Los beneficios del pistacho: la ciencia confirma lo que el sabor ya sabía

Los beneficios del pistacho: la ciencia confirma lo que el sabor ya sabía

Xenia Aladren Mozota

26 de febrero de 2026

El pistacho es mucho más que un fruto seco atractivo por su sabor suave y su característico color verde intenso. En los últimos años, se ha popularizado entre la población y es por lo que la investigación científica ha analizado en profundidad la composición nutricional y sus efectos sobre la salud humana. Los diferentes trabajos muestran que este fruto seco combina un perfil nutricional completo con una amplia variedad de compuestos bioactivos que pueden contribuir a la prevención de enfermedades crónicas y el mantenimiento del bienestar general.

 

Una pequeña joya verde con un perfil nutricional extraordinario

 

El pistacho destaca por su elevada densidad nutricional. Esto significa que aporta una gran cantidad de nutrientes beneficiosos en relación con su contenido calórico. Está compuesto por una combinación equilibrada de macronutrientes: grasas saludables, proteínas vegetales, carbohidratos complejos y fibra dietética.

Alrededor de un 20% de su peso corresponde a proteínas, lo que lo convierte en uno de los frutos secos con mayor contenido proteico. Estas proteínas vegetales aportan aminoácidos esenciales y contribuye al mantenimiento de la masa muscular entre otras de sus acciones. Además, contiene más del 10% de fibra dietética, un componente clave para la salud digestiva y metabólica.

En cuanto a las grasas, predominan las monoinsaturadas y poliinsaturadas, especialmente el ácido oleico y linoleico. Estas grasas son reconocidas por su efecto protector sobre el sistema cardiovascular. A diferencia de las grasas saturadas presentes en otros alimentos, las grasas del pistacho ayudan a mejorar el perfil lipídico en sangre.

También es una excelente fuente de micronutrientes. Aporta vitamina B6, fundamental para el metabolismo de proteínas y funcionamiento del sistema nervioso; vitamina E, con potente acción antioxidante; vitamina K y folatos. Entre los minerales destacan el potasio, el magnesio, el fósforo, el hierro y el zinc, todos esenciales para funciones fisiológicas como la regulación de la presión arterial, la formación de glóbulos rojos y el fortalecimiento del sistema inmunitario.

 

Antioxidantes en acción: defensa natural frente al estrés oxidativo

 

Uno de los aspectos más relevantes del pistacho es su capacidad antioxidante. Contiene una amplia variedad de compuestos bioactivos, como polifenoles, flavonoides, proantocianidinas, carotenoides (especialmente luteína y zeaxantina) y tocoferoles. Estos compuestos ayudan a neutralizar los radicales libres, moléculas inestables que pueden dañar las células y contribuir al envejecimiento y al desarrollo de enfermedades crónicas.

El estrés oxidativo está implicado en procesos como la aterosclerosis, la diabetes tipo 2 y ciertas enfermedades neurodegenerativas. La inclusión regular de pistachos en la dieta se ha asociado con un aumento de antioxidantes circulantes en el organismo y con una reducción de marcadores de oxidación, como el colesterol LDL.

La combinación de antioxidantes liposolubles e hidrosolubles en el pistacho permite una protección más completa frente al daño celular. Este efecto antioxidante es uno de los mecanismos clave que explican sus veneficios para la salud cardiovascular y metabólica.

 

Un aliado del corazón

 

Diversos estudios han demostrado que el consumo habitual de pistacho puede mejorar varios factores de riesgo cardiovascular. Entre los efectos observados se encuentran la reducción del colesterol LDL y, en algunos casos, el aumento del colesterol HDL.

Los fitoesteroles presentes en el pistacho contribuyen a disminuir la absorción intestinal del colesterol, ayudando a mantener niveles saludables en sangre. Además, el potasio y el magnesio favorecen el control de la presión arterial, un factor determinante en la prevención de enfermedades cardiacas.

El efecto antiinflamatorio y antioxidante del pistacho también protege el endotelio, la capa interna de los vasos sanguíneos. Un endotelio sano es fundamental para mantener una correcta función vascular y reducir el riesgo de aterosclerosis. En conjunto, estos mecanismos convierten al pistacho en un alimento aliado del corazón.

 

Saciedad inteligente: energía densa sin promover el aumento de peso

 

A pesar de su contenido energético, el pistacho no se asocia con aumento de peso cuando se consume con moderación. De hecho, puede ayudar en el control de peso corporal.

La combinación de proteínas, grasas saludables y fibra aumenta la sensación de saciedad, lo que puede reducir la ingesta calórica total a lo largo del día. Además, parte de la grasa del pistacho no se absorbe completamente debido a la estructura física del fruto seco, lo que disminuye ligeramente su aporte calórico real.

