Cuando la ciencia asegura “no existe evidencia”: ¿incertidumbre o motivo para desconfiar?

Cuando la ciencia asegura “no existe evidencia”: ¿incertidumbre o motivo para desconfiar?

Anna Espart

26 de septiembre de 2026

Imagine que una mañana aparece una noticia en los medios de comunicación advirtiendo sobre los posibles efectos de una sustancia química que está presente en productos de consumo de uso cotidiano, como cosméticos, productos de limpieza o utensilios de cocina. Pocos días después, y ante el revuelo ocasionado a nivel social, un grupo de científicos asegura que todavía no existen pruebas concluyentes de que dicha sustancia perjudique nuestra salud. Puede que su reacción a esta nueva información sea: ¿en qué quedamos? ¿Es peligrosa o no? ¿Por qué los científicos no se ponen de acuerdo?

 

La salud ambiental está llena de preguntas complejas y no siempre fáciles de responder. Determinar si un contaminante afecta a nuestra salud requiere estudiar la cantidad a la que estamos expuestos, la duración de la exposición, la interacción de dicho contaminante con otras sustancias tanto dentro como fuera de nuestro organismo -el llamado efecto cóctel-, y las características de las personas, así como los posibles efectos a corto y largo plazo. La realidad es que muchas veces no siempre disponemos de toda esta información.

 

Sin embargo, cuando los resultados científicos llegan a estos medios de comunicación o a las redes sociales, los matices tienden a desaparecer, fruto de la necesidad de informar en pocas palabras, de modo inmediato y también, por qué no decirlo, cayendo en la necesidad de comunicar aquello más llamativo o provocador. Y es precisamente ahí donde la posible incertidumbre científica de ese preciso momento puede convertirse en terreno fértil para la desinformación. Esa sustancia química de la que hablábamos al principio, y que originalmente era una conclusión condicionada por determinadas circunstancias acaba convertida en una afirmación rotunda, que es tomada por parte de la población como una “sentencia inapelable con condena de cadena perpetua o absolutoria de por vida” de dicha sustancia.

 

En el Día Mundial de la Salud Ambiental, que se celebra cada 26 de septiembre, esta reflexión cobra especial relevancia, puesto que proteger la salud, no solo significa velar por el bienestar de los individuos y ecosistemas en los que vivimos, sino que también exige comprender y comunicar adecuadamente la evidencia científica, incluidas sus incertidumbres.

 

No tener todas las respuestas no significa ausencia de riesgo

 

Uno de los errores más frecuentes al interpretar la investigación científica consiste en confundir la ausencia de pruebas con las pruebas de ausencia. Pensemos nuevamente en “nuestra” sustancia química. Si actualmente sus posibles efectos sobre la salud todavía no se han investigado suficientemente y por consiguiente los estudios disponibles no encuentran una asociación directa o indirecta con una enfermedad, ¿podemos afirmar que nuestra sustancia es inocua? No necesariamente. Puede que los estudios sean demasiado pequeños -con pocos pacientes analizados-, que hayan evaluado exposiciones de corta duración o que no hayan incluido a determinados grupos de población. También puede ocurrir que los resultados sean imprecisos o que las investigaciones presenten limitaciones metodológicas.

 

Pero hay un matiz igualmente importante: la falta de evidencia de daño tampoco demuestra que exista este daño. No es lo mismo una sustancia apenas estudiada que otra evaluada mediante numerosas investigaciones rigurosas cuyos resultados permiten descartar, con un elevado grado de confianza, determinados efectos en condiciones concretas.

 

La cuestión no es simplemente si existen pruebas, sino qué se ha investigado, cómo se ha hecho y qué conclusiones permiten extraer realmente los resultados.

 

Cuando nuevas evidencias cambian lo que creíamos

 

Pongámosle un posible nombre a “nuestra” sustancia. Bisfenol A (BPA). El BPA, es un compuesto utilizado en la fabricación de determinados plásticos y resinas, para darles flexibilidad y reducir el riesgo de rotura. Esta sustancia nos ofrece un ejemplo de cómo evoluciona el conocimiento científico.

 

En 2015, la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) estableció una ingesta diaria tolerable provisional para esta sustancia, basándose en la información disponible. Tras reevaluar la evidencia disponible, en 2023 redujo ese valor 20.000 veces, considerando especialmente los posibles efectos sobre el sistema hormonal y sus efectos en la salud. En diciembre de 2024, la Comisión Europea adoptó una prohibición de su uso en materiales destinados a entrar en contacto con alimentos, con determinadas excepciones y períodos transitorios. ¿Significa esto que la ciencia estuvo equivocada hasta hace pocos años? No. Significa que las evaluaciones científicas se han ido realizando con el conocimiento disponible en cada momento y pueden modificarse cuando aparecen nuevas evidencias, mejoran los métodos de análisis o se revisa la interpretación de los resultados.

