Una historia de adaptación

Una historia de adaptación

Cristina Martínez González

19 de octubre de 2025

Cierra los ojos y visualiza tu cuerpo desnudo, lo has visto infinidad de veces; en cada ducha, al vestirte cada mañana… Ahora que tienes esta imagen en la mente, elimina un pecho. Cuesta hacerlo, ¿verdad? Así es mi día a día desde el pasado 19 de diciembre de 2024 tuve que someterme a una cirugía para extirpar del pecho derecho a causa del cáncer de mama o como me dijo una oncóloga, “te tenemos que mutilar el pecho”.

Esta historia, empieza como tantas otras, con la detección de un bulto. Tuve la suerte de tener una médica de cabecera que creyó conveniente examinar ese bulto sin ni siquiera tocarme, simplemente por prevención (la parte más importante en el cáncer para evitar males mayores), me hicieron una biopsia, dio positivo y continuas todo el proceso con la peor de las amistades que es la incertidumbre. No sabes si el cáncer está en todo tu cuerpo, si vas a morir…Es una sensación terrible, lloras durante el día en cualquier momento, te abrazas con tu pareja de una manera tan intensa que no hacen falta palabras y cada vez que miras a tus hijos, un nudo se te pone en garganta y estómago y piensas, ¡yo lo voy a sacar!, pase lo que pase.

La gente se vuelca en ti, te llama, apoya y te dicen repetidamente: “con lo fuerte que eres”, “Sé fuerte”, “el ánimo es lo más importante y tu carácter es el mejor”, etc. En fin, todo el mundo quiere decirte lo que creen es mejor.  No soy más fuerte que nadie, es que no te queda otra que ir día a día en este proceso tan largo, simplemente me adapto a mi nueva situación y aprendo a vivir con ella y me encanta estar contenta, así que sigo tomándome la vida con humor.

Justo antes de la “mutilación”, te explican que el pecho está totalmente contaminado de células cancerígenas, pero, afortunadamente, no hay células tumorales por el resto del cuerpo y tú tienes que salir de la consulta contentísima porque el cáncer está localizado y sólo vas a perder un pecho. Ese día yo no podía parar de llorar, porque cerraba los ojos y me visualizaba desnuda y no podía soportarlo. Tenía una talla 100 con unos senos muy caídos y no conseguía ver el lado bueno.

Al poco tiempo tienes consulta con el cirujano y te dicen que el pecho izquierdo (el sano) te lo van a reducir en la misma intervención y que en el pecho derecho te colocan un expansor que se irá llenando de suero fisiológico (unos 400 ml) hasta que llegue la operación final de reconstrucción con una prótesis. Es un avance increíble que hayan dado importancia a la salud mental en este proceso ya que es parte intrínseca del mismo.

Yo no salí muy convencida de esa consulta, pero ya estás más contenta de que “de ésta, sales”.

La primera vez que me vi, fue en la cura después de la cirugía la verdad, no fue muy impactante. Llegué a casa y bueno, es como ver a alguien guiñándote un ojo.

El pecho izquierdo está precioso, con una talla 90 y puesto como el de una veinteañera, y el derecho era y es, el pectoral de un niño de 12 años.

En ese instante, mi gran tormento era la quimioterapia y sus efectos. No soy una persona superficial, pero he de reconocer que cerrar los ojos y visualizarme sin pelo, me causaba mucha ansiedad. No he recibido quimio, aquí sí que digo en mayúsculas que HE SIDO UNA AFORTUNADA DE LA VIDA.

Cuando ves a mujeres con el pañuelo a causa de la quimioterapia, la empatía es máxima con ellas, las admiro con el mayor de mis respetos, pero no por valientes, que lo son, sino porque con la mejor de sus sonrisas y en muchos momentos sus llantos, se han ADAPTADO a su situación y como dice esta expresión que me encanta, “tirado pa´ lante”.

Hoy en día estoy con una medicación inhibidora de progesterona y estrógenos que, a mis 39 años, me ha inducido la menopausia y lo que ello conlleva: sofocos, dolor en los huesos, cansancio, etc. Pero no puedes quejarte mucho, porque has sido afortunada, así que lo llevas por dentro. También estoy esperando la operación de reconstrucción de mama, con ganas y un poco de incertidumbre (la peor amiga) de cómo será el resultado final.

Cada día me miro al espejo, veo el “guiño de ojos”, te ríes y a la vez lloras, te pasas la mano por ese pecho minúsculo de niño de 12 años y piensas que más pronto que tarde te harán la reconstrucción y ambos pechos se verán igual. Aunque siempre quedarán las cicatrices, los dolores y esas camisetas que no te quieres poner porque se nota mucho la diferencia de una teta a otra. Pero siempre con humor, con ganas de cuidarte, de moverte, de bailar, de reír, de pasar tiempo de calidad con la gente que te importa y finalmente, pese a que tienes una zonita muy pequeñita en el cerebro que pone “cáncer”, el grueso de tiempo, ni me acuerdo ni quiero pensar en ello, sino en vivir y no encontrar límites.

