas ofertados por las distintas Comunidades Autónomas en cuanto a duración y frecuencia.

 

Los tratamientos deben ser realizados por personal especializado e incluyen actividades que van desde la intervención manual hasta la telerrehabilitación. Han de ser actividades significativas para la persona, con tareas específicas establecidas y objetivos consensuados con el paciente, de dificultad creciente y con práctica variada. Su finalidad es recuperar funciones con la mejor calidad posible y con el menor número de compensaciones.

 

A lo largo del tratamiento influye positivamente la autoeficacia del paciente, con su motivación, afrontamiento activo y perseverancia. El equipo de neurorrehabilitación también se encarga de informar y formar al entorno del paciente en los cuidados y atenciones necesarios.

 

Recuerda: incorpora a tu vida hábitos saludables y ante un ictus, actúa rápido.

¿Por qué trabajar no debería costar la salud?

¿Por qué trabajar no debería costar la salud?

Sergio Hijazo-Larrosa

22 de octubre de 2025

Vivir es un riesgo. Esta idea ha sido ampliamente tratada desde la filosofía y la psicología. En ese contexto, el riesgo se entiende como un elemento positivo, incluso como una oportunidad para definir qué es la vida y por qué debe asumirse. Sin embargo, el trabajo no puede ser un riesgo. En el ámbito laboral, el concepto de riesgo se asocia directamente con la causa de posibles daños. Y esas consecuencias, cuando afectan a la salud, son siempre negativas y conllevan un deterioro. Este artículo busca aclarar algunos aspectos sobre el trabajo y la seguridad laboral, así como explicar cómo se regula en España la normativa aplicable una vez que se ha producido un daño.

 

El Instituto Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo establece los riesgos existentes agrupados en las siguientes categorías: riesgos derivados de la seguridad en el trabajo, riesgos ergonómicos, riesgos psicosociales, riesgos químicos, riesgos biológicos y riesgos físicos. En 1995 se redactó la actual Ley de Prevención de Riesgos Laborales (Ley 31/1995 de 08 de noviembre) que, por primera vez, intentaba no sólo corregir las situaciones donde ya se presentaban esos riesgos, sino enfrentarlos en su origen con el fin de llegar a minimizarlos o, de hecho, eliminarlos antes de que ocurrieran. La aparición de esta Ley inició un proceso de transformación en la forma de ver y pensar la prevención y la salud laboral en las empresas, las personas trabajadoras y la Administración General. Tras un recorrido de 30 años, está ya en el punto de mira de una próxima reforma.

 

Cuando los daños para la salud ya se han producido, su clasificación está regulada en la ley. Estas normas se apoyan, por un lado, en una amplia evidencia que demuestra la relación entre el riesgo existente y el daño causado y, por otro, en los principios clínicos que responden a las condiciones actuales de trabajo. En este sentido, es importante señalar que la Administración se basa también en el conocimiento aportado por sociedades científicas. Se trata de asociaciones de profesionales de diferentes ámbitos —como la ingeniería, la medicina o la enfermería— que contribuyen al desarrollo de la prevención de riesgos laborales.

 

Las situaciones asociadas al desempeño de un trabajo o actividad por cuenta ajena son denominadas contingencias profesionales. Estas contingencias se dividen en dos categorías, accidente de trabajo y enfermedad profesional.

 

El accidente de trabajo se entiende como toda lesión corporal que la persona trabajadora sufre con ocasión o por consecuencia del trabajo que realiza. Es, en definitiva, un hecho puntual, un suceso repentino que ocurre durante el desarrollo de la actividad laboral. Actuaciones como ir o volver del trabajo, o el agravamiento de enfermedades previas a consecuencia de la lesión constitutiva del accidente, se consideran también en este epígrafe.

