Día del niño con Cáncer: Información, esperanza y acompañamiento

Día del niño con Cáncer: Información, esperanza y acompañamiento

Victoria Caballero Pérez

21 de diciembre de 2025

El 21 de diciembre es el Día Nacional del Niño con Cáncer en España, una fecha establecida a petición de la Federación Española de Padres de Niños con Cáncer para concienciar sobre todas las enfermedades que comprende, apoyar a los niños y familias, y promover la investigación y la mejora de los tratamientos. Este día busca visibilizar los retos del Cáncer Infantil y la importancia del diagnóstico precoz y la igualdad de oportunidades para su curación.

 

¿Con qué frecuencia aparece el Cáncer Infantil?

Según estimaciones del Registro Español de Tumores Infantiles (RETI) y del Ministerio de Sanidad, en 2025 se esperan alrededor de 1049 casos en niños de 0 a 14 años, y 573 casos en adolescentes de 15 a 19 años, sumando aproximadamente 1622 diagnósticos anuales en niños y adolescentes. Esto equivale a más de 3 diagnósticos diarios en todo el país.

 

¿Se puede prevenir el Cáncer Infantil?

En la gran mayoría de los casos, el Cáncer Infantil no se puede prevenir. A diferencia del cáncer en adultos, en los niños no suele estar relacionado con hábitos de vida, sino con alteraciones en el desarrollo de las células. En nuestro medio, el Cáncer Infantil no es consecuencia de errores parentales.

Lo que sí es posible es favorecer el diagnóstico precoz. Estar atentos a síntomas persistentes como el cansancio extremo, palidez de piel y mucosas (labios, conjuntiva de los ojos…), fiebre o febrícula prolongada, hematomas sin traumatismos previos, dolores óseos mantenidos y migratorios, aparición de masas o megalias (bultos) en cuello, axila, ingles, abdomen, etc.; o varias manchas pigmentadas o blanquecinas en la superficie corporal, cefaleas y vómitos frecuentes de predominio nocturno o al alba, etc.

Ante su presencia, deben acudir a los profesionales de salud. También es importante realizar todas las revisiones pautadas en los Centros de Salud.

 

Supervivencia: Una historia de avances

En lugares con acceso a un sistema de salud sólido como es nuestro país, alrededor de 8 de cada 10 niños pueden curarse. Depende del tipo de tumor, algunos como la leucemia linfoblástica aguda (el cáncer más frecuente), tienen tasas de curación que pueden acercarse o superar el 90 %. Sin embargo, otros tipos de cáncer tienen supervivencias que no alcanzan el 50%. Por ello, es importante recalcar que la palabra cáncer recoge múltiples enfermedades diferentes entre sí.

La atención no puede limitarse a la quimioterapia o la cirugía. Los mejores resultados se logran cuando el cuidado está a cargo de equipos multidisciplinares: pediatras, oncólogos, enfermeras especializadas, psicólogos, trabajadores sociales, fisioterapeutas, nutricionistas y docentes hospitalarios, entre otros. Cada profesional aporta una mirada distinta y complementaria centrada no solo en curar, sino en cuidar.

Este enfoque integral ayuda a manejar mejor los efectos secundarios, a sostener la salud emocional, a acompañar a la familia y a preservar, en la medida de lo posible, la vida cotidiana del niño: el juego, el aprendizaje, los vínculos. Porque un niño con cáncer sigue siendo, ante todo, un niño.

 

Cuidados paliativos: Perder el miedo y ganar acompañamiento

Uno de los temas que más temor genera es el de los cuidados paliativos. Muchas personas los asocian exclusivamente con el final de la vida, pero esta idea es incompleta y, a menudo, injusta. Los cuidados paliativos pediátricos —incluidos los domiciliarios— buscan aliviar el dolor y multitud de síntomas, acompañar emocionalmente, mejorar la calidad de vida y sostener a la familia, independientemente del pronóstico. Pueden y deben integrarse desde etapas tempranas de la enfermedad, junto con los tratamientos curativos. Diversos estudios demuestran que estos cuidados no solo incrementan la calidad de vida de los niños, sino también aumentan la supervivencia al favorecer la tolerancia de los tratamientos. Perder el miedo a estos equipos es abrir la puerta a un cuidado más humano y cercano ya que evita hospitalizaciones innecesarias.

