Para siempre. Día Internacional de la muerte gestacional y perinatal

Para siempre. Día Internacional de la muerte gestacional y perinatal

Amaya, Laura y Pilar. Asociación Red el Hueco de mi Vientre

15 de octubre de 2025

Durante el mes de octubre, en todo el mundo, se busca dar visibilidad a una realidad silenciada durante mucho tiempo: la muerte gestacional y perinatal. El 15 de octubre se conmemora el Día Internacional del Recuerdo de los bebés que mueren en el vientre materno o poco después de nacer. Ese día, miles de familias encienden una vela en distintos lugares del planeta, creando la llamada Ola de Luz, un gesto simbólico que une corazones en el dolor y en el amor, y que recuerda a la sociedad que estas vidas, aunque breves, dejaron huella.

 

Hablar de la muerte perinatal es hablar de un duelo único y profundo, muchas veces incomprendido. La llegada de un hijo suele imaginarse llena de esperanza, de proyectos y de futuro. Cuando ese futuro se interrumpe de manera abrupta, las familias no solo enfrentan la pérdida de un ser amado, sino también la ruptura de sueños, de expectativas y de la identidad que estaban construyendo como madres y padres. El silencio social, la falta de comprensión y la invisibilización del dolor pueden hacer aún más difícil transitar este duelo.

 

Por eso es fundamental dar espacio al recuerdo y a la palabra. Nombrar a nuestros hijos, aunque no estén físicamente, es una forma de reconocer su existencia, de darles un lugar en nuestra historia y en nuestra familia. Decir sus nombres en voz alta no solo honra sus vidas, también ayuda a sanar y a integrar la pérdida en nuestra biografía sin negarla ni ocultarla.

 

Un duelo sano necesita tiempo, respeto y acompañamiento. Requiere que la sociedad en su conjunto entienda que la muerte perinatal no es una pérdida menor, sino la pérdida de un hijo, con todo lo que ello significa. Es vital contar con redes de apoyo; familiares, amigos, profesionales y asociaciones, que sostengan en los momentos de mayor fragilidad, y que validen el dolor sin juzgarlo ni apresurarlo.

 

Desde la Red el Hueco de mi Vientre unimos nuestras voces de madres y padres que hemos vivido la muerte de un hijo para acompañar a otras familias en este camino. Sabemos, porque lo hemos sentido en nuestra propia piel, que el duelo duele menos cuando no se vive en soledad. Creemos firmemente en la importancia de hablar, de recordar, de iluminar con amor esos huecos que dejan nuestros hijos, y de transformar el dolor en un motor de sensibilización y apoyo para otros.

 

La muerte perinatal nos recuerda la fragilidad de la vida, pero también la fuerza del amor. Un amor que no desaparece con la muerte, sino que permanece, se transforma y nos invita a dar un lugar eterno a quienes llegaron para cambiarnos para siempre.

Cuando el amor no se acaba con la muerte

Cuando el amor no se acaba con la muerte

Laura Lasso Olayo

15 de octubre de 2025

Recibir la muerte cuando esperas la vida es algo que nadie debería de vivir. Es un dolor desgarrador, quieres parar el tiempo, jugar a que eso no está ocurriendo, a que es una ilusión, a que tu bebé está bien, a que no se mueve porque está descansando y que cuando llegues al hospital para consultar por la falta de movimientos te van a decir que todo está bien, incluso fantaseas con que te llamen exagerada y te digan que todo está perfecto, que tu niña está fenomenal, pero incluso en ese lapso de tiempo en el que te permites tener la última fantasía antes de iniciar uno de los procesos más dolorosos de tu vida, sabes que no hay absolutamente nada que hacer, que tu hija ya no está contigo. O por lo menos yo lo viví así.

