Literatura y creatividad: Potencia crítica

Literatura: Creatividad y potencia crítica

Alfredo Saldaña Sagredo

15 de abril de 2026

Me gustaría en este breve texto apuntar algunas ideas sobre las funciones que la literatura —en especial, la poesía—, la creatividad y el pensamiento crítico han podido desempeñar en mi trayectoria como profesor y autor de unos cuantos libros de poesía y de ensayo en el ámbito de una universidad cada día más aletargada y burocratizada, tanto en el contexto docente como en el investigador, y ello en unas circunstancias en las que, como se lamenta el poeta sirio Adonis, la productividad y la rentabilidad están ganando terreno a la imaginación, el ingenio y el cacumen.

 

Comenzaré recordando que con el término poesía designamos un hacer, un dar a luz o un engendrar, un acontecimiento creativo, en cualquier caso, inherente a lo femenino de nuestra especie y asociado estrechamente a la noción de alumbramiento. En ese proceso, el poeta intuye que la escritura es una actividad imaginaria, fantasmática y especular, una práctica en la que acaba diluyéndose en el vacilante e incierto trazo de su propio texto. En ese recinto brota una palabra poética extraña y anómala que comienza a manifestarse cuando ­—al menos por un instante­— se interrumpen los latidos de la existencia y, en ese sentido, a la vez que un aviso premonitorio de la muerte que viene, no es otra cosa que una representación, una imagen, en fin, un signo de la propia vida, detenida en su extrema y radical intensidad.

 

Percy B. Shelley distingue en A Defence of Poetry entre catalogue y creation, una distinción sobre la que se ha trazado la gran diferencia entre el lenguaje de la historia y los registros (im)propios de la poesía. Sin embargo, esa disonancia responde a menudo más a un ideal, una aspiración o un tópico que a una realidad contrastada dado que, al igual que existe un subgénero literario que denominamos «ciencia ficción» (un sintagma construido a partir de dos términos aparentemente contradictorios y excluyentes), el relato de la historia, presuntamente objetivo y veraz, aparece salpicado con frecuencia de elementos y recursos ficcionales, míticos, imaginarios, fantásticos; por el contrario, tampoco es infrecuente encontrar una poesía anclada a la experiencia en su sentido más restrictivo, concebida casi como fedataria de la realidad material, sensorial y sentimental. Y es en ese momento —recordemos, primeras décadas del siglo XIX— cuando surge la poesía tal como todavía hoy la seguimos explorando, es decir, entendiendo e ignorando, una poesía que, manteniendo unos estrechos vínculos con la creación y la imaginación, no deja de ocasionar desconcierto y malestar. Quizás ahí se encuentren algunas de las razones por las que la poesía ocupa un espacio social cada vez más exiguo e irrelevante.

 

De paso, nos encontramos sumidos en un escenario en el que los saberes relacionados con la especulación, la crítica, el pensamiento o los estudios menos instrumentales están siendo arrinconados hasta casi hacerlos desaparecer del ambiente educativo, frente a esos otros relacionados con la adquisición de unas cuantas reglas y consignas que la doxa académica califica como habilitantes. Así, las interrogantes se disparan de una manera espontánea y natural, ¿por qué ese tipo de contenidos y conocimientos tildados a menudo de inútiles e innecesarios sufren tales ataques?, ¿por qué, en definitiva, la poesía, la filosofía y la crítica encuentran tan difícil arraigo en sociedades como la nuestra? Aunque cualquier sujeto mínimamente informado esté al cabo de la calle y conozca qué intereses se esconden detrás de todas estas cuestiones, no creo que se trate de preguntas retóricas. Una posible, tentativa y rápida respuesta podría argumentarse recordando que la poesía (cuando se acompaña de esa enfermedad sagrada, como decía Heráclito, que es el pensar) y la filosofía (cuando se manifiesta con un ingobernable decir poético) contienen un aliento epifánico, siembran una semilla indomable y desestabilizadora, y que por ahí puede entenderse y explicarse su expulsión de los foros públicos.