Quiero resaltar la unidad de mama del Hospital Miguel Servet por el acompañamiento emocional del personal, personas buenísimas tanto en la rapidez de actuación como en buscar, siempre, tu mejor solución.

Al igual que el acompañamiento de mi familia, mi marido, hijos, hermanas y amigos, han sido y son parte imprescindible de MI PROCESO.

Menopausia y climaterio: momento de transición y autocuidado

Menopausia y climaterio: momento de transición y autocuidado

Natalia Costas Ramón

18 de octubre de 2025

La menopausia es el cese de la menstruación debido a la pérdida de la actividad folicular ovárica y su capacidad de producir hormonas. Se establece como diagnóstico retrospectivamente, cuando ha transcurrido un período de amenorrea (ausencia de menstruación) de seis meses según la Federación Internacional de Ginecología y Obstetricia (FIGO), o de doce meses según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Este proceso suele ocurrir entre los 45 y los 55 años.

 

En la perimenopausia las menstruaciones pueden ser irregulares (duración y sangrado) por la reducción progresiva de producción hormonal por parte del ovario.

 

El síndrome climatérico es el conjunto de síntomas y signos que anteceden y siguen a la menopausia, como consecuencia de la declinación o cese de la función ovárica. Supone un intervalo de tiempo amplio, de unos 10 años.

 

La esperanza de vida de las mujeres ha ido incrementándose considerablemente en las últimas décadas. La OMS señala que en un futuro próximo se alcanzará la cifra mundial de 750 millones de mujeres posmenopáusicas.  Según la longevidad actual, las mujeres pasan un 33% de su vida en la etapa postmenopaúsica. Por ello, es de suma importancia que las mujeres preserven su calidad de vida en esta etapa y reciban la educación para la salud necesaria para llevar a cabo un correcto manejo de los síntomas.

 

Signos y síntomas más frecuentes

 

La intensidad, duración, frecuencia, aparición e impacto que tienen en la vida de las mujeres los cambios acontecidos en esta esta etapa es muy variable. Por tanto, su manejo y tratamiento deben de ser estudiados e individualizados. Los únicos síntomas que han sido relacionados con el efecto hormonal en la menopausia son los síntomas vasomotores (sofocos) y vaginales (sequedad vaginal).

 

Vasomotores. Durante el climaterio y la menopausia se producen cambios en el metabolismo de las catecolaminas con aumento de la noradrenalina, responsable del síntoma más característico del climaterio: los sofocos. Son percibidos como una sensación subjetiva de calor que va desde el pecho hacia cuello y cara, vasodilatación, enrojecimiento y sudoración, seguido de un aumento transitorio de la frecuencia cardiaca. Pueden durar desde unos segundos hasta una hora, con intensidad y frecuencia variables.

 

Sequedad vaginal. En la vagina se produce un adelgazamiento de la mucosa vaginal, sequedad, prurito y dispareunia (dolor en las relaciones sexuales).

 

La menopausia se ha relacionado también con otros síntomas, aunque no hay evidencia científica de que estén asociados únicamente a cambios hormonales. Se considera que hay otros factores que pueden influir sobre el desarrollo de estos síntomas como la genética, los hábitos de vida o el propio el envejecimiento y pudiendo tener más peso en su aparición que los cambios hormonales. Entre ellos se han descrito:

Disuria (dolor al orinar), polaquiuria (aumento de la frecuencia de micciones), urgencia urinaria, incontinencia e infecciones urinarias.

Cambios en el estado de ánimo, irritabilidad, pérdida de memoria, incapacidad para concentrase.

Cambios en la composición de la piel.

Aumento de peso.

 

Consideraciones importantes en la menopausia

 

Sangrado postmenopaúsico. Aproximadamente un 50% de las mujeres que se encuentran en la etapa climatérica presentan alteraciones menstruales, pudiendo ir desde hemorragia irregular y corta a prolongada e intensa. Se debe poner especial atención al sangrado postmenopáusico, es decir, aquel que se da después de haber estado un año completo sin menstruación. En este caso, deberá descartarse patología maligna como el cáncer de endometrio, cuyo principal signo es el sangrado vaginal.

 

Enfermedad cardiovascular: pérdida del efecto protector de los estrógenos. Tras la menopausia, se produce un mayor riesgo de enfermedad cardiovascular debido a la disminución de los niveles de estrógenos. Dicha disminución traerá asociado, a su vez, un incremento de factores de riesgo cardiovascular como la diabetes mellitus tipo 2, dislipemia y redistribución de la grasa corporal, entre otras.