 

Como profesional había asistido en numerosas ocasiones a mujeres que se enfrentaban a una muerte perinatal, intentaba en cada una de ellas elegir con mimo las palabras, expresarles mi afecto y mis condolencias y hacerles ver que la muerte de su bebé me importaba. Porque así lo he sentido siempre, no sólo muere un bebé, sino que mueren muchos sueños, ilusiones y planes de futuro que van a afectar a todo el sistema familiar. Recuerdo cada uno de los nombres de los bebés fallecidos de los que he formado parte de su proceso asistencial, recuerdo los ojos de esas madres, rojos de tanto llorar, esa mirada devastada en la que la tristeza más profunda de su alma se hacía patente, recuerdo a esas parejas sintiendo y expresando un dolor tan intenso como quizás nunca hubieran sentido. Recuerdo a esos bebés que se habían ido antes de tiempo, esas facciones perfectas y esa pureza, los trataba con el máximo respeto y delicadeza mientras los preparaba para su traslado.

 

Cada año, el día 15 de octubre, se celebra el Día Internacional de la muerte perinatal con el propósito de concienciar sobre lo que significan y suponen la muerte gestacional, perinatal y neonatal. Estas muertes suponen un intenso dolor emocional que en ocasiones se va a ver agravado por el silencio y la incomprensión social a la que se enfrentan estas familias.

 

Es necesario concienciar a la población porque, aunque sea un fenómeno desconocido, es un suceso frecuente. En España, cada año aproximadamente entre 80.000 y 90.000 mujeres se enfrentan a un proceso de muerte perinatal con todo lo que ello supone para ellas, para su entorno y para sus familias. Cuando la muerte sucede durante el embarazo, el parto o poco después de nacer, el duelo, en demasiadas ocasiones, tiende a ser minimizado, silenciado, invisibilizado y desautorizado socialmente lo que complica notablemente el proceso.

 

Como profesionales somos piezas clave para que ese duelo se empiece a elaborar bien desde el momento del diagnóstico. Pongamos la empatía en primer lugar y dejemos los tecnicismos fuera porque ciertas palabras hacen daño. La persona que ha fallecido no solo es un “feto”, es su hijo o hija. No hablemos de “expulsión”, sino de parto. Refirámonos a ellos con respeto y con cariño. Ayudemos a esas familias a crear recuerdos: animémosles a coger a sus hijos e hijas en brazos, a hacer piel con piel, a besarles, a olerles, a acunarles y cantarles, si así lo desean. Animémosles a fotografiar esos momentos de amor porque cuando te vas a casa ya no vuelven y los recuerdos que hayas generado son los que perdurarán. Muy frecuentemente, decidir no ver ni coger al bebé, es fuente de malestar y sufrimiento, incluso en ocasiones las familias intentan recuperar las fotos de la autopsia, en caso de que se le hubiera realizado, como modo de obtener alguna imagen y recuerdo de su bebé. Ofrezcámosles cortar un mechón de pelo, porque no podemos hacernos a la idea de lo valioso que será eso para ellos mañana. Todos estos recuerdos harán patente que ese bebé ha existido, esa madre ha parido y ese amor ha tenido lugar y de este modo podremos ayudar a esas familias a transformar poco a poco ese dolor en amor. Animémosles a poner un nombre a su bebé porque es un ser único y aunque haya nacido sin vida, merece tener su propia identidad. Y, sobre todo, dejémosles tiempo para despedirse, porque es el único tiempo del que van a disponer para estar juntos. Ojalá, en un futuro no muy lejano, todos los hospitales puedan disponer de una “cuna de abrazos” para que el tiempo no sea una limitación en la despedida.

 

A nivel social, en muchas ocasiones, ante la muerte de un bebé se produce un silencio, que invisibiliza e invalida lo ocurrido. La muerte desconcierta y la de un bebé, incluso antes de nacer, todavía más. En ocasiones se dicen frases para intentar ayudar que hieren a las familias. Si eres amigo o familiar de una persona cuyo bebé ha fallecido, no intentes buscar lo positivo de la muerte de un hijo o hija y evita decir frases como: “todo pasa por alguna razón”, “puedes tener otro hijo”, “sé fuerte”, “no llores”, “el tiempo lo cura todo”, “al menos no llegaste a conocerle” o “mejor ahora que más adelante”, estos comentarios aunque se hacen con buena intención pueden ser muy dolorosos y entendidos como una forma de invalidar lo ocurrido. Tampoco va a ser de ayuda presionar para pasar página, la muerte de un bebé no es algo que se supere sino más bien es algo con lo que se aprende a vivir. Puede ser suficiente decir algo como: “siento mucho lo que te /os ha ocurrido”.  