 

Por otro lado, la definición existente de enfermedad profesional se recoge en el artículo 157 Real Decreto Legislativo 8/2015, de 30 de octubre, por el que se aprueba el texto refundido de la Ley General de la Seguridad Social. Esta definición indica que se entenderá como enfermedad profesional toda aquella que sea contraída a consecuencia del trabajo efectuado por cuenta ajena en las actividades que se especifiquen y que esté provocada por la acción de los elementos o sustancias que se indiquen para cada enfermedad profesional. Es decir, precisa que la persona trabajadora esté expuesta prolongadamente al riesgo que la genera. Por tanto, la aparición de la sintomatología que la caracteriza es mucho más lenta. Aquellas enfermedades que se producen en el desarrollo de la actividad laboral pero que no están contempladas como profesionales, ni tienen como riesgos asociados los recogidos en el listado de las enfermedades profesionales serán consideradas como enfermedades del trabajo, y se agrupan en la clasificación de accidentes de trabajo.

 

En la actualidad, todas estas características están recogidas en el Real Decreto 1299/2006 de 10 de noviembre.

 

La indicación de estas contingencias está reconocida por el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS), las Mutuas de Accidentes de Trabajo y Enfermedades Profesionales o las empresas colaboradoras en la gestión de dichas contingencias. Cuando se está en disconformidad con la declaración, habitualmente el no reconocimiento del accidente de trabajo o la enfermedad profesional, la persona interesada puede solicitar por escrito la iniciación de un procedimiento de determinación o aclaración de la contingencia ante la Dirección Provincial del INSS. Si la resolución de esta Dirección también fuera contraria a los intereses o creencias de la persona, esta puede iniciar una demanda ante el Juzgado de lo Social.

 

Una vez vista la vía de la estructura legal del daño, se antoja necesario volver a hablar del riesgo. En este sentido, eliminarlo, o al menos minimizar sus consecuencias también depende de la percepción individual del mismo. Conocer y seguir las recomendaciones en materia de prevención y ser consecuente con las normas de seguridad son actitudes precisas y necesarias para intentar conseguir que el trabajar no implique perjuicios en la salud de las personas.

Sedare dolorem opus divinum est

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Javier Martín Herrero

 16 de octubre de 2025

Viernes, 16 de octubre de 1846.

 

Hospital General de Massachusetts, Boston, Estados Unidos de América.

 

William Thomas Green Morton administra un gas anestésico a Edward Gilbert Abbot, paciente de 20 años, que fue intervenido por el cirujano John C. Warren para la extracción de un gran tumor submandibular. Al despertar de la cirugía, no dejó ninguna frase famosa para la posteridad, pero sí se sintió sorprendido al no haber sentido dolor durante el proceso.

 

Esta fue la primera demostración pública exitosa del uso del éter como anestésico quirúrgico. Hasta esa fecha nadie había experimentado una cirugía sin dolor estando consciente.

 

¿Nadie?

 

Para conocer el inicio de esta carrera nos tenemos que remontar casi tres siglos atrás. No fue hasta 1540 cuando Valerius Cordus, médico, farmacéutico y botánico alemán, explicó en su obra Liber Quartus de arte conficiendi aquas que al destilar etanol con ácido sulfúrico se obtenía lo que él denominó oleum dulce vitrioli. El término éter no se acuñó hasta el siglo XVIII. En sus primeros años se empleó como solvente y, en medicina, para mitigar dolores y espasmos. A principios del siglo XIX, debido al estado de embriaguez, euforia y desinhibición que provocaba, se empezó a ingerir como bebida, lo que se conoció como las ether frolics o fiestas de éter.

 

A finales del siglo XVIII destaca la figura del químico inglés Joseph Priestley, prolífico estudioso de ciencias, arte, educación, teología y política, aunque fue en la química y en el estudio de los componentes del aire donde más profundizó.  En 1772 Priestley seguía con sus experimentos de química. Calentó nitrato amónico que, al descomponerse, liberaba óxido nitroso. Para él era aire inflamable, aunque realmente no es así. Simplemente favorece la combustión al tener en su composición oxígeno. Veintisiete años después, en 1799, Humphry Davy, discípulo suyo, fue quien inhaló este gas (Priestley no lo hizo) y describió sensaciones de euforia y analgesia, sugiriendo que podía usarse para aliviar el dolor en la cirugía. Sin embargo, no fue así y, del mismo modo que ocurrió con el éter, su uso derivó hacia fines recreativos, vigentes aún hoy en día, como lo demuestra la publicación del Ministerio de Sanidad de 2023 al respecto.