 

Hábitos de vida y autocuidado

 

Las estrategias en el manejo del climaterio no son basadas únicamente en el uso de terapia hormonal / no hormonal. Las modificaciones en el estilo de vida, pueden ayudar a reducir los síntomas de la menopausia. Para prevenir y mejorar los síntomas relacionados con el climaterio y la menopausia es importante que se adquieran hábitos de vida adecuados y rutinas de autocuidado:

Realizar ejercicio de forma regular reduce la mortalidad cardiovascular, los trastornos del sueño, regulariza el tránsito intestinal y disminuye, en general, los síntomas vasomotores y el estrés. Los estudios muestran que en las mujeres postmenopáusicas los ejercicios aeróbicos, de fuerza y con algo de impacto mejoran la densidad mineral ósea.

Abandonar el hábito tabáquico, ya que su consumo aumenta el riesgo de aparición de sofocos.

Reducir la obesidad, relacionada con el aumento de los sofocos y de la sequedad vaginal.

El consumo de alcohol debe moderarse en la menopausia ya que es un azúcar de fácil absorción y aumenta los síntomas de sofocos, sobre todo nocturnos.

Disminuir el consumo de cafeína y otros excitantes.

Mantener una buena hidratación.

Establecer una alimentación sana, equilibrada y ajustada a las necesidades. Potenciar el consumo de frutas, verduras, alimentos que contengan calcio, frutos secos y fibra.

Adaptar las relaciones sexuales y la sexualidad, en general, a esta nueva etapa. La sequedad vaginal puede ser disminuida con el uso de lubricantes e hidratantes vaginales.

Derecho a vivir sin dolor

Derecho a vivir sin dolor

Carlos David Albendea Calleja

17 de octubre de 2025

Con el ánimo de promocionar, difundir y concienciar sobre determinados aspectos de la salud, se han diseñado campañas y usado frases atractivas como la del “derecho a vivir sin dolor”. Asociaciones médicas, medios de comunicación y grupos de pacientes la han utilizado para remarcar la importancia de tratar el dolor como una prioridad sanitaria. En España, en algunos hospitales, se han desarrollado campañas como la del “Hospital sin Dolor” que pretende transformar el abordaje de este síntoma, no como algo secundario sino como una prioridad médica incluso ética. La Asociación Internacional para el Estudio del Dolor (IASP) y la Organización Mundial de la Salud (OMS) han promovido este enfoque, subrayando que el tratamiento del dolor debe ser accesible, ético y basado en evidencia científica.

Sin embargo, qué ocurre cuando lo que se extrae de la campaña es la literalidad de las palabras. La importancia de las palabras que utilizamos es clave en el proceso terapéutico. El pacto implícito que se establece entre los pacientes y los profesionales que los atienden está cargado detalles que determinan el buen funcionamiento y la eficacia de las intervenciones. En la relación terapéuticaque se crea entre las personas enfermas y los profesionales que los atienden, es necesario crear un vínculo para el que son imprescindibles la confianza y la buena comunicación. La confianza mutua por la que el paciente confía en la competencia y ética del médico; y el médico confía en la sinceridad y colaboración del paciente. Y la comunicación clara, mediante la que se comparteinformación médica, expectativas, riesgos y alternativas de forma comprensible. Cuando las intervenciones no son eficaces, lo malo no son los resultados sino las expectativas. Los mensajes “hospital sin dolor” o “derecho a vivir sin dolor” son asimilados por algunos pacientes o familiares transformándose, de un mensaje para una campaña de difusión, en un arma psicológica contra nosotros mismos, un positivismo tóxico que nos acerca más al aislamiento y la frustración que a la asimilación y superación de nuestras circunstancias. “Derecho a vivir sin dolor” es marketing sanitario, no una frase que se pueda utilizar en la consulta real con nuestros pacientes. De otra manera, podríamos tener “derecho a vivir sin diabetes”, “derecho a vivir sin osteoporosis” o “derecho a vivir sin tristeza”.

El significado de las palabras es importante. Como pacientes, las palabras que utilizamos cuando hablamos con nuestro médico, cuando nos hablamos a nosotros mismos, o cuando nuestro familiar o cuidador nos habla, determina en buena medida nuestra conducta. Como profesionales, las palabras que utilizamos con las personas con las que trabajamos, pueden ser sanadoras o pueden ser perjudiciales. La neurociencia ha demostrado que los mensajes que llegan a nuestro cerebro tienen la capacidad de alterar la percepción de nuestras circunstancias, pudiendo agravar nuestras patologías como también mejorarlas. Por eso el mensaje que mandamos a las personas con dolor crónico debe ser un mensaje realista.