 

A partir de ahí, es innegable que no se puede desarrollar un trabajo poético sin la intervención del pensamiento crítico y, en esas circunstancias, es obvio que pensar consiste en destensar los puntos de amarre para que el pensamiento pueda desplazarse con soltura y fluidez, generar espacio para que broten las ideas, errar —en los sentidos de andar y fallar— y hacer casa, como defendía la poeta rusa Anna Ajmátova, en un camino abarrotado de preguntas. Perderse para encontrarse, perder el sendero y reconocerse en esa pérdida.

 

En fin, una reflexión como esta que aquí apenas queda esbozada solo tiene sentido si se aborda como un esfuerzo para (des)ubicar y extrañar los lugares que ocupa la poesía en las sociedades contemporáneas, y ello sin renunciar a un compromiso con la defensa de una naturaleza y un entorno cada vez más devastados por los insensatos y letales comportamientos del ser humano. En ese sentido, se trataría de estar a la altura de las circunstancias y explorar una poesía solidaria con una realidad en la que ese ser humano es solo una parte —aunque una parte responsable, sin duda— de esa totalidad. Y todo ello porque la poesía, a veces, nos enseña que no se es poeta sino que se está en modo poético.

 

El sándwich mixto: entre lo cotidiano y una alimentación equilibrada

El sándwich mixto: entre lo cotidiano y una alimentación equilibrada

Sofía Pérez Calahorra

12 de abril de 2026

Presente en bares, cafeterías, hogares y menús infantiles, su combinación de pan, jamón cocido y queso fundido lo convierte en una opción rápida, económica y altamente palatable. Sin embargo, más allá de su popularidad, cabe preguntarse: ¿qué implica su consumo desde una perspectiva de salud?

El análisis nutricional del sándwich mixto revela una estructura sencilla pero relevante. Por un lado, el pan de molde, que habitualmente blanco, aporta hidratos de carbono refinados de rápida absorción. Por otro, el jamón cocido y el queso contribuyen con proteínas de alto valor biológico, además de grasas, en particular grasas saturadas en el caso del queso y, con frecuencia, el uso de mantequilla empleada en su preparación. Este perfil lo sitúa como un alimento energético, con un aporte calórico entre 300-400 kcal pero en numerosas ocasiones desequilibrado.

Desde una perspectiva positiva, el sándwich mixto presenta algunas ventajas. Su contenido proteico puede ser útil para cubrir requerimientos diarios, especialmente en población infantil, personas mayores o individuos con baja ingesta. Además, su densidad energética lo convierte en una opción válida en contextos de elevada demanda calórica o falta de apetito. A esto se suma su accesibilidad: es barato, fácil de preparar y ampliamente disponible, lo que explica en gran medida su arraigo en el patrón alimentario. No obstante, cuando se analiza con mayor profundidad, emergen varias limitaciones relevantes respaldadas por la evidencia científica actual.

Una de las principales preocupaciones radica en el consumo de carnes procesadas, como el jamón cocido. El jamón cocido pertenece a este grupo, definido como aquel que ha sido transformado mediante salazón, curado, fermentación u otros procesos para mejorar su conservación o sabor como aditivos, colorantes, etc. La Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) clasifica las carnes procesadas como carcinógenas para humanos (Grupo 1), con evidencia suficiente de su asociación con el cáncer colorrectalpor lo que un exceso de este alimentos o similares, de manera frecuente, aumenta el riesgo.

Otro aspecto relevante es el contenido en grasas saturadas. El queso, especialmente en sus versiones más curadas o grasas, y la mantequilla utilizada para su preparación en la plancha, aportan cantidades significativas de este tipo de lípidos. Las principales guías internacionales recomiendan limitar su consumo debido a su relación con el aumento del colesterol LDL y el riesgo cardiovascular. A esto se suma el contenido en sodio. Los productos cárnicos procesados suelen contener cantidades elevadas de sal, lo que puede contribuir al desarrollo de hipertensión arterial cuando se consumen de forma habitual.

