Frituras: Cómo hacerlas más saludables

Frituras: Cómo hacerlas más saludables

Sofía Pérez Calahorra

2 de diciembre de 2025

Crujientes, doradas, irresistibles. Las frituras forman parte de la cocina tradicional de muchos países y siguen siendo un recurso gastronómico habitual tanto en casa como en restaurantes. Pero ¿sabemos realmente qué ocurre cuando freímos un alimento? ¿Y qué efectos puede tener sobre nuestra salud si abusamos de esta técnica?

 

Voy a explicar de forma sencilla y basada en evidencia científica, qué es una fritura, cuáles son sus riesgos cuando se consume en exceso y cómo conseguir una fritura de calidad, crujiente…, y lo más saludable posible.  

 

¿Qué es una fritura?

Para conseguir una fritura, consiste en sumergir un alimento en aceite caliente, idealmente alrededor de 180 ºC, para cocinarlo rápidamente. Durante este proceso, el agua del interior del alimento se evapora, se forma una fina capa crujiente y una proporción del aceite es absorbido en el interior del alimento. La cantidad de aceite que se absorbe suele ser alrededor del 10% del peso total del alimento. El resultado de esta técnica culinaria es una textura dorada y sabrosa tan característica que casi todos asociamos a “comida reconfortante”.

 

Aunque es una técnica culinaria muy extendida, no es inocua. La calidad del aceite, la temperatura, el tipo de alimento e incluso la forma en que lo preparamos antes de meterlo en la sartén influyen en la cantidad de grasa absorbida y en la formación de compuestos no deseados.

 

Otro de los aspectos a tener en cuenta, es que el consumo de fritos sigue siendo habitual en muchos países, especialmente en restauración y comida rápida, donde pueden llegar a representar una parte importante de la ingesta energética de la población adulta.

 

Sin embargo, el problema no es consumir fritos de manera ocasional, sino su consumo frecuente y elevado. La literatura científica es clara: cuando los fritos se convierten en parte habitual del menú, aumentan ciertos riesgos para la salud.  

 

Más riesgo cardiovascular

Las personas que consumen alimentos fritos con mayor frecuencia presentan un mayor riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, como infarto o insuficiencia cardiaca. Y no solo eso: también aumenta el riesgo de mortalidad por cualquier causa. Factores como la oxidación de los aceites, el alto contenido calórico y la presencia de grasas trans, especialmente si el aceite se reutiliza varias veces, influyen en este efecto.

 

Aumento de peso y síndrome metabólico

Freír multiplica la densidad energética de los alimentos. ¿Qué significa esto? Que un mismo alimento, cocinado de otra forma por ejemplo asado o a la plancha, puede aportar muchas menos calorías que si se fríe. No es de extrañar que los estudios vinculen un mayor consumo de fritos con incremento de peso, obesidad y alteraciones metabólicas como hipertensión o aumento del perímetro abdominal.

 

Mayor riesgo de diabetes tipo 2

La evidencia muestra que quienes consumen fritos con frecuencia tienen más probabilidades de desarrollar diabetes tipo 2, especialmente cuando hay otros factores como el sedentarismo o un patrón dietético poco saludable y obesidad.

 

Formación de compuestos perjudiciales

Cuando el aceite se calienta en exceso o se reutiliza demasiadas veces, puede generar compuestos oxidativos que irritan el sistema digestivo y pueden contribuir al estrés oxidativo del organismo. Por tanto, no es únicamente “cuántos fritos comes”, sino cómo se han preparado.

 

Ante esta realidad, la buena noticia es que, si se hace correctamente y se consume con moderación, una fritura puede formar parte de un patrón alimentario equilibrado. Entonces, ¿Cómo podemos lograr una fritura de más calidad?  

 

1. Elige bien el aceite

• Aceite de oliva virgen extra: es el que ofrece mayor estabilidad térmica.Resiste bien el calor y genera menos compuestos indeseables.

• Girasol alto oleico: también es una opción válida, pero conviene no reutilizarlo más de 1–2 veces.

• No mezcles aceites: disminuyen su estabilidad.  

 

2. Controla la temperatura

• El rango ideal de temperatura está alrededor de 180 ºC, utiliza termómetro, sino como alternativa añade un trocito de pan y si burbujea suavemente, el aceite está listo.

• Si el aceite está frío, el alimento absorberá mucha grasa.

• Si está demasiado caliente, se quemará por fuera y puede formar sustancias no deseadas.  

 

3. Prepara bien los alimentos

La preparación de los alimentos, antes de cocinar es muy importante.

• Sécalos antes de freír para evitar salpicaduras y exceso de absorción de aceite.

• Introduce los alimentos a temperatura ambiente, no recién sacados del frigorífico.