Pero si no tenemos “derecho a vivir sin dolor”, a qué podemos tener derecho en pleno siglo XXI. Pues ese el mensaje que debemos hacer llegar, los pacientes que sufren dolor crónico tienen derecho a ser atendidos, derecho a ser escuchados, derecho a que los profesionales que los atiendan estén capacitados, derecho a que los equipos sean multidisciplinares, derecho a disponer de psicólogos y nutricionistas, derecho a tener un trabajo adaptado a sus circunstancias, derecho a no ser discriminados, derecho a tener apoyo financiero si no pueden trabajar y sobre todo derecho a que el dolor no sea el centro de sus vidas.

Sin embargo, como dijo Félecité de Lamennais, “el derecho y el deber son como las palmeras: no dan frutos si no crecen uno al lado del otro”. Los pacientes que sufren dolor crónico tienen deberes. No sólo las intervenciones sanitarias pueden aliviar su situación, es necesaria e imprescindible la máxima implicación de los pacientes. De los derechos anteriores emanan unos deberes como son: tras una buena asistencia y comunicación conocer su enfermedad y la medicación que están tomando; tras un apoyo adecuado la obligación de cuidar su alimentación, perder peso y mejorar sus hábitos de vida; tras la ayuda psicológica necesaria, tienen el deber de socializar, de no quedarse en casa, de salir a tomar el sol y sentir el aire en la cara y cuidar sus niveles de estrés; tras el soporte de las personas que les rodean deben hacer más ejercicio, mover el cuerpo siempre es analgésico a medio y largo plazo; tras la adaptación de su puesto de trabajo, tienen la obligación de mejorar su ergonomía y postura laboral. En definitiva, en el dolor crónico como en otras muchas enfermedades crónicas, debemos transitar el camino hacia un nuevo concepto de salud. En la era de las enfermedades crónicas, los pacientes debemos hacernos responsables de nuestra enfermedad. Es prioritario promover el acceso a tratamientos adecuados del dolor, especialmente en cuidados paliativos y enfermedades crónicas. Y garantizar ese acceso sí que debería ser un derecho. Para ayudar realmente a nuestros pacientes garanticemos los medios, no los resultados

El pulso de la vida. Reflexiones críticas en el Día Mundial de la Reanimación Cardiopulmonar

El pulso de la vida. Reflexiones críticas en el Día Mundial de la Reanimación Cardiopulmonar

Emmanuel Echániz Serrano

16 de octubre de 2025

Cada año, miles de personas caen súbitamente al suelo, sin dar apenas aviso. El corazón se detiene, los segundos avanzan como cuchillas y la vida pende de un hilo invisible que depende, casi siempre, de lo que hagan quienes están alrededor. Una compresión torácica, un desfibrilador accesible, una decisión rápida. Esa es la esencia de la reanimación cardiopulmonar (RCP): un gesto sencillo que multiplica las probabilidades de supervivencia, y que, sin embargo, sigue estando lejos de desplegar todo su potencial. El 16 de octubre, Día Mundial de la RCP, no debería ser un mero recordatorio en el calendario, sino una sacudida de conciencia colectiva.

 

Lo conseguido hasta ahora merece reconocimiento. El hecho mismo de que exista un día mundial ha puesto en la agenda pública la importancia de la RCP. Hoy se habla más de ella que hace dos décadas, y en muchos países europeos, incluida España, se ha comenzado a enseñar en las escuelas. La evidencia es clara: quienes aprenden RCP desde jóvenes no solo se sienten más seguros, sino que tienen más probabilidades de intervenir cuando la vida de alguien depende de ello. Además, la proliferación de desfibriladores externos automáticos en estaciones, aeropuertos, centros deportivos y otros espacios públicos ha democratizado una herramienta que antes solo estaba en manos de profesionales. Y la simplificación de los protocolos –“empujar fuerte y rápido en el centro del pecho”– ha logrado que cualquiera pueda actuar sin necesidad de una formación compleja.

 

La comunidad científica ha contribuido con rigor. La actualización periódica de guías internacionales y la consolidación de la llamada ciencia de la reanimación han permitido pasar de la técnica aislada al análisis integral: cómo formar, cómo implementar, cómo sostener. Esto no es retórica: cuando se inicia la RCP precozmente, la supervivencia puede multiplicarse por tres, y la probabilidad de evitar secuelas neurológicas graves crece exponencialmente. La RCP no solo salva vidas en el momento, sino que preserva proyectos vitales, familias enteras, futuros que parecían cortados de raíz.

 

Pero junto a los avances, la realidad golpea con crudeza. La parada cardiorrespiratoria extrahospitalaria sigue siendo una sentencia que rara vez se revierte: la supervivencia en la mayoría de los países apenas roza el 10%, y en algunas regiones es todavía menor. Lo más doloroso es que estas cifras no responden a falta de conocimiento, sino a desigualdades en la implementación. En demasiados lugares, sobrevivir o no depende del código postal donde ocurre la emergencia, y eso es una inequidad que no podemos tolerar.