Más allá de nutrientes concretos, el sándwich mixto presenta una limitación importante en términos de calidad global de la dieta. Se trata de un alimento pobre en fibra dietética, antioxidantes y compuestos bioactivos presentes en alimentos de origen vegetal. La evidencia muestra que dietas con baja calidad de carbohidratos y bajo contenido en fibra se asocian con peor salud metabólica.

En esta misma línea, el sándwich mixto puede incluirse en muchas ocasiones como un alimentos procesados o ultraprocesados, según como sea la calidad de los alimentos que contiene, lo que se ha relacionado con mayor riesgo de cáncer en estudios prospectivos.

Desde una perspectiva científica, su consumo ocasional de este alimento es compatible con una dieta equilibrada. Sin embargo, su consumo frecuente, especialmente en versiones poco cuidadas, puede contribuir a un patrón alimentario de menor calidad.

Afortunadamente, pequeñas modificaciones permiten mejorar su perfil nutricional: elegir pan integral, reducir grasas añadidas, optar por productos de mejor calidad y añadir vegetales. Podemos conseguir un sándwich con mayor calidad, que contenga pan de molde integral con uso de harinas integrales 100% y masa madre, un jamón cocido que contenga un porcentaje de proteína y uso controlado de aditivos, un queso curado, semicurado de fabricación tradicional. Estas estrategias permiten mantener su carácter práctico y apetecible, alineándolo con patrones dietéticos más saludables.

En definitiva, el sándwich mixto no es un alimento para demonizar, sino a contextualizar. Su valor depende de la frecuencia de consumo, la calidad de sus ingredientes y el patrón dietético global en el que se integra.

El Parkinson en mil palabras

El Parkinson en mil palabras

Amador Plaza Díez

11 de abril de 2026

Después de vivir 35 años con Parkinson, he conseguido aprender algunas cosas fundamentales sobre esta caprichosa patología.

 

En primer lugar, sobre su diagnóstico: No hay prueba que sea capaz de emitir un diagnóstico seguro de Enfermedad de Parkinson (en lo sucesivo EP). Ha de ser un neurólogo el que diagnostique, bajo su experiencia, esta enfermedad. Luego podrá corroborarlo con resonancias, dat-scan o viendo si hay una respuesta positiva en cuanto a los síntomas con la ingesta de L-Dopa.

 

Síntomas en la EP: en la EP no hay dos pacientes iguales. Si hubiera que establecer un rasgo común yo señalaría la lentitud. Los parkinsonianos somos capaces de hacer casi todo lo que haría una persona sana, pero en mucho más tiempo. Lentitud para todo, incluso en el pensamiento. Esa lentitud va a ayudar junto con la medicación a padecer un estreñimiento severo que acompaña casi siempre a este colectivo. Otro síntoma muy frecuente es la falta de control de impulsos, que se traduce en compras compulsivas, conductas obsesivas sobre juego, sexo.

 

Existe una terapia que consiste en introducir dos electrodos en el cerebro que conectados a una batería externa, suministran una mínima corriente eléctrica que mejora notablemente los síntomas del paciente. La intervención se llama “estimulación cerebral profunda” y está sujeta a un riguroso protocolo que debe seguirse para poder aplicarla.

 

En mi caso fui sometido a dicha intervención en el año 2009 y me ha dado diez años de autonomía total. No obstante, la EP tiene, entre otros, el calificativo de progresiva. Y en estos 17 años ha seguido progresando hasta reducir de forma importante mi autonomía.

 

Junto a todas las terapias médicas y farmacológicas, existe una forma de vida que depende del paciente y que supone un 50 por ciento de la posible mejora de la sintomatología general del paciente. Se trata del ejercicio terapéutico. Cuanto más mejor. Se ha comprobado el retraso en el avance de la EP en un numerosísimo grupo de muestra en EE.UU. de pacientes que hacían ejercicio terapéutico de forma regular, frente a otro grupo que no lo hacían.