• Evita piezas demasiado grandes: dificultan una cocción uniforme.  

 

4. Se cuidadoso con la técnica

• No llenes demasiado la sartén o freidora.

• Mantén la temperatura durante todo el proceso.

• Cocina el tiempo justo para que no absorban más aceite del necesario.  

 

5. Después de freír

• Déjalos reposar en papel absorbente para retirar el exceso de aceite.

• Añade la sal después, no antes de freír.

• Consume el alimento preferiblemente en el momento, para mantener calidad y evitar oxidación de la grasa absorbida en la fritura.  

 

6. Alternativas a la fritura

Freidora de aire: no es una fritura real, pero imita la textura con mucho menos aporte de grasa. Perfecta para quien quiere reducir calorías sin renunciar al crujiente.

Tempura y rebozados finos permiten obtener texturas ligeras con menos absorción de aceite, y menor cantidad de harinas o rebozado que a su vez aumentan calorías y captación de más cantidad de aceite.  

 

En definitiva, las frituras pueden ser deliciosas, pero conviene disfrutarlas con cabeza. Una fritura ocasional, bien hecha y con buen aceite, puede encajar en una alimentación saludable. Sin embargo, un consumo frecuente está relacionado con riesgos claros para la salud con problemas cardiovasculares, metabólicos y de aumento de peso. La clave está en la técnica, la moderación y la elección de ingredientes.

¿Qué sabemos de los trastornos de la conducta alimentaria?

¿Qué sabemos de los trastornos de la conducta alimentaria?

Ángela Alcalá Arellano

30 de noviembre de 2025

La mayoría de las personas hemos oído  palabras como “anorexia nerviosa”, “bulimia”, “atracón”, y muchas  más. Hemos visto , sobre todo, mujeres adolescentes –cada vez más jóvenes– que están extremadamente delgadas, obsesionadas por el peso, el ideal de belleza que, a diferencia de tiempos anteriores, actualmente está asociado a conseguir una delgadez cada vez mayor. Esta idea de delgadez está alimentada por las intensas y agresivas campañas de marketing, generalmente asociadas a la moda, al deporte, etc., que ponen énfasis en la imagen corporal y/o  el bajo peso.

 

Actualmente, la influencia que ejercen las redes sociales en los modelos de belleza y la intensa presión social que se ejerce, especialmente , sobre las mujeres para estar cada día más guapas y mejor, sobre todo si están  muy delgadas, lleva a algunas personas a desarrollar una obsesión sobre la alimentación, a controlar su peso, lo que consumen y qué cantidad.

 

Lograr el canon de belleza corporal que se propone  se asocia a signos (además de lo relacionado con la alimentación) como la utilización compulsiva de los gimnasios, y realización de ejercicio físico compulsivo en diversas modalidades.  

 

Estos signos son los que pueden indicar  los parámetros que pueden definir los denominados trastornos de la conducta alimentaria (TCA) y qué están contribuyendo al incremento del número de casos de personas que pueden desarrollar TCA.

 

Pese a lo que se ha divulgado , los TCA son poco conocidos para una parte de la sociedad actual, tanto en lo relacionado con su frecuencia como en los graves problemas de salud que pueden desarrollar las personas que los sufren (teniendo en cuanta que la mayor parte son adolescentes, cada vez más jóvenes e incluso niñas en edades tempranas) que, pueden llegar a tener complicaciones importantes y muy graves relacionadas con la salud.  

 

Su frecuencia y gravedad pueden incluso no ser visibles ni conocidos, ya que se trata de trastornos mentales muy silenciosos y destructivos . Una situación que afecta a la persona que lo desarrolla y también a sus familias, creando situaciones de alta vulnerabilidad.

 

La Organización mundial de la Salud (OMS) nos dice que “son patologías mentales graves biológicamente influenciadas. Estos trastornos se presentan con comportamientos alimentarios anormales, acompañados por una distorsión en la percepción de la imagen corporal, una preocupación excesiva por el peso y por la comida”.

 

Los TCA afectan  a la salud física y mental y, a menudo, coexisten con la depresión, la ansiedad y el consumo indebido de sustancias. Se estima que afectan al 0,1 % de los adolescentes de 10 a 14 años y al 0,4 % de los de 15 a 19 años, y están asociados   con frecuencia al suicidio.

 

Los TCA son un conjunto de enfermedades graves que afectan a la salud mental y física y que están relacionados con:

Baja autoestima, son extremamente perfeccionistas o impulsivas.

Comportamientos anómalos en la forma de alimentarse y preocupación excesiva por lo que comen.

Una percepción distorsionada con respecto a  su imagen corporal que les provoca insatisfacción.