Consumir pistachos con cascara también puede contribuir a una ingesta más consciente y lenta, favoreciendo la regulación natural del apetito. Por estas razones, puede ser una alternativa saludable frente a otros snacks ultra procesados.

 

 

Cuidando del intestino desde dentro

 

La fibra y los polifenoles del pistacho actúan como sustrato para la microbiota intestinal. Se ha observado que su consumo puede favorecer el crecimiento de bacterias beneficiosas productoras de butirato, un ácido graso de cadena corta con propiedades antinflamatorias y protectoras del colon.

Una microbiota equilibrada está relacionada con mejor digestión, menor inflamación sistémica y un sistema inmunitario más eficiente. De este modo, el pistacho no solo aporta nutrientes directamente, sino que también mejora el entorno intestinal

 

En conclusión, el pistacho muestra que los alimentos tradicionales pueden estar respaldados por una sólida base científica. No se trata únicamente de un fruto seco sabroso, sino de una matriz nutricional compleja que combina grasas saludables, proteínas vegetales, fibra, vitaminas, minerales y una amplia gama de compuestos bioactivos con efectos antioxidantes y antinflamatorios.

El consumo regular de una ración al día de 25-30 g, se asocia con beneficios cardiovasculares, metabólicos e intestinales. Lejos de ser un simple aperitivo, el pistacho puede considerarse un alimento funcional con impacto real en la prevención de algunas enfermedades crónicas.

En un contexto donde la calidad nutricional cobra cada vez mayor relevancia, el pistacho representa un ejemplo de cómo el placer y la salud pueden ir de la mano. Pequeño en tamaño, sí, pero con un perfil nutricional que demuestra que, en ocasiones, las mejores estrategias de salud caben en la palma de la mano.

 

Más que un juego viral. El peligroso vínculo entre el reto del paracetamol y las autolesiones en adolescentes

Más que un juego viral. El peligroso vínculo entre el reto del paracetamol y las autolesiones en adolescentes

Eva Benito Ruiz

25 de febrero de 2026

En la era digital, lo que comienza como un vídeo de pocos segundos en redes sociales puede transformarse en una emergencia sanitaria de consecuencias irreversibles. Actualmente, una tendencia alarmante conocida como el reto del paracetamol ha encendido las alarmas entre los profesionales sanitarios, no solo por su toxicidad física, sino por lo que revela sobre la salud mental de nuestros jóvenes.

 

¿En qué consiste el reto del paracetamol?

 

Viralizado principalmente en plataformas como TikTok, este desafío incita a los jóvenes a ingerir cantidades masivas de paracetamol con un objetivo perturbador: pasar el mayor tiempo posible ingresado en un hospital. El ganador es quien logre el ingreso más prolongado. Aunque pueda parecer una gamberrada de internet, según numerosos expertos es una auténtica ruleta rusa letal.

 

La trampa del colapso silencioso

 

El paracetamol es un fármaco común y seguro en dosis pautadas (máximo 4 gramos al día en adultos), pero se vuelve una sustancia nociva en exceso. Lo más peligroso de este reto es su naturaleza engañosa:

 

Fase inicial silenciosa: Tras la ingesta, el joven puede sentir solo náuseas leves, lo que le da una falsa sensación de seguridad mientras su hígado comienza a colapsar internamente.

 

Toxicidad hepática: El exceso del fármaco genera un metabolito altamente tóxico llamado NAPQI que destruye las células del hígado.

 

Daño irreversible: Si no se administra el antídoto (N-acetilcisteína) idealmente en las primeras 8 horas, el fallo hepático puede ser irreversible, requiriendo un trasplante o conduciendo a la muerte.

 

El vínculo con las autolesiones en adolescentes

 

Aunque muchos adolescentes participan en este reto por la búsqueda de aceptación social o curiosidad, la ingesta de sustancias nocivas está catalogada médicamente como una forma de autolesión no suicida.

 

Escuchar no es solo un acto de cortesía, sino una herramienta de supervivencia y prevención crítica. Es fundamental comprender que las autolesiones no siempre buscan el fin de la vida, sino que a menudo representan un grito silencioso de ayuda y una forma desesperada de comunicar un dolor emocional que resulta abrumador para el adolescente.

 

Los jóvenes pueden recurrir a estas conductas por una combinación de diversos factores complejos:

 

Regulación emocional: Al infligirse dolor físico o ponerse en situaciones de riesgo (como puede ocurrir en el reto del paracetamol), buscan aliviar momentáneamente sentimientos de vacío, ansiedad o depresión mediante la liberación química de endorfinas que aminoran el trauma.

 

Influencia social: Esta desempeña un papel crítico en la actualidad, ya que la idealización de estas conductas en redes sociales puede empujar a adolescentes vulnerables a adoptarlas para sentirse integrados o buscar reconocimiento en su grupo de pares.

 

Búsqueda de control: En un mundo que les parece inmanejable, permitiéndoles retomar el dominio sobre su propio cuerpo cuando otros aspectos de su vida, como las presiones familiares o académicas les resulta incontrolable.