 

Un llamado a la comunidad

Como sociedad, podemos contribuir hablando sin tabúes de esta realidad, apoyando a las familias y los niños enfermos, valorando el trabajo de los equipos de salud, defendiendo el derecho de todos los niños a recibir una atención integral y de calidad y promoviendo la investigación.

Detrás de cada diagnóstico hay un nombre, una historia y una enorme capacidad de resiliencia. Recordarlo es el primer paso para construir un camino con más comprensión, menos miedo y más esperanza.

Síndrome de piernas inquietas: El insomnio que nace en la médula y duele en el alma

Síndrome de piernas inquietas: El insomnio que nace en la médula y duele en el alma

José Manuel Gómez

17 de diciembre de 2025

Hay enfermedades que matan y otras que desgastan lentamente. El Síndrome de Piernas Inquietas (SPI), también conocido como enfermedad de Willis-Ekbom, pertenece a este segundo grupo: no acorta la vida, pero puede volverla insoportable. Es un trastorno neurológico que no aparece cuando uno corre, salta o baila, sino precisamente cuando el cuerpo suplica quietud. Sentarse a leer, intentar dormir o simplemente reposar se convierte en una condena. Irónicamente, el problema no es moverse demasiado, sino no poder dejar de hacerlo.

 

Una sensación indescriptible que consume el descanso

Quien no lo ha vivido, rara vez lo comprende. No es dolor exactamente, pero sí un malestar profundo, inquietante. Los pacientes lo describen como hormigueo, tirones, picazón interna, ardor o incluso como si “unos insectos invisibles caminaran por debajo de la piel”. Estas sensaciones aparecen sobre todo en las piernas –de ahí su nombre–, pero en casos más avanzados pueden llegar a los brazos e incluso al pecho.

 

El verdadero drama se manifiesta por la noche. El SPI sigue un ritmo circadiano cruelmente preciso y sus síntomas se intensifican al caer el sol. Justo cuando el cuerpo pide descanso, las piernas se rebelan. Dormir se convierte en un campo de batalla entre la necesidad de reposo y la urgencia incontrolable de moverse. El resultado: insomnio crónico, agotamiento, frustración y una soledad punzante que muchas veces acompaña a lo incomprendido.

 

Un problema más común de lo que creemos

Aunque pueda parecer un trastorno raro, el SPI afecta a entre el 5% y el 10% de la población mundial. En España, esto se traduce en más de dos millones de personas. Sin embargo, la gran mayoría –hasta un 90%– ni siquiera sabe que lo padece. Atribuyen sus molestias al estrés, a una mala circulación o simplemente creen que tienen el “sueño ligero”. Es un trastorno invisible, que se sufre en silencio y, a menudo, se confunde con otras dolencias.

 

Las mujeres lo sufren con mayor frecuencia, especialmente durante el embarazo, y suele haber antecedentes familiares, lo que indica un componente genético fuerte. A esto se suma el impacto emocional: el SPI no solo impide dormir bien, sino que afecta el estado de ánimo, la concentración y la calidad de vida. No descansar tiene un precio alto: irritabilidad, ansiedad, depresión y hasta un mayor riesgo cardiovascular.

 

¿Qué lo causa? Cuando el cuerpo y el cerebro no se entienden

El origen del SPI no es único ni del todo claro. Como muchas dolencias del sistema nervioso responde a una combinación de factores. En el corazón del problema está la dopamina, un neurotransmisor crucial para el control del movimiento. En las personas con SPI, su funcionamiento parece estar alterado. Pero este desajuste suele estar relacionado con otro protagonista silencioso: el hierro.

 

El hierro es esencial para la producción de dopamina en el cerebro. Cuando sus niveles en el sistema nervioso central son bajos —aunque los análisis en sangre sean normales—, la maquinaria se desequilibra. La ferritina, una proteína que indica las reservas de hierro, se convierte entonces en una pista diagnóstica importante.

 

También hay casos de SPI secundario, es decir, asociado a otras enfermedades o condiciones: insuficiencia renal crónica, anemia por déficit de hierro, Parkinson, esclerosis múltiple o embarazo avanzado, entre otras. A veces, incluso ciertos medicamentos (antidepresivos, antipsicóticos, antihistamínicos) pueden desencadenarlo o agravarlo.