Preocupación excesiva por controlar lo que comen (todo lo pesan).

 

Si nos preguntamos a quién puede afectar , aunque se puede dar en cualquier persona y edad, los últimos datos están indicando que mayoritariamente son  mujeres –más del doble que varones– adolescentes en edades muy tempranas e incluso niñas. Estos datos se han incrementado después de la pandemia de la COVID -19.

 

Se estima que en  España, alrededor de 400.000 personas padecen algún trastorno de la conducta alimentaria. Unos 300.000 son jóvenes de entre 12 y 24 años la mayoría mujeres. Conviene destacar que los  TCA son las enfermedades mentales con mayor índice de mortalidad.

 

Los TCA más frecuentes son: la anorexia nerviosa, la bulimia nerviosa, el atracón y el trastorno por evitación o restricción de la ingesta de alimentos. ¿Qué caracteriza a cada uno de ellos?

 

Anorexia nerviosa

Las pacientes desarrollan una obsesión con todo lo que tiene que ver con lo que pesan y la delgadez, que cada vez es mayor ya que su alimentación con el tiempo se va limitando y es muy escasa. A esta situación unen a que cada vez hacen más ejercicio y de mayor intensidad. Tiene una imagen corporal completamente distorsionada, se ven siempre “gordas” y restringen cada vez más y más su alimentación y se resisten a tener un peso adecuado y saludable.

 

Su evolución puede tener una mala evolución y  ser grave e incluso  fatal. Pueden sufrir, además, otras enfermedades como consecuencia de su deterioro y debilidad intensa: enfermedades cardiovasculares, depresión, trastornos de la personalidad, fobias sociales, la mayoría se sienten cada vez más aisladas y solitarias. Teniendo “miedo a engordar” . Por todo ello  la anorexia tiene una tasa de mortalidad muy elevada , con riesgo de morir por inanición y/o suicidio.

 

Bulimia nerviosa

A diferencia de la anorexia son personas que comen en exceso y con frecuencia para, posteriormente, tener sentimientos de culpabilidad y  provocarse vómitos o utilizar de manera continuada medicamentos como diuréticos y laxantes, incluyendo también una práctica excesiva de ejercicio.  Su peso suele ser normal e incluso tener sobrepeso .

 

Trastorno por atracón

El más frecuente y el que pasa más desapercibido  en las familias. Se caracteriza por un consumo de grandes cantidades de alimentos y de forma muy rápida hasta que se sienten llenos y eso les provoca vergüenza y culpabilidad. Siempre hacen dietas. Pueden desarrollar  enfermedades como la diabetes ,  obesidad y diversos  síntomas gastrointestinales.

 

Trastorno por evitación

En él hay una restricción rigurosa de alimentación y de los tipos de alimentos que consumen, lo que da lugar a una perdida drástica de peso e incluso desnutrición severa.

 

Ante esta problemática , ¿qué se puede hacer? Entre otras acciones, hay que realizar  campañas de prevención y desarrollar una buena formación para los diferentes profesionales, personas y familias que atienden a personas con TCA. Asimismo, evitar  el mal uso de las redes sociales y tratar de cambiar  los ideales de belleza asociado s a los modelos de delgadez entre otros.

Thanksgiving: celebrar juntos, dar gracias y cuidar la salud

Thanksgiving: celebrar juntos, dar gracias y cuidar la salud

Isabel Antón Solanas

27 de noviembre de 2025

El Día de Acción de Gracias, o Thanksgiving, es una de las celebraciones más importantes de Estados Unidos. Se celebra el cuarto jueves de noviembre y, según la tradición, su origen se remonta al siglo XVII.

 

La que muchos estadounidenses conocen como la primera ceremonia de Acción de Gracias se celebró en Plymouth en 1621. Según la tradición más conocida, la festividad conmemora el encuentro pacífico y amistoso entre los colonos europeos y la tribu Wampanoag durante tres días de banquetes y acción de gracias. Algunas fuentes sugieren que dos años después, tras una gran sequía, los colonos celebraron la llegada de las lluvias con un día de agradecimiento y oración. Este acto, que aunó lo religioso y lo social, es considerado por muchos como el verdadero origen del Thanksgiving actual.

 

Sin embargo, es importante mencionar que, para muchos nativos americanos, Thanksgiving no es un día de celebración, si no de duelo y de protesta. Para las personas indígenas norteamericanas, el Día de Acción de Gracias conmemora la llegada de los colonos a Norteamérica y los siglos de opresión y genocidio que le siguieron. Así, desde 1970, el cuarto jueves de noviembre se reúnen en Cole’s Hill (Plymouth) para participar en una concentración organizada por la asociación United American Indians of New England (UAINE) en lo que hoy en día está reconocido como el Día Nacional de Duelo para los nativos americanos.