 

Señales de alerta para padres y cuidadores

 

Para los padres y cuidadores es crucial mantener una vigilancia constante ante señales de alerta que puedan ser sutiles pero reveladoras. Un indicio común son los cambios repentinos de vestimenta, como el uso de mangas largas, pantalones largos o exceso de joyas incluso en verano, con el fin de ocultar cicatrices, cortes recientes o marcas derivadas de estos retos.

 

Asimismo, se debe prestar atención a los cambios en el humor o aislamiento, que incluyen retirarse de círculos sociales habituales, pasar demasiado tiempo encerrados, mostrar una irritabilidad excesiva o disminución inexplicable del rendimiento académico.

 

Por último, no se deben ignorar las manifestaciones verbales de desesperanza; comentarios sobre no tener futuro o hablar directamente de la necesidad de desaparecer podrían ser alarmas críticas que indican que el adolescente podría estar en una situación de riesgo grave y requiere apoyo profesional inmediato para evitar que la situación escale a daños irreversibles.

 

¿Cómo actuar?

 

La prevención no depende solo de prohibir, sino de educar y escuchar.

 

Conversar: No preguntar directamente sobre estos retos o sobre si se han hecho daño. Como padres, hay que escuchar sin juzgar y validar sus emociones. Muchos adolescentes que se autolesionan sienten vergüenza, culpa o miedo, lo que les dificulta pedir ayuda de forma directa. Es por ello que resulta importante que los padres y/o cuidadores adopten una postura sin prejuicios. Escuchar más de lo que se habla, permitiendo que el joven se exprese sin temor a ser reprendido. Validar lo que sienten es el primer paso para que dejen de usar su cuerpo como tablero de expresión.

 

Entorno seguro y de confianza: Establecer un plan de seguridad en conjunto con el adolescente puede ser una herramienta de confianza. Esto incluye reorganizar el hogar para que sea más seguro (como mantener los medicamentos bajo llave) no como una medida punitiva, sino como un acuerdo mutuo de protección durante momentos de crisis emocional.

 

En lugar de solo prohibir, es necesario escuchar sus experiencias digitales y fomentar el pensamiento crítico sobre los contenidos que consumen. Se ha observado que los padres que pasan demasiado tiempo en redes sociales (hasta 8 horas al día) pueden bloquear involuntariamente oportunidades de cercanía emocional y conversación, aumentando el riesgo de depresión en sus hijos.

 

No es necesario fingir que el tema no nos afecta. Los padres pueden admitir que hablar de autolesiones es difícil para ellos, pero siempre enfatizando que el motor de la conversación es el amor y la preocupación por su bienestar. Expresar un apoyo incondicional permite que el joven sienta que el hogar es un refugio seguro y no un tribunal.

 

Apoyo profesional: Si detectan alguna señal, acudir al pediatra o a un profesional de salud mental. Las autolesiones se pueden tratar y se pueden superar con el apoyo adecuado antes de que escalen a problemas más graves.

 

Es importante dedicar tiempo a los adolescentes no solo para supervisarlos, sino para construir un vínculo protector que puede marcar la diferencia entre la salud y una conducta de riesgo. Priorizar la salud mental y las relaciones familiares es una de las estrategias más eficaces para reducir los riesgos de depresión y ansiedad en los jóvenes.

 

Participar en un reto viral puede parecer un juego, pero cuando el tablero es la propia salud, las consecuencias pueden ser permanentes. La alfabetización mediática digital y la comunicación familiar son nuestras mejores herramientas para proteger a los jóvenes en este ecosistema digital tan complejo.

Preguntas y respuestas para dialogar sobre el alcohol

Preguntas y respuestas para dialogar sobre el alcohol

Gema Puig Esteve y José Miguel Ausejo Sanz

24 de febrero de 2026

Las adicciones nos enfrentan a situaciones complejas, y también a procesos que desgastan las relaciones y que, desde una cierta aproximación de ayuda, o incluso terapéutica, resultan difíciles de acompañar.

 

 

Se puede intuir que cuando el uso diario del alcohol por una persona hace descarrilar la vida familiar, social o laboral, algo le ocurre a la persona; algo se está desencadenando y seguramente será conveniente buscar ayuda.

 

 

Hacer como si no sucediera nada, dejar pasar el tiempo, ocultar lo que pueda estar ocasionando, evitar afrontar la situación, solo va a llevar consigo un agravamiento y, con frecuencia, consecuencias que afectarán a la persona que está inmersa en el consumo de alcohol y a sus diferentes contextos.

 

 

En nuestra sociedad, dada la legalidad y normalización de su presencia en la vida cotidiana, el tabaco y el alcohol son las sustancias más usadas y, probablemente, las que ocasionan mayor número de consecuencias indeseables. Podemos decir que serán estas las sustancias con las que muchas personas se inicien en los «usos de sustancias».

