¿Qué es el Ramadán?

¿Qué es el Ramadán?

Kaltoum El Maanawi Ben Hajjou

17 de febrero de 2026

El Ramadán es el noveno mes del calendario islámico, y uno de los más sagrados. No tiene fecha concreta, ya que depende de los ciclos lunares, pero podríamos decir que se presenta cada año un poquito antes.

 

 

Este mes, para los musulmanes, se centra en la práctica del «Sawm» que es el ayuno desde el alba hasta la puesta del sol, durante el cual no se permite el consumo de ningún alimento o bebida (el agua inclusive). Asimismo, es un periodo de intensa espiritualidad y devoción religiosa, durante el cual se incide en la solidaridad y empatía hacia los necesitados a través de la autodisciplina.

 

 

Un día de Ramadán se dividiría en: «Suhur», antes del amanecer; «Sawm», periodo de ayuno; e «Iftar» ruptura del ayuno. Se suelen realizar dos comidas principales, una durante el «suhur» y otra en el «Iftar», aunque en muchos casos se añade una tercera entre ambas.

 

 

¿Cómo repercute en nuestro cuerpo y estilo de vida?

 

El ayuno conlleva una reconfiguración fisiológica, que se refleja en el aumento de los niveles de proteínas que preservan la integridad estructural de la célula, aseguran el mantenimiento de su salud funcional e intervienen en procesos que promueven el uso eficaz de la glucosa y reducen el azúcar en la sangre.

 

 

La microbiota presenta un aumento de Lactobacillus y Bifidobacteria, lo que supone una mejora en la salud intestinal (como refuerzo inmunitario, protección frente a patógenos, etc.). Asimismo, incrementa la diversidad bacteriana, que se asocia a una disminución de la inflamación y aumento de la producción de los ácidos grasos de cadena corta. Esto supone una mejora de salud, sin embargo, no existe un consenso sólido en la evidencia científica actual, por lo que no se pueden establecer conclusiones definitivas.

 

 

En cuanto al ayuno intermitente (16 h de ayuno y 8 h de ingesta), se evidencia, a nivel cardiovascular, un enlentecimiento del progreso de la aterosclerosis y reducción de la presión arterial. El cuerpo comienza a utilizar ácidos grasos y cetonas como fuente de energía principal en lugar de la glucosa, lo cual no solo favorece la pérdida de peso, sino que reduce la concentración de colesterol total.

 

 

En conclusión, diversos estudios creen que el ayuno, como estrategia de manipulación del microbioma, podría resultar en una intervención rentable para combatir el incremento de trastornos metabólicos, ya que disminuye el peso, supone una mejora en enfermedades cardiovasculares, etc. Sin embargo, se precisan más estudios científicos para validar estas propuestas.

 

 

Esta transformación interna inevitablemente se refleja en las dinámicas cotidianas, priorizando el bienestar y la resistencia del organismo.

 

 

Los aspectos cognitivos (memoria y concentración) se mantienen sorprendentemente intactos, y solo en un 18% se ven alterados. En cuanto al bienestar emocional, predomina el mantenimiento del buen humor, e incluso en el descanso, que disminuye un 7% en tiempo, se mantiene su calidad.

 

 

En lo que respecta a hábitos saludables, el consumo de tabaco se reduce a la mitad, y se disminuye el consumo de bebidas excitantes, como el café o el té.

 

Por otro lado, aunque el consumo total de agua no varía, sí que se intensifica la sensación de sed. A esto se suma el incremento de problemas gastrointestinales (acidez estomacal y estreñimiento) por el cambio en la frecuencia de las comidas.

 

 

A nivel de rendimiento diario, aumenta la frecuencia de descansos para evitar la manifestación de cansancio y dolor de cabeza. La actividad física desciende un 22,5% o se realiza después del desayuno. Finalmente, aunque el estado anímico es generalmente bueno, en algunas personas incrementa la irritabilidad las horas previas a la ruptura del ayuno.

 

 

Estos cambios suelen ir disminuyendo progresivamente, lo cual podría atribuirse a la habituación, ya que el cuerpo necesita tiempo para acostumbrarse a usar cetonas en lugar de glucosa.

 

 

¿Quién está exento del Ramadán?

 

El Ramadán es de obligado cumplimiento para todos los musulmanes. Sin embargo, el ayuno puede comprometer la salud de determinadas personas, por ejemplo, existe mayor riesgo de cetoacidosis diabética en personas con diabetes (por la falta de insulina); riesgo de malformaciones en el feto, en mujeres embarazadas; o mayor riesgo de enfermedades cardiovasculares en personas mayores, entre otros.