 

Y nos acercamos al tercer gas en discordia. El cloroformo se sintetizó casi al unísono por tres equipos distintos entre 1831 y 1832: Guthrie en Estados Unidos, Souberain en Francia y Von Liebig en Alemania. En 1841 se empezaron a realizar experimentos en animales, pero no fue hasta 1847 cuando un ginecólogo escocés, James Young Simpson, empezó a emplearlo en obstetricia. La primera paciente fue la mujer de un amigo suyo, y tan maravillada quedó con los efectos del gas durante su parto, que decidió llamar a su hija Anaesthesia. Este fue el primer parto sin dolor de la historia. Sin embargo, debido a su toxicidad —ya en 1848 se informó de la primera muerte asociada a su uso— y al puritanismo reinante en el Reino Unido, que apelaba a la maldición bíblica recaída sobre Eva (“Multiplicaré en gran medida tus dolores y tus preñeces, y parirás a tus hijos con dolor”), la práctica fue inicialmente rechazada. No obstante, cuando el ginecólogo de la corte inglesa, John Snow, administró este gas durante el parto del séptimo hijo de la reina Victoria, se aplacó la oposición de los sectores más integristas y la anestesia comenzó a ser reconocida como un importante avance social.

 

No obstante, las figuras más importantes que nos llevan a octubre de 1846 fueron Horace Wells y William T.G. Morton.

 

Horace Wells, que tenía una clínica dental en Hartford (Vermont), experimentó con el óxido nitroso al dejarse extraer una pieza dental por un colega suyo sin sentir dolor. Decidió no patentar su descubrimiento, arguyendo que verse libre del dolor debía ser tan gratuito como el aire.

 

Pero ¿cómo llegó este gas hasta él? A través de la serendipia … y del circo Barnum. Durante una demostración de su uso lúdico, Wells observó que un vecino, Samuel Cooley, tras inhalar el gas no refirió ningún tipo de dolor pese a sufrir una herida considerable en su pierna al caerse, mientras permanecía en un estado total de euforia.

 

Wells fue, de este modo, el primer paciente en ser intervenido bajo anestesia, y utilizó el óxido nitroso de forma prolífica en su clínica. En 1845 intentó reproducir sus experiencias en el Hospital General de Massachusetts, pero eligió mal al paciente, quien comenzó a gritar de dolor en plena amputación. Ante tal fracaso, abucheado por el público allí congregado, abandonó la odontología.

 

Fue un discípulo suyo, William T. G. Morton, quien tomó el relevo. A diferencia de Wells, y aconsejado por su amigo y mentor, el químico Charles T. Jackson,  empleó éter dietílico. Con los permisos pertinentes por parte del hospital, realizó la demostración frente a médicos y estudiantes de medicina en el anfiteatro que hoy se conoce como Ether Dome. Aquel 16 de octubre pasó a la historia de la medicina como el momento del nacimiento de la anestesia moderna.

 

El destino de ambos dentistas no fue todo lo reconocido y laureado como se podría pensar.

 

Horace Wells, tras abandonar la práctica médica, se dedicó a viajar y a los negocios. Se volvió adicto al cloroformo y, bajo sus efectos, roció a dos prostitutas con ácido. Fue encarcelado en Nueva York, donde se quitó la vida cortándose las venas.

 

Por su parte, William T. G. Morton no siguió mejor camino. De extraña personalidad, denominó al gas empleado como Letheon para poder lucrarse por su patente. Sin embargo, finalmente tuvo que reconocer que la sustancia empleada era el ya conocido éter. Arruinado por pleitos y abogados en su vano intento de ser reconocido como descubridor de la anestesia, murió loco y en la más absoluta pobreza en 1868, a la edad de 49 años.