 

 

Se pueden recordar algunos asuntos que reflejan la proximidad que históricamente se ha mantenido con el uso de bebidas alcohólicas, y las dificultades para tomar conciencia de los estragos que estos usos han originado, y originan en la vida de muchas personas.

 

 

Así recordamos cómo se merendaba con «rebanadas de pan con vino y azúcar», cómo se usaban las bebidas de alta graduación como «estimulantes del apetito» para niños, cómo se hacía ver que las intoxicaciones formaban parte del proceso de crecimiento de las personas «quién no se ha intoxicado en alguna ocasión», de las transiciones vitales de los ritos de paso «bebe que ya eres un hombre» o cómo se generalizaba el uso tratando de restar importancia a situaciones complejas «todo el mundo bebe».

 

 

Hoy encontramos que «hacer botellón», o «beber una cantidad excesiva en el menor tiempo posible», así como introducir el uso del alcohol en diferentes juegos o retos, o incluso beber una cantidad importante de alcohol antes de acudir a un encuentro de amigos, añaden peculiaridades al modo de relacionarse con el alcohol.

 

 

Más cantidad, a menor edad, con cierta frecuencia, y repitiendo las intoxicaciones nos sitúan en una realidad cuyas consecuencias a medio y largo plazo desconocemos. Nos enfrentamos a las consecuencias más agudas que pueden llegar a resultar fatales para algunas personas.

 

 

En estas situaciones, como en otros tantos aspectos de la vida, reconocer que algo no va bien y que se precisa ayuda no resulta sencillo.

 

 

Encharcar la conciencia tratando de padecer menos, de no sufrir o de hacer desaparecer una realidad desagradable puede ocasionar varias consecuencias. Entre ellas, la de volver a beber, no ya para aliviar las situaciones referidas, sino para calmar el deseo desarrollado por usar el alcohol. A los malestares previos se añade la necesidad por mantenerse en ese estado de «bienestar» experimentado por la persona ebria.

 

 

El alcohol es una sustancia cercana, presente en todos los momentos de la vida, en nuestra cultura, en nuestras costumbres, en nuestras rutinas. De fácil acceso y no excesivamente caro, nos presenta un escenario complejo que favorece su uso y abuso, el mantenimiento del consumo e incluso el retorno a usarlo tras periodos de abstinencia más o menos prolongados.

 

En este sentido proponemos una serie de preguntas que quizá propicien un cierto diálogo.

 

¿Es posible controlar el uso del alcohol para una persona que ha tenido problemas con dicho uso?

 

Nuestra experiencia compartida nos dice que resultará muy difícil controlar el uso de alcohol para la persona que ha experimentado previamente una dependencia alcohólica. Es posible que la memoria originada por esa dependencia se reactive con velocidad, y que incluso no precise muchos nuevos usos para retornar al punto de dependencia anterior.

 

 

¿La persona que abusaba del alcohol podrá volver a consumirlo de forma social?

 

Nos parece relevante tener en consideración para tratar de entender el alejamiento permanente del uso del alcohol en estas circunstancias, que si retorna el deseo por beber puede estar señalando que las dificultades personales existentes no se han orientado suficientemente y que el malestar originado busca de nuevo en el alcohol un modo de mitigarse. Añadimos que para un individuo vulnerable el retorno a la bebida presenta sensaciones muy difíciles de controlar.

 

 

¿Basta con que hayan transcurrido algunos años de abstinencia para que una persona que tuvo un uso abusivo del alcohol pueda mantener un uso controlado?

 

No hay forma, desde nuestra experiencia, de retornar a un uso social del alcohol cuando previamente existió una historia de abuso; es un deseo difícil de llevar a la práctica. El control no parece posible y es un riesgo del que el individuo habrá de ser consciente por las consecuencias que puede desencadenar. Nuevas satisfacciones han podido favorecer una vivencia cotidiana en la que el alcohol se mantuvo ausente, e incluso esta nueva experiencia cotidiana originó mayor conciencia sobre las complicaciones surgidas en torno al abuso previo del alcohol. Desde la inexactitud, en muchos aspectos de la medicina cada persona es una experiencia concreta, una relación particular entre la sustancia que se usa, el sujeto que la usa y los contextos donde se llevan a cabo dichos usos, y en estas líneas señalamos la enorme dificultad existente para retornar a ese consumo social.

 

 

Tras un periodo de abstinencia, ¿sería adecuado que una persona que ha mantenido un uso abusivo de alcohol tomase bebidas «alcohólicas sin alcohol»?

 

Las bebidas alcohólicas que se presentan como «cero alcohol» favorecen en las personas que han vivido una experiencia de uso abusivo del alcohol, traspasar una puerta de consecuencias impredecibles. Participar en este juego podría suponer propiciar un contexto de proximidad y permiso que, tras los esfuerzos realizados para mantener la abstinencia, puede conducir a nuevos usos de alcohol.