 

 

Ante estas situaciones de riesgo, la jurisprudencia islámica realiza excepciones: niños que aún no han alcanzado la pubertad; mujeres embarazadas, en periodo de lactancia, con la menstruación o en el postparto; personas enfermas (diabetes, afecciones cardíacas, …); personas de edad avanzada; y personas durante viajes de largas distancias.

 

 

En estos casos, se deben «recuperar» los días no ayunados, ya sea:

  • Ayunar un día por cada día perdido en cualquier momento del año antes de que comience el siguiente Ramadán (en casos de menstruación, viaje, etc.).
  • Realizar una donación para alimentar a una persona necesitada por cada día no ayunado (en personas de edad avanzada, enfermedades crónicas, etc.).

 

 

Conclusiones

 

Evidentemente, un factor determinante que define si el Ramadán o el Ayuno Intermitente tendrá una repercusión positiva o negativa en el organismo es la calidad nutricional. Una dieta adecuada y nutritiva favorecerá la quema de grasas, mejora la sensibilidad a la insulina, etc. Mientras que el consumo excesivo de ultra-procesados, azúcares o frituras, potenciará los problemas digestivos e inflamatorios, anulando cualquier beneficio que pudiese tener el ayuno.

 

 

Una buena hidratación en las horas permitidas y un descanso adecuado son igual de importantes para el transcurso adecuado del día. Por último, en caso de querer realizar el Ramadán o practicar ayuno intermitente teniendo una enfermedad crónica, estando embarazada, o contando con cualquier factor de riesgo, es necesario consultarlo con el médico, y, si es viable, realizar las adaptaciones necesarias.

Cáncer infantil en Aragón: La fuerza de los datos frente al ruido de la desinformación

Cáncer infantil en Aragón: La fuerza de los datos frente al ruido de la desinformación

Gabriel Tirado Anglés y Mariano Dieste Marcial

15 de febrero de 2026

Cuando la desinformación se adelanta a los hechos

 

Vivimos tiempos complejos. Las redes sociales han dado una visibilidad sin precedentes a quienes difunden afirmaciones sin base científica. Aunque son una minoría, su capacidad de generar ruido es enorme y las consecuencias no son menores: pueden llevar a los pacientes a tomar decisiones contrarias a su salud y generan miedo, alarma e incertidumbre en el conjunto de la sociedad. Un ejemplo recurrente: cada vez que fallece un niño o un joven por una causa que los medios de comunicación no detallan en un primer momento, aparecen comentarios de personas más o menos anónimas atribuyendo dicho fallecimiento a las vacunas de la COVID. Les da igual que los médicos forenses determinen después que la causa ha sido otra completamente distinta. El bulo ya ha sido esparcido y la duda, generada.

 

A nosotros nos ocurrió el año pasado, en el Día Internacional del Cáncer Infantil, cuando ofrecimos una rueda de prensa para informar de la incidencia de esta enfermedad en nuestra comunidad. Señalamos que, en 2024, 38 niños fueron diagnosticados de cáncer infantil en Aragón. Muchos medios recogieron la noticia y la publicaron en sus canales, incluidas sus redes sociales. No tardaron en aparecer, sobre todo en Facebook, comentarios asegurando que los niños tenían cáncer precisamente por las vacunas.

 

La realidad es que esa incidencia —38 casos en 2024— está absolutamente dentro de la media de las últimas décadas. Y por este motivo es tan importante que aparezcan iniciativas como OCODES, que permiten desmentir bulos y divulgar información basada en la evidencia científica. Eso es precisamente lo que vamos a hacer a continuación: aportar datos que consideramos esenciales para tener un contexto adecuado sobre esta enfermedad en Aragón y en España.

 

Una enfermedad que no es nueva ni está aumentando

 

El cáncer infantil no es una enfermedad nueva ni ha aparecido a raíz de las vacunas. Además, a diferencia del cáncer en adultos, cuya incidencia está aumentando sobre todo por el progresivo envejecimiento de la población, el cáncer pediátrico se mantiene totalmente estabilizado. Se registran aproximadamente 1.000 casos nuevos al año en España, de los que entre 35 y 40 se dan en Aragón.

 

Es importante explicar que, el cáncer infantil, es una enfermedad rara. El número reducido de casos hace que haya años con una incidencia algo mayor y otros que son «valle». Esto es precisamente lo que nos ha ocurrido en 2025 en Aragón: se han diagnosticado 28 casos nuevos, una cifra por debajo de lo habitual. Pero esto entra dentro de la normalidad estadística. En enfermedades raras, estas fluctuaciones anuales son esperables y no indican por sí solas una tendencia al alza ni a la baja. Cuando se observa a medio plazo —en periodos de cinco años—, los años con menos casos, por desgracia, se compensan con los que tienen más.

