Obesidad infantil: Todos tenemos algo que decir

Obesidad infantil: Todos tenemos algo que decir

Roberto Alijarde Lorente

4 de marzo de 2026

La obesidad infantil es una condición caracterizada por una acumulación anormal o excesiva de grasa corporal que representa un riesgo para la salud en los niños y adolescentes.

 

La obesidad infantil ha aumentado de forma alarmante en las últimas décadas, constituyendo uno de los desafíos de salud pública más importantes del siglo XXI. En el año 2024, se estimó que más de 35 millones de niños menores de 5 años tenían sobrepeso en todo el mundo, y cerca de 390 millones de niños y adolescentes de 5 a 19 años tenían sobrepeso y obesidad. Entre 1990 y 2022, la prevalencia de obesidad en niños y adolescentes pasó del 2% al 8% globalmente, con incrementos en todas las regiones y grupos socioeconómicos.

 

Aunque los datos de incidencia, que miden los nuevos casos por unidad de tiempo, son menos frecuentemente reportados a nivel global, los patrones sugieren que la incidencia continúa siendo elevada, especialmente en contextos urbanos y en países de ingresos bajos y medios, donde la transición nutricional y estilos de vida sedentarios están aumentado.

 

La obesidad infantil es una enfermedad multifactorial, dependiendo su desarrollo de la interacción de múltiples factores:

 

Desequilibrio energético: La causa fundamental es un desequilibrio entre la energía ingerida y la energía gastada, favorecido por dietas altas en calorías, alimentos ultraprocesados ricos en grasas y azúcares, y un estilo de vida sedentario con baja actividad física.

Factores ambientales y socioeconómicos: La urbanización, el fácil acceso a alimentos ultraprocesados, la falta de espacios seguros para la realización de actividad física y la publicidad de productos poco saludables son clave en la epidemia de obesidad infantil.

Influencias familiares y comunitarias: Los hábitos familiares en alimentación y actividad física, el nivel educativo y económico de los cuidadores principales y la disponibilidad de alimentos saludables son factores determinantes.

Factores genéticos y biológicos: Sabemos que el aumento reciente de la incidencia y prevalencia de la obesidad viene explicado principalmente por factores ambientales y conductuales a nivel individual, familiar y comunitario. Pero también sabemos, que la genética juega un papel importante en el desarrollo de la obesidad. Existen múltiples variantes genéticas que aumentan la susceptibilidad a ganar peso, especialmente en entornos obesogénicos con alta disponibilidad de alimentos calóricos y sedentarismo. La genética puede influir en la regulación del apetito y la saciedad, en el gasto energético basal, la distribución de grasa corporal, la respuesta metabólica a alimentos y las conductas alimentarias.

La obesidad en niños, en muchas ocasiones, no presenta signos físicos evidentes de inmediato. Algunos pueden manifestar mayor sensación de fatiga o dificultad para realizar actividad física, problemas respiratorios o alteraciones ortopédicas. Pero la mayoría no describe síntomas, restando importancia a la condición de tener sobrepeso u obesidad.

 

La obesidad tiene consecuencias en la salud del paciente y de la sociedad a corto, medio y largo plazo, con importantes implicaciones en morbilidad y mortalidad. A corto plazo, la obesidad infantil implica principalmente la aparición de alteraciones metabólicas(dislipemia y resistencia a la insulina) y problemas psicológicos (baja autoestima, estigmatización, ansiedad y/o bullying).

 

A medio y largo plazo, la obesidad infantil es un factor de riesgo que aumenta la mortalidad prematura en el adulto, siendo factor de riesgo para la aparición de enfermedades no transmisibles como diabetes mellitus tipo 2, hipertensión arterial, enfermedades cardiovasculares y cáncer. Aunque la obesidad puede actuar como factor de riesgo independiente, recordar que en muchas ocasiones irá asociado a otros condicionantes como sedentarismo y malos hábitos de alimentación.

 

Es conocida por la población general la relación entre obesidad y enfermedades como diabetes tipo 2, hipertensión arterial o enfermedad cardiovascular. Desarrollaremos con mayor profundidad un tema más actual y no tan conocida por los lectores como es la relación entre obesidad y cáncer, y otro especialmente importante en la edad infantil como es la relación entre obesidad y bullying.

 

La obesidad infantil y el bullying están muy relacionados y constituyen un problema creciente a nivel de salud pública y del ámbito escolar. Diversos estudios muestran que los niños con sobrepeso y obesidad tienen mayor probabilidad de sufrir acoso escolar con una fuerte implicación en la salud mental y el desarrollo social del niño. El bullying hacia niños con obesidad suele basarse en el estigma del peso. El acoso genera baja autoestima, ansiedad, depresión, aislamiento social, conductas compulsivas, sedentarismo y baja participación en actividades físicas haciendo más difícil la lucha contra la obesidad.