 

 

¿Cómo se puede reconocer que alguien que vivió una época de consumo abusivo, excesivo, o de dependencia al alcohol ha superado dicha situación?

 

El único modo de percibir que una persona ha superado una dependencia del consumo de alcohol es observar que se mantiene abstinente, ya que el riesgo de reactivar ese uso abusivo y, por tanto, que nuevamente aflore la dependencia va a estar siempre presente. Otros rasgos son observar cómo la vida familiar, social y laboral se reconduce; se introducen nuevos modos de disfrutar o se recuperan algunos arrinconados. Incluso se percibe cómo los aspectos más frágiles de la persona adquieren una mayor consistencia. El rechazo a la búsqueda de ayuda se transforma en la necesidad de afrontar las dificultades que la sobriedad muestra y que parece conveniente recolocar del mejor modo posible.

 

 

Añadimos una mirada que nos parece relevante. Desde un punto de vista ocupacional, beber alcohol se configura en la historia de algunas personas como una ocupación significativa, posiblemente iniciada debido a las influencias sociales, que en determinados momentos han podido otorgarle beneficios personales e incluso un «cierto reconocimiento social» e identidad ocupacional. Esa persistencia a lo largo del tiempo a pesar del constante desafío que supone para su vida personal, familiar, laboral, favorecida por las oportunidades del entorno (normalización del consumo, accesibilidad de la bebida, legalidad de la sustancia, ligado a la celebración, al ocio, a la fiesta) da cuenta de ese «lado oscuro» de algunas actividades cuyo desempeño conduce a una adicción.

 

Entendida la «resiliencia ocupacional» como el grado de persistencia en cualquier actividad específica, podemos intuir la importancia de generar socialmente oportunidades de ocio que fomenten la salud y el bienestar y aprovechen el potencial de la participación y el apoyo social.

La lengua materna también cura: Por qué hablar en tu idioma es un factor de salud

La lengua materna también cura: Por qué hablar en tu idioma es un factor de salud

Isabel Herrando Rodrigo

22 de febrero de 2026

Hay una escena que se repite más de lo que nos gustaría: una persona entra en consulta, entiende “más o menos” lo que le dicen, asiente por educación (por cansancio, por vergüenza), sale con una receta en la mano y un “ya veremos”. En casa descubre que no sabe exactamente qué hacer. No es mala voluntad ni falta de interés. Muchas veces es un problema de lengua materna: la que se habla y, sobre todo, la que  se siente.

 

En OCODES llevamos tiempo insistiendo en que la información en salud es un bien común y que la desinformación se cuela donde hay grietas. Una de esas grietas se llama barrera lingüística. Y no solo afecta a personas migrantes o turistas: también impacta en quienes dominan la lengua oficial de un país, pero no lo usan como lengua de confianza (por ejemplo, mayores, comunidades bilingües o personas vulnerables y/o en situaciones de estrés). En salud, la lengua que se utiliza no es decoración: es infraestructura.

 

Cuando no hablamos la misma lengua, baja la calidad y sube el riesgo

 

La evidencia es bastante consistente: las barreras de idioma en el sistema sanitario se  asocian con peor comunicación, menor satisfacción tanto para los pacientes como para el personal sanitario, y problemas de seguridad del paciente (errores, malentendidos, adherencia más baja al posible tratamiento).

 

Y al revés, cuando el profesional sanitario atiende en el idioma preferido del paciente, lo que se llama concordancia lingüística , la relación tiende a ser más sólida, generando confianza, comprensión y alianza terapéutica. Ejemplos de estas situaciones se pueden encontrar en multitud de contextos como en Estados Unidos y la población de habla hispana o en Canadá con la población anglófona y francófona. Incluso hay estudios observacionales que encuentran asociaciones entre concordancia lingüística y menor riesgo de resultados adversos en poblaciones que hablan lenguas minoritarias.

 

No es una cuestión de percepción, sino de carga cognitiva. Cuando recibimos información sanitaria en una lengua que no es nuestra lengua materna, el cerebro debe dedicar más recursos para comprenderla. Y la salud, por naturaleza, ya implica incertidumbre, estrés y urgencia.

 

La lengua materna no solo se entiende: se habita

 

La lengua materna es la que usamos para contar lo difícil: dolor, vergüenza, sexualidad, duelo, ansiedad. Es la lengua del matiz. Y en salud, el matiz lo es todo: no es lo mismo “me duele” que “me quema”, “me pincha”, “me oprime” o “me despierta por la noche”.

