Falacias de la falocracia

Falacias de la falocracia

M. Felipa Gea López

5 de abril de 2026

Hoy 5 de abril, el llamado Día Mundial del Pene, nos abre la oportunidad de hablar del órgano más mitificado de la anatomía humana no sólo desde la biología, sino desde el poder. Porque el pene, más allá de su función fisiológica, ha sido históricamente convertido en símbolo. Así que vamos a hablar de la falocracia como institución: un sistema de valores, creencias y estructuras donde lo masculino (y lo fálico) se asocia con autoridad, dominio y legitimidad.

 

Este sistema no solo jerarquiza, también limita. La falocracia no eleva simplemente a los hombres sobre las mujeres, sino que empobrece la experiencia humana en su conjunto. Al imponer un ideal rígido de lo que significa “ser hombre” y “ser mujer”, termina denigrando a las mujeres y encorsetando a los hombres en un molde estrecho, artificial y profundamente irreal.

 

Toda construcción simbólica exagerada se sostiene, inevitablemente, sobre falacias. Por ello, es necesario identificar algunas de ellas para poder reconocer esta institución falocrática, que reprime y engaña a quienes se inscriben en ella.

 

La falacia de la superioridad natural

 

La falocracia se sustenta en la idea de que existe una superioridad intrínseca asociada a lo masculino, utilizando el pene como “prueba” de una supuesta “jerarquía natural”. Este relato confunde la diferencia biológica con una escala de valor social, ignorando que la biología no establece sistemas de poder. Los sistemas de poder los construyen las sociedades, no la biología.

 

Esta creencia legitima la subordinación histórica de las mujeres y, al mismo tiempo, impone una presión constante sobre los hombres para demostrar esa supuesta superioridad. La asociación entre pene y capacidad de mando es una metáfora cultural que empuja a los varones a demostrar constantemente una fuerza que no siempre corresponde con su realidad psíquica, generando estrés crónico y vulnerabilidad a la ansiedad y la depresión.

 

Confundir “diferencia” con “superioridad” es una falacia clásica. La diversidad corporal no implica jerarquía, y convertirla en eso empobrece las relaciones humanas. Aspirar a ser un “macho alfa” aleja de factores clave para la supervivencia humana: la cooperación y la inteligencia emocional.

 

La falacia del poder simbólico

 

El pene ha sido elevado a icono de poder en múltiples ámbitos de la vida (lenguaje, arte, política…). Expresiones como “tener cojones” o “ser un hombre de verdad” refuerzan la asociación entre genitalidad y autoridad.

 

Este simbolismo no sólo margina a las mujeres, excluyéndolas de los espacios de poder, sino que obliga a los hombres a encarnar una imagen de dominio, seguridad y control que no siempre coindice con su realidad emocional. El resultado es una desconexión profunda con la vulnerabilidad y la diversidad humana. Este fenómeno se refuerza mediante el llamado «mandato de masculinidad», según el cual ser hombre no es un estado, sino un estatus que debe ganarse y defenderse públicamente a través de actos de dominación, a menudo expresados en microviolencias o en la exclusión de lo femenino.

 

El simbolismo no es poder real, pero tampoco es inocuo. Es una narrativa que, al interiorizarse, distorsiona la percepción. La falocracia convence al hombre de que su valor reside en su capacidad de imponerse, lo que constituye una trampa psicológica que bloquea el desarrollo de una identidad auténtica basada en el autocuidado.

  

La falacia del rendimiento

 

Otra falacia extendida es que el valor masculino se mide en términos de rendimiento sexual: duración, tamaño y potencia. Esta lógica, además de ser reduccionista, genera ansiedad, inseguridad y una relación distorsionada con el propio cuerpo. La sexualidad masculina se convierte en un examen constante.

 

La llamada «ansiedad de ejecución sexual» afecta a un porcentaje significativo (9-25%) de hombres y contribuye a padecer eyaculación precoz y/o disfunción eréctil psicógena. El encuentro sexual se percibe como una prueba donde la «hombría» está en juego, dejando poco espacio para el disfrute. Además, la pornografía ha intensificado esta falacia al imponer estándares irreales. Muchos jóvenes comparan sus cuerpos y su desempeño con modelos editados, lo que alimenta la insatisfacción y el consumo de productos que prometen mejoras imposibles.

 

Esta lógica también perjudica a las mujeres, cuyo placer ha sido históricamente relegado, reforzando dinámicas donde su experiencia queda subordinada al desempeño masculino. El resultado es doble, por un lado, hombres atrapados en la ansiedad del rendimiento y, por otro, mujeres desplazadas en su propia vivencia sexual.

 

El placer, la intimidad y la sexualidad humana son complejos y subjetivos. Reducirlos a métricas fálicas es una simplificación que empobrece a todas las partes.