 

Un diagnóstico que empieza por escuchar

El diagnóstico del SPI es fundamentalmente clínico. No hay una prueba definitiva, sino una descripción clara y honesta de los síntomas. Por este motivo es crucial que los profesionales de salud estén formados para escuchar lo invisible. El paciente no muestra lesiones, no presenta alteraciones evidentes en una radiografía, pero su calidad de vida se ve profundamente afectada.

 

Una vez diagnosticado, el tratamiento se adapta a la intensidad y a las causas. Cuando hay déficit de hierro, corregirlo puede mejorar significativamente los síntomas. En casos más severos, se recurre a medicación dopaminérgica, anticonvulsivantes, benzodiacepinas o analgésicos, siempre bajo supervisión médica.

 

Además del tratamiento farmacológico, hay medidas que ayudan a mejorar el día a día: evitar la cafeína, el alcohol, el tabaco; mantener una rutina de sueño estable; realizar ejercicio moderado y procurar un entorno fresco y cómodo para dormir. También es clave revisar la medicación existente, ya que muchas veces la solución no está en añadir, sino en quitar lo que sobra.

 

El calor, el estrés y otros enemigos del descanso

Una curiosidad poco conocida: el calor puede empeorar los síntomas del SPI. Muchos pacientes notan más molestias cuando las temperaturas superan los 24 °C, lo que les lleva a buscar alivio en suelos fríos, ventiladores nocturnos o duchas refrescantes. También influyen el estrés, la ansiedad y el propio insomnio, que genera un círculo vicioso: cuanto peor se duerme, más se intensifican los síntomas.

 

Y es que, al final, el SPI no solo afecta al cuerpo, sino a todo el entorno emocional y social de quien lo sufre. La pareja también se ve privada del sueño; el rendimiento laboral cae; la vida cotidiana se fragmenta por el cansancio acumulado.

 

No es excusa, es enfermedad

El SPI no es una rareza exótica, ni una exageración, ni una excusa para no dormir. Es un trastorno neurológico real, con consecuencias físicas, cognitivas y emocionales. No mata, pero erosiona lentamente. No invalida en términos oficiales, pero desgasta en lo íntimo y cotidiano.

 

Hablar de él, visibilizarlo, diagnosticarlo y tratarlo es una responsabilidad médica y social. Porque todos merecemos descansar. Y porque el derecho al descanso no debería ser un lujo, sino una garantía básica de bienestar.

 

En última instancia, comprender el Síndrome de Piernas Inquietas es escuchar un cuerpo que grita en silencio y hacerle un hueco en una medicina que, a veces, solo mira lo que se ve. Tal vez, si aprendemos a atender lo invisible, podamos devolver a miles de personas el derecho más simple y precioso: el de cerrar los ojos y dormir en paz.

Resistencias a antibióticos en aguas

Resistencias de antibióticos en aguas

Nadia Larumbe y Mireya García-Gracia

14 de diciembre de 2025

¿Qué es la resistencia a antibióticos?

Desde el descubrimiento de la penicilina en 1897, los antibióticos han revolucionado la medicina moderna. Infecciones que antes eran mortales se volvieron fácilmente tratables salvando así millones de vidas. Sin embargo, en la actualidad enfrentamos un gran problema: los antibióticos están perdiendo su eficacia. Este fenómeno, denominado resistencia a antibióticos, ocurre porque las bacterias son capaces de desarrollar mecanismos que les permiten sobrevivir a estos fármacos diseñados para eliminarlas. Ocurre de forma completamente natural, las bacterias evolucionan constantemente, pero el uso incorrecto y excesivo de antibióticos ha acelerado dramáticamente este proceso, convirtiéndose en una importante amenaza para la Salud Pública.

¿Cómo surge la resistencia a antibióticos?

Cuando se expone una población bacteriana a un antibiótico, algunas bacterias pueden tener ciertos mecanismos que las hacen menos sensibles al tratamiento. De esta forma, las bacterias más sensibles son eliminadas de la población por acción del antibiótico, mientras que las resistentes sobreviven y se multiplican, transmitiendo su resistencia a las siguientes generaciones. Este proceso provoca el aumento de las poblaciones bacterianas potencialmente más peligrosas, ya que son estas las que poseen la ventaja evolutiva de persistir en ambientes donde los antibióticos están presentes. Con el tiempo, esta selección favorece la expansión de cepas resistentes, dificultando los tratamientos y haciendo que infecciones antes simples se vuelvan más difíciles de tratar.