 

Aquí aparece un punto poco visible pero clave: emociones y lenguaje van de la mano. Como explica Mamen Horno (2024)  en Un cerebro lleno de palabras, el lenguaje no es una capa superficial que usamos para describir lo que sentimos, sino una herramienta que estructura nuestro pensamiento y modula nuestra experiencia emocional. Las palabras activan redes neuronales asociadas a recuerdos, afectos y vivencias previas, especialmente cuando pertenecen a nuestra lengua materna. Por eso, recibir información sanitaria en la propia lengua materna no solo facilita la comprensión racional, sino que también ofrece un anclaje emocional que reduce la incertidumbre y el miedo. Cuando el mensaje llega en otra lengua, no solo aumenta el esfuerzo cognitivo: también puede debilitar ese vínculo afectivo que ayuda a procesar, integrar y confiar en la información recibida.

 

De ahí que la investigación en bilingüismo y procesamiento emocional sugiere que la lengua en la que codificamos experiencias puede influir en cómo sentimos y expresamos emociones.  Dicho sin bata blanca: a veces, en una segunda lengua eres más funcional pero menos preciso para lo íntimo. Eso importa porque en muchas consultas lo que se diagnostica y se trata no es una analítica, sino una historia: síntomas, contexto, hábitos, adherencia, creencias, miedos. Y esa historia sale mejor en tu lengua materna porque te acompaña y acoge de una manera más fiel en tu fragilidad cuando enfermas.

 

El intérprete profesional: el antivirus más infravalorado del sistema

 

Cuando no hay concordancia lingüística, el recurso más eficaz no es el Google Translate humano (tu primo, tu hijo, tu vecino), sino que debería ser un intérprete profesional. Disponer de este recurso,  reduce malentendidos, mejora calidad asistencial y protege la confidencialidad (especialmente en salud sexual, violencia, salud mental).

 

La traducción informal tiene un riesgo silencioso: filtra, simplifica y censura. Un adolescente interpretando a su madre en una consulta de ginecología quizás no llegue a ser “ayuda familiar” sino una receta para el desastre (clínico y humano).

 

¿Qué podemos hacer ya? Medidas simples, impacto real

 

En consulta, pide ser atendido/a tu lengua materna para reducir riesgo.

Si no hay personal sanitario que hable tu lengua, y el sistema sanitario de tu Comunidad Autónoma no ofrece intérpretes profesionales, recurre a herramientas y aplicaciones de tu teléfono móvil o dispositivo electrónico. La Inteligencia Artificial también puede ser de gran ayuda en esta mediación lingüística.

Prepara un mini-guion en tu lengua materna: síntomas, cuándo empezaron, qué empeora/mejora, medicación, alergias.

Para profesionales y gestores: medir “idioma preferido” como un dato clínico más (como alergias o antecedentes) y normalizar circuitos de interpretación. La seguridad del paciente también habla distintas lenguas maternas.

 

En definitiva

 

La lengua materna no es un lujo cultural, sino que también debe concebirse como un determinante de salud. Influye en comprensión, confianza, adherencia al tratamiento, calidad del relato clínico y—en algunos casos—en resultados. Si nos tomamos en serio la lucha contra la desinformación en salud, también debemos tomarnos en serio algo básico: que la información sea entendible y habitable para quien la recibe.

 

Porque en cuestiones de salud, muchas veces, la diferencia entre “me lo explicaron” y “lo entendí” no es inteligencia: es lengua materna.

 

 

 

 

 

Determinantes sociales del bienestar: Una perspectiva desde el trabajo social

Determinantes sociales del bienestar: Una perspectiva desde el trabajo social

Paloma Martí

21 de febrero de 2026

¿En qué medida el entorno social condiciona la capacidad de una persona para mantener un estado de bienestar físico y mental?

 

Las circunstancias en las que las personas nacen, crecen, trabajan, viven y envejecen influyen de manera decisiva en su estado de salud. Esta no depende únicamente de factores biológicos o médicos, sino que está determinada en gran medida por condiciones sociales, económicas y culturales conocidas como determinantes sociales de la salud.

 

 

La salud sigue un gradiente social

 

 

Cuanto más desfavorable es la posición socioeconómica de una población, menores ingresos, bajo nivel educativo y condiciones precarias de vivienda, peor es su estado general de salud. La propia Organización Mundial de la Salud define la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, lo que implica que no basta con la ausencia de enfermedad, sino que es necesario contar con condiciones que permitan el desarrollo pleno en todos los ámbitos de la vida”.

 

En este contexto, resulta fundamental abordar el concepto de justicia social. A diferencia de la justicia conmutativa, que vigila que los contratos y acuerdos entre individuos se cumplan de manera correcta y equitativa, y de la justicia penal, cuya función principal es castigar el delito cuando se vulnera la ley, la justicia social tiene un propósito más amplio y colectivo: transformar las condiciones sociales para garantizar igualdad de derechos y oportunidades. Su finalidad es reducir las brechas existentes, proteger a los grupos más vulnerables y fortalecer la cohesión social mediante políticas inclusivas.