 

La obesidad se ha reconocido como un factor de riesgo de algunos tipos de cáncer. La evidencia epidemiológica muestra como el exceso de tejido adiposo puede favorecer algunos procesos biológicos (inflamación crónica de bajo grado, alteraciones hormonales, resistencia a la insulina con hiperinsulinemia y alteraciones en el microbioma y el sistema inmunitario) que aumentan la probabilidad de desarrollar cáncer.

 

Sabemos que el inicio temprano de la obesidad y los años de evolución aumentan el riesgo de complicaciones crónicas. De ahí, la importancia de la obesidad en edad infantil y de realizar intervenciones en este grupo de edad.

 

Tratamiento

 

El tratamiento de la obesidad infantil es multifactorial, dirigido a mejorar hábitos de vida y apoyar cambios conductuales.

 

Intervenciones conductuales y educativas dirigidas al niño y su familia para mejorar alimentación y actividad física.

Seguimiento clínico regular controlando el crecimiento, la composición corporal y los factores de riesgo asociados.

Apoyo psicopedagógico para mejorar aspecto emocionales y conductuales relacionados con la alimentación.

 

Prevención

 

La Organización mundial de la salud (OMS) subraya que la prevención es la estrategia más eficaz para luchar contra la epidemia mundial de obesidad infantil, dado que el tratamiento una vez establecida es complejo y, con frecuencia, con resultados no satisfactorios.

 

A nivel individual, las intervenciones deben ir dirigidas a:

 

Alimentación saludable aumentando el consumo de frutas, verduras, legumbres y cereales integrales. Fomentar el consumo de proteína de alta calidad y grasa saludable. Limitar el consumo de azúcares, grasas saturadas y alimentos ultraprocesados. Controlar el tamaño de las raciones.

Actividad física: Implementar la cultura del niño activo. Luchar contra el sedentarismo. Disminuir el uso de pantallas y recomendar al menos 60 minutos diarios de actividad física de moderada a vigorosa adecuada al desarrollo del niño.

A nivel comunitario y político cómo se puede actuar. La OMS enfatiza que la prevención requiere enfoques multisectoriales e integrados que incluyan:

 

Políticas que incluyan entornos alimentarios saludables: Regulación de la publicidad de alimentos poco saludables dirigida a niños; Aplicar impuestos a bebidas azucaradas y productos ultraprocesados, junto con incentivos para alimentos saludables y de proximidad.

Políticas escolares: Educación nutricional en escuelas y comunidades; Programas de alimentación escolar nutritiva; Tiempo obligatorio para actividad física; Algunas intervenciones estructuradas en escuelas y comunidades que combinan educación nutricional y actividad física se han mostrado beneficiosas en reducir el riesgo de obesidad y mejorar parámetros antropométricos a medio plazo.

Diseño de ciudades que promuevan la actividad física: Parques y espacios seguros para jugar; Infraestructuras para caminar o ir en bicicleta; Reducción del sedentarismo asociado a entornos urbanos poco activos.

Reducción de las desigualdades sociales: Políticas que mejoren el acceso a alimentos saludables, educación y servicios de salud.

Fortalecer la atención primaria y los programas de prevención temprana.

 

Conclusión

 

La obesidad infantil es un problema global con consecuencias profundas para la salud presente y futura. Su prevalencia e incidencia han aumentado en las últimas décadas impulsadas por cambios en la dieta, sedentarismo y ambientes obesogénicos. La evidencia internacional, impulsada en gran medida por las recomendaciones de la OMS, señala que frenar la obesidad infantil requiere políticas públicas sólidas y sostenidas. Los gobiernos tienen un papel clave porque muchos de los factores que favorecen la obesidad están relacionados con el entorno en el que viven los niños, y no únicamente con decisiones individuales.

 

La obesidad infantil es prevenible si se abordan sus causas estructurales. La combinación de políticas públicas, educación, entornos saludables y participación comunitaria puede cambiar la trayectoria de esta epidemia. Actuar hoy no solo mejora la salud actual de nuestros niños, sino que también contribuye a construir sociedades más sanas en el futuro.

Comunicación afectiva y sexual desde la infancia: El papel de Atención Primaria

Comunicación afectiva y sexual desde la infancia: El papel de Atención Primaria

Laura Frac Losantos

4 de marzo de 2026

La educación afectiva y sexual forma parte del crecimiento de niños y adolescentes. No se trata solo de hablar de sexualidad, sino de aprender a relacionarse, a respetarse a uno mismo y a los demás, y a tomar decisiones saludables a lo largo de la vida. Contar con información clara, veraz y adaptada a cada edad es fundamental para el bienestar emocional y social de los menores.

 

Hoy en día, muchos niños y adolescentes acceden muy pronto a la tecnología. Internet y las redes sociales ofrecen información inmediata, pero no siempre adecuada a la edad del menor e incluso a veces no fiable. Cuando la sexualidad se aprende a través de mensajes confusos o poco realistas, pueden aparecer miedos, dudas, expectativas irreales y problemas emocionales, especialmente durante la adolescencia.