“El Día de Acción de Gracias es un recordatorio del genocidio de millones de pueblos nativos, del robo de sus tierras y del ataque constante a la cultura indígena. Los participantes del Día Nacional de Duelo honran a los antepasados nativos y las luchas de los pueblos indígenas por sobrevivir en la actualidad. Es un día de recuerdo y conexión espiritual, así como una protesta contra el racismo y la opresión que los nativos americanos siguen sufriendo.” (Inscripción en la placa conmemorativa erigida por la ciudad de Plymouth en Cole’s Hill).

 

Con el paso del tiempo, esta festividad se ha consolidado en Estados Unidos como un día para reunirse con la familia y los amigos, agradecer lo bueno del año, en algunos casos a través de servicios religiosos, compartir una comida especial y fortalecer los lazos afectivos a través de la gratitud y la convivencia. Aunque en España no forma parte de nuestras tradiciones, Thanksgiving despierta un cierto grado de curiosidad debido quizá a las referencias que encontramos frecuentemente en el cine, las series y las redes sociales. Más allá del famoso pavo, al igual que su origen histórico, esta festividad tiene sus luces y sus sombras para la salud.

 

Empecemos por las sombras, perfectamente reflejadas en una carta al editor publicada en la revista científica Hall’s Journal of Health, en 1858. Su autor, que firma como “C” y tiene una úlcera péptica, describe así las consecuencias de la comilona:

“Los hechos ocurrieron en pasado 26 de noviembre, que además de ser un mal día para el pavo, fue para mí el fin de mi paz física y mental. Mi única salvación está en la moderación habitual: lo sabía perfectamente, y sabía también que un hombre tiene tantas probabilidades de guardar la Cuaresma durante las fiestas de Navidad como de intentar mantener la templanza en una cena de Acción de Gracias. Fueron necesarios ocho platos para terminar la comida, aproximadamente media hora para cada uno. Reuní toda mi fuerza de voluntad para ser moderado. Rechacé por completo tartas, pudines y gelatinas, y dediqué un gesto desdeñoso a todos los entrantes tentadores; pero, al final, ¿cuál fue el resultado? Un ataque de indigestión que duró cerca de una semana: amargos recuerdos, punzantes remordimientos de conciencia, ayunos y vigilias para que el aparato digestivo volviera a su ser. La conclusión es que no valió la pena. Mucho mejor haría un hombre que lucha contra la dispepsia crónica en decir «no, gracias» a este tipo de hospitalidad epicúrea, y comer en casa su frugal comida de pan y carne con un corazón agradecido.” (C, 1858).

 

¡A quién no le ha ocurrido algo similar después de una copiosa comida celebratoria!  Bromas aparte, existe evidencia científica que respalda la tesis de que las celebraciones como Thanksgiving o Navidad son perjudiciales para la salud. En un artículo relativamente reciente, Clercq et al. sugirieron que, comer con la familia política durante las vacaciones de Navidad, reducía considerablemente la flora digestiva bacteriana asociada al estrés psicológico y la depresión.

 

En otra revisión de la literatura más reciente Abdulan sugería que, el aumento en el consumo de comida durante las celebraciones familiares, producía un notable aumento de peso. Sin embargo, este comportamiento no es fácil de modificar. Algunos consejos para disfrutar de las comidas festivas sin morir en el intento incluyen:

Un atracón no arruina tu salud – el problema viene cuando los festines se encadenan. Cuando esto ocurre, es importante compensar con cenas ligeras y raciones más pequeñas.

¿Qué tal el café como plan alternativo? – aunque el resto de los comensales ataquen el postre, se puede cerrar una comida con un té, un café o (aún mejor) una manzanilla.

Otra buena jugada es empezar con una ensalada – la fibra ayuda a controlar el antojo de dulce y suaviza los picos de azúcar.

En casa es fácil perder la cuenta – el alcohol suma muchas calorías y está asociado con la grasa abdominal, especialmente la cerveza y los licores. Y cuidado: los refrescos, aunque no lleven alcohol, también pueden ser bombas calóricas; es mejor beber agua o bebidas no azucaradas.

No todo gira en torno a la mesa – un paseo invernal en familia puede ser tan agradable como la propia comida.

Si necesitas energía entre comidas, mejor snacks salados y con proteína – yogur griego con nueces, zanahorias con hummus o manzana con queso son saciantes sin disparar el azúcar.

 

Por otro lado, es importante hacer alusión también a los beneficios de compartir la mesa con nuestros seres queridos. Al fin y al cabo, los humanos llevamos miles de años reuniéndonos para comer juntos. Comer en compañía tiene efectos positivos demostrados, entre ellos 1) refuerza los vínculos sociales, 2) favorece la sensación de pertenencia, 3) reduce la sensación de soledad, 4) mejora el estado de ánimo, 5) ayuda a regular el estrés y, 6) cuando se vive desde el respeto, aporta seguridad emocional.