 

Cambiar una conclusión ante nuevas pruebas no es necesariamente una debilidad de la ciencia. Es una parte esencial de su funcionamiento.

 

El riesgo de convertir una asociación en una certeza

 

Otra fuente habitual de confusión aparece cuando una noticia afirma que un contaminante provoca una enfermedad, aunque el estudio original únicamente haya identificado una asociación estadística entre variables.

 

Imaginemos una investigación que encuentra una mayor frecuencia de una enfermedad entre personas con niveles elevados de exposición a una sustancia ambiental. ¿Podemos concluir que esa sustancia es la responsable? No directamente. La asociación podría estar influida por otros factores o por limitaciones del estudio. Para investigar una posible relación causal es necesario considerar, entre otros aspectos, si la exposición precede a la enfermedad, la calidad de las investigaciones, la consistencia de los resultados y la existencia de explicaciones alternativas. Aterricémoslo con un ejemplo: el asma infantil. Si un estudio encuentra que hay una mayor frecuencia de asma infantil entre niños que viven en zonas con niveles elevados de contaminación atmosférica ¿podemos concluir que la contaminación es la responsable del asma? La respuesta vuelve a ser la misma: no directamente. Puede haber muchos otros factores a los que estos niños están expuestos y que contribuyan al desarrollo de esta enfermedad.

 

Esto no significa que los estudios en los que se observa una relación entre dos variables, es decir, estudios observacionales, carezcan de valor, al contrario: muchas veces son la el primer paso para identificar vínculos entre dos variables y empezar a estudiar su relación. A todo ello, cabe destacar que, en salud ambiental, exponer deliberadamente a personas a sustancias potencialmente perjudiciales puede ser éticamente inadmisible. Por ello, las conclusiones causales pueden construirse integrando diferentes diseños de investigación, datos epidemiológicos y evidencias experimentales o mecanísticas.

 

Entonces, el problema aparece cuando una relación entre una sustancia y sus efectos, que todavía se está investigando, se presenta como si ya estuviera demostrada o, por el contrario, cuando se descarta una relación causal entre una sustancia y sus efectos sobre la salud, simplemente porque no hay estudios en humanos.

 

Dos formas opuestas de desinformar

 

Toda esta incertidumbre que puede llegar a generar el conocimiento científico en relación a los efectos de diferentes compuestos ambientales en nuestra salud, puede utilizarse para transmitir mensajes falaces en dos direcciones. La primera consiste en transformar cualquier sospecha en una certeza de daño: “Como no se ha demostrado que esta sustancia sea completamente segura, debemos considerarla peligrosa para la salud”. La segunda hace exactamente lo contrario: “Como no se ha demostrado de manera concluyente que cause una enfermedad, podemos afirmar que es inofensiva y que no genera ningún daño”. Ninguna de estas afirmaciones está justificada por sí sola. La primera convierte una posibilidad en una certeza. La segunda utiliza las limitaciones del conocimiento para ofrecer una garantía de seguridad que los datos quizá no permiten establecer en el momento actual.

 

En salud ambiental también es fundamental distinguir entre peligro y riesgo. Una sustancia puede tener capacidad para producir efectos adversos, pero el riesgo depende, entre otros factores, de las condiciones de exposición, así como de otros factores como la vulnerabilidad -en todos los aspectos- del individuo.

 

La comunicación rigurosa debe evitar ambos extremos: ni exagerar las amenazas ni minimizar los riesgos documentados.

 

Entonces ¿debemos esperar a tener certezas absolutas para poder actuar?

 

¿Qué debemos hacer cuando existen indicios científicamente fundamentados de un posible riesgo, pero todavía persisten incertidumbres importantes? Lo más sensato por parte de las autoridades, pero también por parte de los profesionales implicados -investigadores, profesionales sanitarios, comunicadores, etc.- es aplicar el principio de precaución, el cual aboga por adoptar medidas preventivas para minimizar los posibles riesgos derivados de la exposición a sustancias sospechosas de afectar nuestra salud.

 

En el marco europeo, este principio permite considerar medidas de protección cuando se han identificado posibles efectos perjudiciales y la evaluación científica no permite determinar el riesgo con suficiente certeza. Sin embargo, no significa que cualquier sospecha justifique automáticamente una prohibición. Las medidas deben ser proporcionales al nivel de protección perseguido, considerar las posibles consecuencias de actuar o no hacerlo y revisarse a medida que aparezcan nuevos datos.

 

La incertidumbre no obliga a la inacción, pero tampoco justifica cualquier intervención. La prevención responsable consiste en utilizar la mejor evidencia disponible, reconocer sus limitaciones y adaptar las decisiones cuando evoluciona el conocimiento.