 

Supervivencia: motivos para la esperanza y para seguir trabajando

 

¿Cuál es la supervivencia de esta enfermedad? En España, la supervivencia del cáncer infantil se sitúa actualmente en el 83,9%. Es un dato esperanzador: más de cuatro de cada cinco niños con cáncer se curan. Pero no debe hacernos olvidar que el 16,1% restante no salen adelante. Si se diagnostican 1.000 nuevos casos al año en España, esto se traduce en que alrededor de 161 niños no superarán la enfermedad. De hecho, el cáncer infantil continúa siendo la principal causa de muerte por enfermedad en la infancia.

 

Con todo, hay razones sólidas para el optimismo. La investigación y la medicina funcionan. Según el informe RETI de la SEHOP (Sociedad Española de Hematología y Oncología Pediátricas), de donde hemos extraído estos datos, la supervivencia de los niños diagnosticados de cáncer en 1980 fue del 54,8%. Casi la mitad no sobrevivía. Hemos mejorado prácticamente 30 puntos porcentuales en apenas cuatro décadas. Es un éxito rotundo que se debe al esfuerzo continuado de investigadores, profesionales sanitarios y, por supuesto, de las familias.

 

Tumores pediátricos: enfermedades distintas que necesitan investigación propia

 

Al igual que ocurre en el cáncer de adultos, existen multitud de tumores pediátricos, y cada uno es un mundo. El tratamiento que funciona para una leucemia linfoblástica aguda no sirve ante un meduloblastoma: uno afecta a la sangre y el otro es un tumor que aparece en el cerebelo.

 

El cáncer infantil más frecuente es la leucemia, que representa el 29% de los casos. Le siguen los tumores del sistema nervioso central (23%), los linfomas (13%) y los neuroblastomas (8%). Pero ha de tenerse en cuenta que no hay un solo tipo de leucemia, ni un solo tipo de tumor del sistema nervioso central o de linfoma. La diversidad es enorme.

 

Probablemente, algunos de estos términos resulten poco familiares, en especial «neuroblastoma» y «meduloblastoma». Es normal. Mucha gente asume que los niños padecen los mismos tumores que los adultos, y esto no es exactamente así. Los menores no desarrollan cánceres muy habituales en personas mayores, como el de mama o el de colon. Y los adultos, a su vez, prácticamente no presentan algunos tumores que se dan casi exclusivamente en la infancia, como los neuroblastomas y los meduloblastomas, entre otros.

 

Datos y conocimiento: la mejor respuesta frente a los bulos

 

Por todo esto es tan importante apoyar, también, la investigación específica del cáncer infantil. Son enfermedades distintas y necesitan proyectos propios en busca de una mejor supervivencia.

 

Y por todo esto son tan necesarias iniciativas como OCODES: porque frente al ruido de la desinformación, la mejor herramienta que tenemos es el conocimiento riguroso, basado en datos y en evidencia científica. Compartirlo es responsabilidad de todos.

Cardiopatías congénitas: comprender para acompañar mejor

Cardiopatías congénitas: comprender para acompañar mejor

Marcos Clavero Adell

14 de febrero de 2026

Cada 14 de febrero se conmemora el Día Mundial de las Cardiopatías Congénitas, una fecha que invita a visibilizar una de las enfermedades congénitas más frecuentes y, al mismo tiempo, una de las más desconocidas. Hablar de cardiopatías congénitas no es solo hablar de medicina, sino también de información, comprensión social y acompañamiento a las personas y familias que conviven con ellas desde el nacimiento.

 

 

¿Qué son las cardiopatías congénitas?

 

Las cardiopatías congénitas son alteraciones en la estructura del corazón o de los grandes vasos presentes desde el nacimiento. Se producen durante las primeras semanas del desarrollo embrionario, cuando el corazón se está formando. Estas alteraciones pueden afectar a las paredes del corazón, a las válvulas o a las conexiones entre cavidades y vasos sanguíneos.

 

Existe un amplio espectro de cardiopatías congénitas. Algunas son leves y pueden pasar desapercibidas durante años o no requerir tratamiento, mientras que otras son complejas y precisan intervenciones quirúrgicas en los primeros días o meses de vida, así como seguimiento médico a lo largo de toda la vida.

 

 

¿Con qué frecuencia aparecen?

 

Las cardiopatías congénitas afectan aproximadamente a 8 de cada 1.000 recién nacidos vivos, lo que las convierte en la malformación congénita más frecuente. Gracias a los avances en el diagnóstico prenatal, muchas de ellas se detectan antes del nacimiento, lo que permite planificar el tratamiento y mejorar el pronóstico.

 

 

¿Se pueden prevenir?

 

En la mayoría de los casos, las cardiopatías congénitas no se pueden prevenir. Su origen suele ser multifactorial, resultado de una combinación de factores genéticos y ambientales, que en muchas ocasiones no pueden identificarse con claridad. En nuestro entorno, no son consecuencia de errores durante el embarazo ni de decisiones parentales concretas.