 

La falacia de la centralidad

 

Durante siglos, el pene ha ocupado el centro del discurso sexual. La falocracia lo sitúa como el eje alrededor del cual orbitan el deseo, el acto, y la satisfacción, invisibilizando otras formas de placer y experiencia.

 

Esta centralidad define el sexo exclusivamente como la penetración pene-vagina, heredando modelos históricos reforzados por la medicina y la religión. El resultado es una dinámica desigual donde el cuerpo de la mujer queda subordinado a un guion diseñado para la satisfacción masculina. Además, al considerar la penetración como el único acto “real” de sexo, se deslegitiman las formas de placer, muchas de ellas más efectivas para las mujeres.

 

Paradójicamente, esta centralidad también empobrece la experiencia masculina al reducir a una función genital. Limita la exploración del cuerpo, la sensibilidad y otras formas de intimidad y conexión.

 

La idea de que el sexo “termina” con la eyaculación masculina es una consecuencia directa de esta falacia, que reduce la intimidad a una descarga fisiológica en lugar de un intercambio afectivo. La sexualidad va más allá del pene, es una constelación diversa de experiencias.

 

La falacia de la identidad

 

La falocracia impone una ecuación rígida: pene = hombre = masculinidad. Esta simplificación excluye a personas trans, intersexuales y no binarias, y limita las formas en que los propios hombres pueden vivir su identidad.

 

Bajo este esquema, cualquier desviación se percibe como una amenaza. Se ignora que todos los seres humanos combinamos rasgos, hormonas y deseos que no encajan en moldes absolutos. Así, los hombres quedan atrapados en un ideal imposible, mientras otras identidades quedan fuera del reconocimiento.

 

La identidad no se reduce a la anatomía. Es una construcción compleja donde intervienen la cultura, la experiencia y la autopercepción. Va más allá de lo límites que impone la falocracia.

 

Repensar el símbolo

 

Cuestionar la falocracia no implica demonizar al pene, sino despojarlo de una carga simbólica opresiva. Se trata de devolverlo a su condición de “parte del cuerpo” que merece cuidado y respeto, pero no obediencia ni poder.

 

El problema no es el símbolo en sí, sino el sistema que lo convirtió en medida de todas las cosas. Un sistema falocrático que ha servido para jerarquizar, excluir y simplificar la riqueza de la experiencia humana.

 

Quizá el gesto más subversivo sea dejar de situar al pene en el centro del poder y empezar a mirarlo con naturalidad, como cualquier otra parte del cuerpo. Desmontar estas falacias abre la puerta a una comprensión más amplia, diversa y honesta de lo que somos.

El libro infantil: La salud mental del futuro

El libro infantil: La salud mental del futuro

Silvia Pellicer Ortín

2 de abril de 2026

El Día Internacional del Libro Infantil se celebra con la idea de promover el amor por la lectura entre los más jóvenes; de hecho, se instituyó en conmemoración del nacimiento del reconocido escritor danés Hans Christian Andersen el 2 de abril de 1805. Cantar rimas y poemas a los bebés, leer cuentos tradicionales en los brazos de nuestros padres, contar leyendas a la hora de dormir o participar en actividades de cuenta-cuentos son experiencias que todos podemos asociar como placenteras y entrañables en los primeros años de nuestra vida. Pero, ¿cuáles son los beneficios más exactos de contar historias a los más pequeños?

 

Exponer a los niños a la escucha y lectura de cuentos es muy positivo para su desarrollo cognitivo (Fons Esteve, 2004) en tanto que promueve destrezas de pensamiento que les ayudan a predecir eventos y el significado de las palabras, hacer hipótesis y comparaciones, etc. Además, son un gran promotor del pensamiento simbólico, la atención, la memoria de trabajo y la meta-cognición, reforzando estrategias como la planificación y la autoevaluación. Si los abordamos desde un punto de vista pedagógico, a través de los cuentos podemos trabajar multitud de contenidos curriculares a la par que desarrollamos estrategias de estudio, organización de ideas o transferencia de información. Sin olvidarnos del desarrollo de la alfabetización visual y multimodal (Mancebo Suárez and Pellicer-Ortín, 2023), tan imprescindible en la época actual.