 

El ejercicio terapéutico, tanto físico como mental se ha demostrado eficaz contra el avance de la EP. Si se haceejercicio todos los días se nota una mayor soltura, las articulaciones engrasadas. Por ello, la fisioterapia es fundamental para nosotros, ya que ayuda a conservar la funcionalidad y a afrontar mejor la evolución de la EP.

 

De la misma forma que si todos los días leemos y escribimos un poquito, no evitaremos que la EP se detenga, pero su progresión será mucho más lenta. Por el contrario, si dejamos pasar los días sentados en el sofá la EP tiene todas lasventajas. Pronto entraremos en apatía, y seremos un pelele en sus manos. La EP es como una tela de araña. Si a cada vuelta que nos va dando, inmediatamente la vamos rompiendo, nos resultará mucho más fácil que, sin hacer nada por impedírselo, un fino hilo de seda se haya convertido en una férrea coraza.

 

Mi problema con la EP ha sido siempre «caminar». Yo sufro bloqueos en la marcha, afortunadamente no tengocaídas, pero he tenido que volver a aprender a andar, fijándome en las rayas de las baldosas, o en las franjas blancas de los pasos de cebra.

 

Después de 1991 en que aparecieron los primeros síntomas me hicieron resonancias escáneres, electromiografías, incluso punción lumbar, hasta que comprendí que debía ponerme en manos de un único neurólogo que entendiera de laEP. Fue así como descubrí que había un neurólogo en el Hospital Clínico “Lozano Blesa” que dirigía la Unidad de Patologías del Movimiento.

 

Aún tardó la enfermedad en responder al tratamiento, hasta que, como a los cinco años de los primeros síntomas, tomando L-dopa, mejoró la escritura, la forma de caminar y todos los síntomas en general. El diagnóstico estaba confirmado: Tenía la EP. Desde entonces, he sufrido casi todos los síntomas de esta patología, he hecho venir a mi mujer de su trabajo para ayudarme a bajar de la camilla del dentista, o para ayudarme a cruzar la calle después de comprar el pan. Comencé a llegar tarde al trabajo, y a llegar a casa tarde a la salida de él. Aun así nos apuntamos a Derecho por las tardes y conseguimos aprobar los dos.

 

Tras unos años de negarme a ir a la Asociación de Parkinson Aragón, cuando tuve que renunciar a la oposición que tanto me había costado conseguir, me acerqué a ver lo que hacían. Y me sorprendió ver a la gente sonreír, hablar de todo menos de la dichosa EP. Vi entonces la posibilidad de emplear en la Asociación los conocimientos recién adquiridos en la carrera de Derecho, y como si fuera un trabajo le dediqué tiempo y paciencia, hasta llegar aquí.

 

Como conclusión os diré que a la EP hay que hacerle caso, pero no demasiado. Una vez que seamos capaces de ver en el espejo a un paciente de la EP pensemos en otras cosas más constructivas como en salir a comer con los amigos o quéharía falta en la Asociación. La vida no se acaba porque te sorprenda la EP, sólo cambia la velocidad. Si repartimosla EP en trozos, cuantos más seamos, los trozos serán más pequeños.

La otra medicación

María empieza quimioterapia para un cáncer de mama. En casa, cada mañana, añade cúrcuma a su infusión. Se lo recomendó alguien con buena intención. No lo comenta en consulta. No lo considera importante. “No es un medicamento”, piensa, “es algo natural”.

 

En oncología, esta escena se repite más de lo que imaginamos. Diversas revisiones sistemáticas estiman que entre un 30 y un 50 % de las personas con cáncer utilizan terapias complementarias durante el tratamiento activo. Muchas no lo comunican al equipo sanitario. No siempre por desconfianza: a veces porque nadie lo pregunta, otras porque creen que “lo natural” queda fuera de la historia clínica.