 

Además en las últimas décadas, los sistemas de vigilancia epidemiológica de infecciones de transmisión sexual han detectado un considerable aumento de dichas infecciones, como la infección gonocócica, sífilis, Clamydia trachomatis y otras infecciones de este grupo.

 

Hablar de sexualidad no es algo puntual, sino un proceso que comienza en la infancia y continúa a lo largo de la vida. La familia y la escuela juegan un papel fundamental, pero también el entorno social. Los adultos educamos con nuestras palabras, pero también con nuestros silencios, gestos y actitudes. Incluso cuando evitamos el tema, estamos transmitiendo mensajes que los niños interpretan.

 

Si los menores no cuentan con un acompañamiento adecuado, pueden formarse ideas equivocadas sobre las relaciones y la sexualidad, lo que aumenta el riesgo de conductas poco saludables. Por eso, es importante crear espacios seguros donde puedan preguntar, expresar dudas y recibir respuestas adaptadas a su edad.

 

Para fomentar esa correcta eduación sexual, reforzar el vínculo de comunicación en la familia al respecto o resolver dudas que tanto al menor como a los padres pudieran surgir, el equipo de atención primaria puede ser un buen referente al respecto, ya sea en consulta con el menor y familiar o como actividad comunitaria en la escuela u otros.

 

 

La Atención Primaria como espacio de confianza

 

La consulta de Atención Primaria es un lugar cercano y habitual para las familias, y puede convertirse en un espacio de confianza para abordar la educación afectiva y sexual.

 

Desde el nacimiento hasta la edad de 14 años se desarrolla el programa de revisión del niño sano que incluye revisiones periódicas del correcto desarrollo psicofísico del menor. Esta actividad longitudinal en el tiempo hace que el personal de enfermería y médico responsable de estas revisiones creen un vínculo muy estrecho con el menor y sus familiares, donde la confianza se hace fuerte y esto se puede utilizar para fomentar la enseñanza en educación afectiva y sexual.

 

Durante las revisiones del niño sano, especialmente alrededor de los 12 años, los profesionales sanitarios pueden valorar qué información tiene el menor y ofrecer orientación sencilla y comprensible. Es justo en esta revisión donde a niñas y niños se administra la vacuna frente al Virus del Papiloma Humano (VPH), lo que permite introducir de forma natural la importancia del cuidado del cuerpo y la prevención de enfermedades. La presencia de los padres en estas consultas facilita el diálogo familiar y refuerza su papel como principales referentes.

 

El contacto continuado con el personal de enfermería y el equipo sanitario a lo largo de la infancia ayuda a generar un clima de cercanía y seguridad, donde hablar de estos temas resulta más sencillo y natural.

 

 

Aprender en comunidad

 

Además del ámbito sanitario, muchos centros educativos desarrollan programas de educación afectiva y sexual adaptados a las distintas edades. Estas iniciativas ayudan a los niños y adolescentes a conocerse mejor, a respetar la diversidad y a establecer relaciones basadas en el cuidado y el respeto mutuo.

La colaboración entre centros educativos y equipos de Atención Primaria, a través de charlas o talleres, refuerza los mensajes y contribuye a una educación más completa y coherente.

 

 

Beneficios que van más allá de la información

 

Cuando la educación afectiva y sexual se aborda de forma adecuada, los beneficios son claros. Los niños y adolescentes adquieren herramientas para tomar decisiones responsables, retrasar conductas de riesgo y aprenden a cuidarse física y emocionalmente.

 

Además, una buena educación afectiva y sexual contribuye a prevenir infecciones de transmisión sexual, embarazos no deseados y situaciones de violencia o abuso, favoreciendo un desarrollo más sano y una mayor satisfacción personal y social.

La literatura como medio de supervivencia

La literatura como medio de supervivencia

Natalia Jiménez Pérez

3 de marzo de 2026

Aunque no se sabe con certeza cuándo se estableció que el Día Internacional del Escritor y la Escritora se celebraría el 3 de marzo de cada año, lo que sí se tiene claro es el quién y el por qué de la celebración: tras su fundación en los años 20 del siglo pasado, la asociación PEN Club International (PEN como acrónimo de poetas, ensayistas y novelistas), propuso esta fecha para reconocer la importantísima labor y contribución de los escritores y las escritoras (y por supuesto de la literatura) a la sociedad. La idea es muy inspiradora, pero cabe preguntar: ¿cuál es esa contribución, realmente? ¿Acaso va más allá del valor cultural de la literatura (aunque en sí ya sean una contribución notable)?

 

Si preguntamos a una persona cualquiera que nos encontremos por la calle si cree que la literatura es uno de los elementos más importantes de la sociedad, seguramente se quedaría extrañada y, más allá de si lee o no, lo más probable es que diga que es un entretenimiento importante, y poco más. Las personas más lectoras podrían añadir que además la lectura ayuda a desarrollar la imaginación; pero ¿acaso son tan relevantes el entretenimiento y la imaginación en un mundo marcado por las guerras, el hambre, el cambio climático y las pandemias, entre otros horrores? Incluso si nos centramos en un ámbito más cercano, ¿cuántas personas tienen tiempo de preocuparse por la literatura cuando el precio de los alimentos y de la vivienda están alcanzando máximos históricos?