 

Además, el acto de agradecer no es solo simbólico. Algunos psicólogos afirman que el simple hecho de enumerar las cosas por las que te sientes agradecido puede proporcionar una mayor sensación de bienestar, menor nivel de ansiedad, actitudes más optimistas y mejores relaciones interpersonales.

 

Thanksgiving invita precisamente a detenerse un momento y poner el foco en lo que sí funciona en nuestra vida, algo especialmente valioso en un mundo marcado por la prisa. Aunque la comida es la gran protagonista de días como el de Acción de Gracias, se trata de relacionarnos con los alimentos y con los demás de una forma más consciente. Por un lado, es posible disfrutar de la comida sin excesos innecesarios, escuchando las señales de hambre y saciedad, hidratándose bien y comiendo despacio. Y por otro, es muy beneficioso celebrar y dar gracias rodeados de nuestros seres queridos, compartiendo una sobremesa tranquila o un paseo invernal, y compartiendo y creando recuerdos positivos.

 

En definitiva, Thanksgiving es una celebración con un origen complejo, luces y sombras, pero también con un mensaje universal que trasciende fronteras: la importancia de compartir, agradecer y cuidar tanto del cuerpo como de los vínculos emocionales. Celebrar no debería ser sinónimo de exceso ni de culpa, sino de equilibrio, disfrute consciente, agradecimiento y conexión con los demás.

 

Happy Thanksgiving!

Calidad de vida tras un herpes zoster: ¿El dolor es para siempre? ¿Se puede prevenir?

Calidad de vida tras un herpes zoster: ¿El dolor es para siempre? ¿Se puede prevenir?

Mª Carmen Viñas Viamonte

26 de noviembre de 2025

El Herpes Zóster, también conocido como «culebrilla», es una enfermedad neurocutánea caracterizada por la reactivación del virus varicela zóster (VVZ) latente en los ganglios nerviosos tras la infección primaria por varicela. La reactivación puede producirse años después, especialmente en personas mayores (inmunosenescentes) o  con inmunosupresión inducida por una enfermedad o por tratamientos farmacológicos, y es en Atención Primaria donde se detectan predominantemente los casos.

Debido a esta capacidad del virus para permanecer latente, presente en más del 90% de la población mayor de 50 años, bastaría  una disminución de la respuesta inmune para reactivarse y provocar la enfermedad: dolor intenso, erupción vesiculosa unilateral, neuralgia posherpética.

Se habla con frecuencia de sus complicaciones, alrededor del 23% de adultos sanos desarrollarán al menos un episodio a lo largo de su vida; el  riesgo aumenta con la edad de forma que  entre 50 y 90 años es de 1 de cada 3 personas.

 

Manifestaciones clínicas del Herpes Zoster

Los síntomas de esta enfermedad se caracterizan por una evolución clínica en varias fases. En la fase prodrómica el síntoma más frecuente es dolor, ardor o picor localizado, aparece entre 1 y 5 días antes de la erupción cutánea.

En la fase eruptiva se produce una erupción vesiculosa sobre base eritematosa, vesículas llenas de líquido dispuestas en racimo, afectan con mayor frecuencia al tórax, cara o extremidades. Posteriormente, las vesículas se rompen y forman costras, proceso con riesgo elevado de sobreinfección. La curación se completa en 8-15 días, generalmente sin cicatrices permanentes.

Una complicación frecuente es la neuralgia postherpética (NPH), dolor persistente tras la resolución de la erupción. Afecta hasta 30% de pacientes, especialmente mayores de 60 años, puede prolongarse semanas o meses, con importante impacto en la calidad de vida. Si las lesiones se localizan en la región ocular (zoster oftálmico), existe riesgo de complicaciones graves como queratitis, uveítis, necrosis retiniana e incluso pérdida permanente de visión.

La afectación en territorio del nervio facial (zoster ótico), puede producir síndrome de Ramsay Hunt, caracterizado por dolor intenso, hipoacusia, vértigo y parálisis facial periférica del lado afectado. Estas complicaciones pueden dejar secuelas neurosensoriales y funcionales persistentes.

 

Abordaje terapéutico del Herpes Zoster y su complicación neuropática

Se trata habitualmente con fármacos antivirales (aciclovir, valaciclovir, briyudina) por vía oral o intravenosa dentro de las primeras 72 horas.