 

 Bien es sabido que los cuentos nos ayudan a ejercitar la imaginación, los niños pueden conectar con sus personajes y desarrollar esta capacidad que, en tiempos de la IA, puede ser garantía del desarrollo de un pensamiento más flexible y crítico en el futuro así como de mejores habilidades sociales, emocionales y comunicativas. Además, dado que escuchar o leer un cuento es motivador y agradable, y que suele ser una experiencia social compartida, esto nos permite potenciar actitudes positivas en el niño hacia la lengua y cultura en la que están escritos. Desde el punto de vista lingüístico, Gail Ellis and Jean Brewster (2014) explican cómo el escuchar historias se puede convertir en un recurso potente para adquirir una lengua. A través de la repetición que caracteriza muchas de estas narrativas, los niños pueden interiorizar un amplio repertorio de vocabulario y formas lingüísticas en un contexto natural. Está ampliamente demostrado (Ellis and Shintani, 2014) que exponer a los niños al lenguaje en contextos variados, memorables y familiares enriquece su pensamiento y hace que se incorpore poco a poco a su habla. También, los cuentos exponen a los niños al ritmo, entonación y pronunciación de una lengua. Igualmente los cuentos nos transportan a otras culturas, favoreciendo el desarrollo de la Competencia Comunicativa Intercultural, entendida como la habilidad de comunicarse adecuadamente con personas de otras culturas, comprendiendo y respetando sus valores, formas de hablar y actitudes.

 

Los cuentos tratan temas y experiencias universales que conectan con nuestros sentimientos y emociones. Contar historias provoca una reacción compartida de risa, tristeza, emoción y expectación que no solo resulta placentera, sino que también puede ayudar a reforzar la confianza del niño y avivar su desarrollo social y emocional, y es en esta última parte en la que me quiero centrar como aspecto estrechamente relacionado con la salud. La educación emocional de las futuras generaciones es un aspecto que cada vez tiene más peso en nuestras aulas y en el currículo. Desde que Daniel Goleman desarrollará su teoría acerca de la Inteligencia Emocional y la importancia de entrenarla e integrarla en la educación de los niños y adolescentes, se ha ido constatando como los cuentos y la literatura pueden ayudar a desarrollar los cinco dominios que comprende esta inteligencia – conciencia de las propias emociones, regulación, autoestima, confianza y motivación, empatía, y habilidades sociales. Por otra parte, como afirma Susan Perrow, contar historias ofrece posibilidades imaginativas para transformar las situaciones problemáticas y promover la resiliencia desde etapas tempranas.

 

Las manifestaciones artísticas en general y la literatura en particular corresponden a la necesidad humana de integrar las experiencias vividas, y más aún cuando estas han sido difíciles o traumáticas. Volviendo a Goleman, este psicólogo nos explica que la parte emocional de la mente humana está vinculada a los contenidos simbólicos que pueden expresarse mediante metáforas, cuentos, mitos y arte y, especialmente, a través de la narración de historias y el dibujo. En el caso del cuento infantil, ya que los cuentos son un artefacto familiar y seguro para los niños, estos les permiten tratan de entender de manera profunda lo que en ellos sucede, conectando con las experiencias propias y ajenas. Muchos cuentos giran en torno a personajes atravesando desafíos que deben solventar con la ayuda de otros personajes y/o haciendo uso de su fuerza interior. De hecho, muchas historias infantiles recurren a la metáfora y los símbolos, lo que las ha convertido en herramienta de terapia psicológica en casos de niños sufriendo algún tipo de trauma o trastorno mental. Conforme se ha estudiado más sobre los procesos neurobiológicos y la relación entre el hemisferio derecho, el trauma y el apego, comprendemos mejor cómo los cuentos pueden activar los procesos emocionales del hemisferio derecho, despertar recuerdos sensoriales y desencadenar emociones intensas no resueltas.

 

Como educadores, terapeutas o familiares, podemos encontrar cuentos que ayuden a los niños a conectar con experiencias concretas traumáticas o difíciles, ya sea el duelo y la muerte (El hilo invisible de Miriam Tirado), la enfermedad (Soñar con unicornios de Lisa Aisato y Mariangela Cacace), el estrés y la ansiedad (Tengo un nudo en la barriga de Alberto Soler y Concepción Roger), la separación parental (Valentina tiene dos casas de Paula Carbonell), el bullying (Nos tratamos bien de Lucía Serrano), o abusos sexuales (Tu cuerpo es tuyo de Lucía Serrano). Por otra parte, los cuentos pueden usarse como vía de prevención de futuros problemas mentales o promoción de hábitos saludables (Sanotes, sanitos de Blanca García-Orea Haro), también abordando temas como el control de esfínteres (El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza de Werner Holzwarth) y problemas de sueño (Dormir sin miedo de Laura Pazos de Sleepykids y Marta Moreno), e incluso trabajando valores humanos que mejoren sus relaciones humanas en el futuro: diversidad cultural y empatía (Elmer, el elefante multicolor de David McKee; Las jirafas no pueden bailar de Giles Andreae), emociones (El monstruo de colores de Anna Llenas), auto-regulación (Tengo un volcán de Miriam Tirado), apego (Adivina cuanto te quiero de Sam McBratney), y habilidades sociales (La abrazosaurio de Rachel Bright).