 

Algunos factores, como determinadas infecciones maternas, el mal control de enfermedades crónicas o la exposición a ciertos fármacos, pueden aumentar el riesgo en situaciones específicas, pero esto no explica la mayoría de los casos. Por ello, es importante combatir mensajes simplificados o culpabilizadores que circulan con frecuencia en redes sociales y que no se sostienen en la evidencia científica.

 

 

Supervivencia y calidad de vida: una historia de avances

 

En las últimas décadas, el pronóstico de las personas con cardiopatías congénitas ha cambiado de forma radical. En países con sistemas sanitarios desarrollados, más del 90 % de los niños con cardiopatías congénitas alcanzan la edad adulta. Este logro es el resultado de avances en cirugía cardíaca pediátrica, cuidados intensivos, cardiología intervencionista, manejo de arritmias y seguimiento especializado.

 

Sin embargo, la supervivencia no es el único objetivo. La calidad de vida, la integración social y el desarrollo personal son aspectos igualmente importantes. Cada cardiopatía es diferente y cada persona también lo es, por lo que los resultados y las necesidades varían considerablemente de un caso a otro.

 

 

El valor del abordaje multidisciplinar

 

El cuidado de las cardiopatías congénitas no se limita a una intervención quirúrgica o a un tratamiento puntual. Requiere un abordaje integral y coordinado en el que participan cardiólogos pediátricos, cirujanos cardíacos, personal de enfermería especializada, psicólogos, trabajadores sociales y otros profesionales sanitarios.

 

Este enfoque permite atender no solo los aspectos médicos, sino también los emocionales, educativos y sociales, acompañando a la persona y a su familia en las distintas etapas de la vida, incluida la transición desde la atención pediátrica a la atención de adultos.

 

 

Desinformación y mitos frecuentes

 

A pesar de los avances, las cardiopatías congénitas siguen rodeadas de mitos. Uno de los más habituales es asociarlas automáticamente a una vida limitada o a una incapacidad permanente. Otro es pensar que todas las cardiopatías son iguales o que siempre requieren múltiples cirugías. También circulan informaciones falsas sobre sus causas, su pronóstico o las restricciones en la actividad física.

 

La desinformación, especialmente cuando se difunde a través de redes sociales, puede generar miedo, expectativas irreales o decisiones poco adecuadas. Por ello, es fundamental promover información clara, basada en evidencia y adaptada a cada situación concreta.

 

 

Un llamado a la sociedad

 

Visibilizar las cardiopatías congénitas implica también avanzar hacia una sociedad más informada e inclusiva. Comprender la diversidad de situaciones, respetar los ritmos individuales y apoyar el acceso equitativo a la atención especializada son pasos esenciales.

 

Hablar de cardiopatías congénitas con rigor y sin estigmas ayuda a reducir el miedo, a desmontar prejuicios y a acompañar mejor a quienes conviven con ellas. Informar bien no es solo transmitir datos, sino contribuir a una mirada más humana, justa y basada en el conocimiento.

 

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Día Internacional del condón: ¿por qué sigue habiendo dificultades en su uso en la actualidad, especialmente entre los/as jóvenes?

Día Internacional del condón: ¿por qué sigue habiendo dificultades en su uso en la actualidad, especialmente entre los/as jóvenes?

M. Felipa Gea López

 

13 de febrero de 2026

 

El preservativo no es, ni mucho menos, un invento actual. Es curioso que, pese a ello, su uso sigue sin estar asumido como cuidado mutuo y, por lo tanto, sin estar presente en nuestra vida sexual todo lo necesario, especialmente entre los jóvenes. Su uso sigue estando rodeado de mitos y falacias que se asientan, normalmente, sobre el sistema heteropatriarcal imperante en nuestra sociedad.

 

A menudo me pregunto por qué, a pesar de la información, los anuncios y la ruptura de tabúes en torno a la sexualidad, el preservativo sigue sin estar presente en las relaciones sexuales, especialmente entre los más jóvenes. ¿Qué es lo que frena su uso? ¿Qué es lo que hace que siga estando demonizado? ¿Por qué nuestros jóvenes siguen descuidándose? ¿Qué está pasando para que, en la era de la información, nuestros jóvenes estén más expuestos que nunca?

 

Lo cierto es que, mientras creíamos haber ganado la batalla a muchas infecciones de transmisión sexual (ITS), en los últimos años los datos nos han devuelto a la realidad: hay un repunte del VIH y otras ITS entre nuestros/as jóvenes. Esto no es una casualidad, al igual que no lo es el repunte del machismo entre los mismos. Es el síntoma de un problema más profundo que interpela a nuestra sociedad: cómo estamos educando (o dejando de educar) en sexualidad, afectos y cuidados.