 

Aprender a leer más allá del titular

 

¿Cómo podemos protegernos frente a la desinformación ambiental? No necesitamos convertirnos en expertos en toxicología, pero sí aprender a formular algunas preguntas antes de compartir una noticia.

 

¿Quién proporciona la información? ¿Se basa en un estudio científico o en una opinión? ¿Se ha investigado en personas, animales o células? ¿Qué exposición se ha evaluado? ¿El estudio demuestra una relación de causa-efecto o únicamente encuentra una asociación entre la sustancia y la alteración en la salud? También debemos examinar con especial atención los mensajes que utilizan expresiones absolutas como «totalmente seguro», «completamente inocuo» o «científicamente demostrado» sin explicar a qué condiciones y evidencias se refieren.

 

La Organización Mundial de la Salud como la EFSA recomiendan comunicar de forma transparente qué se sabe, qué se desconoce y qué recomendaciones podrían cambiar cuando aparezca nueva información. No todas las incertidumbres son iguales. Hay riesgos ambientales ampliamente demostrados, otros sobre los que persisten preguntas importantes y otros cuya evidencia todavía es insuficiente. Tratar todas estas situaciones como equivalentes también distorsiona el conocimiento científico. La próxima vez que una noticia afirme que una sustancia es peligrosa o completamente segura, quizá la pregunta más útil sea: ¿qué sabemos realmente y qué pruebas respaldan esa afirmación?

 

En salud ambiental, comunicar bien la ciencia también es una forma de prevención. Permite reconocer los riesgos documentados, evitar alarmas injustificadas y fundamentar las decisiones de protección de la salud. Porque combatir la desinformación no consiste en sustituir una certeza falsa por otra, sino en aprender a distinguir entre lo demostrado, lo probable y lo que todavía desconocemos.

¿Lo sabemos todo sobre anticoncepción?

¿Lo sabemos todo sobre anticoncepción?

Natalia Barrio Forné
26 de septiembre de 2026
La anticoncepción es uno de los temas en educación para la salud más solicitados por la población. Por su parte, Matronas, Médicos especialistas en Ginecología y Obstetricia, y Médicos de Atención Primaria se forman y actualizan constantemente en esta cuestión para ofertar una información clara, concisa y basada en la evidencia científica a las personas que lo precisen.

 

Estos conocimientos se imparten de diversas formas, entre las que destacan: la gran cantidad de campañas existentes sobre educación sexual; carteles y folletos informativos entregados en centros sanitarios; y mensajes transmitidos mediante las redes sociales.

 

Para entender mejor donde nos encontramos y poder valorar si esa información llega y se integra entre la práctica diaria de las personas, disponemos de datos que ayudar a definir esa perspectiva actual.

 

 

Los datos sobre educación sexual

 

La Sociedad Española de Contracepción (SEC) en la última encuesta realizada en 2024 afirma que el 88% de las mujeres en edad fértil ha mantenido relaciones sexuales en alguna ocasión, siendo la edad de inicio cada vez más temprana.

Se ha comprobado que la edad media de las mujeres de entre 45 a 49 años para la primera relación sexual fue de 19 años, en cambio en el grupo etario entre 15 y 19 años se encuentra en los 16,3 años. En los varones, la primera relación entre los adolescentes también se sitúa en los 16 años de media, llegando a observarse incluso que el 18% de los hombres habían mantenido su primera relación sexual completa a los 14 años.

 

En cuanto a las revisiones médicas, se vislumbra que el 62,3% nunca se ha realizado pruebas serológicas y el 53,3% ha acudido alguna vez a controles ginecológicos. Sin embargo, entre las consultas más frecuentes por Infecciones de Transmisión Sexual (ITS) se objetivan gonorrea y micosis en hombres y Virus del Papiloma Humano (VPH) en mujeres.

 

 

Las cifras en relación con el uso de los métodos anticonceptivos

 

Se ha objetivado que el 67,7% de las mujeres ha acudido a alguno de los profesionales sanitarios cualificados para consultar sobre el método de anticoncepción más adecuado. Además, se ha visto que conforme aumenta la edad de las mujeres, se incrementa el número de personas que solicitan información sobre estos métodos.

El método más utilizado es el preservativo en el 36% de las mujeres en edad fértil, seguido de la píldora con el 18%.

 

En cambio, cuando se habla del uso, las cifras cambian. Esta descrito que el 19,7% de las mujeres y el 25% de los hombres afirman que no usa ninguno, presentando los porcentajes más altos en mayores de 30 años.