 

Recibir la muerte cuando esperas la vida es algo que nadie debería vivir, pero si alguien tiene que vivirlo ojalá pueda hacerlo de la mejor manera posible para no sumar dolor a la experiencia y pueda conservar un recuerdo bonito y estar en paz con lo que ha ocurrido porque el amor no se acaba con la muerte.

Día Mundial de la Espirometría: Cuidando la salud pulmonar

Día Mundial de la Espirometría: Cuidando la salud pulmonar

Beatriz Sanz Abós

14 de octubre de 2025

El Día mundial de la Espirometría se conmemora el 14 de octubre. Este evento se viene celebrando desde 2010, promovido a nivel mundial por la European Respiratory Society (ERS) a través de su organismo de difusión la European Lung Foundation (ELF). El Día Mundial de la Espirometría es una iniciativa que tiene como objetivo el concienciar sobre la importancia de la espirometría para la salud pulmonar a los profesionales, a las administraciones sanitarias y a la población en general para aplicar políticas de salud para concienciar de los riesgos de las enfermedades pulmonares y aplicar medidas preventivas.

 

La sociedad española de Neumología y Cirugía torácica (SEPAR) en 2022, con motivo del Día Mundial de la Espirometría, pusieron en relieve la importancia de contar con un espirómetro en todos los centros de salud de España. En 2024, otras asociaciones como EPOC España, también llevaron a cabo una campaña de concienciación con material informativo destinado al público para informar de la importancia de la espirometría para el diagnóstico y seguimiento de patologías respiratorias.

 

Dentro de las sociedades neumológicas, la SEPAR-ALAT promovió la realización de  espirometrías en los centros hospitalarios entre el público asistente. Se informó a los medios de comunicación del evento con la finalidad de que ayudaran a difundir el conocimiento de la espirometría entre la población general, así como de la importancia de la detección temprana y la prevención de algunas de las enfermedades pulmonares más prevalentes.

 

Las enfermedades respiratorias constituyen un problema de salud pública a nivel mundial y están dentro de las 10 causas de muerte en el mundo según la OMS. El Día mundial de la Espirometría es una iniciativa que trata de impulsar los siguientes criterios:

Aumentar la concienciación sobre la salud pulmonar y las enfermedades respiratorias. El objetivo es destacar el impacto y la prevalencia de las enfermedades respiratorias crónicas como el asma, la enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) o la fibrosis pulmonar.

Fomentar la detección y el diagnóstico precoz. Fomentar el uso de la espirometría para lograr el diagnóstico temprano en personas con síntomas respiratorios o factores de riesgo como el tabaquismo.

Promover la espirometría. Es una prueba sencilla, rápida e indolora que se utiliza para evaluar la función pulmonar. Permite medir la cantidad total de aire que los pulmones pueden contener y la velocidad con la que se puede expulsar ese aire.

 

El foco de la campaña se centra en detectar los grupos de riesgo y promover la realización de espirometrías en aquellas personas que presenten síntomas clínicos o realizar cribados en fumadores a partir de los 35 o 40 años que fumen más de 10 paquetes al año, pacientes con síntomas respiratorios persistentes y seguimiento de patologías respiratorias crónicas como el asma o EPOC.

 

La espirometría es una herramienta clave para el diagnóstico y seguimiento de patologías respiratorias. Es uno de los procedimientos exploratorios más utilizados para la detección de enfermedades pulmonares y respiratorias. La espirometría es una prueba diagnóstica sencilla, no invasiva y de bajo coste, que se puede realizar desde los 3 años de edad y no requiere demasiada preparación: no debe administrarse el inhalador 6 horas antes de la prueba, no tomar café, no realizar ejercicio físico intenso y no fumar. Se necesita la colaboración imprescindible del paciente.

 

La realización de una espirometría dura alrededor de 15 a 30 minutos, se realiza con un espirómetro que registra los resultados en forma de curvas y valores. La espirometría mide la cantidad y la velocidad del aire en los pulmones, lo que ayuda a diagnosticar y evaluar enfermedades como el asma y la EPOC.