 

El preservativo como historia

 

El preservativo lleva siglos entre nosotros los humanos. Ya en el antiguo Egipto, al menos desde el año 1000 a.C., se empleaban fundas de lino para protegerse de las enfermedades y de los embarazos no deseados. También en la Roma clásica (entre el siglo II a.C. y el siglo II d.C.) se describen métodos rudimentarios de protección, a menudo consistentes en entrañas de animales (tripa) o vejigas. Aunque fue en el siglo XVI, con la expansión de la sífilis en Europa, cuando hubo una preocupación real por crear barreras más sistemáticas que protegieran de las infecciones. Siglos más tarde, la vulcanización del caucho en el siglo XIX permitió fabricar los primeros preservativos de látex, más resistentes y accesibles que las rudimentarias tripas de animal. Finalmente, a lo largo del siglo XX, el preservativo pasó de ser un objeto asociado al miedo o la moral a convertirse en una herramienta fundamental de salud pública, especialmente durante la crisis del VIH en los años 80.

 

Resulta paradójico que, tras tantos años conviviendo con el preservativo, estemos asistiendo a un nuevo repunte de ITS entre nuestros jóvenes. Parece que hemos olvidado lecciones que ya estaban aprendidas. El sentimiento de retroceso que nos acompaña a muchos/as de nosotros/as nos produce una preocupación profunda que va más allá de la menor precepción de riesgo o del uso irregular del preservativo, pues parece que hemos pasado del progreso al retroceso en muchos aspectos que nos atraviesan como sociedad.

 

Datos que hablan

 

La historia del preservativo es, en realidad, la historia de nuestra relación con el riesgo, el placer y el cuidado. Y hoy en día esa historia nos interpela, ya que los datos actuales hablan por sí solos.

 

Según el último Informe de Vigilancia Epidemiológica (2024), se notificó un aumento del 10,2% de infección por Chlamydia trachomatis respecto al año anterior. En relación con la Gonorrea, hubo un 7,2% más de casos y, en relación a la Sífilis, el incremento fue de un 6,7%. Todos estos aumentos son especialmente significativos entre los jóvenes menores de 25 años.

 

En cuanto al VIH, en 2024 se notificaron 3.340 nuevos diagnósticos en España, de los cuales el 51,1% fueron identificados de forma tardía. Aunque el número total de casos ha registrado un leve descenso, la persistencia de diagnósticos tardíos y la concentración de casos entre los jóvenes evidencia que existe un problema persistente relacionado con el no-uso del preservativo. De hecho, el 28,3% de los nuevos diagnósticos de VIH se dan entre menores de 30 años.

 

Carencia relacional como síntoma

 

El repunte de las ITS entre los/as jóvenes es el síntoma de una profunda carencia relacional. Y es que, en la poca educación afectivo-sexual que reciben, muchos/as adolescentes y jóvenes reciben información fragmentaria, tardía y excesivamente centrada en lo biológico. Saben cómo funciona el cuerpo, pero no han aprendido a comunicar deseos y límites, a negociar el uso del preservativo, a vincular placer con cuidado, a comprender al otro como sujeto, o a entender el consentimiento como la base de cualquier relación (incluida la sexual) sana.

 

Lo cierto es que llevamos años hablando de riesgos, pero no de cuidados; de protección, pero no de responsabilidad afectiva; de anatomía, pero no de vínculos; de cuerpos, pero no de respeto. ¿Y qué es la sexualidad sino vínculo?

 

La pornografía como manual

 

Actualmente, la educación afectivo-sexual sigue siendo un escollo en las instituciones, por lo que hay un vacío educacional en la vida de nuestros/as jóvenes respecto a la sexualidad. Este vacío lo rellenan a través de las redes sociales e Internet y como resultado, actualmente, es la pornografía la que moldea la sexualidad de nuestros/as jóvenes, una pornografía cada más accesible y violenta, donde se trata al otro como objeto y no como sujeto.

 

La pornografía ha ocupado el lugar de la educación y de lo relacional, se ha convertido en el principal referente educativo-sexual de nuestra juventud, con todas las distorsiones que lleva asociadas: relaciones sexuales sin consentimiento, ausencia de preservativos, prácticas de riesgo normalizadas, violencia sexual, menosprecio de la mujer, etc. Todo esto se convierte en una bomba de relojería, ya que el placer se aprende sin protección y el deseo sin responsabilidad.

 

Poniendo el foco más allá

 

El problema no es el uso (o no) del preservativo, sino el cómo nos relacionamos: cómo consideramos al otro/a y cómo nos consideramos a nosotros/as mismos/as. Si queremos frenar el repunte de las ITS, no basta con repartir preservativos y seguir instaurando su uso. Necesitamos enseñar a cuidarnos, a comunicarnos, a vincularnos entre nosotros/as y a vincular el placer con la responsabilidad.