 

Si pensamos en la famosísima jerarquía de necesidades humanas de Maslow, el arte se incluye en la última de las necesidades de la pirámide, la de autorrealización, después de las necesidades fisiológicas básicas (como comer o descansar), las de seguridad (como la salud), las de afiliación (como la amistad, el afecto y el amor) y de reconocimiento (como el respeto y el éxito).

 

Es decir, si bien todas son necesidades humanas, solo se consigue llegar a las más elevadas una vez suplimos las más básicas.

 

Sin embargo, se ha criticado mucho a Maslow por su rigidez, defendiendo en su lugar una visión holística del ser humano en la que, más que una pirámide, sus necesidades forman una red de elementos que dependen los unos de los otros. Por ejemplo, mientras que la falta de salud física puede afectar a la satisfacción de las necesidades sociales y emocionales, la insatisfacción de estas necesidades también puede afectar negativamente a la salud física. Esto encaja a la perfección con la definición de salud que da la Organización Mundial de la Salud (OMS):

 

“La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”.

 

Y si todavía quedaban dudas sobre lo mucho que se influyen y retroalimentan los niveles de necesidades, la pandemia del COVID-19 las despejó todas: resultó que problemas emocionales como la soledad, la incertidumbre y la desesperanza podían empeorar notablemente la salud física y hacernos más vulnerables al virus. Pero los descubrimientos no se quedaron ahí. También pudimos comprobar en nuestras propias carnes que el entretenimiento que ofrecía la narrativa en sus múltiples expresiones (ya sea en forma de series, películas, novelas, etc.) no era un lujo prescindible; al contrario, se convirtió, junto con la tecnología que nos permitía comunicarnos a distancia, en nuestro salvavidas. De hecho, este fenómeno dio lugar a estudios que demostraron los enormes beneficios que había tenido la lectura en la salud durante la pandemia.

 

Al contrario de lo que podría parecer a priori, la fuerza que nos daba la literatura no venía solo de su capacidad de escapar del confinamiento a través de nuestra imaginación (que también, por supuesto), sino, sobre todo, de la forma en que nos permitía comprendernos y expresarnos entre nosotros y nosotras: nuestra soledad, nuestras caídas y recaídas, pero también nuestros deseos y anhelos, y nuestra enorme necesidad de afecto y de cuidados. Su impacto fue tan gran grande que hasta dio lugar a subgéneros literarios específicos basados en la pandemia, como las corona fictions.

 

Pero resulta que este descubrimiento no es tan novedoso (como reza el famoso refrán, no hay nada nuevo bajo el sol). Lo cierto es que se ha teorizado durante siglos sobre la relevancia de la literatura a la hora de comprendernos como personas y de comprender al mundo que nos rodea. De hecho, J.R.R. Tolkien, célebre escritor de novelas clásicas de fantasía como El Señor de los Anillos y El Hobbit, creía que la literatura era una necesidad humana básica, puesto que nos ayudaba a entender aquello a lo que la ciencia no podía llegar. Y con esto no se refería a que la incomprensión o desconocimiento de la naturaleza haga que acudamos a los mitos. Todo lo contrario: para él, incluso cuando la ciencia consigue darnos explicaciones válidas del mundo y del ser humano, sigue siendo insuficiente.

 

Y la verdad es que no es tan difícil de comprender: por mucho que la ciencia pueda explicarnos por qué sufrimos cuando muere un ser querido y cómo nos afecta exactamente, nos sirve de poco si no tenemos una historia o un poema que nos permita procesar lo que hemos vivido y nos haga sentir que no estamos solos y solas, sino que nos pueden comprender. Un buen ejemplo lo encontramos en la fuerza que ganaron las novelas de Sally Rooney entre las generaciones más jóvenes porque conseguían plasmar lo que supone vivir con problemas graves de salud mental en un mundo cada vez más hostil, volviéndose un faro de esperanza en un tiempo crítico. Ya no era tan grande la soledad.

 

Claro que una novela o un poema no pueden curar una enfermedad crónica o devolvernos a ese ser querido que hemos perdido. Pero eso no quiere decir que no nos resulten esenciales para sobrellevarlo. Creo que C.S. Lewis, autor de las Crónicas de Narnia, lo explicó mucho mejor en su reflexión sobre la importancia de las relaciones humanas:

 

“La amistad es innecesaria, como la filosofía, como el arte […]. No tiene valor de supervivencia; más bien es una de esas cosas que dan valor a la supervivencia.”