El manejo complementario incluye medidas de cuidado local, lavado suave con agua y jabón, aplicación de compresas frías y húmedas para aliviar el dolor, baños coloidales de avena para reducir el prurito. Se aconseja mantener las lesiones cubiertas, especialmente en fases exudativas, para prevenir la transmisión.

La neuralgia postherpética es la complicación crónica más relevante del HZ. El dolor leve puede tratarse con parches de lidocaína 5 % o capsaicina 8 %. Para dolor moderado a severo, el tratamiento sistémico con gabapentina o pregabalina es eficaz, logrando reducción del dolor hasta el 50 % en pacientes con NPH. Si el dolor persiste, se recomienda derivación a unidades de dolor o cuidados paliativos.

En casos infrecuentes, el HZ puede tener diseminación neurológica central. Incluye encefalitis, meningitis e incremento del riesgo de accidente cerebrovascular, especialmente en pacientes con zoster oftálmico, donde la incidencia puede alcanzar hasta un 5% según estudios recientes. Estas complicaciones refuerzan la importancia de una intervención precoz, vigilancia estrecha de grupos de riesgo y estrategias de prevención como la vacunación frente al HZ.

 

Prevención del Herpes Zóster: evidencia, estrategias y recomendaciones actuales

El desarrollo de vacunas seguras y eficaces frente al Herpes Zóster (HZ) constituye un avance fundamental en la prevención de esta enfermedad y sus complicaciones, especialmente la neuralgia postherpética (NPH), secuela más incapacitante.

La evidencia actual demuestra que la vacunación frente al HZ disminuye significativamente tanto la incidencia de enfermedad  como el riesgo de desarrollar NPH, incluso en pacientes que han padecido un episodio previo. Se recomienda inmunización con la vacuna recombinante adyuvada Shingrix, que ha demostrado una eficacia sostenida de 85% mantenida hasta al menos 12 años tras vacunación.

En España, el Ministerio de Sanidad incorporó la vacuna contra Herpes Zóster en el Calendario común de vacunación a lo largo de la vida en 2023, recomendando la administración de dos dosis separadas por un intervalo de 2 meses. Esta pauta fue adoptada por las distintas comunidades autónomas, incluyendo la actualización del protocolo de vacunación en Aragón 2024.

En Aragón, en 2025, se puede administrar la vacuna a todos los nacidos en 1943,1944,1945,1958,1959,1960; así como a los grupos de riesgo mayores de 18 años y a los mayores de 50 años con tratamiento inmunosupresor (recomendado acudir a un profesional sanitario para más información).

 

Recuperación tras un episodio de Herpes Zóster: impacto funcional y estrategias integrales de apoyo

El Herpes Zóster puede comprometer gravemente la calidad de vida, incluso después de la resolución de las lesiones cutáneas. Más del 50% de pacientes requieren incapacidad temporal, con una media de 17,5 días, y pueden tardar entre 77 y 115 días en recuperar su funcionalidad laboral previa.

Desde un enfoque complementario, se recomienda alimentación rica en lisina (lácteos, huevos, legumbres, carnes, pescado) y en vitaminas con función inmunomoduladora: A (zanahoria, tomate, pimiento), B12 (carnes magras, mariscos), C (kiwi, brócoli, fresas) y E (frutos secos, espinacas, aguacate). La hidratación adecuada y la reducción de sustancias proinflamatorias (azúcares refinados, cafeína) también son clave.

El ejercicio físico moderado y progresivo, como caminatas o actividad leve, favorece la recuperación funcional y el bienestar emocional. El control del estrés es fundamental, ya que este puede alterar la inmunidad por aumento de cortisol y afectar negativamente al sueño y a la reparación tisular. Un enfoque integral que combine tratamiento médico con hábitos saludables resulta esencial para favorecer una recuperación efectiva y reducir la cronicidad del dolor.

El HZ representa una enfermedad con alta carga clínica y graves complicaciones. Por ello, la vacuna se consolida como la estrategia preventiva más eficaz para reducir incidencia, severidad y secuelas. Su implementación debe ser una prioridad en Salud Pública para mitigar el impacto individual y sanitario del Herpes Zóster.

Agroquímicos sintéticos: Una amenaza para la salud

Agroquímicos sintéticos: Una amenaza para la salud

Concha Germán-Bes y Carlos Navas-Ferrer

26 de noviembre de 2025

En el planeta tierra conviven millones de especies de plantas, animales, insectos, microorganismos y también por los seres humanos. Todos habitamos ecosistemas muy diversos —fríos, cálidos, secos o húmedos— que funcionan gracias a un equilibrio natural que permite a los seres vivos nacer, crecer y morir. Hoy ese equilibrio está gravemente amenazado: la crisis climática y la desaparición acelerada de especies están poniendo en riesgo la vida del planeta, incluida la humana. Para tratar de entenderlo debemos mirar, entre otras cosas, la manera en que producimos nuestros alimentos y el papel que juegan los agroquímicos en este proceso.