 

En su tumba en Mount Auburn (Watertown) reza el siguiente epitafio:

“William T. G. Morton, inventor y revelador de la inhalación anestésica. Antes de él, en todos los tiempos, la cirugía era la agonía. Gracias a él, el dolor quirúrgico se impidió y suprimió. Desde él, la ciencia controla el dolor”

Cuando el amor no se acaba con la muerte

Cuando el amor no se acaba con la muerte

Laura Lasso Olayo

15 de octubre de 2025

Recibir la muerte cuando esperas la vida es algo que nadie debería de vivir. Es un dolor desgarrador, quieres parar el tiempo, jugar a que eso no está ocurriendo, a que es una ilusión, a que tu bebé está bien, a que no se mueve porque está descansando y que cuando llegues al hospital para consultar por la falta de movimientos te van a decir que todo está bien, incluso fantaseas con que te llamen exagerada y te digan que todo está perfecto, que tu niña está fenomenal, pero incluso en ese lapso de tiempo en el que te permites tener la última fantasía antes de iniciar uno de los procesos más dolorosos de tu vida, sabes que no hay absolutamente nada que hacer, que tu hija ya no está contigo. O por lo menos yo lo viví así.

 

Como profesional había asistido en numerosas ocasiones a mujeres que se enfrentaban a una muerte perinatal, intentaba en cada una de ellas elegir con mimo las palabras, expresarles mi afecto y mis condolencias y hacerles ver que la muerte de su bebé me importaba. Porque así lo he sentido siempre, no sólo muere un bebé, sino que mueren muchos sueños, ilusiones y planes de futuro que van a afectar a todo el sistema familiar. Recuerdo cada uno de los nombres de los bebés fallecidos de los que he formado parte de su proceso asistencial, recuerdo los ojos de esas madres, rojos de tanto llorar, esa mirada devastada en la que la tristeza más profunda de su alma se hacía patente, recuerdo a esas parejas sintiendo y expresando un dolor tan intenso como quizás nunca hubieran sentido. Recuerdo a esos bebés que se habían ido antes de tiempo, esas facciones perfectas y esa pureza, los trataba con el máximo respeto y delicadeza mientras los preparaba para su traslado.

 

Cada año, el día 15 de octubre, se celebra el Día Internacional de la muerte perinatal con el propósito de concienciar sobre lo que significan y suponen la muerte gestacional, perinatal y neonatal. Estas muertes suponen un intenso dolor emocional que en ocasiones se va a ver agravado por el silencio y la incomprensión social a la que se enfrentan estas familias.

 

Es necesario concienciar a la población porque, aunque sea un fenómeno desconocido, es un suceso frecuente. En España, cada año aproximadamente entre 80.000 y 90.000 mujeres se enfrentan a un proceso de muerte perinatal con todo lo que ello supone para ellas, para su entorno y para sus familias. Cuando la muerte sucede durante el embarazo, el parto o poco después de nacer, el duelo, en demasiadas ocasiones, tiende a ser minimizado, silenciado, invisibilizado y desautorizado socialmente lo que complica notablemente el proceso.

 