 

Cuando nos adentramos en la utilización de la anticoncepción de urgencia, se observa que el 39,7% de las mujeres en su etapa fértil ha recurrido en alguna ocasión a solicitarla, siendo el grupo de edad de entre 30 y 34 años quienes más la usan con un 49,4%. Por lo que el grupo poblacional que menos usa los métodos anticonceptivos es el mismo que utiliza la píldora postcoital con mayor frecuencia.

 

Otros datos reseñables son los altos porcentajes de ausencia de un método anticonceptivo entre las mujeres que no tienen pareja estable, justificándolo en que no mantienen relaciones sexuales en la actualidad, por lo que los métodos anticonceptivos solamente se entienden desde el punto de vista de la planificación familiar y no desde los beneficios que aporta fuera de este ámbito.

 

En relación a los hombres, los datos varían, observándose que el 75% aproximadamente no ha utilizado preservativo en su última relación sexual con penetración vaginal. Los motivos principalmente son el mantenimiento de relaciones sexuales con la misma persona y el uso de otros métodos.

 

 

Conclusión

 

Todos sabemos lo que es la anticoncepción y los métodos que disponemos, pero aun así existe una parte de la población que no los usa o los usa mal a pesar de no querer descendencia o de estar frente a parejas desconocidas, lo que implica desconocimiento acerca de su estado de salud y, por lo tanto, una alta posibilidad de contraer ITS.

 

Es por ello que la pregunta sigue siendo que es lo que se hace mal o no se hace desde la perspectiva del profesional de la salud para conseguir, no solo que esos conocimientos lleguen, sino que entren en la conciencia de todas las personas y se logre una planificación familiar de calidad.

 

 

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Salud mental y bifobia: una brecha invisible dentro del colectivo LGTBI+

Salud mental y bifobia: una brecha invisible dentro del colectivo LGTBI+

M. Felipa Gea López
23 de septiembre de 2026

Cada 23 de septiembre se conmemora el Día Internacional de la Bisexualidad, una fecha instaurada en 1999 para visibilizar una orientación sexual que, pese a representar una parte muy importante de la diversidad sexual, continúa rodeada de estereotipos, dudas e incomprensión.

 

Según datos del Barómetro del CIS de enero de 2025 recogidos por la FELGTBI+, el 27,8% de las personas de entre 18 y 24 años se identifica como LGTBI+ y, dentro de este grupo, el 51,5% se identifica como bisexual. En el conjunto de la población LGTBI+, las personas bisexuales representan el 55%. A pesar de que estas cifras desmontan la idea de que la bisexualidad es una realidad marginal dentro de la diversidad sexual humana, continúa siendo una de las orientaciones más cuestionadas e invisibilizadas. Y esto importa directamente cuando hablamos de salud mental.

 

Cuando la identidad se convierte en algo que hay que demostrar

 

La bifobia no siempre adopta la forma evidente de un insulto o una agresión. También aparece en comentarios aparentemente inocentes: «¿Pero entonces eres hetero o gay?», «Eso es una fase», «En realidad eres heterocuriosa» o «Ya se te pasará». Estas afirmaciones transmiten el mensaje de que la bisexualidad necesita ser explicada, demostrada o confirmada constantemente.    

 

Una persona bisexual puede experimentar rechazo tanto desde contextos heterosexuales como desde algunos espacios LGTBI+, donde también puede encontrarse con la idea de que la atracción hacia más de un género constituye una identidad menos legítima o provisional. La investigación ha identificado precisamente estos factores —discriminación, invisibilidad, ocultación de la orientación y falta de apoyo afirmativo— como estresores específicos de la población bisexual. Esto no significa que ser bisexual provoque problemas de salud mental. Significa algo diferente: las condiciones sociales en las que muchas personas bisexuales viven su orientación pueden generar un estrés de minoría añadido.

 

Una de las señales más preocupantes: la conducta suicida

 

La situación resulta especialmente preocupante cuando hablamos de conducta suicida. Una revisión sistemática y metaanálisis de 46 estudios encontró que las personas bisexuales presentaban las mayores proporciones de ideación e intento de suicidio entre los grupos de orientación sexual analizados. Concretamente, hasta un 45% de las mujeres bisexuales y un 35% de los hombres bisexuales han considerado el suicidio a lo largo de su vida, superando las tasas registradas en personas lesbianas, gays y heterosexuales. La investigación apunta hacia el peso de factores sociales y relacionales como la discriminación, la victimización, el aislamiento, la ocultación y la falta de apoyo.

 

Por eso, ante estos datos, quizá la pregunta no debería ser «¿qué les ocurre a las personas bisexuales?», sino también “¿qué estamos haciendo como sociedad para que una persona tenga que ocultar, justificar o defender quién es?”.