 

En la técnica de la espirometría forzada, la persona inspira el máximo de aire que pueda y espira de forma brusca y forzada hasta que no pueda más. Las variables principales que se obtienen en una espirometría forzada son la capacidad vital forzada (FVC) y el volumen espiratorio forzado en el primer segundo (FEV1). El cociente de FEV1/FVC indica el porcentaje o el valor absoluto de aire expulsado en el primer segundo de la capacidad vital forzada. Antes de su realización, el profesional sanitario deberá instruir y demostrar al paciente como realizar la técnica.

 

En resumen, la importancia del Día Mundial de la Espirometría promueve la necesidad de cuidar la salud pulmonar; destaca el uso de la espirometría como herramienta clave para el diagnóstico y control de las enfermedades respiratorias, así como para su detección temprana ya que, en la actualidad, no está diagnosticada en el 70% de los afectados a nivel mundial. Esta jornada quiere conseguir una mayor divulgación de la espirometría entre la población general.

Una manera de mirar el mundo

Una manera de mirar el mundo

Mar Aísa Poderoso

14 de octubre de 2025

En un mundo tan pragmático y convulso como el que vivimos, la cultura, en todas sus dimensiones, es una de las herramientas más poderosas para espolear conciencias. Es lo que dota al ser humano de un nivel de pensamiento y trascendencia que le ayuda a cuestionar, a analizar y, sobre todo, a humanizar cada uno de sus actos. Y al mismo tiempo, es aquello que aporta la capacidad de admirarse, de contemplar, de conmoverse, de disfrutar con la razón y los sentidos, de buscar la belleza, que siempre nos hace mejores. La literatura pone palabras a los sentimientos, evoca y provoca, es el asidero al que nos agarramos para evadirnos, para aprender, para viajar dentro y fuera de nosotros. Es la lupa que muestra y amplifica todo lo que importa al ser humano.

 

Cuando me preguntan qué mueve a un escritor a escribir, estoy convencida de que hay tantas respuestas como escritores, pero todos tenemos en común la necesidad de buscar, de contar, de compartir, de transformar. Para unos la escritura es terapéutica, catártica. Para otros es una pasión incontrolable; para algunos, es un refugio o una huida. Para todos, una necesidad vital.

 

Escribir es un acto humano en el que cada uno deja su impronta a partir de su cultura, su entorno, su trayectoria, su sensibilidad y su modo de ver el mundo. Las mujeres escritoras dejamos nuestra mirada en cada una de nuestras historias. No me gusta hablar de literatura masculina o femenina, prefiero hablar simplemente de literatura y celebrar las maravillosas obras de unas y otros, la diversidad de miradas, la elección de temas, de palabras, de matices.

 

Sin embargo, todavía hoy, hay que recordar a modo de ejemplo, que solo doce mujeres han ocupado un asiento en nuestra Real Academia de la Lengua, desde 1713 o que en ciento veinticuatro años solo dieciocho mujeres han ganado el premio Nobel de Literatura.

 

Precisamente, la última en hacerlo en 2024 ha sido la surcoreana Han Kang, autora de consolidada trayectoria con novelas que nos hablan de temas perturbadores como la crueldad, la guerra, el dolor. Una autora preocupada por el sufrimiento, capaz de convertir en universales historias impregnadas de una cultura muy alejada de la nuestra. Eso es lo que dota a la literatura de grandeza, que una historia pequeña y particular se convierta en la gran historia de todos. Quizá La vegetariana sea una de las más controvertidas y perturbadoras. Una novela con múltiples interpretaciones, casi tantas como lectores, que entre otros aspectos pone el foco en cómo se puede ejercer la violencia desde el silencio dentro de la propia familia, desde aquellas personas que supuestamente nos tendrían que amar y proteger. Una violencia que llega a despersonalizar y a provocar la necesidad de escapar de su propia condición humana. Una visión original y, al mismo tiempo, demoledora sobre la salud mental con una sensibilidad femenina, pero una mirada universal.