 

No podría estar más en lo cierto: cuando la literatura consigue resonar con nuestro sufrimiento y nuestros anhelos, nos reconforta porque sabemos que no estamos solos y solas: lo que sentimos ya lo sintieron (y describieron) escritores y escritoras de la talla de Jane Austen hace más de doscientos años, o incluso Homero decenas de siglos antes.

 

Y la cosa es que esa necesidad que tenemos de los demás, de saber que no estamos solos y solas y de sentirnos comprendidos y comprendidas, es crucial para sobrevivir. Ese es el lugar que ocupa la literatura. En otras palabras: junto con las relaciones personales (del tipo que sean: familiares, de amistad, románticas, etc.), la literatura es un pilar básico de la salud humana.

Bienestar en la adolescencia: claves para acompañar el crecimiento

Bienestar en la adolescencia: Claves para acompañar el crecimiento

Tatiana Simal Galindo y Alba Zorrilla Blasco

2 de marzo de 2026

​La palabra adolescencia proviene del término del latín adolesco–adolescere: adolecer, crecer a pesar de todo, con dificultades. La propia etimología ya sugiere que no se trata de un tránsito sencillo, sino de un proceso de transformación profundo, a veces contradictorio, en el que conviven la fragilidad y la potencia creadora.

 

 

La mayoría de las personas transitan el paso del mundo infantil al adulto sin rupturas ni desequilibrios importantes; pero las dudas, la incertidumbre, la explosión de deseos y los peligros son inherentes a esta transición. El adolescente deja atrás certezas infantiles mientras todavía no dispone plenamente de los recursos adultos. Se encuentra, por tanto, en una etapa de construcción: de su identidad, de su proyecto vital y de su manera de estar en el mundo.

 

 

A continuación, se presentan algunos factores protectores del bienestar emocional en la adolescencia.

 

 

La atención a las etapas previas

 

Los padres tienen una tarea clave en la infancia y la latencia. En la medida en que se hayan cultivado en el núcleo del hogar factores como la autonomía y la responsabilidad progresivas, la promoción de la toma de decisiones, el acompañamiento tanto en la tolerancia a la frustración como en la culpa y la reparación, el atender a los intereses del niño y facilitar sus aficiones, la práctica de la comunicación asertiva, la transmisión del orgullo por sus logros, así como la ayuda en la modulación de sentimientos y actitudes menos sanos, el juego compartido, etc., los cimientos para el desarrollo del adolescente serán más sólidos.

 

 

Se busca que el niño, al finalizar la latencia, haya llegado a conocer sus puntos fuertes y débiles; que pueda entretenerse por sí mismo y estar a gusto más allá de la presencia constante de sus padres; que pueda afrontar situaciones novedosas y ejercer su carácter defendiéndose ante sus iguales. Habrá disfrute en cuanto a sus posibilidades y capacidades, comenzándose así el diseño de un proyecto propio de vida que en la adolescencia tomará forma más definida.

 

 

La estabilidad de la familia

 

Una base de seguridad familiar es un factor fundamental ante el reto del crecimiento, que no es sino el paso desde la dependencia completa del bebé hacia la confianza e independencia del adulto. Esta estabilidad no implica ausencia de conflictos, sino coherencia, límites claros y disponibilidad afectiva. La familia extensa, los amigos de los padres y los profesores pueden desempeñar un papel esencial al acompañar al adolescente, teniendo en cuenta que la cercanía directa con los padres puede resultarle incómoda. En su proceso de autoafirmación necesita otros modelos y figuras que puedan ser vividas de forma menos amenazante y más facilitadora del diálogo.

 

 

El acompañamiento en la salud sexual

 

Desde el cuidado del propio cuerpo y el respeto al de los demás hasta la posibilidad de hablar de los cambios corporales, del primer amor, de la diferencia entre sexo y amor o de los riesgos de la pornografía, es deseable encontrar un equilibrio que permita abordar estos temas sin invadir en exceso. El adolescente necesita asimilar progresivamente que su cuerpo ya no es infantil: puede aparecer miedo, extrañeza o vergüenza. Se abre la sexualidad, el encuentro con el otro y con uno mismo al mismo tiempo, y contar con adultos que orienten sin juzgar es un factor decisivo de protección.

 

 

Educar en valores y compromisos

 

Estos serán asideros firmes para la construcción de la identidad. La coherencia entre lo que se dice y lo que se hace en el entorno familiar y educativo facilita que el adolescente pueda integrar principios éticos propios, desarrollar el sentido de responsabilidad y aprender a convivir con la diversidad.

 

 

Promover las aficiones

 

Las actividades culturales, deportivas o artísticas no sólo afectan al rendimiento formativo, sino también a las decisiones académicas y al encuentro con iguales con intereses comunes. Las aficiones estructuran el tiempo libre, fortalecen la autoestima y ofrecen espacios de pertenencia saludables.

 

 

Destacar sus logros y no insistir en exceso en sus errores

 

La confianza del adolescente en sí mismo es quebradiza, aunque se aparente lo contrario. Tras actitudes desafiantes o indiferentes puede esconderse una profunda inseguridad. El reconocimiento sincero y proporcionado favorece la consolidación de una autoestima realista.