 

La consulta sanitaria también puede convertirse en un espacio de invisibilidad

 

El ámbito sanitario tampoco está al margen de esta realidad. La encuesta europea de la Agencia de Derechos Fundamentales de la Unión Europea mostró que el 16% de las personas LGTBI encuestadas había experimentado discriminación al entrar en contacto con personal sanitario o de servicios sociales. Aunque estos datos corresponden al conjunto de la población LGTBI+ y no específicamente a las personas bisexuales, ayudan a comprender la importancia de construir espacios asistenciales seguros.    

 

Para una persona bisexual, esto puede implicar algo tan sencillo, y tan importante, como que su orientación no sea interpretada automáticamente a partir de la persona con la que mantiene una relación. Una mujer que tiene pareja masculina no deja de ser bisexual. Un hombre que mantiene una relación con otro hombre tampoco deja de serlo. La orientación sexual no cambia porque cambie la pareja. Parece obvio; sin embargo, precisamente esa obviedad continúa siendo necesaria.

 

El problema de los datos que no vemos

 

También necesitamos mejorar la investigación. Durante años, muchos estudios han agrupado bajo la categoría «LGTBI+» realidades diferentes, dificultando la identificación de necesidades específicas. Si los datos no se desagregan, determinadas desigualdades pueden quedar ocultas y resultar más difícil diseñar intervenciones adecuadas.

 

Hablar de salud mental y bisexualidad exige, por tanto, mirar más allá del diagnóstico individual. Necesitamos profesionales sanitarios formados para trabajar desde una perspectiva afirmativa y libre de presupuestos monosexistas. Necesitamos investigaciones que permitan conocer mejor estas desigualdades y necesitamos espacios familiares, educativos, comunitarios y sanitarios donde una persona no tenga que demostrar quién es. La respuesta no pasa por patologizar la bisexualidad, sino por reducir las condiciones que generan sufrimiento y aumentar los factores que protegen la salud mental.

 

Visibilizar también es cuidar

 

Visibilizar no significa simplemente añadir una letra a unas siglas. Significa reconocer que cada orientación sexual puede estar atravesada por experiencias específicas de discriminación y que esas experiencias importan cuando hablamos de salud. Porque quizá el primer paso sea dejar de preguntar a las personas bisexuales cuándo van a decidirse y empezar a preguntarnos qué ocurre cuando una persona pasa demasiado tiempo intentando convencer a los demás de que su identidad es real. Ser visto, escuchado y reconocido no es un privilegio: también forma parte de cuidar la salud mental.

 

¿Es saludable comer paella?

¿Es saludable comer paella?

Sofía Pérez Calahorra

20 de septiembre de 2026

La paella forma parte del patrimonio gastronómico mediterráneo y combina, según la receta, arroz, aceite de oliva, verduras y diferentes fuentes de proteína, como carne, pescado o marisco.

Sin embargo, cuando analizamos ¿si este plato es saludable o no? o ¿cuáles son sus posibles efectos sobre la salud?, hay que hacer una aclaración importante:

La mayor parte de la investigación científica no estudia la paella como plato completo, sino sus ingredientes por separado o los patrones alimentarios en los que están presentes. Por eso, no podemos afirmar que la paella prevenga o produzcas enfermedades, pero sí podemos entender qué ocurre desde el punto de vista nutricional cuando combinamos sus principales ingredientes.

 

El arroz: importa la cantidad que se come y como lo combinamos

 

El arroz blanco aporta principalmente hidratos de carbono en forma de almidón. Durante la digestión, ese almidón se transforma en glucosa, que pasa a la sangre. Un consumo elevado y habitual de arroz blanco se ha relacionado con un mayor riesgo de diabetes tipo 2, especialmente cuando se consume todos los días. Sin embargo, esta asociación es menos clara cuando el consumo es esporádico. Esto nos indica que cuando se come el arroz blanco sin combinar con otros alimentos, varios días y en cantidad elevada, posiblemente si exista riesgo.

Sin embargo, el arroz en una paella no se come solo, se consume junto a otros alimentos. Esto es importante, ya que la respuesta de nuestro organismo a los hidratos de carbono puede cambiar cuando se mezcla con verduras, proteínas y grasas. Un estudio realizado en adultos sanos comparó el efecto del consumo arroz blanco solo con el del arroz acompañado de diferentes verduras cocinadas, y concluyó que cuando se combina con verduras el aumento de la glucosa después de comer fue menor y disminuyó el índice glucémico de la comida.

Para entenderlo de forma sencilla, cuando añadimos verduras, su fibra genera que la digestión sea más lenta y controlada. Esto puede ayudar a suavizar la llamada respuesta glucémica posprandial, es decir, la subida de glucosa que se produce después de comer. Si la glucosa entra en la sangre de forma más progresiva, el organismo no necesita responder de manera tan brusca con la secreción de la insulina.