 

Los agroquímicos artificiales son productos creados por el ser humano para aumentar la productividad agrícola. Incluyen fertilizantes, pesticidas, herbicidas, fungicidas y reguladores del crecimiento. Aunque han permitido obtener más cosechas, también generan riesgos para la salud y para el medio ambiente.

 

Frente a ellos existen los agroquímicos naturales, que suelen ser menos tóxicos y más respetuosos con los ecosistemas. Un buen ejemplo es la piretrina, un insecticida natural que se extrae de las flores del crisantemo, especialmente de la especie Chrysanthemum cinerariifolium. Su acción es muy rápida, pues actúa por contacto sobre el sistema nervioso de los insectos, provocándoles temblores, parálisis y finalmente la muerte. Para los mamíferos, incluidos los seres humanos, la toxicidad es baja y además se degrada rápidamente con la luz solar, por lo que su impacto ambiental es reducido. Por estas razones se utiliza tanto en agricultura ecológica como en productos domésticos y en champús para mascotas.

 

Es importante no confundir las piretrinas naturales con los piretroides sintéticos. Aunque estos últimos imitan su mecanismo de acción, se fabrican íntegramente en laboratorio y presentan diferencias notables. Los piretroides son más estables y persistentes, resultan altamente tóxicos para insectos y organismos acuáticos, aunque al igual que sus homólogos naturales, son menos peligrosos para los mamíferos. Se emplean en agricultura, en el control de plagas urbanas, en la sanidad pública y en la protección de animales domésticos. Algunos se utilizan incluso en productos farmacéuticos, como la permetrina para tratar infestaciones de piojos o ácaros, aunque pueden provocar reacciones alérgicas. Por su potencia, su manejo debe ser muy cuidadoso, sobre todo para evitar daños a insectos beneficiosos como las abejas.

 

La agricultura moderna utiliza además otros muchos agroquímicos artificiales, como los organoclorados (entre ellos el DDT o el lindano), los organofosforados, los carbamatos o los compuestos organometálicos derivados de arsénico, mercurio o plomo. Estos productos pueden provocar efectos agudos, como náuseas o dolores de cabeza, y también efectos crónicos, entre los que se incluyen alteraciones hormonales, daños neurológicos o incluso algunos tipos de cáncer. Su uso, especialmente cuando no está adecuadamente regulado, contamina el aire, el suelo y el agua, y en algunos casos los compuestos pueden persistir durante décadas en el medio ambiente.

 

Un problema especialmente grave es la bioacumulación. Muchas sustancias tóxicas se acumulan en los organismos vivos y pasan de un nivel trófico a otro, aumentando su concentración a medida que ascendemos en la cadena alimentaria. De este modo, los depredadores y, finalmente, los seres humanos pueden llegar a concentrar dosis mucho más elevadas de las que estaban presentes en el entorno. Por este motivo, sustancias como el DDT, el lindano o el glifosato —este último considerado posiblemente cancerígeno por la Organización Mundial de la Salud— han sido prohibidas o severamente restringidas en numerosos países y en la Unión Europea.

 

A pesar de ello, los agroquímicos artificiales siguen difundiéndose por los beneficios que ofrecen en términos de rendimiento agrícola. Se sostiene que permiten obtener cosechas más abundantes por hectárea, reducen la presencia de malezas, frenan el avance de plagas y, en algunos casos, incluso mejoran el valor nutritivo de los cultivos. Sin embargo, estos beneficios suelen acompañarse de un uso intensivo del riego, con el consiguiente consumo de agua, de la fertilización química y de una dependencia tecnológica creciente.

 

Esa dependencia se hace aún más evidente cuando hablamos de semillas modificadas genéticamente. Muchos organismos transgénicos están diseñados para funcionar junto con agroquímicos concretos. Un ejemplo muy conocido es el de los cultivos de maíz modificados genéticamente para resistir el herbicida glifosato, de modo que este pueda eliminar todas las plantas no deseadas sin afectar al cultivo principal. Este modelo, comercializado como “paquete tecnológico”, ha generado un intenso debate científico, social y ambiental.

 

Frente a este tipo de agricultura existe otro camino, representado por variedades tradicionales como el trigo Aragón 03. Este trigo, muy cultivado en los años sesenta, estuvo a punto de desaparecer con la llegada de los trigos híbridos y transgénicos, pero fue recuperado a finales de los años noventa por la familia Marcén en la estepa de Los Monegros, en Zaragoza. Se valora por su sabor intenso, por su alto contenido en proteínas —que puede llegar al 17 %— y por su buena adaptación al entorno. Además, su cultivo resulta beneficioso para el suelo y para la biodiversidad. A diferencia de los trigos modificados para resistir herbicidas, el Aragón 03 no soporta productos como el glifosato que, si se aplicara sobre un campo en crecimiento, destruiría tanto las malas hierbas como el propio cultivo.