 

Las razones suelen ser profundamente humanas: el deseo de participar activamente en el proceso, de no quedarse inmóvil ante la enfermedad; la necesidad de sentir que uno hace algo más por sí mismo; la esperanza depositada en aquello que suena menos agresivo que la palabra quimioterapia.

 

Sin embargo, el organismo no distingue entre lo que se prescribe y lo que se compra por iniciativa propia. Todo lo que ingerimos atraviesa los mismos sistemas que metabolizan los fármacos antineoplásicos. Algunas plantas medicinales o suplementos pueden modificar la concentración de los tratamientos al interferir en su metabolismo o eliminación, un riesgo descrito también en revisiones recientes sobre interacciones planta-fármaco en oncología.

 

Existen ejemplos bien documentados. La hierba de San Juan puede reducir las concentraciones plasmáticas de irinotecán al inducir enzimas metabólicas. El zumo de pomelo puede aumentar niveles de fármacos metabolizados por CYP3A4 al inhibir su degradación intestinal. Extractos concentrados de té verde han mostrado interferencias con terapias como el bortezomib.     En los últimos años también se ha estudiado la curcumina —presente en la cúrcuma— por su capacidad para modular enzimas y transportadores implicados en el metabolismo de fármacos, lo que refuerza la importancia de comentar su uso durante tratamientos oncológicos.

 

No se trata de generar alarma. Se trata de recordar que lo natural también tiene actividad biológica. El verdadero problema rara vez es la infusión. Es el silencio.

 

Una revisión sistemática sobre divulgación del uso de terapias complementarias muestra que muchas personas no informan por miedo a la desaprobación o porque creen que no es relevante mencionarlo. Cuando el equipo sanitario desconoce todo lo que una persona está tomando, trabaja con información incompleta. Y la seguridad terapéutica depende, en gran medida, de conocer la historia completa.

 

Como residente de Enfermería Familiar y Comunitaria, he aprendido que muchas decisiones sanitarias no nacen en la consulta, sino en la intimidad del hogar: en una conversación con un familiar, en un vídeo viral, en una recomendación bienintencionada. Si no preguntamos de forma abierta y sin juicio, es fácil que esas prácticas queden fuera del relato clínico. Y cuando no aparecen en la conversación, tampoco entran en la toma de decisiones compartida.

 

Las principales sociedades científicas recomiendan preguntar de forma explícita y sistemática por el uso de terapias complementarias durante el tratamiento oncológico, integrando esta conversación en la práctica clínica habitual. No como un interrogatorio ni como un juicio, sino como una estrategia de seguridad y de confianza.

 

Nombrar “la otra medicación” no significa prohibirla. Significa ampliar la mirada clínica para incluir todo aquello que influye en la salud de una persona. Porque a veces la intervención más eficaz es abrir una pregunta sencilla: “¿Estás tomando algo más que creas que puede ser importante contarme?”.

 

En un contexto donde la desinformación en salud circula con rapidez, la conversación honesta se convierte también en una herramienta terapéutica. La seguridad empieza en el laboratorio, pero no termina en la prescripción: continúa cuando alguien se siente escuchado.     Y quizá ahí esté el verdadero reto de quienes cuidamos: no sólo saber qué productos naturales toma María, sino crear el espacio adecuado para que quiera contarlo.

Sexualidad en la vejez: un derecho que no se jubila

Sexualidad en la vejez: un derecho que no se jubila

María Causín Notivoli

8 de abril de 2026

En la actualidad, la sexualidad en la senectud persiste como un tema objeto de debate y rodeado de prejuicios. Existe la concepción errónea de que los adultos mayores carecen de deseos sexuales; no obstante, una parte significativa de esta población mantiene una vida sexual activa, elemento que resulta fundamental para su bienestar físico y emocional.