 

La formación es uno de los grandes talones de Aquiles. Aunque hay iniciativas escolares, siguen siendo parciales, irregulares y dependientes de la voluntad de cada centro. No puede ser que aprender a salvar una vida dependa del entusiasmo de un profesor o de un proyecto puntual: debe ser un derecho garantizado y universal. Entre la población adulta, los cursos están demasiado centrados en profesionales sanitarios, cuando son los ciudadanos corrientes quienes suelen estar presentes en los primeros minutos críticos. El mensaje de que todos podemos reanimar todavía no ha calado como debería.

 

El acceso real a los desfibriladores es otro reto pendiente. Que existan más aparatos no significa que sean fáciles de usar en el momento necesario. Con frecuencia, están cerrados en horarios limitados, mal señalizados o sin integración en redes de emergencias que guíen a los testigos hasta ellos. No basta con colocarlos: hay que normalizar su uso, incorporarlos a la cultura social y asegurarse de que cualquier persona sepa dónde están y cómo usarlos.

 

También la investigación muestra lagunas. Sabemos qué funciona, pero nos cuesta trasladarlo a la práctica diaria. La simulación clínica, clave para retener habilidades, no está extendida de forma homogénea. Persisten enfoques excesivamente técnicos que dejan en segundo plano aspectos tan humanos como el impacto emocional de intervenir o de fracasar en un intento de reanimación. ¿Quién cuida al ciudadano que se animó a realizar compresiones y vio morir a la persona? ¿Quién acompaña al sanitario que acumula decenas de intentos fallidos? Estas preguntas siguen sin respuestas claras.

 

Si de verdad queremos que el Día Mundial de la RCP trascienda lo simbólico, debemos ser más ambiciosos. La enseñanza de la RCP tiene que universalizarse en las escuelas, de manera obligatoria, estructurada y revisada periódicamente. La sensibilización no puede limitarse a un par de campañas cada octubre: debe ser continua, visible y adaptada a los distintos colectivos. Los desfibriladores deben estar en todos los lugares de gran afluencia, disponibles las 24 horas, señalizados de forma homogénea y geolocalizados en aplicaciones conectadas con los servicios de emergencias. La innovación pedagógica no es un lujo: simuladores, realidad virtual, gamificación… todo lo que facilite aprender y recordar debe formar parte del entrenamiento estándar. Y, al mismo tiempo, la investigación debe centrarse en la implementación: no solo en qué maniobra es mejor, sino en cómo conseguir que esa maniobra llegue a todas las manos posibles.

 

No menos importante es cuidar a quienes cuidan. La RCP no siempre salva vidas, y eso pesa. Crear espacios de apoyo y reflexión tanto para profesionales como para ciudadanos que intervienen no es un detalle, es una obligación ética. La reanimación no es solo técnica; es también carga emocional, dilema ético y, a veces, frustración compartida. Reconocerlo y actuar en consecuencia es parte de la madurez de un sistema sanitario y de una sociedad que no quiere mirar hacia otro lado.

 

El 16 de octubre nos recuerda algo incómodo pero inevitable: el corazón de cualquier persona puede detenerse en cualquier momento y en cualquier lugar. No siempre podremos evitarlo, pero sí podemos decidir cómo responder. La gran fortaleza de la RCP es que empodera a la ciudadanía y rompe la falsa frontera entre profesionales y legos. Su gran debilidad es que todavía depende demasiado de la iniciativa individual y demasiado poco de estrategias estructurales y sostenidas. Convertir la RCP en cultura compartida, en conocimiento cotidiano, en un reflejo social tan básico como abrocharse el cinturón de seguridad, es el verdadero reto.

 

El Día Mundial de la RCP no debe quedarse en una fecha más ni en un recordatorio amable. Debe ser un toque de atención y, a la vez, una llamada a la acción: que nadie muera por falta de conocimiento, por ausencia de un desfibrilador o por indiferencia colectiva. Porque cada compresión torácica no es solo un gesto técnico: es un pulso de esperanza, un intento de devolver la vida, una oportunidad de cambiar una historia que parecía escrita. Y eso, en el fondo, es lo que hace de la RCP no solo una maniobra clínica, sino un acto profundamente humano.

El pan: el alimento que nos acompaña desde el inicio de la civilización

El pan: el alimento que nos acompaña desde el inicio de la civilización

Guillermo Saldaña Navarro

16 de octubre de 2025

El pan es uno de los alimentos más universales, con una historia que acompaña a la humanidad desde el inicio de la agricultura. Para comprender su origen hay que remontarse más de 14.000 años atrás, en la actual Jordania, donde se han hallado restos de alimentos elaborados a base de cereales silvestres. Es probable que aquellos primeros “panes” nacieran del azar, al humedecerse granos de cereal y ser posteriormente calentados al sol o cerca de una hoguera.