 

Han Kang se compromete a contar historias que duelen y ese dolor nos lleva a mirar a nuestro alrededor y a formularnos preguntas, como ya lo hizo, años antes, una de nuestras escritoras más brillantes y combativas Emilia Pardo Bazán. Una autora que mereció su asiento en la Academia de la Lengua española por mérito propio. Ni su talento ni su coraje fueron suficientes para lograr un reconocimiento que reclamó sin falsa modestia y que nunca le fue otorgado por ser mujer, a pesar de ser un referente literario a la altura de Zola en Francia. Fue una escritora audaz que hizo propio el Naturalismo y lo adaptó a la idiosincrasia española. Emilia, nos mostró la hondura del alma humana y retrató a la sociedad española de finales del siglo XIX y principios del XX con una pluma mordaz y al mismo tiempo delicada y precisa con la que puso el foco en lo más excelso y lo más miserable del ser humano. Fue una pionera, una visionaria, que utilizó sus novelas para mostrar su preocupación por la pobreza, la enfermedad, la falta de medios en el ámbito rural que tan bien conocía y, por supuesto, en las grandes ciudades como Madrid y Barcelona en las que las nuevas clases sociales, hijas de la industrialización, se hacinaban en barracones y barrios insalubres. Ningún tipo de miseria e injusticia le fueron indiferentes. Y de todo ello encontró inspiración para sus personajes y sus novelas. Inolvidable su Máximo Juncal con su visión positivista y científica frente a la superstición en Los Pazos de Ulloa y en La madre naturaleza. Sin duda, sus novelas tienen una finalidad pedagógica que palpita tras historias inolvidables de una enorme altura estética y literaria.

 

Y como no podía ser de otra manera, Rosa Montero también introduce en sus novelas una panorámica del mundo que nos rodea y que los lectores reconocemos como propio. Seguramente su obra más comprometida en este sentido sea El peligro de estar cuerda que comienza con toda una declaración de intenciones: “Siempre he sabido que algo no funcionaba bien dentro de mi cabeza” y con semejante naturalidad nos adentra en un libro en el que, sin ambages, nos va mostrando el diluido límite entre creatividad y locura o, al menos, las peculiaridades y excentricidades que afectan a gran parte de los considerados genios e incluso a la mayoría de las personas consideradas normales. Y empieza por ella misma, reconociendo que “A mí ya me tocó. Formo parte de ese 25% de personas que sufrirán algún problema mental a lo largo de su vida”. Qué importante poner en palabras, compartir y visibilizar la realidad con humor y ternura a través de la literatura.

 

No quiero tampoco olvidarme de Isabel Allende y de su novela Paula, un libro que te acaricia y te golpea, que te adentra en el dolor de la espera, del tiempo inabarcable en un hospital, de la muerte de una hija como desenlace irrevocable. Es el testimonio de una madre, de una escritora, que transforma el dolor en una de las obras más hermosas que he leído y que lo cataliza en una eclosión de belleza y de esperanza.

 

Al igual que logra también Noemí Trujillo en su reciente novela Una noche de Reyes en la que, a través de una conversación ficticia con maravillosas escritoras como Carmen Laforet, Ana María Matute o Carmen Martín Gaite, nos narra su propia experiencia ante un diagnóstico de cáncer. Una novela que celebra la vida y la literatura, precisamente con literatura escrita por mujeres.

 

Muchas son las escritoras que merecen aparecer en estas páginas y en cualquier artículo que hable del poder de la literatura para mirar y contar lo que nos rodea, para transformar a las personas y al mundo, para provocarnos la risa y el llanto, para hacernos, en definitiva, más humanos.  Ya lo dijo Ana María Matute: “El mundo hay que fabricárselo uno mismo, hay que crear peldaños que te suban, que te saquen del pozo. Hay que inventar la vida porque acaba siendo verdad”.

Garantizar unos cuidados paliativos de calidad: El reto invisible en la sanidad actual

Garantizar unos cuidados paliativos de calidad: El reto invisible en la sanidad actual

Marisa de la Rica Escuín

11 de octubre de 2025

Hablar de cuidados paliativos sigue siendo, aún hoy, adentrarse en un territorio rodeado de mitos que oscurecen su verdadera esencia. Lamentablemente, estas malinterpretaciones retrasan el acceso de muchas personas que los necesitan. Comprender qué son y qué no son los cuidados paliativos es un primer paso esencial: no se trata de un recurso exclusivo para el final de la vida ni de un sinónimo de renuncia a los tratamientos, sino de un modelo integral e integrado de atención cuyo objetivo es aliviar el sufrimiento, promover la calidad de vida y acompañar a las personas y sus familias en situaciones de enfermedad avanzada o con pronóstico limitado.