 

Elegir el cuento apropiado es sólo el primer paso, aquí he citado algunos ejemplos que funcionan muy bien, pero no es suficiente. Debemos crear una ambiente relajado y cálido para que los niños entren en el mundo de la historia; hacerles partícipes de ella a través de preguntas, pausando la lectura para comprender que nos siguen y ayudarles a entender los matices más complejos; y, una vez, que la hemos narrado, hay multitud de maneras de explorar lo que ha suscitado en ellos mediante juegos, diálogos, dramatizaciones, actividades de dibujo o manualidades, etc. Está claro que un cuento por sí mismo no puede sanar una patología, abordar problemas conductuales o solucionar un problema en la vida del niño, pero sí que puede ser una ventana a otro mundo donde nuevos valores, emociones y experiencias nos ayuden a comprender la complejidad del ser humano. 

 

 

Un día en la vida de tu colon. Lo que tu intestino quiere contarte

Un día en la vida de tu colon. Lo que tu intestino quiere contarte

Yolanda Martínez Santos

31 de marzo de 2026

Imagina que tu colon pudiera hablar. No como en una película de ciencia ficción, sino como ese compañero silencioso que trabaja 24/7 en tu interior, procesando todo lo que comes, bebes y vives. Hoy 31 de marzo, y especialmente en el mes internacional de concienciación de la prevención del cáncer colorrectal (CCR), queremos darle voz.

 

El CCR representa uno de los tumores malignos más relevantes, ocupando un tercer puesto en incidencia a nivel mundial. No obstante, cuando se diagnostica en fases iniciales, la probabilidad de curación ronda al 90%.  Escucha lo que tiene que decirte.

 

Al comenzar el día: el despertar con prisas

 

«¡Buenos días! Soy tu colon, el último tramo de tu intestino grueso, alrededor de metro y medio de tubo sabio que filtra desechos y protege tu salud. Hoy empiezas con un café solo y una tostada blanca. Uy, noto el pellizco: esa cafeína me acelera, pero sin fibra, mis paredes se irritan un poco. ¿Sabes que la fibra es mi mejor aliada? Me mantiene limpio y evita que células rebeldes se acumulen (esas que podrían formar pólipos precancerosos).»

 

Tu colon no miente. Los estudios confirman que una dieta pobre en fibra (frutas, verduras, legumbres) multiplica por tres el riesgo de CCR. No obstante, la ingesta de 25-30 gramos al día, reduce ese riesgo un 30%.

 

A media mañana: el estrés en el trabajo

 

«Ahora llega el turno del tentempié, un bollo de la máquina expendedora. Azúcares simples y grasas trans: mi microbiota (esos billones de bacterias que viven conmigo) hace huelga. Ellas convierten la fibra en sustancias protectoras; sin esas bacterias, se produce inflamación y estrés oxidativo.  Y hablando de estrés: noto tus nervios. El cortisol que liberas me tensa, ralentiza mi movimiento y hace que los desechos permanezcan más tiempo del necesario.»

 

Aquí entra en juego la conexión intestino-cerebro, un eje que la ciencia estudia cada vez más. El estrés crónico altera la microbiota y aumenta el riesgo de inflamación intestinal, factores implicados en la aparición de pólipos. Un paseo de 30 minutos al día o 150 minutos semanales de actividad moderada reducen el riesgo un 24%, según guías europeas.

 

Hora del almuerzo: el legado familiar

 

«¡Por fin almuerzo! Ensalada con tomate, espinacas, garbanzos y un chorrito de aceite de oliva virgen extra. ¡Sí! La vitamina D del sol matutino, el calcio de los lácteos y esos antioxidantes me limpian como una ducha. Pero pienso en tu padre, de 62 años: heredaste sus genes. Si él ha tenido problemas en el colon, el riesgo aumenta. Eso no se elige.»

 

El 20-30% de los CCR tienen un componente familiar. Los antecedentes de CCR en familiares de primer grado justifican el inicio del cribado antes de los 50 años. En España, programas públicos como el de la Comunidad Autónoma de Aragón, envían la invitación del test de sangre oculta en heces (SOH) desde los 50 años. Con el programa de cribado se detectan el 92% de los cánceres en estadios curables.

 

Las 6 de la tarde: el sedentarismo y el picoteo

 

«Vuelta al sofá con unos snacks viendo una serie. Mi movimiento peristáltico se para: el sedentarismo es mi peor enemigo. Paso de moverme una o dos veces al día a una vez cada dos días. Residuos estancados igual a mayor riesgo de mutaciones celulares. Y ¿ese refresco azucarado? Altera mi pH y alimenta bacterias perjudiciales.»

 

La inactividad física eleva el riesgo de padecer CCR entre un 20 y un 30%. Levántate cada hora y camina 10 minutos. Otras medidas importantes son: limitar la ingestión de carnes rojas (menos de 500 g/semana) y de procesados ​​(embutidos, menos de 100 g/semana). También puedes aumentar el consumo de pescado azul, rico en ácidos grasos omega-3.