 

Pues el preservativo tiene historia porque el cuidado tiene historia, porque las relaciones humanas tienen historia. Y esa historia solo tendrá sentido si somos capaces de transmitirla a las nuevas generaciones. El preservativo ya pasó de ser un objetivo estigmatizado y oculto a convertirse en un instrumento de salud, elección y libertad. Ahora nos toca dar un paso más allá y poner el foco en lo verdaderamente importante, en lo verdaderamente humano. Debemos enseñar a las nuevas generaciones que protegerse no es desconfianza, sino responsabilidad; que cuidarse es querer y quererse; y que el placer auténtico no está reñido con la protección.

La mujer en la ciencia: De invisibles a imprescindibles

La mujer en la ciencia: De invisibles a imprescindibles

Beatriz Benito Ruiz

11 de febrero de 2026

Durante siglos la ciencia ha avanzado describiendo el mundo con enorme precisión, pero con una perspectiva parcial. No fue porque faltaran mujeres científicas, sino porque faltó reconocerlas.

 

 

La historia de la mujer en la ciencia no es la historia de su incorporación reciente, sino la historia de su invisibilidad.

 

 

Saber sin poder publicar

 

La participación de la mujer en la ciencia ha estado históricamente marcada por la exclusión institucional, la falta de visibilización del mérito y la segregación académica.

 

 

Durante mucho tiempo se ha dicho que las mujeres se habían incorporado tarde a la ciencia y no fue así. En realidad, lo que ocurrió es que la ciencia tardó en reconocerlas.

 

 

Las mujeres siempre observaron, midieron, curaron y enseñaron y lo hicieron en huertos, boticas, casas, partos y hospitales informales. Lo que no podían era firmar. Y la ciencia, igual que la historia, recuerda sobre todo a quien firma.

 

 

La entrada de las mujeres en la Universidad

 

Antes del siglo XIX, las mujeres no podían acceder a la universidad. Sin embargo, siempre generaron conocimiento. Es a partir del siglo XX, con su incorporación progresiva a la universidad y al ejercicio profesional sanitario, cuando se observa una transformación del panorama científico.

 

 

Con el acceso femenino a la educación superior a finales del siglo XIX, no cambió inmediatamente la ciencia, cambió primero la asistencia. Las mujeres comenzaron siendo profesionales del cuidado: docencia, enfermería y posteriormente medicina clínica. Pero la investigación permaneció jerárquica y aparece así un fenómeno que continúa hoy: feminización profesional sin feminización del poder científico.

 

 

Actualmente las mujeres son mayoría en muchas carreras sanitarias y científicas de base, pero minoría en cátedras, dirección de proyectos, producción científica, financiación y puestos de responsabilidad.

 

 

¿Por qué esto es tan importante científicamente?

 

Podría parecer solo un problema laboral o social, pero en realidad es un problema de conocimiento. Quien formula las preguntas científicas decide qué respuestas existen.

 

 

Durante décadas la investigación biomédica utilizó al varón adulto como modelo estándar. Era práctico: menos variabilidad hormonal y resultados estadísticos más limpios. Pero también incompleto y la medicina aprendió sobre un cuerpo medio que no era una representación de toda la población.

La decisión era metodológica y no ideológica. La consecuencia, sin embargo, sí fue clínica. Se describieron enfermedades con precisión, pero en una parte de la población y después se extrapolaron al resto.

 

 

Durante años los ensayos clínicos cardiovasculares incluyeron sobre todo hombres. El “síntoma típico” de infarto se enseñó como universal. Sin embargo, cuando una paciente llegaba con disnea, cansancio o náuseas, no encajaba en el patrón aprendido. La ciencia no estaba equivocada. Estaba incompleta.

 

 

Recuerdo una guardia de madrugada: mujer de 58 años, dolor epigástrico, náuseas y sudor frío. Venía convencida de que era una gastritis. Lo había buscado en internet y nada encajaba con el “dolor típico en el pecho”. El electrocardiograma mostró cambios isquémicos. No era el estómago. Era un infarto que no se parecía al que enseñan y describen los libros. El problema no era el cuerpo de la paciente; era el modelo previo que aparece en la literatura científica.

 

 

¿Qué impacto tiene esto en la medicina?

 

El resultado ha sido una medicina técnicamente correcta, pero biológicamente parcial. Se describieron enfermedades, síntomas y tratamientos que funcionaban bien en el modelo estudiado, pero peor fuera de él.

 

 

Las diferencias más relevantes que existen se han dado en presentaciones clínicas, metabolismos farmacológicos, respuestas inmunológicas y evolución de enfermedades. No porque hombres y mujeres sean “sistemas diferentes”, sino porque la variabilidad humana real es mayor que la estudiada.