 

El aceite de oliva: un beneficio pero dentro del conjunto de la dieta

 

Otro ingrediente fundamental es el aceite de oliva. Hay varios estudios donde se analiza el efecto del consumo de aceite de oliva sobre la salud, y se sabe que un mayor consumo de aceite de oliva se asocia con menor riesgo de enfermedad cardiovascular, diabetes tipo 2 y mortalidad por todas las causas. La evidencia más sólida aparece cuando el aceite de oliva forma parte del patrón mediterráneo completo, tal y como demostró el estudio español PREDIMED. Esto no significa que añadir aceite de oliva una paella la convierta automáticamente en cardioprotectora, sino que el beneficio se produce cuando el patrón alimentario es saludable y se mantiene a largo plazo.

 

Verduras, pescado o marisco

 

Las verduras aportan fibra, vitaminas, minerales y numerosos compuestos bioactivos. Más allá de su papel en la respuesta glucémica del arroz, existe una amplia evidencia que relaciona un mayor consumo habitual de frutas y verduras con menor mortalidad total y cardiovascular, independiente del plato en que estén.

Por otro lado, cuando la paella contiene pescado o marisco estos alimentos aportan proteínas de buena calidad nutricional y, dependiendo de las especies utilizadas, ácidos grasos omega-3 EPA y DHA. Las proteínas, así como los ácidos grasos esenciales ayudan a controlar la digestión y regular mecanismos metabólicos.

 

Entonces, ¿podemos considerar saludable comer paella?

 

En conclusión, la paella puede constituir un plato nutricionalmente interesante cuando se elabora con una adecuada selección y proporción de sus ingredientes. No obstante, su calidad nutricional depende en gran medida del tamaño de la ración y de la composición final del plato. Una proporción elevada de arroz incrementará la carga total de hidratos de carbono, mientras que un uso excesivo de aceite aumentará de forma considerable su densidad energética. Asimismo, resulta conveniente controlar el contenido de sal, especialmente cuando se emplean caldos concentrados o preparados comerciales.

 

Por tanto, no es posible atribuir a la paella un perfil nutricional único, ya que este dependerá tanto de su forma de preparación como del contexto dietético en el que se consuma. Una elaboración basada en una proporción moderada de arroz, una presencia abundante de verduras, un uso prudente de aceite de oliva y una fuente adecuada de proteínas puede integrarse plenamente en un patrón alimentario equilibrado de tipo mediterráneo.

 

Desde una perspectiva nutricional, los posibles efectos sobre la salud deben interpretarse en el marco del patrón alimentario habitual, junto con otros factores relacionados con el estilo de vida, y no a partir del consumo ocasional de un alimento o preparación concreta.

 

 

 

 

 

 

 

 

¿Solo vapor? El peligro oculto tras los vapeadores: una alerta para familias y jóvenes

¿Solo vapor? El peligro oculto tras los vapeadores: una alerta para familias y jóvenes

Eva Benito Ruiz

16 de septiembre de 2026

En los últimos años, el uso de cigarrillos electrónicos o vapeadores ha crecido de forma alarmante, convirtiéndose en una preocupación de salud pública de primer orden. Lo que muchos consideran una alternativa «inocua» al tabaco es, en realidad, una amenaza directa para la salud, especialmente entre los más jóvenes.

 

Una moda que atrapa a edades cada vez más tempranas

 

Los datos son reveladores: según la encuesta ESTUDES de 2025, más del 27% de los estudiantes españoles de entre 14 y 18 años admiten haber vapeado en el último mes. Aún más preocupante es que el hábito comienza antes; un 25% de los niños de apenas 12 y 13 años ya han probado estos dispositivos alguna vez en su vida. Un 27% de los estudiantes de secundaria admite haber vapeado en el último mes.

 

Este inicio temprano no es casual; el 80% de los casos de tabaquismo comienzan antes de los 18 años debido a la fuerte dependencia que genera la nicotina. De hecho, la Organización Mundial para la Salud (OMS) advierte que los menores que vapean tienen hasta tres veces más probabilidades de acabar fumando tabaco convencional en un futuro. Esta precocidad aumenta drásticamente el riesgo de consolidar adicciones en el futuro.