Además de este fenómeno de selección natural, la presencia de forma persistente de antibióticos en el entorno ejerce una fuerte presión evolutiva sobre las poblaciones bacterianas que, puede favorecer la aparición de mutaciones espontáneas y ofrezcan nuevas formas de resistir al fármaco. A esto se suma otro mecanismo clave para la resistencia a antibióticos, la transferencia horizontal de genes, un proceso mediante el cual las bacterias son capaces de intercambiar información genética entre sí, incluso perteneciendo a distintas especies. Mediante este intercambio, los genes que otorgan resistencia a los antibióticos pueden propagarse fácilmente en una comunidad bacteriana, de forma que una bacteria que nunca había estado expuesta a cierto antibiótico puede adquirir de otra la capacidad de resistir al tratamiento.

Aunque estos son mecanismos que ocurren de manera natural, el uso descontrolado de antibióticos ejerce una presión sobre las poblaciones bacterianas, que favorece y aumenta la frecuencia con la que se dan estos acontecimientos, acelerando la expansión de cepas resistentes, lo que complica el panorama de la Salud Pública.

¿Cómo se contaminan las aguas con antibióticos?

El uso irresponsable de antibióticos en el ámbito sanitario y veterinario genera una serie de efluentes contaminados con estos fármacos. Puesto que el agua es un recurso limitado, se ha popularizado la regeneración de las aguas para poder usarlas con otros fines o devolverlas al medioambiente de forma segura.

Pese a los esfuerzos invertidos para eliminar los contaminantes de las aguas residuales, se han detectado antibióticos en muy bajas concentraciones en ecosistemas acuáticos. Aunque pueda parecer que estas cantidades tan bajas de antibióticos no suponen un riesgo, algunos estudios han determinado que incluso a niveles tan bajos pueden ejercer una presión selectiva sobre las bacterias, provocando que aquellas que hayan podido mutar o adquirir genes resistencia persistan y mueran las más sensibles. La magnitud de esta problemática ha llevado a que, a nivel europeo, se estén impulsando proyectos específicos para la detección de antibióticos y bacterias potencialmente resistentes, así como sus posibles reservorios ambientales en zonas clave para su vigilancia. Desde la Universidad de Zaragoza, el grupo Agua y Salud Ambiental participa en los proyectos EMERGENTcy (POCTEFA) e INPATBIOTICS (AEI), contribuyendo a investigar la presencia de estos contaminantes y los posibles reservorios en los sistemas acuáticos.

Reservorios ambientales de resistencia

Un reservorio es el lugar donde un agente infeccioso reside y se multiplica y del que depende para sobrevivir. Existen reservorios humanos, animales y ambientales. Estos últimos son muy variados, abarcan desde plantas y suelos hasta ambientes acuáticos. A este respecto, es relevante mencionar las amebas de vida libre y la presencia de biofilms en la propagación de resistencias a antibióticos.

Un biofilm es una comunidad microbiana generada por diferentes microorganismos que se encuentran cohabitando en una capa mucosa adherida a una superficie. Los biofilms pueden generarse tanto en la naturaleza como en sistemas de aguas de red. Su composición es variada, puede haber hongos, bacterias, algas y protozoos. Debido a la estructura del biofilm, los microorganismosque se encuentran en él están más protegidos frente a cualquier agente externo, por lo que puede servir de reservorio para las bacterias resistentes a antibióticos. Entre los habitantes de los ecosistemas acuáticos y los biofilms, las amebas de vida libre son protozoos capaces de fagocitar bacterias para alimentarse. Algunas de estas bacterias resisten a su digestión y pueden quedarse en su interior, utilizándolas también como protección.

Estos reservorios permiten a las bacterias resistentes sobrevivir, proliferar e incluso intercambiar genes de resistencia entre ellas, de forma que pueden facilitar la aparición de superbacterias, multirresistentes frente a un amplio espectro de medicamentos antimicrobianos.

¿Qué podemos hacer nosotros?