 

Es fundamental recordar que los cuidados paliativos no se dirigen solo a pacientes con enfermedades oncológicas. También están destinados a quienes padecen patologías crónicas avanzadas, como enfermedades neurodegenerativas, demencias, insuficiencias de órganos (cardíaca, respiratoria, renal o hepática, entre otras), y otras condiciones complejas, incluyendo los cuidados paliativos para niños/as y adolescentes. Debemos tener en cuenta que estas patologías afectan a un alto porcentaje de la población y su prevalencia crecerá significativamente con el envejecimiento poblacional, y en el caso de niños/as y adolescentes, aunque su incidencia es menor, el abordaje multidimensional es especialmente complejo. Para todas estas situaciones, resulta imprescindible un enfoque paliativo precoz, capaz de responder a la complejidad y evolución específica de cada trayectoria de enfermedad.

 

La identificación temprana de la necesidad de atención paliativa permite iniciar, junto con la persona y su entorno, una planificación compartida de la atención. Esta planificación trasciende las voluntades anticipadas e implica dialogar, escuchar y diseñar cuidados centrados en los deseos, valores y necesidades, anticipando decisiones y adaptándolas en cada fase. Los/as profesionales sanitarios/as juegan un papel clave en este proceso, guiando, informando y facilitando la toma conjunta de decisiones con acompañamiento y responsabilidad, para lograr la mayor dignidad durante la enfermedad y el final de la vida.

 

En este camino, es especialmente importante diferenciar la idea de muerte digna de la eutanasia. La muerte digna se entiende como aquella que transcurre con el mayor bienestar físico posible, con apoyo emocional y espiritual, en compañía y con respeto pleno a los valores de la persona. Los cuidados paliativos ofrecen las herramientas necesarias para vivir este proceso con serenidad y cuidado hasta el final, alejados de cualquier intervención destinada a provocar la muerte de manera deliberada. Como Harvey Chochinov destacó en su Terapia de la Dignidad, lo esencial es reforzar el sentido, la identidad y el legado de la persona, favoreciendo un final de vida donde su humanidad permanezca intacta.

 

Cuidados paliativos y eutanasia pueden, en contextos distintos, ofrecer a la persona una muerte digna, pero es fundamental precisar que son realidades diferentes. Los cuidados paliativos no buscan adelantar la muerte, sino aliviar el sufrimiento físico, emocional, social y espiritual, acompañando con respeto y compasión hasta el final. La eutanasia, por su parte, tiene un propósito distinto: poner fin a la vida a petición expresa de la persona. Reconociendo esta diferencia, es imprescindible subrayar que el acceso a cuidados paliativos de calidad debe garantizarse siempre, con independencia de que la persona solicite o no la eutanasia.

 

La identificación precoz de la necesidad de atención paliativa es clave. Herramientas como NECPAL, que facilita la detección de pacientes que podrían beneficiarse de una atención paliativa temprana, y IDC-Pal, que ayuda a determinar el nivel de complejidad de cada caso, permiten dar una respuesta ordenada, adaptada y equitativa a las necesidades reales de los/as pacientes. Su incorporación inmediata y urgente a la práctica clínica es indispensable para garantizar que el derecho al cuidado no dependa de la fragmentación o intensidad del sistema, sino de la persona y sus circunstancias.

 

No es posible hablar de un acceso universal a los cuidados paliativos sin garantizar una sólida preparación de los/las profesionales que los hacen posibles (médicos, enfermeras, trabajadores sociales, psicólogos, entre otros), cuya formación es esencial para asegurar una atención de calidad.  La formación en competencias paliativas debe ser obligatoria y escalonada: básica (para todos los profesionales), intermedia (para quienes atienden con mayor frecuencia a pacientes con necesidades paliativas) y avanzada (para los equipos especializados). En Enfermería, la Orden CIN/2134/2008 ya establece competencias específicas en cuidados paliativos dentro del Grado, que han de reforzarse y actualizarse con itinerarios formativos homogéneos y exigibles en los distintos niveles de atención. Sin embargo, persiste una gran desigualdad entre los programas formativos de las diferentes universidades españolas.