 

El epidemiólogo Michael Marmot demostró, a través de diversas investigaciones, que existe una relación directa entre la posición social de las personas y su estado de salud. Sus estudios evidencian que quienes se encuentran en los niveles sociales más bajos presentan peores condiciones de salud, no solo por un menor acceso a la atención médica, sino por la influencia constante de los determinantes sociales en su vida cotidiana.

 

En su informe Fair Society, Healthy Lives (2010), Marmot destaca que las desigualdades en salud se originan desde la infancia. Las condiciones en las que crecen los niños —alimentación, estimulación educativa, estabilidad familiar y entorno social— influyen decisivamente en su desarrollo y en su salud futura. Por ello, sostiene que mejorar la salud de la población requiere ir más allá del sistema sanitario y abordar las causas sociales de la enfermedad, promoviendo una sociedad más justa y equitativa en términos de educación, empleo y condiciones de vida.

 

La justicia social también ha sido analizada por diversos filósofos y organismos internacionales. El filósofo político John Rawls, en su obra “Teoría de la justicia” afirma que, la justicia es la primera virtud de las instituciones sociales. Esto implica que cualquier sistema político debe estructurarse de modo que garantice la igualdad de derechos y oportunidades, especialmente para los sectores más desfavorecidos. Una sociedad justa no se mide únicamente por el cumplimiento de las leyes, sino por su capacidad para eliminar barreras estructurales que impidan el desarrollo pleno de sus miembros.

 

La Organización Mundial de la Salud, en su informe Closing the gap in a generation: Health equity through action on the social determinants of health (2008), señala que la pobreza y la exclusión social aumentan significativamente la probabilidad de enfermedad. Asimismo, destaca la necesidad de reconocer y corregir las desigualdades estructurales que afectan a grupos como mujeres, personas mayores, minorías étnicas y personas con discapacidad, quienes suelen enfrentar mayores cargas de cuidado, discriminación y menor estabilidad económica, lo que incrementa su vulnerabilidad a enfermedades física y trastornos de salud mental.

 

 

La ausencia de justicia social no solo perjudica la salud física, sino también la salud mental.

 

Vivir en condiciones de pobreza, inseguridad laboral, violencia o exclusión genera estrés crónico, ansiedad y depresión. La incertidumbre constante respecto al empleo, la vivienda o el acceso a servicios básicos impacta directamente en el bienestar emocional. No puede hablarse de salud integral cuando existen desigualdades estructurales que deterioran la estabilidad psicológica y limitan el desarrollo personal.

 

Retomando la pregunta inicial —¿en qué medida el entorno social condiciona la capacidad de una persona para mantener su bienestar físico y mental? —, puede afirmarse que el entorno social constituye un determinante fundamental del bienestar. Este influye directamente en el acceso a recursos esenciales como educación, empleo, vivienda, alimentación y servicios de salud. Un entorno equitativo e inclusivo no solo facilita la satisfacción de necesidades básicas, sino que promueve un estado de salud integral y sostenible a lo largo de la vida. En consecuencia, cuanto mayor sea la justicia social en una sociedad, mayores serán las probabilidades de que sus miembros gocen de bienestar físico y mental.

 

 

Juego de apuestas: un problema de salud pública

Juego de apuestas: un problema de salud pública

Itxaso Cabrera Gil

18 de febrero de 2026

Cuando somos jóvenes estamos en plena evolución, en una constante lucha de equilibrio entre el control y el descontrol de los impulsos. Nuestras hormonas acechan y nos encanta experimentar planes y vivencias. Nos atrae lo nuevo y, si está prohibido, aún más. Y esto el sector de las apuestas lo sabe.

 

 

La industria de las apuestas no busca jóvenes que comiencen a invertir su dinero al cumplir los 18 años en las diversas ranuras del sector, lo que realmente persigue es que, al alcanzar la mayoría de edad, ya sepan hacerlo; más aún, que estén habituados. Que el deporte deje de ser simplemente jugar, en el sentido más puro de la palabra, y que los videojuegos tampoco lo sean. El objetivo es que estas prácticas se encadenen de forma progresiva hasta que, al dejar atrás la adolescencia, apostar forme parte de su rutina cotidiana, casi como una habilidad adquirida. No se trata de ocio: se trata de captación temprana donde las apuestas pueden impactar en la vida de quienes las hacen y de aquellas personas que les rodean. No es fútbol, son apuestas deportivas. No es una consola, son videojuegos infectados de cajas botín.