Como profesionales somos piezas clave para que ese duelo se empiece a elaborar bien desde el momento del diagnóstico. Pongamos la empatía en primer lugar y dejemos los tecnicismos fuera porque ciertas palabras hacen daño. La persona que ha fallecido no solo es un “feto”, es su hijo o hija. No hablemos de “expulsión”, sino de parto. Refirámonos a ellos con respeto y con cariño. Ayudemos a esas familias a crear recuerdos: animémosles a coger a sus hijos e hijas en brazos, a hacer piel con piel, a besarles, a olerles, a acunarles y cantarles, si así lo desean. Animémosles a fotografiar esos momentos de amor porque cuando te vas a casa ya no vuelven y los recuerdos que hayas generado son los que perdurarán. Muy frecuentemente, decidir no ver ni coger al bebé, es fuente de malestar y sufrimiento, incluso en ocasiones las familias intentan recuperar las fotos de la autopsia, en caso de que se le hubiera realizado, como modo de obtener alguna imagen y recuerdo de su bebé. Ofrezcámosles cortar un mechón de pelo, porque no podemos hacernos a la idea de lo valioso que será eso para ellos mañana. Todos estos recuerdos harán patente que ese bebé ha existido, esa madre ha parido y ese amor ha tenido lugar y de este modo podremos ayudar a esas familias a transformar poco a poco ese dolor en amor. Animémosles a poner un nombre a su bebé porque es un ser único y aunque haya nacido sin vida, merece tener su propia identidad. Y, sobre todo, dejémosles tiempo para despedirse, porque es el único tiempo del que van a disponer para estar juntos. Ojalá, en un futuro no muy lejano, todos los hospitales puedan disponer de una “cuna de abrazos” para que el tiempo no sea una limitación en la despedida.

 

A nivel social, en muchas ocasiones, ante la muerte de un bebé se produce un silencio, que invisibiliza e invalida lo ocurrido. La muerte desconcierta y la de un bebé, incluso antes de nacer, todavía más. En ocasiones se dicen frases para intentar ayudar que hieren a las familias. Si eres amigo o familiar de una persona cuyo bebé ha fallecido, no intentes buscar lo positivo de la muerte de un hijo o hija y evita decir frases como: “todo pasa por alguna razón”, “puedes tener otro hijo”, “sé fuerte”, “no llores”, “el tiempo lo cura todo”, “al menos no llegaste a conocerle” o “mejor ahora que más adelante”, estos comentarios aunque se hacen con buena intención pueden ser muy dolorosos y entendidos como una forma de invalidar lo ocurrido. Tampoco va a ser de ayuda presionar para pasar página, la muerte de un bebé no es algo que se supere sino más bien es algo con lo que se aprende a vivir. Puede ser suficiente decir algo como: “siento mucho lo que te /os ha ocurrido”.  

 

Recibir la muerte cuando esperas la vida es algo que nadie debería vivir, pero si alguien tiene que vivirlo ojalá pueda hacerlo de la mejor manera posible para no sumar dolor a la experiencia y pueda conservar un recuerdo bonito y estar en paz con lo que ha ocurrido porque el amor no se acaba con la muerte.

Garantizar unos cuidados paliativos de calidad: El reto invisible en la sanidad actual

Garantizar unos cuidados paliativos de calidad: El reto invisible en la sanidad actual

Marisa de la Rica Escuín

11 de octubre de 2025

Hablar de cuidados paliativos sigue siendo, aún hoy, adentrarse en un territorio rodeado de mitos que oscurecen su verdadera esencia. Lamentablemente, estas malinterpretaciones retrasan el acceso de muchas personas que los necesitan. Comprender qué son y qué no son los cuidados paliativos es un primer paso esencial: no se trata de un recurso exclusivo para el final de la vida ni de un sinónimo de renuncia a los tratamientos, sino de un modelo integral e integrado de atención cuyo objetivo es aliviar el sufrimiento, promover la calidad de vida y acompañar a las personas y sus familias en situaciones de enfermedad avanzada o con pronóstico limitado.

 

Es fundamental recordar que los cuidados paliativos no se dirigen solo a pacientes con enfermedades oncológicas. También están destinados a quienes padecen patologías crónicas avanzadas, como enfermedades neurodegenerativas, demencias, insuficiencias de órganos (cardíaca, respiratoria, renal o hepática, entre otras), y otras condiciones complejas, incluyendo los cuidados paliativos para niños/as y adolescentes. Debemos tener en cuenta que estas patologías afectan a un alto porcentaje de la población y su prevalencia crecerá significativamente con el envejecimiento poblacional, y en el caso de niños/as y adolescentes, aunque su incidencia es menor, el abordaje multidimensional es especialmente complejo. Para todas estas situaciones, resulta imprescindible un enfoque paliativo precoz, capaz de responder a la complejidad y evolución específica de cada trayectoria de enfermedad.