 

 

Regular el acceso a redes sociales, videojuegos y pantallas

 

El adolescente aún no ha desarrollado plenamente el córtex prefrontal, zona encargada de la planificación, la toma de decisiones y el control de los impulsos. Por ello necesita supervisión y límites externos que suplan esa inmadurez neurológica transitoria. La educación digital debe combinar la confianza con normas claras y razonadas.

 

 

No obviar el efecto tóxico del alcohol, cannabis y otras drogas

 

En el cerebro en desarrollo del adolescente su impacto puede ser especialmente dañino, tanto por el riesgo de desconexión con el estudio (síndrome amotivacional) como por la puerta que supone al desarrollo de adicciones y otros trastornos mentales. Del mismo modo, cuidar la alimentación, el sueño y el descanso son hábitos saludables imprescindibles que sostienen el equilibrio emocional.

 

 

Fomentar el encuentro con el grupo de iguales

 

Acompañar el acceso a grupos acordes con los intereses del adolescente —y si es antes de esta etapa, mejor— facilita una pertenencia sana. No olvidemos que los amigos son, en cierto modo, la familia que uno elige, pero no a pesar de uno mismo. Combatir el acoso escolar es una tarea fundamental de todos: familias, centros educativos y sociedad en su conjunto.

 

 

Según datos de la Organización Mundial de la Salud, 1 de cada 7 menores entre 10 y 19 años sufre algún trastorno de salud mental. Este dato nos recuerda que la adolescencia, aun siendo una etapa de oportunidad y crecimiento, también puede ser un tiempo de especial vulnerabilidad. Abordar el sufrimiento de forma temprana, desde unidades especializadas y con un enfoque biopsicosocial, permitirá elaborar un diagnóstico adecuado y ofrecer los tratamientos más pertinentes.

 

 

En definitiva, acompañar la adolescencia no consiste en evitar las dificultades —porque crecer implica atravesarlas— sino en ofrecer presencia, límites y confianza. Si la infancia ha sentado bases sólidas y el entorno continúa siendo un espacio de referencia y apoyo, el adolescente podrá transformar la incertidumbre en proyecto, la duda en búsqueda y la fragilidad en fortaleza. Crecer, a pesar de todo, seguirá siendo un desafío, pero también una extraordinaria oportunidad de desarrollo humano.

El largo camino de las personas con una enfermedad rara

El largo camino de las personas con una enfermedad rara

Héctor Nafría Soria

1 de marzo de 2026

Imagina que empiezas a notar un síntoma inespecífico: un dolor, una fatiga algo no te sienta bien. Hay días en los que apenas puedes levantarte y otros en los que consigues seguir adelante como si nada. Buscas ayuda. Vas al médico, que te deriva a un especialista; después a otro, y luego a otro más (a veces piensan que inventas tus síntomas). Sin darte cuenta, comienza un peregrinaje al más puro estilo Ulises, intentando descubrir qué te ocurre. A veces, si tienes suerte, el diagnóstico llega en tu propia comunidad autónoma; otras veces el viaje te lleva a recorrer cientos de kilómetros hasta que alguien da con la clave.

 

Esta es, aproximadamente, la realidad de los tres millones de personas que viven en España con una enfermedad rara (ER). Los datos indican que el diagnóstico tarda en llegar una media de cinco años, y en muchos casos puede superar los diez años, sin olvidar a quienes pasan toda su vida sin obtener un diagnóstico definitivo.

 

Así lo puso de manifiesto el Estudio ENSERio, publicado por FEDER en 2009, que nos dio de bruces con la situación de los pacientes con ER en España. El informe mostró el grave retraso diagnóstico, así como las grandes dificultades en el acceso a tratamientos: alrededor del 40% de los pacientes no contaba con un tratamiento adecuado o no tenía ninguno. También destacó el fuerte impacto económico en las familias, que podían destinar cerca del 20% de sus ingresos a gastos derivados de la enfermedad, además de situaciones frecuentes de discriminación social, señaladas por más del 75% de los afectados. A ello se sumaba la insatisfacción con la atención sanitaria, ya que más del 45% de los pacientes no estaba satisfecho y muchos profesionales reconocían un conocimiento insuficiente sobre estas patologías.

 

¿Qué es una enfermedad rara?

 

En España, una enfermedad rara es aquella que tiene una baja prevalencia en la población, concretamente cuando afecta a menos de 5 personas por cada 10.000 habitantes, según el criterio establecido por la Unión Europea y adoptado en nuestro país. Sin embargo, esta definición no es igual en todo el mundo. En Japón, por ejemplo, se considera enfermedad rara a aquella que afecta a menos de 50.000 personas en todo el país, lo que equivale aproximadamente a menos de 1 caso por cada 2.500 habitantes.