 

 

Desde el ámbito académico y la investigación científica, los datos son preocupantes. Nos centramos en Aragón donde el 60 % de jóvenes entre 16 y 25 años ha apostado alguna vez, o nos vamos al recientemente publicado informe sobre adicciones comportamentales dentro del Plan Nacional sobre Drogas y otros trastornos adictivos donde se señala un incremento del posible juego problemático entre los estudiantes de 14 a 18 años, fundamentalmente entre los chicos (8,4% en 2025 vs 6% en 2023) y entre quienes han jugado a juegos de azar online (27,7% en 2025 vs 23,5 % en 2023). En definitiva, es alarmante, una parte significativa de las y los jóvenes que apuestan lo hace de forma repetida, con riesgo de desarrollar un diagnóstico ligado al juego problemático o trastorno por juego de apuestas. La accesibilidad a las apuestas desde los dispositivos móviles o la facilidad tecnológica, así como el mantenimiento de las máquinas tragaperras en el sector de hostelería, donde es más que necesaria su eliminación o al menos un aumento del control de acceso, son el caldo de cultivo perfecto para un sector cuyo único fin es hacer negocio poniendo en riesgo a cientos de jóvenes.

 

 

Desde un punto de vista de salud, las apuestas no son ocio por mucho que escuchemos mensajes publicitarios como el famoso “bien jugado”. Las consecuencias no solo acechan el plano económico, sino que como si de un meteorito se tratase el impacto va desde lo psicológico hasta lo social, incluyendo culpa, vergüenza, problemas en las relaciones y alteración de la rutina diaria desde lo más básico (sueño o alimentación) hacia aquellas actividades más ligadas al beneficio personal. Estas repercusiones no son anecdóticas: reflejan que las apuestas pueden derivar en patrones de comportamiento compulsivo, pensamiento obsesivo y distorsiones cognitivas como el falso sentimiento de control (“ahora me toca”, “estoy de suerte”) conocidos como sesgos cognitivos, que mantienen el ciclo de apuestas pese a las consecuencias adversas. Finalmente, sí, es cierto: la máquina siempre gana. Los sentimientos de culpa o la ira, así como la ansiedad, aparecen tempranamente cuando el sector de las apuestas comienza a cumplir sus objetivos: ganar dinero. Y no solo se da un impacto en quienes desarrollan la enfermedad conocida popularmente como ludopatía, si no que alrededor de cinco personas del entorno cercano padecen dichas repercusiones, tomando, pues, la importancia que da título a estas líneas, lamentablemente estamos ante un problema de salud pública.

 

 

Y como problema de salud pública, el impacto del juego no es solo individual, sino que está condicionado por determinantes sociales, ambientales y comerciales que van desde publicidad dirigida hasta la omnipresencia de las «apps» de apuestas en el entorno digital de los jóvenes, y no tan jóvenes, dirigidas a modificar comportamientos que aumentan el desarrollo del daño de manera correlacional –sí, sorpresa de nuevo– a las ganancias del propio sector. Debemos reconocer sin tapujos que el sector de las apuestas gana la traducción de las pérdidas de quienes apuestan.

 

 

Y claro, no todo el mundo apuesta de la misma manera. La perspectiva de género se convierte en la investigación y el tratamiento en una cuestión vital: hombres y mujeres lo hacen diferente. Ellos tienden a comenzar antes, buscan la emoción, la adrenalina, la experiencia en sí; mientras ellas, de evolución más rápida, suelen comenzar a hacerlo más tarde, asumiéndolo como una vía de escape a otros problemas, haciéndolo más aisladas.

 

 

Tendremos que ir más allá de la perspectiva de mujer y comenzar a salir de las investigaciones cuyo patrón responde a la de los hombres «cis» , y es que investigaciones recientes sugieren que jóvenes de identidades de género diversas pueden tener riesgos significativamente más altos de involucrarse en el juego problemático que sus pares cisgénero, lo cual comienza a evidenciar que la experiencia del daño no solo está mediada por el género, sino también por la interacción entre identidad, entorno social y estrés estructural.

 

 

Ver más allá nos permitirá no solo tratar, sino también prevenir desde una visión amplia y diversa. Implica abordar acciones concretas, estrategias pertinentes y políticas públicas orientadas a una salud que busque eliminar o reducir la probabilidad de que ocurra un problema, daño o enfermedad ligada a las apuestas. Asimismo, supone poner límites a un sector cuyos ingresos brutos anuales, solo en el último trimestre de 2025 en España, alcanzaron los 405,36 millones de euros, un 16,49 % más que en el mismo trimestre de 2024; o, al menos, minimizar sus efectos en caso de que la enfermedad llegue a desarrollarse. Y es que no es adicta la persona que consume sino, más bien, quien no puede dejar de hacerlo. En otras palabras, prevenir significa anticiparse a un riesgo y actuar antes de que se manifieste un daño. Deberemos seguir a la ciencia para que las apuestas dejen de acechar, ver con perspectiva de salud y diversidad el trastorno de juego de apuestas, una enfermedad de salud mental que nos puede ocurrir a cualquiera.

 

 

Si necesitas ayuda, puedes consultar la web de la Asociación Aragonesa de Jugadores de Azar en Rehabilitación.