 

Cada año, el segundo sábado de octubre se celebra el Día Mundial de los Cuidados Paliativos. La WHPCA propone en esta ocasión el lema “Cumplir la promesa: acceso universal a los cuidados paliativos”, una llamada directa a la reflexión y a la acción. 

 

Cumplir esta promesa implica avanzar en políticas sanitarias decididas que aseguren la identificación temprana de las necesidades, la evaluación de la complejidad de cada situación y la capacitación continuada de los equipos profesionales. Solo de este modo será posible garantizar que ninguna persona quede excluida de recibir una atención compasiva, digna y competente, tal como merece en las etapas más frágiles de su vida.

Para un tiempo más incierto: Reflexiones sobre la salud mental

Para un tiempo más incierto: Reflexiones sobre la salud mental

José Miguel Ausejo Sanz

10 de octubre de 2025

Mi vida laboral se ha movido entre el mundo de las adicciones, los trastornos mentales graves y la atención a niños, adolescentes y jóvenes con itinerarios vitales complejos. Al mismo tiempo, he trabajado en el acompañamiento a equipos de profesionales inmersos en la atención de estos niños, adolescentes y jóvenes.

 

Soy Licenciado en Medicina, no pude y no supe hacer el MIR, y me he formado en una larga lista de cursos, horas de formación y lecturas. Creo poder decir que la formación universitaria en medicina, en aquellos años en relación con lo “psi” resultaba deficiente y poco atractiva, con una sola asignatura de psiquiatría y otra de psicología, si la memoria no me falla. No obstante, he tenido suerte de poder compartir con buenos profesionales sus conocimientos y su humanidad. También he compartido mi trabajo con profesionales que no eran médicos, pero, sin excepciones, interesados por la persona que tenían delante, por tratar de entenderla y, en la medida de lo posible, de acompañarla en su malestar y en el modo de ver y verse en el mundo.

 

En mi experiencia, y ahora que solo soy responsable de mis palabras, diría que el sistema en el que he participado y que ha pretendido dar respuesta a las “realidades” de cada persona que hemos definido como problemas de salud mental, es un sistema que se ha preocupado más por sostenerse a sí mismo que por la atención a cada persona. La dificultad surge cuando el esfuerzo por justificar y mantener la estructura nos lleva a perder de vista a la persona, sus necesidades, sus cambios y sus urgencias, y nos instalamos en la “seguridad” que nos proporciona la aparente solidez del sistema. Hacemos como si lo importante fueran las personas, pero las respuestas tratan más de sostener el entramado que de transformarlo, o adaptarlo, de forma que responda a los malestares del momento.

 

La realidad que podemos componer a través de las miradas de distintos interventores en el acompañamiento de las situaciones de “salud mental”, de la atención a los malestares de las personas, debería servirnos para evidenciar las necesidades existentes, obligándonos a modificar el sistema en los aspectos convenientes, y empujarnos a recomponer nuevos modelos de atención.

 

Por otro lado, si la “comunidad” está en crisis, ¿cómo poder acoger a las personas que plantean una percepción de la realidad “diferente”, en ocasiones extraña o peculiar, que se sale de lo corriente? ¿Cómo poder llevar adelante la acogida en la comunidad cuando esta no cuenta con los apoyos adecuados?

 

El grado de incertidumbre, de miedo, de recelo, de desconfianza que existe hacia el otro, se incrementa cuando ese otro vive esa realidad “diferente”. Esto conlleva afrontar situaciones exigentes, intensas e incluso incómodas, y ello no resulta una tarea fácil.

 

La medicina no es una ciencia exacta y la atención y el acompañamiento de personas que viven inmersas en esa realidad “diferente” ahonda en la inexactitud. Es demasiado lo que aún desconocemos y aunque en ocasiones podamos aprender recogiendo aspectos comunes a los procesos de distintas personas, la realidad es terca y nos obliga a mirar proceso a proceso.