 

Desde el ámbito sanitario, debemos asumir la responsabilidad de eliminar estos estigmas y promover la idea de que la sexualidad no expira con el paso de los años, sino que experimenta un proceso de transformación y adaptación.

 

Su propia percepción

 

Una revisión sistemática publicada en la Revista Española de Salud Pública analizó la percepción que las personas de edad avanzada tienen acerca de su propia sexualidad y los hallazgos fueron claros: muchos desean mantener una vida sexual activa.

 

Sin embargo, persisten barreras entre las que destacan la falta de intimidad —especialmente crítica en entornos institucionalizados y residencias—, el temor al juicio social por parte de familiares o cuidadores, y la escasez de espacios seguros para abordar esta temática.

 

De lo anterior se desprende que el conflicto no reside en la población mayor, sino en los estereotipos de la sociedad. Persiste una visión que vincula la sexualidad exclusivamente a la juventud, a la normatividad estética y a la capacidad reproductiva, marginando así a quienes mantienen su deseo y la búsqueda de vínculos afectivos más allá de los 60 años.

 

El cuerpo cambia, el deseo se mantiene

 

El envejecimiento conlleva transformaciones físicas que afectan a la esfera sexual.

 

En las mujeres, la menopausia puede causar sequedad vaginal o disminución de la elasticidad. Estos síntomas pueden tratarse eficazmente con lubricantes a base de agua, humectantes vaginales o incluso con tratamientos hormonales.

 

En cuanto a los hombres, es habitual encontrar problemas en la erección o una reducción en la frecuencia de deseo. Es por esto mismo que se recomienda para ellos mantener una vida sexual activa, pues según una investigación del American Journal of Medicine, esta se asocia con un menor riesgo de desarrollar disfunción eréctil.

 

Cuando la salud dificulta el deseo

 

La satisfacción sexual puede verse afectada en los ancianos por afecciones como la artritis o el dolor crónico, que pueden convertir una experiencia placentera en otra físicamente incómoda.

 

Asimismo, la funcionalidad sexual puede verse afectada por diversas condiciones prevalentes en esta etapa vital como el deterioro cognitivo y las demencias, las enfermedades metabólicas como la diabetes, las cardiopatías, los eventos cerebrovasculares, así como trastornos del estado de ánimo y la incontinencia.

 

La sexualidad tiene muchas formas

 

Un concepto fundamental para comprender la sexualidad en la senectud es su naturaleza multidimensional, la cual trasciende el coito. En esta etapa, elementos como las caricias, los abrazos, la conexión emocional, las miradas o los diálogos profundos adquieren una relevancia equivalente o superior a la actividad sexual convencional.

 

Con el paso del tiempo, la sexualidad se vive con una intensidad diferente. Esta etapa puede ser el momento para descubrir nuevas formas de estar juntos y conocer las nuevas necesidades. El deseo de amar y ser amado no se jubila.

 

Sexualidad en la consulta: lo que no se pregunta, no se cuida

 

En la atención primaria española, el abordaje de la sexualidad en los mayores sigue siendo insuficiente. Un estudio realizado en 2017 reveló que, aunque el 98,6% de los médicos de familia reconozcan la sexualidad como un aspecto importante de la salud, solo el 40,6% lo registra en la historia clínica.

 

Las principales barreras en la consulta son la falta de tiempo y la poca capacitación. De la misma manera, la incomodidad en el abordaje de temas sexuales en la consulta continúa siendo un obstáculo importante.

 

Para abordar mejor la sexualidad en los adultos mayores en la atención primaria, es esencial promover una formación continua en salud sexual y sensibilizar a los profesionales sobre la relevancia de esta dimensión en la salud integral de los adultos mayores. Igualmente, es necesario garantizar entornos de confianza y privacidad donde los usuarios puedan manifestar sus inquietudes y demandas respecto a su vida sexual.

 

Es importante intervenir frente a estas barreras; de lo contrario, la sexualidad permanecerá invisibilizada, trastornos clínicos no serán diagnosticados y los adultos mayores podrían normalizar la insatisfacción.