Unos cinco milenios después, alrededor de hace 9000 años, en Oriente Próximo comenzaron a cultivarse de manera sistemática algunos cereales, parientes ancestrales del trigo moderno. Este paso fue crucial: al disponer de agricultura estable, las sociedades pudieron domesticar y procesar cereales de forma más eficiente, creando alimentos fermentados y cocinados que pronto se convirtieron en parte de su dieta diaria. Aunque Oriente Próximo fue uno de los grandes núcleos agrícolas, en la misma época surgieron prácticas similares en lugares tan alejados como China, Etiopía o los Andes.

El pueblo egipcio jugó un papel clave en el perfeccionamiento de la panificación. No solo transformaban el trigo y la cebada en pan y cerveza, sino que también se les atribuye el descubrimiento de la fermentación con levaduras. Existen jeroglíficos de más de 5000 años de antigüedad que muestran hornos y panaderos trabajando. La importancia del pan en Egipto era tal que aparece mencionado en el Libro de los Muertos.

Los griegos, a su vez, fueron considerados los primeros verdaderos maestros panaderos. Hace unos 4000 años ya no solo dominaban la agricultura, sino que organizaron gremios profesionales de panaderos, llamados “magieros”. Estos trabajadores especializados llegaron a constituirse como una casta con gran poder económico y social, lo que da cuenta de la relevancia del pan en su civilización.

Con la expansión del Imperio Romano, los conocimientos griegos pasaron a Roma. Allí surgieron los hornos públicos, donde los ciudadanos llevaban sus piezas de masa para ser horneadas colectivamente. Bajo el gobierno de Octavio Augusto se contabilizaban hasta 329 panaderías en la ciudad de Roma, muchas de ellas regentadas por griegos emigrados. Con Trajano, los panaderos llegaron a organizarse como una asociación influyente que funcionaba casi a escala industrial, con molinos y hornos de gran capacidad. Los romanos también nos legaron términos esenciales relacionados con el pan: “harina” proviene de farina (del cereal farro), “cereales” se asocia a la diosa Ceres, y “pan” deriva del latín pannus, que significa masa blanca.

A lo largo de la historia, el pan ha ido variando según las condiciones climáticas, las necesidades nutricionales y los recursos disponibles. Ya en la Edad Media se estableció una clara diferenciación social: las clases más humildes comían pan negro o integral, para aprovechar todos los nutrientes del grano; por contraposición, las clases altas preferían el pan blanco, y así se diferenciaban del resto.

Durante siglos, el pan se elaboró con masa madre de cultivo, es decir, fermentando la masa con levaduras y bacterias presentes de manera natural en los cereales y en el ambiente. No fue hasta el siglo XIX, gracias a los estudios de Louis Pasteur, cuando se descubrió y aisló la levadura como microorganismo. Su producción industrial revolucionó la panadería, permitiendo procesos de fermentación controlados y rápidos, que aún hoy se emplean en la mayor parte de panaderías del mundo. En los últimos años, sin embargo, ha resurgido un interés por volver a la tradición: panes elaborados con masa madre, largas fermentaciones y uso de cereales ancestrales, buscando mayor calidad, mejor digestión y un sabor más complejo.

Más allá de la historia, el pan ocupa un papel central en la dieta mediterránea. Los productos a base de cereales, especialmente cuando son integrales, aportan alrededor del 50% de la fibra dietética necesaria para mantener una buena salud intestinal. Además, constituyen una fuente importante de vitaminas, minerales y energía. Por ello, incluir pan en la cesta de la compra, especialmente si está elaborado con masa madre y harinas integrales, se considera una recomendación básica en nutrición equilibrada.

El pan no solo está ligado a la cultura y la historia, también es un aliado fundamental en la nutrición. Durante momento vitales, por ejemplo, la niñez y el embarazo, el organismo necesita un aporte constante de energía para acompañar el crecimiento y poder mantener la actividad física. Los cereales presentes en un pan de calidad aportan hidratos de carbono complejos que se liberan de forma sostenida, dando energía al cerebro y al sistema nervioso. Una porción de pan puede ser la base perfecta para que los más pequeños puedan jugar, estudiar o practicar deporte sin desfallecer.

Sin embargo, no todos los panes son iguales. Los panes integrales, elaborados con el grano completo, o bien con semillas enteras, concentran todas las vitaminas, minerales y fibra del cereal. La fibra insoluble ayuda a regular el tránsito intestinal, algo especialmente útil en personas que tienden al estreñimiento, y también aporta saciedad, evitando la sensación de hambre constante. Además, la fibra soluble es un prebiótico que sirve de alimento a los microorganismos intestinales, que a su vez contribuyen a nuestra buena salud. Por eso, enseñar a los niños y a muchos adultos a reconocer y valorar el pan integral es una herramienta de educación alimentaria de gran importancia.