 

Actualmente entendemos mejor el funcionamiento de algunas estructuras cerebrales, pero nos resistimos a reconocer la importancia que tiene la complejidad de cada persona en su proceso vital. Los tratamientos farmacológicos necesarios en distintas situaciones de gran malestar o sufrimiento no resuelven el proceso vital. Pueden proporcionar mayor estabilidad, un cierto atemperamiento y un alivio en la carga de malestar. Es decir, pueden ser de ayuda en la construcción de una relación de ayuda que favorezca el acompañamiento a la persona en su sufrimiento y afrontar de un modo aceptable las crisis que se puedan presentar. Sin embargo, favorecen que la persona se perciba diferente y esta percepción no siempre resulta agradable. También pueden originar consecuencias no buscadas, efectos secundarios que incrementen las sensaciones de desagrado de la persona.

 

La vida de las personas es más compleja que un intrincado entramado de receptores, circuitos, y transmisores. La importancia de los acontecimientos vitales sucedidos, y por suceder, así como de las decisiones tomadas nos muestran una realidad a la que difícilmente se puede responder de manera exclusiva con fármacos. En este sentido, aunque creo en la importancia del papel de los fármacos, creo poder afirmar que, de ningún modo, sustituyen la necesidad de una relación de ayuda.

 

Pero ¿Cómo construir esta “relación de ayuda” en una realidad compleja como la que vivimos?

 

Las personas que buscan ayuda sienten una cierta necesidad de recibirla o aquellas que se encierran en sus dificultades y se aíslan viven en estados de desconfianza, originados por los acontecimientos vividos.

 

¿Cómo construir una presencia que pueda proporcionar seguridad o que al menos aporte una experiencia de interés genuino? ¿Cómo encarar el futuro cuando la vida está condicionada por una realidad que limita y condiciona tu desarrollo como persona?

 

Acompañar a una persona de entre 20 y 40 años que vive en un entramado de aspectos que originan una realidad compleja no es una tarea sencilla. No tiene recursos económicos o estos resultan muy limitados. La capacidad para vivir de forma autónoma esta mermada. Con frecuencia usa drogas. Mantiene una relación discontinua con la “red de salud mental”, toma y deja de toma los fármacos por diferentes motivos. Lleva tiempo durmiendo mal. Mantiene una alimentación que no es muy adecuada. Hace tiempo que no realiza una tarea con la que se pueda sentir útil y perteneciente a la comunidad. Su apariencia física no resulta un aspecto en el que se detenga de forma especial y tampoco en su cuidado. Vive en un lugar inadecuado, en cualquier sitio o en la calle, y si hay familia la relación está a punto de agotarse o ya está agotada. En ocasiones se aísla, se encierra, y pierde el contacto con sus entornos sociales, refugiándose en el mundo virtual.

 

Probablemente la ayuda vaya en la dirección de tratar de entender a la persona, dedicarle tiempo, ser paciente, ser receptivo a sus necesidades, mostrarse disponible, resultar confiable …

 

Creo que no existe una respuesta definitiva. Probablemente encajar mejor las diferencias y promover acompañamientos más adecuados a cada malestar: equipos de trabajo capaces de sostener mejor a las personas afectadas y a los propios profesionales y, como señalaba al inicio, poder tener mejor conciencia de la realidad, de cómo esta va cambiando y de las dificultades a las que nos enfrenta.

 

Para acabar me gustaría poder señalar un último asunto. ¿Cómo trasladar la relación de ayuda originada? ¿Cómo hacer una buena derivación y no lanzar a la persona a la deriva tras procesos complejos y delicados que al igual que ocurre en las dolencias físicas pueden verse salpicados por distintas complicaciones?

 

El miedo, la inseguridad, el retorno a las respuestas inadecuadas que resultaron adaptativas en otro momento van a salpicar el proceso de cada individuo.

 

La incorporación más extensa e intensa a las relaciones familiares o sociales, y la búsqueda e inclusión de espacios laborales o prelaborales e incluso ocupacionales, originan situaciones en las que el estrés puede resultar muy complicado de manejar, de forma que regresar a la seguridad de lo inadecuado, pero adaptativo, se presenta como una alternativa aceptable y en ocasiones automatizada.

 

El malestar remite a los malestares vividos resultando insoportable. En este sentido la continuidad en los cuidados plantea un gran desafío. En cada edad, y ante los diferentes malestares, en los distintos contextos, estamos obligados a pensar en lo que precise cada persona.