 

La identificación temprana de la necesidad de atención paliativa permite iniciar, junto con la persona y su entorno, una planificación compartida de la atención. Esta planificación trasciende las voluntades anticipadas e implica dialogar, escuchar y diseñar cuidados centrados en los deseos, valores y necesidades, anticipando decisiones y adaptándolas en cada fase. Los/as profesionales sanitarios/as juegan un papel clave en este proceso, guiando, informando y facilitando la toma conjunta de decisiones con acompañamiento y responsabilidad, para lograr la mayor dignidad durante la enfermedad y el final de la vida.

 

En este camino, es especialmente importante diferenciar la idea de muerte digna de la eutanasia. La muerte digna se entiende como aquella que transcurre con el mayor bienestar físico posible, con apoyo emocional y espiritual, en compañía y con respeto pleno a los valores de la persona. Los cuidados paliativos ofrecen las herramientas necesarias para vivir este proceso con serenidad y cuidado hasta el final, alejados de cualquier intervención destinada a provocar la muerte de manera deliberada. Como Harvey Chochinov destacó en su Terapia de la Dignidad, lo esencial es reforzar el sentido, la identidad y el legado de la persona, favoreciendo un final de vida donde su humanidad permanezca intacta.

 

Cuidados paliativos y eutanasia pueden, en contextos distintos, ofrecer a la persona una muerte digna, pero es fundamental precisar que son realidades diferentes. Los cuidados paliativos no buscan adelantar la muerte, sino aliviar el sufrimiento físico, emocional, social y espiritual, acompañando con respeto y compasión hasta el final. La eutanasia, por su parte, tiene un propósito distinto: poner fin a la vida a petición expresa de la persona. Reconociendo esta diferencia, es imprescindible subrayar que el acceso a cuidados paliativos de calidad debe garantizarse siempre, con independencia de que la persona solicite o no la eutanasia.

 

La identificación precoz de la necesidad de atención paliativa es clave. Herramientas como NECPAL, que facilita la detección de pacientes que podrían beneficiarse de una atención paliativa temprana, y IDC-Pal, que ayuda a determinar el nivel de complejidad de cada caso, permiten dar una respuesta ordenada, adaptada y equitativa a las necesidades reales de los/as pacientes. Su incorporación inmediata y urgente a la práctica clínica es indispensable para garantizar que el derecho al cuidado no dependa de la fragmentación o intensidad del sistema, sino de la persona y sus circunstancias.

 

No es posible hablar de un acceso universal a los cuidados paliativos sin garantizar una sólida preparación de los/las profesionales que los hacen posibles (médicos, enfermeras, trabajadores sociales, psicólogos, entre otros), cuya formación es esencial para asegurar una atención de calidad.  La formación en competencias paliativas debe ser obligatoria y escalonada: básica (para todos los profesionales), intermedia (para quienes atienden con mayor frecuencia a pacientes con necesidades paliativas) y avanzada (para los equipos especializados). En Enfermería, la Orden CIN/2134/2008 ya establece competencias específicas en cuidados paliativos dentro del Grado, que han de reforzarse y actualizarse con itinerarios formativos homogéneos y exigibles en los distintos niveles de atención. Sin embargo, persiste una gran desigualdad entre los programas formativos de las diferentes universidades españolas.

 

Cada año, el segundo sábado de octubre se celebra el Día Mundial de los Cuidados Paliativos. La WHPCA propone en esta ocasión el lema “Cumplir la promesa: acceso universal a los cuidados paliativos”, una llamada directa a la reflexión y a la acción. 

 

Cumplir esta promesa implica avanzar en políticas sanitarias decididas que aseguren la identificación temprana de las necesidades, la evaluación de la complejidad de cada situación y la capacitación continuada de los equipos profesionales. Solo de este modo será posible garantizar que ninguna persona quede excluida de recibir una atención compasiva, digna y competente, tal como merece en las etapas más frágiles de su vida.