 

Final del día: hora de dormir (y de reflexionar)

 

«Antes de dormir, un yogur natural con semillas de chía. Perfecto para mi microbiota nocturna. ¿Cuánto duermes? ¿7 horas? Bien, porque el sueño insuficiente desequilibra mis bacterias y aumenta la inflamación. Mañana, otro día. Pero oye: si notas cambios persistentes en los hábitos intestinales-diarrea/estreñimiento-, sangre en las heces, dolor o cólicos abdominales, heces más delgadas, pérdida de peso inexplicable, debilidad y sensación de evacuación incompleta, avisa. Y ese sobre del cribado que llegó por correo… ábrelo.»

 

El test es sencillo: Se recoge el tubo en el centro de salud, pinchas cuatro veces en las heces con la varilla, se cierra y a analizar. Si sale positivo (7% de los casos), se activa una colonoscopia que se realiza en plazo máximo 6 semanas.

 

El 50% de los españoles no participa en las pruebas de cribado por miedo y desinformación. Sin embargo, el 90% de los positivos son falsas alarmas (sangrado por hemorroides, fisuras, úlceras o dieta/medicación) o pólipos resecables endoscópicamente (adenomas) que se detectan antes de que se vuelvan malignos. La detección precoz es igual a curación, la extirpación de los adenomas y la detección de tumores en fases iniciales, reduce la mortalidad por CCR hasta un 30-40%.

 

Tu colon concluye: «No me tengas miedo. Vivo en ti, y con hábitos simples y cribado precoz, me proteges. Marzo es mi mes: empieza hoy».

Prevención cáncer colorrectal

El uso del fenómeno “therian” para deteriorar los derechos de las personas trans

El uso del fenómeno “therian” para deteriorar los derechos de las personas trans

M. Felipa Gea López

31 de marzo de 2026

 

 

 

La construcción de la identidad en la era de la hiperconectividad ha dejado de ser un proceso puramente introspectivo, basado en el modelo bio-psico-social, para convertirse en un fenómeno mediado por algoritmos, redes sociales y comunidades globales de nicho. En este contexto, la visibilidad de las personas trans, conmemorada cada 31 de marzo desde 2009, se enfrenta a desafíos inéditos.

 

Estos desafíos no provienen únicamente del estigma histórico, sino también de campañas de desinformación que utilizan subculturas digitales emergentes para deslegitimar derechos fundamentales. Señalar esta fecha en el calendario no solo implica contrarrestar siglos de invisibilización, sino también reflexionar sobre los nuevos riesgos que surgen en un entorno marcado por la hiperconectividad y la viralidad de discursos teñidos, en muchos casos, de desinformación y odio, primero dentro de las redes sociales y después fuera de ellas. ​

 

Qué está ocurriendo en el ecosistema digital

 

En los últimos años, los medios digitales han transformado profundamente la manera en que se construyen y difunden las identidades. Plataformas como TikTok, X o Instagram han permitido que millones de personas exploren, nombren y compartan experiencias personales, facilitando que muchas encuentren referentes y dejen de sentirse solas. Sin embargo, este mismo fenómeno ha generado también un terreno fértil para la confusión, la simplificación, la desinformación y el odio.

 

Uno de los ejemplos más disruptivos y menos comprendidos de este fenómeno es el uso del llamado movimiento «therian», que son individuos que experimentan una identificación psicológica o espiritual con animales no humanos, como una herramienta retórica para cuestionar la validez de la identidad de género y frenar avances legislativos en materia de autodeterminación.

 

Por ello, es necesario desglosar cómo una vivencia interna subjetiva, a menudo exploratoria y propia de la adolescencia y del ser humano en general, ha sido capturada por sectores políticos para construir la falacia de la «transespecie» y, por extensión, ridiculizar la realidad de las personas trans.

 

El fenómeno “therian”

 

Para abordar esta cuestión con rigor, conviene aclarar de dónde surge la identidad therian. El término «teriantropía» describe a personas que refieren una identificación interna profunda con un animal no humano, ya sea a nivel psicológico, espiritual o simbólico, reconociendo simultáneamente su condición biológica humana. Es decir, el sujeto therian no padece una ruptura con la realidad y, por lo tanto, no forma parte de la patología.

 

De hecho, desde la neuropsicología, estas vivencias identitarias se entienden dentro del espectro de la diversidad humana y del desarrollo humano, donde la construcción del «yo» es fluida y se apoya en metáforas culturales para organizar la experiencia interna. Para muchos jóvenes, el teriotipo (lobos, felinos, aves) funciona como un anclaje simbólico que permite transitar emociones complejas, como la necesidad de independencia o la respuesta al estrés social.