 

Impacto en el desarrollo cerebral y físico

 

A diferencia de lo que se suele creer, los vapeadores no emiten vapor de agua inofensivo. La mayoría contienen nicotina, una sustancia altamente adictiva que tiene efectos devastadores en el cerebro adolescente, el cual aún está en fase de desarrollo. Entre las consecuencias documentadas por los pediatras se encuentran:

  • Problemas cognitivos: Afecta directamente a la capacidad de atención y al aprendizaje.
  • Dificultades emocionales: Interfiere en el control de las emociones de los menores.
  • Daños orgánicos: Provoca efectos perjudiciales en los pulmones y el corazón, con efectos en las vías respiratorias similares a los del tabaco convencional a corto plazo.
  • Alto poder adictivo: Dado que el cerebro adolescente es especialmente vulnerable, el consumo de nicotina a edades tempranas genera una fuerte dependencia.

 

 

El engaño de los productos «sin nicotina»

 

Existe una falsa sensación de seguridad alimentada por el marketing. La industria del vapeo ha logrado “normalizar” su usoinfiltrándose en los espacios de ocio de los jóvenes. A través de redes sociales como TikTok, Instagram y YouTube, influencers y nano-influencers muestran estos dispositivos como una tendencia socialmente aceptada, a menudo bajo hashtags engañosos como #ElVapeoSalvaVidas.

 

Además, el patrocinio de grandes festivales de música permite que estas marcas tengan visibilidad directa ante cientos de miles de jóvenes en lugares donde el tabaco convencional suele estar más limitado. Incluso se utilizan tácticas de publicidad encubierta, mensajes pagados que no dejan rastro público y escapan al control legal, llegando directamente a los menores.

 

Diversos análisis han demostrado que incluso los dispositivos etiquetados como «libres de nicotina» a menudo contienen esta sustancia u otros elementos tóxicos no declarados. Esto no solo facilita la adicción, sino que minimiza la percepción de peligro entre los usuarios y sus familias.

 

Riesgos añadidos: Cannabis y accidentes graves

 

La preocupación de las sociedades médicas, como la Asociación Española de Pediatría (AEP), se extiende a fenómenos emergentes como el uso de vapeadores para consumir cánnabis o cannabinoides sintéticos. Estos pueden provocar efectos graves que requieren urgencias médicas, tales como brotes psicóticos, alteraciones neurológicas y arritmias cardíacas.

 

Además, existe un peligro físico real en el hogar. La ingestión accidental de los líquidos de vapeo puede ser mortal, provocando desde vómitos y convulsiones hasta insuficiencia respiratoria y la muerte.

 

El «vapeo pasivo» y el futuro

 

Es importante entender que el vapeador no solo daña a quien lo usa. El vapeo pasivo (respirar el aerosol exhalado por otros) también es perjudicial para niños y personas vulnerables que se encuentran alrededor.

 

Finalmente, los expertos advierten que el vapeo es, a menudo, la puerta de entrada al tabaco convencional y a otras adicciones. Proteger a la población, y especialmente a los menores, requiere no normalizar su consumo y entender que detrás de esos aromas dulces y envases llamativos, existen riesgos reales y severos para la salud.

 

Es fundamental que, como sociedad, dejemos de normalizar el uso de estos dispositivos como parte del ocio juvenil y reforcemos las estrategias de prevención para evitar que estos hábitos se consoliden. Organizaciones médicas y sociales instan a las Administraciones Públicas a denegar licencias a festivales de música y eventos que exhiban o promocionen dispositivos de vapeo, protegiendo así los espacios culturales para los menores.

Análogos de GLP-1 y el fin de la economía del deseo

Análogos de GLP-1 y el fin de la economía del deseo

Sofía Pérez Calahorra

30 de junio de 2026

Durante años hemos escuchado que la obesidad era consecuencia de malas decisiones individuales: Comer demasiado, moverse poco, falta de disciplina. Sin embargo, la irrupción masiva de fármacos como Ozempic, Wegovy o Mounjaro está desmontando esa narrativa con una velocidad sorprendente.

 

Quizá el hambre nunca fue solamente voluntad. Quizá era, en gran parte, causa de mecanismos neurobiológicos y hormonales, además de estilo de vida.

 

Los análogos del GLP-1 representan probablemente uno de los cambios farmacológicos más importantes de las últimas décadas. En teoría nacieron para el tratamiento de la diabetes tipo 2 por su efecto incretina. Después han demostrado una eficacia extraordinaria en obesidad, por sus efectos sobre mecanismos que regulan la saciedad. Pero hoy es evidente que han trascendido el ámbito estrictamente médico para convertirse en un fenómeno social, económico y cultural.

 

En Estados Unidos, la sensación es que todo el mundo está usando Ozempic. El fenómeno ha penetrado Hollywood, Silicon Valley, influencers, ejecutivos, médicos, celebridades y clases medias urbanas. El medicamento dejó de ser una terapia para transformarse en símbolo cultural. Quizá una de las imágenes más llamativas de este fenómeno apareció de forma casi anecdótica en el festival internacional de Coachella. Muchos asistentes y comentaristas en redes sociales observaron algo extraño: menos filas en los puestos de comida que en años anteriores. Tal vez no exista evidencia científica que permita afirmar que el fenómeno se debió al uso masivo de GLP-1, pero la percepción colectiva fue reveladora. La idea de que “nadie tiene hambre porque todos están con Ozempic” se volvió creíble para millones de personas. Eso, en sí mismo, ya dice mucho del momento que estamos viviendo.