 

 

Por todo esto, podemos decir que: “Cuando la ciencia amplía la muestra, mejora la precisión”.

 

 

¿Qué nos encontramos en lo cotidiano de nuestro día a día actual?

 

En consultas y urgencias sigue ocurriendo que un dolor torácico masculino activa antes protocolos que uno femenino. Que el dolor persistente en una mujer joven se interprete antes como ansiedad que como patología orgánica. Que algunos fármacos produzcan más efectos adversos de los previstos porque fueron ajustados en otra fisiología media. No son errores individuales, son inercias del conocimiento.

 

 

La medicina funciona con probabilidades aprendidas. Si la muestra histórica es parcial, la probabilidad también lo será.

 

 

Con más presencia, mejor ciencia

 

En las últimas décadas la situación cambia rápido. La participación femenina en investigación aumenta y, con ella, las preguntas. Aparecen líneas nuevas: medicina personalizada, diferencias farmacológicas, presentación clínica variable, impacto del entorno social en la salud.

 

 

Y no se trata de crear una “medicina para mujeres”. Se trata de entender mejor la biología humana.

 

 

Como científica y clínica, mi responsabilidad no es defender una identidad, sino mejorar la precisión del conocimiento que aplico cada día a personas reales.

 

 

Cuando la muestra estudiada se parece más a la población real, los resultados mejoran para todos y el conocimiento se vuelve más preciso, no más ideológico.

 

 

¿Y qué es lo que realmente está cambiando?

 

A menudo el debate se plantea como igualdad frente a mérito. En ciencia, la dicotomía es falsa. La diversidad no sustituye la excelencia, la facilita.

 

 

Los equipos homogéneos toman decisiones más rápidas. Los equipos diversos cometen menos errores. Y la investigación necesita ambas cosas, pero durante siglos solo tuvo la primera.

 

 

La incorporación plena de la mujer no añade una perspectiva externa: corrige un sesgo interno del método científico. Amplía la muestra humana sobre la que construimos evidencia.

 

 

Una historia todavía en curso

 

Hoy nadie discute que las mujeres puedan ser científicas. La cuestión pendiente es cuánto influyen en qué ciencia se hace. Porque el conocimiento no depende solo de quién investiga, sino de qué decide investigar. Y las prioridades científicas determinan las prioridades sanitarias.

 

 

La historia de la mujer en la ciencia no es únicamente un relato de derechos civiles; es también una historia sobre cómo mejora el conocimiento cuando se parece más a la realidad que pretende explicar.

 

 

Conclusión

 

Durante siglos la humanidad investigó una muestra parcial y llamó universal a lo particular. Funcionó razonablemente bien, pero dejó “zonas borrosas”.

 

 

La presencia creciente de mujeres en ciencia no solo corrige una desigualdad histórica: aumenta la definición de la imagen y mejora la precisión científica.

 

 

La ciencia no cambia por ser más justa. Se vuelve más justa porque cambia. Y al hacerlo, sobre todo, se vuelve más exacta.

 

 

Una ciencia más representativa no es una ciencia más ideológica: es una ciencia más global y completa.

 

 

La historia de la mujer en la ciencia no trata únicamente de justicia social ni de igualdad laboral. Trata de calidad del conocimiento.

Las Legumbres: un alimento humilde con un valor extraordinario

Las Legumbres: un alimento humilde con un valor extraordinario

Sofía Pérez Calahorra

10 de febrero de 2026

Cada 10 de febrero se celebra el Día Mundial de las Legumbres, fecha impulsada por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) para poner en valor unos alimentos que, pese a su sencillez, desempeñan un papel fundamental en la salud humana, la seguridad alimentaria y la sostenibilidad ambiental.

Entre las legumbres más conocidas están las lentejas, judías, garbanzos, guisantes, si bien hay otras no tan conocidas pero que cada vez están teniendo más aceptación en nuestra gastronomía como los altramuces o la soja. Todas ellas han formado parte de la alimentación tradicional durante siglos y hoy, respaldadas por la evidencia científica, vuelven a ocupar un lugar central en las recomendaciones nutricionales.

Las legumbres son las semillas secas de diferentes plantas leguminosas, cultivadas y consumidas en todo el mundo. Son un pilar fundamental de nuestra dieta mediterránea pero también de muchas otras culturas. Su relevancia no solo se debe a su magnífico valor nutricional, sino también a su bajo coste, facilidad de conservación y gran versatilidad culinaria.

Desde el punto de vista nutricional, las legumbres destacan por su alta densidad de nutrientes. Constituyen una excelente fuente de proteína vegetal, lo que las convierte en un alimento clave en dietas vegetarianas, veganas y flexitarianas, y cuando se combinan con otros cereales se obtiene una proteína de calidad elevada. Además, aportan entre un 60-65% de su peso seco como hidratos de carbono y corresponden a almidón de lenta absorción. Las proteínas suponen en torno al 18–24 %, mientras que el contenido en grasas es reducido, situándose generalmente entre el 1 y el 5 % con un aporte mayoritario de ácidos grasos insaturados.