 

Aunque cada enfermedad rara afecta individualmente a pocas personas, en conjunto, existen más de 6.000 enfermedades raras diferentes y su impacto global es muy significativo. Se estima que afectan a alrededor de 3 millones de personas en España y a más de 300 millones en el mundo, lo que representa entre el 3,5% y el 5,9% de la población mundial. Dicho de otra forma, aproximadamente 1 de cada 17 personas vive con una enfermedad rara.

 

¿Por qué el nombre?

 

En una época marcada por lo políticamente correcto, el término rara puede resultar incómodo. Conviene recordar que rara es la enfermedad, no la persona que la padece. A lo largo de los años se han propuesto alternativas como enfermedades minoritarias o enfermedades poco frecuentes, buscando un lenguaje más técnico e inclusivo.

 

Sin embargo, es importante recordar que en los años 90 fueron las propias asociaciones de pacientes quienes decidieron organizarse bajo el término enfermedades raras, dando lugar en España a la Federación Española de Enfermedades Raras (FEDER). El nombre no fue impuesto desde fuera, sino asumido por el propio movimiento asociativo como una forma de visibilizar una realidad compartida y de reivindicar derechos. Visto con la perspectiva del tiempo, parece que fue una buena decisión de marketing.

 

Al final, más allá del debate lingüístico, lo esencial no es la palabra, sino el reconocimiento, la atención sanitaria adecuada, la investigación y el respeto hacia las personas que conviven con estas enfermedades. Si fueron los propios pacientes quienes decidieron llamarlas así, quizá la pregunta no sea cómo debemos nombrarlas, sino cómo debemos acompañar y apoyar a las personas.

 

¿Cómo son las enfermedades raras?

 

La mayoría de las enfermedades raras (ER) son crónicas, graves y de origen genético, y muchas de ellas se manifiestan en la infancia. Suelen ser patologías complejas, progresivas y, en muchos casos, discapacitantes. Precisamente por su base genética y su baja prevalencia, históricamente han contado con pocos recursos de investigación y desarrollo terapéutico.

 

A nivel global, se estima que solo entre el 5% y el 6% de las enfermedades raras cuentan con un tratamiento específico aprobado, lo que significa que más del 90% no dispone aún de una terapia curativa. Esto no implica necesariamente que no exista ningún tipo de atención, pero sí que en la mayoría de los casos el abordaje es sintomático y paliativo. Por ello, las personas que viven con una ER suelen necesitar cuidados continuos, que pueden incluir atención médica especializada, rehabilitación, apoyo psicológico, ayudas técnicas y, en muchos casos, cuidados familiares diarios.

 

El futuro de las enfermedades raras

 

El futuro de las ER está cada vez más vinculado a la inteligencia artificial, la edición genética y las terapias avanzadas, abriendo un horizonte mucho más esperanzador que hace apenas una década. La IA ya se utiliza para acelerar el diagnóstico (reduciendo años de incertidumbre mediante el análisis de datos clínicos y genómicos) y para identificar nuevas dianas terapéuticas o reutilizar medicamentos existentes. La edición genética, especialmente mediante tecnologías como CRISPR, permite corregir mutaciones responsables de enfermedades hereditarias, y ya existen terapias génicas aprobadas para algunas patologías raras.

 

Aunque persisten desafíos importantes, como el alto coste de las nuevas terapias o las desigualdades en el acceso, la IA ya está transformando profundamente el panorama de las enfermedades raras.

 

Por supuesto, las personas también necesitan un nuevo paradigma en su atención, basado en la incorporación de enfermeras gestoras de casos con competencias avanzadas y experiencia específica, tal y como se concluye en un artículo publicado en 2024.

 

Tal vez dentro de unos años el inicio de este artículo no tenga que hablar del tiempo que tarda alguien en obtener un diagnóstico, y quizá incluso el propio concepto de rara pierda parte de su significado, porque la tecnología habrá permitido identificar, comprender y tratar estas enfermedades con mayor rapidez y precisión. Pero hasta entonces, debemos seguir visibilizando y celebrando el Día Mundial de las Enfermedades Raras.

La salud geriátrica: Un desafío para el futuro

La salud geriátrica: Un desafío para el futuro

Noelia Calvera Gracia

27 de febrero de 2026

El mundo está experimentando una transformación demográfica sin precedentes, ya que la población envejece rápidamente. Gracias a los avances en medicina, la esperanza de vida ha aumentado considerablemente. Sin embargo, este fenómeno presenta desafíos para los sistemas de salud, que deben adaptarse a las necesidades de una población mayor. La salud geriátrica se enfrenta a varios obstáculos, pero también representa una oportunidad para mejorar la calidad de vida de los adultos mayores y promover un envejecimiento saludable.

 

Envejecimiento de la población: un fenómeno global

 

Uno de los principales motores del cambio en la salud geriátrica es el envejecimiento de la población mundial. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), la población de personas mayores de 60 años está aumentando rápidamente y se espera que para el 2050 haya más de 2 mil millones de personas mayores en el mundo, lo que representa aproximadamente el 22% de la población mundial. Este cambio demográfico se debe principalmente a los avances en salud, nutrición y mejora en condiciones de vida.