 

La identidad “therian” es una subcultura, donde existe una Identificación psicológica o espiritual simbólica. Sin embargo, la identidad trans es una identidad en sí misma, donde existe una discordancia entre género sentido y el asignado al nacer. Es necesario señalar que el sexo biológico y la identidad de género son conceptos independientes, tal y como abala la ciencia moderna. Mientras que el sexo se refiere a indicadores biológicos y físicos, el género constituye el sentido interno y profundo de quién es una persona. Actualmente, a nivel social y cultura se sigue confundiendo ambos planos, por lo que se sigue asignando la identidad de género tomando en cuenta únicamente lo que existe entre las piernas (es decir, la anatomía genital).

 

Las consecuencias van más allá de lo viral

 

La confusión deliberada entre las categorías “therian” y trans no es un error de apreciación, sino un mecanismo de deshumanización. Mientras que la identidad trans cuenta con un respaldo científico robusto, validado por organizaciones como la Asociación Mundial para la Salud Transgénero (WPATH), la Organización Mundial de la Salud (OMS) o la Asociación Mundial de la Salud Sexual (WAS), el fenómeno “therian” se sitúa en el ámbito de las subculturas (como Emo, Otaku, Hippie, Rockabilly…). Sin embargo, al equipararlas bajo el paraguas de la «autopercepción», los detractores de los derechos LGTBIQ+ intentan reducir la identidad de género a un capricho biológico similar a «creerse un animal», ignorando décadas de investigación.

 

Lo cierto es que las consecuencias de este fenómeno no son meramente discursivas, ya que se trata de una campaña estructurada que utiliza “técnicas de pánico moral” para influir en la opinión pública y en los procesos legislativos. La desinformación contribuye a consolidar prejuicios, alimenta el rechazo social y dificulta avances en materia de derechos. Esta estrategia tiene tres objetivos claros:

  1. Despatologización vs. Repatologización: Mientras la ciencia avanza hacia la despatologización del cambio de género/sexo, estos discursos buscan reintroducir la noción de «trastorno» a través de la comparación con la licantropía clínica, tergiversando a su vez la subcultura therian.
  2. Eliminación de la Protección Legal: Si se logra convencer al público de que las identidades trans son equivalentes a identidades animales (que no son sujetos de derecho), se facilita la derogación de leyes que castigan la discriminación.
  3. Monopolio de la «Normalidad»: Al presentarse como los defensores de los/as «niños/as normales» frente a la supuesta amenaza de los/as «niños/as gatos», estos sectores capturan la rabia y frustración de una sociedad golpeada por guerras del petróleo, genocidios en Gaza, crisis económicas y de vivienda, redirigiéndola hacia un enemigo ficticio.

 

La amenaza de las «terapias de conversión»

 

Esto tiene un efecto particularmente dañino: invisibiliza las experiencias reales de las personas trans. Al quedar atrapadas entre la caricatura y la polémica, sus voces pierden espacio en el debate público y sus demandas quedan relegadas frente al ruido mediático. Abriendo, a su vez, la puerta a reintroducir las llamadas “terapias de conversión”.

 

Al categorizar las identidades trans y therian como «desorientación social» o «falta de valores», se intenta legitimar prácticas que buscan cambiar la identidad de género u orientación sexual de una persona, las cuales han sido calificadas por organismos internacionales como formas de tortura. En España, la Ley Trans prohíbe explícitamente estas terapias, pero las reformas impulsadas en algunas comunidades autónomas, bajo técnicas de pánico moral, han debilitado los mecanismos de vigilancia contra estas prácticas ilegales. Por ejemplo, en diciembre de 2023, la Comunidad de Madrid, aprobó una ley que eliminaba el concepto de «identidad de género».

 

La necesidad de contrarrestar esta confusión

 

Hoy más que nunca, debemos reafirmar que la identidad humana es compleja, fluida y digna de respeto en todas sus formas, siempre que no se traduzca en daño a terceros o en la pérdida de la funcionalidad. Sin embargo, este respeto no debe permitir la dilución de las categorías de derechos humanos. La lucha de las personas transgénero por el reconocimiento de su identidad de género no es un juego simbólico; es una cuestión de justicia social, salud pública y dignidad fundamental.

 

Es necesario recentrar la conversación, desarrollando una mirada crítica frente a los contenidos virales y cuestionando las narrativas que buscan simplificar o distorsionar realidades complejas. Como sociedad, tenemos la responsabilidad de no dejarnos seducir por las caricaturas o ejemplos extremos amplificados artificialmente ni por los bulos de fácil digestión. Solo a través del conocimiento riguroso, el respeto a la evidencia científica y la defensa inquebrantable de la autonomía corporal podremos avanzar hacia un futuro donde la visibilidad no sea un riesgo, sino una celebración de la pluralidad humana.