Además, aportan:

  • Fibra dietética en cantidades elevadas, que favorece la salud intestinal, el equilibrio del microbiota y la regulación del tránsito intestinal.
  • Índice glucémico bajo, que contribuye al control de la glucemia y a una mayor sensación de saciedad.
  • Micronutrientes esenciales, como hierro, magnesio, zinc, potasio y vitaminas del grupo B, especialmente folatos.
  • Bajo contenido en grasa y ausencia de colesterol.

 

Este perfil nutricional explica por qué el consumo habitual de legumbres mejora el perfil lipídico, el control glucémico y la presión arterial lo que se asocia con un menor riesgo de enfermedades cardiovasculares, diabetes tipo 2 y obesidad, así como con una mejor calidad global de la dieta.

 

 

Más allá de los nutrientes: compuestos bioactivos y matriz alimentaria

 

Las legumbres no solo aportan nutrientes esenciales, sino también compuestos bioactivos que generan un importante impacto en la salud. Estos compuestos, también presentes en otros alimentos de origen vegetal como frutas, verduras y cereales integrales, pueden influir en procesos relacionados con la inflamación, el metabolismo y la prevención de enfermedades crónicas.

Ante este contexto, la evidencia científica actual subraya que los posibles beneficios para la salud que genera el consumo habitual de legumbres no depende de un único compuesto aislado, sino de que si se consume como alimento completo y sin modificar su matriz alimentaria se favorecen interacciones complejas a nivel intestinal y metabólico.

En este sentido, por ser un alimento completo, las guías alimentarias recomiendan aumentar el consumo de legumbres, al menos 2 a 4 raciones por semana, o incluso más si se quiere consumir como sustituto a las proteínas de origen animal. Desde la perspectiva de la salud pública, las legumbres constituyen una herramienta estratégica de salud: son accesibles, económicas y nutricionalmente completas, lo que las hace especialmente relevantes en contextos de inseguridad alimentaria, y mejorar parámetros clínicos actualmente muy presentes en las sociedades occidentales.

Más allá de sus beneficios para la salud, las legumbres desempeñan un papel clave en la sostenibilidad de los sistemas alimentarios. Su cultivo presenta múltiples ventajas ambientales:

  • Capacidad de fijar nitrógeno atmosférico en el suelo, reduciendo la necesidad de fertilizantes químicos.
  • Menor consumo de agua en comparación con la producción de proteínas de origen animal.
  • Baja huella de carbono, lo que las convierte en un alimento estratégico frente al cambio climático.

 

Es por ello por lo que promover el consumo de legumbres es, por tanto, una acción concreta que conecta alimentación saludable y cuidado del medio ambiente.

 

A pesar de sus beneficios, persisten algunas creencias erróneas en torno a las legumbres:

  • “Las legumbres engordan”: no es cierto. Son alimentos saciantes, ricos en fibra y con una carga calórica moderada.
  • Las “legumbres de bote no son buenas”: son tan saludables como las secas. La principal diferencia es su comodidad, listas para consumir ya que han sido correctamente remojadas y cocinadas, lo que mejora su digestibilidad. Además, el líquido presente no es perjudicial y, de hecho, puede aprovecharse en cocina bajo el nombre de aquafaba, especialmente en recetas veganas.
  • “Son difíciles de digerir”: una correcta preparación —remojo, cocción adecuada e introducción progresiva— mejora notablemente su tolerancia.
  • “Son un alimento aburrido”: ¡nada de eso! Hoy en día, se incorporan en recetas modernas y adaptadas a distintos estilos de vida.

 

Sin embargo, uno de los retos actuales es volver a integrarlas en la dieta cotidiana, especialmente entre la población joven. Algunas estrategias sencillas incluyen:

  • Incorporarlas en ensaladas templadas o frías.
  • Utilizarlas en cremas, purés y platos de cuchara tradicionales.
  • Preparar hummus, untables o hamburguesas vegetales.
  • Introducirlas desde la infancia, respetando la cultura gastronómica local.

 

En definitiva, el Día Mundial de las Legumbres puede ser una oportunidad perfecta para reflexionar sobre nuestras elecciones alimentarias. Revalorizar estos alimentos —nutritivos, beneficiosos, sostenibles y económicos— aporta valor al concepto de dieta y alimentación. En un contexto marcado por el aumento de las enfermedades crónicas y la urgencia climática, las legumbres nos recuerdan que, a veces, las soluciones más eficaces son también las más sencillas. Volver a ellas nos lleva en la dirección correcta.