Aunque la resistencia a antibióticos supone un problema global, la solución puede comenzar con acciones que podemos implementar a diario. Como individuos, es importante que el uso de los antibióticos se haga de forma responsable, siempre bajo prescripción y siguiendo las pautas de tratamiento indicadas por el médico. Además, la prevención resulta también clave, donde acciones tan sencillas como el lavado de manos puede evitar la propagación de infecciones y con ello reducir la necesidad del uso de antibióticos. Más allá de nuestras acciones individuales, es fundamental promover mayor conciencia social sobre el uso adecuado de antibióticos y el fomento de programas de vigilancia epidemiológica.

La resistencia a antibióticos no es un problema lejano, sino que ya afecta directamente a nuestra salud y es un reto que debemos afrontar como una tarea colectiva.

Humanización de la gestión sanitaria: El profesionalcentrismo como nuevo paradigma para retener talento y prevenir el burnout

Humanización de la gestión sanitaria: El profesionalcentrismo como nuevo paradigma para retener talento y prevenir el burnout

Albert Cortés Borra

12 de diciembre de 2025

Una crisis silenciosa en la gestión sanitaria

La sanidad contemporánea vive una paradoja. Nunca antes habíamos tenido tantos avances tecnológicos, tanta evidencia científica ni tantos recursos diagnósticos y, sin embargo, el sistema sanitario se encuentra en una crisis humana profunda. Las tasas de burnout entre profesionales sanitarios alcanzan niveles alarmantes, los procesos de desmotivación y desvinculación emocional se multiplican y, en muchos países, se observa un preocupante éxodo de profesionales hacia otros sectores o hacia sistemas de salud en el extranjero donde perciben mejores condiciones laborales y personales.

 

El reto ya no es únicamente financiero o estructural: es cultural y humano. Las organizaciones sanitarias, diseñadas tradicionalmente desde una lógica burocrática e industrial, enfrentan el desafío de reconectarse con las personas que sostienen el sistema: los profesionales. En este contexto, la humanización de la gestión sanitaria emerge no solo como un ideal ético, sino como una estrategia de supervivencia organizacional.

 

Sin embargo, la humanización no puede limitarse a gestos superficiales o campañas emocionales. Requiere una transformación profunda que coloque al profesional en el centro: entender al trabajador sanitario no solo como un recurso, sino como una persona con vocación, valores y propósito

 

La gestión sanitaria deshumanizada: síntomas de un modelo agotado

Durante décadas, los sistemas sanitarios se han gestionado bajo paradigmas de eficiencia productiva propios del modelo industrial. Se han priorizado indicadores cuantitativos, la estandarización de procesos y el control de costes por encima de las variables humanas. Aunque estos enfoques han permitido cierto grado de sostenibilidad y organización, también han generado efectos secundarios no deseados como despersonalización del trabajo clínico, burocratización excesiva, pérdida de autonomía profesional o desconexión con la misión institucional.

 

Estos factores se combinan con una sobrecarga estructural (listas de espera, déficit de personal, precariedad contractual) que actúa como caldo de cultivo para el síndrome de burnout. La consecuencia más visible es el éxodo de profesionales: médicos y enfermeras, principalmente, buscan espacios donde puedan ejercer con dignidad, equilibrio y reconocimiento.

 

Humanizar la gestión: devolverle alma al sistema sanitario

La humanización de la gestión sanitaria no es una moda ni un concepto romántico. Es un enfoque de liderazgo que reconoce que los sistemas solo son sostenibles cuando las personas que los integran se sienten valoradas, escuchadas y respetadas. Significa crear entornos donde los profesionales puedan desarrollarse integralmente, equilibrando sus necesidades personales, su vocación y su desempeño técnico. Humanizar la gestión implica escuchar activamente a los profesionales, promover el bienestar psicosocial, reconocer el valor humano del trabajo sanitario y también formar líderes humanistas.

 

Cuando la gestión se humaniza, los indicadores mejoran: la satisfacción del profesional aumenta, se reduce la rotación, mejora la calidad asistencial y el clima laboral se vuelve más colaborativo.