 

Este contraste nos invita a reflexionar. La producción de alimentos puede seguir modelos muy diferentes. Los agroquímicos artificiales han permitido aumentar la productividad, pero también han contribuido a la degradación ambiental, a la contaminación y a la pérdida de biodiversidad. Los agroquímicos naturales, los cultivos tradicionales y las prácticas agroecológicas muestran que existen alternativas más respetuosas con los ecosistemas y con la salud humana. En un momento de crisis climática, comprender el impacto de nuestras decisiones y avanzar hacia una agricultura más sostenible es una tarea urgente y compartida.

Violencia de género e interseccionalidad

Violencia de género e interseccionalidad

Katrina Belsué Guillorme

25 de noviembre de 2025

La violencia de género constituye una de las mayores violaciones de derechos humanos a nivel global. Sin embargo, la experiencia de esta violencia no es uniforme. Para comprender su complejidad y diseñar respuestas efectivas, es imperativo adoptar una perspectiva interseccional, una herramienta analítica que revela cómo las categorías de identidad interconectadas —como la raza, la clase, la orientación sexual, la discapacidad, el origen o el estatus social— crean experiencias únicas y, a menudo, agravadas de opresión.

 

El término «interseccionalidad» fue acuñado por la jurista y académica Kimberlé Crenshaw en 1989 para describir cómo los sistemas de desigualdad no operan de forma aislada. Crenshaw observó que la legislación y el discurso feminista a menudo se centraban en la experiencia de la mujer blanca de clase media, dejando invisibles las violencias específicas que sufrían las mujeres negras y otras mujeres racializadas, donde la discriminación por género se solapaba inextricablemente con el racismo.

 

La interseccionalidad nos enseña que una mujer con discapacidad que también es pobre, o una mujer migrante que pertenece a la comunidad LGTBIQ+, no experimenta la violencia como la mera suma de sus características. En cambio, se enfrenta a formas de violencia cualitativamente distintas y mucho más difíciles de abordar. La falta de una mirada interseccional se traduce en fallas institucionales graves y en la invisibilización de víctimas.

 

Las mujeres racializadas y migrantes enfrentan la violencia de género no solo por parte de sus parejas, sino también por estructuras racistas y xenófobas. El miedo a la expulsión o a la discriminación institucional puede impedir que denuncien, atrapándolas en un círculo de abusos. Además, pueden ser objeto de formas específicas de violencia sexual y laboral, debido a la devaluación de sus vidas y cuerpos en contextos migratorios.

 

Las mujeres con discapacidad tienen un riesgo significativamente mayor de sufrir violencia sexual, física y psicológica, a veces incluso por parte de cuidadores o personal de instituciones, debido a la dependencia física o a la negación de su autonomía sexual. Las mujeres mayores, a su vez, pueden ser víctimas de violencia económica o negligencia en el marco de la dependencia.

 

Las mujeres lesbianas, bisexuales y, crucialmente, las mujeres trans experimentan violencias específicas (como la violencia correctiva o los crímenes de odio) que combinan la misoginia con la LGTBIfobia. Las mujeres trans, en particular, enfrentan tasas desproporcionadas de violencia extrema, exclusión laboral y pobreza, lo que agrava su vulnerabilidad.

 

 

Cuando las políticas públicas y los protocolos de atención no son interseccionales, las intervenciones fallan. Un refugio para víctimas de violencia de género que no es accesible para sillas de ruedas, un programa de apoyo económico que exige permiso de residencia a las mujeres migrantes, o un centro de crisis que no ofrece servicios en lenguas diversas, son ejemplos de respuestas que, involuntariamente, excluyen a las mujeres que más necesitan protección.

 

La interseccionalidad, por lo tanto, no es solo una teoría académica; es una exigencia de justicia. Nos obliga a mover el foco de una «mujer universal» a las «mujeres concretas» y a reconocer que las soluciones deben ser tan complejas y matizadas como las vidas de aquellas a quienes pretenden proteger.

 

Abordar la violencia de género requiere desmantelar todos los ejes de opresión que la alimentan. Un enfoque interseccional demanda la implementación de políticas públicas sensibles a las diferencias, que garanticen acceso universal y adaptado a la justicia, la protección y la reparación. Solo reconociendo que la violencia de género se manifiesta en la confluencia de múltiples discriminaciones podremos aspirar a una erradicación efectiva y equitativa de esta lacra social.