Además, los panes fermentados con masa madre suman beneficios a los que aportan las harinas integrales o los granos completos. La fermentación con masa madre resulta en panes de menor índice glucémico, haciendo que la energía proveniente del pan se aproveche de manera sostenida. Además, la acción fermentativa de los millones de bacterias lácticas y levaduras de la masa madre hacen que el pan así fermentado resulte más digerible y menos pesado. Y no hay que olvidar que los panes de masa madre tienen un sabor y aroma particulares, que los hacen más apetitosos y diferentes entre sí.

Es importante destacar que, desde 2019, existe en España una normativa que regula la calidad del pan (RD 308/2019). Entre otros puntos, define adecuadamente qué es la masa madre y qué es el pan de masa madre, para asegurar que el consumidor pueda beneficiarse con totales garantías de los beneficios nutricionales que ofrece el pan de masa madre.

No existe una recomendación universal y exacta sobre la cantidad de pan que debe consumir en España, ya que depende de la dieta global y del nivel de actividad física. Además de pan, los cereales también están presentes en arroz, pasta o patatas, todos ellos fuentes de energía. En general, se aconseja incluir cereales de calidad en cada comida. Si no se consume otro cereal en una ingesta, una tostada de pan integral puede ser la mejor opción.

El pan, además, es un alimento versátil que se adapta a diferentes momentos del día. En desayunos, almuerzos y meriendas, acompañado de ingredientes saludables como aceite de oliva virgen extra, tomate, aguacate o humus, se convierte en un tentempié equilibrado. Incluso se pueden añadir proteínas de calidad como quesos bajos en sal, jamón cocido con alto porcentaje de carne o cremas de frutos secos, logrando así combinaciones nutritivas y sabrosas que gustan a niños y adultos.

La merienda, en particular, ocupa un lugar especial en la infancia. Es un momento de encuentro familiar tras la escuela y de recarga de energía antes de la tarde. Más que un simple bocado, es una oportunidad para enseñar a comer bien. Por ello, la planificación de meriendas equilibradas es esencial. Una merienda ideal incluye fruta, cereal integral y una fuente proteica de calidad. Así, se aportan vitaminas, minerales, fibra y proteínas de alto valor biológico, en lugar de depender exclusivamente de embutidos o productos Utraprocesados.

Algunas propuestas saludables de merienda incluyen bocadillos de pan integral con atún, tomate y aceite de oliva; tostadas con humus; o bocadillos de jamón cocido y queso fresco. Estas alternativas permiten variedad, sabor y nutrientes, adaptándose también a la necesidad de preparar meriendas rápidas o que se consuman fuera de casa.

En definitiva, el pan sigue siendo hoy un alimento esencial, tanto por su valor cultural como por su papel en la dieta equilibrada y en la educación nutricional de los más pequeños. Apostar por panes de calidad, integrales o de semillas, con masa madre y sin aditivos no solo conecta con la tradición, sino que además asegura beneficios tangibles para la salud intestinal, la saciedad y el equilibrio alimenticio. Así, el pan continúa siendo, miles de años después, un verdadero pilar de la alimentación humana.

Sedare dolorem opus divinum est

Sedare dolorem opus divinum est

Javier Martín Herrero

 16 de octubre de 2025

Viernes, 16 de octubre de 1846.

 

Hospital General de Massachusetts, Boston, Estados Unidos de América.

 

William Thomas Green Morton administra un gas anestésico a Edward Gilbert Abbot, paciente de 20 años, que fue intervenido por el cirujano John C. Warren para la extracción de un gran tumor submandibular. Al despertar de la cirugía, no dejó ninguna frase famosa para la posteridad, pero sí se sintió sorprendido al no haber sentido dolor durante el proceso.

 

Esta fue la primera demostración pública exitosa del uso del éter como anestésico quirúrgico. Hasta esa fecha nadie había experimentado una cirugía sin dolor estando consciente.

 

¿Nadie?

 

Para conocer el inicio de esta carrera nos tenemos que remontar casi tres siglos atrás. No fue hasta 1540 cuando Valerius Cordus, médico, farmacéutico y botánico alemán, explicó en su obra Liber Quartus de arte conficiendi aquas que al destilar etanol con ácido sulfúrico se obtenía lo que él denominó oleum dulce vitrioli. El término éter no se acuñó hasta el siglo XVIII. En sus primeros años se empleó como solvente y, en medicina, para mitigar dolores y espasmos. A principios del siglo XIX, debido al estado de embriaguez, euforia y desinhibición que provocaba, se empezó a ingerir como bebida, lo que se conoció como las ether frolics o fiestas de éter.