 

El profesionalcentrismo como nuevo paradigma

La clave para consolidar una gestión sanitaria humanizada está en redefinir el profesionalcentrismo. Tradicionalmente, el término se ha vinculado a la ética del deber, la competencia técnica y la responsabilidad individual. Hoy, sin embargo, el profesionalcentrismo se resignifica como un marco de identidad colectiva y de propósito compartido.

 

Profesionalcentrismo como identidad

El profesional sanitario no es un mero ejecutor de tareas, sino un agente moral que encarna valores de servicio, compasión y excelencia. Recuperar el sentido de identidad profesional significa permitir que los trabajadores se reconozcan en su misión y sientan orgullo por pertenecer a una comunidad con propósito.

 

Profesionalcentrismo como autonomía responsable

Humanizar la gestión no implica eliminar la exigencia o la rendición de cuentas, sino reconocer la autonomía profesional como un motor de calidad. Los profesionales que pueden decidir con criterio ético y técnico se sienten más implicados y menos vulnerables al burnout.

 

Profesionalcentrismo como comunidad

La cultura sanitaria necesita reconstruirse desde la colaboración interdisciplinaria. El profesionalismo moderno no es individualista, sino colectivo: se basa en el respeto mutuo, la confianza y la corresponsabilidad.

 

Profesionalcentrismo como bienestar

El profesionalcentrismo contemporáneo reconoce que cuidarse a sí mismo también es una forma de cuidar. Un sistema que exige entrega total sin descanso ni apoyo emocional está condenado a la deshumanización.

 

Fidelizar y retener talento a través de la humanización

Retener talento sanitario no se logra únicamente con incentivos económicos. La fidelización nace del sentido de pertenencia, del reconocimiento y de la coherencia entre los valores del profesional y los de la organización. Estrategias: Reconocimiento auténtico, desarrollo profesional y académico, flexibilidad y conciliación, comunicación horizontal, participación en la toma de decisiones, programas de acompañamiento emocional y mentoring. Cuando las personas sienten que su institución las cuida y las escucha, se comprometen con mayor fuerza. Y ese compromiso es el antídoto más potente contra el burnout y la fuga de talento.

 

Liderazgo humanista: la pieza que falta

La transición hacia un modelo de gestión humanizada requiere líderes transformadores, capaces de equilibrar la eficiencia con la empatía. El liderazgo humanista se caracteriza por escuchar antes de decidir, inspirar con el ejemplo, cuidar a quienes cuidan, ver el error como oportunidad de aprendizaje, fomentar la corresponsabilidad, no el control excesivo. Un líder humanista comprende que los resultados sostenibles se construyen sobre relaciones de confianza.

 

Hacia una nueva cultura del cuidado

La humanización de la gestión sanitaria no es un complemento, sino el núcleo de un sistema sostenible. La crisis de desmotivación y fuga de talento no se resolverá con más tecnología o simples reformas salariales, sino cuando el profesional vuelva a sentirse persona, reconocido y partícipe de un propósito mayor.

 

El profesionalcentrismo, entendido como una ética del servicio y de la responsabilidad compartida, es el nuevo paradigma que puede reconciliar la eficiencia con la humanidad. Porque un sistema que cuida a sus profesionales es un sistema que cuida mejor a sus pacientes.

Salud sexual en el posparto: una dimensión olvidada del cuidado integral de la mujer

Salud sexual en el posparto: una dimensión olvidada del cuidado integral de la mujer

Claudia Salete García

7 de diciembre de 2025

La importancia de hablar de sexualidad tras el parto

 

La salud sexual forma parte esencial del bienestar físico, emocional y social de las mujeres. Sin embargo, tras el parto, este aspecto suele quedar relegado ante otras prioridades asistenciales. La recuperación posparto no solo implica la involución uterina o la cicatrización de heridas, sino también la adaptación emocional y sexual a una nueva etapa vital. La evidencia científica muestra que alrededor del 35% de las mujeres experimenta dispareunia (dolor durante las relaciones sexuales) después del parto, y en un 22% los síntomas persisten hasta el año. Estas cifras reflejan la magnitud de un problema que con frecuencia pasa inadvertido en las consultas de atención primaria y ginecología.