 

El Día de la Visibilidad Trans debe recordarnos que los derechos conquistados no son inamovibles y que la desinformación es la herramienta más eficaz de quienes desean volver a un pasado de silencio y exclusión. La respuesta ante el odio no es el pánico, sino la verdad, la empatía y la firmeza legislativa en la protección de la diversidad humana.

Claves para un uso seguro del litio en el trastorno bipolar

Claves para un uso seguro del litio en el trastorno bipolar

Carlos Navas Ferrer

30 de marzo de 2026

El litio es uno de los tratamientos farmacológicos más importantes en el trastorno bipolar, una enfermedad caracterizada por cambios del estado de ánimo, que pueden ir desde episodios de depresión hasta fases de euforia o manía. A pesar de ser un medicamento conocido desde hace décadas, sigue siendo una de las opciones más eficaces para estabilizar el ánimo y prevenir recaídas.

 

 

El litio actúa en el cerebro modulando diferentes neurotransmisores y procesos neurofisiológicos implicados en la regulación emocional. Gracias a estos efectos, ayuda a reducir la intensidad de los episodios maníacos y depresivos, y a mantener una mayor estabilidad a largo plazo. Por ello, es frecuente que se utilice tanto en fases agudas como en el tratamiento de mantenimiento del trastorno bipolar.

 

 

Sin embargo, el litio tiene una característica que lo hace diferente de muchos otros medicamentos: su margen terapéutico es estrecho. Esto significa que la diferencia entre una dosis eficaz y una dosis potencialmente tóxica es pequeña. Los niveles adecuados en sangre suelen situarse entre 0,6 y 1,2 mEq/L, por lo que es imprescindible realizar controles periódicos (litemias) para asegurarse de que el tratamiento se mantiene dentro de un rango seguro. Estos controles se hacen con mayor frecuencia al inicio o tras cambios de dosis, y posteriormente cada varios meses durante el seguimiento.

El funcionamiento del litio en el organismo explica por qué es necesario este control cuidadoso. Se elimina casi exclusivamente a través de los riñones, y su comportamiento es muy similar al del sodio (la sal). Por este motivo, situaciones como la deshidratación, las dietas bajas en sal o ciertas enfermedades pueden hacer que el cuerpo retenga más litio y aumenten sus niveles en sangre. También algunos medicamentos de uso común, como los antiinflamatorios o ciertos fármacos para la tensión arterial, pueden elevar su concentración.

 

 

Para las personas que toman litio, esto se traduce en algunas recomendaciones básicas pero muy importantes. Es fundamental seguir siempre la dosis prescrita y no modificarla sin consultar con el profesional sanitario. Mantener una hidratación adecuada, especialmente en épocas de calor o durante enfermedades con vómitos o diarrea, es clave para evitar acumulaciones peligrosas. Asimismo, conviene mantener una dieta estable en sal y evitar cambios bruscos en la alimentación. Siempre que se vaya a iniciar un nuevo medicamento, incluso si es de venta sin receta, es recomendable consultarlo previamente.

 

 

Como cualquier tratamiento, el litio puede producir efectos secundarios. Los más frecuentes incluyen molestias digestivas como náuseas o diarrea, temblor fino en las manos, sensación de cansancio o aumento de peso. A largo plazo, puede afectar al funcionamiento del riñón o de la glándula tiroides, por lo que también se realizan controles analíticos periódicos para vigilar estos aspectos. En muchos casos, estos efectos pueden manejarse ajustando la dosis o con medidas sencillas.

 

 

Uno de los aspectos más importantes que deben conocer tanto los pacientes como sus familiares es la posibilidad de intoxicación por litio. Aunque no es frecuente, puede ser grave y requiere atención médica urgente. La intoxicación puede aparecer si los niveles en sangre aumentan demasiado, ya sea por una sobredosis, por deshidratación o por problemas en la función renal.

 

 

Los síntomas suelen comenzar de forma progresiva. En fases iniciales pueden aparecer somnolencia, mareo, náuseas, diarrea o temblor. Si los niveles siguen aumentando, pueden aparecer síntomas más preocupantes como confusión, dificultad para hablar o problemas de equilibrio. En los casos más graves, puede haber convulsiones, alteración importante del nivel de conciencia o incluso coma. Ante cualquiera de estos signos, es fundamental acudir de inmediato a un servicio de urgencias.

 

 

A pesar de estos riesgos, es importante transmitir un mensaje claro: el litio es un tratamiento seguro y muy eficaz cuando se utiliza correctamente. La clave está en realizar un seguimiento adecuado, la realización de controles periódicos y el conocimiento por parte del paciente de las medidas básicas de seguridad. En definitiva, entender cómo funciona el litio y cómo utilizarlo de forma segura permite aprovechar sus beneficios y reducir al mínimo sus riesgos.