 

La realidad es que estos fármacos no solo hacen que las personas coman menos. Sino que modifican la relación psicológica con la comida. Muchos pacientes describen la desaparición del llamado food noise: esa conversación mental constante sobre comer, picar, buscar recompensa inmediata. La evidencia científica actual demuestra que los análogos del GLP-1 actúan no solo retrasando el vaciamiento gástrico y aumentando la saciedad, sino también sobre circuitos centrales del sistema nervioso relacionados con recompensa y conducta alimentaria. Es decir, reducen el deseo.

 

Y ahí es donde aparece una pregunta fascinante: ¿qué ocurre cuando una sociedad empieza a desear menos?

 

La economía moderna está construida precisamente sobre el estímulo constante del deseo. Consumir más calorías, más productos, más entretenimiento, más impulsos. Gran parte de la industria alimentaria lleva décadas diseñando productos hiperpalatables para explotar nuestros circuitos dopaminérgicos. El capitalismo contemporáneo necesita consumidores permanentemente estimulados.

 

Sin embargo, por primera vez podríamos estar entrando en una era donde millones de personas reducen su consumo no por conciencia moral ni por educación nutricional, sino porque farmacológicamente sienten menos necesidad de consumir. Esto tiene implicaciones potencialmente enormes.

 

Diversos análisis económicos ya sugieren que los usuarios de GLP-1 gastan menos en comida rápida, snacks, bebidas azucaradas e incluso alcohol. Algunas cadenas alimentarias y compañías de ultraprocesados han empezado a observar el fenómeno con preocupación. Si una parte significativa de la población reduce de forma sostenida su ingesta calórica, inevitablemente cambiarán patrones de mercado, estrategias de marketing y modelos de negocio.

 

Tal vez estemos ante el inicio de una transición silenciosa: pasar de una economía basada en maximizar el apetito a otra centrada en optimizar saciedad, salud metabólica y control farmacológico del deseo. Sin embargo, el entusiasmo alrededor de estos medicamentos también merece prudencia.

 

La evidencia científica sobre sus beneficios es muy sólida. Ensayos clínicos de alta calidad han demostrado pérdidas de peso clínicamente relevantes, reducción de eventos cardiovasculares, mejoría metabólica y potencial beneficio en múltiples enfermedades asociadas a obesidad. El estudio SELECT, publicado en The New England Journal of Medicine, mostró incluso reducción de eventos cardiovasculares mayores en personas con obesidad sin diabetes. Eso cambió radicalmente la percepción médica de estos tratamientos.

 

Pero ningún fármaco está libre de costes.

 

Los efectos adversos gastrointestinales son frecuentes: náuseas, vómitos, diarrea, estreñimiento y fatiga forman parte habitual del tratamiento. Además, persisten interrogantes sobre posibles riesgos a largo plazo, incluyendo pancreatitis, enfermedad biliar o gastroparesia en determinados pacientes. Aunque muchos de estos riesgos parecen poco frecuentes, el problema es que estamos asistiendo a una expansión masiva del uso de estos medicamentos en población relativamente sana y, en ocasiones, con objetivos más estéticos que clínicos.

 

Ahí surge otro debate incómodo: la medicalización de la delgadez.

Vivimos en una sociedad donde el cuerpo empieza a optimizarse farmacológicamente para adaptarse a ideales estéticos y productivos. Comer menos ya no depende necesariamente de modificar hábitos o transformar entornos alimentarios. Ahora puede conseguirse mediante una inyección semanal. Y esto plantea ciertas preguntas.

 

¿Estamos tratando una enfermedad o adaptando químicamente a las personas a una cultura obsesionada con la delgadez? ¿Estamos solucionando las causas estructurales de la obesidad o simplemente silenciando biológicamente el hambre? ¿Qué ocurrirá cuando generaciones enteras crezcan considerando normal regular el apetito mediante fármacos?

 

Quizá la mayor paradoja sea esta: durante décadas, el mercado creó una economía basada en estimular nuestros impulsos de consumo. Y ahora otra industria multimillonaria —la farmacéutica— obtiene beneficios precisamente disminuyendo esos impulsos.

En definitiva, los análogos de GLP-1 y nuevas moléculas no son solo medicamentos. Es probablemente el inicio de una nueva relación entre biología, deseo y economía de las cuales no se comprenden las consecuencias reales.