 

Sin embargo, este envejecimiento de la población trae consigo una serie de desafíos para la salud pública. Las personas mayores presentan un mayor riesgo de sufrir enfermedades crónicas, como hipertensión, diabetes, artritis y problemas cardiovasculares, lo que exige que los sistemas de salud se enfrenten a una población con necesidades médicas complejas.

 

Principales desafíos en la salud geriátrica

 

Uno de los principales retos en la salud geriátrica es la comorbilidad, refiriéndose a la presencia de varias enfermedades crónicas simultáneas en adultos mayores. A medida que las personas envejecen, las probabilidades de desarrollar múltiples problemas de salud aumentan, lo que complica tanto el tratamiento como su diagnóstico. Esta comorbilidad suele llevar asociada la polifarmacia, el uso de varios medicamentos, lo cual puede generar interacciones medicamentosas negativas y efectos secundarios perjudiciales para la salud.

 

La salud mental también es un desafío importante. Muchos sufren demencia, depresión y ansiedad, condiciones que afectan profundamente su calidad de vida. La demencia, en particular, es una de las principales preocupaciones en la salud geriátrica, ya que afecta la memoria, el pensamiento y el comportamiento, dificultando la autonomía de quienes la padecen. Además, también afecta a sus familiares y cuidadores, quienes se enfrentan a la carga emocional y física de cuidar a una persona con trastornos cognitivos. Según la Alzheimer’s Association, cerca de 50 millones de personas en el mundo viven con demencia, cifra que se espera duplicar en las próximas décadas.

 

Además, la pérdida de movilidad y las caídas son preocupaciones comunes, siendo en particular la caída la principal causa de lesiones graves y muerte en este grupo etario, lo que resalta la necesidad de un enfoque preventivo en la atención geriátrica.

 

Cuidado en el hogar: una alternativa eficaz

 

A medida que las personas envejecen, muchos prefieren recibir atención médica en sus hogares en lugar de optar por residencias. El cuidado en el hogar ofrece una alternativa viable ya que les permite mantener su independencia y estar rodeados de sus seres queridos. Además, generalmente es más económico que el ingreso en instituciones y puede mejorar la calidad de vida de los pacientes. Aunque también plantea una serie de retos, ya que es necesario contar con una red de apoyo sólida, que incluya profesionales de la salud y familiares capacitados para asistir en las tareas diarias.

 

Prevención: la clave para un envejecimiento saludable

 

La prevención es fundamental en la salud geriátrica. Promover hábitos saludables puede prevenir enfermedades crónicas y mejorar la calidad de vida. El ejercicio físico regular tiene un impacto positivo en la salud cardiovascular, la movilidad y la salud mental. Además, una nutrición adecuada es esencial, ya que el envejecimiento puede alterar la absorción de nutrientes y generar deficiencias a causa de la dificultad para masticar o tragar que puedan presentar. Para prevenir la desnutrición es importante mantener una dieta adaptada a sus necesidades siendo ésta equilibrada y rica en frutas, verduras, proteínas y fibra. El control del estrés y salud emocional, pues contar con un sistema de apoyo social puede reducir el riesgo de depresión y ansiedad. La atención médica regular es fundamental para detectar problemas de salud a tiempo y prevenir complicaciones.

 

El impacto de la tecnología en la salud geriátrica

 

La tecnología ha transformado muchos aspectos de la medicina, y en la salud geriátrica es una herramienta clave. La telemedicina ha facilitado el acceso a consultas médicas sin necesidad de desplazarse, lo que es especialmente útil para aquellos con movilidad limitada. Además, dispositivos como los monitores de salud, que miden signos vitales de los pacientes, lo que facilita un monitoreo constante. Los sensores de caídas y las alarmas de emergencia también son herramientas valiosas para garantizar la seguridad en el hogar. Sin embargo, es importante recordar que muchos adultos mayores no están familiarizados con estas tecnologías, por lo que se debe proporcionar educación y apoyo para que puedan aprovechar estos avances.

 

Conclusión: la necesidad de un cambio de paradigma

 

La salud geriátrica enfrenta desafíos importantes y no puede ser ignorada en un mundo que envejece rápidamente. La prevención, el cuidado integral, el uso de la tecnología y el apoyo emocional son aspectos clave para garantizar que las personas mayores vivan una vida saludable y digna, por ello deben ser implementados en los sistemas de salud. Es fundamental que las políticas públicas y los recursos sociales se adapten a este nuevo paradigma demográfico.

 

Es necesario un enfoque más inclusivo y colaborativo en el que los familiares, profesionales de la salud y la sociedad, trabajen juntos para mejorar el bienestar de los adultos mayores. Con la implementación de políticas adecuadas y el compromiso colectivo, podemos garantizar un futuro en el que la salud geriátrica sea una prioridad.