 

 

Cambios físicos, emocionales y relacionales

 

Durante el puerperio, el cuerpo femenino atraviesa modificaciones que pueden repercutir directamente en la sexualidad:

 

  • Cambios físicos: descenso de estrógenos y progesterona, cicatrización perineal o abdominal, alteraciones del suelo pélvico.
  • Cambios emocionales: cansancio, falta de sueño, disminución de autoestima, temor al dolor o a un nuevo embarazo.
  • Cambios en la relación de pareja: reajuste de roles, falta de tiempo para la intimidad y cambios en la comunicación afectiva.

 

Todos estos factores son fisiológicos y adaptativos, pero cuando se prolongan o generan malestar, requieren una valoración clínica.

 

 

Factores obstétricos y riesgo de disfunción sexual

 

Ciertos aspectos del parto y la lactancia pueden incrementar la probabilidad de disfunción sexual:

 

  • Lactancia materna: por el descenso de estrógenos, puede favorecer sequedad vaginal y disminuir el deseo sexual.
  • Trauma perineal: los desgarros de tercer y cuarto grado y las episiotomías se asocian a mayor incidencia de dolor en las relaciones.
  • Tipo de parto: la cesárea implica una recuperación más lenta y puede afectar la autoimagen; el parto vaginal puede alterar el tono muscular del suelo pélvico.

 

 

Las disfunciones sexuales más frecuentes

 

Las disfunciones sexuales más comunes en el posparto son:

 

  • Deseo sexual hipoactivo: la más prevalente. Tiene un origen multifactorial —biológico, psicológico y relacional— y se ve influido por el cansancio, el estrés y la dinámica de pareja.
  • Dispareunia o dolor genitopélvico: puede deberse a cicatrices, sequedad o tensión muscular.
  • Disminución de la excitación o dificultad para alcanzar el orgasmo: a menudo secundaria a dolor o desconexión emocional.

 

El abordaje terapéutico debe ser individualizado, considerando la vivencia subjetiva de la mujer y su contexto vital.

 

 

Evaluación y detección precoz en consulta

 

En la revisión posparto (entre las 6 y 12 semanas), los profesionales sanitarios deberían incluir una pregunta sencilla pero clave: “¿Ha notado cambios o dolor en su vida sexual desde el parto?”. En función de la respuesta, pueden utilizarse herramientas de cribado como el Índice de Función Sexual Femenina (FSFI) o el cuestionario DESEA, además de evaluar el estado emocional con la Escala de Depresión Posnatal de Edimburgo (EPDS).

 

 

Abordaje multidisciplinar y recomendaciones prácticas

 

La atención a la salud sexual posparto debe integrar a ginecólogos, matronas, fisioterapeutas del suelo pélvico, psicólogos y sexólogos. Algunas recomendaciones clave son:

 

  • No minimizar los síntomas de dolor o falta de deseo.
  • Favorecer la comunicación con la pareja y la educación sexual postnatal.
  • Ofrecer lubricantes o humectantes en casos de sequedad vaginal.
  • Recomendar ejercicios de suelo pélvico y autocuidado físico.
  • Derivar a especialistas en casos persistentes o con repercusión emocional.

 

 

Lo que no debemos normalizar

 

No es normal sentir dolor persistente, perder la sensibilidad, ni experimentar rechazo hacia el sexo si antes no ocurría. Tampoco debe asumirse como “normal” la falta total de deseo o placer. Estas manifestaciones son señales de alarma que merecen atención profesional.

 

 

Conclusión

 

Abordar la salud sexual en el posparto es una necesidad sanitaria, no un lujo. Implica mejorar la calidad de vida, prevenir complicaciones físicas y emocionales, y fortalecer el vínculo de pareja. La sexualidad es un reflejo de la salud integral de la mujer, y el posparto, lejos de ser un punto final, debe considerarse una etapa de adaptación, acompañamiento y cuidado.

Aulas inclusivas: Compromiso con la participación y la salud

Aulas inclusivas: Compromiso con la participación y la salud

Rafael Sánchez Arizcuren

3 de diciembre de 2025

La universidad es un entorno donde la ocupación principal es aprender. Sin embargo, en muchos casos, el acceso y la participación en muchas de las acciones relacionadas con la formación se ven obstaculizados por barreras añadidas a lo puramente académico. Desde una perspectiva centrada en la persona, podemos decir que la participación plena en actividades significativas para la persona es un derecho y un pilar para la salud y el bienestar. Abordar la inclusión en las aulas universitarias no es solo cuestión de equidad, sino que supone invertir en la salud del estudiantado, facilitando el desempeño del rol de estudiante con dignidad, autonomía y sentido de pertenencia.