A las dos serán las tres

A las dos serán las tres

Carlos Navas Ferrer

29 de marzo de 2026

El cambio al horario de verano, ese gesto aparentemente simple de adelantar una hora el reloj en primavera, tiene efectos mucho más profundos de lo que podría parecer. Más allá de reorganizar nuestras rutinas diarias, esta transición altera un sistema biológico fundamental: los ritmos circadianos. Estos ritmos, que actúan como un reloj interno, regulan funciones esenciales como el sueño, la vigilia, la temperatura corporal o la secreción hormonal. Cuando se produce el cambio horario, este delicado equilibrio se rompe, generando un desajuste entre el tiempo biológico y el tiempo social que puede afectar tanto al descanso como a la salud mental.

 

 

El problema comienza con la propia naturaleza del horario de verano. Al adelantar el reloj, se modifica la exposición a la luz natural: amanece más tarde y anochece más tarde. Este cambio aparentemente ventajoso —más luz por la tarde— tiene una consecuencia importante: reduce la luz matutina, que es clave para sincronizar nuestro reloj biológico. Como resultado, el organismo recibe señales contradictorias y le cuesta ajustarse al nuevo horario. Este fenómeno se conoce como “jet lag social”, una especie de desfase similar al que experimentamos cuando viajamos entre husos horarios, pero inducido por obligaciones sociales en lugar de desplazamientos físicos.

 

 

La evidencia científica es clara en este punto: el sistema circadiano humano no se adapta completamente al horario de verano, ni siquiera después de varias semanas. Este desajuste persistente es especialmente intenso en personas con cronotipo vespertino (los llamados “noctámbulos”), cuyo reloj biológico ya tiende de por sí a retrasarse. Para ellos, levantarse antes de lo que su cuerpo considera natural se convierte en un esfuerzo aún mayor tras el cambio horario.

 

 

Uno de los efectos más inmediatos y evidentes de esta desincronización es la alteración del sueño. Durante los días posteriores al cambio al horario de verano, la duración del sueño se reduce de forma aguda, normalmente entre 20 y 60 minutos. Además, no solo se duerme menos, sino peor: la calidad del sueño disminuye y aumenta la somnolencia durante el día. Este déficit de descanso afecta al rendimiento cognitivo, la atención y la capacidad de concentración. El impacto es especialmente notable en adolescentes, un grupo que ya presenta una tendencia biológica a acostarse más tarde. Al obligarles a levantarse antes en términos biológicos, el cambio horario amplifica la privación de sueño que muchos ya experimentan. También se ven particularmente afectados quienes tienen horarios laborales tempranos o padecen trastornos del sueño, como el insomnio.

 

 

Pero las consecuencias no se limitan al cansancio. El sueño y los ritmos circadianos están estrechamente relacionados con la regulación emocional, por lo que su alteración puede tener efectos sobre la salud mental. Diversos estudios han identificado un aumento transitorio de síntomas depresivos y de ansiedad tras el cambio al horario de verano. En algunos casos, incluso se ha observado un incremento en el riesgo suicida, especialmente en poblaciones vulnerables.

 

 

Es importante matizar que estos efectos no son uniformes en toda la población. Mientras que en ciertos grupos como adolescentes, personas con cronotipo vespertino o individuos con trastornos afectivos previos, el impacto puede ser significativo, los estudios poblacionales más amplios no siempre encuentran cambios relevantes en indicadores globales de salud mental o en la incidencia de trastornos psiquiátricos graves. Esto sugiere que el problema no afecta por igual a todo el mundo, sino que se concentra en subgrupos especialmente sensibles.

 

 

La variabilidad individual es, de hecho, un elemento clave para entender este fenómeno. Factores como la genética (que influye en el cronotipo), la edad o las condiciones de salud preexistentes determinan en gran medida la capacidad de adaptación al cambio horario. También influyen factores sociales, como la rigidez de los horarios escolares y laborales, que pueden dificultar aún más la conciliación entre el reloj biológico y las exigencias externas.

 

 

Ante esta evidencia, sociedades científicas como la American Academy of Sleep Medicine han comenzado a cuestionar la conveniencia de mantener el cambio estacional de hora. En particular, se propone adoptar de forma permanente el horario estándar (el de invierno), que se alinea mejor con los ritmos circadianos naturales. Además, se sugieren medidas como flexibilizar los horarios escolares y laborales, especialmente para adolescentes, con el fin de reducir el impacto del desfase circadiano.

 

 

En definitiva, el cambio al horario de verano no es solo una cuestión de relojes, sino de biología. Al alterar la sincronía entre nuestro organismo y el entorno, introduce un pequeño pero significativo estrés en nuestro sistema. Y aunque sus efectos suelen ser transitorios, la evidencia sugiere que respetar nuestros ritmos naturales podría ser una estrategia clave para mejorar el bienestar y la salud pública.