 

Derechos sexuales en la senectud

 

La Organización Mundial de la Salud (OMS) define la salud sexual como un elemento fundamental de la salud integral que persiste a lo largo de toda la vida. Bajo esta premisa, se garantiza el derecho a recibir información y atención sanitaria y a disfrutar de una vida sexual autónoma, exenta de juicios o presiones externas.

 

Así pues, la sexualidad en la senectud no es un capricho, sino un derecho humano. Defenderlo es también una forma de mantener la autoestima y proteger frente a la soledad no deseada que muchos mayores experimentan al sentir que su vida íntima ya no tiene relevancia.

 

Conclusión

 

La sexualidad en la tercera edad constituye una realidad que todavía se ve condicionada por mitos y estigmas que limitan el bienestar de muchas personas mayores.

 

Desde el sector de la salud, debemos derribar estas barreras. Escuchar a las personas mayores, apoyarlas sin juicios y crear un espacio para conversar sobre su sexualidad es una manera de respetar su dignidad y autonomía.

 

Porque el derecho a sentir no caduca con la edad.

 

Cuando el monte curaba

Cuando el monte curaba

Marta Lampérez Bueno

7 de abril de 2026

Hoy asociamos la salud a hospitales, centros de salud y especialidades, tecnología y medicamentos industrializados. Sin embargo, hubo un tiempo en que curar comenzaba saliendo al monte.

 

En 1800, fray Mateo Suman remitió la descripción de Salvatierra de Escá (Zaragoza) en su Diccionario geográfico-histórico de Aragón, donde se detalla la riqueza botánica del término y se enumeran numerosas plantas medicinales que crecían de forma espontánea y formaban parte activa del cuidado cotidiano (pp. 413–434).

 

La elección de este ejemplo no es casual. Salvatierra de Escá forma parte de mi investigación doctoral en Ciencias de la Antigüedad y, mi formación como enfermera, me ha llevado a preguntarme también por las formas históricas del cuidado y el bienestar en los territorios rurales.

 

Suman incorporó el trabajo del médico titular Pascual Mora, cuya actividad fue recogida también por Félix de Latassa en la Biblioteca nueva de los escritores aragoneses (cap. CLXXVII, pp. 316–317), donde se mencionan sus descripciones botánicas vinculadas a Salvatierra. Allí se citan sus trabajos sobre las plantas que se crían en el término, confirmando que su labor trascendía el ámbito estrictamente local.

 

Entre las especies mencionadas se encontraban la doradilla, la matricaria, el toronjil, la eufrasia, la peonía o la gayuba, empleadas tradicionalmente para afecciones respiratorias, digestivas o urinarias. No se trataba de simples curiosidades botánicas: eran recursos terapéuticos accesibles.

 

Lo significativo es que Mora clasificó más de doscientas cincuenta especies siguiendo los sistemas botánicos de Tournefort y Linneo. El conocimiento ilustrado convivía así con la experiencia rural. Ciencia académica y saber práctico compartían espacio en las laderas prepirenaicas.

 

Desde una perspectiva actual, estas líneas permiten interpretar el paisaje de Salvatierra como territorio de cuidado. El monte no era únicamente fuente de leña o pastos: era extensión del botiquín doméstico. La relación entre naturaleza y salud formaba parte del equilibrio comunitario.

 

Con el avance de la medicina contemporánea, muchos de estos usos quedaron relegados al ámbito doméstico o al recuerdo popular. Sin embargo, la creciente atención a la fitoterapia y a la medicina tradicional, reconocida hoy por organismos internacionales como la Organización Mundial de la Salud, devuelve actualidad a aquellas descripciones de comienzos del siglo XIX.

 

Salvatierra de Escá fue, como tantas comunidades rurales, un lugar donde naturaleza y cuidado estaban íntimamente conectados. Mucho antes de que habláramos de prevención o sostenibilidad sanitaria, el monte ya curaba.