 

La educación superior requiere habilidades complejas, pero en muchas ocasiones este entorno presenta barreras físicas, pedagógicas, digitales o actitudinales. Estas barreras siguen afectando especialmente a estudiantes que pertenecen a colectivos infrarrepresentados o en situación de vulnerabilidad. En este sentido, la falta de formación docente en pedagogía inclusiva y la escasez de recursos pueden suponer obstáculos significativos. Además, los apoyos individualizados no siempre compensan un diseño docente que no ha sido pensado para la diversidad.

 

En esta situación, es imprescindible asumir un marco que transforme de manera estructural el entorno y las prácticas docentes. Aquí es donde un enfoque centrado en la persona y la aplicación de los principios del Diseño Universal para el Aprendizaje (DUA) tienen un valor fundamental, ya que plantea una respuesta coherente y alineada con la idea de que el sistema debe diseñar estrategias para acoger la diversidad. El DUA plantea múltiples formas de presentación, acción, expresión e implicación. En definitiva, plantea el diseño de experiencias educativas que contemplen diferentes formas de acceder a los espacios y a la información, participar en las actividades y demostrar el aprendizaje.

 

Estos enfoques no solo mejoran el rendimiento, sino que reducen la ansiedad académica, favorecen la participación y contribuyen al bienestar. “Ser tratados como personas y no como números” supone un elemento determinante para la motivación, la confianza y la participación activa.

 

La inclusión en la universidad requiere el avance en dos direcciones simultáneas: el diseño de entornos accesibles y flexibles, y la construcción de relaciones pedagógicas basadas en la escucha, el respeto y la corresponsabilidad. El DUA ofrece la estructura para favorecer esto, ya que parte del reconocimiento de la diversidad y de la necesidad de crear experiencias que respondan a diferentes ritmos, estilos y necesidades de aprendizaje. Cuando una asignatura se imparte en un entorno accesible, ofrece materiales en diversos formatos, flexibiliza la evaluación o plantea rutas alternativas para alcanzar los mismos resultados de aprendizaje, facilita la participación del estudiantado con discapacidad, pero también beneficia al conjunto de la comunidad universitaria.

 

Para la creación de aulas inclusivas es esencial la figura del profesorado y de los servicios de apoyo universitario, pero también lo es una cultura institucional que valore la solicitud de ayuda y adaptaciones o expresar dificultades sin miedo al estigma. Codiseñar prácticas y soluciones con el estudiantado incrementa su sentido de comunidad y de participación en su proceso formativo.

 

Las universidades más inclusivas son las que diseñan marcos integrales que conectan accesibilidad, currículo, docencia, evaluación, formación del profesorado y bienestar del estudiantado. La inclusión no puede depender de la buena voluntad individual, sino que necesita estructuras, recursos y seguimiento. Esto supone actualizar los planes de estudio para hacerlos más flexibles, garantizar la accesibilidad física, digital y comunicativa en todos los recursos educativos y promover metodologías activas que fomenten la colaboración y la participación.

 

Abordar la inclusión también es apostar por la salud en un sentido amplio. Esta perspectiva pone el foco en el diseño de entornos flexibles que se adapten a la diversidad. La creación de un entorno inclusivo se debe concretar en el diseño de espacios inclusivos, pero también en el acompañamiento individualizado a estudiantes para desarrollar estrategias de autogestión, o la colaboración con el profesorado para adaptar materiales, flexibilizar la evaluación y rediseñar actividades de aprendizaje.

 

En el Día Internacional de las Personas con Discapacidad es fundamental recordar que la inclusión no es un añadido, un lujo o un gesto simbólico. Es una obligación ética, legal, un mandato de derechos humanos y un indicador esencial de la calidad universitaria. Facilitar la participación de todo el estudiantado es invertir en salud, en justicia social y en un futuro profesional más equitativo. Las universidades deben garantizar que cada estudiante sienta que es reconocido como persona, con su identidad, su ritmo y trayectoria diversa. Lejos de ser algo opcional, la inclusión constituye el corazón de una educación superior verdaderamente transformadora, humana y comprometida.