 

A finales del siglo XVIII destaca la figura del químico inglés Joseph Priestley, prolífico estudioso de ciencias, arte, educación, teología y política, aunque fue en la química y en el estudio de los componentes del aire donde más profundizó.  En 1772 Priestley seguía con sus experimentos de química. Calentó nitrato amónico que, al descomponerse, liberaba óxido nitroso. Para él era aire inflamable, aunque realmente no es así. Simplemente favorece la combustión al tener en su composición oxígeno. Veintisiete años después, en 1799, Humphry Davy, discípulo suyo, fue quien inhaló este gas (Priestley no lo hizo) y describió sensaciones de euforia y analgesia, sugiriendo que podía usarse para aliviar el dolor en la cirugía. Sin embargo, no fue así y, del mismo modo que ocurrió con el éter, su uso derivó hacia fines recreativos, vigentes aún hoy en día, como lo demuestra la publicación del Ministerio de Sanidad de 2023 al respecto.

 

Y nos acercamos al tercer gas en discordia. El cloroformo se sintetizó casi al unísono por tres equipos distintos entre 1831 y 1832: Guthrie en Estados Unidos, Souberain en Francia y Von Liebig en Alemania. En 1841 se empezaron a realizar experimentos en animales, pero no fue hasta 1847 cuando un ginecólogo escocés, James Young Simpson, empezó a emplearlo en obstetricia. La primera paciente fue la mujer de un amigo suyo, y tan maravillada quedó con los efectos del gas durante su parto, que decidió llamar a su hija Anaesthesia. Este fue el primer parto sin dolor de la historia. Sin embargo, debido a su toxicidad —ya en 1848 se informó de la primera muerte asociada a su uso— y al puritanismo reinante en el Reino Unido, que apelaba a la maldición bíblica recaída sobre Eva (“Multiplicaré en gran medida tus dolores y tus preñeces, y parirás a tus hijos con dolor”), la práctica fue inicialmente rechazada. No obstante, cuando el ginecólogo de la corte inglesa, John Snow, administró este gas durante el parto del séptimo hijo de la reina Victoria, se aplacó la oposición de los sectores más integristas y la anestesia comenzó a ser reconocida como un importante avance social.

 

No obstante, las figuras más importantes que nos llevan a octubre de 1846 fueron Horace Wells y William T.G. Morton.

 

Horace Wells, que tenía una clínica dental en Hartford (Vermont), experimentó con el óxido nitroso al dejarse extraer una pieza dental por un colega suyo sin sentir dolor. Decidió no patentar su descubrimiento, arguyendo que verse libre del dolor debía ser tan gratuito como el aire.

 

Pero ¿cómo llegó este gas hasta él? A través de la serendipia … y del circo Barnum. Durante una demostración de su uso lúdico, Wells observó que un vecino, Samuel Cooley, tras inhalar el gas no refirió ningún tipo de dolor pese a sufrir una herida considerable en su pierna al caerse, mientras permanecía en un estado total de euforia.

 

Wells fue, de este modo, el primer paciente en ser intervenido bajo anestesia, y utilizó el óxido nitroso de forma prolífica en su clínica. En 1845 intentó reproducir sus experiencias en el Hospital General de Massachusetts, pero eligió mal al paciente, quien comenzó a gritar de dolor en plena amputación. Ante tal fracaso, abucheado por el público allí congregado, abandonó la odontología.

 

Fue un discípulo suyo, William T. G. Morton, quien tomó el relevo. A diferencia de Wells, y aconsejado por su amigo y mentor, el químico Charles T. Jackson,  empleó éter dietílico. Con los permisos pertinentes por parte del hospital, realizó la demostración frente a médicos y estudiantes de medicina en el anfiteatro que hoy se conoce como Ether Dome. Aquel 16 de octubre pasó a la historia de la medicina como el momento del nacimiento de la anestesia moderna.

 

El destino de ambos dentistas no fue todo lo reconocido y laureado como se podría pensar.

 

Horace Wells, tras abandonar la práctica médica, se dedicó a viajar y a los negocios. Se volvió adicto al cloroformo y, bajo sus efectos, roció a dos prostitutas con ácido. Fue encarcelado en Nueva York, donde se quitó la vida cortándose las venas.

 

Por su parte, William T. G. Morton no siguió mejor camino. De extraña personalidad, denominó al gas empleado como Letheon para poder lucrarse por su patente. Sin embargo, finalmente tuvo que reconocer que la sustancia empleada era el ya conocido éter. Arruinado por pleitos y abogados en su vano intento de ser reconocido como descubridor de la anestesia, murió loco y en la más absoluta pobreza en 1868, a la edad de 49 años.

 

En su tumba en Mount Auburn (Watertown) reza el siguiente epitafio:

“William T. G. Morton, inventor y revelador de la inhalación anestésica. Antes de él, en todos los tiempos, la cirugía era la agonía. Gracias a él, el dolor quirúrgico se impidió y suprimió. Desde él, la ciencia controla el dolor”